Resultado final - Don Winslow - E-Book

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Don Winslow

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Beschreibung

Escritas con el estilo inconfundible, el ingenio mordaz y la incisiva caracterización de personajes que han convertido a Don Winslow en «el mejor escritor de novelas policiacas vivo de Estados Unidos» (The Providence Journal) y en un habitual de la lista de los más vendidos de The New York Times, estas seis nuevas novelas cortas sin duda harán las delicias tanto de los fieles seguidores de Winslow como de los lectores que se acerquen por primera vez a su obra. En «Resultado final», un ladrón legendario a punto de ingresar en prisión para cumplir cadena perpetua planea un robo multimillonario en un casino: un golpe imposible de llevar a cabo y, por eso mismo, irresistible. Un adolescente ambicioso y emprendedor trabaja haciendo repartos ilegales de alcohol para pagarse la universidad en «La lista del domingo», hasta que un policía corrupto, una clienta seductora y un falso gurú amenazan con truncar sus sueños. Un policía honrado se ve obligado a elegir entre su lealtad al cuerpo y su cariño por el inútil de su primo en «El ala norte». Dos mafiosos pegan la hebra mientras desayunan en una cafetería en «Como te lo cuento», y todo son risas hasta que llega la hora de la verdad. En «El descanso para comer», el surfista y detective privado Boone Daniels y su equipo se encargan de vigilar a una estrella de cine que, además de engreída y politoxicómana, tiene un problema añadido: alguien quiere matarla. Y, por último, un terrible error momentáneo aboca a un padre de familia a una «Colisión» entre el hombre que aspira a ser y el asesino en el que tiene que convertirse para sobrevivir cuando acaba en prisión. «La mejor ficción criminal que he leído en veinte años». STEPHEN KING «El Padrino de nuestra generación». Adrian McKinty sobreCiudad en ruinas «Don Winslow es uno de los tres escritores policiacos vivos a los que soy irremediablemente adicto. Ciudad de los sueños es una fascinante epopeya criminal de costa a costa». James Patterson sobre Ciudad de los sueños «Una obra maestra de la literatura de mafiosos». Washington Post sobre Ciudad en llamas «Ya es seguro proclamar a Winslow el mejor escritor vivo de novela negra de Estados Unidos. Su constancia solo es igualada por su creatividad, y su talento solo rebasado por su capacidad para superarse a sí mismo una y otra vez». The Providence Journal sobre Rotos «Este es un libro para tiempos oscuros y sin timón, una inmersión en el miedo y el caos… Estos libros no se leen, se viven». The New York Times sobre La frontera

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Seitenzahl: 395

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Portadilla

Créditos

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

 

Editado por HarperCollins Ibérica, S. A.

Avenida de Burgos, 8B - Planta 18

28036 Madrid

www. harpercollinsiberica.com

 

Resultado final

Título original: The Final Score

© 2025 by Samburu, Inc.

© 2025, para esta edición HarperCollins Ibérica, S. A.

Publicado originalmente por HarperCollins Publishers, 195 Broadway, New York, NY 10007

© De la traducción del inglés, Victoria Horrillo Ledesma

© Del prólogo, Reed Farrel Coleman, 2025

 

Todos los derechos están reservados, incluidos los de reproducción total o parcial en cualquier formato o soporte.

Esta edición ha sido publicada con autorización de HarperCollins Publishers LLC, New York, U.S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos comerciales, hechos o situaciones son pura coincidencia.

Sin limitar los derechos exclusivos del autor y del editor, queda expresamente prohibido cualquier uso no autorizado de esta edición para entrenar a tecnologías de inteligencia artificial (IA) generativa. HarperCollins ibérica S. A. puede ejercer sus derechos bajo el Artículo (UE) 2019/790 sobre los derechos de autor en el mercado único digital y prohíbe expresamente el uso de esta publicación para actividades de minería de textos y datos.

 

Diseño de cubierta: PloySiripant

Imagen de cubierta: © Getty Images; © stock.adobe.com; © Shutterstock

Imagen de la portadilla: © Marko Aliaksandr/ Shutterstock

 

ISBN: 9788410644205

 

Conversión a ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

 

 

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

Prefacio

Resultado final

Resultado Final

La lista del domingo

El ala Norte

Como te lo cuento

El descanso para comer

Colisión

Agradecimientos

Dedicatoria

 

 

 

 

 

 

Para Perry Carter Winslow, mi nieto, con el deseo de que su vida esté llena de historias maravillosas.

Cita

 

 

 

 

 

 

A los títeres del tiempo pongo por testigos,

que por el bien mueren viviendo en el delito.

 

WILLIAM SHAKESPEARE, Soneto 124

Prefacio

 

 

 

 

 

 

Decir que la voz de Don Winslow es única no le hace justicia. Don, a diferencia de la mayoría de los que practicamos este oficio, no está constreñido por una sola voz, un estilo, un tono, un tiempo verbal, un género o subgénero. Don es un camaleón en el mejor sentido y, al margen de los colores o el camuflaje con que pinte a sus personajes —ya sea a guisa de mula de un cártel, inspector corrupto de la policía de Nueva York, soldado de la mafia local o detective privado—, la obra de Winslow brilla sin llamar nunca la atención sobre el hombre que hay detrás del telón.

Quizá solo otro escritor pueda apreciar del todo lo difícil que es ese truco de magia que consiste en escribir una prosa brillante y poderosa —a veces brutal y gráfica; otras, sagaz y cómica— sin que el lector pierda el hilo de la acción ni piense en la persona que puso esas palabras sobre el papel. En su himno For you, Bruce Springsteen dice de la persona sobre la que canta: «Podías reír y llorar en un solo sonido». Podría haber estado cantando sobre Don Winslow.

Desde el momento en que abrí California fire and life, el primer libro de Don que leí, quedé enganchado y maravillado de mi amigo y colega. Antes me he referido a esa resistencia de Don a encasillarse en ningún aspecto de su obra. Ha situado libros como El club del amanecer —lo que yo llamo sus «novelas de detectives filosófico-surferas»— en la costa de California, entre un grupo de surfistas. Y luego está Un soplo de aire fresco, ambientada en Londres, y las intensas novelas sobre el narcotráfico, como La frontera y El cártel, situadas en distintos lugares de México. En Corrupción policial, paseó a sus lectores por las descarnadas y mugrientas callejuelas de Nueva York.

