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¿Acaso piensas que ocultar lo sucedido significa que los eventos no han pasado? Pues alguien no lo piensa de esa forma. Un reportero, periodista ya retirado, saca a relucir sus mejores documentos, casos no publicados, en el periódico El Regional del año 1887. Acompañado por su mejor amiga, un detective inglés de la policía de Scotland Yard y un forense de la policía nacional, juntos les darán explicación a los crímenes y los sucesos que parecieran escaparse de la lógica y el sentido común. En cada relato, los personajes se enfrentarán a oscuros secretos y peligros que amenazan con sumergirlos en las sombras. Cada historia teje una red de suspenso y emoción, llevando a los lectores por un laberinto de intriga y revelaciones. ¿Podrán Saimon Grimm y su equipo descubrir la verdad detrás de cada misterio? Esta antología promete una lectura absorbente, donde los límites entre el bien y el mal se difuminan en las oscuras callejuelas de esta ciudad intrigante.
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Seitenzahl: 549
Veröffentlichungsjahr: 2024
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Akerman, Milton Miguel
Saimon Grimm / Milton Miguel Akerman. - 1a ed - Córdoba : Tinta Libre, 2024.
372 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-306-015-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. 3. Novelas de Misterio. I. Título.
CDD A863
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2024. Akerman, Milton Miguel
© 2024. Tinta Libre Ediciones
Saimon Grimm
Cinco casos arcanos
El Jazmín Azul
Corre el año 1887, es el 13 de enero en la ciudad Barcos de Plata, nombrada así dado que geográficamente era el punto donde confluyen los ríos y lagos. A ese lugar llegan barcos y balsas con minerales sustraídos del noreste del país, pieles, alimentos y por su punto estratégico tiene el puerto, salida al océano, ideal para exportar y fortificar la comercialización.
Me quedé dormido confortablemente en uno de los sillones en mi estudio, ubicado en la calle José Hernández 137. Estaba leyendo el periódico de hace unos días, el artículo que atrajo mi atención fue uno sobre el robo a un banco de la ciudad, el Internacional Martin Banks, cuando mi merecido descanso fue interrumpido por unos golpes a la puerta de la entrada. Esa noche un coche me esperaba para llevarme al Callejón del Diablo, sitio que —por su nombre entenderán— es poco agradable. Formado por vastos edificios enfrentados, casas deterioradas, en sus inicios habitado por las familias acaudaladas que provenían de Europa, en esos años era conocido como el Callejón de la Dinastía, pero con la impronta llegada de barcos que transportaban soñadores con la ilusión de una vida mejor, en una nueva tierra llena de prosperidad. Estaba claro que la era industrial se abría paso, tanto así que también llegaban las costumbres, las ideas innovadoras, enfermedades y muerte. Estas últimas lograron desplazar a las familias nobles hacia nuevos condominios alejados del centro de la ciudad, dando así lugar a aquellos que buscaban un techo donde vivir. Hombres y mujeres por igual tomaron posesión de las casonas abandonadas, de los edificios, haciendo de este su nuevo hogar, pero dada las diferentes culturas que se encontraban allí, en una nueva tierra de prosperidad, al no poder olvidar sus viejas rencillas en el viejo continente, sus políticas y costumbres no tardaron mucho en generar conflictos. Pandillas aterrorizan las calles, la muerte acechaba en cualquier rincón; solo con aquellos nacidos en esta tierra, hijos de la mezcla de los inmigrantes, fue que lograron frenar el calvario que se llevaba, ya que aquellos llevaban la sangre de dos naciones diferentes, demostrando que convivir era posible. Por ello, el Callejón pasó a ser conocido como el Callejón delDiablo.
El viaje fue rápido, un paseo desde la parte más reconfortante de la ciudad, hasta que el chófer se detuvo. Se disculpó por no seguir avanzando.
—¡No seguiré más, Sr. Grimm, esta zona en particular es muy peligrosa, pero lo es más por la noche!
Asentí con la cabeza y continué mi andar. Al llegar a la entrada del popular callejón, el cual, de su antigua estructura y rechinante historia pasada solo conserva la entrada y sus enormes muros de piedra, sin ningún cartel o marca que indique que allí se encuentra el ahora conocido Callejón, con su boca curva lo suficientemente ancha para que los carruajes entren y salgan a gusto, pero como lo habrán notado por su seguridad deciden no hacerlo. Frente a la entrada sosteniendo una farola en una de sus manos me espera una mujer de cabellos rubios ondulados, ojos color café, portadora de una de las sonrisas más bellas del lugar. En conjunto con todo ello, llevaba un vestido negro. Su nombre es Molly Mackoy. Conocí a Molly cuando éramos solo unos niños, vivíamos a unas cuadras del callejón del diablo, su abuelo y el mío eran inmigrantes. Pero el tiempo hace lo suyo, la madre de Molly falleció a causa de una peste que ahogó a esta ciudad, pero más aún a la parte menos adinerada de la sociedad. Su padre, devastado por la muerte de su esposa, se dedicó a la bebida y las apuestas, las cuales solo lo llevaron a nadar en el río con los peces, si es que ustedes entienden.
Molly vivió sola un tiempo hasta que fue acogida por Madame Flour, una mujer de aspecto severo, cabello algo canoso y mirada penetrante, francesa, quien llegó al país con su esposo Iustad Flour. Luego de que se asentaron en Barcos de Plata emprendieron el sueño de traer el glamur de los cabarés de París a esta nación emergente. Iustad murió de una enfermedad terminal, por ende, Madame —como le gustaba que la llamaran aun cuando su nombre era Mónic— se convirtió en la dueña del cabaré y burdel el Jazmín Azul. Al igual que muchos de los inmigrantes, lograron hacerse de una vieja casona abandonada, con mucho trabajo duro lograron ponerla en pie y emprender su sueño. Hoy el afamado lugar está compuesto por tres pisos, es fácil distinguirlo de los demás edificios, sus paredes de madera están pintadas de verde oscuro y sus cortinas son de color azul. Por su puerta pintada de color marrón, al ingresar, se transitaba un pequeño pasillo que llevaba a uno de los salones en donde se encuentra ubicada la barra donde se observan los más finos licores. A la mano izquierda se encontraba el gran salón donde se disfrutaba de la buena música y el show de las bailarinas. Por la derecha unas escaleras llevaban a los siguientes pisos de la casona, de por sí un lugar de encuentro y diversión. Se podía ver a toda clase de personalidades en las habitaciones de la vieja casa ubicada en el centro del Callejón, desde policías, jefes, empresarios, políticos, de todas las clases, hombres y mujeres comunes que buscaban un escape de lo cotidiano.
Madame Flour acogió a Molly cuando esta tenía 9 años y la crio como si fuera su propia hija. Muchos dirán que ese lugar no es apropiado para la crianza de un niño. Pero créame hasta las mejores familias pueden arruinar a una persona: no es el lugar donde se educa, es cómo se educa.
Molly creció y, con los años y la confianza de Madame Flour, logró convertirse en la segunda al mando de la casa de los sueños de muchos hombres y mujeres.
En su rostro había signos de preocupación, su respiración estaba acelerada, sus manos temblorosas. Tomé sus manos y le pregunté:
—¿Qué sucede?
—¡Saimon, sucedió algo terrible en el Jazmín Azul! ¡Uno de nuestros clientes acaba de morir!
