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A los estudiantes de la Royal Ballet School les enseñan desde el principio que el ballet es mucho más que un arte, y no solo un deporte. Eso implica tener un control absoluto sobre el cuerpo y poner buena cara pase lo que pase. Esto es algo que deben aprender Daria y Gyurka si quieren sobrevivir en la escuela, ya que están rezagados respecto al resto. Y en un programa tan duro y competitivo, donde solo sobreviven los mejores, las excusas y el tiempo no juegan a tu favor. En un ambiente tóxico en el que resulta difícil mantenerte fiel a ti mismo, cualquier truco para demostrar lo que vales podría salvarte, y Daria y Gyurka no van a desaprovechar la oportunidad que se les presenta. Pero cuando tus sueños cada vez están más cerca, las envidias y las traiciones amenazan sin tregua… ¿Qué serías capaz de hacer para lograr tus metas, aunque eso suponga aprender a vivir con ello?
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Seitenzahl: 444
Veröffentlichungsjahr: 2024
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A los estudiantes de la Royal Ballet School les enseñan desde el principio que el ballet es mucho más que un arte, y no solo un deporte. Eso implica tener un control absoluto sobre el cuerpo y poner buena cara pase lo que pase.
Esto es algo que deben aprender Daria y Gyurka si quieren sobrevivir en la escuela, ya que están rezagados respecto al resto. Y en un programa tan duro y competitivo, donde solo sobreviven los mejores, las excusas y el tiempo no juegan a tu favor.
En un ambiente tóxico en el que resulta difícil mantenerte fiel a ti mismo, cualquier truco para demostrar lo que vales podría salvarte, y Daria y Gyurka no van a desaprovechar la oportunidad que se les presenta.
Pero cuando tus sueños cada vez están más cerca, las envidias y las traiciones amenazan sin tregua… ¿Qué serías capaz de hacer para lograr tus metas, aunque eso suponga aprender a vivir con ello?
ANDREA TOMÉ (Ferrol, 1994) es escritora, filóloga y profesional de la edición. Quizá la conozcas por sus novelasCorazón de mariposa (Plataforma Neo, 2014),La chica de hielo (Crossbooks, 2021),Kiss & Cry (La Galera, 2021),Cicatrices brillantes (Nube de tinta, 2023) y Las Diurnas (Umbriel, 2023), entre otras.
Cuando no está escribiendo, la encontraréis en la pista de hielo o en la tienda de ropavintage más cercana. Adora muchas cosas, entre ellas viajar, los deportes de invierno y la moda.
Actualmente reside en Londres, donde trabaja en el sector editorial y estudia Geografía e Historia.
How long will it be cute all this crying in my room?
When you can’t blame it on my youth and roll your eyes with affection. And my cheeks are growing tired from turning red and faking smiles. Are we only bidding time till I lose your attention? And someone else lights up the room.
People love an ingénue.
TAYLOR SWIFT
Todo está lleno de dioses.
TALES
Llovía la tarde que Bianka tuvo su accidente, el servicio regular de trenes entre la costa y Londres se había detenido debido a la tormenta y ninguno tenía cobertura en la casa de campo que Eniko había alquilado en Seaford. Fue Gyurka el que cargó con ella en brazos desde el acantilado hasta la casa, y François quien corrió al pub para utilizar el teléfono.
Por supuesto, la lluvia en Inglaterra no era un suceso fuera de lo normal; aquella, en cambio, era la clase de tormenta de primavera violenta y rabiosa tras las semanas incesantes de sequía y ola de calor. La estación de Victoria se había inundado por completo, de ahí que se hubiesen cancelado los trenes, y las olas parecían azotar los acantilados blancos de las Siete Hermanas casi como si tuviesen cuentas pendientes.
Éramos conscientes de que no deberíamos haber ido a hacer senderismo a los acantilados. No con aquella previsión meteorológica y, sobre todo, no tan cerca de la representación de Mayerling, en la que participábamos junto al resto de la clase, en mayor o menor medida. Tampoco ignorábamos los riesgos del calzado que había elegido Bianka (una especie de botas de hípica, con algo de tacón, que no podían traerle más que problemas); Gyurka y yo intercambiamos una mirada cuando la vimos salir al jardín así, y la risita de Eniko también había estado allí, pero ninguno de nosotros dijo nada.
Mientras esperábamos en urgencias a que le echasen un vistazo al tobillo de Bianka no podía dejar de pensar en dos cosas: que ahora me correspondía legítimamente interpretar el papel de Mária Vetsera y que nadie sospecharía nada de nosotros, que siempre habíamos sido amigos de Bianka y que le habíamos perdonado todo, los comentarios más ofensivos y los desplantes más insultantes, todo.
Durante algunos días pensamos que ella tampoco imaginaría nada raro, y así fue, al menos al principio. Las sospechas llegaron después, a medida que se acercaba la representación de Mayerling. Cada clase y cada calentamiento que Bianka observaba sentada en un rincón hacían crecer su paranoia, hasta que al final todos nosotros quedamos a merced de sus caprichos.
