Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Relatos Raros es una colección de trece historias breves que ofrecen una experiencia literaria de gran riqueza al explorar lo inusual y lo misterioso en situaciones aparentemente ordinarias. En su conjunto, la colección invita al lector a sumergirse en un mundo donde lo cotidiano se mezcla con lo extraordinario. Los relatos utilizan una narrativa hábil para jugar con la noción de lo conocido y lo desconocido, explorando temas de misterio, percepción y significado. Al mismo tiempo, como hilo conductor entre los relatos, está la ambientación en lo rural, con personajes naturales y espontáneos.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 120
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
Relatos Raros
Abraham Fernández y Víctor Ortega
ISBN: 978-84-10430-02-0
1ª edición, Junio de 2024.
Conversión a formato de libro electrónico: Lucia Quaresma
Editorial Autografía
Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona
www.autografia.es
Reservados todos los derechos.
Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.
Prólogo
Los trece relatos contenidos en este libro tienen en común una serie de características, siendo especialmente destacables tres de ellas. La primera de estas características es que todos ellos están escritos con un lenguaje y una forma particular que, si se quiere buscar antecedentes, podríamos encontrarlos en las obras anteriores de los autores Abraham F. y Víctor O.; y es que ambos remanecen de tierras fronterizas, casi místicas de los ríos de Pozo Alcón. Por lo que, si durante la lectura, se topan con lo que parecen faltas de ortografía y expresión, piensen que la mayor parte de ellas están hechas a conciencia. Dequeísmos; expresiones extrañas; términos no recogidos por la RAE; la palabra “bujero”, etc., son algunos ejemplos que podrán encontrar. La segunda característica a tener en consideración, bastante en relación con la primera, es que todos los relatos acontecen en zonas rurales. Y la tercera de estas características es el aire tenebroso de las historias en sí. Aire tenebroso, que no temática pura de terror.
Además de estas características, que hacen de hilo conductor entre los relatos, existen otras tantas más que el lector irá atisbando desde el segundo y maldito de esta serie de breves historias.
Puesto que vivimos en una época donde se valora la eficiencia y el tiempo, aun siendo partidarios de una vida pausada y del disfrute, si se puede de la pausa y el divagar, no haremos caso omiso de esta prisa, dejándolos sin más rodeos con el meollo de la cuestión: los relatos.
La puerta
La puerta siempre había estado ahí. No había reparado en ella más de lo normal, simplemente estaba ahí. Se sabía que no abría y formaba parte de la casa como si fuera una pared más. Pasaron años sin que nadie hablara de ella o tan siquiera intentara abrirla. Estaba allí antes de que llegaran y seguiría años después.
Manuel, que hacía ya 20 años que abandonó el hogar familiar, por vicisitudes del destino, debía volver a la casa para buscar unos papeles por unas gestiones administrativas. Cada rincón de ella le traía todo tipo de recuerdos: melancolía, alegría y tristeza. Sus padres hacía años que habían fallecido y él era el último con vida de sus tres hermanos. Ya no quedaba nada, todo estaba lleno de polvo y el olor a cerrado inundaba cada habitación. De súbito reparó en la puerta, olvidando por completo el motivo de su visita. Empezó a preguntarse por qué no intentar abrir la puerta y ver que había al otro lado, si es que había algo y no solamente un tabique detrás.
Empezó a imaginar si era posible que hubiese alguna habitación al otro lado simplemente procesando la imagen de la casa desde el exterior y localizando dónde estaba situada la puerta. A priori, le parecía imposible decir con certeza si había espacio o no, era un simple camarero de hotel, no un ingeniero o arquitecto.
Comenzó a forcejear y, evidentemente, la puerta no abría. Lanzó varias patadas y nada. Salió a la cochera para ver si quedaba alguna herramienta de su padre. Convenientemente quedaba una pata de cabra y lo que antaño parecía haber sido un destornillador. Manolo entró en la casa rápido y empezó a forzar la puerta. Mientras se afanaba en su labor, pensaba cómo era posible que nunca le hubiera preguntado a sus padres. ¿Cómo era posible que nunca nadie hubiera intentado abrir la puerta delante de él? Parecían preguntas vanas, pero empezaron a hacer mella en él.
−Joder, esta mierda no abre. Me cago en Dios. −Espetó al aire, resollando.
−Tú lo has querido− pensó. Se levantó, dejando la puerta atrás, y bajó a por un hacha a la ferretería del pueblo.