Le pedí que me explicara lo acontecido.
—Como cada martes a eso de las 10:00 de la noche llega el sr. Francisco Robles, subjefe de la policía militar. Al igual que siempre se acerca a la barra, pide su whisky en las rocas, lo bebe, pregunta por Madeleine, una de nuestras bailarinas, y luego se retira a una de las habitaciones que tiene una puerta de color rojo. Madeline que, como bien sabes, hace shows privados para nuestros clientes predilectos, de esos que hacen favores cuando la situación lo amerita. Como cada martes él estaba esperando a Madeleine en la habitación y ella estaba terminando su número en el gran salón. Solo pasó un tiempo cuando fui a la habitación a preguntar al sr. Robles si necesitaba algo más, hasta que su chica se desocupara. Golpeé la puerta unas tres veces, pero nadie respondió. Me quedé con el oído pegado a la puerta, pero no había sonidos que vinieran de ella. Volví a buscar a Madame para comunicarle de la situación. Cuando las dos llegamos a la puerta, Madeleine estaba esperando afuera. Madame golpeó la puerta y cada vez que lo hacía repetía: “Sr. Francisco”, pero nadie respondió. Tomó sus llaves y abrió la puerta, fue entonces que lo vimos. Estaba sentado en una silla, con su mano sostenía el vaso de whisky. Madame volteó, me miró y entonces salí a toda prisa, corrí a través del callejón un par de cuadras hasta divisar una carroza que fuera por ti.
Entramos a la casa, las actividades seguían su curso. Subimos las escaleras que llevaban a un pasillo donde estaba la habitación. Saludé a los presentes: fue entonces cuando Madame me dijo que disponía de poco tiempo para echar un vistazo, hasta que llegara la policía. Era un cuarto pequeño con dos sillas, una cama, paredes de color crema y cortinas de color azul. El difunto estaba tal cual se describió. Observé la habitación. Solo se podía ingresar por la puerta ya que las ventanas se abren desde dentro y no están abiertas. Observé el cuerpo, parecía tener rabia al igual que un perro, de la misma manera, ya que de su boca emanaba un líquido espumoso de color blanco. Llevaba el uniforme de la policía. Dado su insignia pertenecía a la 5.ª división, del cuartel ubicado en calle José Antonio Paz; de estatura media, zapatos manchados por el lodo, un corte de cabello prolijo y su bigote que se entremezclaba con la espuma que emanaba de su boca. Fue entonces que la policía irrumpió en la escena. Inmediatamente me crucé a otra de las habitaciones a esperar que la policía ingresara, luego de ello, salí por la puerta posterior del burdel.
Me despedí de Molly, llamé a un cochero que me llevaría de nuevo a casa. Mañana por la mañana la muerte del suboficial Robles sacudiría a toda la ciudad.
Al día siguiente estaba en las oficinas del Regional, periódico para el cual escribo artículos. Necesitaban que averiguara todo lo posible sobre la repentina muerte del suboficial.
Mientras caminaba hacia la morgue, en la ciudad los susurros sobre lo acontecido la noche pasada hacían eco en mí. Un sinfín de tramas se originaban. Había captado la atención de la sociedad, eso está claro. Al llegar, saludé al forense, y al estrechar su mano di un pago por información.
Carlos Mordor era el forense de la policía de la ciudad, un hombre robusto de barba un tanto canosa, sin un solo cabello en su cabeza y mejillas ruborizadas. Usualmente, era acompañado por su hijo Fargo Mordor, un joven con rasgos físicos muy distintos a los de su padre. Fargo no tenía un aspecto tan robusto, una barba recortada, cabello y una risa nerviosa que lo caracterizaba. Su nariz era afinada mientras que la de el sr. Carlos era más regordeta, al igual que su rostro.
Oí al forense hablar suave intentando no levantar ni la más mínima brisa con su aliento. Lo escuché, dijo: “No murió de causas naturales, fue producto de envenenamiento. Lo que no sabemos es qué tipo de veneno se usó, pero actuó de inmediato”.
Debía escuchar el relato de las personas que estuvieron esa noche en el Jazmín Azul, por ello emprendí marcha, la primera carta a mi favor en este juego de naipes será Molly.
Regresé al burdel, una vez allí entramos en la habitación de Molly, nos sentamos en unos sillones. Mientras, acompañamos la plática con un poco de té. Ella procedió con su relato:
—Me encontraba hablando con una de las bailarinas cuando vi entrar al sr. Robles, se acercó a la barra y pidió su whisky en las rocas. En un instante me dirigí tras bambalinas para cerciorarme de que las bailarinas llevaran el atuendo adecuado, acorde a la presentación. Hablé con los otros clientes cerciorándome de que no les faltara nada y se sintieran a gusto. Regresé por la barra, hablé con Mari, quien estaba a cargo de las bebidas. Cuando pregunté por el cliente habitual de los martes ya se encontraba en la habitación. Como es de costumbre subí las escaleras, golpeé la puerta, pero nadie respondió.
Pedí hablar con Mari, pero ella se había ausentado ese día. Regresé de nuevo a las oficinas del Regional cuando llegó un telegrama, de parte del sr. Mordor, solicitando hablar conmigo. Tomé mi abrigo, salí a la calle y divisé un cochero que me llevaría hasta la morgue.
Antes de entrar vi al sr. Mordor a un costado haciéndome señas. Le seguí el juego hasta que la distancia fuera suficiente y prudente. En una conversación fugaz me dio el resultado de los exámenes de toxicología: las muestras arrojaban envenenamiento por cianuro.
De regreso en mi estudio, revisando recortes de casos similares de muertes por envenenamiento, miré por la ventana y divisé la silueta de una mujer que se acercaba hasta mi puerta. No quedan dudas, es Molly. Sugirió que fuéramos hasta la casa de Mari, la cual quedaba en la calle 13 de febrero. Paramos un cochero y emprendimos rumbo. En lo que duró el viaje, mencionó que el burdel quedaría momentáneamente cerrado, hasta que se esclareciera la situación. Traté de reconfortarla recordando aquella vez que llenamos una caja con ranas y la teníamos escondida en el burdel. Salíamos por las tardes a recolectar insectos para alimentarlas, pero no duró mucho, dado que las mismas se escaparon provocando que todos se exaltaran en el lugar. Como solo éramos niños, no se molestaron con nosotros. Al recordar vivencias de nuestra infancia logré que su cálida sonrisa iluminara el interior del carruaje.
Al llegar a la casa de Mari, golpeamos la puerta. La llamamos por su nombre, pero no sé encontraba. Al alejarnos de la propiedad una de sus vecinas nos dijo que una mujer acababa de salir del interior de la casa. Dejamos de insistir, se había hecho tarde y debíamos descansar. Molly regresó al Jazmín Azul, mientras que yo fui al Callejón del Diablo. Necesitaba saber quién vendía cianuro y quién o quiénes podían ser los posibles compradores.
El hombre que podía tener las respuestas a mis preguntas, aquel quien era el corazón del callejón, sin duda es Gorgof el búlgaro, Gorgof era un hombre alto y robusto, de cabeza calva, un bigote mostacho y una risa que no podía pasar desapercibida. Trabajaba en su tienda conformada por lo que quedaba en pie de una antigua casa. Lo demás estaba cubierto por varas de madera que sostenía una carpa que cubría el techo y las paredes. Entré en su tienda, mientras acomodaba la mercadería.
