Que viva Miguel - Roberto Fraschetti - E-Book

Que viva Miguel E-Book

Roberto Fraschetti

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Beschreibung

La vida de Miguel relatada por la voz del anciano Reinaldo.  Una historia de amistad y esperanza, luchas e intrigas.  Este es el tema principal del libro ambientado en Bolivia entre las majestuosas cimas de los Andes, el Salar de Uyuni, el Cerro Rico de Potosí y la imponente Amazonía.  Cruzan fantasmas de un pasado que no se puede olvidar como la esclavitud de los indios en las minas de plata y nuevas violencias como el desboscamiento de la floresta de nuestros días sin escrúpulos.  Es la historia de un personaje, Miguel, que combatirá sin nunca retroceder y sin equivocarse por su  sobrevivencia de la Gran Madre verde, volviéndose una leyenda que volará de boca en boca, mucho más alto de las mismas cimas andinas.

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Veröffentlichungsjahr: 2017

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Roberto Fraschetti

Que Viva Miguel

Viaje in Amazonia

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Este libro se ha creado con StreetLib Write (http://write.streetlib.com).

Traduccion Gabriela Pereira

mail: [email protected]>

El blog para charlas, comentarios y sugerencias:

http://robertofraschetti.blogspot.it/

“ La vida da muchas vueltas, recuerdas?

Has sido tú quien ha pronunciado esta frase....”.

Dedicatoria

Quisiera tener dos grandes brazos para abrazar a tantos amigos que continuamente prestan su trabajo para realizar éste, mi esfuerzo. Pero sobretodo quisiera agradecer a aquellas personas que, muy a menudo en silencio, luchan por el bien común.

Sobretodo el viejo Reinaldo.

Se que no ha sido fácil para él poder llevar a la luz aquellos eventos que con tanta paciencia me ha relatado, de hombres tan lejanos para nosotros, y sinembargo tan cercanos. Y yo, conciente de que todas las dedicatorias implican un regalo, pienso que el don más bello hayan sido sus mismas palabras y me dejo arrullar de la idea de que todo el libro ha sido una gran dedicatoria.

Cercanos o lejanos que estén, los hombres como Miguel existen y como nosotros arden con nuestras mismas pasiones.

Entonces por lo tanto, es eso lo que cuenta.

1.- PROLOGO

Hasta hace diez días atrás no conocía la existencia del Rio Beni, ni lejanamente imaginaba que fuera uno de los más grandes afluentes del Río Madeira. Esto, luego de haber recorrido centenares de kilómetros, alimenta en el corazón de la Gran Madre, el Río Amazonas. Pero ahora, depués de diez días de selva, aquí estoy a contar una hazaña que tiene de lo extraordinario y que he dicidido escribir para que pueda quedar una huella para quien tendrá ganas de leer y saber.

2.- Pablo

“ Te espero en La Paz dentro de diez días, te escribo apenas sea posible para los detalles”

Este era el mensaje que había encontrado en mi correo electrónico y desde aquel momento no había dejado de pensar a mi amigo Pablo.

A la mañana me había despertado de sobresalto talvez sospechoso por algún ruido inusual y, bostezando, había tratado de enfocar los objetos que me rodeaban.

Ahora la luz del sol, filtrando a través de las ventanas entreabiertas, ponía a la luz muchos particulares de la pequeña casa en piedra que la noche anterior no había notado a causa de la oscuridad. Los faros del auto me habían guiado en el difícil intento de abrir la puerta de madera y luego la grande chimenea dentro aclaraba un poco las frías paredes internas.

Me había levantado con movimientos lentos y había abierto una de las dos ventanas mirando con los ojos soñolientos los objetos empolverados que el dueño de casa había recogido de aquí y de allá por el mundo y que ahora parecían yacer, presos de un tedio mortal, sobre aquellas repisas.

Poco después había puesto la mirada hacia el externo. La vista era estrepitosa: las colinas de Siena emanaban colores increíbles y delicados que parecían pulsar de una vida desconocida a nosotros hombres de ciudad. En aquel momento comprendí el amor por aquellas zonas tantas veces a mí descritas por el viejo Alberto, el dueño de casa, que había construído esta especia de cabaña en piedra de la nada y no la había abandonada más. Había trabajado por años en el mismo instituto de crédito donde yo había sido contratado y al llegar al borde de los cincuenta años, había aprovechado la ocasión para dejar todo por aquel sitio de fábula.

