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Burgos, la ciudad en la que nunca pasa nada hasta que él te mira a los ojos. Gemma se encuentra atascada en un caso sin pruebas en el que las víctimas solo tienen en común la forma de morir... ¿O hay algo más?
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Veröffentlichungsjahr: 2019
© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Casilda González Forné
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Diseño de portada: Norberto Sánchez Sanz.
ISBN: 978-84-17779-48-1
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Este libro jamás habría sido posible sin la ayuda de mis tres “Reyes majos” así que se lo dedico a ellos:
Ana,
por demostrar que hay amistades que no entienden de kilómetros.
Azahara,
por ser mi “melenas” y la mejor compañera en un Apocalipsis zombi,
y a Nor, mi pareja,
por tener fe en mí cuando ni yo la tenía.
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El picor era bueno, purificaba. El olor raspaba la suciedad nociva. Como los fieles haciendo su cruz con los dedos mojados en agua bendita antes de entrar al templo él cumplía con su ritual. No había rincón que se salvara, aunque incomodara, era necesario, era lo que había que hacer. La suavidad del jabón de acero inoxidable es como una caricia, un gesto de cariño y, como tal, debilita y por sí solo es insuficiente. Necesitaba la acidez corrosiva en su olfato. Era intoxicante, embriagadora. Una vez terminada la limpieza, se secó con cuidado dando pequeños toques sobre la piel sonrosada con la toalla de un blanco impoluto. Ninguna crema calmaría las irritaciones, su madre se lo había advertido con firmeza abusiva. Eso devolvería la suciedad grasienta a su cuerpo. El roce de la bata hizo de muralla entre el frío y él. Tomó aire, excitado y en paz al mismo tiempo. Abrió la puerta del baño, ignoró su habitación a oscuras y encaró el pasillo. Se desplegaba ante él como una caverna de madera. Ni una mota de polvo, ni un cabello o huella mancillaba las tablas. En el yeso del techo las sombras tallaban relieves sutiles casi tan sólidos como las decoraciones reales. Sus pies en las zapatillas afelpadas arrastraban su corazón desbocado hacia la puerta del fondo. Pasos tan leves como mariposas. ¿A quién o qué temía despertar? No sería al vigilante apoyado en la jamba derecha de la puerta. No había nada que pudiera perturbar al perro guardián. El asomo de una sonrisa revoloteó por unos labios desacostumbrados al gesto. Al otro lado le esperaban dispuestos a darle una bienvenida que nunca antes le habían dado. Siguió avanzando escoltado por el reflejo abstracto de su cuerpo impaciente ¿Cómo encajaría el nuevo inquilino? Esperaba que el resto lo aceptara de tan buen grado como él lo había hecho. Pero, antes de dar un paso más, se detuvo a acariciar la cabeza apolillada del galgo negro disecado cuyas cuencas vacías eran pozos. Sombras que conservaban el eco de bienvenidas pasadas mucho más efusivas. Debía seguir el orden. Siempre. El orden está para cumplirlo. El orden evita el caos. El orden es limpio.