—¡Algo me decía que pronto vendrías a verme, Saimon! Tengo datos importantes sobre el robo al banco de la semana pasada.
—De hecho, vengo por respuestas sobre quién vende cianuro y posibles compradores. ¿Es que acaso no sabías sobre la muerte del suboficial?
Me miró fijamente y sonrió:
—¡Por supuesto que lo sé! Pero lo que tú no sabes es que uno de los dos ladrones que asaltaron el banco murió por envenenamiento en el Jazmín Azul. En cuanto a los otros, el único que puede vender ese tipo de polvos es Ming Cho, el chino que vende artículos místicos y pólvora, pero ten cuidado, es un hombre muy temperamental.
Me despedí de Gorgof, pero ya era tarde y la noche se estaba presentando con su vestido de estrellas, además estaba cansado y tenía hambre. Decidí terminar la noche en un bar y meditar sobre el robo del banco, cómo encajaba en todo este asunto.
El 6 de enero por la noche, unos individuos de procedencia desconocida ingresaron al Banco de la Ciudad por una de las puertas de servicio. Irrumpieron en el lugar y se llevaron bolsas con dinero y joyas en una suma que se desconoce.
Lo que se revolvía en mi mente era la asociación de Robles con el robo del banco y su muerte. Al salir del bar un tanto desequilibrado y risueño, detuve un cochero que me llevaría hasta la calle José Hernández 137. Luego de dormir buscaría la ayuda de Molly en el caso, la enviaría a ver a Mari, mientras que yo, luego de pasar por las oficinas del Regional, vería el Banco de la Ciudad: debía comprender el robo y a sus participantes.
La mañana se hizo presente. En las oficinas del Regional aproveché para enviarle un telegrama a Molly. Mientras partía hacia el banco. Al llegar lo primero que haría sería hablar con el gerente de la sucursal y quizás obtener algunas respuestas.
No tenía mucho por decir, solo que ingresaron por la puerta de servicio forzando la cerradura, entraron a la bóveda y tuvieron todo el tiempo del mundo para abrirla, sacar el dinero e irse sin ser vistos. Había pedido la lista de los oficiales que hacían guardia en el banco. Entonces entendí, uno de los nombres era Francisco Robles.
Agradecí la ayuda y me retiré al Callejón del Diablo. Debía hablar con Gorgof, que tanto sabía sobre el robo, pero un acontecimiento detuvo mi marcha. A orillas del río las personas se reunían intentando ver lo que una balsa había enganchado y arrastrado río arriba. Era un bulto de trapos, pero en su interior estaba el cuerpo de un hombre. Luego vería la forma de averiguar qué había sucedido y la identidad de este nuevo dilema. Llamé a un cochero y rápidamente llegué al callejón, pero, antes de verme con Gorgof, me topé con Molly, quien no tendría noticias muy alentadoras, ya que no había podido dar con Mari: sus vecinos no la habían visto desde el día 14. Molly mencionó que Mari tiene un hermano que se dedicaba al arte del hurto, si preguntábamos a la gente indicada sabrían decirnos cómo dar con él. Molly me acompañó a ver a Gorgof, en su tienda. Le pregunté qué información tenía sobre el robo del banco.
—Algunos rumores hablan de que el suboficial le debía mucho dinero a Vini Bonchelo.
Vini vivía en un principio junto a toda su familia en Italia, para ser más precisos en Roma. Su padre, quien era el jefe de la familia, tenía tratos con las demás familias, hasta que un día Vini, siendo el menor de sus hermanos y en el tonto afán de demostrar su valía, perdió mucho dinero al apostar en carreras de caballos que estaban arregladas. En su ingenuidad, creyendo que se alzaría con el gran botín, fue timado por las otras familias. En un arrebato de ira mató a uno de los capos para recuperar su honor, desatando el enojo de su padre y de las otras familias. Para contentar y llevar paz de nuevo, su padre tomó la decisión de cortar el dedo meñique de la mano derecha de Vini: con este acto toda deuda de vida quedaría saldada. Su padre, temiendo por la vida de su hijo menor, envío al muchacho al nuevo continente a vivir con su tía materna. Fue así como el muchacho de nueve dedos, nariz larga y fina, de ojos tristes, no pudiendo olvidar lo que sucedió, decidió que llevaría su propio negocio en esta ciudad. Rápidamente se posicionó al hacer tratos con políticos corruptos y policías que acostumbraban a mirar hacia otro lado cada vez que se cometía un acto deshonesto.
—Si este no pagaba, sus muchachos se cargarían a toda su familia. Se dice que no entró solo al banco, sino que tuvo ayuda de Nico Prada.
En ese entonces Molly interrumpió preguntando si ese Nico era el hermano de Mari. Gorgof con un gesto de sus labios y cejas dio a entender que sí lo era.
Sin el paradero de Mari y de su hermano, la situación cada vez se volvía más confusa. Al salir de la tienda aún nos quedaba una cosa más por hacer, averiguar quién había podido comprar el cianuro. Fuimos hasta la tienda del Sr. Cho. Mientras yo captaba su atención con preguntas sobre algunas especies, Molly aprovechaba la oportunidad para ver su registro de ventas. Cada vez que volteaba a verla ella me pedía que continuara con la distracción. Pasaron los minutos hasta que Molly mostró una mirada confusa, llevándose una de sus manos a la boca: tenía el nombre de nuestro sujeto. Continué la charla un poco más para darle tiempo a mi compañera de escabullirse hasta la salida. Una vez seguros, me tomó del brazo y repitió un nombre, Mari Prada. Fue entonces en ese momento que una parte de todo este enredo cobró sentido: Mari disolvió el cianuro en el vaso de whisky de Robles, el mismo Robles que buscó a su hermano para robar el banco, pero aún no quedaba claro el motivo por el cual este debía morir. Llevé a Molly hasta el burdel. Mientras regresaba a casa, recordé aquel cuerpo que era extraído del río. Por la mañana tendría que entregar las primeras páginas de lo acontecido al editor de Regional.
Caminando con mis manos en los bolsillos, luego de entregar las primeras páginas, busqué mi abrigo. ¿La razón? Debía visitar al forense. Su informe fue de lo más peculiar: el cuerpo encontrado en el río presentaba hematomas en rostro, abdomen y piernas, fracturas en el rostro, nariz y mandíbula. Dado la descomposición del cuerpo este llevaba muerto 5 días, debieron tirarlo al río con la intención de que llegará al océano, pero este se enganchó en uno de los amarres de los botes que suelen circular. En su brazo derecho llevaba tatuado un ancla con un gorrión. Esa era la única pista para averiguar su identidad. Me encontraba parado mirando la calle, las personas llevando su vida diaria. Francamente no lograba entender este enredo. Entonces, decidí ir a ver a Molly.
Una vez en el Jazmín Azul, me encontré con Madeleine. Ella era una de las chicas nuevas del lugar, solía ayudar a reparar los vestidos y trajes de las bailarinas. De piel morena ojos negros cabello recogido sujetado por una cinta, se encontraba limpiando la barra. La saludé y posteriormente me senté en una de las bancas. Mientras golpeaba mis dedos en la madera al sonar de un tambor, Madeleine me ofreció un café. En la espera pregunte por Mari, si sabía algo de ella o de su hermano.
