Sacrificio en la frontera - Cecilia Domeyko - E-Book

Sacrificio en la frontera E-Book

Cecilia Domeyko

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Beschreibung

Yoali lo perdió todo en un instante. Cruzar la frontera no solo significó el fin de sus sueños, sino también la desaparición de su pequeño hijo, arrebatado de sus brazos en medio del caos. Ahora, impulsada por el amor y la desesperación, recorrerá un camino marcado por el peligro y la incertidumbre, enfrentando a quienes lucran con la tragedia de los migrantes. En esta búsqueda incansable, descubrirá que el peor enemigo no siempre es el que acecha en la oscuridad, sino el que se oculta tras una sonrisa y falsas promesas. Cecilia Domeyko nos sumerge en una historia conmovedora y ferozmente real sobre la lucha de una madre por recuperar a su hijo en un mundo donde la injusticia y el tráfico de personas son moneda corriente. Sacrificio en la frontera es una novela vibrante, tejida con dolor, esperanza y el coraje inquebrantable de quienes se niegan a rendirse. Una historia que toca el alma y deja una huella imborrable en el corazón del lector. Cecilia Domeyko posee un estilo que yo llamaría mágico. Su historia es la más dulce canción de amor y dolor expresada a través de las voces interiores de sus personajes, todos latinoamericanos en búsqueda de un destino mejor. Eleine Mercedes González. Miembro de la Academia Norteamericana de Literatura Moderna

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Seitenzahl: 767

Veröffentlichungsjahr: 2023

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SACRIFICIO EN LA FRONTERA: Una madre busca a su hijo robadoAutora: Cecilia Domeyko [email protected] Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Primera edición: marzo, 2025. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: Nº 2025-A-1431 ISBN: Nº 9789563387964 ISBN: Nº 9789563387971

Sacrificio en la frontera es una novela de ficción. Los personajes, sucesos y lugares que aparece en ella son fruto de la imaginación de la autora. Cualquier semejanza con personajes, sucesos y lugares reales es una mera coincidencia.

A MODO DE PRÓLOGO

I

Hay libros que nos atrapan y no sabemos por qué, debe ser porque están escritos con pedazos del alma, y esas almas de una forma u otra se unen en algún punto del universo para entablar un dialogo silencioso donde sin palabras se dice todo lo bueno y malo del mundo. Ese debe ser, sin duda, el secreto de las voces que hablan sin voz, pero cuyo silencio es más poderoso que la fuerza del viento.

Cecilia Domeyko posee una deliciosa y hábil manera de narrar, diría mágica, que va captando el interés del lector en una especie de entramado que ella utiliza en su estilo narrativo como el delicado tejido que una sabia araña teje alrededor de su víctima sin que esta se percate para de esta forma subyugarla y hacerla su presa.

Así funciona su peculiar tono en esta inmensa novela donde las gradaciones del sentimiento fluyen dosificadamente hasta llevarnos al paroxismo del dolor y del amor en una historia construida por las voces interiores de sus propios personajes dentro del ámbito latinoamericano, en la búsqueda infructuosa de un futuro mejor.

Ya desde los inicios, vislumbramos un dolor sublime, el de extrañar a quien ha sido y será el único ser que amaremos por siempre y recordaremos aun más allá de nuestros días terrenales.

“A veces a medianoche despierta sobresaltado junto a la señora extraña. Ella no huele como su mamá. No tiene su aroma a flores, sobre todo cuando su mamá se ha lavado el cabello con el champú amarillo que a él le gusta frotarse entre los dedos”.

Con la delicadeza de una poetisa y el oficio de una experimentada escritora, la autora aborda uno de esos terribles pasajes de la historia humana, donde a una madre le arrancan de sus brazos al hijo, literalmente hablando, para no saber luego en qué lugar se encuentra; y seguir viviendo con la angustia de la incertidumbre que es como vivir bajo tortura.

El límite del corazón de las madres es inagotable porque Dios las forjó con el material de los sueños, y ese es precisamente, la madeja en la que se perfila el argumento de esta hermosa novela.

“Desde que perdí a mi niño soy una persona diferente. Al mirarme en el espejo a veces no me reconozco. Mis ojos se han convertido en pozos, tan hondos como el que se tragó a mis hermanitos gemelos. El sufrimiento me ha hecho más esbelta”.

El hilo conductor de la obra está dado por los puntos de vista narrativos a través del perfil psicológico de los numerosos personajes que dan cuerpo al libro y que enriquecen la temática argumental de la novela, y es a través de ellos, de su profundo dolor, de su extrañeza ante hechos fortuitos, de sus vivencias, de sus recuerdos y anécdotas dentro de la miseria humana, que transciende hasta convertirse en proeza cotidiana.

La narración está construida sobre la base de una cuidadosa y exquisita exposición de voces que forman parte esencial de la comunidad latina, un mundo narrativo cuya expresión es la más dulce y sublime canción de amor y de dolor del género humano en su incesante búsqueda de un mejoramiento personal y social.

Gracias, Cecilia, por este libro tan humanamente hermoso.

Lic. Mercedes Eleine González,

Miembro de la Academia Norteamericana

de Literatura Moderna.

II

Acabo de tener el placer de leer una de las mejores novelas con tema actual, Sacrificio en la frontera, de la escritora Cecilia Domeyko. La novela es una verdadera joya, que, en su excelente trama, une una situación actual que agobia a todo pueblo latinoamericano: el tráfico de seres humanos, y los sueños de sus personajes en una sociedad que los victimiza y rechaza.

Al principio, el tema me inquietó un poco. ¿Cómo poner a una bella mujer muy joven a tener un hijo de un delincuente que la embauca con sus palabras, le roba a su hijo y la esclaviza a comenzar una búsqueda que es imposible de resolver? ¿Cómo relacionar esto con los sueños de mejorar, con las esperanzas de amar y de ser libre? A medida que la lectura avanza la historia toma forma y todo pasa a ser entendible y disfrutable de sobremanera. En cada uno de los personajes, se vive una historia distinta, una aventura.

Una de las cosas que más me sorprendió es la interacción de las voces. La narración se basa en la construcción de la historia a través de esa única relación de voces que hace a la obra una particular dentro del género literario. A eso se une la construcción de los espacios donde el norte y el sur se vislumbran desde la mente, los ojos y las experiencias de los que cruzan la frontera en búsqueda de una mejor vida.

Sé que esta obra dará mucho que hablar y nos aportará, a nosotros, los críticos literarios, una pieza más para enriquecer nuestro intelecto, y mantener a las letras latinoamericanas en el lugar que siempre ha estado: el de fiel representante de la historia de sus pueblos.

Joanna Dávila, PhD

Ana G. Méndez University System. Capital Area Campus, Maryland, USA.

III

La novela Sacrificio en la frontera trata un tema muy obscuro (el tráfico de niños) pero su mensaje es altamente positivo e inspirador: Si nos unimos todos, podemos combatir este terrible flagelo y además podremos crear un mundo mejor para nosotros y nuestros hijos.

La historia relata la vida, y entreteje las voces, de los principales personajes cuyos destinos están moldeados por la violencia y la desesperanza. Y a medida que avanza, emergen de ella dos sorpresivos héroes: La Coyota y El Gato quienes, luchando contra las fuerzas del mal, prueban que aún en las circunstancias más tenebrosas, la compasión y el amor pueden hacer nacer la confianza en la humanidad.

Aldo Bello, cineasta.

Creador del documental “Dream: An American Story” que retrata a jóvenes latinos indocumentados que buscan

ser ciudadanos norteamericanos.