Decir que ambienta sus novelas en estos lugares es, de nuevo, no hacer justicia a su obra. Sus novelas no están ambientadas en un tiempo y un lugar, sino que tienen su tiempo y lugar propios. Don afina los detalles para que el lector o la lectora sienta que forma parte de la acción, que no se limita a observarla. Ya sea el olor del humo de una pistola o la sangre atomizada en el aire de la selva tras una batalla entre cárteles rivales, o la sensación de flotar en el Pacífico mientras esperas la próxima gran ola con tus amigos, o el frenesí de después del robo al entrar en un garaje para cambiar de coche con el estruendo de las sirenas aún zumbándote en los oídos, Don no se limita a interesar a sus lectores. Los sumerge en la escena, los integra en el instante.

Y el quid de la cuestión es este: que da igual dónde sitúe sus novelas o quiénes sean sus personajes, Don siempre acierta con el lenguaje. Conoce la jerga, el habla, el ritmo de las calles, dondequiera que estén esas calles. Sus personajes hablan de lo que saben y saben de lo que hablan, porque Winslow sabe que un surfero dirá «épico el quitamonos en el punto de marea» y que el lector lo entenderá por el contexto que le proporciona.

Lo que me encanta de Don es que respeta a sus lectores. Que, aunque se toma muy en serio sus temas y hace todo lo posible por que su trabajo sea meticuloso, nunca se toma a sí mismo muy en serio. El lector siempre está a una línea del humor, pero ese humor, a menudo negro, nunca surge de que Don quiera hacerse el listillo o llamar la atención. Es un reflejo de la vida, acorde con el momento y con frecuencia destinado a sorprender al lector con lo que viene a continuación. Aunque leí Corrupción policial hace ya años, tengo grabado desde entonces un breve diálogo entre un inspector de la policía de Nueva York corrupto y el jefe de una banda local de narcotraficantes.

«Quitaste de en medio a Pena [un capo de una banda rival] por mí», le dice Carter, el traficante, al inspector Malone.

«Y ni una cesta de magdalenas me diste a cambio».

El lector podría anticipar entonces un toma y daca de pullas ingeniosas entre los dos personajes. En una novela de otro autor, quizá, pero no en una de Don. Lo que sigue es una discusión sobre la sociedad, sobre la historia de la esclavitud y el entramado de la industria penitenciaria. Así es Don Winslow, porque en el centro de su obra están su humanidad y su llamamiento a preocuparnos más por los desfavorecidos.

Don es un escritor audaz, dispuesto a trabajar sin red. Como escritor, no puedo menos que admirar a un hombre que tiene el descaro y las agallas de reescribir la historia de Helena de Troya en una trilogía sobre una guerra de bandas mafiosas en Providence, Rhode Island. Es un hombre dispuesto a escribir un capítulo de una sola palabra o de seis frases. Un escritor que juega con los tiempos verbales para que el lector se sienta al mismo tiempo desorientado e inmerso en el corazón de la historia. Por esos motivos y por otros veinte más, me llevé una alegría al enterarme de que iba a publicar Resultado final, esta nueva colección de novelas cortas. Porque sabía exactamente lo que podía esperar y sabía, al mismo tiempo, que me sorprendería a cada paso.

 

 

 

 

 

 

REED FARREL COLEMAN es un autor superventas de The New York Times, con más de treinta novelas en su haber, entre ellas seis de la serie de Jesse Stone, inspiradas en el personaje creado por Robert B. Parker. Exvicepresidente ejecutivo de Mystery Writers of America, han dicho de él que es un «poeta curtido» (Maureen Corrigan, NPR) y un «poeta laureado del género negro» (The Huffington Post). Ha sido galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Shamus a la mejor novela de detectives y cuatro veces nominado al Premio Edgar en tres categorías diferentes. Ha recibido asimismo los premios Authors on the Air al mejor libro del año, Scribe, Audie, Macavity, Barry y Anthony. Reed vive con su esposa en Long Island.

Resultado final

 

Resultado Final

 

 

 

 

 

 

John Highland va a morir en prisión.

Lo han declarado culpable de robo a mano armada; de un furgón blindado, en este caso. Una condena federal de veinticinco años, lo que significa que cumplirá como mínimo el ochenta y cinco por ciento de la pena. Veintiún años. Anda ya rondando los sesenta, así que quizá salga a los ochenta.

O no.

Porque lo más probable es que el juez le aplique la norma de las tres condenas y lo encierre de por vida.

Está en libertad bajo fianza hasta la vista de la sentencia, dentro de un mes, y sabe que saldrá del juzgado con los grilletes puestos y que irá derecho al talego.

Y que ya no volverá a salir.

—Eso es seguro —le dice Highland a Jamal. Están de pie en el muelle de San Clemente y el sol brilla sobre el océano Pacífico—. Así que hay cosas que tengo que resolver.

Jamal lo malinterpreta.

—Descuida, que, cuando encontremos a LeBlanc, nos encargaremos de él.

LeBlanc era el conductor del golpe que se torció. El problema fue que se largó solo y dejó a Highland allí plantado, y luego se convirtió en testigo protegido del Gobierno, y ahora está en Utah o en Arizona o en algún sitio así, vendiendo multipropiedades o revestimientos de aluminio o vete tú a saber qué.

—La venganza es cosa de guionistas —dice Highland—. A mí me preocupan cosas de verdad.

—¿Vas a huir? —pregunta Jamal.

Highland niega con la cabeza.

—He tenido que rehipotecar la casa para pagar la fianza. ¿Qué va a hacer Jewel, vivir en la calle? Ahora mismo, no sé cómo va a pagar la hipoteca, las costas…

Además de la pena de prisión, también le caerá una multa. Que podría ser de hasta un cuarto de millón.

—Lo siento mucho por ti, John.

—Es Jewel quien me preocupa —responde Highland—. Con la vida que le he dado, lo menos que puedo hacer es procurar que envejezca en su casa. A lo mejor acaba conociendo a algún vecino y salen a pasear por la playa o a jugar al pickleball, o a observar aves, o yo qué sé.

Aunque están en el sur de California y en la playa, Highland lleva un traje de lino gris y una camisa blanca. Su única concesión es llevar el cuello abierto, sin corbata.

Es una regla suya.

Vestir bien, trabajar bien.

Jamal va más informal, con un polo verde azulado de manga corta y pantalones chinos. El polo no oculta la pequeña barriga que está echando desde hace unos años, no como su viejo amigo Highland, que va al gimnasio cada mañana como quien va a misa.

—Jewel no va a liarse con otro —dice Jamal.

—Pues debería —contesta Highland—. Me fue fiel los ocho años que estuve en el trullo. Le dije que no, que se buscara a otro mientras yo estaba dentro.

—Jewel no es así.

No, es verdad, piensa Highland.

Es la mejor.