Stella protestó débilmente, lamentándose por aquel reflejo de luz, luego perezosa más que nunca, se volteó de la parte opuesta y continuó a dormir. Me quedé quieto con la mirada fija en ella, ahora que solamente la sábana quedaba a cubrir su cuerpo atlético y bien proporcionado. “Un metro y ochenta de agallas y dulzura -pensé absorto- que más puedo pretender?”

Habíamos trabajado en la misma empresa por diez años, luego nuestros caminos se habían cruzado. O mejor, debo decir que había hecho de todo para hacerlos cruzar. Toda excusa había sido útil para atraerla hacia mí, desde las cosas más banales a las más originales.

Me gustaba todo de ella: los gustos, los hobbies y su rostro de mejillas altas, ojos oscuros, labios carnosos y la naríz ligeramente atachada, los dientes blanquísimos que resaltaban en su cara de la piel eternamente bronceada, como si viviera en un lugar tropical en lugar de Roma. La había perseguido, cortejado, y acorralado como un animal que huele la presa.

Luego, finalmente una vida juntos. Habíamos dejado el trabajo seguro de dependientes: yo para tentar la suerte con dos de mis amigos y mi hermano en el campo imformático, ella en el campo de los intérpretes freelance. Todo esto significaba que por tres o cuatro días a la semana me dejaba solo para ir a los lugares donde la agencia que la estaba contratando requería su presencia: un día Bruselas, otro París, Londra, Frankfurt, y así dejándome con Tino, el cuatro-patas medio boxer medio lobo que compartía con nosotros la casa y la vida.

Desayunamos a medio día. Había paseado solo por un par de horas hasta la cima de la colina sobre la cual estaba la cabaña, para respirar el aire fresco y gozar de la vista. Desde arriba los pueblos circundantes parecían todavía más lejanos. Había regresado acalorado y mi había botado bajo el agrua fría de la ducha que provenía directamente del pozo, luego, una vez vestido había ido a la cocina.

Stella estaba inclinada sobre el lavabo mientras preparaba el café. Tenía puesto sólo un delantal de cocina, sandalias de cuerda trenzadas a los pies y nada más.

Me detuve en el umbral y miré sus grandes y firmes senos como los de una quinceañera: “Que bello efecto harías en las altas amapolas así vestida. La mejor traductora en Europa y en el mundo, toda desnuda, ocupada con el café”.

Me lanzó una mirada amenazadora, como para decir de no provocarla, luego dijo: “Mi vida no le incumbe a nadie y trato de tenerla separada de todos aquellos discursos oficiales aburridos y repetitivos, y además no estoy desnuda, si es eso lo que insinúas..... tengo el delantal y los zapatos”.

La abracé y sin mucho esfuerzo la llevé hacia la cama, sabía que no tendría nunca la última palabra con ella.

Stella se acurrucó a mi lado y mordiéndome el lóbulo de mi oreja susurró: “Tres días sólo para nosotros, sin teléfono que suene, sin trabajo, sin tener que hablar en inglés y sobre todo sin que nadie nos moleste...parece casi un sueño.”

La cama protestó rechinando todo su desacuerdo por nuestros juegos inocentes y enamorados, solamente luego de nosotros se rindió al silencio.

Luego del desayuno ordenamos la casa aquí y allá, llevando la leña para la chimenea en el salón, ordenando la refrigeradora y la cocina a gas.

“Quiero ver si Pablo ha escrito ya -dije con todo distraído- en fondo han pasado tres días desde cuando me ha mandado aquel mensaje inverosímil”.

“No lo hagas -sentenció Stella- no hoy, por favor, estarán los mismos clientes de tu empresa que te reclaman por algún estúpido problema a su juicio improrrogable”.

“No te preocupes, leeré solamente el correo electrónico personal, en fondo, sólo a los amigos he dicho que estoy aquí contigo”.

La vieja Pentioum 100 parecía un artefacto del siglo pasado. La tecnología corría veloz y ella parecía haberse rendido, parqueada en el campo a enmohecerse en espera que quizá qué cosa. De todas maneras los led luminosos se encendieron y luego de algunos minutos intenté la conexión a la red de internet. La vieja caja rugió en modo violento como una bestia apenas salida de la jaula y luego de un par de minutos estaba en el mundo virtual.

“Hay un nuevo mensaje de Pablo -grité en dirección de Stella – a más de los saludos de un poco de gente...”

