Sakkia, la ciudad dorada - Alberto López - E-Book

Sakkia, la ciudad dorada E-Book

Alberto López

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Beschreibung

Ánagor, junto a su lobo, descansa sobre una piedra en mitad de la ascensión de una montaña desde la que visualiza su hogar Sakkia: la ciudad dorada. Los recuerdos de su vida dan inicio a una novela de aventuras y poder que entremezcla la vida en el palacio imperial y la patente desigualdad social en la población bajo el mando del emperador Kaor. En la familia de cuatro hermanos, la celebración por los años de la coronación del emperador precipitan los acontecimientos que empujan la trama hacia el duelo entre Ánagor y el primogénito del emperador, Mánigor. Ánagor, desterrado, se convierte en el líder de los pueblos libres y se embarca en la aventura de descubrir los oscuros propósitos de su padre.

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Seitenzahl: 720

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Sakkia

LA CIUDAD DORADA

Alberto López Álvarez

© Alberto López Álvarez

© Sakkia, la ciudad dorada

Junio 2024

ISBN papel: 978-84-685-8218-4 ISBN ePub: 978-84-685-8217-7

Depósito legal: M-15973-2024 SafeCreative: 2406258378737

Editado por Bubok Publishing S.L.

[email protected]

Tel: 912904490

Paseo de las Delicias, 23

28045 Madrid

Reservados todos los derechos. Salvo excepción prevista por la ley, no se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos conlleva sanciones legales y puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.

Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Índice

PRÓLOGO

CAPÍTULO 1 UNA LECCIÓN DE HUMILDAD

CAPÍTULO 2 EL CENTINELA

CAPÍTULO 3 DUELO ENTRE HERMANOS

CAPÍTULO 4 EL CONCILIO DE KAOR

CAPÍTULO 5 LAS ISLAS NUNN

CAPÍTULO 6 LA MUERTE ESPERA EN SAKKIA

CAPÍTULO 7 LAS ARENAS DE LA MUERTE

CAPÍTULO 8 EL REINO DE LOS HIELOS ETERNOS

CAPÍTULO 9 EL PACTO DE VALDURIA

CAPÍTULO 10LA DECISIÓN DEL CONSEJO

CAPÍTULO 11 EL CLAN JIRAK

CAPÍTULO 12 UNA PELIGROSA ALIANZA

CAPÍTULO 13 LAS LLANURAS THABE

CAPÍTULO 14 EL PASO DE NIÑO A HOMBRE

CAPÍTULO 15 LOS TESOROS DE SAKKIA

CAPÍTULO 16 EL FIN DEL INVIERNO

CAPÍTULO 17 PRIMAVERA DE SANGRE

CAPÍTULO 18 HUIDA DE THÉRION

CAPÍTULO 19 LAS HORDAS DE ÁRANOK

CAPÍTULO 21LA OFENSIVA DEL EMPERADOR

CAPÍTULO 22 LAS CENIZAS DEL VOLCÁN

CAPÍTULO 23 LA FURIA DE LOS MÓRGUL

CAPÍTULO 24 EL REGRESO DE LA ESPADA DE HIELO

CAPÍTULO 25 EL TESORO DE VALDURIA

CAPÍTULO 26 LA FURIA DEL VOLCÁN

CAPÍTULO 27 LAS TRES TORRES NEGRAS

CAPÍTULO 28EL REINO DEL TERROR

CAPÍTULO 29EL PODER DE LAS HOCES SUPREMAS

CAPÍTULO 30LOS HOMBRES PÁJARO

CAPÍTULO 31LAS MURALLAS DE SAKKIA

CAPÍTULO 32LA BATALLA DE SAKKIA

CAPÍTULO 33LA DESTRUCCIÓN DE LAS PUERTAS NEGRAS

CAPÍTULO 34LA LLEGADA DE VANNON

CAPÍTULO 35LA GUARDIANA DE LA JUSTICIA

CAPÍTULO 36EL HERALDO DE LA MUERTE

CAPÍTULO 37LA COLINA DEL DESTINO

CAPÍTULO 38EL TEMPLO DE LA PUREZA

CAPÍTULO 39DUELO ENTRE ASESINOS

CAPÍTULO 40LA MÁSCARA DEL EMPERADOR

CAPÍTULO 41EL CONCILIO DE SAKKIA

CAPÍTULO 42LAS PIEDRAS DE PODER

EPÍLOGO

PRÓLOGO

Dos semanas pasaron desde que el menor de los hijos del emperador dejara atrás a su familia, a sus amigos y a su apreciado hogar, para dirigirse hacia las interminables praderas surgidas a la orilla del río que bañaba la parte sur de la región de Áranok. Aunque había atravesado esos mismos parajes en innumerables ocasiones, los días de aquel viaje los disfrutó de una forma diferente. Al final, los paisajes cambian en función de los ojos que los observan. Los acontecimientos recientemente vividos habían modelado su personalidad, proyectando al exterior otra manera de apreciar, no solo las cosas, sino también los lugares, los momentos y las personas que en su día los habitaron. Se presentaba ante él una imponente formación rocosa conocida como la Cordillera de las Almas, que debido a su peculiar situación geográfica actuaba como frontera natural que separaba la región de Áranok de las verdes llanuras de Thérion y la antigua tierra de Eranta. Era una acuarela de colores llena de campos de heno, mezclada con recuerdos de su niñez. Sin embargo, al alcanzar los límites del Imperio de Áranok, cambiaron bruscamente el paisaje y la temperatura, lo que provocó un cierto inconveniente para alguien que transitaba vistiendo una sencilla túnica de lino sin mangas que se ceñía con un cinturón de cuero y unas sandalias hechas con juncos para proteger sus pies. Lo que resultó ser un inconveniente para él, fue todo lo contrario para su mejor amigo, su inseparable lobo gris, que disfrutaba de un clima más frío. La gigantesca cordillera se erigió majestuosa frente a ambos, caracterizada por sus escarpadas paredes verticales y sus cumbres que se perdían entre las nubes cubiertas de forma perpetua por una gruesa capa de nieve. El hijo del emperador se detuvo unos instantes mientras observaba el estrecho sendero de piedra y tierra que serpenteaba por la montaña y, aparentemente, se antojaba sumamente peligroso. Pero hombre y animal no tuvieron más remedio que utilizarlo para recorrer el vertiginoso ascenso hasta la cumbre. A pesar de la dificultad que entrañaba, su exigua anchura y la elevada concentración de pequeños cantos rodados, avanzaron paso a paso hasta alcanzar una considerable altitud, donde la menor presión atmosférica y la sensación de carencia de oxígeno, les obligó a hacer una pequeña parada en el camino. Ánagor, apoyó su cayado sobre la pared de la montaña, se subió sobre una roca que sobresalía unos metros de la senda y se sentó dejando los pies colgando sobre el desfiladero. Acto seguido propinó un par de palmadas sobre el suelo, que su inseparable lobo entendió como una invitación para colocarse junto a él. Desde aquella atalaya, situada a más de cuatro mil metros de altitud, el hijo de Kaor contempló en la lejanía las inmensas murallas que rodeaban la capital del imperio, visibles desde aquel punto perdido del mundo, y fue entonces, cuando le vinieron a su pensamiento, como transportados por el viento, los años más felices de su vida cuando sólo era un muchacho inocente con todo por aprender.

