Regreso a Calipso - Juan van Peborgh - E-Book

Regreso a Calipso E-Book

Juan van Peborgh

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Beschreibung

«Esa llanura era como la vida misma: una sucesión interminable de pasos y de días. Halló un extraño consuelo en pensar que así era el mundo, así la realidad, que todos los caminos conducían a la nada, igualmente carentes de destino. Y sin embargo, no lograba convencerse. Algo le decía que un solo hecho, una sola acción decisiva —tal vez una omisión— podían definir su suerte. Había nacido con una moneda en la mano y tenía que arrojarla al aire, jugarse todo. Aunque perdiera la vida».   Coronel Dorrego, una ciudad tranquila al sur de la provincia de Buenos Aires, se ve sacudida por una ola de asesinatos. El comisario Damián Krug intenta recuperar la tranquilidad de su pueblo al mismo tiempo que en secreto busca redimirse de los fantasmas de un viejo amor.   Regreso a Calipso cruza lo mejor del policial clásico y de la novela negra. Krug sortea los enigmas que plantea la trama a través de razonamientos lógicos apoyados en su pasión por la literatura, pero todo ocurre dentro de una realidad oscura, llena de engaños, corrupción y violencia.

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Seitenzahl: 251

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Juan Van Peborgh

Regreso a Calipso

NARRATIVAS

Van Peborgh, Juan

Regreso a Calipso / Juan Van Peborgh. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Metrópolis Libros, 2025.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-631-6726-08-7

1. Novelas. 2. Novelas Policiales. 3. Novelas de Misterio. I. Título.

CDD A860

© 2025, Juan Van Peborgh

Primera edición, octubre 2025

Dirección comercial Sol Echegoyen

Dirección editorial Julieta Mortati

Asistencia editorialEleonora Centelles

Coordinadora de ediciones Jacqueline Golbert

Jefa de corrección María Nochteff Avendaño

Corrección Virginia Avendaño y Mariana Gómez Masía

Diseño y diagramaciónLara Melamet

Conversión a formato digital Estudio eBook

Libro de edición argentina.

Hecho el depósito que establece la ley 11.723. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra sin la autorización por escrito de los titulares del copyright.

Editorial PAM! Publicaciones SRL, Ciudad de Buenos Aires, Argentina

pampublicaciones.com.ar | [email protected]

A mi “fan” número uno. Y a Lolo, como siempre.

Buscas la dulce vuelta, preclaro Ulises, y un dios te la hará difícil.

HOMERO, Odisea, canto XI

1

Cualquier hijo de vecino de Coronel Dorrego sabía quién era Francho Sáenz Funes, tal había sido la estampa de su abuelo don Francisco y la influencia de su familia en los asuntos de la ciudad y del partido durante más de medio siglo. Era cierto que el viejo ya estaba muerto hacía rato, que la fama y fortuna de la familia se habían esfumado, y que la figura de Francho era apenas una sombra —cuando no un triste remedo— de lo que había sido su padre, ni hablar de su abuelo. Aun así, en Dorrego no había quien no lo reconociera cuando se lo cruzaba por la calle.

Ese mediodía de principios de febrero, sin embargo, parado en la esquina del Banco Nación, frente a la Cooperativa Eléctrica, Francho parecía no conocer a nadie. Indiferente al sol que ablandaba las juntas de asfalto, ensayaba sobre la vereda, errático, breves caminatas en distintas direcciones, en una extraña ceremonia sin final y sin razón: partía con paso resuelto, daba tres o cuatro zancadas firmes y se frenaba de golpe, como si se acordara de algo o no se decidiera adónde ir. A veces, al frenar, se llevaba la mano a la cabeza, persiguiendo una idea esquiva; otras, bajaba los brazos y vaciaba la mirada. Pero siempre volvía al punto de partida, siempre a la misma baldosa, sudando a mares, hasta que se le iluminaba la cara y volvía a arrancar.