Stella subió curiosa al primer piso y se arrodilló a mi lado, leyendo en voz alta la e-mail de mi amigo argentino:

“ Debo hacer una pequeña investigación sobre algunas plantas para mi especialización. Pasa por Miami y vamos juntos a La Paz y desde allí proseguimos para la Amazonía. Quince días y estamos de vuelta. No puedes rechazar! Sólo hazme saber el número del vuelo. Chao”.

“Qué significa? -preguntó.

“No lo sé, no sé qué pensar -dije maravillado- Pablo no hace bromas de ese tipo, se habrá equivocado de destinatario, y luego La Paz ciertamente no está detrás del ángulo.....aunque si pensándolo bien.....”.

“Ok, prueba a responder y mientras piensas en tu amigo, yo bajo al pueblo a hacer compras” -dijo Stella desapareciendo y dejándome solo con la vieja computadora encendida.

Seguí su consejo pero pronto me di cuenta que el teclado no respondía y grité a Stella: “Espérame bajo al pueblo contigo!”.

Pero el ruido del motor del jeep me avisó que me había quedado solo con mis pensamientos y mi curiosidad.

Había conocido a Pablo en Julio del 98 en Jordania, mejor dicho en Petra, y recuerdo perfectamente el antro en el que nos intercambiamos las primeras palabras de aquella que se habría convertido en una larga amistad. El lugar estaba lleno de turistas sentados en pocas mesas de madera y las botellas de cerveza fresca eran regularmente vaciadas a la velocidad de la luz. Un viejo televisor puesto en alto y visible de todas las partes del local transmitía una película de Indiana Jones en lengua árabe con subtítulos en hebreo y los sonidos incomprensibles para nosotros, se sumaban a los idiomas hablados contemporaneamente en la sala.

Pablo había entrado con el aire optimista, para buscar dos puestos libres. Yo lo había notado inmediatamente por el curioso parecido con el cantate Albano. Medía un metro y sesenta más o menos, musculoso, con los ojos vivaces y cordiales detrás de una montura metálica, los cabellos negros y la quijada cuadrada. Pero su rostro cambió repentinamente cuando se dió cuenta de que no habían puestos libres, gesticuló molesto en dirección de una persona que se había quedado esperando afuera y se dispuso a salir.

Curioso por aquel rostro, lo llamé y alzando la voz dije que en dos habrían podido encontrar puesto en mi mesa. Se dibujó entonces sobre el rostro de Pablo una expresión maravillada por aquella oferta inesperada, sonrió a la muchacha que esperaba todavía y sentándose hizo los honores de casa presentándose a sí mismo y a su compañera.

Me contó su aventura girando el mundo. Había dejado Buenos Aires, porque a su parecer se había convertido en muy violenta, y se había transferido a Miami.

“Es la ciudad más sudamericana de los Estados Unidos, se está bien, parece que se vive en espera de la gran ocasión que a menudo llega. Todo por aquel momento que te cambia la vida: esta es Miami. Dinero, auto, música, color. Hay todo lo que te sirve. Trabajo de cocinero en un restaurante italiano pero he dejado el trabajo por este viaje. Hemos atravesado el oriente partiendo de Laos, luego Vietnam, la India, Nepal, ahora estamos aquí en Petra, contamos con llegar al Cairo para luego tomar un avión para Londres donde está uno de mis tres hermanos que nos espera, luego hacia Stuttgart donde trabaja otro hermano mío”.

Hizo una pausa y sacó una foto en la que retraía los cuatro hermanos y luego añadió: “Somos una familia de giramundos...el mayor de nosotros, Miguel, vive en Bolivia, es un ingeniero minero, sabes, las minas de plata bolivianas son famosas...”.- y lo indicó en la foto que me mostró. Yo la miré atentamente impresionado del parecido entre los dos. Tenían 10 años de diferencia entre los dos. El primero y el último de los hermanos parecían gemelos. Mi grupo de amigos y yo nos quedamos sin palabras. Un año girando por el mundo y todos aquellos lugares visitados. Había pasado sin dificultad del español al italiano cuando se dió cuenta que algunos de mi grupo no tenían facilidad en el seguirle, luego había añadido con aire divertido: “Conozco su lengua porque Graziela tiene sus abuelos que son de vuestra parte y luego trabajando en un restaurante itlaiano me viene espontáneo conversar con los clientes. Ustedes son un pueblo particular, logran hablar hasta con gestos si no entienden una lengua”.