CAPÍTULO 1 UNA LECCIÓN DE HUMILDAD

A medida que el sol ascendió y se alejó del horizonte, atravesando ese instante difuso que existe entre las sombras y el alba, los primeros rayos de luz anunciaron la llegada de un nuevo amanecer en la región de Áranok. Luchando por abrirse paso a través de las nubes, el primer haz de luz de la mañana impregnó el paisaje con diferentes tonalidades de rojo, anaranjado, amarillo, magenta y distintos tonos de azul, ofreciendo un espectáculo luminoso imposible de describir. Fue entonces cuando decidió reemprender su recorrido a través de los bellos parajes del imperio, y contempló como los rayos solares iluminaron las humildes poblaciones asentadas en las proximidades del río Ógopor. Las aldeas estaban habitadas por grupos de población que oscilaban entre las cincuenta y seiscientas personas. Separadas entre sí por decenas de kilómetros. Cada una estaba gobernada por una figura conocida como nomarca. Sus hogares estaban formados por primitivas edificaciones levantadas con barro, adobe y paja, donde moraban los campesinos que madrugaban para lavar sus ropas junto a la orilla del río, salir de pesca en sus pequeñas embarcaciones o sembrar cereales, copando gran parte de la jornada.

Los rayos solares continuaron su viaje hacia el oeste de la región, adentrándose en frondosos bosques que caracterizaban el interior de Áranok, repletos de secuoyas gigantes, acacias, cedros y otros tipos de árboles cuyas ramas rivalizaban por ser las primeras en alcanzar el inmenso azul. A medida que avanzaban, alcanzaron la conocida como la ciudad dorada, Sakkia, la refulgente capital del Imperio de Áranok. Ascendiendo a través de su exterior fortificado, las enormes torres de vigilancia dispuestas a lo largo de la muralla que rodeaba la ciudad, brillaron más radiantes que nunca, bañadas por la primera luz del día, que hacía que cobraran vida las calles, plazas y viviendas situadas en el interior de la ciudad, el Templo de Zandor, erigido en la cima de la montaña más alta de Sakkia, los cuatro templos menores, morada de la familia imperial, las edificaciones que conducían hasta la residencia del emperador, el lugar más inaccesible de la ciudad y que sólo a la élite se le concedía el honor de visitar. Finalmente, observó cómo el sol bañaba de oro las piedras preciosas que decoraban las fachadas y el conocido como el Templo de la Sabiduría, lugar de meditación y entrenamiento para su protector.

A primera hora de la mañana tuvo lugar el duro entrenamiento al que el hijo del emperador era sometido diariamente para mejorar el manejo del khopesh, el arma típica que se utilizaba en Áranok. Su instructora, Kirak, era una avezada y veterana guerrera muy reconocida tanto por su valor como por su destreza en combate. Después de la enseñanza de diferentes técnicas defensivas, un duelo con las curvadas espadas de bronce supuso el final de la lección. El alumno tenía a su favor la vitalidad y la velocidad, suficientes para tomar la iniciativa. La maestra, en cambio, poseía la técnica y la templanza, necesarias para dominar la situación. El resultado, por un instante, fue del todo incierto. En el patio de entrenamiento del templo, maestra y aprendiz se estudiaron detenidamente a lo largo de unos minutos que parecieron interminables. Él, empleó la guardia alta, ella mantuvo la guardia baja, ambos empuñaron sus espadas con las manos listas para moverse a velocidad de vértigo y asestar el golpe final. Tan sólo el silbido del viento se atrevió a romper la concentración de los adversarios.

Fue ese momento en el que el sol cegó momentáneamente los ojos del muchacho, que se vio obligado a apartar la vista de su maestra durante un par de segundos. Ese fue el instante preciso que Kirak había esperado paciente para desarmar a su alumno. Situada estratégicamente de espaldas al lugar por donde salió el sol, la maestra despojó a Ánagor de su khopesh, valiéndose de una veloz maniobra y colocó el filo de la suya a la altura del cuello de su aprendiz. El alumno contuvo la respiración y no realizó ningún movimiento, comportándose como quién se sabe derrotado al tiempo que su espada produjo un gran sonido metálico al impactar contra el suelo.

—Has perdido porque aún no estás preparado para controlar todos los aspectos que forman parte de una situación extrema —dijo Kirak—. Tu confianza en la victoria te ha hecho débil. Jamás debes presuponer el resultado de un combate.

—Un rayo de luz me ha cegado y me ha impedido ver su movimiento, maestra —dijo su aprendiz.

—No trates de excusarte, Ánagor. Nunca subestimes las estratagemas que pueda presentar tu adversario. Es imprescindible que aprendas a utilizar en tu favor las condiciones de la naturaleza, la posición del Sol, la temperatura ambiente y la dirección del viento. Cualquiera de estos detalles, por pequeños o insignificantes que parezcan, pueden decantar el resultado de una batalla o, en el peor de los casos, ser la diferencia entre la vida y la muerte. No lo olvides nunca.

Seguidamente, Kirak, retiró la hoja de su khopesh del cuello de su aprendiz para guardarla con suavidad en la funda de color negro y dorado que ocultaba en la espalda. Ánagor, por su parte, recogió su espada del suelo, sujetó la funda con la mano izquierda e introdujo el arma suavemente con la otra mano. Después, soltó la empuñadura y se golpeó el pecho con el puño dos veces como muestra de respeto. Finalmente, Kirak, hizo una reverencia y abandonó el patio de entrenamiento a través de un arco de piedra que daba acceso al interior del Templo de la Sabiduría. Ánagor observó atentamente cómo su figura se perdió en la oscuridad del pasillo. Después, se dio la vuelta y se aproximó hasta una de las almenas que permitía divisar los jardines que rodeaban su hogar.

Con la mirada perdida en el horizonte, apoyó las manos en la fría piedra repasando en su mente la lección de esa mañana, sin que reparara en la presencia de una figura que se acercó sigilosamente.

—¿Qué te preocupa, hermano? —preguntó Kauri.

—Derrotado por el primer rayo de luz de la mañana, querida hermana. Estoy sumamente avergonzado. En lugar de avanzar, estoy retrocediendo en mi entrenamiento. Cada vez que pienso que me estoy acercando al nivel de Kirak, me sorprende con algún movimiento de su espada o con una de sus muchas estrategias de combate. Estoy convencido de que jamás lograré vencerla —respondió Ánagor visiblemente contrariado.

—Kirak es sin ninguna duda una de las personas más respetadas y admiradas tanto en Sakkia como lejos de nuestras fronteras. Es un privilegio que sea tu instructora, cualquier guerrero del imperio daría lo que fuera por tener la oportunidad de aprender con sus lecciones. Tienes que adquirir todo el conocimiento que puedas, no sólo el modo en que maneja el khopesh o sus tácticas de combate, sino también sus valiosas y sabias enseñanzas. Quién sabe, quizá un día lleguen a salvarte la vida —dijo Kauri.

—Tienes razón, hermana. Su sabiduría es extraordinaria y su destreza en el combate es inigualable. Pero me desconcierta enormemente en cada uno de los entrenamientos que tenemos. Cada día que paso con Kirak es un desafío en el que tengo que demostrarle que soy digno de formar parte de la élite de los guerreros de Sakkia. Es muy estricta en su entrenamiento y no admite un sólo error de concentración. Pero sé que en el fondo lo hace por mi bien. Aunque es muy severa conmigo, he de reconocer que también es justa.

—No seas tan pesimista, Ánagor —dijo Kauri que posó su mano sobre el hombro de su hermano—. Eres un guerrero formidable, de hecho, uno de los mejores que conozco. Pero siempre te exiges demasiado.

—Tu apoyo incondicional siempre me ha dado renovadas fuerzas, querida Kauri. Espero que siempre estés ahí cuando te necesite —dijo Ánagor sin apartar la vista de la lejanía, deslizando sus manos sobre la piedra del borde.

—Estaré, hermano. Ahora voy a retirarme. Tengo que ocuparme de unas tareas que requieren mi atención. No le des muchas vueltas a tu derrota.

