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Durante la Segunda Guerra Mundial, mi padre luchó contra los nazis en Alemania. Papá nunca me contó sus batallitas de la guerra, y yo no se lo pedí. Yo me preguntaba: ¿cómo se vive en guerra? Cuando era adolescente leí el Diario de Anna Frank y de mayor entrevisté a supervivientes de la guerra. Y me preguntaba: después de la guerra, ¿cómo se encuentra la paz? En 2005 escuché a Sachiko Yasui contar la historia de cómo había sobrevivido a la bomba atómica de Nagasaki. Lo que contó me obsesionó. Necesitaba saber más.
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Seitenzahl: 111
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Sinopsis
Durante la Segunda Guerra Mundial, mi padre luchó contra los nazis en Alemania. Papá nunca me contó sus batallitas de la guerra, y yo no se lo pedí. Yo me preguntaba: ¿cómo se vive en guerra? Cuando era adolescente leí el Diario de Anna Frank y de mayor entrevisté a supervivientes de la guerra. Y me preguntaba: después de la guerra, ¿cómo se encuentra la paz?
En 2005 escuché a Sachiko Yasui contar la historia de cómo había sobrevivido a la bomba atómica de Nagasaki. Lo que contó me obsesionó. Necesitaba saber más.
“El relato de Sachiko es de una sencillez magnética y espeluznante. Su supervivencia es un inspirador camino de redención. Un libro que es a la vez personal y universal”.
The New York Times
“Caren Stelson nos cuenta con empatía la historia de Yasui, narrando los sobrecogedores detalles de antes y después de la explosión de la bomba.”
The Washington Post
“Sachiko tenía solo seis años cuando lanzaron la bomba atómica sobre la ciudad de Nagasaki. El 9 de agosto de 1945 pasó de estar jugando en la calle con sus amigos a tenerlos que enterrar. Este relato delicado y bien escrito de una superviviente de la bomba de Nagasaki es un libro esencial en la colección de biografías de la Segunda Guerra Mundial”.
School Library Journal
“Hay muchos libros sobre las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki para jóvenes, pero muy pocos se centran en los hibakusha, los supervivientes de la bomba, y eso es lo que hace esta importante biografía”.
Kirkus Review
Guía didáctica disponible en la página web de
www.edmilenio.com
Biografía
Caren Stelson es una escritora y profesora que vive en Minneapolis, Minnesota. Puedes visitarla en www.carenstelson.com.
Portada
Créditos
Proyecto financiado por la Dirección General del Libro y Fomento de la Lectura, Ministerio de Cultura y Deporte
Financiado por la Unión Europea-Next Generation EU
espai
es una colección de libros digitales de Editorial Milenio
Título original en inglés
Sachiko. A Nagasaki bomb survivor’s story
Texto de Caren Stelson
© Carolhoda Books, 2016
Edición representada por Sandra Bruna Agencia Literaria S.L.
© del texto: Caren Stelson, 2016
© de la traducción: Cristina Ridruejo Ramos, 2016
© de las imágenes: Sus autores y arxivos correspondientes, 2016
© de la edición impresa: Milenio Publicaciones, S L, 2018
© de la edición digital: Milenio Publicaciones, S L, 2023
C/ Sant Salvador, 8 - 25005 Lleida
www.edmilenio.com
Primera edición impresa: enero de 2018
Primera edición digital: abril de 2023
DL: L 368-2023
ISBN: 978-84-19884-28-2
Conversión digital: Arts Gràfiques Bobalà, S L
www.bobala.cat
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Prefacio
A las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto de 2005, una multitud se congregó en los Jardines de la Paz del Lyndale Park de Minneapolis, Minnesota. Yo me encontraba allí con otras personas para conmemorar el final de la Segunda Guerra Mundial y el sesenta aniversario de las bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Sonó una campana y todos bajamos la cabeza. La campana volvió a sonar. Entonces subió un orador y presentó al público a una mujer japonesa. Su nombre era Sachiko Yasui.
Yo estaba sentada entre el público inmóvil, escuchando a Sachiko contar su historia sobre cómo había sobrevivido al bombardeo de Nagasaki. Nunca en mi vida había oído a nadie compartir una experiencia como esa. Me pregunté por qué no sabía nada de lo que le había ocurrido a la población de Hiroshima y Nagasaki después de que explotaran las bombas atómicas. Aquel día me prometí a mí misma que si alguna vez, de alguna manera, tenía ocasión, escribiría la historia de Sachiko.
En 2010 averigüé la dirección de Sachiko en Nagasaki y le mandé una carta traducida al japonés: «Necesitamos su historia en América».
Unas semanas más tarde, recibí noticias de Sachiko. Estaba dispuesta a aceptar mi propuesta, pero con una condición: solo me contaría su historia si podía mirarme a los ojos.
