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Rebelión en la granja (1945) es una fábula política tan sencilla en apariencia como demoledora en su mensaje. Cuando los animales de una granja se levantan contra sus dueños humanos para construir una vida más justa, el sueño de igualdad pronto se convierte en un experimento de poder donde las promesas se deforman y las reglas cambian en silencio. A través de un relato ágil, irónico y profundamente revelador, George Orwell muestra cómo los ideales pueden ser secuestrados por la ambición, cómo la propaganda reescribe la memoria colectiva y cómo la obediencia se disfraza de progreso. Publicada en 1945, Rebelión en la granja es una de las sátiras más brillantes sobre la corrupción del poder y la fragilidad de la libertad: una lectura imprescindible, tan clara y vigente hoy como cuando fue escrita.
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Seitenzahl: 140
Veröffentlichungsjahr: 2026
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Rebeliónen la granja
George Orwell
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© Traducción íntegra de David Gallego Pla
© Editorial Ardea, S.L
ISBN: 978-84-10011-68-7
CAPÍTULO I
El señor Jones, de la Casa de Campo, había cerrado los gallineros al caer la noche, pero estaba demasiado borracho para recordar cerrar las trampillas. Con el anillo de luz de su linterna danzando de un lado a otro, se tambaleó por el patio, se quitó las botas junto a la puerta trasera, se sirvió un último vaso de cerveza del barril en la despensa y se dirigió a la cama, donde la señora Jones ya roncaba.
En cuanto se apagó la luz del dormitorio, hubo un movimiento y un aleteo por todos los edificios de la granja. Durante el día se había corrido la voz de que Viejo Comandante, el premiado verraco de raza Middle White, había tenido un sueño extraño la noche anterior y quería comunicárselo a los demás animales. Habían acordado reunirse todos en el granero principal tan pronto como el señor Jones se hubiera ido. Viejo Comandante (como se le llamaba, aunque el nombre con el que había sido presentado era Beldad de Willingdon) era tan respetado en la granja que todos estaban dispuestos a perder una hora de sueño para escuchar lo que tenía que decir.
Al fondo del granero principal, en una especie de plataforma elevada, el Comandante ya estaba acomodado en su cama de paja, bajo una linterna que colgaba de una viga. Tenía doce años y últimamente se había puesto un poco rellenito, pero seguía siendo un cerdo de aspecto imponente, con una expresión sabia y bondadosa a pesar de que nunca le habían cortado sus colmillos. Pronto empezaron a llegar los demás animales y se acomodaron a su manera. Primero vinieron los tres perros, Campanilla, Jésica y Mordisquitos; luego los cerdos, que se instalaron de inmediato en la paja justo delante de la plataforma. Las gallinas se subieron a los alféizares de las ventanas, las palomas revolotearon hasta las vigas del techo, las ovejas y las vacas se tumbaron detrás de los cerdos y empezaron a rumiar. Los dos caballos de tiro, Bóxer y Trébol, entraron juntos, caminando muy despacio y posando sus enormes pezuñas peludas con mucho cuidado para no aplastar a algún animalito escondido en la paja. Trébol era una yegua robusta y maternal, acercándose a la mediana edad, que nunca había recuperado del todo su figura después de su cuarto potrillo. Bóxer era una bestia enorme, casi de dieciocho palmos de altura y tan fuerte como dos caballos corrientes juntos. Una raya blanca en su hocico le daba un aire algo tonto, de hecho, no era el más listo, pero todos lo respetaban por su carácter firme y su fuerza brutal para el trabajo. Después de los caballos entraron Muriel, la cabra blanca, y luego Benjamín, el burro. Benjamín era el animal más viejo de la granja y el de peor genio. Rara vez hablaba, pero cuando lo hacía, solía soltar algún comentario cínico, por ejemplo, que Dios le había dado una cola para espantar las moscas, pero que él preferiría no tener ni cola ni moscas. Si alguien le preguntaba por qué, diría que no veía nada de qué reírse. Sin embargo, sin admitirlo abiertamente, estaba completamente entregado a Bóxer; los dos solían pasar sus domingos juntos en el pequeño potrero detrás del huerto, pastando uno al lado del otro sin decir ni una palabra. Los dos caballos acababan de tumbarse cuando un grupo de patitos, que habían perdido a su madre, desfilaron al granero, piando débilmente y zigzagueando de un lado a otro en busca de un rincón donde no los pisotearan. Trébol formó una especie de muro alrededor de ellos con su enorme pata delantera, dentro de la cual se acurrucaron los patitos para quedarse dormidos en un instante. En el último momento entró Mimi, la tonta y bonita yegua blanca que tiraba del carro del señor Jones, caminando con pasitos delicados y mascando un trozo de azúcar. Se colocó cerca del frente y empezó a agitar su crin blanca, con la esperanza de que alguien notara las cintas rojas con que la había trenzado. El último en llegar fue el gato, que como siempre buscó el sitio más calentito, colándose al final entre Bóxer y Trébol; allí se acurrucó ronroneando satisfecha durante todo el discurso del Comandante, sin prestar atención ni a una sola palabra de lo que decía.