Después de darle un beso en la mejilla, Kauri abandonó el patio de entrenamiento del mismo modo sigiloso en que llegó. Mientras tanto, Ánagor permaneció impertérrito junto al muro, extraviado en sus pensamientos, repasando una y otra vez su enfrentamiento con Kirak. Las espadas de bronce le resultaban más difíciles de manejar debido a su peso, aunque cada día realizara grandes progresos. Desde el recinto privado del Templo de la Sabiduría, Ánagor fijó su atención en la parte baja de la montaña, concretamente en las zonas de entrenamiento de los soldados protectores de Sakkia. Al amanecer, la mayoría aprovechaba para entrenarse practicando intensos ejercicios físicos, duelos, torneos o pruebas de habilidades. El resto de los habitantes del Templo de Zandor, normalmente los soldados de más baja categoría o los aprendices, desempeñaban las tareas que los demás normalmente aborrecían: domésticas, de mantenimiento o limpieza de las zonas comunes.

Las residencias de los soldados estaban formadas por numerosas viviendas a modo de barracas y pequeñas cabañas, algunas construidas con adobe y otras con madera. Estas humildes viviendas mostraban un enorme contraste respecto a los niveles superiores del templo, en los que habitaba la familia imperial, donde las construcciones estaban adornadas con piedras preciosas y oro. A pesar de convivir todos juntos en la misma ciudad, las diferencias entre los soldados y gobernantes eran más que evidentes. Tal como sucedía en otros lugares, en Sakkia también existían diferentes clases sociales y los privilegios aumentaban en proporción directa a la jerarquía.

Pasados unos minutos observando cómo la ciudadela comenzaba a cobrar vida, Ánagor, se dirigió hacia sus estancias privadas. Situadas justo debajo del Templo del Emperador, el Templo de la Sabiduría era una construcción de piedra blanca y lisa, pulida tan perfectamente que su superficie se asemejaba al cristal. Su interior, presentaba dos niveles perfectamente diferenciados en los que imperaban armonía y orden. Encima de la entrada principal, el emblema de un pavo real, símbolo de la sabiduría en Sakkia, estaba tallado sobre la pared y decorado con diferentes piedras preciosas de tonalidad azul. En sus aposentos, Ánagor se regaló un baño relajante y reparador. Tiempo después, se vistió con una túnica blanca que le cubrió desde las rodillas hasta la cabeza, adornada con los ribetes verdes y dorados que lo caracterizaban como responsable del Templo de la Sabiduría, y abandonó su vivienda descendiendo a través de los templos menores hasta alcanzar las zonas de entrenamiento de los soldados. Al menor de los hijos de Kaor, al contrario que a sus hermanos, le gustaba pasar parte de su tiempo entre los soldados de cualquier condición y rango, departiendo con ellos todo tipo de cuestiones. Además, presenciaba los entrenamientos y los torneos que organizaban para medir sus habilidades, oficiando como juez en muchas ocasiones, dada su fama de imparcial.

Una vez consideró finalizadas sus tareas con los soldados, Ánagor dirigió sus pasos hacia uno de sus lugares favoritos de la ciudad y en el que más disfrutaba de su tiempo libre. Situada entre los niveles superior e inferior, la Biblioteca del Emperador se presentaba como una edificación inconfundible, debido a su peculiar diseño: una base de mármol de tres plataformas circulares de veinte metros de altura cada una y un techo cónico formado por tres aleros de un intenso azul oscuro que simbolizaban el color del cielo y la armonía del universo.

En su interior, el extraordinario edificio albergaba miles de manuscritos y pergaminos distribuidos en diferentes salas según su temática e importancia. La construcción en sí era una obra maestra de la ingeniería y un verdadero templo dedicado al saber. En sus oscuros recovecos, Ánagor se pasaba las horas devorando todo el conocimiento posible acerca de los hechos sucedidos en el pasado de Dhulka.

Al llegar el mediodía, Ánagor abandonó la biblioteca para reunirse con su hermana. A pesar de su frágil apariencia, Kauri era una luchadora temible y una mujer extraordinariamente inteligente, cuyos ideales y honor le otorgaron tiempo atrás la responsabilidad de proteger el segundo de los templos menores. Tenía una especial relación con su hermano pequeño basada en la confianza, el respeto y el cariño debido a que pasaron toda su infancia juntos, se diría que codo con codo, a diferencia del resto de hermanos, tan distintos en edad. Kauri y Ánagor tenían por costumbre reunirse cada día a la hora del almuerzo y conversar acerca de los diversos asuntos que tenían lugar en la ciudad dorada y, de paso, tratar las noticias que llegaban desde más allá de sus fronteras.

El Templo de la Justicia, lugar de residencia de Kauri, era un imponente edificio rectángular erigido en mármol blanco de cincuenta metros de altura, veinticinco de anchura y setenta y cinco de largo. Presentaba diez columnas situadas entre las dos fachadas más cortas y veinticinco entre las laterales, que sustentaban una gigantesca cubierta triangular con un frontón ligeramente arqueado. En su parte exterior, el edificio se encontraba rodeado por numerosos jardines y estanques que transmitían paz y tranquilidad a sus visitantes. En su interior, las paredes de sus tres grandes salas estaban decoradas por centenares de pinturas y frescos que representaban antiguas escenas de batalla. Presidiendo la entrada principal, se encontraba tallado en la cubierta, justo encima de los capiteles, el emblema de la justicia en Sakkia: la cabeza de un ciervo.

—Kauri, esta mañana me han informado que nuestros hermanos están de vuelta después de obtener una nueva victoria en las lejanas tierras del este —comentó Ánagor.

—Estás en lo cierto —dijo Kauri—. Los soldados han confirmado que la Legión Imperial está de regreso. Mánigor no faltará al aniversario de la coronación de nuestro padre.

—Llevamos algo más de dos años de campaña en la lejana región de Tárgyen. Por lo que tengo entendido, parece ser que unos rebeldes carentes de honor han terminado por asentarse allí después de vagar de un lado para otro en busca de un hogar. Sus dominios quedan muy alejados de nuestra ciudad dorada como para suponer una amenaza. Sin embargo, Mánigor está convencido de obtener la victoria y su empeño en civilizar con nuestras leyes a toda esa población, lo que está resultando especialmente costoso. Además, ya sabes cómo es nuestro hermano cuando se propone algo. No cederá ante nada hasta alcanzar su propósito. Lo que no entiendo es la razón por la que nuestro padre permite que esa lucha se dilate en el tiempo.

—Nuestro padre siempre ha sido muy protector desde que éramos unos niños, Ánagor —dijo Kauri esbozando una leve sonrisa—. Incluso cuando pertrechamos alguna travesura propia de la edad, era paciente y comprensivo, permitiéndonos recapacitar sobre las consecuencias de nuestros actos. Estaba plenamente convencido de que su forma de educarnos nos ayudaba a pensar y a madurar. ¿Recuerdas aquella vez que nos caímos al río Mágopor?

—Cómo olvidarlo —respondió Ánagor—. Apenas tendríamos unos ocho o nueve años cuando nos escapamos a escondidas de la ciudad y tomamos prestada una pequeña embarcación de madera abandonada en el borde del río. Aún recuerdo lo fría que estaba el agua cuando la balsa volcó y también cómo, a duras penas, conseguimos llegar nadando hasta la orilla. Al salir del agua y alzar la vista, observamos a una decena de soldados montados a caballo que nos estaban esperando. Cuando nos llevaron a palacio pensé que nuestro padre sería muy severo.

—Yo también —dijo Kauri—. Estaba aterrada cuando me di cuenta de que los hombres nos llevaban hasta el mismísimo Templo del Conocimiento. Recuerdo con claridad aquella enorme sala llena de columnas y la larga alfombra negra que llegaba hasta el trono. Sin embargo, lejos de enfadarse, nuestro padre se divirtió al contemplar las ropas completamente mojadas y sonrió ante nuestra habilidad para el escapismo.

