Reglas practicas para brujas malditas - Kayla Cottingham - E-Book

Reglas practicas para brujas malditas E-Book

KAYLA COTTINGHAM

0,0

Beschreibung

PARA ENAMORARTE DEBES ROMPER TUS PROPIAS REGLAS... Todas las mujeres Bea están destinadas a nunca encontrar el amor verdadero. Pero Delilah está dispuesta a deshacerse de la maldición de su estirpe. Sin embargo, su Llamado mágico es interrumpido por Kieran Pelumbra, parte de una familia poderosa, que la necesita para romper con su propio encantamiento: en cada generación, un mellizo Pelumbra drena al otro de su vida y magia. Y ahora, cada día Kieran se debilita más mientras que su hermana, Briar, se acerca... a algo monstruoso. Cumplir con esa misión no será nada sencillo. Primero, porque la familia Pelumbra no desea que se rompa su maldición y ha enviado cazadores tras Delilah y los mellizos. Y, segundo, por Briar, quien provoca en Delilah tanta ira como ganas de besarla. Con el reloj corriendo en contra de los mellizos y la propia maldición de Delilah interponiéndose en el camino, quizás no haya lugar para un felices para siempre...

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 546

Veröffentlichungsjahr: 2025

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



PARA ENAMORARTE DEBES ROMPER TUS PROPIAS REGLAS…

 

Todas las mujeres Bea están destinadas a nunca encontrar el amor verdadero. Pero Delilah está dispuesta a deshacerse de la maldición de su estirpe.

Sin embargo, su Llamado mágico es interrumpido por Kieran Pelumbra, parte de una familia poderosa, que la necesita para romper con su propio encantamiento: en cada generación, un mellizo Pelumbra drena al otro de su vida y magia. Y ahora, cada día Kieran se debilita más mientras que su hermana, Briar, se acerca... a algo monstruoso.

Cumplir con esa misión no será nada sencillo. Primero, porque la familia Pelumbra no desea que se rompa su maldición y ha enviado cazadores tras Delilah y los mellizos. Y, segundo, por Briar, quien provoca en Delilah tanta ira como ganas de besarla.

Con el reloj corriendo en contra de los mellizos y la propia maldición de Delilah interponiéndose en el camino, quizás no haya lugar para un felices para siempre…

Kayla Cottingham

Es autora de literatura juvenil y bibliotecaria. Originaria de Salt Lake City, Utah, Kayla vive en Boston, donde le encanta hacer caminatas por el bosque, jugar juegos de rol y acurrucarse en el sofá con su gato negro ridículamente grande, Squid.

¡Visítala!

www.kaylacottingham.com

Para quien se esfuerza por romper el ciclo de trauma generacional: eres más fuerte de lo que crees. Y para Forrest y Jesaia, la primera familia que encontré.

PRÓLOGO

El apacible pueblo de Kitfield era el lugar perfecto para descansar antes de una aventura.

Bueno, la aventura de otra persona.

Kitfield se encontraba ubicado justo entre las montañas y el mar. Era la clase de lugar en el que los viajeros y las brujas pasaban la noche cuando iban camino a la ciudad o a las sombras oscuras del bosque, dependiendo de dónde los llevara su viaje. En ese sentido, Kitfield era un lugar en donde una podía conocer cien personas nuevas en una semana y aun así sentirse bastante sola, ya que cualquier amistad solo duraría hasta el amanecer, cuando el camino se despejara delante de ellos.

Para los residentes del pueblo, esto significaba tener una vida de sonrisas pasajeras, historias y despedidas. Nada de lazos ni ataduras.

Y así fue como Delilah Bea llegó al mundo.

Todo empezó una noche tormentosa en Kitfield cuando un hombre (la gente del pueblo todavía no sabía si se trataba de un simple viajero o un brujo) entró a la panadería Sunflower en la calle Wisteria una vez que esta había cerrado. La campanilla sonó desde arriba de la puerta, interrumpiendo el suave jazz que sonaba de la radio sobre el mostrador de madera. Solo entonces la muchacha se percató de que había olvidado cerrar a las nueve, como solía hacer todos los días desde hacía cinco años. Más tarde muchos dirían que este olvido fue, de hecho, la mano del destino.

Charlotte Bea, una joven de contextura delgada y ojos relucientes, que llevaba una guirnalda de flores tejidas en su cabello, estaba guardando un pastel en una caja para llevarlo a su casa cuando la campanilla sonó. Al voltear, encontró a un hombre con ropa harapienta que estaba apoyado contra el marco de la puerta, recuperando el aliento. Se había formado un charco de agua debajo de él, teñido de rosa.

En este punto los habitantes del pueblo no se ponen de acuerdo sobre la historia. Algunos dicen que el hombre colapsó en el suelo y Charlotte de algún modo invocó una increíble cantidad de fuerza que le permitió arrastrarlo al interior de la panadería. Otros dicen que entró por voluntad propia e inclinó su sombrero para saludarla con una gran amabilidad, teniendo en cuenta la herida que tenía en su abdomen.

De cualquier manera, con un hombre desangrándose en la puerta de su tienda, Charlotte Bea hizo lo único que se le ocurrió: lo llevó a la parte trasera del negocio, encendió las luces y empezó a suturar la herida.

El hombre fue muy afortunado de toparse con la panadería Sunflower. Era solo un trabajo de media jornada para Charlotte, ya que a la par estudiaba medicina con la doctora del pueblo. No era la clase de educación elegante que una esperaría, en una universidad y con un diploma, pero Kitfield no era la clase de lugar en donde la gente se preocupara por los lujos. Charlotte cosió su herida, la esterilizó y lo trajo de regreso al mundo de los vivos con algunas delicias del día anterior, todo en menos de una hora.

–Me sorprende que estés trabajando en un lugar como este –le dijo mientras devoraba una de sus barras de limón. Le habían salido bastante ácidas, pero a él no parecía importarle–. No es común encontrar a una panadera que sepa suturar heridas tan bien. Mucho menos una con una sonrisa tan hermosa como la tuya.

–Es solo algo temporal –contestó, sonrojándose por el cumplido–. Pronto seré doctora.

–No, no –discutió–. No en este lugar. Este lugar. –Señaló a todo el pueblo con sus manos–. Kitfield, no puede ser lo único para ti.

Charlotte nunca había considerado otra cosa para ella. Kitfield era su hogar, el hogar de su madre; todos en su linaje materno habían vivido aquí.

Pero no le contó tanto al extraño. Se había visto obligada (claramente obligada, era una señorita, después de todo) a quitarle su camisa para coserle la herida y todavía no se la había puesto mientras deambulaba alrededor de una mesa de café. La lluvia ya se había secado de su torso desnudo, salvo por algunas pequeñas gotas que caían de su cabello castaño enrulado sobre sus hombros. Reflejaban la tenue luz y parecían una pequeña constelación sobre su piel.

–Pero todo el mundo necesita doctores. Puedes ir a cualquier lado.

–Kitfield necesita una doctora. –Le entregó otra barra de limón que con gusto aceptó, casi metiéndosela toda en la boca de un solo bocado. Charlotte rio y luego agregó–: Y estoy feliz de vivir aquí. No necesito la emoción de la ciudad o una aventura grandilocuente en el bosque o en el mar. Algunas vidas están destinadas a ser tranquilas.

Extendió una mano y acarició suavemente la curva de su mejilla.

–No la tuya.

En este momento de la historia, las señoritas en las tiendas de sombreros que la comentaban entre susurros empezaban a sonreír, mientras que los hombres en los pubs se empujaban con sus codos y levantaban las cejas. No era para burlarse de Charlotte, era una adulta, claro, capaz de tomar sus propias decisiones, pero ningún chisme era más divertido en un pueblo como Kitfield que una aventura de una noche con un brujo.

En ese momento, Charlotte no sabía que era un brujo. Mucho menos sabía que era un brujo famoso cuya cabeza tenía un precio. No era algo particularmente apremiante en el momento, o eso diría ella.