—Ella no regresó desde el día del incidente y la policía la puso como persona desaparecida. En cuanto a su hermano, solo vino una vez para hablar con ella hace unas dos semanas.
—¿Podrías describirme a Nico? ¿Cómo es él?
—Al igual que Mari, tiene el pelo castaño, son de baja estatura, y tiene un tatuaje de un ave con un ancla en su brazo. Lo sé porque Mari tiene el mismo; ha de ser cosa de familia, supongo.
Me quedé a medio sorbo cuando mencionó el tatuaje. Bajé la tasa y pregunté a Madeline si el ave estaba por encima del ancla como si, con sus patas, la estuviera sosteniendo.
—¡Sí, es de esa forma!
—Madeleine, ¿vendrías conmigo ahora a ver al forense? Necesito que reconozcas un cuerpo.
Le expliqué todo a Madame Flour y el por qué debía llevarme a Madeleine. Ya en la habitación del forense, procede a retirar la sábana que cubría el cuerpo, ante la atenta mirada de mi compañera. Recorrió con sus ojos el cuerpo que se encontraba postrado en la mesa. Luego de unos minutos, ella me miró y confirmó lo que unos momentos antes sospechaba: el hombre que sacaron a orillas del río era el hermano de Mari, Nico Prada.
Al regresar al Jazmín Azul, Madeleine recordó algo más, el día que Nico visitó a su hermana y este le entregó una bolsa. Esperé en la barra hasta que Molly llegara: se me había ocurrido un plan. Esta noche entraríamos a la casa de Robles para buscar pistas y también el dinero.
Momentos después, nos encontrábamos frente a la residencia de Robles. Apagamos nuestras farolas, caminamos alrededor de la casa hasta encontrar una ventana por la cual pudiéramos entrar. Al cabo de unos instantes le di mi farola a Molly, aprovechando el ladrido de los perros de la calle que cada vez se hacía más extenso, rompí parte de la ventana minimizando el ruido. Al ingresar a la casa lo primero fue cerrar ventanas y cortinas, de esa manera podríamos encender las farolas, poder buscar pistas y no levantar sospechas de que alguien estaba dentro de la casa. Revisamos cajones y placares sin éxito alguno. En un momento mientras pensaba qué más se podía hacer. Molly afirmó su espalda contra una pintura que estaba colgada en la pared; eso no tenía nada de extraño, lo peculiar era que el lienzo parecía ir más allá de los cimientos. Rápidamente levanté mi farola, comencé a tocar el cuadro, ya que me daba la sensación de que detrás de ella habría un vacío. Quitamos el cuadro y, al iluminar la pared cóncava, notamos que había un hueco, pero no se encontraba nada en su interior. Un tanto decepcionados, nos quedamos sin respuestas y sin el paradero de Mari. Mientras la oscuridad de la noche estuviera a nuestro favor, tendríamos una acción más por cometer: debíamos entrar en la casa de Mari. Mientras nos alejábamos, las farolas se reflejaban en los charcos de agua que se formaban por la lluvia de la tarde y paramos a un cochero, quien nos llevaría a nuestro siguiente encuentro. Al ingresar en la casa de Mari, nos dimos con la sorpresa de que alguien ya había estado en el lugar. La pequeña morada, de paredes humedecidas y de humilde aspecto, se encontraba destrozada. Rompieron todo en una búsqueda desesperada de respuestas. No quedaba nada en ella. Nos sentamos en el suelo mientras las farolas iluminaban nuestros rostros vencidos: solo quedaba regresar a casa y descansar por la mañana y con la mente en frío algo se nos ocurriría.
Era el día 17 de enero, estaba redactando unas noticias de sociedad en el Regional, cuando una imagen vino a mí. El primer día que fuimos a la casa de Mari, una mujer, posiblemente una de sus vecinas, mencionó que la había visto marcharse. Continué con el artículo; estaba claro que ya tenía algo por hacer: por la tarde visitaría de nuevo el lugar e intentaría contactar con esa mujer. Mientras caminaba por las calles y dejaba salir el vapor de mi boca provocado por el frío de la tarde, mientras frotaba mis manos entre sí para generar calor, vi de nuevo a aquella mujer amable que nos había anunciado que Mari no se encontraba. Pedí robar unos segundos de su tiempo y esto fue lo que dijo: previo a que Molly y yo llegáramos, unos días antes un grupo de hombres vino a verla. Por la forma en como los describió era seguro que eran los muchachos de Vini Bonchelo. Aquella mujer nos dijo además que luego de que estos se fueran, Mari salió de compras. La pobre muchacha se encontraba muy nerviosa, la última vez que la vi fue cuando salió de su casa. Llevaba una pequeña maleta, como si estuviese a punto de abordar el tren.
Eso fue todo lo que pudo contarme.
Con más dudas que certezas, regresé a casa y me senté en mi oficina. Mientras arrojaba bolitas de papel contra la chimenea, alguien golpeó la puerta. Acudí y fue en ese entonces que vi frente a mí la respuesta a mis preguntas, que habían quedado resueltas. Mi corazón rebosaba de alegría y fervor, un aire de tranquilidad se escabullía entre mis manos y el marco de la puerta. Mis ojos contemplaban la figura de una mujer extraviada, frente a mi puerta, portando un vestido de color amarillo un tanto desgastado, un sombrero que poco cubría su rostro y una mirada que pedía perdón. Allí se encontraba Mari Prada. Aquella muchacha, que sabía exactamente lo que había ocurrido, ya se encontraba sentada en uno de los sillones de mi estudio. Tomé asiento y con una sonrisa que cubría mi rostro le pedí que me explicara todo. Pero antes de ello la muchacha suspiró y con ojos un tanto llorosos me preguntó si era verdad que su hermano había muerto. Tapando mi boca con una mano y con la otra acariciando mi cabello le respondí que ciertamente así lo era, que Madeleine lo había corroborado en la morgue y que, además, el tatuaje que portaba determinaba que el difunto era su hermano. Alzando su mirada al cielo y conteniendo el dolor procedió a contarme lo sucedido.
—¡Antes que nada, Sr. Grimm! Debo decirle que si estoy aquí es porque usted es un muy buen amigo de Molly y Madame, por lo que confío en usted. Sin más, le contaré lo sucedido. Era el mediodía cerca de las 12:25 del 1 de enero, estaba en casa y esperaba por mi hermano para almorzar. Como sabe, solo nos tenemos a nosotros desde que nuestros padres y hermanos fallecieron a causa de la peste que cubrió esta ciudad. Para celebrar el nuevo año, había preparado pollo asado, hervido papas, puesto el mantel en la mesa y adornado la casa. Incluso me puse un vestido: mientras terminaba de poner la mesa, Nico entró por la puerta con una gran sonrisa, me tomó de los hombros y me dijo: “Tengo un trabajo en unos días, uno grande que nos sacará de aquí. Debo ayudar a un amigo a mover unas cosas. La paga es buena, podremos mudarnos y comprar una pequeña cabaña en el campo en el interior, como querían mamá y papá”.