—Conservo con nostalgia aquel momento en mi corazón. Después de la muerte de mamá, nuestro padre procuró que en nuestra vida nunca nos faltase de nada y se desvivió para que tuviéramos la mejor de las atenciones. A pesar de lo ocupado que estaba, siempre encontraba un momento para jugar con nosotros. Nunca tuvo una mala palabra o un mal gesto. No necesitó nunca enfadarse o gritar para conseguir nuestro respeto.

—Sobre todo contigo, Ánagor. Fuiste su ojito derecho desde el día que pisaste Sakkia por primera vez. Eres el más resplandeciente, sabio y admirado de todos sus hijos y siempre te ha respetado más que a los demás. Y no es envidia, que conste. Yo pienso lo mismo que él. Pero reconoce que estoy en lo cierto —dijo Kauri con los brazos abiertos esperando la confirmación de su hermano.

—Tienes razón, conmigo siempre fue atento y paciente desde el día que me recogió en la calle. Sin embargo, desde que Mánigor tomó el mando de su campaña bélica, su comportamiento ha cambiado notablemente. Kauri, apenas hemos visto a nuestro padre un par de veces durante los últimos seis meses. Nunca había estado tan distante. Ni siquiera cuando las heridas de su rostro empeoraron y tuvo que ponerse esa horrible máscara. Aunque estoy convencido de que toma las mejores decisiones para nuestro pueblo. Eso no admite discusión. Sé que no soy quién para cuestionar sus designios, pero no termino de ver con buenos ojos que nuestro hermano comande la Legión Imperial. Ya sabes lo cruel que Mánigor puede llegar a ser cuando su desmesurada ambición se apodera de él.

—Ánagor, seguro que nuestro hermano sólo cumple con los deseos del emperador. Nadie en esta ciudad se atrevería a cuestionar o desafiar los deseos de nuestro padre. Ni siquiera nuestro hermano mayor. No nos aventuremos en nuestras conclusiones.

Ánagor entendió que Kauri había dado la conversación por finalizada, por lo que guardó silencio, terminó de comer, se despidió cortésmente de su hermana y abandonó el Templo de la Justicia. De regreso a su morada, el hijo de Kaor centró sus pensamientos en la inquietud que el regreso de Mánigor y la Legión Imperial le provocaba.

Durante el día, la Ciudad Dorada rebosaba vida y sus calles permanecían abarrotadas por multitud de personas que desempeñaban actividades de todo tipo. Especialmente importante era la preparación de los preparativos de los festejos que se celebraban cada cinco años, donde las calles y avenidas se engalanaban y los habitantes de la ciudad se esmeraban más que en ninguna otra época del año en tener todo dispuesto para tan señalados días. Como era costumbre, durante dos semanas, se rememoraba la coronación de Ástragor, el primer emperador de Áranok, quién tiempo atrás trajo la paz y la prosperidad convirtiendo a Sakkia en un faro para la humanidad.

Al ponerse el sol, Ánagor estaba en su templo practicando ejercicios de meditación cuando recibió la visita de uno de los sacerdotes asistentes del emperador, únicos con la autorización suficiente para adentrarse en los templos menores. El hijo de Kaor cubrió su cuerpo con una túnica para salir a su encuentro. El mensajero, después de hacer la correspondiente reverencia, le entregó un pergamino y abandonó la morada. Una vez se encontró de nuevo en soledad, Ánagor desenrolló el documento y leyó detenidamente su contenido: su presencia era requerida a primera hora de la mañana en la torre norte de la muralla.

CAPÍTULO 2 EL CENTINELA

El emblema de la Ciudad Dorada y su monumento más característico era la gigantesca muralla de piedra que la rodeaba completamente. El propósito de su construcción era exclusivamente defensivo, pero también representaba la separación entre el mundo rural y el civilizado. A lo largo de la muralla, de cinco metros de grosor, se levantaban diez inmensas torres de mármol de ciento cincuenta metros de altura, visibles incluso desde más allá de los límites de Áranok. En sus calles, se rumoreaba que los vigías situados en el punto más alto de los torreones controlaban todos los accesos posibles a la Ciudad Dorada. Había quién afirmaba que los que poseían buena vista podían observar el Mar Órbicum. Las torres de la muralla estaban alineadas de forma tan precisa que formaban un perfecto decágono regular orientado de norte a sur, que fue diseñada por sus antiguos constructores hace más de quinientos años, encajando las piedras sin necesidad de utilizar material de engrudo. Estaban superpuestas de forma tan minuciosa que apenas presentaban un error de milímetros en la alineación. Una precisión asombrosa característica de los antiguos arquitectos, metódicos y perfeccionistas hasta el extremo.

Como cada mañana, el Centinela se encontraba apostado sobre una de las almenas de la torre norte de la ciudad. Para llegar a su encuentro, el hijo del emperador necesitaba recorrerla de punta a punta. Con la llegada del alba, Ánagor abandonaba el Templo de Zandor acompañado por dos guardias imperiales y se adentraba en el complejo entramado de calles, llenas de recovecos, callejones, plazas y mercados abarrotados de gente. En sus rudimentarios puestos de madera, adornados con seda, los campesinos, artesanos y pequeños comerciantes se esmeraban en atraer la atención de los viandantes con el objetivo de venderles sus elaboraciones o productos, generando un enorme bullicio que se percibía desde las calles aledañas. A pesar de la expectación que levantaba mientras caminaba sobre los alineados adoquines de las avenidas, Ánagor se sentía cómodo entre los ciudadanos de Sakkia.

El hijo menor del emperador infundía respeto y admiración entre los habitantes de la Ciudad Dorada. Los adultos se inclinaban a su paso, los enfermos se acercaban hasta él con la esperanza de que su divina influencia curase sus dolencias. Incluso, los niños dejaban de practicar por unos instantes sus habituales juegos o travesuras para acercarse fascinados por su presencia. Ánagor, que jamás rehusaba el contacto con los ciudadanos de Sakkia, tenía por costumbre departir unos minutos con todas aquellas personas. Todo ello provocaba la sensación de ser uno de los suyos. Después, como cada día, Ánagor reanudaba su camino hacia la torre norte, avanzando sin demora hasta alcanzar los límites de la muralla, donde se elevaba majestuosa la atalaya en la que el Centinela pasaba la mayor parte de su tiempo.

La construcción de mármol unido mediante plomo fundido era de base rectángular, en la que se superponía un largo pilar que, a su vez, sustentaba la cúspide. La torre se elevaba más de ciento cincuenta metros, suficientes para controlar todos los accesos a la Ciudad Dorada. Para acceder hasta su punto más elevado era preciso recorrer, uno a uno, sus más de dos mil quinientos empinados escalones construidos en espiral que terminaban en una escalera vertical que daba acceso a otro nivel. La cima del torreón estaba constituida por una pieza de reducidas dimensiones desde el que se divisaba prácticamente toda la extensión del Imperio de Áranok. El vigía de la torre norte podía realizar semejante proeza observando el horizonte a través de las almenas de piedra de dos metros que rodeaban la puerta de acceso.

Ánagor alcanzó la parte más elevada de la torre después de un lento ascenso a través de sus interminables escalones. Exhausto, se encontró con la oposición de una pesada trampilla de madera de roble que estaba protegida por cinco clavijas de hierro macizo. Al tiempo que trataba de tomar aliento, se percató de que la puerta era lo único que lo separaba de uno de los personajes más controvertidos, enigmáticos e importantes de Sakkia: el Centinela.

El joven dio un par de golpes en la puerta y se mantuvo expectante esperando una respuesta. Instantes después, escuchó el sonido metálico de los pasadores que se desplazaron unos centímetros, permitiéndole elevar la trampilla.

—Bienvenido, hijo de Kaor. Esperaba tu visita.

—Hacía tiempo que no tenía noticias tuyas. ¿A qué debo el honor de tu llamada? —preguntó Ánagor mientras se aproximó hasta el archiconocido protector de Sakkia.