Dirigiéndome a Graziela le pregunté: “Tú a qué te dedicas?” .

“Análisis clínicos en un laboratorio y sobretodo en la mañana ayudo a Pablo a estudiar. Debe dar un sólo exámen, luego el mundo tendrá el honor de conocer al doctor Pablo Flores de la Universidad de Miami”.

“Y la especialización?” - pregunté.

Los ojos de Pablo se le iluminaron: “Enfermedades tropicales, pretendo encontrar a mi hermano en Bolivia y estudiar algunos años por allá, sería estupendo”.

Hablamos por dos horas de miles de argumentos: Argentina, a su modo bella e invivible, probre y orgullosa, inmensa en sus prados pero demasiado pequeña para dar trabajo a millones de personas desocupadas. Una tierra de frontera y de conquista a disposición de pocos ricos dispuestos a explotarla sin pensar al mañana. Hablamos de política y de los horrores de la dictadura y Pablo, con ojos llenos de tristeza, dijo: “No existe una familia en Argentina que no haya tenido una persona desaparecida, han sido tantas horas, miedo y terror y tantos de nosotros tememos que puedan regresar, como un virus que se anida entre las plagas de la sociedad listo a explotar”.

Luego el vino y la cerveza han hecho efecto y pasamos a cosas más triviales y ligeras, argumentos más de antro: las mujeres argentinas de sangre caliente tan parecidas a las italianas, luego el fútbol de Maradona a los últimos mundiales, y así en libertad.

La noche había volado placenteramente y de acuerdo con el grupo pedí a los dos argentinos si habrían querido unirse a nosotros a una excursión la mañana siguiente a la ciudad muerta de Petra. Aceptaron con entusiasmo y a las seis les encontramos en la puerta de su hotel listos para visitarla.

Terminada la vacación en tierra jordana, les había hospedado en mi casa y habrían recorrido Roma por tres días. Luego habrían partido para Londres. Desde entonces habíamos mantenido una frecuente correspondencia trámite correo electrónico, informándonos reciprocamente sobre nuestros viajes y sobre nuestras vidas.

Pero ahora aquel mensaje tan particular había encendido en mí una placentera agitación. Que podía significar aquel nos vemos en diez días?. Es cierto, mientras tanto Pablo se había graduado y esperaba poder encontrar a su hermano en la Amazonía, pero yo qué tengo que ver en todo esto?.

Debí posponer todo para después del almuerzo. Tenía la intención de bajar al pueblo a buscar un punto Internet para escribir a mi amigo argentino y pedir noticias más detalladas sobre este asunto.

Pero, dentro de mi corazón, la idea de saborear el aire enérgico de la Paz, no me disgustaba para nada.

3.- LA PAZ

Bajamos del avión e inmediatamente el aire denso de los cuatro mil metros nos golpeó como el gancho de un boxeador a la boca del estómago dejándonos sin aliento.

Pablo como buen médico, me tranquilizó: “No te preocupes, una buena dormida y mañana estaremos mejor...pasará rápido. El organismo advierte la falta de oxígeno por cuatro o cinco horas, luego inicia lentamente a ambientarse.

La mejor cosa es ir directamente al hotel y mañana en marcha hacia Rurrenabaque”.

Fuimos directo al retiro de las maletas entre una converzación y otra y nos pusimos en paciente espera junto con otros pasajeros provenientes como nosotros de Miami.

Una campanita comenzó a sonar y el tapis roulant inició a transportar maletas de diverso color, carteras, mochilas. Y de improviso Pablo notó las nuestras. “Ahí está la mía y enseguida detrás está la tuya”.

Suspiré de alivio y añadí: “Quedarse sin equipaje sería verdaderamente una situación desagradable”. Luego de algunos segundos las mochilas llegaron a nuestros pies y nosotros estiramos los brazos para ponérnoslas a las espaldas.

“Un momento por favor – tronó una voz imperiosa- esperen un momento....control antridroga”.

Un hombre vestido de militar, nos indicó una mesa no muy distante y nos invitó a seguirle.

Claramente, no opusimos resistencia.

Salimos del grupo de personas y pusimos las mochilas sobre la mesa como nos indicó el tipo.

Con la mirada atenta siguió nuestros movimientos pasando luego a estudiar nuestros lineamientos.