—Admito, señor Grimm, que la idea también me fascinaba, pero nunca imaginé el costo a pagar por ello. Nos sentamos en la mesa y compartimos la comida agradecidos por lo que teníamos. Al terminar Nico se retiró a descansar, mientras que yo lavaba los platos y limpiaba la casa. Me recosté en la cama un momento, pero debo haberme quedado dormida. Fue entonces cuando escuché a mi hermano hablando con alguien susurrando. Por lo que pude oír, había un asunto en un banco, algo que se debía hacer. En ese entonces no lo entendí, pero los encuentros nocturnos de Nico y su amigo, como él lo llamaba, se hacían más frecuentes. El 6 de enero por la noche fue el robo del banco. Desde ese día mi hermano no apareció. Solo unos días después me visitó en el Jazmín para darme una bolsa: como era costumbre siempre que robaba unas carteras u objetos me los daba para que se los guardara hasta que se calmaran las cosas. Por la noche al llegar a casa encontré una nota que me había dejado. Tengo la carta conmigo, ahora se la leeré y se la dejaré como prueba de lo que estoy relatando:
Querida Mari:
Debo decirte que el trabajo que tenía que realizar fue llevado con éxito. Escribo esto porque debo desaparecer un tiempo. Mi socio intentó traicionarme, he tomado el botín y lo he escondido en un lugar en el que sé que no será encontrado. Dentro de la estufa dejo envuelto en papel de diario la paga por mi trabajo, busca una cabaña en el campo y vive como querían nuestros padres.
»Verá, señor Grimm, en los días siguientes continué con mi vida sin intentar levantar sospechas, hasta que un día por la tarde unos hombres vinieron a mi puerta. Llegaron contando una historia en la que aseguraban que mi hermano y el suboficial Robles habían robado el banco. Al parecer el dinero que robaron era para ellos, para pagar una deuda. Yo no sabía nada, como podrá imaginar. Me presionaban, me preguntaban sobre dónde estaba el dinero, pero yo no tenía idea de dónde podía estar. En los días venideros me armé de valor y los seguí, hasta que encontré el sitio donde tenían a mi hermano: era una casilla abandonada cerca del río, una antigua tienda de artículos de pesca. Cuando llegué, ¡lo que vi en ese pequeño lugar...!
Mari en ese momento guardó silencio; mientras cubría su boca con su mano, las lágrimas brotaban de sus ojos. Me levanté, le serví un vaso con agua, extendí mi mano ofreciéndole un pañuelo. Francamente uno no sabe cómo reaccionar en estas situaciones. Luego de un momento y de que bebiera un poco de agua, continuó con su relato:
—Encontré a Nico atado a una silla. De repente, alguien entró, de seguro era su asesino, un hombre que portaba un traje hecho con las mejores telas, de esa clase de hombres que uno suele ver en el Jazmín. Al acercarse a mí, pude ver su rostro y escuchar su voz. En ese momento me di cuenta de que era Vini Bonchelo. Levantó una silla, la colocó debajo del tragaluz de la casilla, tomó asiento, cruzó la pierna posándola sobre la otra, me sonrió y estiró su mano indicándome que me sentara. Dijo: “Puedo explicarte. Antes que nada, siento mucho lo de tu hermano, pero él no quería cooperar. Verás, tu hermano tiene un socio, el suboficial Robles, ellos dos juntos robaron el banco, pero lo importante es que debían darme el dinero y al parecer ninguno de los dos lo tiene. Robles afirma que Nico lo tiene y viceversa. Tal vez seas tú quien tiene mi dinero”.
»¡Le juré entre llantos a ese hombre que no lo tenía! y allí me ofreció un trato: si me encargaba de Robles la deuda de mi hermano que ahora pesaba sobre mí quedaría saldada. Me dio todas las indicaciones sobre dónde debía comprar el cianuro y cómo debía diluirlo en su bebida. Me levanté angustiada, le dije que lo haría y me retiré a mi casa. En los días siguientes compré lo necesario, inclusive un boleto de tren para salir de esta ciudad e irme al interior en busca de una vida más pacífica.
»Como estará comprendiendo desde mi punto de vista todo parecía sencillo, no lo niego. Robles siempre llegaba los martes a la misma hora y como de costumbre era yo quien lo atendía, pero no pude hacerlo, no tuve la fuerza ni el valor para llevar a cabo el hecho.
Fue entonces que al ver a Mari entre sollozos relatar su vivencia me di cuenta de que ella era inocente, jamás podría haber cometido el hecho. Luego de unos minutos en silencio, la muchacha continuó:
—Me encontraba limpiando la barra cuando Molly pasó a toda prisa a buscar a Madame. Madeleine terminaba su turno y se dirigía a encontrarse con Robles, lo demás ya lo sabe porque usted estuvo allí esa noche. Esa misma noche preparé todo para partir y por la mañana abordé el tren. Al llegar a una pequeña villa compré una cabaña y conseguí trabajo en una panadería. Hace unos días regresé por mi mascota, un perrito de la calle al cual yo alimento y cuido desde hace unos años. Al encontrar el cachorro una de mis vecinas me comentó que un joven acompañado de una señorita había estado buscando en varias oportunidades. Al preguntar cómo eran, su descripción me dio la certeza de que eran ustedes, es por ello por lo que estoy hoy aquí. ¿Podría usted decirles a las chicas del Jazmín que lamento no haberme despedido de todas? Hemos compartido mucho, ellas son mi familia, extraño a cada una de ellas. Eso es todo lo que tengo para decirle, señor Grimm.
Despedí a Mari en la puerta, pero antes de que se fuera le pregunté una cosa más: dónde guardaba los objetos que su hermano solía llevarle al Jazmín luego de sus trabajos. Ella lo pensó por un momento y respondió:
—Cada vez que me llevaba algo, lo guardaba en la barra. Esta tiene un fondo falso para guardar algunos licores o monedas de cambio que llevan algunos clientes.
Despedí a Mari. Al cerrar la puerta y con una sonrisa en mi rostro, tomé mi abrigo, cerré el estudio y partí con destino hacía el Jazmín. Al llegar a la vieja casona de cortinas azules, golpeé la puerta en la habitación de Molly. Para mí suerte ella y Madame estaban juntas haciendo algo de bordado. Cerré la puerta, tomé una de las sillas, me acerqué y comencé a relatar todo lo que sabía, excepto por una cosa. Debíamos esperar que el Jazmín estuviera vacío. La razón era simple: estaba seguro de que el dinero perdido se encontraba en este mismo edificio.
Pasaron las horas, hasta que solo quedamos los tres. Apagamos todas las luces y solo encendí una farola. Mientras caminaba, iluminando la vieja casona, nos dirigimos hacia la barra que se ubicaba en la entrada principal. Coloqué la farola sobre la barra, giré y me ubiqué por detrás de la misma mientras Molly y Madame se miraban intentando comprender qué era lo que estaba haciendo. Aproveché el momento para servirme un vaso de whisky. Mientras daba unos sorbos al vaso, Molly tomó la farola y amenazó con dejarme morado un ojo si no daba una explicación para tanto enredo. Con una sonrisa un tanto burlona, acompañada de un guiño, procedí a explicar el porqué de tanto misterio.