Caren Stelson
Dedicatoria
a Kanon y a la generación de pacifistas que nos sucederá
En casa, en Nagasaki
AGOSTO DE 1945
La pequeña Sachiko, de seis años, estaba sentada en un raído tatami tejido a mano mirando fijamente el huevo cocido que había en el centro de la mesa baja. Lo mismo hacían sus hermanos Aki, de catorce años, Ichiro, de doce, y Misa, de cuatro.
La gallina había puesto un huevo, por fin.
A Sachiko le sonaban las tripas.
Madre sentó en su regazo a Toshi, de dos años, y le acercó el huevo. Toshi dio palmas. El huevo era para él. El huevo, cuando lo había, siempre era para él. Toshi era el pequeño.
Sachiko miró el huevo de reojo y después sonrió a su hermanito. Podía aguardar hasta la cena para tener su propia recompensa. Al anochecer, padre volvería por fin a casa después de un largo día construyendo buques de guerra en los astilleros de Koyagi. Entonces toda la familia se reuniría para pasar todos los momentos felices que pudieran.
El vapor salía a remolinos del cuenco de la abuela, en el centro de la mesa baja. Para madre, aquel cuenco de cerámica verde, en forma de una gran hoja con puntas rizadas, era un tesoro. Antaño rebosante de platos con sepia, anguila o pulpo, en aquella época el cuenco de la abuela no tenía mucho que ofrecer. Madre servía con un cucharón en los tazones pequeñas raciones de insípido caldo de bolas de trigo.
«Coméoslo todo, niños. Cada gota es valiosa».
Sachiko se tomó a sorbitos su caldo. No gemía ninguna sirena de ataque aéreo. No surcaba el cielo ningún B-29 americano. Solo se oían las cigarras, entonando su canción estival del otro lado de la ventana de papel.
Madre dio el último sorbo a su caldo y salió corriendo a la reunión del tonarigumi, la asociación vecinal. La participación en el grupo era obligatoria. Los cabecillas del vecindario organizaban eventos patrióticos, simulacros de incendios provocados por bombardeos y entrenamiento militar para civiles. También distribuían unas raciones cada vez más escuetas de comida.
En Japón, en 1945, nadie tenía suficiente comida. Las familias añadían boniatos y habas de soja a las exiguas raciones de arroz que recibían, rayando en la hambruna: solo dos tazones al mes para cada persona. Un programa de radio sugería añadir capullos de gusanos de seda, saltamontes, ratones, caracoles o sangre seca de animales de granja a las comidas como suplemento proteínico. La administración pública ofrecía una receta para hacer harina a base de bellotas molidas, tallos de boniatos y hojas de morera. Esa harina era prácticamente incomible.
Cuando madre se fue, Ichiro cogió su cazamariposas de bambú y se escabulló de la casa para cazar cigarras. El hermano mayor de Sachiko, Aki, estaba a cargo de la casa. Él cuidaba a Misa mientras Sachiko jugaba con Toshi. Sachiko le hizo cosquillas a su hermanito para hacerle reír y le llevó a caballito sobre sus hombros. Toshi era el favorito de Sachiko y su responsabilidad.
Aki encendió la radio. A través de las ondas, una banda militar empezó a tocar la canción patriótica «Umi Yukaba». «Si muero por el emperador, no lo lamentaré»,1 cantó Aki. Agarró su planeador kamikaze de juguete y trazó con él un círculo sobre su cabeza, para luego estrellarlo precipitadamente contra el tatami. «¡Umi Yukaba —gritaba—, ganaremos la guerra!».
Sachiko con cinco años.
1. La canción «Umi Yukaba», cuya letra se basa en un poema clásico japonés musicado en 1937, se convirtió durante la guerra en el himno de la Armada Imperial Japonesa. Los pilotos kamikazes la cantaban al despegar cuando partían a una misión suicida.
Evacuación
MAYO-AGOSTO DE 1945
Padre debía de saber que se acercaba el final de la guerra.
Ya en junio de 1944, cuando Sachiko tenía cinco años, los Estados Unidos empezaron a bombardear las ciudades japonesas con creciente regularidad. Nagasaki fue una de las primeras ciudades que bombardearon, aunque los daños eran limitados. Desde febrero de 1945, los Estados Unidos lanzaron bombas incendiarias sobre las principales ciudades de Japón, incluyendo la capital. Tras el ataque aéreo sobre Tokio en marzo, murieron cien mil personas, un millón resultaron heridas y otro millón se quedaron sin hogar. Después, en abril de 1945, Nagasaki fue atacada de nuevo. Se sucedieron otros tres bombardeos, que destruyeron los astilleros del puerto de Nagasaki. La tensión iba en aumento. Las tropas de combate japonesas fueron trasladándose a Kyushu, la isla en la que se encuentra Nagasaki, preparándose para la invasión estadounidense que parecía inminente.