Nos miramos a los ojos por un largo rato, en silencio. Pensé inmediatamente a un tentativo intimidatorio.

Demostraba a simple vista unos treinta años, el físico corpulento, probablemente entrenado por horas y horas de gimnasio, la quijada regular. La boina negra escondía los cabellos gruesos, bigotes negrísimos circundaban sus labios terminando con una barba apenas visible. Era el clásico rostro sudamericano. Solamente los ojos azules lo hacían particular y por ciertos aspectos inquietante. Se movía nerviosamente mientras masticaba un chicle. Por veinte largos segundos ambos nos desafiamos sin bajar la mirada.

A la altura del corazón, impreso en el traje militar de camuflaje, llevaba una etiqueta con el apellido muy visible: Gomez A., mientras de la parte opuesta dos estrellas doradas indicaban su grado: Teniente. Luego con una órden perentoria nos dijo de alejarnos de las mochilas.

Pablo protestó : “Si lo quieren las pueden abrir, adelante, pero delante de nosotros”.

“No se preocupe, y preparen los pasaportes”.

Noté que en aquel momento un leve temblor en la voz del hombre y en italiano le dije a Pablo: “Quizá por qué un militar que hace su trabajo tiene la voz que trema”.

Pablo asintiendo susurró: “Hay algo que no esta bien...tengamos los ojos abiertos”.

Luego, el jóven entendió haber cometido un pequeño error que no había escapado a nuestra atención y buscó retomar el control de la situación. Revisó lentamente el pasaporte de Pablo y buscó el visto bolivano luego regresó a la primera página: Señor Flores, qué hace en Boliva?”.

“Turista -respondió Pablo- nos dirigimos a la Amazonía”

Revisó mi pasaporte : “Una pareja muy insólita, cómo se conocen?”

Su voz tenía una nota de provocación. Yo indiferente, respondí mostrando los vistos sellados por el consulado de Jordania. Efectivamente las fechas de tránsito coincidían.

“Una amistad de mucho tiempo -dijo- veamos si esconden algo”.

Hizo una señal a un tipo que estaba poco distante, quien, luego de haberse acercado, cogió las mochilas. También él usaba un traje militar de camuflaje y alzó las mochilas con una facilidad sorprendente. Era bajo y rechoncho con cabellos claros y lacios. Il físico era muy sudamericano, pero los cabellos y la tez clara lo hacían parecer más a un europeo. No abrió boca. Asintió con un seño de los ojos oscuros y se fue hacia la ventanilla del control de pasaportes. También él tenía una tarjeta con su nombre: Sampaio C.

La empleada selló nuestros pasaportes saludando a los dos hombres con una sonrisa complaciente, y en breve nos dirigimos hacia la salida. Pablo protestó. Su carácter irascible estaba tomando el control. Tomó su mochila, para bloquear al militar y luego le dijo: “Un momento, vamos a la estación de policía, no pensarán robarnos nuestras mochilas así tan facilmente”.

Los dos hombres se detuvieron, luego Gómez constestó: “La policía somos nosotros, y de todos modos ahora les llevamos al puesto de comando, veamos si todavía tendrás tantas ganas de hacerte el chistoso”.

Todavía otra señal entre ellos y los dos tomaron un corredor lateral que terminaba en la oscuridad. Miraron a su alrededor y sucedió una cosa imprevista. El hombre bajo dejó caer las mochilas, tomó a Pablo del cuello y lo aplastó contra el muro mientras el otro militar, con un gesto fulminante sacó una pistola y se la empujó hacia el estómago de mi amigo. Rechinando los dientes como una bestia enferocida, se dirigió hacia mí: “Acércate italiano tengo algo que comunicarles”. En un momento el miedo corrió veloz en nuestros ojos que se cruzaron. Me acerqué a su rostro y noté gotas de sudor que le bañaban la frente.

Tenía las manos heladas y un ligero dolor en la boca del estómago.

Talvez será el oxígeno o el miedo -pensé- pero no soy el único en sentir eso.

Luego el joven militar nos dió órdenes precisas: “Ahora salimos de aquí sin muchas historias. Hay un jeep afuera que nos esta esperando. Cargamos las mochilas y partimos. No hagan bromas, nada de gritos o gestos extraños. La pistola está cargada y lista para disparar”.

“Pero quiénes son, qué quieren de nosotros? - Preguntó Pablo con aire de asustado- se han equivocado de personas, nosotros somos solamente turistas”.