—He considerado conveniente conversar unos minutos contigo antes de que den comienzo los festejos que mantendrán a la ciudad ocupada durante estos días —respondió el Centinela sin apartar la vista del horizonte.

—De acuerdo, te escucho.

—Como bien sabes, en estos momentos tus hermanos están regresando de las lejanas tierras del este. La campaña militar está sufriendo inesperados altibajos, sin duda más de los deseables. Pero la Legión Imperial está haciendo grandes progresos y cosechando importantes victorias.

—Sí, a mis oídos también ha llegado ese rumor. Aunque he de decir que no me causa ninguna sorpresa —añadió Ánagor.

—Dime, ¿qué opinión te merece la campaña llevada a cabo por tus hermanos? —preguntó el Centinela.

—No sé muy bien qué pensar, ya que lo preguntas. Por un lado, estoy de acuerdo con Mánigor en que es necesario hacer frente a las bárbaras tribus de Tárgyen, siempre y cuando sea cierto que representan una amenaza para nuestro imperio. Incluso, coincido en que es preciso evitar la expansión de territorios cuyo modo de vida está basado en la violencia. Pero tengo mis dudas en cuanto a los medios utilizados.

—¿Qué tipo de dudas? —preguntó de nuevo el Centinela.

—Las tierras del este se encuentran a una gran distancia de Sakkia. Desplazar hasta sus latitudes a un destacamento tan grande implica transportar numerosos víveres y armamento. Muchos hombres y la mayoría de los animales no sobrevivirán al viaje de regreso. Además, el enemigo conoce sus tierras a la perfección y eso juega en nuestra contra. Si sus tropas permanecen cerca del agua y logran resistir los sucesivos ataques el tiempo suficiente, nuestros soldados empezarán a tener serios problemas, tanto militares como de salud. No nos interesa que la lucha se alargue más de lo necesario a pesar de nuestra aparente superioridad.

—¿Estás diciendo que existe algún ejército en Dhulka capaz de hacer frente a la Legión Imperial? Tu afirmación roza peligrosamente la blasfemia, Ánagor —dijo el Centinela con tono de reproche.

—Como bien sabes, no creo ni en ejércitos invencibles ni en escenarios imposibles. Aunque pienso que la Legión Imperial es el ejército más poderoso que existe, haríamos bien en ser precavidos. A lo largo de la historia, subestimar a un enemigo nunca ha sido una buena idea —replicó Ánagor.

—Con tu hermano Mánigor al mando de la Legión Imperial, dudo que exista una fuerza en el mundo capaz de hacerle frente. Estoy plenamente convencido de la victoria pues el emperador siempre sopesa sus decisiones. Por tanto, los bárbaros que habitan las tierras de Tárgyen han de adaptarse a nuestras leyes o de lo contrario su destino será perecer por la espada.

—¿Incluso si nuestro enemigo no nos ha atacado previamente?

—Mi labor no consiste en cuestionar los deseos del emperador. Como protector de la ciudad dorada, soy su fiel servidor y le debo lealtad y obediencia. Escúchame atentamente Ánagor porque esta es una lección que debes aprender: a las guerras conviene ponerles fin antes de que comiencen. La prevención es inevitable para evitar un mal mayor. Un posible sucesor al trono de Sakkia debería tener en cuenta siempre esta idea.

—Respeto tus palabras y agradezco tus sabias lecciones, Centinela. Pero en este asunto me temo que diferimos completamente.

Ambos permanecieron de pie junto a las almenas sin mirarse en ningún momento. Ánagor permaneció de brazos cruzados con la vista fijada en algún punto de la lejanía; el Centinela mantuvo la mirada perdida y las dos manos apoyadas en su enorme y pesado bastón. La tensión entre ellos era más que palpable. Su relación siempre había sido difícil, puesto que para Ánagor el Centinela era una figura estricta e intransigente, una autoridad a la que incluso su padre respetaba por encima de otras muchas personas. Mientras observaban el horizonte, divisaron una densa nube de polvo que anunciaba la inminente llegada de la Legión Imperial. Según los cálculos de Ánagor, alcanzaría Sakkia aproximadamente en un día de camino, día y medio si los caballos estaban agotados. El Centinela desvió su mirada hacia Ánagor y retomó la conversación.

—Poner en duda las decisiones del emperador muestra un elevado egoísmo y falta de respeto por tu parte, Ánagor. Máxime cuando él siempre fue muy generoso contigo. ¿Acaso has olvidado que te sacó de las calles cuando apenas levantabas un palmo del suelo? Sólo un hombre sabio debería atreverse a pronunciar tales palabras, no un chiquillo que jamás ha abandonado la protección que la Ciudad Dorada le ha brindado.

–No soy quién para cuestionar los designios del emperador —replicó Ánagor—. Pero sí pongo en duda la manera de ejecutar sus planes por parte de Mánigor, si ello implica que gente inocente perezca.

—Tus palabras son un fiel reflejo de tu juventud e inexperiencia, Ánagor. Comprendo que las guerras son algo completamente desconocido para ti. Careces del criterio y la sabiduría necesarios para juzgar lo que en ellas sucede. No puedes calibrar las terribles consecuencias que acarrean a sus participantes.

—Agradezco tu franqueza, Centinela. Sin duda, es una de tus mejores cualidades. Desde que era un niño siempre me has tenido en gran consideración —dijo Ánagor dibujando una leve sonrisa con sus labios.

—Puedes mostrarte todo lo irónico que quieras, pero sería prudente por tu parte tomarte en serio mis palabras. Recuerda que soy la persona más cercana al emperador y quien mejor conoce todo cuanto acontece en Dhulka.

—Procuraré tenerlo en cuenta —dijo Ánagor que mantuvo la mirada fija en la nube de polvo que se acercaba hacia Sakkia de forma inexorable.

—Hay otro asunto del que quería hablarte. En realidad, es la razón por la que te he hecho llamar. Mánigor se unirá en breve a los festejos de la ciudad dorada. ¿Crees estar listo para enfrentarte a tu hermano en el combate que se celebrará en la ceremonia?

—Hemos crecido juntos y peleado muchas veces uno contra el otro. ¿Qué te hace pensar que no estoy preparado para enfrentarme a Mánigor?

—Mánigor ha nacido para la guerra —respondió contundente el Centinela—. Ha librado cientos de combates y obtenido otras tantas victorias. Por contra, aunque tu entrenamiento es excelente, nunca has abandonado el Imperio de Áranok. Ya no sois unos niños que luchan entre ellos para divertirse, entrenar y aprender. Las cosas han cambiado mucho desde entonces, Ánagor. Aunque se rumorea entre los soldados que eres el más grande de los hijos del emperador, las personas son presa fácil de habladurías.

—¿Eso es lo que piensas? —preguntó de nuevo Ánagor tratando de no caer en la provocación del Centinela.

–Creo que los soldados te admiran porque interactúas con ellos, compartes su mesa e incluso los aconsejas sobre inquietudes de sus vidas. No es sensato mostrar debilidad, Ánagor. Con los soldados es preciso actuar con mano dura para hacerles saber quién ostenta el poder y que tengan claro a quién sirven. La cadena de mando es algo sagrado. No debes confraternizar con ellos ni entablar ningún tipo de amistad, pues te deben obediencia. Por mucho que te empeñes en tratarlos como iguales, no lo son. Existe el mismo parecido entre vosotros como el que hay entre un dios y un gusano.