Todos los animales estaban ya presentes, excepto Moisés, el cuervo domesticado, que dormía en un posadero detrás de la puerta trasera. Cuando el Comandante vio que todos se habían acomodado y esperaban con atención, carraspeó y empezó:
—Camaradas, ya os habéis enterado del sueño extraño que tuve anoche. Pero eso lo dejaré para después. Primero tengo algo más que deciros. No creo, camaradas, que vaya a estar con vosotros muchos meses más y antes de morir, siento que es mi deber transmitiros la sabiduría que he ido acumulando. He vivido mucho, he tenido tiempo de sobra para pensar mientras yacía solo en mi establo, por lo que creo que puedo decir que entiendo la naturaleza de la vida en esta tierra tan bien como cualquier animal vivo ahora mismo. De eso es de lo que quiero hablaros.
»Camaradas, ¿qué clase de vida es la nuestra? Seamos francos: nuestras vidas son miserables, llenas de trabajo y cortas. Nacemos, nos dan justo la comida suficiente para que sigamos respirando y, a los que podemos, nos obligan a trabajar hasta el último aliento y en el instante en que dejamos de ser útiles, nos degüellan con una crueldad espantosa. Ningún animal en Inglaterra sabe lo que son la felicidad o el ocio después de cumplir un año. La vida de un animal es pura miseria y esclavitud: esa es la pura verdad.
»¿Pero es esto simplemente parte del orden natural? ¿Es porque esta tierra nuestra es tan pobre que no puede dar una vida decente a los que en ella vivimos? No, camaradas, ¡una y mil veces no! El suelo de Inglaterra es fértil, su clima es bueno: podría dar comida de sobra a un número enorme de animales mucho mayor que el que ahora la habita. Esta granja nuestra podría mantener a una docena de caballos, veinte vacas, cientos de ovejas... y todos ellos viviendo en un confort y una dignidad que ahora nos resulta casi inimaginable. ¿Entonces por qué seguimos en estas condiciones miserables? Porque casi todo el fruto de nuestro trabajo nos lo roban los seres humanos. Ahí, camaradas, está la respuesta a todos nuestros problemas. Se resume en una sola palabra: el hombre. El hombre es el único enemigo real que tenemos. Quitadlo de la escena y ved como el origen del hambre y el sobretrabajo se acaba para siempre.
»El hombre es la única criatura que consume sin producir. No da leche, no pone huevos, es demasiado débil para tirar del arado, no puede correr lo bastante rápido para cazar conejos; sin embargo, él es el señor de todos los animales. Los pone a trabajar, les devuelve el mínimo indispensable para que no se mueran de hambre y se queda con el resto para sí mismo. Nuestro trabajo ara la tierra, nuestro estiércol la abona y, aun así, ninguno de nosotros posee más que su propia piel. Vosotras, vacas que veo delante de mí, ¿cuántos miles de litros de leche habéis dado en este último año? ¿Y qué ha sido de esa leche que debería haber criado terneros fuertes? Cada gota ha bajado por las gargantas de nuestros enemigos. Y vosotras, gallinas, ¿cuántos huevos habéis puesto este año? ¿Cuántos de esos huevos llegaron a convertirse en pollitos? El resto se ha ido al mercado para traer dinero a Jones y sus hombres. Y tú, Trébol, ¿dónde están esos cuatro potrillos que pariste, que deberían haber sido el sostén y la alegría de tu vejez? Cada uno se vendió con un año —nunca volverás a ver ni a uno. A cambio de tus partos y todo tu trabajo en el campo, ¿qué has tenido nunca, salvo tus raciones mínimas y un establo?