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Gemma era más sudor que persona. Había dormido fatal y ni el primer ni el segundo café la habían ayudado a despejarse. En vista que un tercero no iba a ser la solución usó su otra arma: boxeo. El saco anclado al techo bailoteaba a su ritmo. Puño, puño, gancho. ¡Mueve los pies! Apenas podía oírse Wish I had an angel de Nigthwish entre su respiración entrecortada. Sonó la alarma, fin del asalto. Estaba por ignorarla y seguir cinco minutos más pero ese precioso tiempo debía invertirlo bajo el agua de la ducha. Se quitó los guantes rojos y desgastados sintiéndose como un muñeco idiota y los colgó del gancho. También los protectores que, junto al resto de lo que llevaba puesto, iban a ir directos a la lavadora. O eso o tendría que mudarse de casa por el pestazo sobaquero. Echó los shorts negros y el top de tirante grueso junto a la ropa interior al cesto que estaba tras la puerta de la cocina y se fue desnuda al baño. Ventajas de vivir sola y en un piso alto: no hay vecinos que te vean ni nadie que te distraiga intentando echarte un polvo. Dejó correr el agua hasta que alcanzara esa temperatura de «un grado más y saldré en estado gaseoso» mientras deshacía la coleta baja. El pelo de un rubio grisáceo se le pegaba a la piel como patitas de un pulpo pervertido, lo apartó de un manotazo de los ojos color café envueltos en ojeras. Al ver su reflejo le recordó a los esbozos que hacían en clase de plástica, todo hechos de palos, triángulos y filos. Fibra pura, nervio y café… y algo de música heavy… y pelos de gato. Con poco más de metro sesenta desde pequeña supo que a los matones o les paras o digievolucionan en tu peor pesadilla, y ello la había convertido en la versión borde y adicta a la cafeína de la nerd que tenía el cuello encallecido por las collejas. Metió la mano bajo el grifo y justo antes de poner un pie dentro de la bañera, sonó el teléfono.
—No me jodas…
Cogió el aparato cagándose en todo cuando vio que llamaban desde el trabajo.
—Espero que los cómics que lees te hayan endurecido el estómago —dijo Ramírez—. Esto parece sacado de uno de ellos. Te necesito aquí a la de ya —y colgó.
Así me gusta, ni un buenos días ni un adiós. Podría haber descolgado el aparato Jesucristo Superstar que al tío le daba igual, pero la curiosidad la recorría con sus mil patitas de insecto por todo el cuerpo. En Burgos, la ciudad donde nunca pasa nada, ha pasado algo.
Por suerte ni tuvo que coger el coche, la escena estaba a un paseo de su casa. Cuando le dijeron el piso lo recordaba. Había estado ahí con unos amigos hace unos años celebrando no sé qué antes de que se mudaran. Estaba situado en la emblemática calle La Paloma flanqueada por un lado por la piedra y las rejas de los arcos apuntados de la catedral y por el otro por negocios turísticos que competían a ver quién vendía el imán más hortera (y los vendían, que eso era lo más fuerte). Sus deportivas negras de suela gruesa chapoteaban entre los charcos del embaldosado gris. Gris el cielo de marzo, gris el escenario y gris su cara en la que solo la luz de los ojos impacientes rompía la escena. Los pasos rápidos no admitían discusión, la gente se apartaba mientras exhibía la placa y cortaba preguntas con su mejor cara de perro mordedor. Traspasó el estrecho portal de madera casi oculto por la entrada del bar en el que anunciaban desayunos y menús en las pizarras. Saludó a Iñigo y al novato que estaba con él en la puerta con un movimiento de cabeza que casi le partió el cuello. Demasiados festivales llevaban esas vértebras como para quedarse sin protestar. La escalera parecía diseñada por un borracho: tres escalones aquí, dos allí, un tramo estrecho de siete seguidos en los que rezas por no encontrarte con nadie en la dirección contraria… ¿Habría sido en la escalera donde habían esperado a la víctima? No le hubiera extrañado. Aquel edificio era la Disneylandia de los escondites. Conforme ascendía de forma arrítmica pensaba en la enorme cantidad de rincones desde los que podrían asaltarla y desde los que no tendría margen para defenderse. Al fin llegó a la escena del crimen. Tuvo que ejecutar una danza ridícula con los de la forense para pasar. Aún recordaba los techos bajos y las paredes de un morado oscuro. El piso ahora tenía una decoración más femenina. Habían intentado hacer elegante el sitio a base de sobrecargarlo con chorradillas de diseño aumentando la sensación de agobio. La última vez que estuvo ahí lo que cubría las estanterías era una colección de latas de cerveza y unos cuantos muñequitos de Pokémon sacados de un Happy Meal. Ramírez la saludó con el cuello tronchado y el pelo engominado ensuciando el techo del diminuto salón.