Las palabras del Centinela no obtuvieron respuesta por parte de Ánagor. El muchacho apretó los labios con más fuerza de la habitual y guardó un largo silencio. El vigía tampoco consideró necesario prolongar la conversación. Se limitó a observar el avance de la nube de polvo a través de los polvorientos caminos de tierra cercanos a la capital del imperio. Ánagor, visiblemente contrariado e incómodo en la atalaya, decidió que había llegado el momento de irse. El hijo de Kaor se volvió hacia el Centinela, asintió levemente a modo de saludo y se internó en la trampilla que daba acceso a los escalones por los que había ascendido anteriormente, iniciando el interminable descenso que le esperaba hasta la base de la torre. Cuando alcanzó la parte más baja del torreón, se reunió con los dos guardias imperiales que le esperaban junto a la entrada de la torre. Al ver aparecer al vástago del emperador, los soldados se colocaron tras él para escoltarlo hasta el Templo de Zandor. Pero antes de adentrarse en las calles de Sakkia, Ánagor dirigió una última mirada hacia la torre norte, donde el Centinela también lo observaba fíjamente.

Desde su más temprana infancia, Ánagor lo catalogó como el personaje más fascinante, misterioso y controvertido de Sakkia. En algunas ocasiones, lo consideraba un buen amigo, pero en otras, no confiaba en él. El sentimiento predominante en la cabeza de Ánagor era que sólo trataba de desafiarlo y ponerlo a prueba para observar sus reacciones. Descifrar sus pensamientos le resultaba, incluso años después, una misión imposible. Desde el día que Kaor se coronó como emperador de Áranok nombró al Centinela protector de Sakkia, sin que nunca nadie ostentara semejante cargo. El Centinela aceptó su transcendental papel y desde entonces veló día y noche por la seguridad de la ciudad dorada. Su devoción era incuestionable, su voz era la primera en ser escuchada por el emperador y su personalidad y carisma infundieron un profundo respeto entre los habitantes de Sakkia.

Después de esbozar una ligera sonrisa, Ánagor, se giró y continuó el camino de regreso hacia las dependencias de la familia imperial. Los guardias que lo acompañaron por las calles de la ciudad dorada se colocaron un par de pasos por detrás, manteniendo la distancia en todo momento. Ánagor analizó durante todo el recorrido la conversación mantenida con el Centinela y estuvo tan concentrado en sus pensamientos que ignoró por completo a cuantas personas se cruzó en el camino.

Los festejos estaban apenas a unas horas de dar comienzo de forma oficial, pero el ambiente alegre y jovial ya se respiraba en cada rincón de las calles de la ciudad. En las grandes avenidas los balcones y las ventanas se engalanaron, se adornaron las fachadas de las viviendas y se colocaron miles de flores en las aceras para dar la bienvenida a los visitantes llegados de todas las partes del imperio. Juglares, bufones y danzantes amenizaban a la turba con decenas de actuaciones teatrales y musicales repartidas por distintos puntos de Sakkia. El entusiasmo se apoderó de los ciudadanos y visitantes de la ciudad creando una atmósfera inigualable.

Sin embargo, ajeno a todo cuanto le rodeaba, Ánagor atravesó las calles, plazas y avenidas escoltado por los guardias imperiales. Su actitud ausente y distante se mantuvo durante todo el trayecto hasta que cruzó el umbral de las puertas del Templo de Zandor. Al llegar a los jardines de la entrada, los guardias se despidieron respetuosamente y regresaron a sus tareas habituales, dejándolo a solas con sus pensamientos. Ánagor no permaneció mucho tiempo paseando entre las fuentes y estatuas, puesto que, en cuanto los soldados desaparecieron, abandonó el laberíntico jardín con la idea de pasar un tiempo en la Biblioteca del Emperador.

Al entrar en el edificio, saludó amablemente al encargado de la biblioteca: un entrañable anciano que se ocupaba del cuidado de los libros con una dedicación encomiable. A continuación, caminó atravesando largos pasillos hasta llegar a una escalera de caracol que le permitió acceder a la segunda planta hasta llegar a una sala muy concreta, giró el pasante y empujó con fuerza la pesada puerta de madera de roble para entrar en la habitación. Bajo el dintel, observó cómo la luz del día se colaba discretamente a través de una pequeña ventana circular situada en la parte superior de una de las paredes iluminando una parte de la estancia. Situada en el extremo opuesto de la entrada, una vetusta mesa de madera y una silla estaban colocadas junto a las estanterías con el objetivo de facilitar a los visitantes la lectura de los manuscritos. Pero aquella no era una sala de lectura cualquiera. En sus estantes, se conservaban los escritos más antiguos e importantes de Áranok.

La lectura favorita de Ánagor eran los Libros del Tiempo Segundo. En sus páginas, se narraba la vida de los primeros pobladores de Áranok: un grupo nómada de personas que decidieron establecerse en las tierras fértiles que se encontraban entre la confluencia de dos ríos. Sus sueños, deseos, tragedias y destinos estaban recogidos en sesenta y ocho libros, almacenados en varios estantes de gran tamaño. Su lectura era obligatoria para todo miembro de la familia imperial. Sin embargo, sólo un ávido lector como Ánagor les dedicaba el tiempo que los escritos requerían. No obstante, de entre todos los valiosos manuscritos que albergaba la colección, uno era especialmente importante para el muchacho. Ánagor solía refugiarse entre sus páginas en busca de respuestas a sus dudas. El pesado libro, correspondiente al denominado Tiempo Tercero, estaba protegido por una gruesa cubierta negra rematada con la imagen de un león bordado en el centro. El manuscrito, narraba en sus páginas la historia de Ástragor, un valiente soldado que libró numerosas batallas que lo encumbraron a la categoría de héroe. En recompensa a sus hazañas, fue nombrado primer emperador de Áranok.

Ánagor movió la mesa con cuidado para que la luz que se colaba por la abertura de la pared incidiera en una parte de la superficie. Apoyó las tapas del libro sobre la mesa y elevó la silla para no hacer ruido. Una vez se acomodó en el asiento, el hijo del emperador inició la lectura de sus delicadas páginas, elaboradas a partir de las hojas de una planta característica de la región que crecía a orillas del río Mágopor. Al igual que en anteriores ocasiones, las fascinantes aventuras de su antepasado consiguieron relajar su mente, sumiéndolo en un avanzado estado de concentración. Aislado entre los miles de manuscritos de aquella apartada y oscura habitación, el joven perdió la noción del tiempo. En un estado difícil de describir, Ánagor levantó la mirada y observó a su madre. La emperatriz era una mujer joven y risueña, de radiante belleza que se resaltaba cada vez que una ráfaga de viento mecía su largo cabello negro y dejaba al descubierto su rostro. La mujer se encontraba arrodillada junto al borde del río Mágopor intentando limpiar un paño sumergiéndolo en el agua. El joven contemplaba sonriente a su madre cuando se percató de la presencia de una mancha oscura e inquietante que se aproximaba por su espalda. La mujer levantó la cabeza para secarse el sudor acumulado en su frente. Al ver que su hijo la observaba, le dedicó una tierna sonrisa. Pero la sombra continuó su avance. Ánagor estaba paralizado por completo. Incapaz de reaccionar o moverse, contempló cómo su madre se desplomó sobre el suelo, tiñéndose de sangre al instante. Su mirada se apagó como una cerilla, pero acertó a decir el nombre de su hijo por última vez.

—Ánagor, Ánagor...

El tacto de una mano que se apoyó sobre su hombro derecho sobresaltó a Ánagor, que se incorporó súbitamente golpeando con fuerza el respaldo de la silla. Con las manos sudorosas y la respiración entrecortada, tardó unos instantes en ser consciente de donde se encontraba. Al girarse para ver quién estaba con él en la sala, distinguió la figura de su hermana.

—¿No me has oído llamarte? ¿Qué estás haciendo aquí? —le preguntó Kauri—. Llevo una hora buscándote.

—Estaba totalmente inmerso en la lectura de mi libro favorito —respondió Ánagor volviendo su mirada hacia la mesa.

—Hace rato que la luz dejó de iluminar esta habitación. Dime la verdad, te habías quedado dormido. ¿No es cierto?