Entre caminatas se quedaba mirando extrañado cuando desde las camionetas que pasaban por la avenida Santagada o por la calle Costa lo saludaban con un par de bocinazos breves y un brazo que sacaban por la ventanilla, o cuando alguien le dedicaba un “Buen día, Francho” mientras apuraba el paso para escapar del sol.

Por fin fue Mario Andrada —que lo observaba desde el mostrador de la Cooperativa mientras disfrutaba del aire acondicionado y pensaba que ahí afuera la calle debía ser un horno— el que se dio cuenta de que algo raro pasaba y se compadeció de él. Aunque pasó bastante más de una hora entre una cosa y otra, porque Andrada se dio cuenta enseguida y no hizo nada hasta la una, cuando cerró el local para irse a su casa a almorzar y dormir la siesta. De hecho, decir que se apiadó sería exagerado: desde el primer momento Andrada supuso que Francho tenía que estar sufriendo. Había visto las aureolas oscuras de sudor crecerle en las axilas y la espalda hasta que la camisa azul terminó toda entera pegada al cuerpo, lo había notado jadear, incluso lo había visto tambalearse un par de veces, al punto de que llegó a pensar “que se iba a cagar muriendo deshidratado ese infeliz”. Pero no hizo nada hasta que tuvo que salir de la Cooperativa a la calle. Es que Andrada lo conocía bien a Francho, y no lo quería. Tenía sus razones, como muchos en Dorrego. Un mal bicho, decía que era.

Recién cuando hubo cerrado con triple llave la puerta de vidrio —arriba, abajo y al medio, ceremoniosamente—, se dijo que mejor se fijaba qué le andaba pasando al tipo.

—¡Buen día, Francho! —le gritó de una vereda a la otra, mientras hacía visera con la mano para resguardarse del sol—. Ta lindo a la sombra, ¿no?

Y como Francho no le contestaba —ni siquiera se volteaba— insistió:

—¡Eh! ¡Francho! ¿Aprovechando la fresca?

Francho se volvió hacia él entonces, entrecerrando los ojos. Y se quedó así, mirándolo sin decir nada, con los ojos entrecerrados y la frente toda arrugada, la cara medio retorcida. Grandes gotas le brillaban en la frente y se le escurrían por las sienes, aunque parecía no darse cuenta del calor.

—Francho —volvió a llamar Andrada mientras se acercaba cruzando la calle, ya un poco asustado de que el otro lo mirara tan raro.

—Vos —le respondió por fin Francho cuando lo tuvo enfrente—, ¿qué hacés acá?

Después miró en derredor, ladeó la cabeza, pegó media vuelta y se alejó con paso decidido, solo para plantarse a los pocos metros con la mano en la frente, empecinado en la coreografía de la última hora y media.

Ah, bueno, pensó Andrada. Está jodido, jodido. Esperó a que Francho volviera a su baldosa.

—Francho, ¿te llevo a tu casa?

—¿Qué hacés acá? —dijo Francho, como si lo viera por primera vez.

—Dale, Francho, ’jatejoder, te acompaño a tu casa…

Después lo pensó mejor. El tipo vivía solo y estaba jodido. ¿Qué iba a hacer con él una vez en la casa? ¿Hacerse cargo? Alguien se tenía que ocupar, y no iba a ser él. Cuando Francho partió abrupto a otra de sus excursiones, a Andrada se le ocurrió que el sanatorio estaba a solo una cuadra, por Santagada. Una cuadra y chau, pensó.

No resultó fácil. Cada vez que lo tomaba del brazo, Francho se zafaba de un tirón, gritando, o le volvía a preguntar, desconcertado:

—¿Qué hacés acá?

Después miraba en derredor asustado y soltaba, para sí mismo, como una súplica:

—No, no, no, no, no, no, no.

Por fin, pasándole un brazo por encima de los hombros y agarrándole la mano con ademán amigable pero firme, consiguió ir empujándolo en dirección al sanatorio. Recorrer la cuadra les tomó diez minutos. Ya habían cerrado todos los comercios y no se veía a nadie en la calle. Cuando por fin llegaron, Andrada estaba tan bañado en sudor como Francho. La enfermera de recepción se sorprendió al verlos.