Una vez adquirida la herramienta, avanzó rápido a la casa; de nuevo, de frente a la puerta. Iba a iniciar la destrucción cuando, de repente, la puerta pareció crujir de extraña manera y se abrió muy levemente. Dejó caer el hacha y abrió la puerta de par en par.
Manolo estaba completamente perplejo ante lo que veían sus ojos, una habitación vastísima vacía, pero con el mismo estilo arquitectónico que su casa de toda la vida. Avanzó y se internó en la misma, completamente desbordado ante lo que veía. El ambiente era gris, el viento apenas se notaba y la temperatura era muy baja, teniendo en cuenta que era verano. No avanzó mucho más, pues, a todas luces, estaba sufriendo algún tipo de alucinación. Incluso llegó a pensar que, efectivamente, se estaba quedando por fin esquizofrénico; al fin de al cabo siempre había creído que acabaría loco. Corrió hacia atrás y nada más salir de la estancia cerró la puerta con un terror que jamás había sentido. La mayor sensación de miedo de su vida se apoderó de él. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había ocurrido? Para asegurarse de que todo había sido real, volvió a intentar abrir la puerta, pero no había forma; era imposible.
Manolo salió atropelladamente de la casa, intentando asimilar lo sucedido y repitiéndose a sí mismo que había debido ser una alucinación. Cuán grande fue la confusión cuando, súbitamente, cayó en la cuenta de que era noche cerrada. Pero no podía ser, era imposible. Él había venido antes de entrar al trabajo, a las 9:30 de la mañana, para buscar unos papeles en la casa. La confusión ya era completa; su psique se derrumbaba a pasos agigantados.
−¿Un desmayo, quizás? −Se preguntaba.− Sí, debió ser eso, ¿cómo no? Intentando abrir la puerta debí realizar mucho esfuerzo y me desmayé por una bajada de tensión o algo. Eso explica lo de la habitación, debió ser un sueño mientras estaba desmayado...− Manolo avanzaba a paso ligero hacia su coche, un Ford Ka del 2012 aparcado en la esquina donde toda la vida había aparcado su familia. Cuando por fin la tranquilidad empezaba a inundar su cuerpo por la consistente explicación que se había dado a si mismo, de súbito, desapareció. Su coche no se encontraba ahí, es más, no había ningún coche en ningún lado de la calle.
Atónito, Manolo comenzó a fijarse en las casas y observó cómo ninguna luz interior se hallaba encendida, tampoco se escuchaba el murmullo nocturno que había en el pueblo. Casi con total certeza, parecía que estaba solo; acompañado únicamente por la fría luz tintineante de las farolas. Soledad absoluta, la más inimaginable soledad que jamás nadie pueda sentir. Manolo siempre había sido de naturaleza solitaria, pese a su extroversión en el trabajo. Adoraba ciertamente su espacio y nunca llegó a tener pareja más allá de unos meses. Entre los largos ratos de melancolía, él apreciaba la tristeza que le otorgaba pensar más profundamente. Nunca llegó a entrar en depresión profunda pero tampoco nunca terminaba de salir de ella, estaba en ese equilibrio en el que el masoquista se encuentra en un estado parecido a la felicidad. Pero esto era muy diferente.
El pánico de saber que no tiene la posibilidad, si quisiera, de tener contacto humano le estaba ahogando. Su angustia era por fin, una angustia real. Empezó a recorrerle un sudor frío por el cuerpo que le llegaba hasta lo más hondo de su cerebro. Estaba atrapado en una pesadilla.
−Vamos Manolo, cojones despierta. Esto es una pesadilla, eso es. −Debía ser la pesadilla más real que había vivido nunca, pues jamás había sentido la realidad más convincente. Más real, si cabe, que la vigilia. Era algo que él no podía explicar y que le daba más terror aún.
El hombre avanzaba completamente fuera de sí, escrutando la noche en busca de alguna respuesta, de un ancla que le sujetase a la serenidad, que le alejara de la locura. Tranquilizarse ahora era una labor imposible, solo quería despertar, si es que acaso era una pesadilla, o rezar para que todo fuera una alucinación o un brote esquizofrénico.
Mientras pensaba esto, a la vez que buscaba desesperadamente un atisbo de racionalidad en el sinsentido de mundo en el que estaba, Manolo se decía a sí mismo si acaso un loco era capaz de saber que está loco. Normalmente él recuerda que ellos siempre niegan la naturaleza de su enfermedad. Para ellos su mente está más que sana y normal. Al menos así lo recordaba él, y eso, sin embargo, le acercaba más aún a la locura. El saber que quizás ni siquiera se estaba volviendo loco y que todo lo que estaba pasando era real. El sinsentido tan, a la vez racional, de ese elucubrar le iba a terminar por romper la mente. De tal modo que decidió apagar su mente por un momento.