“ No creo doctor Flores, no creo” -añadió Gómez.

Salimos recorriendo el corredor y nos dirigimos hacia la zona del parqueadero reservada a la autoridad. El viento una vez más nos golpeó el pleno rostro y rapidamente alcanzamos al auto de los militares.

Quedamos sorprendidos al constatar que no era el típico jeep marrón o verde del ejército. Era un viejo Toyota Land Cruiser del clásico color celeste. La parte baja estaba cubierta de lodo no teniendo parafangos anteriores, y además había sido equipado con dos grandes faros antiniebla puestos arriba de la cabina; tenía las llantas nuevas mientras una grúa había sido montada en el parachoque anterior, y sorprendentemente no tenía placas militares sino civiles.

El medio estaba parqueado con la parte posterior hacia el aeropuerto, talvez para estar listo a una eventual fuga, por lo que la primera cosa que notamos fueron los vidrios posteriores oscurecidos con la película adhesiva muy de moda en América. No alcanzamos a distinguir el tercer participante en el viaje que se sentaba al volante. El motor del carro funcionaba al mínimo emitiendo un ligero aliento de humo blanco de la marmita a causa del aire frío. El individuo examinaba nerviosamente el espejo retrovisor y a la vista nuestra bajó rapidamente la mirada mientras Sampaio saltó ágilmente sobre el techo del jeep para colocar las mochilas y cubrirlas con una tela.

También el tercer hombre usaba un uniforme militar de camuflaje.

Tenía el rostro delgado y afilado, de lineamientos regulares. Demostraba cincuenta años, alto no más de un metro y sesenta, los cabellos cortos y oscuros con finos mechones blancos. Movía nerviosamente los brazos como para impartir órdenes silenciosas. La tarjeta de su pecho decía R. Segundo.

Miré el grado en el pecho: han mandado un pez gordo -pensé- un coronel para secuestrar a dos turistas.

Pablo y yo nos quedamos largos minutos sin hablar, luego otra vez en italiano susurré: “Que hacemos? Escapamos sin las mochilas?”.

“Talvez alguien nos debe explicaciones -dijo Pablo alzando la voz- no les seguiremos así tan facilmente, no tenemos otra opción sino gritar”.

El coronel con voz ligeramente aguda impartió una órden: “Ahora silencio, dentro de poco sabrás lo necesario”.

Luego se dirigió a Sampaio: “César tu al volante, Antonio, tu en cambio, atrás con nuestros amigos, debemos irnos se nos está haciendo noche”.

Subió del lado del chofer y cerró la puerta con fuerza. Tomamos puesto en los asientros traseros. Estábamos atrapados como sardinas y Pablo continuó y protestar: “Son unos bastardos, a la primera ocasión les denunciaré por secuestro. O nos dicen quienes son y que cosa quieren de nosotros o se arrepentirán”.

Luego, aprovechando un momento de distracción del jóven teniente que se sentaba atrás con nosotros Pablo trató de arrebatarle la pistola de la cartuchera.

Todo duró pocos momentos: el jóven lo tomó nuevamente por el cuello, mientras yo tenté de bloquearle las manos aferrándole por las muñecas. Gritamos todos hasta que el coronel apuntó su arma entre los ojos de Pablo: “Basta muchacho, otra palabra y te hago volar la cabeza. Al momento oportuno sabrás todo”.

Sampaio hundió el pié en el acelerador y el jeep emitió un traqueteo rabioso, enseguida nos mezclamos en el tráfico caótico de la ciudad.

Dejamos La Paz directos hacia el norte, atravesando por casi una hora el tráfico de la ciudad de las brujas, entre caminos vecinales inmersos en las montañas, muchachitos sin cuidado del tráfico, perros piel y huesos, mujeres con sombrero bombin que iban al mercado, hombres con mercancías en los brazos para vender en los tantos semáforos de la ciudad, y luego autobuses viejísimos cargados de gente, chicos en uniforme yendo a la escuela, turistas en busca que cualquier emoción en la capital más alta del mundo.

Habremos viajado sólo cinco horas hacia nuestra misteriosa meta, mientras que al día siguiente partiendo al alba habríamos llegado en quince horas a nuestro destino. Este era, almenos, el programa que nos fue comunicado por nuestros carceleros.