—Está en el baño —dijo indicando con un pulgar el estrecho ¿pasillo?, ¿se merecía ese nombre?, que comunicaba el saloncito con el dormitorio en el que solo cabía una cama, dos mesillas encajonadas contra las paredes y un armario empotrado casi tan grande como la habitación.
Si no hubiera estado allí antes habría pasado por alto la puerta corredera que llevaba al baño. De ahí venía un olor inconfundible que por fortuna no olía desde sus comienzos en el cuerpo. El estómago le dio un retortijón. Resopló con fuerza como si con eso pudiera evitar que la peste invadiera sus fosas nasales y asomó la cabeza.
La pieza había sido construida aprovechando el hueco de la escalera del edificio haciendo que el techo, ya de por sí bajo, fuera abuhardillado aumentando la sensación de claustrofobia. Al lado izquierdo el lavamanos blanco y un espejo bajo el que descansaban cremas y perfumes que contrastaban por sus formas (y su precio) con el piso. El retrete estaba a su lado aprovechando la parte más baja del techo y un pequeño mueble/toallero cubría el resto de la pared más pequeña. Se centró en todo aquello antes de girarse hacia la ducha donde todo era rojo y carne. Un cuerpo bonito y perfectamente depilado se retorcía en el suelo hasta encajar en el poco espacio que quedaba. Parecía una pieza de tetris macabra. Habría sido el sueño de cualquier pajillero si no fuera por la cabeza. Era pura carnicería. La sien izquierda se resumía en astillas de hueso que sobresalían como dientes de un monstruo marino y los ojos… Los ojos no estaban. Dos piscinas sangrientas le devolvían la mirada. Los párpados destrozados parecían telas desechadas y parte del nervio blancuzco salía de ambos. Una arcada le estremeció la garganta. «¿No querías café?», pensó, «pues aquí lo tienes y reciclado». Se forzó a seguir mirando. Era su trabajo y lo último que necesitaba era ganarse fama de blandengue en el cuerpo, suficiente tenía con ser una mujer en ese ambiente como para encima darles pie a las bromitas. El charco de sangre ya había espesado y estaba seco en las partes menos profundas. Aquello dejaba casi todo el suelo de la estancia pegajoso y con olor a óxido. El pelo de la víctima castaño claro y con mechas rubias estaba pegado a aquella masa y, entre mechones, Gemma vio algo. Se cubrió la boca con la manga de la camiseta y se acuclilló para ver más de cerca. Una cuchara. El muy cabrón había usado una puta cuchara.
—Ramírez.
El corpachón del teniente le hizo sombra mientras ella señalaba el objeto metálico.
—No me jodas… ojalá estuviera muerta cuando lo hizo.
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Estaba en su piso, de pie, el sempiterno maletín marrón oscuro en sus manos. El cuello algo torcido debido a la altura del techo del salón. El cabello castaño oscuro y lacio pulcramente peinado casi rozando la escayola del techo. Sus ojos marrones anodinos miraban a su alrededor con la misma calma que le había conocido en los últimos meses. Ya lo tenía donde quería. Boda, divorcio y a darse la vida que siempre ha querido. La vida que siempre ha merecido, se corrigió. A sus 37 años había perdido la esperanza de poder dar un braguetazo. Su última pareja (a falta de un nombre mejor) al final no había abandonado a su esposa y aunque ello le fue lucrativo en un principio, no era una inversión de futuro lo suficientemente rentable. Se acercó a él con esa sonrisa inocente que le había funcionado tan bien como hasta ahora y le ofreció un té. Con la excusa de ir hacia la cocina a prepararla rozó su cuerpo flaco y notó cómo su piel pálida se erizaba con el «casi» contacto. Dejando la taza humeante sobre la mesita lacada del centro del diminuto salón le miró a los ojos, puso sus manos sobre el chaleco gris de lana y alzó el rostro para besarle y él… se apartó. Solo los años de experiencia impidieron que soltara un juramento. En vez de eso con su voz más dulce dijo:
—¿Ocurre algo, querido?