Ellas ya habían escuchado el relato de Mari por mí, pero lo que no sabían era que Mari guardaba lo que su hermano le daba dentro del fondo falso que se encontraba en la barra. Extendí mi mano para tomar la farola, me agaché y comencé a sacar las botellas que estaban acomodadas debajo de la barra, una vez limpio el lugar procedí a buscar el fondo falso. Como me estaba llevando mi tiempo, Molly me empujó y pasó su mano por la barra, encontró un cordón que sacaba una de las tablas permitiendo desplazar las tablas del fondo. Una vez deslizado, alumbrando con la farola, encontramos la bolsa. Al abrirla todo el botín se encontraba en ella, pero antes de que pudiera tomar algo, Madame sustrajo la bolsa. Si el dinero era para saldar una deuda con Vini, lo mejor sería entregarle el dinero. Como un gesto de buena fe, ese era su plan. Mandamos a un cochero que fuera por Vini, mientras los tres esperábamos sentados en una mesa que quedaba dentro del salón de baile. En mi mente la muerte de Robles no había quedado resuelta: si no había sido Mari, quien sería el asesino.
Vini ingresó al gran salón, se sacó el abrigo, lo tiró sobre una de las mesas, tronó su cuello, se sentó, cruzó sus dedos los posó sobre la mesa y preguntó cuál era el motivo por el cual había sido citado.
Antes de que pudiera decir algo, Madame se me adelantó.
—¡Encontramos el dinero que le debía Robles! Pero antes de entregarlo, debo pedir algo a cambio, digamos un gesto de buena fe: quiero que dejes tranquila a Mari. Al entregarte el dinero su deuda y la de su hermano quedan saldadas.
Vini, un tanto sorprendido y con una sonrisa que destilaba grandeza, moviendo su cabeza, llevando su mano derecha hacia su rostro y rascando su mandíbula, dio dos golpes en la mesa con su puño de forma suave y respondió:
—¡Acepto! ¿Dónde está el dinero?
Madame se lo entregó y pronto procedió a despedirse de nosotros. Un tanto nervioso alcé mi mano y le pregunté si tal vez él sabría quién se había cargado a Robles. Sonriendo y levantando su sombrero, como quien anuncia un saludo, respondió: “Fui yo”.
—Verás, sabía que la muchacha no podría hacerlo. En la noche del martes yo también estaba aquí, disfrutando de la música y de un juego de póker, cuando Robles entró. En ese momento envié a uno de mis protegidos a que vigilara a la muchacha y sus acciones. En cuanto me informó que ella no había disuelto el cianuro en su whisky, pedí un whisky a la mesa, vertí el polvo y llamé a una de las meseras para que le acercara ese vaso a Robles como cortesía de la casa. Fue tan sencillo como eso, el pobre hombre desdichado lo bebió sin más, de un solo sorbo.
Mientras Vini se marchaba con su dinero, habíamos resuelto el homicidio en el Jazmín Azul. Al regresar a casa, debía pensar cómo armaría el relato de esta historia para presentársela, al editor del Regional. Por la mañana, mientras ingresaba a la oficina del editor, vi como Vini salía de la oficina del dueño del periódico. Miré al editor, y le pregunté si sabría el porqué de la visita. Fue entonces cuando me enteré de que Vini era el nuevo dueño del Regional. Solo dejé mi manuscrito y pasé a centrarme en mi escritorio, consciente de que todas aquellas actividades que se vieran envueltas con la familia Bonchelo jamás serían publicadas.
El día 25 de enero me dirigía al Jazmín Azul a ver a Molly. Las cosas se mantuvieron en calma estos días. Juntos tomaríamos el tren, acompañados por algunas de las chicas del burdel, quienes llevarían ropa, telas, cortinas, manteles y demás accesorios, con el propósito de reencontrarse con Mari. Ya en el tren, observaba la emoción de sus compañeras o, como ella las llama, su familia.
Madeleine tuvo la idea de sorprender a Mari llevando aquellas telas y vestidos que ya no se usaban en los espectáculos, eventualmente todas quedaron encantadas con la idea.
Al llegar, emprendimos marcha. Mientras observábamos el paisaje y a sus residentes, hicimos una pequeña parada para comprar víveres. Al salir de la tienda una jovencita que se encontraba cruzando la calle nos miraba con asombro, soltó su canasta y corrió a nuestro encuentro. Era Mari, quien no podía creer que todas sus amigas estuvieran allí en ese momento. Regresamos todo juntos a la cabaña, donde las muchachas pronto empezaron a decorar el lugar con telas mientras cantaban y bailaban una de sus canciones. Aquella pequeña residencia pronto tendría un nuevo aspecto. Luego de preparar el almuerzo, le siguieron horas y horas de anécdotas por parte de todos, un resumen de lo que había sucedido en las últimas semanas. Luego de pasar una tarde agradable, nos despedimos de Mari y abordamos el tren de regreso a Barcos de Plata, en el viaje todos dormían en el vagón, mientras que yo recordaba esa pequeña cabaña que ahora tendría cortinas de color azul que adornarían sus ventanas.
Lágrimas de un ángel
Me encontraba en mi estudio ubicado en la calle José Hernández 137, estaba frente a la ventana mientras bebía sorbo a sorbo mi taza de café. La noche acompañada por una fina lluvia montaba un escenario que una vez más se repetía, como cada miércoles por la noche. A solo unos cuantos edificios de distancia, se podía observar una figura que se acercó hasta una de las ventanas, encendió una vela y la dejó junto a ella. En ese momento cuando el ciclo se volvió predecible. Al cabo de unos minutos, un soplido de aquel ser de misteriosa apariencia extinguió la poca luz que de la vela emanaba. Pero esto no fue lo crucial, dado que lo más escalofriante sucedió esa mañana.
Mientras la neblina de la mañana se despejaba lentamente revelando los edificios, puestos ambulantes, bares y uno que otro ciudadano amanecido tanto como aquel desdichado que se cubre con el manto de la noche, anclando en el puerto yacía el barco pesquero la Esperanza de Magnolia, esperando a sus tripulantes que poco a poco dejaban ver sus caras. Esos hombres de oficio pescador, que una vez más se alzaron a la mar para ganarse la pesca del día y con ello su sustento y el de sus familias. Una vez a bordo daría las indicaciones el capitán Eduardo Hanckok, de familia navegante. Su abuelo había combatido contra los ingleses en el mar y su padre había tomado los barcos heredados y se había dedicado a la pesca. Él daba las primeras indicaciones del día, la tarea era zarpar hacia aguas conocidas, por él sabiendo con ello que se alzaron con un gran botín en esa jornada laboral.
Las horas pasaron y los tripulantes esperaban las órdenes de su capitán para elevar las redes que fueron desplegadas en el sitio marcado. “Levantad”, dijo el capitán desde su cabina. “Levantad”, repitió el primer contramaestre. La orden fue emitida y captada por la tripulación, que comenzó a tirar las cuerdas que elevarían las redes. Una vez segura la carga a bordo, liberaron las redes dejando caer la pesca del día, entre abrazos y festejos porque eso significaba una buena paga para ellos. El capitán y algunos marinos miraban con asombro hacia el montón de peces, puesto que solo algunos de ellos se percataron de que, entre el botín, algo camuflado y casi pasando inadvertido, se encontraba el cuerpo de una joven mujer.