Para Jack, Elisabeth, Catherine,

Juan Cristóbal y Rodrigo

ALMA PARTIDA EN DOS ©

(Canción de Yoali)

Vengo a contarles algo que a mí me ha pasado

Cruzando ese río tan turbulento y malvado,

tan turbulento y malvado…

Ahí perdí a mi niño, mi angelito querido,

Y ahora mi vida ya no tiene ningún sentido,

No tiene ningún sentido.

Me atreví a venir al norte para dar alas a mi voz.

Y ahora cómo canto con el alma partida en dos,

Con el alma partida en dos…

Solo podrá entender mi tristeza Nuestra Señora.

Solo ella comprenderá cómo quedé de sola,

Cómo he quedado de sola.

Me vine buscando fortuna como toda la gente,

Pues para un hijo el amor no es suficiente,

El amor solo no es suficiente…

Mi niño, mi sueño, ay, solo puedo llorar.

Mi Elisito, tu mamá no te dejará de buscar,

Nunca te dejará de buscar.

Me atreví a venir al norte para dar alas a mi voz.

Y ahora cómo canto con el alma partida en dos,

Con el alma partida en dos.

PRESENTACIÓN

YOALI

Soy de Quesería, un pequeño pueblo al pie de Masaya, el volcán más grande y peligroso de todo el país. A veces, entre sueños, Masaya se queja, dando gruñidos que salen de sus entrañas. Entonces cae del cielo un polvo muy fino y hay que andar sacudiendo los muebles; la comida no se puede dejar sobre la mesa sin cubrir.

Nuestros ancianos cuentan que sus abuelos una vez vieron despertar a Masaya. Tembló la tierra y los alegres chispazos que a nosotros nos iluminan la noche se tornaron malévolos. Con un rugido ensordecedor, Masaya lanzó piedras ardientes y gases venenosos al cielo. Mientras avanzaban dos brazos de lava por sus laderas y caían sapos y aves calcinadas sobre los techos, muchos pueblerinos huyeron para no volver más. Pero otros, arriesgándose a perder la vida, se quedaron y vieron con asombro cómo el gran río de magma se detenía frente a sus casas, como si Masaya hubiera decidido premiar a los valientes.

Desde entonces nuestro volcán no ha vuelto a alborotarse. A pesar de sus berrinches, tiene días tan tranquilos que hasta podemos subir a bañarnos en las vertientes de agua cristalina que emergen de sus laderas y se vierten en Ixchel, el lago de nuestro pueblo. A las mujeres de Quesería les gusta ir con sus hijitos a lavar la ropa a sus orillas. Al terminar su faena suelen sentarse sobre las rocas a observar las islas de lirios que movidas por el viento navegan por las aguas. Las islas floridas son un espejismo de tierra firme, pues quien se aventura en una de ellas cae en agua profunda poblada de raíces hambrientas.

Pocos forasteros llegan de visita a Quesería. Algunos no vienen por el temor que les causa nuestro volcán, otros por terror a Chac, nuestro cocodrilo, que desde que tenemos memoria y nuestros abuelos recuerdan, vive en una caverna debajo de las islas flotantes.

Cada cierto tiempo desaparece un niño de Quesería sin que nadie pueda explicar su paradero. Algunos pueblerinos acusan a Masaya… que el chaparrito perdido, atraído por sus fumarolas, se deslizó dentro del cráter del volcán. Otros señalan a Chac como el culpable. Evocando los antiguos sacrificios dicen que con seguridad el cocodrilo solo cobró lo que por derecho y costumbre pensabaque era suyo. Pero muchos en Quesería, incluyendo los ancianos, tienen otra idea: que Masaya, Ixchel y Chac nos protegen y castigan a los forasteros que llegan a Quesería a hacernos algún mal.

Cuando yo vivía en mi pueblo no me fijaba en estos cuentos. Eran parte de mí. Pero ahora que estoy lejos y me han pasado tantas cosas tristes, recuerdo todo lo de Quesería, su gente, sus costumbres y sus leyendas, con una gran nostalgia.

PRIMERA PARTE

ELISITO

Acá nadie lo mece ni lo hace dormir con canciones tiernas como las que le canta su mamita. Por eso le cuesta quedarse dormido. A veces a medianoche despierta sobresaltado junto a la señora extraña. Ella no huele como su mamá. No tiene su aroma a flores, sobre todo cuando su mamá se ha lavado el cabello con el champú amarillo que a él le gusta frotarse entre los dedos.

Al principio pensó que su mamá vendría a buscarlo. Y es que cuando recién llegó y preguntaba por ella, la señora extraña que ahora le pide que la llame «tía», le repetía una y otra vez: «Tranquilo, morro, que tu mamá ya viene». Cuando entre sollozos le preguntaba que cuándo, ella respondía: «¡Pronto, pronto!» Como él no sabía de horas, no entendía por qué su mamita tardaba tanto.

Ahora se lo pasa sentado frente a la ventana. Lo dejan quedarse ahí el tiempo que quiera. A través de los cristales alcanza a ver hasta la esquina a todo el que se acerca a la casa. Los días de lluvia le gustan más porque se ve borroso y cualquiera de esas sombras podría ser su mamá. Se imagina que ella subirá a verlo, y que, como siempre, lo tomará en sus brazos y con una mirada risueña le dirá que se atrasó porque anduvo de compras.

Esta casa es fría y oscura como una caverna. No entra un rayo de sol. No sabe por qué no lo dejan salir. Por qué lo tienen encerrado en el cuarto. Hay muchos juguetes repartidos por el piso, pero no tiene ganas de jugar con ellos. Si estuviera su mamá ella lo sacaría al patio: traería a los primos de la casa de al lado a jugar con él a la pelota.

De vez en cuando, piensa en la gente que él quiere y que ha desaparecido; su abuelita que le daba de comer y le contaba cuentos, y su abuelito que siempre lo apapachaba y daba besos. Cada día que pasa le cuesta más recordarlos.

Pero el terrible día del río no lo puede olvidar. Habían viajado muchos días y al llegar a la orilla de las aguas su mamá lo envolvió en una manta. Ella temblaba de frío, pero él no tanto, ya que ella lo había alzado y estrechado contra su pecho. Esa noche, su mamá se puso a cantar bonito y todos quienes los acompañaban la escucharon sentados junto a la fogata. ¡Qué orgulloso se sintió de su mamita! Más tarde, todos comieron y su mamá le dio de su mano una porción. Bajo las estrellas las mujeres contaron chistes y los hombres se rieron. Esa noche durmió tranquilo junto a su mamá.

Al alba, ese día, despertó con miedo sin saber por qué. La gente, callada y con cara pálida, caminó hacia el río. Su mamá se metió al agua con él, los dos recostados sobre una llanta negra que su mamá abrazó contra su pecho. Al sentir el agua helada se quedó un momento sin respiración y luego gritó de terror. Su mamá intentó alzarlo sobre el agua con una mano, pero la corriente comenzó a llevarlos río abajo. Al escaparse la llanta, su mamita lloró de desesperación.

El agua le tapó la boca y los ojos. Con un chillido trató de escaparse de los brazos de su mamá. Ella le gritó: «No, Elisito, ¡no!». Escupía agua y tosía una y otra vez como si se ahogara.

Los demás les gritaban desde la orilla, pero el ruido del agua no le dejó escuchar qué decían. En ese momento el hombre grande que parecía un ogro, el que seguía a su mamá con la mirada, comenzó a hacerles señas desde la ribera. «¡Entrégamelo!», le exigía.

De golpe sintió que se lo arrancaban del pecho de su mamá. El ogro que se había metido al agua con ellos, con sus brazos rudos lo levantó del cabello hasta hacerlo llorar. Le rogó a su mamita que no dejara que el ogro se lo llevara, pero ella no le escuchó; batallaba contra la corriente.