Se casaron siendo unos críos, a los diecinueve años, y le ha aguantado todo este tiempo, a pesar de todo.

Highland esperaba llevarla a París por su cuarenta aniversario.

Ahora ya no podrá ser.

Lo único que puede hacer por ella es darle seguridad.

Pero la mayor parte de su dinero se ha ido de vacaciones a Tahití, con sus abogados.

Los honorarios de la defensa, el juicio, las apelaciones, la fianza… Highland está tieso. Ha retrasado el ingreso en prisión todo lo que ha podido y eso lo ha dejado casi en la ruina. Ahora necesita dinero, para la cuenta del economato, que es lo que determina la calidad de vida en el talego. Pero, sobre todo, necesita dinero para que Jewel viva cómodamente.

Aunque no se trata solo de eso, si es sincero consigo mismo. Y ahora es cuando más sincero tienes que ser contigo mismo, se dice Highland.

No quiere acabar siendo un fracasado.

Se ha pasado la vida entera enfrentándose al mundo y casi siempre se ha salido con la suya. Puede que sea el ladrón de alto nivel con más éxito que haya habido en el oficio. La pifió un par de veces, claro, y cumplió condena como un hombre, pero casi siempre se llevó un pastón sin que lo pillaran.

Al final, aun así, el mundo lo ha vencido.

Y eso no puede consentirlo.

No le basta con anotar un tanto.

Necesita anotar el tanto decisivo.

Para que, cuando entre en el trullo para no salir más, lo haga siendo una leyenda. Para saber que sigue siendo el de siempre.

Que el mundo no puede vencer a John Highland.

—Treinta y cuatro, veintiocho —dice.

—¿Qué? —pregunta Jamal.

—Treinta y cuatro, veintiocho —repite Highland.

—No lo pillo.

Highland dice:

—La Super Bowl 51. Faltaban diecisiete minutos para que acabara el partido y los Patriots iban perdiendo veintiocho a tres.

—Ah, vale.

—¿El resultado final? Treinta y cuatro a veintiocho. Para los Patriots.

Me quedan diecisiete minutos, piensa.

Y voy muy por detrás en el marcador.

Pero lo único que importa es el resultado final.

 

 

Highland le cuenta a Jamal el golpe que quiere dar.

Jamal se queda mirándolo.

Luego pregunta:

—¿Tú te has vuelto loco o qué?

Si nadie ha robado nunca en el Castle es por algo.

—Porque no se puede —añade Jamal.

El casino, al que el nombre le va al pelo, es una fortaleza situada en lo alto de una loma, en medio de la nada, en una reserva del interior, al este de San Diego. No te lo esperas: a hora y pico en coche de la ciudad, solo hay ranchos de caballos y ganado y reservas de nativos americanos, y cerros y montañas de casi dos mil metros de altura. En la parte más meridional de California, puede nevar en invierno.

Así que ¿por qué coño hay ahí un casino?

Porque cada año los consumidores de drogas estadounidenses transfieren unos sesenta mil millones de dólares a los cárteles mexicanos.

En efectivo.

Más efectivo del que puede absorber la economía mexicana, por lo que gran parte de ese dinero vuelve a Estados Unidos y hay que blanquearlo. Se invierte en bienes raíces, en bancos, en hoteles, en restaurantes…

Y en casinos.

Un casino es una lavandería de puta madre.

El proceso es muy sencillo.

El dinero de la droga entra en el casino por la puerta de atrás.

El cártel manda a gente a que apueste en mesas seleccionadas. Esos apostadores ganan. Puede que pierdan alguna mano jugando a las cartas o algún lanzamiento de dados, por guardar las apariencias, pero en conjunto ganan en los juegos amañados, y a lo grande, además.

Canjean las fichas y se les paga con el dinero de la droga, que así vuelve limpio a sus propietarios originales.

El casino se queda con el seis por ciento por las molestias.

El dinero de ese seis por ciento no figura en ningún lado: ni en los libros ni en los informes anuales y menos aún —claro está— en las declaraciones de impuestos.

Así que, si roban el noventa y cuatro por ciento o el seis por ciento restante, nadie va a denunciarlo a la policía.

Es el golpe perfecto.

Si no fuera porque…

No puede hacerse.

El primer obstáculo es la ubicación, junto a una carretera asfaltada de dos carriles que discurre de norte a sur, y otra carretera de dos carriles aún más estrecha y sinuosa que sube zigzagueando hasta el aparcamiento del casino.

O sea, que solo hay una entrada —y, lo que es más importante, una salida—, que puede bloquearse fácilmente con un solo vehículo.

Las cámaras de seguridad del aparcamiento están colocadas en lo alto de postes metálicos, de modo que no pueden desactivarse manualmente. Además, dentro del edificio hay cámaras por todas partes, incluidas las típicas cámaras de «vista de pájaro» de los casinos para vigilar a los crupieres y a los jugadores por si hacen trampas.

O por si entra algún ladrón armado.

Y olvídate de marcarte un Danny Ocean y cortar la luz, porque el casino tiene generadores de respaldo que se encienden automáticamente si se interrumpe el suministro. Habría que desactivar tres sistemas distintos, con generadores gigantescos protegidos por cercados de malla metálica rematada con alambre de púas.

Y además, cómo no, el casino tiene guardias de seguridad, algunos de ellos armados con pistolas.

—¿Y qué hay de la cámara acorazada? —pregunta Jamal.

Hay dos, le explica Highland: una para el dinero legal del casino y otra en una sala de seguridad trasera, para el dinero sucio.

Las dos son modulares, construidas exprofeso para el casino: acero grueso dentro de hormigón armado. Cerraduras de alta seguridad, sensores de movimiento, escáneres biométricos en los discos de combinación que solo se abren con las huellas dactilares autorizadas y escáneres de retina para entrar en la cámara.

—Pero olvídate de la cámara acorazada —dice Highland—. Cuando el dinero llega a la cámara, ya es demasiado tarde.

Así que tienen que dar el palo antes, a la entrada.

El cártel no usa vehículos blindados para trasladar el dinero porque no quiere llamar la atención. Usa camiones de reparto de suministros alimenticios y el dinero entra por la cocina.

—La pasta entra con la pasta —dice Jamal.

Highland no sonríe.

Se ha apartado de la carretera de dos carriles a kilómetro y medio del casino. No pueden entrar en el edificio porque está equipado con tecnología de reconocimiento facial ARNO (Análisis de Relaciones No Obvias) que los detectaría, chequearía sus antecedentes y alertaría a seguridad de la presencia en el local de dos atracadores de alto nivel.