Sus manos de uñas dolorosamente cortas y dedos finos abrieron el maletín con cierta torpeza atropellada.
«Bien», pensó Carmen, «por lo menos he conseguido excitarle».
Le sonrió de forma maternal, como venía haciendo desde que se conocían y esperó pacientemente con las manos entrelazadas por delante. Finalmente él sacó una bolsita de plástico y en ella había lo que parecía una pieza de metal ovalada, casi como un canto rodado de río. ¿Qué clase de juguetito sexual era ese? Parecía una pastilla de…
—Es jabón, de acero inoxidable, más efectivo y limpio que sus hermanos cremosos —dijo con su voz calma y algo engolada—. Es muy importante para mí que lo uses antes de… antes de nada.
Sus ojos se abrieron como platos imitando a un cervatillo acorralado a la perfección:
—Pero querido, me dijiste que no… Bueno, que no intimaríamos hasta que fuera tu esposa. ¿Has cambiado de opinión?
Una expresión entre alarma y asco cruzó la cara cuadrada.
—¡NO! —alzó la voz y, luego, como arrepintiéndose, repitió—: No, el orden es el que es y hay que seguirlo. Pero mi piel es muy sensible y si vas a ser mi esposa necesito antes de cualquier contacto, aunque sea el mínimo, que lo uses.
Ella sonrió aliviada. Si solo era una cuestión de manías higiénicas y no de un fetiche sexual no tenía problema. Además, él había dejado claro que el sexo estaba prohibido hasta el matrimonio… Benditos ricachones puritanos… Había conseguido un sueldo Nescafé y sin tener que bajarse las bragas siquiera.
—Como tú quieras, querido, sabes que no puedo negarte nada.
Tomó la pastilla de jabón y fue hacia la ducha con una sonrisa que el gato de Chesire habría envidiado.
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Ella se había marchado dejándole ahí, en medio del salón. Su madre había tenido razón, era una buena candidata. Había obedecido sin rechistar. En cuanto vivieran juntos no iba a ser difícil enseñarle métodos de limpieza más exhaustivos pero, de momento, para contactos leves, con el jabón bastaba. Ya se limpiaría después de forma correcta cuando llegara a casa. Recordó cuando la conoció. Su madre ya tenía cierta edad y necesitaba una cuidadora ya que, como ella le recordó (entre otras razones), ese no era un trabajo de hombres, así que él no podía cuidarla. Carmen no había pasado la entrevista, las uñas demasiado cuidadas y el maquillaje no le había agradado a su madre… Para ese trabajo. Sin embargo, la invitó a tomar café y comer varias veces. ¡Eso sí!, con ella delante.
—Ya es hora y ya que por tu culpa eres el único descendiente de tu padre debes casarte. Estás en buena edad, ella es una buena candidata y algún día te dará hijos que, si Dios existe, serán el mismo necesario castigo que eres tú para mí.
Era la primera vez que estaban a solas. No debió haber subido, pero ella había insistido. Era tarde, de noche y fin de semana. Podría ser peligroso para una mujer sola. Debió haber seguido las instrucciones de su madre y haberla invitado a comer en la casa en vez de a cenar pero no había visto el fallo hasta que fue demasiado tarde y, ahora, aquí estaba, oyendo caer el agua de la ducha a apenas unos metros.