—Pero ¡don Francho! ¿Cómo? ¿Otra vez acá?

Francho miró alrededor.

—No, no, no, no…

—Está jodido —se apuró a decirle Andrada a la enfermera, mientras sostenía del brazo con firmeza a Francho, que intentaba salir otra vez a la calle—. No me reconoce. Creo que ni sabe quién es.

La mujer salió de atrás del mostrador y se acercó.

—Don Francho.

—¿Usted quién es?

La enfermera miró con susto a Andrada.

—¿Qué le pasa? Le dimos el alta esta mañana.

—¿Le dieron el alta en este estado?

—No, no —se atajó la enfermera—. Entró anoche con un cuadro de intoxicación, pero esta mañana estaba bien, estaba débil pero se sentía bien. Si salió caminando solito por esa puerta… Don Francho, ¿me oye?

—Nonononononono.

—¿Hace mucho que está así? —preguntó la mujer, preocupada.

—No sé. Lo acabo de encontrar.

—¿Cómo que lo encontró? ¿En dónde?

—Acá en la esquina. En la calle.

—¡Ay, Dios! Venga, don Francho —dijo la mujer, tomándolo suavemente del brazo.

—¡Pero qué hace! —gritó Francho, zafándose—. ¿Usted quién es?

Ella dio un paso atrás sobresaltada pero volvió a insistir, esta vez más firme, rodeándole los hombros igual que lo había hecho Andrada.

—Venga, don Francho. Vamos a buscar al doctor.

—Nonononono.

Andrada los miró alejarse por el pasillo. Cada tanto Francho se soltaba de la enfermera y se arrimaba a la pared murmurando, o intentaba escapar y se frenaba enseguida. La enfermera lo volvía a agarrar, aunque se notaba que estaba aterrada.

—¡Bueno! ¡Yo ya me voy! —anunció Andrada a las espaldas de la enfermera—. ¡Lo dejo con ustedes!

Y sin esperar respuesta salió del sanatorio hacia su casa.

Esa tarde Francho Sáenz Funes entró en coma. Al día siguiente estaba muerto.