De lo que pasó después, recuerda poco. Tiene muchas pesadillas. Al fin despierta del todo en un lugar tranquilo. Mira alrededor suyo buscando a su mamá, pero ella no está. Con alivio ve que tampoco está el ogro. Cierra los ojos pensando que sigue soñando. Al abrirlos de nuevo, ve frente a él a una mujer extraña. Ella lo confunde porque es ruda con él. Y le pide que le diga «tía». No quiere hacerlo. No es como su tía Dora, la amiga de su mamá.

Cuando pasan muchos días sin ver llegar a su mamita, la añora tanto, ha llorado tanto por ella, que se rinde. La garganta la tiene áspera y los ojos enrojecidos. Deja que la nueva tía le dé de comer y lo vista sin chistar.

Le tiene miedo. Si lloriquea ella lo pellizca en las piernas. Así que ya no llora. O por lo menos no delante de ella. Sabe que le llegarán nuevos coscorrones. Ha encontrado una manera secreta de llorar sin que nadie lo escuche. Abre la boca sin ningún sonido y deja que los lagrimones le corran por el cuello y le empapen la camisa.

Oye llegar gente por la puerta de la calle. Reconoce la voz ruda de la amiga de la señora que lo cuida. Ella le repele. Huele mal; le sale humo de la nariz y de la boca. Ojalá que hoy no entre a su cuarto a mirarlo como a veces lo hace. El ronroneo de voces de quienes llegan a la casa comienza a adormecerlo. La cabeza le pesa. Trata de mirar por última vez por la ventana para ver si también ha llegado su mamá, pero los ojos se le cierran. Se queda dormido.

Al despertar la casa está oscura y silenciosa. Comparte la cama con la nueva tía. Las sábanas son ásperas, no suaves como las de su camita, o la de su mamá al acurrucarse junto a ella. No huelen a su mamita sino a la nueva tía. Estira la mano y la siente a ella junto a él. Se queda quieto; escucha que comienza a roncar.

YOALI

Hace tres años murió mi abuelita. Fue el mismo año en que Guayo pasó por Quesería y me enamoró. Después, nada fue igual para mí. No solo porque él dejara de quererme, sino por algo mucho más doloroso. Me cuesta hablar de lo que me produce tanto sufrimiento… el día que me robaron a mi pequeño, mi angelito querido. Mi Elisito.

No puedo dejar de pensar en él, en dónde estará, si alguien lo estará cuidando bien, si se acordará de mí porque cada mes que transcurre, sé que es otro de olvido. Si lo llego a encontrar quizás ya piense que es otra su madre y no yo, la que lo sacó de sus entrañas y le dio de su propia leche.

Ese año en que pasó Guayo por Quesería, mi vida no era perfecta, pero tampoco era triste porque yo aún subsistía de los sueños. Tenía la ilusión de que, si partía al Norte como muchos en Quesería que se vanagloriaban de sus parientes norteños, mostrando fotos de sus lindas ropas y sus coches elegantes, me iría mucho mejor. Yo también podría vestir de jeans último modelo, escuchar música o ver videos en aparatos electrónicos modernos, cosas que nosotros no teníamos.

Mi tía Adela, la hermana de mi papá, vive en el Norte en un pueblo llamado Amapola. Ella y el tío Cuaute tienen una tiendita pegada a la frontera. Durante años supimos cómo vivían gracias a sus cartas y las fotos que nos mandaban de su casa, de su tienda y de mis dos primos, Casio y Nacho.

Los tíos siempre hicieron todo lo posible por ayudarnos. Una vez tía Adela mandó dinero de más para que pusiéramos una línea de internet. Decía que así estaríamos siempre conectados, que sería un gran negocio pues podríamos cobrarles a nuestros vecinos por su uso. Estábamos por partir a la ciudad a comprar el teléfono y la computadora, cuando mi abuelita cayó enferma; tuvimos que llevarla de emergencia al hospital. Apenas nos alcanzó el dinero para eso.

En esa época éramos cuatro personas en mi casa: yo, Eliseo, que es mi papá, Quena, mi mamá, y la Güerita, mi abuela. Pero antes de las tragedias éramos más.

Cuando yo tenía cinco años, mis hermanitos mellizos, en un descuido, cayeron al pozo que está a la salida de nuestro pueblo y se ahogaron. Mi mamá enloqueció por un tiempo. Solo un par de años antes había perdido a su primer hijo, de quien en mi pueblo dicen que es el hijo del amor. Mi hermanito tenía solo un año.

Según cuentan, cayó enfermo y mi mamá no encontró un médico que lo atendiera. El del pueblo —que en realidad no era doctor, sino solo practicante— estaba borracho, tan ebrio, que cuando llegó mi papá a buscarlo no pudo siquiera levantar la cabeza del colchón.

Mi mamá corrió en busca del doctor de los ricos para pedirle que salvara a su hijo. Golpeó a su puerta muchas veces. Cuando el criado al fin le abrió, fue solo para decirle que no podría hacerla pasar ni llamar a su patrón. Que había una cena importante en la casa. Ella cayó de rodillas y, sollozando, le rogó que la ayudara. Él se compadeció y fue a hablarle a su patrón. Pero él no se conmovió y mandó decir que otro día. Mi mamá nunca pudo olvidarse de eso como tampoco perdonarlo.

Mientras que en otras casas de Quesería sobraban los niños y sentíamos flotar sus risas por las rendijas de las ventanas, en la mía reinaba el silencio. Hasta ese momento mis padres no me habían puesto mucha atención porque los gemelos, que eran varones —y eso es lo que más importa en mi pueblo—, acaparaban todo su amor. Solo mi abuelita me quiso desde el comienzo y siempre.

Fui educada en el convento de Quesería. No porque fuera rica como otras nenas de la escuela, sino porque mi papá era quien les arreglaba todo a las monjitas: reparaba las cañerías, cortaba las flores, pintaba las salas y hasta el cuarto donde dormían.

Al enterarse de la tragedia de los gemelos, las monjitas se conmovieron: le dijeron a mi papá que me llevara a la escuela, que ellas me transformarían en una niña buena que llenaría de orgullo a mi familia.

Y así fui por mucho tiempo: una nena buena. La madre Asunción decía que con el tiempo yo brillaría por mi linda voz y mis buenos modales. Al comienzo me fue difícil asistir a esa escuela con niñas ricas. Me menospreciaban, sobre todo la niña más rica del pueblo, Dora.

No conocí a Dora en la escuela, sino en su casa. Su padre, dueño de la finca más grande de la zona, había contratado a mi papá como pintor. Él me pidió que lo acompañara. Mientras lo esperaba en el jardín, pude espiar a Dora por la ventana sin que ella me viera; se probaba vestido tras vestido frente a su espejo con marco de bronce. Vi cómo hacía piruetas, como si estuviera bailando con algún novio que tendría por derecho, por ser hija de su padre.

No sentí envidia de Dora porque para mí era como una princesa de uno de los cuentos de hadas que me contaba mi abuelita. Fue cuando llegué a la escuela que comenzamos a tener rivalidad. Y es que mucha gente de Quesería decía que yo era la niña más hermosa del pueblo. Y la que cantaba más bonito en el coro. Eso a Dora no le gustaba. Pensaba que los piropos le correspondían a ella.

Tristemente, en parte nuestra amistad se debió a que su padre tuvo percances en los negocios. Habíamos tenido tres años de sequía inclemente. Por mucho que el padre de Dora tratara de salvar sus tierras, al final lo perdió todo. Eso ocurrió en el último año en que estuvimos juntas en la escuela. Dora nunca quiso hablar mucho de eso, pero la tragedia la cambió. Se puso más triste y pensativa, sobre todo cuando se vendió todo lo suyo, incluso su linda casa, y tuvo que irse a vivir a otro lugar.