»Y ni siquiera se nos permite que las miserables vidas que llevamos alcancen su duración natural. Por mi parte, no me quejo, porque soy uno de los afortunados. Tengo doce años y he tenido más de cuatrocientos hijos. Esa es la vida natural de un cerdo. Pero ningún animal escapa del cruel cuchillo al final. Vosotros, cerditos jóvenes que estáis sentados delante de mí, cada uno de vosotros gritará hasta morir en el tajo dentro de un año. A ese horror debemos llegar todos —vacas, cerdos, gallinas, ovejas, todos—. Ni siquiera los caballos y los perros tienen un mejor destino. Tú, Bóxer, el mismo día en que esos músculos tuyos pierdan su fuerza, Jones te llevará al matadero, donde te cortarán el gaznate y te hervirán para los perros de caza. En cuanto a los perros, cuando envejecen y pierden los dientes, Jones les ata un ladrillo al cuello y los ahoga en el estanque más cercano.
»¿No está más claro que el agua entonces, camaradas, que todos los males de esta vida nuestra provienen de la tiranía de los seres humanos? Solo hay que librarse del hombre y el fruto de nuestro trabajo sería nuestro. Casi de la noche a la mañana nos haríamos ricos y libres. ¿Entonces qué debemos hacer? ¡Trabajad noche y día, cuerpo y alma, por el derrocamiento de la raza humana! Ese es mi mensaje para vosotros, camaradas: ¡la rebelión! No sé cuándo llegará esa rebelión, podría ser en una semana o en cien años, pero lo sé tan seguro como veo esta paja bajo mis pies: tarde o temprano, se hará justicia. Clavad vuestros ojos en eso, camaradas, durante el resto de vuestras cortas vidas. Y, sobre todo, transmitid mi mensaje a los que vengan después de vosotros, para que las generaciones futuras sigan la lucha hasta que triunfe.
»Y recordad, camaradas, vuestro propósito no debe flaquear nunca. Ningún argumento debe desviaros. Nunca escuchéis cuando os digan que el hombre y los animales tienen intereses comunes, que la prosperidad de uno es la prosperidad de los otros. Todo son mentiras. El hombre no sirve los intereses de ninguna criatura salvo los suyos propios. Y entre nosotros, los animales, que reine la unidad perfecta, la camaradería perfecta en la lucha. Todos los hombres son enemigos. Todos los animales son camaradas.
En ese momento se armó un alboroto tremendo. Mientras el Comandante hablaba, cuatro grandes ratas habían salido de sus agujeros y estaban sentadas sobre sus patas traseras, escuchándolo. Los perros las habían avistado de repente y solo gracias a una rápida carrera hacia sus agujeros las ratas salvaron sus vidas. El Comandante levantó la pata para pedir silencio.
—Camaradas —dijo—, aquí hay un punto que hay que aclarar. Las criaturas salvajes, como las ratas y los conejos... ¿son amigos o enemigos? Pongámoslo a votación. Propongo esta pregunta a la asamblea: ¿son las ratas camaradas?
La votación se hizo al instante y por una abrumadora mayoría se acordó que las ratas eran camaradas. Solo cuatro disintieron: los tres perros y el gato, que después se descubrió que había votado por ambos bandos. El Comandante continuó:
—Tengo poco más que decir. Solo repito: recordad siempre vuestro deber de enemistad hacia el hombre y todas sus costumbres. Todo lo que camina sobre dos patas es un enemigo. Todo lo que camina sobre cuatro patas, o tiene alas, es un amigo. Y recordad también que, en la lucha contra el hombre, no debemos parecernos a él. Incluso cuando lo hayáis vencido, no adoptéis sus vicios. Ningún animal debe vivir en una casa, ni dormir en una cama, ni llevar ropa, ni beber alcohol, ni fumar tabaco, ni tocar dinero, ni dedicarse al comercio. Todos los hábitos del hombre son malos. Y, sobre todo, ningún animal debe tiranizar a los de su propia especie. Débiles o fuertes, listos o simples, todos somos hermanos. Ningún animal debe matar a otro animal. Todos los animales son iguales.
—Y ahora, camaradas, os contaré el sueño que tuve anoche. No puedo describiros ese sueño. Era un sueño de la tierra tal como será cuando el hombre haya desaparecido. Pero me recordó algo que había olvidado por completo. Hace muchos años, cuando era un cerdito, mi madre y las otras cerdas solían cantar una vieja canción de la que solo conocían la melodía y las primeras tres palabras. Yo conocía esa melodía de mi infancia, pero hacía tiempo que se me había borrado de la memoria. Sin embargo, anoche me volvió en el sueño. Además, también volvieron las palabras de la canción —palabras, estoy seguro, que cantaron los animales de antaño y que se habían perdido en el olvido durante generaciones. Os cantaré esa canción ahora, camaradas. Soy viejo y mi voz es ronca, pero cuando os haya enseñado la melodía, podréis cantarla mejor que yo. Se llama «Bestias de Inglaterra».