Sampaio continuó a manejar hasta llegar a El Alto. La zona que domina la ciudad es un gran mercado al abierto donde todos venden algo, y tantos buscan algo.

Compramos fruta de una mujer anciana que tenía la mercancía apoyada en la tierra y entendimos que el militar de la fuerza inaudita nos habría dejado.

De golpe el tono del coronel se suavizó: “El se queda aquí -nos dijo- su deber había terminado, ahora nos alternaremos conduciendo Antonio y yo”.

Mientras Gómez entraba al puesto del chofer el coronel se volteó hacia nosotros y pronunció una frase que habría cambiado el curso de las cosas y nuestro estado de ánimo: “Pablo quédate tranquilo, sabíamos de tu llegada, nos ha mandado tu hermano hasta aquí arriba”.

Pablo mostrándose desconcertado, cambió en un momento la expresión del rostro, los músculos de la boca tensos hasta aquel momento, de manera inverosímil se relajaron y la sonrisa apareció en nuestros rostros. Luego, con un hilo de voz preguntó: “Pero por qué todo este teatro?”.

“No hagan más preguntas. Sabrán todo cuando lleguen a Rurrenabaque. Disfruten el espectáculo que les ofrece esta naturaleza única e increíble, y relájense”.

Dejamos la calle provincial para tomar una secundaria, mucho menos fácil. Arriba, siempre en alto, nos adaptamos a lo largo de las curvas tortuosas de una calle blanca irregular y desconectada, hasta los pasos más altos de la Cordillera.

A cinco mil quinientos metros sobre el nivel del mar, para nada acostumbrados a tales altitudes, respirábamos con dificultad y nos parecía que la cabeza y el corazón nos explotaban.

Los picos de las montañas, blancos de nieve, se perdían luego de pocos metros en el color indefinido de la roca mientras las manadas de alpacas pastaban entre los arbustos secos inclinados por el viento.

Sobre las jorobas de las cimas menos altas resaltaban aquí y allá puñados de verdes árboles y otra vegetación oscura, interrumpiendo el territorio marrón que se extendía amplio y plácido sobre distancias desmedidas, no depredado por los arañazos del hombre, tranquilo y digno en su inmensidad.

Mientras tanto la marcha de nuestro auto, frustrada por el viento, parecía dejar atrás los pensamientos pesados y cargados de miedo que esta situación había generado.

Vimos muchas veces, ennegrecidos por el humo, los barrancos rocosos usados por los indios rancheros que criaban una raza especial de vacas.

El estado boliviano hace cincuenta años atrás había importado de la Patagonia bestias particulares resistentes al frío de las grandes altitudes para alimentar a los hombres empeñados en las mineras y sobretodo los militares necesarios al control del territorio.

Antonio Gómez, evidentemente experto, nos contó como el verano los campesinos quemaban la hierba para el pastoreo porque si la dejaban crecer se haría muy dura y habría arruinado los dientes de las bestias. Pocos cientos de metros después detuvo el jeep y nos mostró un recinto para los ovinos. Riendo añadió: “Esta carne es verdaderamente para los minadores”. Los recintos de piedra eran altos un metro y entre una piedra y otra estaban incrustados palos que sostenían redes metálicas. Todo esto era necesario para proteger el ganado de las incursiones nocturnas de los depredadores.

Finalmente llegamos a la cima de las montañas bolivanas lidiando eternamente con las nubes y los vientos intensos que las mueven, para iniciar enseguida luego la bajada, marchando lentamente sobre una calle primitiva que se abría a lo largo de la interminable ladera oriental, directa hacia el norte y entonces hacia la región Amazónica que habríamos alcanzado en la siguiente noche. Luego procedimos a través de un valle angosto y polvoriento. La calle era flanqueada por mechones de eucaliptos y por prados de hierba médica agitada por el viento siguiendo la misma lógica usada para las vacas. Luego arbustos de cactus sostituyeron los eucaliptos y nos acompañaron en lo que habría sido nuestro refugio en nuestra primera noche boliviana. Cocopaia era un pequeño pueblo mostrado apenas en el mapa de Sudamérica que había comprado en Roma en una librería especializada en viajes, con las casas de ladrillos de lodo recubierto, alrededor de una plaza dominada por una pequeña iglesia colorida como el arcoiris.