Más allá de eso, al igual que el resto antes de él, el hombre extraño partió a la mañana siguiente. Charlotte le preparó una taza de café, llenó un cesto con barras de limón y le deseó un buen viaje. Desapareció por el camino hacia la estación de tren, hasta no ser nada más que un pequeño punto en el horizonte. Apenas un susurro en la memoria.

Sin embargo, se volvió evidente al poco tiempo que algo extraño le estaba pasando a Charlotte. Después de una clase en el consultorio de la doctora, Charlotte se levantó y descubrió que pequeñas margaritas rosadas habían brotado debajo de sus pies. Empezó a cerrar la ventana por la noche porque las aves no dejaban de entrar volando y anidar entre las sábanas con ella. La gente en los mercados le contaba sus más profundos secretos, inesperadamente, mientras elegía los tomates.

–No entiendo qué está pasando –le dijo a la doctora una mañana–. La gente no se vuelve bruja de la noche a la mañana.

–Ciertamente no –coincidió la doctora. Miró a Charlotte con curiosidad–. Cuéntame, cariño, ¿te estuviste sintiendo mal últimamente?

–Un poco –confesó ella–. Por la mañana.

La doctora asintió. Al ponerse de pie para tomar sus instrumentos, le dio una palmada en el hombro a Charlotte y le esbozó una cálida sonrisa.

–Felicitaciones –dijo–. Es una bruja.

CAPÍTULO UNO

 

Regla #12: Incluso los secretos mágicos no pueden hacer nada contra los chismes de un pueblo pequeño.

–Cuando canalizas tu magia –explicó Ruby Flick, la bruja de Kitfield–, no se trata sobre la fuerza. Sino sobre dejar que la magia cruda fluya hacia el medio con el que estás trabajando, sea armar un saquito de té o tocar música. Lento, pero seguro.

Delilah Bea, cuyo rostro estaba fruncido mientras llevaba la magia de su pecho hacia sus dedos, exhaló y bajó las manos. Miró al techo enojada.

–Lo sé, es solo que…

–¿Te falta paciencia? –terminó Ruby por ella.

Delilah le lanzó una mirada de traición melodramática.

–¿A mí? Para nada.

–Mira esto –dijo Clarissa, la hija de quince años de Ruby. Delilah dejó de intentar poner las hojas de té en pequeños saquitos de tela y descubrió que Clarissa había atado su propio saquito y ya lo había puesto en el agua. Mientras el té se mojaba, el agua quedaba manchada de rojo por el hibisco hasta tener casi el color de la sangre. El vapor que brotaba formaba pequeños corazones antes de desvanecerse en el aire.

–Tú siempre alardeando –dijo Delilah, riendo. Conocía a Clarissa de toda la vida. Si bien eran amigas, su diferencia de dos años siempre había hecho que Delilah la viera más como una hermana menor que un par.

–Probémoslo –dijo Ruby. Tomó la taza de su hija y le dio un sorbo con cuidado. Hizo una pausa, saboreando el té–. ¿Buscabas un hechizo que te hiciera sentir amor romántico?

Clarissa asintió, sus ojos bien iluminados. Era casi idéntica a su madre, salvo por las arrugas alrededor de sus ojos y las que se le formaban al sonreír. Compartían el mismo cabello rubio largo y los mismos ojos verdes, y el leve aroma a romero que Clarissa desprendía cuando practicaba su magia era casi idéntico a la esencia insignia de su madre.

Ruby inhaló, cerró los ojos y luego exhaló.

–Esto se acerca más al buen humor. Pero… –empujó la taza nuevamente hacia su hija–, aun así, es un trabajo encantador.

La expresión de Clarissa decayó un poco. Delilah rápidamente dijo:

–Ey, no te preocupes. Es difícil canalizar un hechizo basado en una emoción que nunca sentiste.

Las mejillas de Clarissa se sonrojaron.

–Yo sé cómo se siente el amor romántico.

Delilah y Ruby levantaron las cejas y dijeron:

–¿Cómo?

Clarissa abrió los ojos bien en grande y se sonrojó aún más. Delilah contuvo una sonrisa. Amor adolescente, qué lindo.

–¿Y exactamente de quién estás enamorada? No me digas que es la hija de Annamarie, puede que tenga grandes brazos para amasar en la panadería, pero siempre huele a levadura.

–No debería haber dicho nada –murmuró la chica.

Antes de que Delilah pudiera presionarla, alguien llamó a la puerta.

Una voz vino de allí:

–¿Hola? Soy Charlotte. –La puerta se abrió de inmediato y la pequeña campanilla colocada sobre ella empezó a sonar.

La madre de Delilah asomó la cabeza.

–¿Llegué muy temprano?

–No, ya estábamos terminando –dijo Ruby, juntando las distintas hojas y flores que las tres brujas habían estado usando para elaborar los tés mágicos–. Pasa.

Charlotte Bea entró. Llevaba su rubio cabello levemente canoso atado en un rodete con algunos mechones sueltos. Sus ojos grises que compartía con Delilah estaban ocultos detrás de unas gafas redondas que recién había empezado a necesitar en los últimos años. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones sueltos, esos que a menudo usaba para sus guardias en la clínica, y se reclinó contra la pared con una pequeña sonrisa.

Ruby vivía en una cabaña en la entrada al bosque en las afueras de Kitfield. Durante generaciones, este había sido el hogar de la bruja del pueblo, cuyo título pasaba de generación en generación, tal como Ruby se lo pasaría a Clarissa algún día. Unas enredaderas espinosas y varias flores enrolladas cubrían la vieja cabaña como un manto verde, rosado y blanco apenas llegaba la primavera. Ahora, solo las cuatro mujeres estaban adentro; pero en días como estos, varias personas cruzaban el lago que separaba a la cabaña de las afueras del pueblo para pedirle a Ruby alguno de sus tés y brebajes con hechizos personalizados.

Delilah empezó a guardar sus cosas en su bolso y le dijo a Clarissa:

–Sabes, si estás buscando invitar a salir a alguien, puedes hacerlo en mi fiesta de cumpleaños esta noche. Yo te ayudaré.

Ella murmuró algo que Delilah no pudo escuchar y lo terminó con un suspiro.

–Esto es un poco agridulce –dijo Ruby mientras Delilah se levantaba de su silla y colgaba su bolso de herramientas mágicas sobre su hombro: tiza para dibujar runas, una cuchara de manera para hornear cosas mágicas, hierbas e ingredientes para tés o caldos humeantes, y pergaminos para hacer notas.

–La última clase antes de que tengas tu Llamado –coincidió Charlotte, aunque su sonrisa no alcanzó sus ojos.

–Voy a extrañar nuestras clases juntas –agregó Clarissa–. Tendrás que enviarme muchas cartas sobre tu Llamado para saber qué esperar cuando llegue mi momento.

Ruby preguntó:

–¿Cómo te sientes, Delilah?

–¿Honestamente? Abrumada –respondió, frotándose la nuca–. Estoy intentando pensar más sobre esta noche y menos sobre el hecho de que el Consejo está a punto de aparecer. Ustedes vienen esta noche, ¿verdad?

Ruby asintió.

–No sería justo enviarte al mundo sin una despedida adecuada. –Se paró junto a Delilah y la tomó de la mano, sujetándola entre sus palmas–. Te irá fantástico ahí afuera, Delilah. Siempre y cuando te tengas paciencia.

Delilah soltó una risa abrupta.

–Porque soy increíblemente buena con eso. –Sacudió la cabeza–. Pero gracias. Lo aprecio mucho.

Las madres y las hijas se despidieron rápidamente. Delilah y Charlotte fueron hacia la puerta donde el lago se solapaba sobre la orilla no lejos de la cabaña de las Flick. Charlotte había subido su canoa al césped. Se sentó al frente mientras Delilah la empujaba nuevamente al agua y luego se subía, haciendo que su colección de objetos para invocar magia sonara dentro de su bolsa.

–Si yo fuera la bruja del pueblo –dijo Delilah mientras empujaba una última vez la canoa lejos de la orilla con su remo–, construiría un camino.

–Pero piensa todo el tiempo de madre e hija que nos perderíamos si no hiciéramos esto –dijo Charlotte, riendo.

–Podríamos charlar en un coche –comentó Delilah.