Y eso no fue lo peor. Al poco tiempo, el papá de Dora murió. La gente del pueblo dice que fue por causa de la tristeza y la desesperación. Que su corazón no pudo con tanta humillación al pasar de ser el hombre más rico del pueblo a uno de los más pobres.

Pero sirvió para que Dora y yo nos hiciéramos amigas del alma. No hay nada como el dolor y la pobreza para unir a la gente. Si antes habíamos sido amigas, después no había quien nos separara. En esa misma época ella conoció al que llegaría a ser su esposo, Juan Antonio, un hombre bueno que creo que la hizo feliz.

Desde que me fui de Quesería, he pensado mucho en Dora. No he tenido noticias de ella. A veces me pregunto si no habrá tenido nuevos sufrimientos. Si el tiempo la ha hecho cambiar. Si tal vez se haya puesto como otras mujeres del pueblo, que trabajan mucho y no tienen tiempo para soñar, cuyos cuerpos toman la forma de mangos y cuyas pisadas seductoras se tornan pesadas como las de los bueyes tirando de un arado. Espero que no sea así, pues quiero mucho a mi amiga.

A mí el sufrimiento no me ha cambiado el cuerpo ni la manera de caminar, gracias a Dios y a Nuestra Señora. No me siento guapa, aunque muchos varones me aseguran que lo soy. No les creo porque ellos piensan que con sus palabras pueden ganarse el cielo.

Pero sí he cambiado. Desde que perdí a mi niño soy diferente. Al mirarme al espejo, a veces no me reconozco. Mis ojos se han convertido en pozos profundos, tan hondos como el que se tragó a mis hermanitos gemelos. El sufrimiento me ha hecho ser más esbelta. Tengo la figura de algunas mujeres del Norte, las de piel blanca y ojos claros, que aun en la vejez mantienen la figura de una quinceañera.

Hay quienes dicen que yo les recuerdo a mi abuelita de joven. Ella se llamaba Charo, pero le decían la Güerita porque era de tez blanca, aunque su cabello era oscuro. Quedó viuda muy joven y solo tuvo a una hija, mi mamá. Siempre percibí en ella una gran tristeza, como la que tengo yo ahora. Sin embargo, esa tristeza jamás llegó a borrarle sus modales dulces ni su sonrisa cariñosa. Siempre tuvo tiempo para escucharme y quererme.

En cambio, las tragedias sí cambiaron a mi madre. La transformaron en un ser duro y juzgador. Todos los que la rodeaban caían víctima de sus críticas: los vecinos, sus parientes y, sobre todo, mi papá. Los medía a todos con una vara de perfección imposible de alcanzar.

Cuando mi mamá comenzaba a chismear, mi abuelita la escuchaba en silencio, mientras cosía con puntadas muy finas, casi siempre a la luz de una lámpara de gas, pues en Quesería los cortes de luz eran frecuentes. En los pocos momentos de silencio, mi abuelita volvía su atención hacia mí y se dedicaba a guiarme con palabras dulces y sabias.

La Güerita conoció todos mis sueños. Pero le atemorizaban. “Son ilusiones para gente rica, mi hija, me decía, “o gente del Norte”. No quería verme desilusionada ni que mis anhelos se vieran despedazados.

Mi mamá nunca se enteró de mis sueños. No se daba el tiempo para conocerlos. O de verdad no tenía el tiempo. Es cierto que ella era la que ponía el hombro para mantenernos a todos. Aunque mi papá pintaba y arreglaba casas, al final del día mataba su dolor en el bar del pueblo. Luego de lavar sus brochas y de refregarse las uñas llenas de pintura, dejaba al tequila la tarea de hacer desaparecer sus lágrimas. Mi mamá no necesitaba refregarse las uñas: sus manos llagadas habían estado sumergidas todo el día en cloro y agua caliente. Tenía las muñecas enrojecidas e hinchadas por el esfuerzo de estrujar ropas ajenas, aunque a veces eso era un desahogo para ella, sobre todo si en vez de camisas y pantalones, decía ella, imaginaba que lo que retorcía era el cuello de mi papá.

La ilusión de mi vida en ese entonces era saber que alguna vez iba a dejar Quesería atrás. A los catorce años me sentí lista para partir, a pesar de todos los consejos de mi abuelita. Pero en ese año en que mi abuelita murió, llegó Guayo a Quesería y mi destino tomó un camino diferente, uno que yo no nunca me hubiera podido imaginar.

FRANK

La verdad es que no me puedo quejar. Acá en Amapola, este pueblo de la frontera es bueno ser “azul” como le dicen aquí a la policía. Porque eso soy: policía. Hay problemas con el contrabando y las drogas, pero lo tenemos todo bajo control. O eso nos gusta pensar.

A Sergio, mi compañero de trabajo, y a mí, nos toca salir en la patrulla a recorrer las calles principales, así como los muchos callejones de este lugar, sobre todo de noche, cuando como cucarachas, las putas, los narcos y demás delincuentes salen a la calle. A algunos los detenemos y con otros hacemos arreglos. No es que nosotros actuemos fuera de la ley. Es más bien que en ciertas situaciones hacemos la vista gorda para mantener la tranquilidad y la paz.

Este es un pueblo de ilegales, de muchos mojados. Acá casi todo el mundo llega de paso y se va a otro lugar. Menos unos pocos, como yo y mis vecinos. Hay gente que tiene negocios y que ha vivido aquí por generaciones, o por lo menos, por muchas décadas. Esas personas ya no se ven a sí mismos como mojadas.

En la frontera pasan cosas trágicas. Los migrantes hacen cualquier cosa por llegar al Norte porque vienen de un mundo mucho peor, de pobreza y desesperanza. Los que llegan dan un paso hacia un nuevo destino: vienen ilusionados con que en Amapola las calles están pavimentadas de oro. Su fe en que aquí tendrán una mejor vida es lo que los lleva a arriesgarlo todo y pasar por cualquier sufrimiento en el cruce de la frontera, sobre todo del desierto, o de la selva.

Tengo veinticuatro años, que en otros lados es ser joven. Pero, aquí, no tanto. La gente echa a andar su vida a muy temprana edad. Muchos de mis amigos ya tienen familia. Pero yo prefiero estar soltero. Gozar mi libertad, ir adonde me plazca sin ataduras. Porque en mi trabajo ya tengo responsabilidad de sobra.

Sergio también es soltero. Hacemos muchas cosas juntos. Cuando no estamos de turno, practicamos tiro, levantamos pesas en el gimnasio o jugamos pool en el bar de Amapola. Por las noches, damos unas vueltas a mujeres, sobre todo a las que adoran a los policías. Nunca faltan. Esa es la verdad. Somos atractivos para las mujeres. Y eso nos complace.

Pero también me gusta estar solo. Cuando la pista se pone pesada, tengo un gran escape: la moto. Me subo a ella y me largo por los caminos perdidos entre Amapola y Cactus, el pueblo que sigue por la frontera. Me gusta la velocidad, sentir el aire que me zumba por las orejas, que no tenga que responder por nadie ni por nada. Que mi vida es mía y de nadie más. Puedo pensar mejor, tomar decisiones. Me siento libre.

Mi historia no es simple. Mi padre era gringo y mi mamá del otro lado de la frontera. Ella venía de una familia acomodada, por eso cuando sus padres supieron que se casaba con mi papá, un simple mecánico, le dieron la espalda.

Mis padres pelearon por ponerme nombre; al final ganó mi papá y por eso me llamo Frank. Decía que se me haría la vida más fácil con un nombre gringo. Tuve una infancia muy feliz, aunque no teníamos dinero. Pese a venir de culturas diferentes, mis padres se entendían bien. Solo a veces, es cierto, mi papá se enrabiaba con mi mamá cuando ella le platicaba en su idioma, lo que hacía cuando estaba emocionada o preocupada.