Paró su andar hacia las calles iluminadas, completamente solitarias para mirar atrás y ver que, para su sorpresa; horripilante sorpresa, más bien, estaba justo donde había empezado. Tenía la casa allí mismo, es como si le hubiera seguido en sus pasos. Si era posible sentir más terror, él lo sintió. Sin mucho más que poder hacer, Manolo se abandonó a ese terror y dejó que entrara en todo su ser. Manolo, completamente rendido ya a su destino, entró en la casa; debió dilucidar que la casa quería que entrara. Avanzó de nuevo al salón que daba al pasillo donde se encontraba la puerta que otrora no se abría. Una puerta que nadie cruzó, o que quizás nadie debía cruzar, se hallaba de nuevo ante él.
Recogió el hacha, y con una furia completamente desquiciada, se abalanzó sobre la misma. Un hachazo, dos... ¡diez! Las astillas se escuchaban caer en el pasillo, solamente iluminado por la luz de las farolas que entraba por las ventanas. Manolo paró, la puerta no se abría. La puerta no terminaba de romperse.
De súbito notó húmeda la cara y las manos. Se tocó la cara y, efectivamente, comprobó que estaba mojada. Se acercó a una ventana para ver mejor qué era lo que tenía. Horror... Era sangre. Tanto en sus manos, como en la camisa, como en toda su cara. Rápidamente comprobó si se había realizado algún corte, pero no era así, él estaba perfectamente, dentro de la azarosa situación, claro. Miró veloz a la puerta e inició un acercamiento cauteloso para mirar de cerca si provenía de allí la sangre. Gracias a su vista acostumbrada ya a la penumbra, pudo observar que, en efecto, la sangre brotaba de las marcas hechas con el hacha en la misma.
Estaba completamente desconcertado y atrozmente asustado. Cogió la pata de cabra y en una locura total comenzó a destrozar la puerta con golpes enérgicos que hacían estallar de sangre todo el pasillo. Una vez cansado de la pata de cabra, con el destornillador comenzó también a golpear hasta desfallecer.
Al borde de caer en un sueño profundo, fruto del gran esfuerzo físico, Manolo, vio cómo la puerta hizo de nuevo “click” para abrirse ante sus ojos. Era su vecino Víctor, el ya anciano vecino que había siempre vivido en la casa de enfrente. Alertado por los ruidos decidió acercarse para ver si todo andaba bien. Abrió la puerta que estaba casi al borde de caer con mucho esfuerzo. Algo colgaba ahora, visible a los ojos de Manolo, del lado que daba hacia él. Víctor, miró absolutamente horrorizado a Manolo que se encontraba bañado en sangre e, inmediatamente, después miró hacia la puerta.
−¿Qué has hecho, Manolo? Por Dios... ¿Qué has hecho? Santo cielo... Eran tu mujer y tu hija.
La semana de los obsequios
Llegando tembloroso, una invernal noche de diciembre a mi humilde hogar, encontré lo que acabó siendo el comienzo de una extraña y delirante semana. El frío de la noche no impidió que me percatara de un objeto que no debía estar donde, en cambio, sí que estaba. Aunque no gran cosa era este objeto, sino que tan solo, pensé yo en ese momento, tan solo se trataba de un maletín. Pero un maletín solitario en la oscura noche llamaba lo bastante la atención como para no mirar en su interior. Casi vergonzoso me acerqué al extraño maletín para mirar en sus adentros, cuando vi que este estaba abierto. Con delicadeza, y tras comprobar que nadie me acechaba, lo terminé de abrir del todo. Sorprendido, en su interior hallé un antiguo monedero de cuero, un cartón de puros, no muy buenos, y dos mecheros. Por supuesto, lo primero que hice fue coger el monedero esperando encontrar algún billete que otro, aunque poco volumen llenaba este. Sin más lo abrí y en él encontré, a lo sumo, dos o tres eurillos y un carnet de identidad. El rostro estampado en el documento identificativo era el de un señor algo mayor y el nombre de este no era muy común: Casimiro. Entre la extrañeza del nombre y lo raro de la situación, me pareció un chiste el nombre del olvidadizo señor. Sea quizás por lo curioso del momento no cogí ni un solo céntimo de este señor y dejé el monedero de vuelta en su interior. Esto ocurrió un jueves o viernes, y los días siguientes hasta el lunes, seguí viendo el mismo maletín, con el mismo monedero, con el mismo interior, y los puros con sus mecheros