–Un coche –espetó la otra. Sacudió la cabeza, haciendo que su cabello rubio se soltara de su rodete. Delilah había heredado pocas facciones de su madre, un hecho que la hacía sentir cada vez peor con el pasar de los años. Su madre era pequeña y delgada y tenía el rostro de un hada, mientras que ella había heredado la altura de su padre, una contextura robusta, cabello oscuro y rizado, y una nariz ostensible. Cada vez que lo veía sonreír en la primera plana del periódico, maldecía en voz baja su genética extrañamente dominante.

»No necesitamos esa clase de cosas –agregó Charlotte–. No tiene sentido.

–Pero un coche nos podría llevar lejos de Kitfield –comentó Delilah–. ¡Podríamos ir a cualquier parte! Quizás tan lejos como Gellingham, finalmente podrías asistir a clases de medicina en la universidad sobre la que siempre escuchamos en la radio. Conseguir una licencia médica legitima para poder trabajar en la ciudad.

Después de una breve pausa, Charlotte dijo entre dientes:

–Tu padre está en Gellingham.

El silencio se cernió sobre ellas. El sonido de los remos partiendo el agua y los cuervos graznando en los pinos que rodeaban el lago Silverside no era suficiente para ahogar los pensamientos que resonaban en la cabeza de Delilah.

Antes de que pudiera empezar con sus salidas usuales sobre lo mucho que odiaba a su padre, su madre dijo:

–Lamento, otra vez, que nunca pudieras conocerlo. Que nunca te haya podido enseñar a controlar tu magia. –Bajó la mirada, su boca se curvó y frunció el ceño levemente. Empezó a remar con más suavidad–. Lamento no poder enseñarte a controlar tu magia.

Delilah dejó de remar y su mano se cerró con fuerza alrededor del remo. Estaban en el medio del lago ahora y una brisa suave mecía el agua resplandeciente. Su madre tenía la mirada fija sobre la proa de la canoa, escondiendo su rostro.

–No es tu culpa –le recordó Delilah–. Él es el que ignoró mi existencia por completo todos estos años.

–Yo solo… –dijo Charlotte y exhaló–. Si fuera una bruja, no tendría que pedirle a Ruby que te enseñara. Se siente como si le estuviera pidiendo a otra persona que le explique de dónde salen los bebés a mi hija.

Delilah ahogó una risa.

–Mamá, no se parece en nada a eso…

–Hablo en serio –dijo Charlotte. Sacudió la cabeza–. Ya sé que se está arriesgando al enseñarte. Ya sé que en un pueblo como Kitfield, tener otra bruja podría poner en riesgo el futuro de Clarissa. Pero aun así le pedí, a pesar de eso, que te enseñara. Y ahora si quieres practicar tu magia, tendrás que irte.

El silencio se cernió sobre ellas una vez más. Los pájaros cantaron y el agua se solapó a un lado de la canoa.

Era verdad, pero nunca lo habían reconocido en voz alta. Como Clarissa era considerada la aprendiz oficial de Ruby, Delilah nunca sería la bruja de Kitfield. No a menos que la opinión pública sobre las brujas, manchada por años de brujería sin restricciones y conflictos entre aquelarres que habían resultado en su justa cuota de daño colateral, mejorara y los grupos de brujas dejaran de sentirse incómodas. O si Delilah desafiaba a Clarissa a un antiguo duelo mágico y la vencía, desterrándola efectivamente del pueblo. Si bien era completamente posible que pudiera vencer a una bruja más joven, sería una inmensa traición tanto para Ruby como para Clarissa. Habían hecho una promesa hacía mucho tiempo que, una vez que terminara su entrenamiento, Delilah se convertiría en la bruja de otro pueblo o se quedaría en Kitfield y no practicaría la magia.

O iría a la gran ciudad. Allí la actitud de la gente hacia las brujas era de mayor confianza, y la magia casual y los encantamientos eran considerados la norma. Allí cualquier bruja con una licencia podía hacer magia por dinero. Delilah se mordió los labios.

–Yo… siempre podría quedarme aquí. Intentar algo más. Quizás conseguir trabajo en la panadería Sunflower y hacer algunas masitas.

Su madre no se demoró en decir:

–Nunca serías feliz haciendo eso.

Una vez más, tenía razón. La magia era la pasión de Delilah. Siempre lo había sido, desde que era una niña que inadvertidamente hacía hechizos de alegría con sus dibujos en crayón. Amaba ser una bruja.

Pero también amaba a su madre y Kitfield. Y recientemente se había vuelto cada vez más y más evidente que no podía tener ambos.

–Se siente terrible marcharme –dijo Delilah–. No solo porque te extrañaré, sino por nuestra…

No terminó la oración. No hacía falta. A lo que se refería era algo que todas las mujeres Bea, durante generaciones, habían tenido en el fondo de su mente todo el tiempo. Esa sensación de vacío cada vez que alguien les esbozaba una sonrisa y casualmente tocaba su brazo durante una conversación.

Cada vez que alguien como Clarissa mencionaba el amor.

Charlotte se quedó en silencio. Sujetó su remo y lo hundió en el agua, exhalando por la nariz.

–Tengamos esta conversación en otro momento, ¿está bien? Es tu cumpleaños, después de todo. –Miró sobre su hombro y le ofreció a su hija una sonrisa acuosa–. Podemos preocuparnos por el futuro otro día.

Delilah dudó, pero dijo:

–Sí, está bien. –Señaló con la cabeza la cesta que se encontraba en el centro de la canoa–. ¿Crees que deberíamos hacer una tarta de chocolate con las frambuesas que recolectaste?

La alegría relumbró en los ojos de Charlotte.

–Ah, absolutamente.

Remaron por el lago hasta doblar en un arroyo lleno de nenúfares. Encallaron la canoa en el césped y la subieron a la orilla juntas; Delilah haciendo la mayor parte del esfuerzo, ya que era mucho más grande y fuerte que su madre.

–Yo la guardo –dijo Delilah–. ¿Quieres precalentar el horno mientras tanto?

Charlotte tomó la cesta y asintió. La orilla del lago estaba a poco más de diez metros de la pequeña cabaña que las dos compartían. Una gran enredadera la cubría por completo, cortada solo en las ventanas y puertas. Los postigos abiertos estaban pintados de celeste con pequeños detalles de flores amarillas que Delilah había agregado cuando era más joven. Se encontraba ubicada justo a las afueras de Kitfield, la calle que estaba al otro lado recientemente se había llenado de más coches que antes y la cabaña se sentía como una barrera entre el ajetreo del pequeño pueblo y la magia al otro lado del lago.

–¡Te veo adentro! –gritó Charlotte.

Delilah la saludó y tomó la soga de la canoa, que arrastró hacia el cobertizo, teniendo cuidado de no aplastar las flores del jardín de su madre. Logró hacer solo unos pocos pasos hasta que el viento de repente cambió.

Un aroma extraño le llamó la atención. En cuestión de segundos, empezó a tener arcadas y tuvo que taparse la boca y la nariz con la mano.

No se parecía a nada que alguna vez hubiera olido antes: una mezcla extraña de carne putrefacta, turba y tierra en descomposición. Empezó a lagrimear. Se obligó a empujar la canoa al cobertizo antes de cerrar la puerta y usar sus dos manos para taparse la nariz y la boca. Después de un segundo, reconoció la esencia.

Una maldición, y una mortal.

Miró rápidamente a su alrededor, al borde del lago donde los nenúfares flotaban perezosamente, el jardín salpicado de flores, el bosque…

Por el más breve de los segundos, Delilah vio un destello de movimiento. Volteó justo a tiempo para ver a una figura desaparecer entre los árboles.

Y cuando se fue, el hedor empezó a desvanecerse.

Delilah, con sus hombros tensos y sus fosas nasales ensanchadas, retrocedió hacia la puerta de la cabaña y entró.

–¿Todo bien? –preguntó su madre mientras la chica entraba a la cocina.

Tocó ausentemente su nariz.

–Sí, estoy segura de que no es… nada.

Algo le decía que no era verdad.