La felicidad no duró mucho. Tuve un par de años muy negros. Primero murió mi padre, y al poco tiempo mi mamá. Nunca entendí de qué fallecieron. Eran jóvenes. Nunca nadie me lo quiso contar. Eso me hace pensar que fue una enfermedad terrible, vergonzosa. Pero nunca lo sabré. En todo caso, yo soy sano y fuerte. Si no lo fuera nunca habría podido ser policía.

Viví un tiempo en un orfanato. Una época muy tenebrosa de mi vida. Ahí me hicieron saber que yo tenía algo indeseable. Que no soy ni de aquí ni de allá. Unos chavos se reían de mí por tener ojos claros, y otros, los del Norte, se burlaban diciendo que yo solo era un mojado como todos los del sur.

Sin embargo, el destino me tenía preparado algo mejor. Un día llegaron a adoptarme los que terminaron siendo mis verdaderos padres, Will y Grace. A Grace le gustaba decirme que se había enamorado de mis lindos ojos azules. Pero, claro…yo sé que no me adoptaron por eso. Will y Grace ya no están en este mundo… Me adoptaron cuando ya tenían sus años. Se puede decir que murieron de viejos. Así y todo, me cuesta hablar de eso. Y es que siento que en mi niñez me persiguió la muerte.

La buena noticia es que desde hace poco tiempo me he hecho de otra familia. Gente buena. Adela y Cuaute. Los Ramírez. Ellos son de un pueblo al sur de la frontera con un nombre raro que nunca recuerdo.

Hace veinte años que llegaron acá, sin tener dónde caerse muertos. Laboraron en las cosechas y se dedicaron a ahorrar. Tienen una casa y un buen negocio. Una tiendita. Qué más se puede pedir. Ahí me dejo caer cuando me canso de la moto, de los disparos y de las mujeres.

No falto nunca a sus comidas de los domingos. Adela se esmera con platos típicos del sur. Con Cuaute y otros amigos nos ponemos a conversar y a jugar dominó. Casi siempre me acompaña Sergio.

Jugamos él, yo, Cuaute y el padre Andrés, el cura de la iglesia de Santo Tomás. Cuando faltan jugadores se ponen a la mesa los sobrinos de los Ramírez, Casio y Nacho. Tomamos cerveza al son de la música chillona que le gusta a Cuaute. Al comienzo se me rallaban los dientes con las trompetas, pero me he acostumbrado. A veces hasta siento que me ha comenzado a gustar.

Las mujeres no juegan. Se quedan en la cocina lavando platos y platicando. La mejor amiga de Adela es Lucy, la pastora de la iglesia protestante de Amapola. Es curioso que sean tan amigas, pues Adela es de misa y rosario diarios y firme creyente de la Virgen. A primera vista uno pensaría que sus creencias diferentes las mantendrían alejadas, pero comparten algo importante: la bondad.

Ambas aceptan algo que se supone que yo no debería pasar por alto como policía: alojar en su casa, o, en el caso de Lucy, en su iglesia a migrantes que llegan al pueblo sin papeles. Pero, bueno, si acepto otras irregularidades en Amapola, entonces, ¿por qué no aceptar lo que hacen mis amigos de buen corazón?

Los migrantes que llegan a la casa de los Ramírez están medio locos. Lo que sufren al cruzar la frontera los deja chiflados. Así apareció Yoali, la sobrina de Adela. Lleva un tiempo en Amapola viviendo con ellos. Llegó tan mal, que yo la verdad es que la habría internado en un asilo. Pero ellos se negaron. Por experiencia sabían que esa locura no le duraría para siempre. Han visto llegar a muchas mujeres que, con el tiempo, se reponen lo suficiente como para retomar su vida.

Yoali casi no sale de su recámara. La veo solo a la hora de comer, cuando se sienta a la mesa con la mirada triste y perdida. Adela me comentó que su historia es terrible. No quise preguntar más detalles por no ser indiscreto, pero tengo curiosidad por saberla. Adela tiene plena fe en ella e insiste en que se recuperará de sus traumas.

No puedo mentir. Encuentro atractiva a Yoali. Y eso que está flaca como palo y con ojeras que le llegan a las rodillas. Tiene que haber sido toda una belleza. Pero debo tener cuidado. No me acerco mucho a ella. Es peligrosa, digo, por lo guapa. ¿Quién quiere meterse con una mujer loca? Traería demasiados problemas. Mejor no enredarse.

Los Ramírez la están cuidando. Lucy, la pastora, también. La he visto los domingos entrando en su recámara a platicar a solas con ella. Y el padre Andrés la bendice a cada rato, haciéndole crucecitas en la frente con su dedo pulgar. Adela le prepara platillos especiales. Cuaute la mira con compasión. Casio y Nacho parecen estar perdidamente enamorados de ella. No le quitan los ojos de encima. Ella no se fija en ellos, o se hace la que no los ve. La casa entera quiere ayudarla, salvarla de sus males. Está en buenas manos. Todo bajo control. Suerte con eso. Yo seguiré alejado. Quiero mantenerme así, con mi existencia sencilla. Así se está mejor.

DORA

Debo confesar que siempre quise ser como Yoali. Quien se hubiera imaginado que la niña más rica de Quesería le tuviera celos a la hija del hombre más pobre del pueblo. Pero había motivo para mis celos. En el coro, cuando le tocaba cantar un solo a Yoali, y veía a las otras muchachas mirarla embobadas por su voz angelical, me llenaba de ira. Me daban ganas de humillarla, herirla o incluso matarla. ¿Por qué no me miraban así cuando yo cantaba?

La madre Misericordia, superiora de nuestro convento, me hizo ver que mis sentimientos eran poco nobles. No tuvo remilgos.

—Hija, ¿cómo puedes sentir tanto resentimiento por alguien que tiene tan poco cuando tú lo tienes todo?

Sus palabras me hicieron recapacitar. En los meses siguientes, cambié y Yoali y yo comenzamos a hacernos amigas. No fue fácil mi transformación, pues en mi casa me habían malcriado. Mi papá me decía «mi princesita» y exigía que todos sus empleados me trataran con la mayor deferencia. Mi nana me repetía que yo era la nena más bella de la Tierra. Y así lo creía. Si mi mamá hubiera tenido vida, seguro que habría dicho lo mismo. Pero esa crianza me preparó mal para lo que venía.

Al fallar las cosechas y endeudarse la finca, perdimos todo; casi no sobrevivimos. No es sencillo pasar de princesa a indigente de un día para otro. Cuando uno ve desaparecer lo que atesora, no queda más que poner de lado el orgullo. El día del remate, llegó gente de toda la comarca a comprar la casa y los campos que la rodeaban; caímos en un profundo estupor y sensación de irrealidad.

Adelantándome al martillero, fui a despedirme de mis animales. En el granero, me aguardaban mis vacas. Viéndome reflejada en sus pupilas enmarcadas por largas pestañas, repetí sus nombres por última vez: Juanita, Gordita, Pecosa y Mañosa. Le di a cada una la última palmadita en el trasero. Al llegar con la Velocita, mi yegua, esta me hurgó la mano buscando la zanahoria que de costumbre le traía de regalo. Acariciándole la melena, me le acerqué para restregar mi mejilla contra la suya. Le di un beso en la nariz y salí rápidamente. Ya no la vería nunca más.

Regalamos los perros a familias que sabíamos que los querrían tanto como nosotros. Solo nos quedamos con Xol y Xombra, los dos labradores. Nos acompañarían en nuestro nuevo hogar, la casa de unos parientes en el pueblo.

De la noche a la mañana, mi padre y yo nos quedamos sin nada ni nadie. La bella casa rodeada de árboles, los frutales, la lechería, herencia de mi bisabuelo, los muebles tan finos y hasta la ropa, todo fue comprado por gente venida desde lejos.