Era jueves por la mañana, me encontraba en la morgue junto a Fargo y su padre, quienes analizaban el cuerpo encontrado de la joven mujer de identidad desconocida. Su cuerpo hinchado, morado, y su cabello negro no relataban mucho del porqué de su muerte. Por lo pronto lo único que podíamos hacer era hablar con la policía y poner un aviso en el Regional con ello, conseguir alertar a las personas. Si alguien o un integrante de sus familias hubiese desaparecido en las últimas 72 horas, podía contactarse conmigo o ir directo a la morgue. Lo único que sabíamos, por los resultados llevados por la inspección minuciosa de los Mordor, era que la muchacha previamente estuvo embarazada. Una cicatriz en su abdomen, sus senos hinchados aún post mortem conservaban aquella sustancia que provee la lactancia de un recién nacido. Ellos continuarían haciendo estudios. Por mi parte regresaría a mi trabajo habitual sentando en mi escritorio, esperando que alguien se presentara o reportara una persona extraviada, en este caso una joven muchacha de cabellos negros y ojos marrones, pero nadie en todo el día se presentó.
Terminando la jornada, tomé mi abrigo y emprendí rumbo hacia el Jazmín Azul; un poco de distracción y ver rostros amigables me ayudaran a olvidar el caso por un momento. Paré a un cochero que me llevó hasta el Callejón del Diablo. Al ingresar a la alegre casona, pude escuchar el canto de Úrsula, una muchacha pelirroja que animaba las noches con su voz y encanto en el escenario. Fue cuando decidí entrar al salón de eventos, busqué una mesa y tomé asiento, pedí una bebida y dejé que la melodía me llevara lo más lejos posible de todo. Mientras mis mejillas y nariz se tornaban de un rubor rojizo y me dejaba envolver por la dulce voz de aquella bella muchacha pelirroja de labios color escarlata y ojos verdes como una esmeralda. Los efectos de las primeras copas hacían efecto en mí, puesto que cada vez que terminaba una canción me ponía de pie y aplaudía al igual que los demás caballeros del salón, alzaba mi copa, saludaba a quienes tenía a mi alrededor. La noche se presentó en los ojos de la ciudad. Tomé mi abrigo, me despedí de aquellos con los que había tenido una agradable tarde y, cuando me proponía salir, me topé en la entrada con Fargo. No era habitual verlo por estos lados ya que era un tanto solitario, siempre estudiando y leyendo libros. Era de esa clase de personas a las que no les gustaba perder el tiempo, tenía una meta. Fargo empezó con el negocio de la familia desde muy pequeño. Su abuelo se encargaba de los difuntos del lugar. Con el paso de los años su padre se dedicó a la medicina, pero dado su acercamiento con la muerte en el trabajo fúnebre optó por ser forense. Fue entonces, cuando el muchacho decidió seguir los pasos de su padre y estudiar medicina.
Al encontrarme con él tenía noticias sobre el cuerpo encontrado: una mujer fue hasta la casa de su padre. Una doncella llamada Paula nos esperaba en la casa de los Mordor. Emprendimos marcha, no teníamos tiempo que perder.
Al llegar a la residencia de los Mordor, con un poco más de presión, en el comedor nos esperaba una muchacha un tanto regordeta con cabellos negros, portadora de un atuendo que la caracterizaba con el oficio de ser doncella o ama de llaves. Antes de iniciar su relato, Paula explicó por qué no se había presentado en la morgue a reconocer el cuerpo y cuál era su razón.
Paula y la muchacha encontrada, a quien conoceríamos por sus memorias como Sara, se conocieron en el orfanato San Ignacio, siendo unas niñas huérfanas al igual que muchos, a causa de la violencia de las calles y de las enfermedades pestilentes que acechaban en cada rincón de esta ciudad. Encontraron un hogar y una familia entre todas las niñas que residían allí. Ellas pronto se hicieron muy cercanas y se cuidaban mutuamente. En San Ignacio les dieron educación y les inculcaron oficios desde doncellas, nodrizas. Incluso hasta podía ingresar al convento del mismo nombre que el orfelinato. Muchas de estas niñas por medio de los contactos del sacerdote Séfiron ingresaban a trabajar en familias que necesitaban constantemente servidumbre para sus casas tanto en la ciudad como en el interior. Para el buen pasar de las amigas Paula y Sara, ambas fueron tomadas por la misma familia y emprendieron un nuevo capítulo en sus vidas.
En aquel comedor los dos forenses y el entrometido pasado de copas prestamos atención a cada detalle que Paula nos otorgaría desde su llegada a la casa de los Kraisler.
—Ambas nos encontrábamos muy felices puesto que teníamos trabajo y además estaríamos juntas. Nuestra labor consistía en limpiar la casa, ayudar en la cocina a la señora Vivina, una mujer negra que siempre cantaba en su lengua materna. Sabe, ella nació en Brasil, en Botafogo. Siempre estaba de buen humor. A nosotras nos agradaba mucho, siempre que salía a hacer las compras pedía por una de nosotras para que la acompañara. De ella aprendimos mucho, cómo debíamos preparar la mesa dependiendo del día y la ocasión, la frecuencia con la que debemos hacer las camas de las habitaciones. Mientras, los señores vivían en la casa grande, al igual que nosotras y el mayordomo, el señor Patrick, de carácter firme. Él venía de Inglaterra. Según Vivina en su juventud fue soldado y peleó en nombre de la reina en África. Al terminar sus servicios, al igual que muchos soldados, tomaron oficios con los que pudiesen disfrutar de forma plena sus días. Él siempre nos daba sermones cuando nos escuchaba reír. Éramos una familia. Nos alojábamos en una pequeña morada que está separada de la casa solo por unos arbustos. La Sra. Vivina y Patrick tenían sus propias habitaciones, mientras que nosotras en un cuarto modesto teníamos nuestras literas. Al comienzo todo marchaba bien, pero un día al regresar de hacer las compras, noté que el señor Kraisler era muy amistoso con Sara, mucho más de lo habitual. Así pasaron los días y las visitas del señor de la casa para con Sara se hicieron cada vez más frecuentes.
»De un momento a otro Sara y yo ya no hablábamos como antes, ella comenzó poco a poco a distanciarse de mí, se comportaba de manera extraña. De la nada, su humor cambiaba de estar serena y calma a un estado de cólera e ira desenfrenada. Todos esos cambios tenían un porqué. Mientras limpiaba las ventanas la escuché discutiendo con Vivina. Sara estaba embarazada del señor. Todo comenzó a cobrar sentido para mí en ese momento.
»Sentía, caballeros, que un tema delicado como ese, más en nuestra posición, se debía esperar el momento adecuado para hablarlo con Sara. Mientras limpiábamos nuestra pequeña morada, toqué el tema. Le comenté que sabía que estaba embarazada y que estaba feliz por ella. Ella rompió en llanto y me abrazó. Tomamos asiento, me contó cómo fue que llegó a esa instancia. Para no hacer el cuento tan largo, él se acercó a ella solo con el propósito de, bueno, ustedes ya saben.
Levantando una de sus cejas e inclinando su cabeza levemente y extendiendo sus manos hacia nosotros, Paula con ese simple gesto se había hecho entender.