El cártel usa señuelos, explica Highland. Algunos camiones llevan dinero y otros no. Los horarios y las rutas varían. A veces llegan por el paso fronterizo de San Ysidro y otras, por el de Tecate.

—Es aleatorio —dice Jamal.

—Nada es aleatorio —contesta Highland.

La gente del cártel hace seguimiento del vehículo desde el momento en que sale de México. Mezclan a los tripulantes de los camiones para que no se conozcan o no tengan suficiente confianza para intentar dar un golpe, y además todos tienen familiares en México que son prácticamente rehenes. El copiloto tiene permiso para volarle la tapa de los sesos al conductor si da señales de intentar algo raro. A los guardias los encierran en el compartimento de carga, desde fuera, y la combinación para abrir la puerta solo la conoce el contacto del casino.

La puerta también se cierra desde dentro. Cuando llega el camión, el guardia jefe, que está dentro del compartimento de carga, recibe un mensaje con un código. También lo recibe el tío del casino. El del casino tiene que introducir el código correcto o la puerta no se abre y el camión da media vuelta y se larga.

—O sea, que los esperamos —dice Jamal—, salimos de repente y volamos la puerta.

Highland sacude la cabeza.

—Los guardias tienen armas automáticas, se liarían a tiros para proteger el dinero y a sus familias. No quiero una masacre.

Bastantes culpas tengo ya con las que morirme, piensa.

Además, el cártel manda un coche de seguimiento, un todoterreno lleno de hombres armados que se mantiene a varios coches de distancia y se acerca cuando el camión sube por la carretera del cerro hacia el casino.

Si asaltas el camión de reparto cuando se acerca al casino, te acribillan a tiros los de atrás.

—No hay fisuras —dice Jamal.

Siempre hay fisuras, piensa Highland.

La primera la crea el propio cártel al hacer el seguimiento del camión.

Porque, en primer lugar, solo rastrea a los camiones que llevan dinero, no a los señuelos. O sea, que, si consigues hackear el sistema de rastreo, sabes qué camión lleva dinero. Y, en segundo lugar, si hackeas el sistema, sabes exactamente cuándo llega el camión.

—¿Y qué? —pregunta Jamal—. Sabes qué camión lleva el dinero y cuándo llega, pero no puedes atracarlo.

—No vamos a atracar el camión —responde Highland.

—No vamos a atracar la cámara acorazada ni el camión —dice Jamal—. ¿Qué cojones vamos aatracar, entonces?

A Highland le gusta leer.

Adquirió el hábito la segunda vez que cumplió condena, cuando se hizo fijo de la biblioteca de la cárcel.

Lee historia, sobre todo.

Concretamente, historia militar.

Y, más concretamente, de la Segunda Guerra Mundial.

Devoró todos los libros sobre el tema que había en la biblioteca de la cárcel y, cuando se los terminó, empezó otra vez y volvió a leérselos. Al salir, compró libros y llenó las estanterías de su casa.

Si le hicieran cualquier pregunta sobre la Segunda Guerra Mundial, podría contestarla.

Pero no lo haría.

Porque Highland cree que el conocimiento hay que guardarlo celosamente; que, hasta que no es necesario, no debes dejar que los demás sepan lo que sabes.

En este caso, sin embargo, le parece necesario.

—¿Sabes por qué eran tan eficaces los submarinos alemanes? —le pregunta a Jamal.

—No. Por alguna razón imponderable no lo sé.

—Porque atacaban las rutas marítimas —dice Highland.

Y a continuación le explica que los convoyes que transportaban suministros militares de vital importancia entre Estados Unidos e Inglaterra no navegaban por todo el Atlántico, sino que utilizaban rutas marítimas relativamente estrechas, fijadas por las corrientes y el clima. De modo que los submarinos alemanes se situaban en las rutas marítimas y los eliminaban.

—Me estás diciendo que el dinero del casino pasa por una ruta marítima —dice Jamal.

—Las entregas de comida van a la cocina.

—Claro.

—Desde la cocina no podrían llevar las cajas de dinero camufladas como alimentos por el casino sin levantar sospechas —prosigue Highland—. Por eso hay un pasillo trasero que comunica la cocina con la cámara acorazada secreta.

—Y tú eres el submarino que espera en el pasillo.

Pero eso plantea más dudas de las que resuelve, piensa Jamal. ¿Cómo entras en el pasillo? Y, lo que es más importante, ¿cómo sales?

Además, hay otra pregunta vital.

—¿De dónde has sacado toda esa información? —pregunta—. ¿A quién tienes dentro?

—Eso no necesitas saberlo hasta que me digas que te apuntas —contesta Highland.

—Si voy a arriesgar el pellejo por dar un último palo —dice Jamal—, necesito saberlo ahora. Considéralo parte de mi proceso de toma de decisiones. ¿Quién es?

 

 

Summer Redbird sale por fin del casino y se acerca a su coche, un Mercedes Clase S negro, en el aparcamiento de empleados.

El día ha sido largo; empezó con una reunión a las nueve de la mañana y son ya las once y media de la noche. Pero para ella es un día típico: como directora ejecutiva del casino, es responsable de prácticamente todo lo que afecta a los clientes en la sala de juego, en el hotel y en los restaurantes. También es tarea suya tener contentos a los grandes apostadores y procurar que vuelvan, y buscar nuevos clientes y convencerlos de que visiten el casino.

Summer está bien pertrechada para el trabajo. Alta y de piernas largas, con la melena negra y brillante, los ojos oscuros y la nariz aguileña y un poco torcida, se parece a una princesa india de Disney pero más sexi, aunque el último empleado que la llamó Pocahontas… Bueno, en realidad la llamó solo Pocahon, porque lo despidió antes de que la última sílaba saliera de su boca.

Simpática, más lista que el hambre y con cabeza para los números, se gana cada centavo de los setenta y cinco mil dólares que cobra al año, más una prima cuando consigue que suba el gasto medio de los clientes, lo que ocurre todos los años.

A Summer le gusta el dinero. Sabe lo que significa tener dinero porque sabe lo que significano tenerlo. Se crio en la pobreza allí mismo, en la reserva, con unos padres alcohólicos, y decidió siendo todavía muy joven que ella no iba a vivir así. («Nos criamos comiendo pasta de bote Hamburger Helper —cuenta—, casi siempre sin hamburger»). A base de estudiar consiguió una beca en la Universidad Estatal de San Diego, hizo un doble grado de Administración de Empresas y Contabilidad y, como el casino tenía que contratar una cuota de personas de la reserva para cubrir puestos directivos, fue natural que eligieran a Summer. Empezó como recepcionista y ascendió rápidamente hasta el puesto que ocupa ahora.