Pensé que nada podía ser peor. Pero la mala fortuna siempre viene acompañada. Al mes murió mi papá. No pudo reponerse de la pérdida y la humillación. Partió a una mejor vida y quizás, dentro de todo, sufrió menos así, aunque a mí me produjera una tristeza mucho mayor.

Después del funeral, al cual llegó solamente un puñado de amigos, me mudé con mi nana, quien se había comprado, con el ahorro de largos años de trabajo, una casita en las afueras. No hubo mucho que trasladar, solo algunas prendas de vestir. Ahí comenzó mi proceso de transformación, de sanar de las pérdidas. Me salvó el amor de mi nana. Sin ella pronto habría seguido a mi padre al sepulcro.

No fue fácil. Lo peor fue encontrarme con conocidos, gente que me había adulado en mi época de niña rica y que ahora, al verme en la calle, volteaba la cara para no tener que saludarme. Muchas de mis compañeras del convento también me trataron con desdén. Yo ya no tenía nada que ofrecerles. No podían aprovecharse de mi amistad.

Pero Yoali estuvo a mi lado. A pesar de mi mezquindad, fue la primera en acercarse para darme un gran abrazo de condolencia. Fue el acto que selló nuestra profunda amistad. Ninguna de las dos tenía nada que perder. Solo podíamos ofrecernos verdadero cariño.

No toda mi historia es triste. Al contrario, supe ser feliz. Conocí a mi marido, Juan Antonio. Si hubiera sido la niña más rica del pueblo, a mi papá le habría parecido un mal partido. Nos casamos sin demora. No había razón para esperar. No tenemos ni fortuna ni bienes. Pero poseemos lo más importante: amor. Y no pasa un día en que no aprecie su enorme bondad.

Desde entonces ha transcurrido un buen tiempo. Ahora que tengo a Juan Antonio y a mis tres bellas hijitas a mi lado, me he puesto a pensar en Yoali, en tratar de imaginar si logró su sueño de convertirse en una cantante de fama y fortuna en el Norte, si es que ahí está.

Nosotros vivimos en las afueras de Quesería, así que tampoco veo a mis antiguas compañeras de escuela como para preguntarles. Al viajar al pueblo dos veces por mes, lo hago lo más rápido posible pues casi siempre voy con mis tres niñas, una de ellas todavía una bebé de meses. Pero creo que en estos días viajaré sola a visitar a la madre Misericordia. Muchas de nuestras profesoras han abandonado el convento o se han quedado ahí por ser demasiado ancianas para salir al mundo. Quizás la madre haya tenido noticias de Yoali.

SERGIO

No creo en eso de escudriñar el pasado. Creo en el aquí y el ahora. En hacerse uno el camino en la vida. A veces hay que transar para sobrevivir y, sobre todo, para ganar y tener éxito. Para mí, eso es lo más importante. Mi meta es llegar a ser rico como sea.

Claro, ahora soy policía. Pero tengo solo veintitrés años, recién cumplidos. Me sobra tiempo para llegar a mi meta. Si uno se propone el éxito, lo logra, más cuando se es astuto y bueno para conectarse con la gente con dinero y poder.

Sé lo que es vivir para sobrevivir. Mis padres eran pobres. No hay una palabra mejor para describir nuestra condición de vida. Los únicos sin dinero de la familia. «Los parientes pobres», como dice la gente riéndose. Suena divertido, pero no lo es cuando uno es el pariente al que le toca recibir la ropita usada de los primos ricos.

Mi madre limpiaba casas de día y oficinas de noche. Llegaba agotada. Mi padre, aunque era un hombre educado —pues terminó la secundaria—, nunca pudo conseguir un trabajo a la altura de sus conocimientos. Los ladrillos lo salvaron. Aprendió albañilería con un amigo. Así se ganó el pan durante toda la vida. Creo que lo que más le perjudicó fue no poder aprender el pinche idioma del Norte. Era inteligente, pero tenía mal oído. A veces me pregunto cómo habría sido nuestra vida si mis padres se hubieran quedado en el sur. La gente cree que con solo cruzar la frontera tendrá éxito. No es así. El Norte ofrece oportunidades solo a los que se integran a esta sociedad.

Mi vida será diferente. Voy a triunfar. Lo haré como pinche sea. Ándale, no soy quisquilloso. No me importa cómo lograr el éxito. Usaré todos los medios que sean necesarios. Híjole, si hay que transar, transaré. Y si hay que torcer las leyes para salir adelante, lo haré.

Mi socio en el servicio policial se llama Frank. Patrullamos juntos. Tenemos el mismo trabajo, pero somos polos opuestos. Frank es ingenuo, soñador. Se cree el muy macho porque monta una moto; para mi gusto es demasiado sensible y tiene la cabeza en las nubes. A veces me burlo un poco de él. Como es buen cuate, no lo toma mal. Se ríe de mis bromas.

Frank y yo nos dejamos caer en la casa de unos amigos. Los Ramírez. Los domingos nos esperan a comer. Ni siguiera necesitan invitarnos. Somos como parte de la familia.

Adela cocina bien y Cuaute es un tipo bonachón que nos entretiene con sus historias sobre la época en que él y Adela recién habían cruzado la frontera y se enamoraron debajo de un cerezo.

Llegan otros invitados muy dispares. Un cura mayor llamado Andrés, a quien le gusta que le sirvan una copa de vino de la botella que él trae de regalo. Y Lucy, una pastora protestante gringa. Nada más diferente que el uno del otro. Pero intercambian chismes, se ríen mucho juntos. Si no fuera porque son viejos, podría pensar mal.

Cuando terminamos de comer, los hombres nos ponemos a jugar dominó. Sería aburrido si no fuera que con el alcohol al cura se le suelta la lengua. Se pone a chacharear de sus feligreses, cuidando de no nombrar a nadie. Se le escapan datos que me sirven para llevar adelante mis negocios privados. El otro día se le salió que, a un par de piratas, esos que traen cargamentos de lo bueno, los habían detenido en la frontera, con la carga intacta. No fue difícil colocarle las manos encima y venderlo a buen precio. Nunca faltan las pinche oportunidades como esas. Cuando me ofrecen lana para pasar un par de bultos por la frontera, nunca digo que no. Todo pasa. No estoy hablando de grandes cantidades ni de sumas millonarias. Poca cosa. Aunque eso ayuda, porque a los policías como yo nos pagan una pinche miseria.

Una novedad de la casa de los Ramírez es la chava llamada Yoali. Llegó hace poco, más muerta que viva, pero sin duda que tiene remedio. Con unas libras más tendría unas buenas nalgas. Me parece presa fácil. No por ahora, porque no se deja ver. Sale a comer y se va corriendo de vuelta a su recámara.

El otro día probé las aguas. Vi que su puerta estaba entreabierta y le di un pequeño empujón para abrirla más. Me asomé un poco para invitarla a tomarse unas chelas. La idea era empezar a pavimentar el camino para llegar a su corazón… y de ahí, bueno adonde quiere llegar todo macho. Pero me trató a las pinches patadas. Me miró, con sus ojos color miel, como si yo fuera el mismo diablo. Por poco me escupe en la cara. Chíngale, debe ser marimacha. O le corren hormonas masculinas por las venas. Porque yo les gusto a las mujeres. No, rectifico. Las mujeres me aman. Sé cómo complacerlas en la cama, hacerlas gritar de placer.

No me faltan las amigas con ventaja. En el pueblo tengo a más de una. Es bueno tener a varias a la vez porque así uno no se engancha con ninguna. Es mi manera de mantener mi vida sin ataduras. La verdad es que de las que tengo, todas me gustan, por una u otra cosa. Incluso, cuando estoy teniendo sexo con una, pienso en la otra. Me da risa esa situación. Ocurre a menudo que la amiga de turno me pregunta por qué tengo una sonrisa tan misteriosa en los labios. ¡Si supiera! Así que una mujer así, como esa flaca, esa Yoali, órale, tiene que ser dada vuelta al revés.