Así al atardecer, luego de horas de viaje, llegamos cansados, con las piernas inestables y los músculos entorpecidos. Al occidente el cielo pasó del naranja al rojo oscuro mientras nosotros arrancábamos con fatiga moviendo con los pies la tierra ya inconexa por un arado, probablemente todavía tirado por los animales. Había olvidado los guantes en el auto y me di cuenta de tener la punta de los dedos insensibles sólo después de haber recorrido docientos metros: antes que regresar caminando por otros cinco minutos, preferí meter las manos en los bolsillos. Después de haber caminado por otros cinco minutos más llegamos cerca de un bosque de arbustos. Con fatiga abrimos un espacio entre las ramas llenas de espinos y nos encontramos delante de un terraplén tan empinado que tuvimos que usar las manos para escalarlo. Apareció finalmente una casa rodeada por un jardín delimitado por una valla. En ciertos puntos la pintura de los acabados se había derrumbado y el muro mostraba los bloques de piedra que constituían la estructura de la casa, mientras entramados de hierba prepotentemente habían tomado posesión de las paredes expuestas al sol. Entonces al muy tenue brillo crepuscular noté los restos que hablaban del pasado. El portón de madera devastado por el frío y por el viento. La aldaba, un tiempo evidentemente brillante, cubierta por el óxido, la única ventana sin vidrios y cerrada con piedras y cartón para impedir al viento y al agua invadir las parte interna. Afuera estaba todavía un poste de luz cuyos cables pendían cansadamente hacia tierra prosiguiendo luego hacia oriente a conectarse con otros postes y luego otros hasta perderse en la lejanía como una fila de guerreros derrotados después de la batalla.

El crepúsculo había dejado el puesto a la noche. Era oscuro completo cuando noté un pequeño resplandor amarillo que venía hacia nosotros.

Un hombrecito anciano con una linterna de petroleo a mano apareció y saludó a Antonio Gómez. Al improviso entendimos que él era de allí, de casa. Más tarde confirmó nuestra intuición explicándonos que era su lugar de orígen.

Habíamos encontrado el puesto para pasar la noche. La búsqueda no ha sido difícil, el jóven teniente abrió inmediatamente la vieja puerta de la casa que originalmente habría debido ser una posada. Apenas adentro, botado en un ángulo, vimos un viejo cartel con la escrita: El Salvador. Dentro nada de luces solamente velas y ni siquiera un lavabo, mientras que el piso rústico estaba lleno de minúsculas hormigas. En compensación, gracias al anciano, tomamos posesión de cuatro hamacas y de algunas cobijas. Encontramos también de comer en una vivienda privada, probablemente parientes del jóven teniente. Comida Andina, naturalmente: bananas cocidas, maiz, arroz, fréjol, pimientos rojos molidos mezclados con aceite, y también carne en trozos dejada secar al sol. Teníamos apetito, y devoramos todo en un momento aunque si nuestra atención fue atraída por el cocinero que con afán enérgico, golpea repedidamente los trozos de carne contra el marco de la puerta.

Preguntamos curiosos, el por qué de aquel gesto y Gómez respondió divertido que un tiempo, con aquel sistema, se intentaba hacer salir a los gusanos del tamaño de un dedo de un hombre adulto. Pero que ahora era más una superstición que una necesidad.

La cena fue veloz. Pablo y yo teníamos solamente ganas de dormir. La falta de oxígeno se hacía sentir y la cabeza parecía que estallaba de un momento a otro. “Soroche” -dije- como para justificar el deseo de ir a dormir. Al día siguiente habría sido otra jornada difícil. Diez horas de jeep para bajar de los Andes hasta la gran madre Amazonia. Quedaba todavía la fuerte duda del por qué aquel teatro en el aeropuerto, pero ahora la cabeza estaba muy pesada para pensar.

Al imporviso escuché una voz provenir desde lejos : “Amigo, despierta, tenemos que irnos”.

tabla de contenidos

1.- PROLOGO

2.- Pablo

3.- LA PAZ

4.- TRANSFERIMIENTO

5.- MILAGRO

6. - ESMERALDA

7. – Reinaldo

8.- Miguel

9. – Prisión

10.- FEBRERO

11.- EL SALAR

12.- POTOSI

13.- Minera

14.- Deslaves

15.- Cansados

16.- Llanuras

17.- Río Beni

18.- Canoa

19.- La aldea

20.- Uniformes

21.- Madidí

22.- Maletín

23.- Voz y Viento

24.- Fin

25.- Epílogo

Biografia de l'autor