Esa noche, después de que Delilah hubiera horneado una tarta encantadora, se pusiera una falda larga con un cinturón y metiera su camisa por debajo de ella, salió con su madre al pub Landsmeet. Ubicado a pocos metros de la plaza principal de Kitfield, el pub contaba con una gran cantidad de habitaciones para viajeros en el piso superior y una barra abajo. Era una estructura de piedra, pero las ventanas y las puertas estaban hechas de madera de espino, un vestigio de los viejos tiempos, cuando la gente temía a las brujas lo suficiente como para decorar sus hogares con uno de los pocos materiales que podían bloquear su magia. La mayoría de las casas en Kitfield estaban construidas con eso de algún modo u otro. Delilah recordó el inmenso dolor que le había causado a Charlotte arrancar las partes de espino de su cabaña cuando Delilah era pequeña, para que pudiera practicar su magia en casa.

Las ventanas del pub dejaban entrever que ya había gente sentada en las mesas, meciendo sus jarras de cerveza y riendo. La cerveza rubia se volcaba en el suelo con su espuma blanca como si fuera el mar. Una pared de sonido golpeó a Delilah cuando abrió la puerta, todos en el interior gritando su nombre y deseándole un feliz cumpleaños.

Una sonrisa se abrió paso en su rostro. El pub estaba lleno de amigos de la familia y gente de la escuela, algo que no era común de ver para Landsmeet, que casi siempre servía a viajeros que estaban de paso. La mayoría de la gente bebía alegremente mientras otros bailaban con la música que tocaba la banda en un rincón. La barra estaba decorada con flores del verano; la pared tenía imágenes de los habitantes de Kitfield con el pasar de los años, incluida una imagen de Charlotte cuando era una niña con su madre y su abuela. Algunas pocas cabezas de venados estaban decoradas con coronas de flores para la ocasión y varios listones de tela colgaban en ondas desde el techo.

–¿Te gusta? –preguntó Charlotte.

Delilah la abrazó.

–Te superaste.

–Bueno, solo cumples diecisiete una vez en la vida.

Delilah abrazó a su madre con más fuerza. Esta vez, sintió la esencia de su piel, aquella que conocía de toda su vida. Era un aroma viejo y húmedo, como una habitación que se mantuvo encerrada e intacta durante décadas, llena de papeles frágiles y avejentados y cuero viejo. Podría ser desagradable para cualquier otra persona, pero Delilah había desarrollado un gusto particular por ese olor.

Aun así, últimamente, era evidencia de algo que había perturbado a la familia Bea durante años.

–Querida –dijo Charlotte–, sirvámoste una cerveza.

Delilah sonrió. La edad permitida para tomar cerveza en Celdwyn era diecisiete.

–Dame algo que no tenga sabor a orina.

–Todas las cervezas tienen sabor a orina. Pero esta es orina de frambuesa.

–Perfecto.

Charlotte regresó con una pinta para cada una y las dos chocaron sus vasos antes de darles un sorbo abundante. El gusto a tarta de frambuesa enmascaró lo suficiente la fermentación como para que Delilah le diera un segundo sorbo. Su madre enlazó su brazo con el suyo y la llevó hacia los asientos al frente de la banda. Ruby y Clarissa ya estaban sentadas en la mesa, Ruby bebiendo de un tanque lleno de cerveza mientras Clarissa disfrutaba una soda de sauco.

–Gracias por guardarnos los asientos –dijo Charlotte.

Delilah y Ruby chocaron sus vasos mientras Ruby reía.

–Como dije, necesitamos una despedida adecuada.

Clarissa frunció el ceño y le dio otro sorbo a su bebida. Miró su pulgar mientras hacía un círculo sobre un lado del vaso.

–Voy a extrañarte.

Delilah rio y golpeó a su amiga en el hombro con delicadeza.

–Vamos, Clary. No seas tonta.

–¡Ay! –dijo Clarissa, sacudiendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco. En voz baja, agregó–: ¿Por qué eres así?

En el escenario, el chillido de un violín se mezcló con la flauta y la gaita. Era una canción tradicional para bailar, la clase de canción que hacía que la gente se levantara de sus asientos. Delilah se puso de pie mientras las demás en su mesa se quedaban sentadas.

Le extendió una mano a Clarissa.

–¿Bailas conmigo?

Las mejillas de Clarissa se ruborizaron.

–¿Y-yo?

–¿Por qué no? –preguntó Delilah, levantándola de su silla–. Vamos, parece que vino mucha gente de la escuela. –Entrecerró la vista y le esbozó una sonrisa de lado a Clarissa, mientras subía y bajaba sus cejas. Si había algo que Delilah disfrutaba, era jugar a armar parejas entre los habitantes del pueblo–. Puedo ayudarte a hablar con la persona que te gusta. ¿Está aquí?

–Em… bueno… sí…

–Perfecto –dijo Delilah, sonriendo–. Vamos a buscarla.

Clarissa no tuvo tiempo de oponerse antes de que la hiciera ponerse de pie. Algunas pocas personas de la escuela llamaron a Delilah y la saludaron mientras le esbozaban una sonrisa. Giró y apoyó una mano sobre la cintura de Clarissa y entrelazaron sus dedos. Cuando Delilah la miró a los ojos para decir algo, estaba completamente sonrojada, sus labios presionados con fuerza y sus ojos tan abiertos que parecía como si estuviera aguantando la respiración.

Delilah inclinó la cabeza hacia un lado. ¿Tiene fiebre o algo? Nunca la vi tan sonrojada.

–¿Estás bien?

Clarissa asintió enérgicamente.

–¡Sí! Sí. Estoy bien.

–Bueno –dijo Delilah, riendo, y la giró, haciendo que Clarissa soltara un gritito. Delilah la atrapó con una sonrisa juguetona y susurró–. Si tú lo dices.

La música empezó a acelerarse, mezclándose con el sonido de los pies que repiqueteaban sobre el suelo de madera. La gente giraba sobre la pista de baile, algunos mejor que otros, pero todos bien versados en este baile tradicional. Delilah y Clarissa se ubicaron en el centro de la pista y Delilah hizo girar a su compañera más rápido que antes. Su corazón latía con fuerza. Amaba este lugar, a esta gente; no podía pedir una mejor manera de celebrar. Incluso con Clarissa que la pisaba torpemente y maldecía para sí misma, lo único en lo que Delilah podía pensar era en lo mucho que extrañaría Kitfield.

Siempre había soñado con ver el mundo, pero eso no evitaba que preventivamente extrañara su hogar.

La música del violín se aceleró al doble de la velocidad y la falda de Clarissa se extendió a su alrededor como una rosa blanca sobre sus piernas. La mano de Delilah la sujetaba con firmeza por la cintura, en ningún momento amenazando con soltarla. Después de un minuto, la música empezó a volverse más lenta y Delilah miró a Clarissa a los ojos una vez más. Estaba sin aliento, su frente empapada de sudor.

No pienses sobre el futuro, se recordó Delilah a sí misma. Ahora estás aquí. Disfrútalo mientras dure.

Con la esperanza de distraerse, le preguntó a Clarissa:

–Entonces, ¿ya viste a la persona que te gusta?

La chica parpadeó y apartó la mirada.

–Bueno… sí.

–¡Ah, grandioso! –dijo Delilah, mirando sobre su hombro–. ¿Dónde está? Supongo que podemos acercarnos sin llamar tanto la atención, empezar a hablar un poco y luego puedes invitarla a bailar…

–¡Tú! –exclamó Clarissa de repente. Los ojos de Delilah regresaron enseguida a ella mientras lograba ponerse más colorada que antes–. Eres tú. Estoy enamorada de ti, Delilah.

De repente, Delilah se sintió como si las dos estuvieran en una burbuja, bloqueando el sonido de la banda y la gente que bailaba a su alrededor. Las manos de Delilah se soltaron apenas y su sonrisa trastabilló lentamente. Las palabras de Clarissa se sintieron como si le hubieran clavado una lanza de hielo en el corazón, mientras el frío se abría paso por todo su interior con cada latido. Sus hombros decayeron.

Era obvio que así era como iba a terminar mi última noche aquí.

–¿Delilah? –dijo Clarissa. Su rostro pálido–. ¿Q-qué pasa?

Las manos de Delilah cayeron.