Que domina a la perfección.

El personal la quiere, la admira, la respeta y la teme. Esto último, debido a que tiene el gatillo flojo.

«Nunca me he arrepentido de despedir a nadie —ha dicho alguna vez—. Solo me he arrepentido de no haberlos despedido antes».

Con Summer, o cumples con tu trabajo o te vas a la calle.

Pero, si cumples con tu trabajo, ella te apoya siempre. Delante de los clientes, de la dirección y de quien haga falta.

Como en la reunión de esta mañana, cuando se encaró con el jefe de seguridad.

—Hay un cliente que acosa constantemente a mis camareras —dijo—. ¿Dónde está seguridad?

—¿Es que eso es una amenaza para la seguridad? —preguntó el jefe.

—¿Es que no lo es? —replicó ella—. Una camarera tiene derecho a servir una copa sin que ese tipo le toque una teta.

—¿Y qué quieres que hagan mis chicos?

—Que le echen.

—Es un pez gordo —dijo el director de sala—. ¿Has visto su promedio de gasto?

—Sí —contestó Summer—. Y puedo traer a alguien que gaste tanto como él sin agredir a las camareras.

—¿«Agredir»? —preguntó el director de sala.

—Eso es lo que es, una agresión.

El jefe de seguridad dijo:

—En este negocio…

—¿Quieres echarlo tú? —le cortó Summer—. ¿O quieres que lo eche yo? Porque, si lo echo yo, va a salir con los pies por delante.

La creyeron.

Por la tarde, después de jugar su partido de los miércoles en un campo de golf del desierto, entró en el bar del club.

Se fijó en Highland al sentarse en la mesa de al lado con su vaso de Arnold Palmer con hielo.

—¿Qué tal el partido? —preguntó él.

—Por debajo de lo esperado —contestó Summer ambiguamente—. ¿Y el tuyo?

—Yo no juego —dijo Highland—. Solo me gusta mirar el campo. Y este es el mejor restaurante que hay por aquí.

Señaló la silla vacía de su mesa y ella se sentó. Estaba acostumbrada a que los hombres intentaran ligar con ella y procuraba sacarle partido. Aquel tipo vestía ropa cara, podía ser un buen cliente.

—El mejor restaurante que hay por aquí está en mi casino —dijo.

—¿Eres dueña de un casino?

—Soy la directora ejecutiva.

—Apuesto a que se te da muy bien —comentó Highland.

—¿Ves?, ya has ganado tu primera apuesta —repuso Summer—. Puede que te guste el blackjack, aunque me da que tú eres más de póquer.

Le dio su tarjeta.

Highland la miró.

—Deja que te pregunte una cosa, Summer Redbird —dijo—. ¿Eres feliz?

A sus treinta y dos años, Summer es la directora ejecutiva de casino más joven del país.

Pero ha tocado techo.

Gordon Matthews, el director general, ya se lo ha dicho.

—Sé que quieres mi puesto —le dijo una noche mientras se tomaban unas copas en el bar.

—Quiero tu puesto —contestó Summer—, pero no tu trabajo. Quiero ser directora general, pero no aquí.

—¿Dónde, entonces?

—En Las Vegas.

En uno de los grandes casinos.

—Déjame ahorrarte un disgusto —dijo Gordon—. Hay montones de casinos indios y seguramente podrías conseguir ese puesto en cualquiera de ellos. Pero ¿en un casino de Las Vegas? Todos están controlados por grandes intereses empresariales, para los que no serías más que una ficha. Eres mujer y nativa americana. Confórmate con lo que tienes, Summer.

Aquello la cabreó. Así que contestó:

—Y si quiero tu trabajo, ¿qué?

Él le dedicó una de esas sonrisas ruines marca de la casa.

—Que va a ser que no.

Summer sabía por qué.

El bueno de Gordo se sentía muy seguro en su puesto porque era la pieza clave para traer el dinero sucio.

El hombre del cártel en el casino.

El bueno de Gordo llevaba dos años intentando tirársela y se ponía charlatán cuando se tomaba unas copas e intentaba impresionarla. Dejaba caer taimadas indirectas sobre sus vínculos con gente peligrosa y con poder, sobre cantidades ingentes de dinero y turbios secretos que no podía contarle, pero cuyo misterio ella debía encontrar irresistiblemente seductor.

Summer, cómo no, ya se había dado cuenta de casi todo eso, no es idiota. Conoce hasta el último tenedor y la última cuchara de la cocina, así que sabe cuándo llegan repartos de «comida» que nunca acaban en las neveras o los congeladores.

Y, además, observaba lo que pasaba en la sala del casino. Aunque no era responsabilidad directa suya (para eso estaba el jefe de sala), notaba que algunos jugadores que no debían ganar ganaban constantemente y que esas ganancias no aparecían en los informes.

—Tú a lo tuyo —le dijo Gordon—. Comida, bebida, hostelería, relaciones con los clientes… Algunos de esos grandes jugadores, si no quieren hablar contigo, no hables con ellos.

Y había veces que tenía vetada la entrada en la cocina.

—Ojos que no ven —decía Gordon, tirando siempre de tópicos—, corazón que no siente.

Que es, quizá, el tópico más absurdo de todos.

Lo que no ves puede hacerte polvo.

Gordon, por ejemplo, no veía lo descontenta que estaba Summer.

Ahora, ella miró a John Highland.

—¿Que si soy feliz?

—¿Lo eres?

—No —contestó Summer—. No lo soy.

—Puedes irte ahora mismo —dijo Highland—. No pasará nada. No sabes quién soy, así que no supones ningún peligro. Estás perfectamente a salvo.

Se hizo un largo silencio, luego Summer dijo:

—Has venido aquí a propósito, a buscarme.

—Parte de mi trabajo consiste en saber estas cosas —dijo Highland—. Eres una joven brillante que trabaja para ese capullo de Gordon Matthews y has tocado techo. Ganas bastante dinero, pero no muchísimo y ves entrar millones de dólares por la puerta, pero ninguno acaba en tu bolsillo.

—Así que has oído los rumores —dijo Summer—. Sobre el blanqueo de dinero.

Los rumores de que el Castle es una lavandería de los cárteles llevan años circulando por el mundillo criminal, pero nadie ha intentado nada porque el casino se considera inexpugnable.

—¿Son ciertos? —preguntó Highland.

—¿Eres policía? —respondió Summer.

—En el juego ancestral de policías y ladrones, yo soy de los segundos.

Ella abrió más los ojos.

Pero solo un poquito.

 

 

—¿Podemos fiarnos de ella? —pregunta ahora Jamal.