Padre había trazado un plan para evacuar a su familia a un lugar más seguro. Empaquetarían sus pertenencias y cogerían el tren hasta Shimabara, un pueblo alrededor de un castillo en las montañas cercanas a Nagasaki, donde él se había criado. Sachiko no quería ir. Echaría de menos su casa y a sus amigos. «Sachiko, en Shimabara te espera una casa en las montañas, rodeada de pinos y con un lago que susurra “ven a nadar”», dijo padre, para apaciguar a su hija.
Madre llenó las maletas con sus ropas desgastadas y las fotos familiares: Aki e Ichiro cuando eran pequeños, madre con amigas y familiares, en medio de los crisantemos del jardín de padre, y Sachiko a los cinco años con un kimono rojo de flores. Antes de que se fueran, el tío —el hermano de madre que quería a Sachiko como si fuera su propia hija— vino a decir adiós. Rodeó los escuetos hombros de Sachiko con sus brazos.
«¿Cuándo volveré a ver al tío?», preguntó Sachiko.
Nadie pudo responder.
La familia regresó a casa antes de lo que todos esperaban.
En Shimabara, padre recibió la carta roja, un aviso de reclutamiento del Estado, que requería a los súbditos del emperador para servir en el ejército. Ante la inminente invasión estadounidense, el Estado japonés estaba reclutando a todo el que pudiera luchar, desde chicos de quince años a hombres de sesenta. Incluso se llamaba a prestar servicio a las mujeres solteras de entre diecisiete y cuarenta años. Se esperaba de padre y de los demás soldados que dieran su vida por el emperador.
Aki, el primogénito, fue el primero en hablar. Padre no debía volver a Nagasaki solo. La familia debía abandonar Shimabara y regresar todos juntos para pasar todos los momentos felices que pudieran con él. Madre estuvo de acuerdo. Permanecerían juntos todo el tiempo que pudieran hasta que padre tuviera que irse a la guerra.
De vuelta a casa en Nagasaki, en agosto de 1945, Sachiko contemplaba el sol declinar hacia el horizonte. El cielo se oscureció. Se alzó la luna. Sachiko, madre, Aki, Ichiro, Misa y Toshi salieron al porche delantero y se quedaron mirando fijamente a la oscuridad, esperando a que padre volviera a casa de los astilleros. Aki sostenía una linterna en la mano.
Sachiko señaló, a lo lejos, un destello de luz: la linterna de padre.
Un destello. Otro destello: la linterna de Aki. Como luciérnagas buscándose la una a la otra, los haces de luz parpadearon y se desvanecieron. Sachiko aguardó a que su padre subiera trabajosamente la colina desde la estación de Urakami hasta casa.
Del cuenco de la abuela, en la mesa baja, salía vapor.
Madre sirvió con un cucharón el caldo de bolas de trigo en los tazones.
Padre, madre, Aki, Ichiro, Misa, Toshi y Sachiko unieron las manos y agacharon la cabeza.
Todos sabían que cada día, cada noche que pasaban juntos, era valiosa.
Fotografías de la familia de Sachiko tomadas antes de 1945.
Un día cualquiera
6 DE AGOSTO DE 1945
El 6 de agosto era como cualquier otro día de verano en Nagasaki: caluroso y húmedo. Sachiko se calzó las zapatillas de tela, que ya le quedaban pequeñas, y salió al vecindario Mezame-Machi en el que vivía. Tenía el oscuro flequillo empapado de sudor, que también le goteaba por la espalda. Los pantalones holgados monpe de algodón, atados con una cuerda a la cintura, se le ceñían a las finas piernas por detrás. Sachiko subió la colina del otro lado del cementerio internacional de Sakamoto y fue dando brincos por la estrecha calle hasta el santuario sintoísta de Sanno, para llegar hasta los alcanforeros. Se estaría más fresco bajo los árboles.
El sol caía a plomo sobre Sachiko, el cementerio de Sakamoto, el santuario de Sanno y los viejos alcanforeros. Caía sobre los tejados de tejas grises de las apretujadas casas de madera que se apiñaban en el valle de Urakami y sobre la Facultad de Medicina de Nagasaki, una de las primeras escuelas de Japón que enseñaban medicina occidental. Caía a plomo sobre la catedral de Urakami, la iglesia más grande de toda Asia, y sobre la minúscula isla de Dejima, por la que habían arribado a Nagasaki los buques comerciales portugueses hacía cuatro siglos. La ciudad de Nagasaki, abierta al comercio occidental incluso cuando el resto de Japón estaba aislado del mundo exterior, era un diminuto crisol donde Oriente se encontraba con Occidente.