Hoy iré a visitar a Magda. La amiga que más sabe darle gustos a un hombre en la cama y hacerlo reír fuera de ella. Es lo que necesito hoy, una buena revolcada y una risotada que me hagan pasar el mal rato con esa loca de la casa de los Ramírez.

YOALI

Dora y yo solíamos escaparnos del convento durante la hora en que la madre Asunción daba clase de punto de cruz. Las monjitas decían que el bordado servía para despejarnos la mente de los malos pensamientos. Mientras bordábamos pañuelitos y baberos, la madre aprovechaba para leernos cuentos de cristianas valientes.

Por separado, Dora y yo pedíamos permiso para ir al baño y nos fugábamos por la puerta del convento que da a la iglesia. Después salíamos a la calle y corríamos por el camino del bosque hasta llegar a la caída de agua en las afueras del pueblo. La caverna que se formaba debajo de la catarata era el lugar perfecto para platicar sin interrupciones. Hablábamos de nuestras vidas, de nuestros sueños. Descubrimos que el desprecio que antes creíamos tener la una por la otra no era más que una secreta admiración y el deseo de ser amigas.

Luego de nadar desnudas en la poza al pie de la cascada, nos tendíamos sobre las rocas para tomar el sol. Descubrimos que también era el sitio ideal para practicar el canto, pues nuestras voces armonizaban con el rugido de la cascada. Al comienzo cantábamos himnos aprendidos en el coro, pero pronto pasamos a ensayar canciones populares que escuchábamos en la radio. Dora se cansaba pronto y me pedía que siguiera sola. «Me encanta tu voz, Yoali. Es curioso cómo el sonido de la cascada te hace coro».

Practicaba mis notas más altas con la vista levantada al cielo, cuando vi por primera vez al forastero que nos observaba desde lejos medio escondido entre las ramas de los árboles.

Mi reacción no fue típica. En vez de avisarle a Dora que había visto a un afuerino espiándonos, guardé silencio. Quería primero saber quién era el varón extraño y qué hacía ahí. Al poco rato, viendo que yo lo observaba sin delatarlo, salió de su escondite y se apoyó en un árbol osadamente. Era muy guapo. Más que ningún hombre que yo hubiera conocido antes. Sus ojos se posaron en mí. Recordé que estaba desnuda, pero no me avergoncé. Por el contrario, un calor extraño me subió de la barriga al pecho y luego al cuello. El corazón me comenzó a latir con fuerza. Tenía miedo y curiosidad a la vez. No entendía qué me estaba pasando. Pero era algo nuevo, perturbador. Por intuición, supe que era algo prohibido. Comprendí sin que nadie me explicara, que de esto nos platicaban las monjas al advertirnos sobre los malos pensamientos.

Dora se salió del agua y se sentó a mi lado. Me comenzó a conversar de no sé qué, inocente de todo lo que pasaba por mi cabeza y mi ser. Me contaba con nostalgia lo lindo que había sido su papá, el dueño de toda la comarca. Recordaba sus días de niña rica, cuando todo el mundo le rendía pleitesía.

Aunque le daba a entender a Dora que la estaba escuchando, en realidad seguía pendiente del forastero. Un delgado hilo invisible me llevaba hacia él como si yo fuera una marioneta sin voluntad propia. Me levanté de la roca, me metí en la poza, comencé a mojarme los pechos, el vientre y la cara. Sin ver su reacción, intuí que él seguía los movimientos de mis manos. Salí del río y caminé hacia la roca en la que había tendido la ropa. Dora me siguió y comenzó a vestirse con rapidez, como siempre lo hace. Con la pequeña toalla que había traído, me sequé lentamente los brazos, las piernas y el pecho con movimientos sensuales. Había perdido todo pudor. Fue como si ese hombre se hubiera adueñado de mi cuerpo. Dora se impacientó.

—¡Ándale, Yoali! Date prisa. Llegaremos tarde a nuestras casas.

Dudé de que mis padres se preocuparan. No me tocaba barrer el patio, echar las tortillas ni ayudar a mi abuelita a ponerse la ropa de cama hasta en la tarde. Lentamente, me peiné el cabello mojado con los dedos. Cuando comencé a amarrármelo, Dora, impaciente, se puso la mochila al hombro.

—¡Órale! No sé qué te pasa hoy, Yoali. Estás rara. Pareces un robot. Perdona que me vaya. Mejor nos encontramos mañana en la escuela.

En cuanto Dora tomó camino y se perdió de vista, el forastero apareció de la nada. No me saludó. Solo nos miramos. Fue como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo. Era alto y fuerte, de cabellos oscuros y revueltos. Sentí que su mirada me quemaba. Era un calor agradable, excitante. Sus pupilas eran dos brasas ardientes. Dio unos pasos hacia mí y me tocó la cara con la punta de los dedos; eran cálidos, suaves, excitantes.

—Quiero que seamos amigos —me susurró—. ¿Puedes quedarte?

Le dije en pocas palabras que podía traerme problemas que me vieran con él por ser fuereño.

—Tienes razón —aceptó—. Mejor que no le digas a nadie que me conociste. ¿Por qué no te escapas más tarde, cuando ya nadie note tu ausencia?

Debí haberle dicho que no, haberme alejado, haberme ido a mi casa tranquilamente. Cómo habría sido diferente mi vida. Pero no lo pude resistir. Tenía que encontrarme con él. Su mirada me hechizaba, era irresistible.

Le dije a mi mamá que había olvidado algunos útiles escolares en casa de Dora. Estaba loca por regresar junto a él. Me miré en el espejo. Tenía los ojos brillantes y las mejillas sonrojadas. Si mis padres me veían antes de salir, sospecharían de mí. Partí mientras se hallaban ocupados. No me vieron. El sol estaba bajo en el cielo cuando llegué al lugar, un claro de bosque cerca del pozo donde se habían ahogado mis hermanos gemelos.

Me había dicho su nombre. Guayo. Camino al encuentro lo repetí muchas veces: Guayo, Guayo…

Me esperaba con un par de cervezas y una manta que había comprado en el pueblo para que pudiéramos conversar cómodamente. La tendió bajo los árboles y, con un gesto de la mano, me invitó a sentarme. A lo lejos, se escuchaba el sonido de la cascada, entremezclado con el canto de grillos y pájaros. Fue un atardecer de nubes grises y rojas. Salieron las estrellas y la luna, plena y luminosa por encima de la montaña. Dicen los adivinos que la luna es la que decide nuestras vidas y de ser así, esa luna fue la que selló mi camino.

Primero me abrazó y comenzó a acariciarme con ternura el cabello, el rostro. Luego empezó a besarme suavemente. Instantes después, con más fuerza. Con Guayo fue mi primer beso de verdad, un beso que en solo segundos me hizo sentir otra, lánguida y dispuesta a cualquier cosa, lo que fuera con tal de que me siguiera acariciando, enseñándome cosas nuevas y prohibidas. Comenzó la locura de hacer lo que él me pidiera. Quería que sus manos y labios palparan las partes más íntimas de mi cuerpo y sentirlo dentro de mí, que me poseyera. Sus palabras eran como la miel: suaves y dulces. Entre un acto y otro me envolvía en sus brazos y me susurraba al oído promesas de amor y de pasión. Me sentí la mujer más bella, deseada, anhelada del mundo.