–Yo… lo siento mucho, Clarissa. Pero no.

Clarissa parpadeó.

–¿Qué?

–No estás enamorada de mí –no lo dijo con ninguna mala intención, era simplemente un hecho. Suspiró–. Es por eso que no pudiste hacer el hechizo de amor romántico hoy. Lo que sea que sientas por mí, no es amor. –Se encogió de hombros–. Está bien. No es tu culpa.

El rostro de Clarissa estaba completamente en blanco.

–Espera… ¿qué? Eso no tiene el más mínimo sentido.

–Es un tema complicado…

–¿Estás diciendo que hay algo mal conmigo?

–¡No! Claro que no –dijo Delilah, frotándose la nuca–. Es solo que yo…

–¿Tú qué? –Sacudió la cabeza–. ¿Te gustan solo los chicos?

Delilah se sonrojó, apartando la mirada riendo.

–Ah… no… el género no es un factor…

–Entonces, ¿qué?

–Bueno… –empezó a decir Delilah, pero se ahogó con las palabras mientras los ojos de Clarissa se llenaban de lágrimas. La conocía desde hacía años, pero incluso después de todo el tiempo que pasaron en las clases de magia juntas, Delilah todavía no le había contado a su amiga todo sobre ella. Algunos secretos eran demasiado tabúes, demasiado pesados, como para mencionarlos de manera casual a menos que no le quedara más remedio.

Pero al ver la tristeza y la confusión en los ojos de Clarissa, algo dentro de Delilah se rompió.

–Porque –admitió–, estoy maldecida.

Clarissa abrió los ojos bien en grande.

–¿Maldecida? ¿Te refieres a que los rumores sobre tu familia son verdad?

–¿Rumores? –repitió Delilah–. ¿Qué rumores?

–Que si te enamoras de una mujer Bea mueres.

Unas pocas personas que estaban bailando a su alrededor voltearon y las miraron. Delilah rápidamente fingió una sonrisa para despistarlas, haciendo su mejor intento para verse como si Clarissa hubiera contado un chiste increíble. Los bailarines se detuvieron, pero siguieron moviéndose mientras Clarissa estaba inmóvil con la boca abierta.

Maldición, pensó Delilah, forzando una amplia sonrisa. Por supuesto que no se pueden tener secretos en Kitfield.

Todavía recordaba vívidamente el día que su madre se sentó y le explicó la maldición de la familia Bea. Todo había empezado con la tataratatarabuela de Delilah, que tuvo una aventura apasionada con un brujo viajero; cuando regresó meses después para proponerle matrimonio, descubrió que ella ya estaba casada con otro hombre y estaba esperando un bebé. El brujo había estado tan furioso que maldijo a las mujeres Bea para que nadie pudiera enamorarse de ellas, al menos no sin trágicas consecuencias. Desde entonces, cada generación de mujeres Bea permaneció soltera, aunque siempre terminaba con una única hija de algún amorío pasajero. Delilah solo resultaba ser la última en un largo linaje de madres e hijas incapaces de ser realmente amadas.

Bajó la voz.

–La gente no muere si se enamora de nosotras; sería un poco extremo, ¿no crees? Es más como si… bueno… nos olvidaran.

–Pero yo no te olvidé –comentó Clarissa–. Y estaba ese chico…

Ese chico. Delilah hizo su mejor esfuerzo para no hacer una mueca de incomodidad ante la mención de ese chico.

Theo Fletcher. Ojos castaños enormes, cabello rizado cortado a los lados y peinado con un montón de rastas en la parte de arriba, y una piel morena radiante; había sido el chico más atractivo que Delilah jamás había visto cuando él llegó a Kitfield para su Llamado. Su corazón empezó a doler cuando su recuerdo inundó su memoria y casi hace una mueca de dolor cuando obligó a su imagen a desaparecer de su mente.

Delilah llevó un dedo a los labios de Clarissa para callarla. Susurró:

–Si de verdad te enamoraste de mí, me habría desvanecido de tu memoria ni bien te percataste de eso. Sería una extraña para ti.

Tal como lo fui para él.

Antes de que Clarissa pudiera darle voz a su próximo pensamiento, algo llamó la atención de Delilah. El olor a magia de repente la azotó. Tres tipos diferentes: uno terroso, con notas de nuez de macadamia, uno fresco como un melón verde, un tercero dulce y floral, como un jarabe de violetas.

–¿Delilah Bea? –preguntó una mujer.

Delilah volteó para encontrar a tres brujas paradas detrás de ella. Su corazón empezó a golpear su pecho como un martillo. Rara vez había estado en la presencia de más de dos brujas a la vez, excepto por cuando los aquelarres viajeros pasaban por Kitfield, a menudo camino a los pueblos más grandes en la costa sur de Celdwyn. Esa clase de cosa siempre era fuente de rumores en los días venideros, dada la incomodidad general que las brujas de afuera causaban. No se habían ganado la confianza del pueblo como Ruby y Clarissa, y no venían de linajes familiares queridos como el de Delilah.

Este aquelarre estaba compuesto por un hombre y dos mujeres, todos vestidos con las capas de viaje de las brujas con broches dorados idénticos en el cuello. Cada broche tenía la forma de una luna y un sol: la luna era el símbolo de las brujas y el sol era el símbolo de las personas no mágicas, representando la época de paz que el Consejo de las Brujas y sus reglas habían creado.

Delilah ahogó una risa ansiosa. Tenía que reconocer que las capas añejas se veían un poco graciosas comparadas con las faldas y pantalones modernos; como si las brujas estuvieran disfrazadas para el concurso de disfraces del equinoccio de otoño en Kitfield.

–Esa, ehm… –dijo Delilah, obligándose a sonreír–, soy yo.

–Vinimos en una misión importante –dijo el hombre. Le daba la impresión de que casi todo en él se veía rígido; quizás era el hombre más rígido que jamás había visto, con piel pálida, una barbilla recta, una barba incipiente, y un cuerpo de ángulos rectos. Tenía un traje debajo de su capa y su cabello estaba peinado hacia atrás, acentuando los ángulos rectos de su cabeza. Ella, en cierta medida, estaba impresionada. Como si alguien le hubiera puesto una maldición a un cajón de leche y ahora tuviera que usar capas tontas y pagar impuestos.

–Estamos aquí para introducirte a tu Llamado –dijo la mujer a la izquierda. Tenía una magia floral y la piel morena a cada lado de sus ojos y boca estaba arrugada por una sonrisa–. Deberás ir a la plaza central mañana a las doce menos cuarto. Tendrás una oportunidad de presentar tu propia tarea o nosotros te asignaremos una. ¿Entendido?

Delilah asintió, intentando no dejar que el aluvión de adrenalina en su flujo sanguíneo fuera evidente en su rostro. ¿Mañana? Ruby había dicho que llegarían el día de su cumpleaños, pero como Kitfield estaba lejos de su cuartel general en Gellingham, había esperado tener un poco más de tiempo.

–Sí, señora.

–Empaca tus cosas –dijo la mujer–. No sabemos con certeza a dónde te llevará tu Llamado.

Delilah asintió una vez más.

–E-entendido.

La tercera persona, una mujer pequeña como un hada con cabello negro y una piel dorada, le dio una palmada compasiva en el hombro.

–Lamentamos interrumpir tu fiesta, querida. Es solo el procedimiento.

Delilah no sabía qué decir, entonces simplemente levantó los hombros y murmuró algo como c’est la vie. Miró a la habitación a su alrededor; la mayoría de la gente se había detenido para mirarla. Charlotte se había levantado de la silla. Ruby, por su parte, le ofreció una mirada de empatía. Clarissa todavía estaba un poco lagrimosa, con la boca cerrada con fuerza y los ojos clavados en Delilah.

La chica se aclaró la garganta y les dijo a las brujas frente a ella:

–Yo, ehm, voy a salir a caminar. A tomar un poco de aire. Supongo que las veré por la mañana.

Las brujas no dijeron nada, pero mientras Delilah avanzaba hacia la puerta, su madre la llamó:

–¡Delilah! Espera…

Delilah no se detuvo, simplemente caminó hasta que el sonido del pub y el olor de la magia de todos se desvaneciera detrás de ella.