Un zumbido le sacó de sus pensamientos. El móvil de Carmen. Lo ignoró pero siguió zumbando de forma impertinente. Con un suspiro de exasperación sacó sus guantes desechables del maletín y apoyó este sobre la misma mesita en la que reposaba el té. Aún estaba adoctrinando a Carmen sobre cuestiones higiénicas, no iba a arriesgarse a tocar nada del lugar sin la previa revisión y le parecía maleducado empezar a hacerlo ahora. Tomó el teléfono de pantalla plana y vio que eran mensajes, WhatsApp, de lo que parecía un amigo, no le dio mayor importancia. Si era algo urgente volverían a contactar. Estaba apunto de dejarlo de nuevo en su sitio cuando algo le detuvo. Abrió los mensajes, los leyó uno por uno. Un nombre tras otro. Un hombre tras otro. A él no le tenía (no usaba esa app. Ni esa ni ninguna para ser sincero). La sangre le ardió y luego se convirtió en hielo. Posó el teléfono en el sitio exacto en el que ella lo había dejado, se quitó el abrigo y lo dejó sobre su maletín y, antes de ir hacia la ducha, cogió la cuchara del té que le había preparado. Conseguiría una mirada sincera de la única forma que él sabía que podía encontrarla.
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Cuando te haces poli en una ciudad como Burgos es porque quieres estar lo más alejado de la acción posible. Algún robo, peleas los fines de semana cuando corría más alcohol de la cuenta y cosas así. Los casos que peor llevaba eran los de violencia doméstica, la habían apartado de ellos porque por poco le arrea un puñetazo al último imbécil arrogante que había dejado a su mujer hecha un cromo. Como le recordaron en el cuartel, aquello solo habría empeorado las cosas. Se sentía muy impotente, atada de pies y manos. ¿De qué servía la placa si al apresar a uno de esos cabrones salían por la puerta a las pocas horas de que les hubieran arrestado? Más visitas al hospital hasta que al final ves la esquela en el periódico… Qué pena la mujer… Qué trompazo se dio al «caer por las escaleras». ¿Verdad? Más que andar iba pateando el suelo. Había sido un infierno de día. La imagen de esa chica iba a perseguirla el resto de su vida. Los vecinos no fueron de mucha ayuda, no lo dijeron a viva voz pero pensaban de ella que era una puta y que debía haberlo visto venir.
—No sé… Por aquí pasan muchos hombres, ¿sabe? A lo mejor es cosa de celos, la chica… Bueno.. Digamos que era… Ya sabe que es de mala educación hablar de los muertos, señorita.
Nadie merece esto. ¿Eres una cabrona que juega con los sentimientos de la gente? Pues ojalá que acabes sola. ¿Te gusta el sexo? Pues me parece de puta madre. ¿A mí qué más me da? Pero la escena en ese baño… Y eso que, como confirmaron los forenses, la salvajada que le hicieron en la cara fue postmortem. Por lo demás parecía hecho por un fantasma. Ni huellas, ni pelos, ni restos bajo las uñas. ¡Nada! La víctima había practicado sexo recientemente pero no había signos de agresión. Móvil sexual descartado. En la comisaría casi lo habían dado por zanjado. Estaban interrogando a todos los chicos de la agenda de Carmen Itugarde seguros de que había sido uno de ellos. Le parecía increíble que ese cuerpo hubiera tenido una vida, un nombre… Es como si el asesino le hubiera quitado su derecho a ser recordado como ser humano en vez de como cadáver. Buscó en su mochila negra de tela las llaves del portal. Necesitaba descansar, apartar la imagen de esa pobre mujer de su cabeza. Necesitaba Netflix, cerveza y pizza. Mientras mascullaba palabrotas al no encontrar las escurridizas llaves, oyó una voz familiar con un fuerte acento inglés:
—¿Otra vez se esconden, honey? ¡Esa mochila tuya es peor que el bolso de Mary Poppins!
Unos ojos azul pálido sonreían tras unas gafas de lentes oscuras y redondas mientras una mano regordeta cargada de anillos y pulseras repiqueteantes introducía su llave en la cerradura del portal.
Joyce le hizo una reverencia mientras sostenía la puerta y su perrillo Kiss entraba en el portal hecho todo saltos, pelos blancos y orejas bizcas.