En las siguientes noches caímos en el ritmo de las olas del lago Ixchel, acercándonos y alejándonos, flotando y luego cayendo en las aguas más profundas del ser. Perdí toda conciencia de quién era, dónde estaba. Pensé que a él le pasaba lo mismo. Al séptimo día, me explicó que debía volver al trabajo y que tenía que partir, pero que pronto regresaría. Que lo esperara porque no se olvidaría de mí. Que yo era su mujer y que me cuidara de otros hombres porque, de ahora en adelante, yo era enteramente de él y de nadie más. Le creí todo. Me despedí de él llena de ilusión, embelesada, enamorada. Viví en un mundo mágico, imaginando juntos nuestra vida futura, la boda, nuestra casa y los hijos que llegarían, hasta nuestra vejez en la que, como ahora, nos seguiríamos amando. La única que notó mi distracción fue mi abuelita, que me preguntó varias veces qué me pasaba. Estaba tan inmersa en mi felicidad, que no quería que nada la interrumpiera.

Pasaron los días sin que yo llevara la cuenta del tiempo. Una tarde, mientras echaba tortillas, miré por la ventana para ver el volcán. El sol se ponía y comenzaban a cantar los gallos. El cielo estaba gris. De un momento a otro, como si saliera del cráter, se asomó la luna, llena y radiante. Guayo no había regresado. Tres semanas desde su partida, cuatro desde que nos conocimos. Recordé mi primer día con él. Había luna llena. Me inquieté por su tardanza. ¿Por qué no llegaba? ¿Cómo él podía vivir sin mí? Estaba desesperada por verlo. «Claro, tuvo que alargar su viaje», me dije. Seguí esperanzada, pero sin la felicidad de antes. Una sombra de inseguridad comenzó a envolverme. Para la segunda luna llena, que llegó escondiéndose entre nubes de tormenta, ya no me quedó ninguna duda: Guayo no volvería. Me había engañado. No me había dejado solo a mí, sino también a su hijo, el hijo de ambos que crecía dentro de mi vientre.

GUAYO

A mí solo me gustan las mujeres chichonas. Para qué negarlo. No veo para qué sirve una mujer sin esa pinche gracia. Ha habido una sola excepción, la flaca, la que se llama Yoali. Confieso que me gustó. No era frondosa, pero algo tenía. Y caí bajo su encanto. Dicen que ella visitó a la curandera de ese pueblo maldito de Quesería y que por eso me embrujó. Pero parece que la vieja tenía menos poder de lo que pensaba porque mi calentura por Yoali duró poco.

Ándale, el día que escuché su voz a lo lejos y luego de verla por primera vez junto a la caída de agua, no puedo negar que esa mujer me enloqueció. Fue como si me estuviera jalando de hilos mágicos. No solo su voz me sedujo. Hubo algo más que no logro entender. Estuve atrapado un buen tiempo. Pero ya no lo estoy. Me libré de ese pinche mal. ¡Ah, que la chingada! Cuando recuerdo esa época no me reconozco, es como si le hubiera ocurrido a otra persona, en un sueño o más bien en una pesadilla. Lo que quebró su hechizo fue algo que ningún macho puede aguantar: ¡el engaño! ¡Chinga tu madre! La zorra sí que me hizo cabrón.

Me demoré más de lo previsto en mis viajes de negocios, y cuando regresé a Quesería me topé con la noticia de que la pinche puta había tenido un plebe. Lo primero que noté fue que en la cantina nadie me quería mirar a los ojos. Todos se burlaban de mí. En tiempos de mi abuelo, la solución hubiera sido rápida y fácil: dos pinches balas en la frente a ella y su pendejo crío. Así fue con mi abuela cuando le fue infiel a mi abuelo. Nadie dudó que se lo merecía. Ni las autoridades. Fue una cosa de honor poner fin a su vida. Pero hoy no es tan fácil, pues. Las autoridades piden demasiado para hacerse güeyes. Y Yoali, carajo, no era mi esposa, aunque yo la miraba como si lo fuera. Me hubiera salido demasiado caro pagarles a las autoridades para salir libre.

Lo peor fue al regresar a Quesería y verla caminar por la calle con el crío ajeno. Se me subió la sangre a la cabeza. Pero decidí chequear al plebe antes de enrabiarme para ver si podía ser mío.

Me saludó con una gran sonrisa. Me dijo que el chiquillo era mi hijo, pero al instante supe la verdad. Era güero. Ni en mil años podía ser de mi semilla. Me comenzaron a temblar las manos, así que me las metí en los bolsillos. Con furia, quise pegarle un tiro. Y al pendejo del morro torcerle el cuello como si fuera un pollo. Me aguanté. Me costó, pero le sonreí. Su traición y su mentira sirvieron para cortar de un solo tijeretazo el embrujo que me amarraba a ella. Matarlos a los dos no hubiera bastado para devolverme el honor perdido. Tenía que ser algo mucho peor. Sentí que la sangre, fría como hielo, me volvía a las venas. La venganza la dejé para después.

Comencé a planear lo que haría. Esa misma noche lo tuve claro. La castigaría con lo que más le doliera: su pinche hijo. Eso es siempre lo que le duele más a una hembra, lo que puede volverla loca. Pasó por mi mente buscar al que me había hecho pendejo, pero dejé de lado la idea. Algún día lo buscaré y le contaré las maldades que hice con su pinche semilla. Por ahora me concentraré en vengarme de ella. Todo lo demás puede esperar.

Me costó mucho hacerme el simpático para que me creyera que aun la quería, que le ayudaría con su sueño de siempre, salir de Quesería y llegar al Norte; que conmigo encontraría un buen trabajo, que su hijo tendría una vida mejor.

El día de la cruzada del río todo ocurrió tal como lo había planeado. Cuando la corriente comenzó a llevársela a ella y al plebe río abajo, y el crío a hundirse, lo agarré. Al llegar ella a la rivera, el plebe ya se encontraba lejos. Nadie más vio lo ocurrido. ¿Quién iba a poner atención mientras atravesaba las aguas?

«El río se lo llevó», fue todo lo que le dije.

Observé con frialdad cómo recibía la noticia, cómo al principio ella negaba la posibilidad, pero luego buscaba a su plebe río arriba y río abajo, llamándolo una y otra vez. Con deleite escuché sus gritos estridentes, sus lamentos, sus rodillas al caer sobre la tierra seca del desierto y su clamor a Dios y la Virgen. Cuando los demás la arrastraron hacia el jeep, ya había perdido el sentido.

Al llegar al Norte se la entregué a uno de los muchachos, el Malasangre. Le encantan las nenas jóvenes. Me contaron que la tuvo cautiva más tiempo que lo habitual. Supe que, al aburrirse de ella, la abandonó. Según los rumores, está loca de remate.

La primera parte de mi venganza se cumplió; ahora queda algo quizá más importante. ¡Lo que tengo planeado para el plebe! No pienso dañarlo. Es un producto valioso. Pronto comenzará una nueva vida en el Norte. Por el momento el crío está en transición. Después de los exámenes médicos que exigió nuestro jefe, se lo pasé a mi socia. Ella lo está engordando, pues llegó muy flaco y desmejorado. Es importante que para el momento de entrega al cliente esté en óptimo estado físico. Me complace que hasta ahora hayan salido las cosas a toda madre.

ADELA

Siempre estuvimos preocupados por mi hermana Quena y su familia porque vivían en el sur. No es que nuestra vida acá, en Amapola, sea fácil. Ni modo. Cuaute y yo llegamos acá muy jóvenes y desde el comienzo tuvimos que darle muy duro para subsistir. Parecíamos abejas buscando el néctar para vivir. Solo que las abejas viven juntas en el panal, ayudándose unas a otras y todas igualitas. Nosotros estábamos solos.

El mundo era hostil. Los güeros nos llamaban ilegales, mojados, indocumentados y otras cosas peores. Me cuesta decirlo por lo doloroso, pero la verdad es que nos consideraban menos que los perros de su casa.