Siguió caminando sin rumbo hacia la noche.

CAPÍTULO DOS

 

Regla #14: Un buen brujo siempre tiene algo bajo su manga (con borlas)

Cuando Charlotte regresó a casa del pub, Delilah estaba sentada en el suelo comiendo la tarta de frambuesa directo de la fuente con una cuchara.

–Ay, querida –susurró.

Delilah señaló la tarta y sacudió sus dedos.

–¿Quieres un poco? Le puse un hechizo. Se supone que tiene que hacerte sentir nostálgica.

Charlotte se detuvo por un momento antes de entrar a la cocina, tomar un tenedor y acompañar a su hija en el suelo. Pinchó una frambuesa y una porción de tarta, y se la llevó a la boca mientras asentía.

–Ahh, sí, es agradable. Te superaste.

–Perdón por abandonar la fiesta –dijo Delilah, quitándose chocolate de la cara con su puño–. Solo… estaba abrumada.

–¿Qué pasó con Clarissa?

–Dijo que estaba enamorada de mí.

Charlotte abrió grandes los ojos.

–Ah.

–¿Cierto? Un enorme ah –dijo y comió otro bocado. Tenía gusto a un día de verano un año atrás cuando ella y su madre salieron a andar en canoa por el medio del lago Silverside e hicieron un picnic con bollos de miel de flores silvestres y una sidra espumosa antes de nadar hasta que el sol volviera su piel rosada.

Casi le daba menos ganas de gritar.

–¿Y le contaste sobre la maldición?

–Sí. Aparentemente la gente del pueblo cree que los que se enamoran de nosotras mueren.

Charlotte casi escupe su tarta.

–¿Qué? Cielo santo, es peor que el último rumor. Cuando estaba embarazada de ti, la gente decía que mi maldición había convertido a tu padre en un escarabajo.

Delilah rio.

–Ojalá.

–Supongo que es mejor que lo sepa. Quizás la próxima vez los rumores sobre nosotras serán verdad –dijo Charlotte, dándole otro bocado a la tarta y haciendo un mmm exagerado detrás de sus labios cerrados–. Delilah, esta tarta está increíble. Cuando te conviertas en la bruja de otro pueblo, van a hacer fila en la puerta de tu casa para que les prepares estos pasteles encantados. Ruby no se equivocó al entrenarte como una bruja de cocina.

La boca de Delilah esbozó una pequeña sonrisa.

–Quizás abra una panadería mágica tras mi Llamado.

–Hablando de eso, quería preguntarte, ¿crees que propondrás tu propia tarea?

–Sí. Yo… –hizo una pausa. No estaba segura de si estaba lista para contarle a su mamá–. Sí.

Charlotte no la presionó.

–¿Te sientes lista?

–¿Para mi Llamado? ¿La prueba de seis meses que el setenta por ciento de las brujas fracasa y termina perdiendo su magia? –respondió girando su cuchara con un gesto grandilocuente antes de guiñar un ojo y apuntarla hacia su mamá–. Para nada.

Charlotte rio.

–Ya sé que odias que diga esto, pero de verdad me recuerdas a tu padre a veces.

Delilah resopló.

–Mamá, estuviste con él por, no sé, ocho horas. Y la mayor parte del tiempo estuviste dormida.

Charlotte no logró contener una risa y levantó y bajó las cejas.

–No tanto.

Delilah metió la cuchara en su boca e hizo como si estuviera teniendo arcadas.

–Era un cumplido –justificó Charlotte–. Tu padre tiene una manera de comportarse con la gente, al igual que tú. Rompió más maldiciones que cualquier otro brujo en la historia de Celdwyn. Y, más importante aún, tienes todos sus dones.

Delilah soltó un suspiro pesado.

Charlotte hizo a un lado su tenedor y se acercó a un lado de su hija, donde pasó sus brazos alrededor de ella.

–Ya sé que es mucha presión, pero eres una bruja talentosa, Delilah. Y yo creo en ti.

Delilah le devolvió el abrazo.

–Voy a extrañarte.

–Sí –dijo Charlotte, apoyando la cabeza sobre el hombro de su hija–. Yo también voy a extrañarte, hija mía.

Esa noche, las dos mujeres Bea se quedaron dormidas en el sofá, con la fuente de la tarta vacía en medio del suelo.

La mañana siguiente, el sol naciente se reflejaba sobre el lago Silverside y hacía que las primeras hojas del verano fueran de un verde radiante. La torre del reloj en la plaza central marcaba los minutos hasta el mediodía, mientras la gente empezaba a juntarse una por una frente al pequeño escenario que habían armado por la noche. Era una tradición que el Llamado de una bruja fuera un evento público, en especial en los pueblos pequeños, donde solo podría haber una o dos por generación. Esto se había establecido cuando el Consejo de las Brujas había tomado el poder un siglo atrás, con la esperanza de que el evento público ayudara a demostrarle al pueblo que las brujas eran de fiar. En el caso de Delilah, este no era exactamente el caso, pero eso no evitó que la multitud se reuniera para ver al Consejo en acción.

Las mujeres Bea partieron de su casa quince minutos antes del mediodía. Los aerobarcos flotaban sobre el cielo despejado, batiendo sus alas mecánicas en lánguidos movimientos. Varios coches estaban aparcados en las esquinas adoquinadas, con sus techos de tela bajos para permitir el paso del aire. Las flores en las macetas de los vecinos lucían frondosas y coloridas, y las banderas tricolores de Celdwyn se mecían con la brisa sobre los edificios, con sus balcones y sus techos de cobre verde oxidados.

Las tiendas en la calle principal de Kitfield estaban abiertas, pero parecían vacías. La mayoría de las puertas estaban entornadas para dejar entrar a la brisa y a cualquier viajero que quisiera pasar, aunque Delilah sospechaba que la mayoría no iría a comprar baratijas a solo minutos del gran evento del día.

A medida que las Bea se acercaban a la plaza central, la multitud empezó a crecer. La gente lentamente se hacía a un lado, mientras susurraban sobre la llegada de las mujeres a la plaza. Un camino se abrió delante de ellas y pronto Delilah se encontró mirando al escenario donde el hombre anguloso y las dos mujeres de la noche anterior la esperaban.

Charlotte la tomó del brazo y la llevó hacia la escalera del frente. Se detuvo y luego se puso en puntillas de pie para darle un beso en la mejilla a su hija.

–Buena suerte.

Delilah le agradeció por lo bajo, mientras sentía su estómago revuelto.

En ese momento, dos cosas pasaron: el reloj marcó el mediodía con una nota resonante y la brisa cambió de dirección. Algunos mechones sueltos de la trenza de Delilah se mecieron al viento y una esencia familiar llegó a su nariz. Casi retrocede. Era la esencia de muerte, putrefacción y turba que había sentido en su casa el día anterior.

El olor de una poderosa maldición.

–Delilah Bea –dijo el hombre anguloso, interrumpiendo sus arcadas–. Un paso hacia adelante.

Delilah miró una última vez a su madre antes de subir al escenario. Su latido se aceleró. La esencia de la maldición estaba tan cerca que se sentía como si la figura que había visto en el bosque estuviera respirándole en la nuca. Su mirada se posó sobre la multitud, buscando la fuente del olor, pero no encontró nada.

–¿Estás bien? –preguntó la mujer con la enorme sonrisa de la noche anterior–. Luces pálida.

–¿Bebiste demasiada cerveza anoche? –preguntó la otra con seriedad.

–N-no, lo siento –dijo Delilah, recuperando la compostura y respirando por la boca. Saboreó la maldición en el aire, lo que hizo que fuera peor.

–Entonces, empezaremos –dijo el hombre anguloso. Dio un paso hacia adelante, hacia el público, y presionó un dedo sobre su garganta. Al hacerlo, sus ojos empezaron a brillar levemente, una manera fácil de darse cuenta cuando un brujo invocaba su magia. Cuando habló, su voz resonó con la suficiente fuerza como para que incluso los que estaban atrás de toda la multitud pudieran escucharlo.