»Una vez llevado a cabo el hecho, ya que el resultado del mismo traía consigo un nuevo ser, las cosas se complicaron un poco en la casa, dado que, si la esposa del señor se daba cuenta de que el vientre de Sara crecía, mediante pasaban los días y por ende semanas, estaba claro que la perjudicada sería mi pobre amiga, ya que el señor desapareció por un par de semanas. A su regreso llegó acompañado por el padre Séfiron. Alcancé a escuchar lo que decían, él se haría cargo al igual que siempre. Los Kraisler debían hacer una modesta donación y todo quedaría arreglado. En cuanto a Sara, ya verían qué hacer con ella, pero algo era seguro: el señor podía estar tranquilo. Al terminar la reunión el padre Séfiron se llevó a Sara con él. Luego de unas semanas una nueva muchacha llegaría a la casa para ser quien reemplazara a Sara. Desde entonces no supe nada de ella, hasta que vi su anuncio en el periódico, señor Grimm. No podía ir a plena luz del día dado que mis empleadores sospecharían. Verán, el nombre de Sara no debía ser nombrado en esa casa, todos hacían de cuenta que ella jamás había existido. En aquellos primeros meses que pregunté por ella, fui reprendida y amenazada con perder mi trabajo si continuaba haciendo indagaciones. No supe nada de ella hasta el día de hoy por la mañana.
Acompañamos a Paula a la morgue y en todo momento resguardamos su identidad. Estaba claro que esta situación traía consigo un tinte sombrío y morboso. En una habitación, tapado con una sábana, se encontraba el cuerpo del delito. Paula no necesitó demasiado tiempo para reconocerla, estaba claro que aquella muchacha que fue encontrada por aquel barco de pescadores era la misma muchacha que con una sonrisa dejaba el orfanato para dar inicio a una nueva vida, la cual ya sabemos que solo le trajo dolor y sufrimiento. Con el correr de la noche, mientras Paula subía en un coche que la llevaría de regreso a la residencia de los Kraisler, Fargo y yo sabíamos que la pista a seguir estaba con el padre Séfiron, posiblemente el último que vio a Sara con vida.
Era viernes por la mañana, me dirigía a la residencia de los Mordor, en busca de Fargo. En el camino me era inevitable pensar cuántas mujeres se encontrarán en la situación de Sara. El coche se detuvo. Mi compañero en este viaje de descubrimiento traía consigo un expediente y, al igual que un niño que despierta interés y quiere saberlo todo, pregunté qué eran esos documentos, Fargo extendió los documentos hasta mí, me miró y dijo:
—¡Son otras chicas que al igual que Sara fueron encontradas en callejones, en el bosque o tiradas en la calle! Lo curioso es que nadie vino a identificarlas, muchos de esos cuerpos se encuentran en el cementerio y otros fueron donados a la academia de medicina. Pero sí estoy seguro de algo: hace unos tres meses, unos niños que jugaban en la calle de repente se encontraron con una chica que estaba sentada en las escaleras de la plaza, ellos pensaron que estaba dormida. Al intentar despertarla se dieron cuenta de que estaba sumergida en un sueño tan profundo que le sería imposible despertar. Luego de que la policía la llevará a la morgue, para no hacer tan extenso el relato, ella presentaba la misma costura en el abdomen bajo que tú viste en Sara. Reconocí a aquella inocente mujer, trabajaba en la casa de los Ofsprings, su nombre era Dalia. Cuando mi padre fue a darles la noticia, ellos negaron tener algún tipo de vínculo con ella. Afirmaron que ellos jamás la hubiesen tenido como empleada. Como bien sabes, el dinero puede hacer aparecer y desaparecer lo que quieras. Siento que este es uno de esos casos, Saimon.
Mientras leía el informe forense de los otros casos, de fondo podía escuchar golpear los cascos de los caballos que corrían a toda prisa por la calle. El ruido de las ruedas cada vez que pasábamos por un charco era constancia de aquella llovizna que se hacía presente en las últimas semanas en Barcos de Plata. Nuestro destino era el orfanato San Ignacio. Esperábamos poder hablar con el padre Séfiron. Dado que Fargo pertenecía a la policía, nos sería sencillo justificar el porqué de nuestra visita, al llegar nos encontrábamos parados frente a un gran edificio rodeado por muros. En el centro, la imagen de un ángel tallado en piedra. En su rostro se pueden notar lágrimas esculpidas. Extiende su mano hacia el cielo, dejándome la sensación de que si alzara la vista por unos segundos vería una mano que toma la suya y logra con ello el tan ansiado ascenso. Ciertamente entre la brisa que corría, el pasto recién cortado, algunos árboles que adornaban el paisaje, el orfanato era un lugar bastante agradable a la vista. Nos acercamos a la puerta principal. Una de las internas nos recibió, pero, antes de que pudiera decir algo, Fargo se adelantó y pidió ver al padre. Cuando la interna se retiró, miré a mi compañero y le pregunté:
—¿Cómo sabes que el padre se encuentra?
Soltando una risa, respondió:
—Al ingresar, mientras tú mirabas el ángel de piedra, desde una de las ventanas ubicadas en la parte central del edificio nos observaba Séfiron. Es por ello por lo que sé que él se encuentra aquí y ahora.
Esperamos solo unos instantes, cuando el encargado del lugar se presentó ante nosotros. Era un hombre de contextura delgada, mirada sería, ojos fijos, nariz larga y en punta, como el pico de un águila, cabellos blancos por la edad, portador de una sotana negra con detalles en dorado y una cruz de color roja bordada en el centro de su vestidura. Fargo le explicó las razones de nuestra visita, pero, como era de esperarse, dijo que la muchacha había escapado, que nunca supo nada de ella y que era una pena lo que le sucedió. Quisimos preguntar más, pero nos detuvo levantando su mano. Fue claro y directo:
—¡Tú no eres policía, solo estás a cargo del área forense, y él es un reportero, no pueden venir aquí he irrumpir así nada más! ¡Esta también es la casa del señor y no permito tamaña insolencia! ¡Si no tienen nada más, pueden retirarse!
Francamente nos dejó parados en la entrada y sin ninguna posibilidad de entender lo que le sucedió a Sara. Debíamos cambiar de estrategia, encontrar una manera de entrar y husmear en los archivos.
Con la moral baja emprendimos nuestro regreso. Mientras caminábamos se me ocurrió invitar a Fargo, por la noche, a que nos reuniéramos con Molly y el resto de las chicas del Jazmín. Luego pensaríamos en algo, por ahora solo deseaba distraerme. Me quedé en el Regional, mientras que Fargo continuó su rumbo.
Por la noche al llegar al Callejón me topé con una presencia que ocultaba su figura con una caperuza gris. Deslizándose entre las sombras, intentó pasar inadvertida. Como había acordado, esperaría a Fargo en la entrada del Callejón. Mientras cubría mi cuello, al levantar las solapas de mi abrigo, recibí una palmada en mi espalda: era mi compañero. No demoramos mucho en llegar hasta la entrada del burdel. Sentadas en las escaleras estaban Molly, Úrsula y una de las residentes de aquel lugar, quien portaba en sus brazos a un recién nacido. Rasqué mi cabeza: se me había ocurrido una idea que podría permitirnos la entrada a la segunda casa del señor.
Pero todo dependería de si las partes involucradas accedían a participar.
Presenté a Fargo con todos y, cuando se fueron, ocupamos una de las mesas que quedaban frente al escenario. Le expliqué a Molly que nuestro impedimento podría solucionarse si ella y Úrsula se disfrazaban solo un poco para despistar, con la excusa de que una de las dos estaba embarazada y que necesitaba una nodriza. De esa manera, mientras una de las dos veía a las candidatas, la otra se ausentaría para buscar unos archivos que pudieran darnos una pista sobre lo sucedido con aquella desdichada muchacha.