2

No eran las diez de la mañana pero el sol ya apretaba fuerte. Iba a ser otro día sofocante: en la radio habían anunciado una máxima de treinta y siete. Estacionado al borde del camino, cerca de la entrada del cementerio de Dorrego, el auto se había convertido desde temprano en un horno. El comisario Damián Krug cerró el libro que estaba leyendo —El informe de Brodie— y lo arrojó sobre el asiento contiguo. Después arrancó el motor para encender el aire acondicionado, aunque dejó las cuatro ventanas bajas para sentir la brisa que llegaba desde el potrero frente al camposanto. Miró a los teros que volaban alborotados más allá del alambrado. Después reclinó a medias el asiento, se recostó y se quedó un rato con los ojos cerrados, escuchando. Nunca se cansaba de la llanura, de sus ruidos, sus olores y colores. En los años que había pasado en la Escuela de Policía en La Plata y en distintas comisarías del Gran Buenos Aires, lo que más había extrañado era el campo abierto. Donde muchos veían una planicie aburrida, él se deleitaba con detalles banales, invisibles a los ojos de otros. Gozaba del griterío de los teros, que de tan ubicuos eran considerados ordinarios, cuando no pasaban desapercibidos. Cualquiera disfruta de un atardecer en la llanura, pero él podía quedarse horas mirando el campo en la luz plana del mediodía o en mañanas grises sin lluvia. Ni hablar de recorrerlo a caballo: eso era tocar el cielo con las manos. Por eso, y para escapar de la sordidez de su trabajo en el conurbano, había buscado que lo asignaran al interior de la provincia —a cualquier lugar con tal de que fuese cerca del campo y lejos de toda esa mugre—. Por fin, después de mucho insistir, no solo lo había conseguido sino que había tenido la suerte de volver como jefe distrital a su Dorrego natal, hacía apenas un par de meses. Sabía que su designación era una suerte relativa: no era buena para su carrera, de hecho era la peor de las opciones posibles, y la consecuencia sería un seguro estancamiento de su progreso en la Bonaerense. Tampoco ignoraba que su propia insistencia había tenido poco que ver. En el fondo, habían querido sacarlo del medio —mandarlo a un lugar donde no jodiera— y su pedido les había venido como anillo al dedo: hacía tiempo que lo consideraban poco confiable. Después de unos primeros años auspiciosos —de joven promesa— en que se había destacado por su lealtad y su disposición a acatar órdenes sin reparar demasiado en los medios, había comenzado a llamar la atención por razones menos positivas: su falta de escrúpulos. Jugaba demasiado al límite. Cumplía las consignas, pero a un costo muy elevado. Y a pesar de que no eran pocos los que le envidiaban la efectividad y la sangre fría, los jefes no querían salir en los diarios. Sus defensores argumentaban que era un buen soldado. Los detractores decían que era un mono con navaja. Una navaja que se agigantaba con cada promoción. “Nos va a hacer rodar la cabeza a todos”, decían, y tenían razón: él recordaba bien esos años oscuros, en que había descargado su saña en el trabajo. No disfrutaba de lo que hacía, de hecho le resultaba repulsivo, pero no podía evitarlo. Cuando Elena lo dejó, recién egresado de la escuela de oficiales, y al poco tiempo anunció su casamiento con Francho Sáenz Funes, el mundo se le vino abajo. Vio todo negro. Pensó en matarse, y estuvo a punto. Si no lo hizo fue por la bronca que afloró de su depresión como una burbuja hedionda surgida de un pantano. Se aferró a su rabia. Se hizo hosco, huraño. Como lo conocían poco en el Gran Buenos Aires, nadie notó o quiso notar el cambio. Veían a un tipo con poca paciencia y muchas ganas de resolver y se abrían para darle paso. Si se quería quemar, que se quemara solo. Mientras tanto, él se dedicó a odiar al mundo. Y a traer resultados. Su eficacia era absoluta, pero su actitud no le había ganado amigos. Las promociones se fueron transformando en movimientos laterales: pasaba de una comisaría a otra sin sumar rango ni responsabilidad. Al final ningún comisario lo quería en sus filas, salvo para los trabajos sucios. Había terminado por asquearse, no solo de las cosas que hacía sino de sí mismo, de saberse capaz de hacerlas.

Un día se vio en el espejo y pensó que ese no era él. Llevaba mucho tiempo rehuyéndole a su reflejo, evitando mirarse a los ojos. Pero ese día se sostuvo la mirada, se buscó en el otro. No se reconoció. Y se preguntó qué había sido del muchacho alegre y optimista que se había enamorado de Elena. Que había enamorado a Elena.

Krug escuchó voces que llegaban del cementerio y levantó la cabeza. Vio movimiento del otro lado del portón y, enderezando el asiento, miró calle abajo para ver en qué andaba Contreras. Lo vio a unos cien metros volviendo desde un montecito de eucaliptos que estaba al final de la cuadra, frente a la esquina del muro perimetral del camposanto. Se había bajado del auto para fumarse un cigarrillo, y el lugar más cercano donde hacerlo a la sombra era ese: no había árboles en toda la cuadra. Lo miró acercarse con su paso desgarbado y no pudo evitar sonreír. Alto y flaco, de aspecto torpe, el subcomisario Sergio Contreras era su amigo desde la infancia. Habían compartido los años de colegio y después habían partido juntos a La Plata para ingresar en la Escuela de Policía. Y ahora, en una feliz coincidencia, habían terminado asignados los dos a la comisaría de su pueblo natal. En rigor, Contreras había regresado casi enseguida: apenas cuatro años después de egresado, seis antes que él. Su carrera había sido más lenta y menos prometedora —tampoco había descollado en sus estudios— y pronto había sido relegado a roles subalternos de los que poco podía esperarse. Pero era un policía responsable y confiable, de esos que siempre hacen falta. Y quizá con el objetivo de no perderlo, de evitar que se cansara y renunciara a la Bonaerense para buscar empleo en otro lado, había sido asignado a su ciudad de origen. Para Contreras había sido un premio impensado. No tenía muchas aspiraciones, y en Dorrego podía estar cerca de su familia y de sus afectos, con un trabajo respetable, un sueldo digno y mínimo riesgo. Los policías de ciudades chicas corrían poco peligro, ya que los hechos delictivos se circunscribían casi exclusivamente a casos de raterismo y violencia familiar, con picos de criminalidad en verano cuando los malvivientes se acercaban a las playas siguiendo a los turistas y su promesa de robos fáciles y venta de drogas. Contreras se había asentado rápidamente, y se casó poco después de regresar con Marta, su noviecita de la infancia y el amor de toda su vida. No habían tardado en tener dos hijos y estaban formando una linda familia. Justamente lo que Krug había soñado para sí mismo con Elena.