—¿Podemos fiarnos de alguien, aparte del uno en el otro? —responde Highland—. Además, ¿qué alternativa tenemos?

—No hacerlo.

—Eso está descartado.

—Un banco —dice Jamal—. Otro casino. Incluso otro furgón blindado. Pero esto no.

—¿Por qué?

—Porque no se puede.

—Por eso mismo tenemos que hacerlo —dice Highland—. Se creen invulnerables. Son arrogantes. Y la gente arrogante se descuida.

—Aunque lo consigamos —responde Jamal—, no será la policía la que venga a buscarnos, ni los federales. Será el cártel y no se darán por vencidos. No voy a correr ese riesgo por ¿cuánto? ¿Tres o cuatro millones en total?

—Más bien cinco, seguramente. O sea, que no te apuntas.

—No, sí que me apunto —contesta Jamal—. No puedo dejar que lo hagas solo.

Highland se siente aliviado. Necesita a Jamal. Necesita a un veterano, alguien de quien se fíe, de quien sepa que no va a perder los nervios y a salir pitando o a liarse a tiros. Y que le lleve su parte a Jewel.

Y ese es Jamal, sin duda.

Es una promesa solemne entre ellos: si a uno le pasa algo, el otro cuida de su familia.

Seis grandes golpes juntos.

Siete años juntos en el talego.

Son como hermanos.

Más que hermanos.

Lo repasan una y otra vez.

La clave es el pasillo entre la cocina y la cámara acorazada.

Vale, estupendo.

Pero ¿cómo entran en el pasillo?

—Matthews es el único que puede abrir la puerta entre la cocina y el pasillo —dice Highland—. Se desbloquea con un escáner de retina.

—Tenemos que estar en el pasillo antes de queabra esa puerta —dice Jamal.

—¿Alguna idea?

—El escáner lee la retina, ¿no? ¿No toda la cara?

—Eso tengo entendido —contesta Highland—. Pero el guardia de fuera de la cámara acorazada tiene un monitor. Puede ver a Matthews abrir la puerta.

—Lo primero es lo primero —dice Jamal—. Investigaré un poco.

Highland lo considera resuelto. Si Jamal se encarga de investigar, dará con la solución.

—Vamos a necesitar un conductor.

 

 

Isa Almazan pisa el acelerador.

A fondo.

El Dodge Charger, el coche icónico de los malos de Hollywood, responde con un rugido.

Isa, con su metro cincuenta y siete de estatura, apoya la espalda contra el asiento, agarra con fuerza el volante y enfila hacia la rampa que debe servirle de trampolín para saltar por encima de la enorme tubería de desagüe y aterrizar en la rampa del otro lado.

Si se desvía lo más mínimo, el coche podría no tocar la rampa contraria y chocar contra un lado de la tubería.

Lo que no sería bueno.

Isa llega a la primera rampa y siente que el coche se eleva en el aire. La tendencia natural es mirar hacia abajo, pero ella se resiste y sigue mirando al frente, hacia su objetivo.

Controla la cabeza, sabe, y el resto va detrás.

Controla la mente y el resto va detrás.

No es que vea la rampa contraria —no puede verla porque el morro del coche apunta hacia arriba—, pero es fundamental que no aparte la mirada del punto de aterrizaje.

Que clave la salida como una gimnasta, se dice.

Ahora solo es cuestión de fe, de confianza y fe en que lo ha hecho todo bien: lo ha preparado todo, se ha asegurado de que los mecánicos lo tuvieran todo a punto, ha repasado cada movimiento cien veces para que la ejecución sea solo cuestión de memoria muscular.

Tiene la impresión de llevar mucho tiempo en el aire, entonces…

¡BAM!

El coche toca la rampa contraria.

Perfecto, clavado.

Pero el impacto le sacude la espalda, comprime las vértebras inferiores y el dolor la preocupa, porque no quiere por nada del mundo volver a pasar por el quirófano. Tiene un buen seguro médico de SAG-AFTRA, pero la cirugía siempre tiene sus riesgos, la rehabilitación es larga y dolorosa y tendría que dejar de trabajar una larga temporada. Además de que su pareja, Lisa, se cabrearía.

Pisa el freno suavemente, gira el volante y detiene el Charger con delicadeza.

Oye aplausos por el minúsculo auricular y luego:

—¡Corten! ¡Precioso, Isa!

—¿Vas a necesitar otra toma? —pregunta por el pequeño micrófono que lleva debajo de la blusa.

—No, esta ha salido perfecta. Ya hemos terminado.

Estupendo, piensa Isa. Se quita la peluca rubia que la hacía parecerse a la estrella blanca cuyo publicista sin duda dirá que es ella quien hace todas las tomas peligrosas. La verdad es que la actriz es una tía bastante maja, piensa Isa, no tiene nada de diva.

Sale del coche y se sube al Jeep que para a su lado.

—¡Genial, como siempre! —dice Blake, el coordinador de especialistas, cuando Isa se sienta en el asiento del copiloto.

—¿Y qué esperabas? —responde Isa—. ¿Ya han sacado la comida? Tengo un hambre de la hostia.

De camino a la mesa de la comida, ve a un hombre negro alto y corpulento, con polo rosa, pantalones chinos y gorra de béisbol de los Dodgers.

—¡Jamal! —dice—. ¡Cuánto tiempo!

—Demasiado.

—¿Quieres comer conmigo? —pregunta Isa.

—¿Yo, que si quiero comer?

—Qué pregunta más tonta.

Se acercan a la mesa y charlan mientras se comen la ensalada César de pollo y unos helados.

Isa come como una loba recién salida de Cuaresma.

Jamal mira su cuerpecillo.

—¿Dónde lo echas?

—Es la adrenalina —contesta ella. Mientras van hacia su caravana, le dice—: Bueno, ¿qué te trae por aquí?

Porque por algo ha venido. Jamal Rahim Mobley nunca hace nada sin motivo.

—¿Te gustaría ganar un montonazo de pasta? —pregunta Jamal en voz baja.

 

 

—Vamos a necesitar otro pistolero —dice Jamal.

—Prefiero que no —contesta Highland. Cuantas más armas haya, más posibilidades hay de que se usen.

—Te guste o no, es necesario. Estaremos los dos en el pasillo. Necesitamos a alguien que controle la cocina. Y para sacar la pasta.

Highland sabe que Jamal tiene razón.

Suele tenerla.

Pero es un problema, porque la mayoría de los buenos pistoleros están retirados, en el trullo o muertos. Petrocelli está en una playa de Nassau, Mays está cumpliendo de quince a veinte años en Victorville y Carlson lleva cinco años criando malvas en el cementerio de Green-Wood.