–Bienvenidos, residentes y viajeros, al Llamado de Delilah Bea. Mi nombre es Garmond Fetz y acompañándome están Athena Green y Melrose Vince.

–Es una tradición entre las brujas –continuó la más afable de las mujeres, Athena, hablando con el mismo volumen–, que cuando una bruja cumple diecisiete, debemos ponerla a prueba antes de permitirle practicar su magia libremente. Si una bruja termina su Llamado dentro de los seis meses, se convertirá en un miembro reconocido de nuestra sociedad y podrá recibir el apoyo del estado. Si fracasa y demuestra que no cuenta con las herramientas para llevar la vida de una bruja, su magia le será arrebatada.

–Delilah –dijo Garmond, mirándola fijo como si sus ojos fueran dos puñales–. ¿Aceptas estas condiciones?

Tragó con fuerza, una vez más saboreando la maldición; apenas podía concentrarse, era tan fuerte. Cuando logró hablar, fue al mismo volumen que el resto.

–Sí, acepto.

–¿Tienes una propuesta para tu Llamado? –preguntó Athena.

Delilah miró a la multitud. Sabía cuál sería la tarea desde que sabía que estaba maldita.

Hora de confirmar los rumores de una vez por toda.

–Propongo romper una maldición –dijo Delilah. Sus ojos se posaron sobre Charlotte y tomó otra bocanada de aire, logrando no ahogarse por la esencia que flotaba en el aire–. Tengo la intención de romper la maldición de mi familia que hace que todos los que se enamoren de una mujer Bea la olviden por completo.

La multitud empezó a hablar como si alguien hubiera arrojado una roca en el lago y Charlotte tomó una bocanada brusca de aire.

Las otras brujas bajaron la voz para discutir entre ellas. Parecían estar consultándole a Melrose, que se acercó a Delilah e inhaló profundamente. Después de un momento, Melrose se aclaró la garganta y se dirigió a la multitud.

–La muchacha tiene razón –dijo–. Puedo sentir el olor de la maldición en ella. Por esto, verificamos el mérito de su tarea. Si Delilah Bea puede romper la maldición de su familia, le daremos la bienvenida a nuestras filas.

–Si algún alma se opone a las condiciones de este Llamado –dijo Garmond–, por favor, que hable ahora.

Delilah contuvo la respiración.

Luego una voz en la multitud anunció:

–Yo me opongo.

La gente estalló en sorpresa. Los ojos de Delilah recorrieron a todos los habitantes del pueblo, mientras miraban confundidos en todas direcciones, buscando al dueño de la voz. Había sido una clara y fuerte, como si viniera del cielo mismo.

No, no, no.

Esto no puede estar pasando.

–¿Quién ha hablado? –los ojos de Garmond se entrecerraron–. Da un paso hacia adelante y déjate ver.

La multitud se abrió y un chico rubio de la edad de Delilah dio un paso hacia adelante. El corazón de Delilah se detuvo casi por completo.

De repente, sabía a quién le pertenecía la maldición que había olido el día anterior.

Los rizos del chico estaban sujetados en una cola de caballo, lo que dejaba expuestos sus pómulos altos y delicados. Tenía una piel alabastrina, como si no hubiera visto la luz del sol en años. Sus ojos lucían hundidos, ensombrecidos como si hubieran recibido un golpe. Uno era castaño, pero el otro, el izquierdo, era de un tono azul fantasmal y desconcertante. Su ropa se veía llamativa y costosa; cuando Delilah entrecerró los ojos, notó borlas en sus mangas.

–Invoco el Rito de la Mortalidad –dijo–. Y solicito a Delilah Bea que realice el Llamado rompiendo la maldición de mi familia.

Delilah no pudo contenerse.

–Lo siento, ¿quieres que haga qué?

–¡No puedes hacer eso! –gritó alguien en la multitud. Otros gritaron lo mismo, lanzando duda y descontento en dirección al muchacho. Pero él no se inmutó.

–Escúchenme, consejeros –dijo–. Es mi derecho.

Delilah giró, esperando encontrarlos listos para desestimarlo. Pero, en su lugar, estaban intercambiando palabras entre susurros.

–No –dijo Delilah, sacudiendo la cabeza, alejándose varios pasos del joven–. ¡No! Me niego. Ya decidí romper mi maldición, muchas gra…

–Desafortunadamente –la interrumpió Melrose–, el Rito de la Mortalidad le permite a cualquier persona que sufra una maldición mortal pedirle a una bruja que la asista para romper esa maldición. Se considera el tipo de Llamado más sagrado que una bruja puede realizar.

–¿Y no puedo negarme? –La boca de Delilah estaba abierta, mientras sacudía la cabeza–. Es ridículo. ¡No debería tener que trabajar para este señor Trajecito solo porque está maldito!

No estaba segura, pero le pareció ver al joven sonrojarse y gesticular… ¿Trajecito?

–Lo harás si quieres conservar tu magia –dijo Garmond, cruzando los brazos sobre su ancho pecho. Miró a sus compañeras consejeras, luego al muchacho, y preguntó–. ¿Quién invoca este rito?

–Kieran Pelumbra –respondió.

Los tres miembros del Consejo se quedaron en silencio. Murmullos de reconocimiento cruzaron toda la multitud, así como también susurros de duda. Delilah lo miró con los ojos entrecerrados.

–¿Pelumbra? –repitió–. ¿Por qué me suena familiar?

–Porque los Pelumbra son una de las familias más prominentes de Celdwyn –dijo Garmond, tocando sus bigotes entrecanos–. Brujos adinerados con mucha influencia en nuestro gobierno. Pero nunca escuché de una maldición en los Pelumbra.

–Te invito a esparcir las novedades –dijo Kieran con entusiasmo–. Mi familia odiaría eso.

–Puedo olerla –dijo Melrose, frunciendo la nariz–. Dice la verdad, al menos sobre estar maldito. En toda mi experiencia con los Pelumbra, nunca mencionaron a Kieran.

–Considerando lo asqueados que se ven, oliendo la maldición que tengo –dijo Kieran, su sonrisa trastabillando mientras sus ojos alternaban entre Delilah y Melrose–, probablemente puedan adivinar por qué.

Delilah recompuso su expresión, sonrojándose. Pocas brujas tenían un olfato para la magia, era una habilidad extraña que estaba presente en ciertas familias, pero en la suya había sido particularmente aguda, en ocasiones para su detrimento.

–Pero tú eres la hija del mayor rompedor de maldiciones de la historia de Celdwyn –continuó Kieran, mirando a Delilah a los ojos–. Debería ser fácil para ti encontrar una solución.

–Fácil decirlo –gruñó Delilah. Volteó hacia Garmond–. ¿De verdad hablan en serio? ¿O ayudo a este tipo o me quitan mi magia para siempre?

Los consejeros intercambiaron una mirada. Finalmente, Garmond fue quien habló.

–Así es. Esas son las condiciones. ¿Aceptas?

Delilah soltó un suspiro profundo mientras el peso de la situación la presionaba. Miró a Charlotte, que estaba tan pálida como un fantasma y probablemente se habría caído si la tocaban. Nada en su rostro ofrecía una clara respuesta.

–Maldita sea –dijo Delilah entre dientes. Finalmente, les dio la espalda a los consejeros y dijo–: ¿Saben qué? Está bien. Ayudaré al príncipe Lagrimón con la maldición de su familia. –Hizo una reverencia y miró a Kieran con desprecio–. Tienes mi palabra.

–Se ha tomado una decisión –proclamó Garmond mientras levantaba los brazos en dirección a la multitud–. Delilah Bea tiene asignada la tarea de romper la maldición que agobia a Kieran Pelumbra y su familia. Tiene un período de seis meses para completar el Llamado. En caso de que la maldición no se rompa o si Kieran muere antes de su resolución, Delilah habrá fracasado, tal como lo indica la naturaleza del Rito de la Mortalidad.

–Ah, grandioso –murmuró Delilah por lo bajo–. No nos olvidemos esa parte.

–Así concluimos nuestra reunión –dijo Melrose–. Pueden retirarse.