Krug suspiró y, antes de que pudiera atajarse, sintió la puntada de angustia que le atravesaba el pecho cada vez que su mente rozaba estos pensamientos. Maquinalmente se llevó la mano al esternón y se frotó buscando un alivio que no vendría, porque no era un dolor físico. Sintió, como siempre que lo asaltaba esta sensación, que no era una sino dos personas superpuestas en el tiempo y el espacio: una de carne y hueso, sede de vísceras, secreciones y excreciones, placeres, dolores, heridas sangrantes y enfermedades; y otra etérea, que vivía en otro plano, completamente independiente pero encadenada de por vida a la primera. En esta segunda esencia residían sus sentimientos, sus alegrías y sus penas, la esperanza y el abatimiento. Las llaves del cielo y del infierno.

Sintió una embestida de resentimiento, mientras el borbotón imparable de preguntas sin respuesta —las preguntas de siempre— le inundaba la boca como una bilis. ¿Por qué se había ido de Dorrego, lejos de Elena? ¿Qué se había ido a buscar a otro lado? ¿Una carrera? ¿A quién había querido impresionar? ¿Acaso a ella? De todos modos no era más que un policía vulgar. Con cargo de comisario y a cargo del distrito, pero igual de mediocre. ¿Por qué? ¿Para qué? Ahora sabía que había sacrificado su hoy en el altar del mañana, que había cambiado un presente palpable —un presente feliz— por un futuro ilusorio, su vida por una película, el amor por espejitos de colores.

Sintió que le saltaban las lágrimas y se sorprendió por la fuerza de su turbación, de la emoción que creía que el tiempo había, si no sepultado, al menos amansado. Era evidente que el saberse en el mismo lugar que Elena, los dos juntos después de tantos años (¡diez largos años!), había hecho resurgir sus viejos sentimientos como una revancha: la tristeza y el desánimo y sobre todo la bronca, su bronca vieja y peluda contra la vida y contra sí mismo.

Vio que Contreras ya se acercaba al auto y respiró hondo. No quería que lo viera así. Agarró el libro que había dejado sobre el asiento y lo ojeó con urgencia, buscando aquella frase de Borges que lo aliviaba. La encontró enseguida en una página orejeada: “… el pasado, el presente y el porvenir ya están, minucia por minucia, en la profética memoria de Dios…”. Eso era. Si pudiera llegar a convencerse de que todo estaba escrito, llegar a creer que todo era inevitable —¡que no era su culpa haber perdido a Elena!—, podría perdonarse, la vida sería más soportable. Contreras ya abría la puerta. Resopló tres veces, volvió a inhalar hondo y soltó el aire despacio, en una exhalación larga. Mientras su compañero acomodaba su cuerpo lánguido, demasiado largo, en el asiento, Krug se enjugó el sudor de la frente con los dedos y se los pasó por los ojos humedecidos para ocultar que había llorado.