—¿Y el hijo de Mays? —pregunta Jamal—. Colt.

—¿Cuántos años tiene? ¿Dieciocho?

—Dirás veintiséis.

—¿Y eso? ¿Cómo ha pasado? —pregunta Highland.

—Ya ves, por sí solo —dice Jamal.

—Me acuerdo de que el chaval era muy nervioso.

—Los chavales maduran —contesta Jamal—. Como maduramos nosotros.

—¿Ha hecho algún trabajo serio?

—Un banco en Bisbee. Y un palo a un camión cerca de Redding. Dicen que usaron motos para entrar y salir. Limpiamente. No pegaron ni un tiro.

Eso cuenta mucho para Highland. Para un buen pistolero, apretar el gatillo es el último recurso; esos son los que interesan.

—¿Sabes dónde encontrarlo?

 

 

Colt Mays coge una buena ola de derechas en la playa de Brooks Street, en Laguna Beach.

No es una ola muy grande, nada de eso, pero tiene buena forma.

Levanta la vista y ve a un hombre con traje de lino gris de pie en la plataforma de hormigón.

Qué raro.

Luego, con la tabla bajo el brazo, sube los escalones y lo reconoce.

—¡Tío John!

Se parece a su viejo, piensa Highland. El mismo pelo espeso y negro como el carbón, los ojos oscuros, guapo como una estrella de cine, los músculos bien marcados debajo del neopreno azul.

—Hola, Colt.

De pronto, el chaval parece preocupado.

—¿Mi padre…?

—Está bien —dice Highland—. Pero tú tendrías que saberlo mejor que yo.

Colt sonríe.

—Sí, tendría que…

—Te invito a comer —dice Highland.

—Hay una chica esperándome en casa.

—Seguro que aguanta una hora más sin que se le rompa el corazón. Deja que te invite a comer.

—Tengo ropa en el coche.

Highland espera mientras Colt se baja el neopreno, se envuelve la cintura con una toalla y se viste como hacen los surfistas, sin que se le vea nada.

Lo lleva a Las Brisas, en lo alto del acantilado, con vistas a la bahía, y consigue una mesa fuera, apartada de otros clientes. Después de pedir, va directo al grano.

—El tío Jamal me ha dicho que te has metido en el gremio.

—Si te manda mi padre…

—No, no me manda él.

—Entonces, ¿a qué has venido? —le pregunta Colt—. ¿A convencerme de que lo deje? ¿A decirme que voy a acabar como él?

—No. He venido a averiguar si eres una persona seria o si solo te estás haciendo el machote.

—Soy una persona seria.

—Entonces puede que tenga algo para ti —dice Highland.

—¿El qué?

—Ve a visitar a tu padre. Si él da el visto bueno, hablamos.

—¿Cómo te localizo?

—Yo te localizaré a ti. —Highland se levanta.

—¿Y la comida?

—Cómete la mía —contesta, y se aleja.

 

 

—No voy a hacerme el Brando ahora —le dice Tom Mays a su hijo por el teléfono, a través del grueso cristal— y a decirte que soñaba con algo distinto para ti, que fueras presidente o senador o alguna de esas gilipolleces. Además, el cerebro no te da para tanto.

—Entonces, el tío John…

—Le confiaría mi vida —dice Tom—. Ya lo he hecho. Así que también le confiaría la tuya. Pero escúchame, zoquete. Haz lo que te digan el tío John y el tío Jamal. Ni más ni menos. Sobre todo, nada más. Así ni tú ni nadie… Tú ya me entiendes.

—Sí, ya.

—¿Has visto a tu madre últimamente?

Colt niega con la cabeza.

—Se está tirando a uno que trabaja en una inmobiliaria.

—Cuidado con lo que dices —dice Tom—. Es tu madre.

Una semana después, Colt está bajándose de su Kawasaki H2R —una superdeportiva de cuatro tiempos, trescientos caballos de potencia, la moto de carretera más rápida— en el Taco Bell cuando un Porsche 911 Carrera negro para a su lado.

La ventanilla del conductor baja.

—El próximo martes a las diez de la mañana —le dice Highland—. Te recojo aquí. Sé puntual.

—De acuerdo.

—Y deja la moto. No me interesa un pistolero con la muñeca rota.

La ventanilla vuelve a subir, el coche se aleja.

Vaaaale, piensa Colt.

 

 

El viaje en coche hasta Brawley es largo.

Si sobrevuelas la zona —pongamos por caso, en el corto vuelo entre San Diego y Phoenix—, ves el desierto marrón y, de repente, rectángulos verde esmeralda en torno al municipio de Brawley.

Campos de alfalfa.

Regados por canales construidos durante la Gran Depresión para trasvasar agua del río Colorado.

Los rectángulos no conservan su verdor por casualidad. Si no se fumiga, la alfalfa puede acabar plagada de malas hierbas.

Por eso Highland y Jamal van a Brawley.

Encuentran la pequeña pista de aterrizaje a ocho kilómetros del pueblo, junto a un camino de tierra. Hay un hangar y una casa móvil que sirve de oficina. La Ford F-150 de Harley está aparcada fuera.

En el hangar hay una avioneta y un viejo helicóptero Bell 47 en el que Harley trabaja por afición.

Harley sale del remolque para saludarlos.

Pelo fino y rubio hasta los hombros, sombrero de vaquero, de paja, botas viejas, un porro colgándole de los labios.

Jamal sale del coche.

—¡Pero si es Willie Nelson!

—No te metas con Willie —dice Harley—. Sigue siendo el mejor.

No se sabe quién fuma más hierba, si «el forastero pelirrojo» o Harley, piensa Highland, pero él ya no se lo cuestiona. Una vez le preguntó a Jamal:

—¿Harley puede pilotar yendo fumado?

—Creo que no puede pilotar si no va fumado —le contestó Jamal.

Y resultó que era cierto.

Harley «Extracción» Jackson es capaz de aterrizar un avión en el green dieciséis de un campo de minigolf y no le tiene miedo a nada.

Quizá sea por la hierba.

Sea por lo que sea, hay muchos que todavía andan por ahí porque Harley se atrevió a meter una aeronave en medio del fuego cruzado en Afganistán, o a aterrizar al borde de un precipicio y a esperar mientras subían a bordo a los heridos, y luego despegó y regresó a la base mientras lo acribillaban a balazos.

Tiene su Medalla del Corazón Púrpura enterrada en un cajón en algún lugar del remolque.

Ahora se dedica a fumigar campos de alfalfa y de vez en cuando trae una o dos toneladas de marihuana de México, a solo unos kilómetros de distancia.