—¿Por qué dices eso? —respondió Ánagor mientras se frotaba los ojos tratando de recobrar la normalidad.

—Más que nada, porque aún es posible distinguir algunas letras de la página marcadas en tu rostro —respondió Kauri mientras pasaba la mano por la frente de su hermano al que arrancó una sonrisa al darse cuenta de que se había quedado dormido con la cabeza apoyada sobre el libro—. ¿Has soñado con la muerte de mamá?

—Sí, otra vez esa pesadilla.

—No te preocupes, llevas años sufriendo con esa paroniria. Quizá algún día comprendas su significado.

Instantes después, Ánagor se incorporó, cerró el libro y lo colocó en la estantería correspondiente. A continuación, unió las pequeñas cadenas que sujetaban los volúmenes y regresó a la mesa para colocar la silla tal como se la había encontrado al llegar. Después, los hermanos abandonaron la habitación y cerraron la pesada puerta tratando de hacer el menor ruido. Posteriormente, recorrieron el pasillo y descendieron hasta el nivel inferior, que atravesaron hasta llegar a la salida donde se despidieron del bibliotecario. Cuando los hermanos salieron, hacía rato que la noche había ocupado el día, sumiendo en las sombras todos los rincones de la ciudad dorada. Bajo un manto oscuro como el carbón, en el que era posible vislumbrar un precioso cielo estrellado, Sakkia estaba iluminada por el fuego de las almenaras de las murallas y las numerosas antorchas colgadas sobre los dinteles de las casas.

En el patio principal del Templo de Zandor, los guardias imperiales formaron varias líneas, dispuestos a recibir a los compañeros que regresaban de la batalla. El elevado sonido de los carruajes producido al recorrer el empedrado de las calles de la ciudad anunciaba la llegada de la Legión Imperial comandada por Mánigor. Paralelamente, Ánagor y Kauri caminaron hacia el patio alejándose de la Biblioteca del Emperador, conversando en susurros, aprovechando la oscuridad presente.

—Antes de ir a verte a la biblioteca, uno de los sacerdotes del templo me comunicó que nuestros hermanos estaban a punto de llegar a Sakkia. Imaginaba que la llegada de Mánigor te resultaría sumamente inquietante, por eso te estaba buscando —susurró Kauri que sabía de la tensa relación de sus hermanos.

—Esta mañana divisé el avance del ejército desde la torre norte junto al Centinela. Pero no esperaba su llegada hasta mañana —dijo Ánagor contrariado.

—Al parecer, se las han ingeniado para acortar un día de camino —añadió Kauri.

Los hermanos continuaron su camino hasta que se colocaron en el centro del patio, rodeados por una veintena de soldados armados con lanzas y khopesh. Mientras tanto, el resto de los integrantes del templo, sacerdotes y el resto de los soldados de bajo rango, observaron desde la distancia la llegada de la Legión Imperial.

El grueso del ejército hizo su aparición frente a las puertas de la ciudadela, momento en que uno de los vigilantes, apostado en el adarve de la barbacana, elevó el brazo derecho y se giró hacia el patio. Ánagor, con un ligero asentimiento de la cabeza, permitió abrir las puertas. El guardián bajó el brazo y varios soldados movieron los pasadores ocultos en las pesadas puertas de la entrada principal hasta abrirlas por completo. Acto seguido, dos soldados montados en imponentes caballos negros como la noche, avanzaron al trote hasta detenerse a tan sólo unos pasos de Ánagor y Kauri.

—Me encoragina que el mala sangre nos reciba. Si por mi fuera, hace tiempo que estaría colgado en el lugar prohibido junto a los de su calaña —le susurró uno de los jinetes a su acompañante al detenerse en el centro del patio.

El soldado de mayor rango no añadió nada al comentario, descendió de un salto de su montura y retiró lentamente el casco dorado que cubría su cabeza, permitiendo a todos los presentes observar su rostro. A continuación, extrajo su espada de la funda y extendió los brazos en señal de victoria. Los soldados que abarrotaban el patio lo vitorearon enfervorecidos.

—A nuestro hermano apenas le gusta pavonearse para que lo aclamen —dijo un divertido Ánagor que recibió un pequeño codazo por parte de Kauri.

—No seas así, se lo merece después de su última victoria. A todos los soldados les gusta ser bien recibidos en su regreso a casa —le reprochó su hermana.

—Sí, supongo que estás en lo cierto —dijo Ánagor.

Una vez consideró que las loas que le dedicaron fueron justas, Mánigor, enfundó de nuevo su espada, miró a su hermano Ástegor para que se bajara de su caballo y juntos se dirigieron al encuentro con sus hermanos. Se situaron frente a Ánagor, que colocó sus manos en los hombros de su hermano mayor.

—Esperábamos ansiosos tu regreso, Mánigor. Es un honor recibirte.

—Gracias, Ánagor. Es bueno estar en casa.

—Hermano, tus victorias resuenan en todos los rincones de Áranok. Estoy emocionada con tu regreso, dame un abrazo —dijo Kauri.

—Querida hermana, contemplar tu hermoso rostro es tan gratificante como saciar la sed en un día de extremo calor. Tus palabras son un bálsamo para cualquier soldado —respondió Mánigor dando un beso y un abrazo a su hermana pequeña.

—Ástegor, me alegro de verte —Ánagor se dirigió a su otro hermano que le dedicó una dura mirada de desprecio, por lo que se volvió de nuevo hacia Mánigor—. Entiendo que estaréis agotados después de vuestro largo viaje y estoy seguro de que los soldados agradecerán la frescura de una cerveza bien fría, la relajación que ofrece una buena ducha y el tacto de una muda limpia sobre la piel.

—Sabias palabras, Ánagor —dijo Mánigor—. A mis hombres les vendrá bien regresar a la normalidad después de una campaña militar extenuante.

—Yo me ocuparé de todo, Mánigor. Ahora retiraos a vuestros aposentos. Mañana tendremos tiempo más que de sobra para conversar —añadió Ánagor.

Después de una reverencia mutua, Mánigor abandonó el patio acompañado por su hermana pequeña, que se colgó de su brazo derecho ante la atenta mirada de Ánagor. Los soldados presentes en el templo golpearon sus lanzas contra el suelo para mostrar respeto hacia el comandante del ejército. En cambio, Ástegor se marchó de una forma mucho más discreta, escoltado por dos guardias imperiales que lo acompañaron hasta el acceso que comunica con los niveles superiores del Templo de Zandor. Por su parte, Ánagor, ordenó a los soldados que custodiaban la entrada principal que atendieran a los integrantes de la Legión Imperial. También les encomendó ocuparse de conducir los caballos hasta los establos, dado que algunos regresaron en unas condiciones lamentables, heridos y famélicos debido a la gran distancia recorrida que sus desgastadas pezuñas tuvieron que soportar. Un centenar de carruajes de madera fueron conducidos hasta las zonas privadas de los soldados por los últimos hombres que cruzaron el umbral de la ciudadela. Momento en que Ánagor ordenó cerrar de nuevo las puertas de la barbacana.

El menor de los hijos de Kaor permaneció en el patio después de que los soldados lo desalojasen. Sin más compañía que sus pensamientos, Ánagor cerró los ojos para escuchar el crepitar de las antorchas, los interminables cantos de los grillos y el ligero sonido del viento al colarse en el templo. Una incontrolable inquietud afloró rápidamente en su mente, brotando todo tipo de caóticas cavilaciones sin sentido. La llegada de Mánigor le inquietaba casi tanto como sus planes, pero estaba de nuevo en la ciudad y debía de mostrarle el respeto y atenciones que su estatus requería. Superado por la situación de tener a su hermano de regreso en Sakkia, abandonó el patio y se dirigió hacia el Templo de la Sabiduría.

La noche no había hecho más que comenzar y el amanecer traería consigo un agitado e importante día para Ánagor.