—¡La puta madre! Qué calor —rezongaba Contreras. Enseguida reparó en el libro que el comisario todavía tenía en la mano—. Vos siempre con un libro, en eso no cambiaste… —Se atajó cuando vio la cara de Krug—. ¿Qué te pasa? ¡Tenés una cara!

—El calor me pasa. Dame un pucho.

—¿Eh? ¿No era que no se podía fumar en el auto? ¿Para qué carajo me hiciste bajar? Me tuve que ir hasta la esquina a buscar sombra.

—Vos. Vos no podés fumar en el auto. Yo soy tu jefe. Dame un pucho.

Contreras le ofreció el paquete puteando por lo bajo. Krug agarró uno de los cigarrillos que asomaba y se lo puso en la boca.

—Dame fuego.

—Pero la puta madre, ¡qué jodido que volviste, loco! Para mí que alguien te jodió. Allá en La Tablada o antes en algún lugar alguien te hizo algo. Vos no eras así.

—No digas boludeces —dijo Krug mientras encendía el cigarrillo en la llama que su amigo le ofrecía. Apoyó la cabeza contra el respaldar y cerró los ojos soltando el humo despacio. Contreras se quedó mirándolo.

—Seguís mal por lo de Elena, ¿no? ¿Es eso?

Krug explotó.

—¡Pero la reputísima madre! ¿Podés dejar de romper las pelotas? Si seguís jodiendo te juro que te bajo del auto y te volvés caminando a la seccional.

Se quedaron en silencio hasta que Contreras habló.

—Te digo una cosa: como jefe serás muy bueno, pero como amigo sos una mierda, ¿sabés? —dijo, y pensó un momento—. O al revés. O las dos cosas. ¡Bah, no sé! ¡Sos una mierda por donde te mire!

Krug se empezó a reír, y a pesar suyo a Contreras se le contagió la risa. Nunca podía quedarse enojado con su amigo por mucho tiempo.

—¿Me vas a decir para qué mierda estamos acá, además de cocinarnos? Yo tengo trabajo que hacer. Si hubiera sabido que me ibas a tener acá al pedo no te aceptaba que me acerques. Hubiera ido…

—Pará, pará. ¡Ahí salen! —exclamó de repente Krug, incorporándose en el asiento.

—¿Quién sale? ¿Dónde?

—El cortejo.

—¿El cortejo de quién?

—¿De quién va a ser? De Sáenz Funes. ¿Conocés a alguien más que se haya muerto?

—Sí. La tía de Fernández, el de la ferretería.

Krug lo miró como a un bicho raro.

—Sos medio pelotudo vos.

—Vos me preguntaste.

—¡Sshhh!

Krug volvió a concentrarse en la gente que salía del cementerio. Cada tanto se armaban pequeños grupos afuera del portón mientras las personas se despedían unas a otras antes de alejarse hacia los autos estacionados a lo largo del muro.

—Mirá que vestirse de negro con este calor —dijo Contreras.

—Están de luto, tarado.

—Sí, ya sé, pero…

—Callate.

—¿Me querés decir a quién esperás?

—¡Te querés callar…!

Volvieron a quedarse en silencio. Al cabo de un rato, Contreras volvió a la carga:

—No vino mucha gente.

—¿Y qué querés? ¡Si era un flor de hijo de puta!

—Sí, pero…

—¿Tenés alguna duda de que era un hijo de puta? ¡Cagó a medio mundo! A vos también te cagó.

—Sí, pero fue hace mucho. Yo era chico y él…

—Y él era un grandulón que te llevaba más de diez años y se aprovechó. Te cagó mal. Ya en ese entonces mostraba la hilacha.

—No tiene importancia.

—A vos no te importará porque sos un pelotudo. Pero a mí, sí. A mí me cagó y con eso alcanza para que sea un hijo de puta.

—Lo decís por lo de Elena.

No era una pregunta. Krug no respondió.

—Damián, todos los tipos del pueblo andaban atrás de Elena. Alguno se iba a terminar casando con ella. Ustedes habían roto. Vos te habías ido.

—¡Te querés callar! —Krug se volvió hacia Contreras con una mirada que le heló la sangre.