El Viejo Comandante carraspeó y empezó a cantar. Como había dicho, su voz era ronca, pero cantó lo bastante bien y era una melodía conmovedora, algo entre «Clementine» y «La Cucaracha». La canción sonaba así:
Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda,Bestias de toda tierra y región,Escuchad mi alegre proclamaciónDel futuro libre que vendrá.
Pronto llegará, no hay duda alguna,El día en que al hombre echaremos,Y los campos fértiles de InglaterraSolo las bestias pisarán.
Los anillos de nuestras narices caerán,El arnés de la espalda se irá,El freno y la espuela se oxidarán,El látigo cruel no sonará.
Riquezas que ni soñar podemos,Trigo, cebada, avena y heno,Trébol, alubias y remolachasNuestros serán en ese tiempo.
Brillarán los campos de Inglaterra,Puras sus aguas fluirán,Dulces las brisas soplaránEl día que libres seremos.
Por ese día todos lucharemos,Aunque muramos sin verlo llegar;Vacas, caballos, gansos, pavos,Por la libertad hemos de pelear.
Bestias de Inglaterra, bestias de Irlanda,Bestias de toda tierra y región,Escuchad mi alegre proclamaciónDel futuro libre que vendrá.
El canto de esta canción puso a los animales en un frenesí total. Casi antes de que el Comandante hubiera llegado al final, ya habían empezado a cantarla por su cuenta. Hasta los más estúpidos ya habían captado la melodía y unas cuantas palabras; en cuanto a los listos, como los cerdos y los perros, se sabían toda la canción de memoria en unos minutos. Y entonces, tras un par de intentos preliminares, toda la granja estalló cantando «Bestias de Inglaterra» en unísono. Las vacas la mugieron, los perros la aullaron, las ovejas la balaron, los caballos la relincharon y los patos la graznaron. Estaban tan encantados con la canción que la repitieron entera cinco veces seguidas, pero podrían haber seguido cantándola toda la noche de no haber sido interrumpidos.
Por desgracia, el jaleo despertó al señor Jones, que saltó de la cama convencido de que había un zorro en el patio. Agarró la escopeta que siempre estaba en la esquina de su dormitorio y disparó una carga de perdigones número 6 hacia la oscuridad. Los perdigones se incrustaron en la pared del granero y la reunión se disolvió a toda prisa. Todos corrieron a sus sitios de descanso. Los pájaros saltaron a sus posaderos, los animales se acomodaron en la paja y, en un instante, toda la granja estaba dormida.
CAPÍTULO II
Tres noches después, el Viejo Comandante murió plácidamente mientras dormía. Su cuerpo fue enterrado al pie del huerto. Esto fue a principios de marzo. Durante los siguientes tres meses hubo mucha actividad secreta. El discurso del Comandante había dado a los animales más inteligentes de la granja una perspectiva completamente nueva sobre la vida. No sabían cuándo tendría lugar la Rebelión que el Comandante había predicho, no tenían razones para pensar que ocurriría en su propia vida, pero veían claramente que era su deber prepararse para ella. La tarea de enseñar y organizar a los demás recayó naturalmente en los cerdos, que eran generalmente reconocidos como los más listos de los animales. Destacaban entre los cerdos dos verracos jóvenes llamados Bola de Nieve y Napoleón, a los que el señor Jones criaba para vender. Napoleón era un cerdo Berkshire grande, de aspecto feroz, el único Berkshire de la granja, poco hablador, pero con fama de salirse siempre con la suya. Bola de Nieve era un cerdo más vivaz que Napoleón, más rápido al hablar y más ingenioso, aunque no se le consideraba con la misma profundidad de carácter. Todos los demás cerdos macho de la granja eran puercos. El más conocido entre ellos era un cerdo pequeño y gordo llamado Chillón, con mejillas muy redondas, ojos chispeantes, movimientos ágiles y una voz aguda. Era un orador brillante, cuando discutía algún punto complicado, tenía una manera de saltar de un lado a otro y mover la cola que resultaba, de alguna forma, muy persuasiva. Los demás decían de Chillón que podía hacer que lo negro pareciera blanco.