A medida que la gente gritaba su frustración a las brujas del Consejo, quienes estaban preparándose para marcharse, Delilah y Charlotte se escabulleron de la plaza, abriéndose paso entre la multitud de regreso a su cabaña. Ni bien Charlotte cerró la puerta, el teléfono en su cocina empezó a sonar y corrió para desconectarlo. Incluso aunque la llamaran con buenas intenciones, sabía que Delilah no quería hablar con nadie.

La mujer presionó la espalda contra la puerta, exhalando profundo, mientras Delilah se acercaba al sofá y caía desplomada sobre este.

Charlotte susurró:

–Es mi culpa.

–¿A qué te refieres? ¿Reclutaste a ese tipo para que arruinara mi Llamado?

Charlotte sacudió la cabeza.

–No, yo… no debería haber hecho público quién es tu padre. Sabía que su posición impactaría sobre ti eventualmente. Solo no creí que eso saldría de Kitfield.

–Iba a pasar de cualquier modo. Es mejor ser honesta –dijo Delilah, tomando una almohada y hundiendo su cara en ella, quejándose.

Charlotte observó a su hija por un momento antes de agregar:

–Prepararé un poco de té.

Delilah cerró los ojos e intentó concentrarse en su respiración, mientras Charlotte ponía la tetera de cobre en el fuego. Con toda su voluntad intentó despertarse de esta pesadilla y volver al mundo real, donde había terminado la ceremonia de su Llamado sin interrupciones y estaba lista para empezar a descifrar cómo romper su propia maldición.

Se suponía que debía romper la maldición de las Bea para convertirse en una bruja completa, no ser reclutada por un extraño para romper una maldición de la que nunca había oído hablar.

Y perder su magia si no lo hacía.

Para cuando Charlotte regresó con el té y se sentó en el sofá junto a ella,Delilah había logrado bajar sus pulsaciones a un ritmo normal, incluso aunque su mente siguiera acelerada. Charlotte ubicó una taza frente a su hija y le dio un sorbo a la suya.

Delilah levantó la taza con sus manos y presionó las palmas a cada lado de esta.

–Lamento haberles contado a todos sobre nuestra maldición, ma. Lo único que quería era romperla, pero ahora todos saben la verdad y ni siquiera es mi Llamado.

Charlotte exhaló y se pellizcó el entrecejo.

–No tienes que pedir perdón. La gente hablará sobre eso durante un día o dos y luego se olvidará. Tampoco es que somos nobles de Gellingham ni nada por el estilo.

–Es verdad. Pero… igual voy a romperla –dijo Delilah. Empezó a desatar su trenza para mantener sus manos ocupadas–. Puede que mi Llamado sea esa otra tontería, pero eso no va a detenerme.

–Cariño, está bien –dijo Charlotte, apoyando una mano sobre la rodilla de su hija y mirándola a los ojos–. Concéntrate en tu Llamado. Nuestra maldición está presente desde hace cientos de años. Tienes el resto de tu vida para romperla, y tendrás muchos más recursos si logras pasar tu Llamado.

Delilah asintió para sí misma. Era un buen punto: una vez que pudiera practicar magia como una bruja oficial avalada por el estado, podría acceder a otros recursos, como archivos restringidos, materiales para invocar hechizos que brindaba el Consejo, viajes con fondos del estado, lo que haría que fuera mucho más fácil romper una maldición. Aun así, no estaba muy contenta con tener que esperar.

Murmuró:

–Tienes razón, supongo.

–Además, si este muchacho dice la verdad y es un Pelumbra… Bueno, son una de las familias más adineradas de Celdwyn –dijo guiñándole un ojo a su hija–. Quizás hagas un amigo rico en el proceso. Apuesto que te pagará una buena cantidad si todo sale bien.

Los ojos de Delilah se iluminaron.

–Ah, tienes razón. Quizás podamos comprarnos un coche.

Charlotte se quejó melodramáticamente.

–¿Qué te pasa con los coches?

Las dos lograron reír justo cuando alguien llamó a su puerta.

–¡No hay nadie! –gritó Charlotte.

–Soy Kieran –respondió la voz–. ¿Puedo por favor hablar con Delilah?

–Ya se fue del país –respondió Charlotte mientras Delilah se levantaba para atender la puerta–. Te dejó aquí. Partió para vender dulces mágicos.

–Mamá –la reprendió Delilah, pero estaba sonriendo. Sacudió la cabeza mientras su madre levantaba las manos y ponía una expresión exagerada de culpa.

Olió la maldición antes de siquiera abrir la puerta, pero la invadió por completo ni bien lo hizo. Tuvo arcadas de inmediato, no pudo evitarlo.

Kieran levantó una ceja que era algunos tonos más oscura que su cabello rubio arenoso.

–Bueno, aquí estamos. Hola otra vez.

–Pasa –logró decir Delilah, su voz tensa mientras intentaba contener las arcadas. Cuando Kieran se quedó parado ahí, mirándola, agregó–: Mira, lo siento, pero tienes la maldición más asquerosa de la historia. No es nada personal.

Kieran se detuvo por un momento antes de olerse la axila con cuidado.

–¿Está tan mal?

–Ella es la única que puede olerte, querido –dijo Charlotte, acercándose a la puerta y cerrándola antes de que la gente del pueblo empezara a juntarse afuera para asomar sus cabezas–. Delilah, querida, ve a mi cuarto y busca en el bolsillo de mi botiquín. Hay una crema de menta que puedes ponerte debajo de la nariz para bloquear el olor.

Mientras Kieran se sentaba en el sofá, Delilah salió de la sala para hacer eso. Logró escuchar a su madre decirle:

–Soy una de las dos doctoras del pueblo, así que tengo varias autopsias encima. La menta bloquea el olor.

La voz de Kieran subió casi una octava:

–Bueno, vaya, ¿no es interesante?

Delilah encontró la crema y aplicó una importante cantidad debajo de su nariz. Olía lo suficientemente fuerte como para enmascarar el otro olor, aunque le hiciera lagrimear un poco los ojos. Luego rápidamente abrió las ventanas de la cabaña. Estaba segura de que el olor de la maldición taparía la menta si no hacía que el aire circulara por la sala principal.

–Lo siento –dijo sentándose en el sofá. Miró a Kieran a los ojos, estudiando su extraño ojo azul–. Sé que no puedes evitarlo.

Era extraño. Delilah había esperado sentirse enojada cuando Kieran apareciera después de haber entorpecido su ceremonia. Pero al verlo ahora, era difícil sentir algo que no fuera… bueno, lástima. Sus ojos eran enormes y redondos; su boca estaba presionada con fuerza, mientras arrugaba la frente, claramente consciente del olor de su maldición. Le recordaba un poco a un cachorrito al que habían pateado. O a un pajarito bebé que se había caído de su nido antes de aprender a volar.

Y a pesar del enfoque temerario con el que encaraba la mayoría de las cosas, Delilah sabía exactamente lo doloroso que era vivir con una maldición.

–Por cierto –extendió una mano–, soy Delilah. Ella es mi mamá, Charlotte. Suponía que debíamos tener una presentación menos dramática después de todo.

Estrechó su mano, aunque no lo hizo con suficiente fuerza.

–Kieran Pelumbra. –Se frotó la nuca, un poco avergonzado–. Per… Perdón por el olor. Podría complicar nuestro viaje.

–¿Nuestro viaje? –Nunca había escuchado que una bruja fuera en su Llamado con otra persona–. ¿A qué te refieres? Supuse que esta sería una aventura solitaria.

–Bueno, tengo algunas pistas que me gustaría investigar y, como soy el que más sabe de la maldición, tiene sentido que nosotros… viajemos juntos. –Cuando Delilah lo miró con una ceja levantada, agregó–: Entiendo que es un poco incómodo, viajar con un hombre extraño que acabas de conocer…

–“Hombre” –repitió Charlotte con una leve sonrisa. Señaló su contextura delgada y le susurró a Delilah–: Un poco flaco para eso, ¿no crees? Podrías partirlo a la mitad.

–Mamá –dijo Delilah, intentando no reír. Kieran era, de hecho, bastante delgado–. Pórtate bien.

–¿Cuántos años tienes, por cierto? –le preguntó Charlotte.

Kieran se sonrojó un poco.