CAPÍTULO 3 DUELO ENTRE HERMANOS

La mañana siguiente a la llegada de la Legión Imperial resultó tan agitada y sobrecargada de actividades como se esperaba. Las numerosas actividades programadas en las calles involucraron a la totalidad de la ciudadanía, que participó gustosa en tan magnánimos actos. La hospitalidad de los habitantes de Sakkia era de todos conocida, tanto en el Imperio de Áranok como en las poblaciones adyacentes, gracias a la hospitalidad de que hacían gala con los visitantes llegados de todas partes. No obstante, de entre todas las actividades previstas en la ciudad dorada, una destacaba muy por encima de las demás: la ofrenda a Los Ancestrales. En una era remota dominada por mitos y leyendas, los nueve dioses eternos crearon un lugar al que llamaron Dhulka, que gobernaron en una época anterior al denominado Tiempo Primero durante más de diez mil años. Una vez que los dioses concluyeron su reinado y dejaron el mundo que erigieron para los hombres, ocho ocuparon nuevamente su lugar en el firmamento. Sin embargo, el más poderoso y disonante de todos, eligió el camino de la oscuridad oponiéndose a la obra de sus hermanos.

La sagrada ceremonia, que únicamente se conmemoraba en la ciudad de Sakkia, tenía lugar cada cinco años y se llevaba a cabo en el anfiteatro situado en el nivel inferior del Templo de Zandor. Esa era la única ocasión en la que a los ciudadanos del imperio se les permitía visitar la ciudadela. Su importancia era tal que la familia imperial participaba activamente en el punto culmen de los festejos, que se desarrollaban entre el patio principal y el coliseo bajo la atenta mirada del emperador.

Ánagor, que esa noche apenas consiguió pegar ojo un par de horas, se levantó más pronto de lo habitual para realizar sus habituales ejercicios de meditación en el patio exterior del Templo de la Sabiduría. Después de que su mente encontrase la serenidad, se aproximó hasta uno de los extremos del edificio para contemplar los últimos actos de la ofrenda a Los Ancestrales. Posteriormente, descendió hacia el nivel inferior de su hogar, donde tomó un largo baño antes de que una delicada voz procedente del exterior pusiera fin a su descanso. El muchacho se cubrió con su habitual túnica blanca, se calzó unas sandalias y se dirigió hasta el dintel de la entrada de su hogar donde aguardaba su hermana.

—Buenos días, hermana. Esperaba tu llegada de un momento a otro —dijo Ánagor.

—Por supuesto, quería asegurarme de que estarías presentable ante nuestro padre —añadió Kauri.

La joven llevaba puesto un impresionante vestido monopieza ajustado de color azul pálido que resaltaba su majestuosa y esbelta figura. Además, un collar que colgaba sobre su cuello y una diadema sobre su cabello, ambas de oro y rematadas con piedras preciosas incrustadas, potenciaron la deslumbrante belleza que caracterizaba a la guardiana del Templo de la Justicia.

Los hermanos se adentraron en el interior de la estancia hasta alcanzar una habitación en la que Ánagor guardaba algunas de sus pertenencias. Kauri se acercó hasta un desgastado cofre de madera, lo abrió y extrajo unas hombreras, un brazalete y una diadema de oro. Una fugaz mirada de su hermana sirvió para que Ánagor se acomodase en un taburete al lado del baúl. Mediante lentos y calculados movimientos, Kauri le puso las hombreras en primer lugar, ajustándolas hasta quedar perfectamente colocadas encima de la túnica. A continuación, le colocó el brazalete sobre la muñeca derecha hasta que quedó perfectamente encajado y finalmente le puso la diadema sobre sus cabellos para que quedase sujeta. Los accesorios de oro llevaban grabado el símbolo del pavo real distintivo de Ánagor, que le dieron un aspecto imponente, propio de un digno representante del Templo de la Sabiduría.

—Ahora ya estás en condiciones de presentarte ante nuestro padre, querido hermano.

—Gracias, Kauri. La verdad es que tú tampoco estás nada mal. Ahora entiendo los suspiros que escuchaba en las calles durante la ceremonia —comentó Ánagor cuando observó su vestido detenidamente.

—Que tonto eres cuando te lo propones —replicó la joven y ambos rieron divertidos ante sus palabras.

Después de un breve intercambio de confidencias, Ánagor y Kauri abandonaron el Templo de la Sabiduría para dirigirse a la parte más elevada de la montaña en la que estaba el Templo del Emperador. Una larga hilera de escalones, en los que tuvieron que esperar la llegada de sus hermanos, los separaba de su destino. La tradición requería que acudieran juntos ante el emperador.

—Hermana, ¿cómo has encontrado a Mánigor? —le preguntó Ánagor rompiendo el silencio.

—Agotado por el largo viaje, pero con las ideas muy claras —respondió Kauri.

—Eso es justo lo que me temía —replicó Ánagor.

—Tranquilo —dijo Kauri que acarició el rostro de su hermano—. Lo harás muy bien en la ceremonia, no te preocupes tanto por el combate.

En medio de la conversación, un sonido de pasos delató la presencia de una persona que se aproximaba. Al volverse, los hermanos observaron la figura de Ástegor acercándose.

—Mánigor no va a asistir a nuestra reunión familiar. La última batalla, unida al largo camino de regreso a Sakkia, lo han dejado agotado. Me ha pedido que os transmita sus disculpas —dijo Ástegor.

—Está bien —dijo Ánagor—. Entonces no perdamos más tiempo. El emperador requiere nuestra presencia.

Los hermanos recorrieron en silencio el camino empedrado que los condujo hasta el nivel superior de la montaña, lo que les llevó poco más de diez minutos. El Templo del Emperador estaba fuertemente protegido, haciendo honor a su denominación como lugar más inaccesible de Sakkia, existiendo una única vía a su interior, que estaba detrás de una enorme puerta de madera custodiada por cuatro guardianes. La fortificación presentaba dos niveles perfectamente diferenciados: en el piso inferior, un edificio rectangular de dos plantas servía como zona de descanso en la que el emperador pasaba la mayor parte del tiempo; en la parte superior estaba el Templo del Conocimiento, una construcción a la que solamente Kaor y el Centinela tenían acceso y que proporcionaba al máximo mandatario de la ciudad dorada un lugar apartado y discreto en el que retirarse a meditar, tomar trascendentales decisiones que afectaban al devenir del imperio o recibir ocasionalmente a las muy excepcionales visitas que gozaban del privilegio de conocer su interior.

La puerta que daba acceso al templo estaba custodiada por dos guerreros vestidos con armaduras negras revestidas con placas de protección que les cubrían los hombros, pectoral y la parte superior de las piernas; mientras que la cabeza estaba resguardada por enormes cascos con forma de cráneo de pantera. Los soldados permanecieron imperturbables ante la llegada de los hijos del emperador y mantuvieron las lanzas cruzadas delante de la entrada. La puerta, tallada en madera de cedro con incrustaciones de oro y diferentes piedras preciosas, alcanzaba una altura de cuatro metros y no tenía forma de abrirse desde el exterior. Los hermanos aguardaron frente a los soldados hasta que el sonido metálico producido por varios pasadores procedente del interior provocó que los guerreros retirasen sus lanzas y se girasen hasta quedar enfrentados; esa era la señal que les permitía la entrada al recinto. La puerta fue abierta de par en par por otros dos soldados vestidos de igual forma que los del exterior. Los guerreros negros (nombre por el que eran conocidos los veteranos combatientes que, una vez finalizados sus servicios en el campo de batalla, eran recompensados con un lugar de privilegio cerca del emperador) cerraron las puertas cuando los hermanos cruzaron el umbral y regresaron a sus puestos de vigilancia, dejando a los hermanos libertad para moverse a su antojo por el complejo.