—Bueno, está bien, no te calentés.

—No puedo creer que lo defiendas a este pelotudo —dijo Krug volviendo la atención a la entrada del cementerio.

Contreras se maldijo internamente. Siempre metía la pata. Sabía perfecto que Krug se ponía mal cada vez que la mencionaba a Elena, pero no aprendía. Lo hacía una y otra vez. Y bueno, pensó, si entre mejores amigos no podemos hablar las cosas…

—Parece que murió intoxicado —dijo, para cambiar de tema—. Con mariscos.

—Sí —confirmó Krug sin quitar la vista de la entrada del cementerio—. Espero que haya sufrido.

—¿Habrá marea roja? Qué cagada. ¡Con lo que me gustan los mariscos! ¿Vos escuchaste algo?

—No.

—La que debe saber es Elena.

—Y dale con Elena. ¿Qué tiene que ver?

—¿No es bióloga ella? ¿Bióloga marina?

—Mirá —lo interrumpió Krug—. Ahí sale la hermana. Ahí sale Sandra.

En efecto, en ese momento atravesaba el portón una mujer menuda, todavía joven, acompañada de su marido y de tres hijos de entre cinco y diez años de edad. El más chico iba aferrado a su pollera. Los otros seguían al papá con aire incierto, sin saber mucho qué hacer.

—La última de los Sáenz Funes —observó Contreras.

—No es la última. Están sus hijos.

—La última con su apellido en Dorrego, quiero decir. Pero vos sabés lo que quiero decir.

Sandra se detuvo un momento en la salida mientras los últimos acompañantes se acercaban a despedirse. Una mujer más joven, y bastante linda, la abrazó con ceremonia.

—Mirá —dijo Krug—, ahí está esa turra de Betina Fiorullo. Pensará que todavía les puede sacar algo a los Sáenz Funes. Ya estaban fundidos hace años, cuando le empezó hacer el filo a Francho. ¡Qué chasco se habrá pegado!

—Con razón no vino Elena —dijo Contreras, sabiendo que metía la pata de nuevo, pero sin poder contenerse—. Se habrá imaginado que vendría la Fiorullo. Porque vos viniste a ver a Elena, ¿no?

—¡Listo! —exclamó Krug—. Te volvés caminando. Bajate.

Segundos después arrancaba el auto en dirección al centro dejando al subcomisario Contreras envuelto en una nube de tierra.

3

Dos horas más tarde, bañado y cambiado, Damián Krug, con el auto en marcha, montaba guardia frente a la casa de Elena Lewiston. A través de los espejos retrovisores, posicionados para ese fin, podía observar tanto el ingreso a la casa como los autos que se aproximaban por la calle. Esta vez tenía el aire acondicionado prendido, con las ventanas cerradas: no quería estar todo sudado cuando ella volviera a verlo después de tanto tiempo.

Era cierto que había ido al cementerio con la esperanza de encontrarla y fingir un encuentro casual. No era tan boludo Contreras, después de todo. Se sintió un poco mal por haberlo puteado tanto. Se propuso arreglar todo invitándolo a unas cervezas esa misma tarde y se sacó el tema de la cabeza.

Hacía tres o cuatro días que sabía que Elena había venido a Dorrego desde La Plata, donde vivía sola a partir de su divorcio de Francho. Ignoraba el motivo del viaje: ya nada la ataba a su pueblo. La madre había muerto hacía años y el campo que había heredado estaba arrendado. Ella no tenía que ocuparse de nada. Y no era la muerte de Francho lo que la había traído: cuando a él lo internaron ella ya estaba en Dorrego.

Como fuera, la muerte de ese infeliz le había venido a Krug como anillo al dedo. Había fallado su plan de encontrársela en el entierro, pero al menos ahora tenía la excusa para hacerle una visita. No de pésame, exactamente, porque Elena y Francho no se habían separado en buenos términos, pero justificable en cualquier caso.