—¿Quién está detrás del cristal tintado? —pregunta—. Si está aquí Jamal, debe de ser John Highland. Batman y Robin. Aunque nunca sé quién es quién.

—Nos turnamos —dice Highland al salir—. ¿Qué tal va el negocio de la fumigación?

—De pena —contesta Harley—. Ahora está todo el mundo acojonado con el Roundup. A lo mejor lo que quieren es detener a las malas hierbas y reinsertarlas en la sociedad. ¿Queréis entrar a fumar algo?

—Yo de fumar paso —contesta Jamal.

—O sea, que estás entrenando —dice Harley—. ¿De qué se trata?

—¿De qué va a ser? —responde Highland—. De una extracción.

Hay otra palabra para «extracción» y es «huida».

 

 

La oficina de Ashvik Patel está en el lado del interior de la carretera de la Costa del Pacífico, en Laguna Beach, encima de una cafetería bastante decente y de una tienda de surf más decente todavía.

Ambas son importantes para él.

Necesarias, de hecho.

No hay nada que distinga la oficina, solo el número de la calle junto a la puerta, y poca gente sabe lo que hace Ash allí o a qué se dedica, aparte de que tiene algo que ver con ordenadores. Los que lo saben saben también que, si Ash («Podría haber optado por Vic, pero opté por Ash») no está en su oficina, está al otro lado de la carretera de la Costa del Pacífico, en su tabla de surf corta.

Con su espeso pelo negro peinado hacia atrás en un anacrónico pero eficaz estilo Pat Riley, unas cejas y unas pestañas por las que un modelo de pasarela sería capaz de matar y, debajo, dos lámparas ardientes que han alumbrado el camino a unos cuantos dormitorios, Ash ostenta el título oficioso pero cierto de «hombre hetero más guapo de Laguna».

—Con los gais ni siquiera intento competir —ha dicho alguna vez—. Es inútil. Esos tíos son guapísimos.

Ash ha trabajado por contrato para el Gobierno federal (el Departamento de Defensa, la CIA), para algunos regímenes extranjeros y para algún que otro ladrón de altos vuelos como Jamal Mobley.

Todos ellos tienen en común la necesidad de sus servicios y la capacidad de pagarlos.

Ahora sorbe un capuchino (pasable, no buenísimo) mientras mira a Jamal, sentado al otro lado de su mesa de despacho.

—A ver, ¿qué es lo que dices que quieres que haga? —pregunta.

Tres días después, Jamal le pasa un teléfono con una foto de la puerta del pasillo.

Ash le echa un vistazo y dice:

—Estás de suerte. Conozco este cacharro. Es de los mejores de gama media: solo lee la retina, no la cara. Ahora necesito una foto digital de alta resolución de los ojos de Matthews, de cerca.

—Si te la consigo, ¿podrás engañar al escáner? —pregunta Jamal.

—No te va a salir barato —dice Ash.

—Soy un tacaño. Por eso tengo dinero.

 

 

Gordo se ha quedado frito.

Lo he dejado inconsciente de un polvo, literalmente, piensa Summer.

Coge los pantalones de Matthews de la silla y saca del bolsillo su teléfono móvil. Mira hacia atrás para asegurarse de que sigue dormido y luego llama al número que le dio Jamal. Cuando se establece la llamada, cuelga enseguida y vuelve a guardar el teléfono en el bolsillo.

Luego saca su móvil del bolso, vuelve a la cama y se sienta a horcajadas encima de él.

—¡Gordon!

Gordon Matthews abre los ojos de golpe.

—¿Qué co…?

Summer le hace una foto con el móvil.

—Quería una foto de recuerdo —dice. Luego se aparta de él y empieza a vestirse. Es la respuesta a esa pregunta cansina y rancia de las fiestas de borrachera: ¿qué serías capaz de hacer, a quién te tirarías por un millón de dólares?

Están en una habitación de hotel del Castle que Summer ha reservado para el acontecimiento.

—No me habrás hecho una foto de la polla, ¿verdad? —pregunta Matthews.

—Esta cámara no tiene aumento, así que no —contesta Summer.

—Vale —dice Matthews—. ¿Y cuántas fotos de recuerdo tienes?

—No las he contado.

—Conque tantas, ¿eh?

—Ahora viene cuando me llamas zorra —dice Summer mientras se abrocha la blusa.

Él la mira con pura lascivia.

—Bueno, ¿qué tal he estado?

—Bien.

—¿Bien?

—Bien es bien —dice Summer—. Confórmate con eso.

—Entonces, ¿esta noche después del trabajo…? —pregunta Matthews.

—Esto no se va a repetir. Queríamos quitárnoslo de la cabeza y yo ya me lo he quitado.

—Pero a lo mejor yo no.

—Eso no es problema mío, Gordo.

—Para llamarte Summer, eres bastante fría.

—El nombre no me lo puse yo. —Se sienta en la cama para calzarse—. Has tenido suerte, Gordo. No te pases de la raya.

Es como cuando sumas diecinueve: no pidas otra carta.

 

 

Ash examina la foto.

—¿Servirá? —pregunta Jamal.

—Debería.

—«Debería» no me vale.

—¿Prefieres otra palabra?

—Un «sí» —dice Jamal.

Ash sonríe y vuelve a mirar la foto.

—Servirá.

Así que tiene los ojos.

Ahora necesita la cara.

El chico toca el teclado como Parker tocaba el saxo.

Deprisa.

Los dedos que vuelan con brío.

Highland observa, mira de las manos del chaval a la pantalla del ordenador, donde la foto que hizo Summer de la cara de Gordon Matthews se transforma en un escaneo tridimensional giratorio. La pantalla se divide y en la mitad derecha Highland ve una foto de su propia cara que luego se convierte en un escaneo y a continuación…

Las dos imágenes se funden.

El chico toca el teclado un minuto más y después levanta las manos, se recuesta en la silla y mira a Highland.

—Y ahora ¿qué? —pregunta Highland.

—Ahora meto esto en la impresora 3D y, voilà, ya tienes tu máscara.

—¿Engañará a la gente?

—A su madre o a su novia no —contesta el chico—, pero ¿a alguien que mire de pasada un monitor? Hasta el propio Matthews, si viera esto en un monitor, pensaría que es él.

—Vamos a hacer las otras.

Las fotos de Jamal y Colt giran en la pantalla, se convierten en escaneos y luego el chico pregunta:

—¿A quién quieres? ¿A Denzel? ¿A Fishburne? ¿Y para el otro tío? ¿A Pitt, a Gosling?

—Lo que sea más fácil.

—Denzel y Ryan.

Vuelve a aporrear el teclado.