Vio aparecer el viejo Renault 12 azul al fondo de la cuadra y el corazón le dio un salto. ¿Sería ella? ¿En el mismo auto de siempre? Si era así, había salido peor parada del divorcio de lo que él creía. El Renault estacionó frente a la casa. Espiando por el espejo lateral, Krug vio bajar del auto a una mujer alta, rubia, de atractiva figura, vestida a la paisana con bombachas de campo y alpargatas y una faja pampa ceñida a la cintura. Era Elena.

Le dolió verla, de tan preciosa que estaba. No le habían pasado los años. Siempre tan linda y tan gauchita, pensó. Recordó enseguida las tardes de verano que pasaban los dos galopando en pelo entre los médanos, o corriendo carreras desaforadas por las playas de Monte Hermoso, hasta dejar los caballos jadeantes y blancos de sudor. Elena siempre ganaba. “Porque sos más liviana”, protestaba él, aunque sabía que no era por eso. Ella iba siempre un poco más allá, adonde él no se animaba. Era algo casi imperceptible, pero hacía toda la diferencia: Elena desafiaba los límites que él miraba con respeto. Cuando los pingos iban desbocados, él le daba un tironcito al freno —un toque, casi nada— y ahí estaba la ventaja: ella ni tocaba las riendas, al contrario, iba meta taconear, echada para adelante sobre el pescuezo del caballo pidiéndole todo lo que podía dar y más. Cuando subían a todo galope a los médanos y al llegar a la cima él estiraba el cuello —apenas un segundo— para ver qué había del otro lado, ella ya estaba lanzada barranca abajo a que la atajen los ángeles. Había rodado, más de una vez, pero se levantaba siempre a las carcajadas, inmune a todo. “¡Viste eso!”, gritaba muerta de la risa, los ojos azules chispeantes de alegría y pasión por la vida, y ya estaba colgada de las crines, revoleando la pierna para subirse al caballo de un salto y arrancar taconeando de nuevo. ¿Cómo no enamorarse perdidamente de ella?

No era que él se quedara corto o pecara de prudente. Muchos lo tenían como medio loquito y del todo travieso, un chico criado —huérfano como era— a la buena de Dios. Sería por eso que el viejo don Alec Lewiston, el papá de Elena, lo había acogido con tanto cariño desde el primer día. Veía en él al compañero de aventuras que le hacía falta a su hija. Cuando ella había mancado al tobiano, el viejo se lo había dicho. Ese día, para variar, Elena lo había desafiado a una carrera y venían a todo lo que daba de vuelta a las casas cuando el pobre pingo metió la mano en una cueva. Elena se había ido a su cuarto a llorar porque hubo que despenar al tobiano —no le gustaba que la vieran lagrimear— y él se había quedado solo con don Alec. Estaban parados en la galería de la casa, mirando hacia la laguna sobre la que balconeaba el casco de la estancia. La luz dorada de la tarde acariciaba la llanura y estuvieron un rato en silencio, arrobados por los coros de tordos y varilleros, y por una gala de cisnes que paseaban por la laguna. Entonces don Alec le había puesto la mano en el hombro y le había dicho eso: “Qué bueno que sean amigos. No cualquiera puede seguirle el tranco a Elenita. Espero que sean siempre amigos”.

Don Alec tenía adoración por Elena, una debilidad absoluta. Era su única hija, la que había llegado por fin cuando él ya estaba entrado en años: tenía edad para ser su abuelo. Pero había algo más: el viejo revivía con ella su propia juventud. Él era, o había sido, igual que ella, y amaba todo lo que ella era y hacía. Era incapaz de retarla. El día del tobiano no le había dicho nada, y eso que se ponía loco cuando la gente volvía galopando a las casas. Había echado a un peón por ese motivo —un gauchito muy bueno, trabajador y bien mandado—. Tampoco la retó cuando, de tanto subir médanos al galope, Elena había reventado al zaino que era su favorito para pasear. Al contrario, le brillaban los ojos al viejo cuando ella le iba contando, unos ojos azules vivarachos y pícaros, intensos como los de su hija.