Después llegaron las investigaciones necesarias. Los interrogatorios. Los expedientes y las expulsiones. Por último, la ruptura propiamente dicha del grupo. Al llegar a Londres me había pasado tantas horas observándolos, intrigada por ellos y por su modo de vida, que cuando al fin me admitieron entre sus filas, por decirlo de alguna manera, creí que siempre sería así, que siempre estaríamos formados de la misma materia, como si algún dios caprichoso nos hubiese fragmentado cuando llegó la hora de que naciéramos. Al final, por supuesto, las cosas que nos separaban eran más numerosas, y más letales, que las que nos unían.
Hace diez años que no veo a ninguno de los chicos de la Royal Ballet School.
La belleza no es nada excepto
el comienzo del terror.
[…] Todo ángel es terrorífico.
RAINER MARIA RILKE
Hay un puente que conecta el edificio de la Royal Ballet School con la Royal Opera House. Se llama el Puente de la Aspiración, y su aspecto es más bien el de un acordeón sujeto por las manos de un gigante borracho.
La función principal del Puente de la Aspiración es la de permitir que los estudiantes de la Royal Ballet School pasen de un edificio a otro antes de una actuación sin la necesidad de pisar las calles bulliciosas de Covent Garden.
—El Puente de la Ambición —había precisado Eniko, que había entrado justo antes que yo.
Aún no la conocía por su nombre, pero me había llamado la atención desde el primer momento. Con su trenza larguísima y muy negra, los omóplatos salientes, casi como alas, y aquella nariz de duende moteada de pecas y de una extensión violácea que el maquillaje no había logrado ocultar, parecía pertenecer a aquel lugar por derecho propio. Más tarde, cuando me enteré de quién era su madre, tuve que admitir que mi primera impresión no había estado tan alejada de la realidad.
—Donde los sueños van a morir —bromeé, y ella me dirigió una de sus sonrisas afiladas y misteriosas.
La perdí de vista no mucho más tarde, al entrar en la confusión de moños perfectos, manos temblorosas y miradas glaciales. Éramos la competencia, todos nosotros, y el ballet es el último lugar del mundo en el que deberías caer en la tentación de trabar amistad con la competencia.
Aquello fue, y cito sus palabras textuales, lo que nos dijo Miss Beaverbrook al entrar y caminar ante nosotros. Era mayor que mi madre, con una confusión de rizos entrecanos y unos ojos sesgados que carecían de la calidez natural de los tonos terrosos; su cuerpo era esbelto, con unos músculos que confirmaban los años pasados de una insigne carrera en la danza clásica.
Me pregunté si mamá habría sido como ella, de no haberme tenido.
Me pregunté cuánto me importaba.
—Estáis aquí porque todos soñáis con lo mismo —dijo la voz atronadora—, bailar en el Royal Ballet. Pero no os equivoquéis: aún no sois bailarines y, aunque sobreviváis a esta semana (a mi criba), no tendréis el privilegio de llamaros bailarines del Royal Ballet, solo sus estudiantes.
Se humedeció el labio inferior y, sin relajar la postura, se paseó entre nosotros. La luz entraba a raudales por los ventanales, tenía un efecto magnífico sobre ella: le iluminaba los rizos como el halo de un ángel, sus facciones perfectamente cinceladas por aquella claridad dorada.
—Durante los próximos siete días me dirigiré a vosotros por el número que lleváis pegado al maillot. —El mío, que ya había memorizado, era el 76—. No voy a aprenderme vuestros nombres y no quiero aprenderme vuestros nombres. Os dirigiréis a mí como Miss Beaverbrook y solo como Miss Beaverbrook. La mayoría de los que estáis aquí os volveréis a casa. De los que sobreviváis, algunos lo dejaréis antes de graduaros, otros acabaréis trabajando para compañías más pequeñas o pasando a la docencia. Solo una pequeña minoría acabará formando parte de nuestro prestigioso corps de ballet —alzó una ceja al remarcar—. Nadie será un bailarín del Royal Ballet hasta que lo diga yo.
—Señor, sí, señor —susurró una voz grave y ligeramente nasal, la del chico pelirrojo que se había sentado en la repisa de la ventana.
La aspirante que se encontraba a mi lado (una inglesa de corte bob castaño y ojos grises, casi incoloros) bufó y se inclinó ante la chica que tenía enfrente para decirle:
—Cómo no, no se lo toma en serio. Ninguno de ellos lo hace.
No me hizo falta preguntarle a quiénes se refería. El grupito que formaban llamaba poderosamente la atención, incluso en aquellos instantes en los que la luz de la mañana era tan poco amable con ellos, dejando a la vista las imperfecciones de la piel.
Según me explicaron más adelante, el pelirrojo era György Bernát, húngaro de Budapest; su hermano mayor, Andor, había estudiado en la academia del Bolshói y luego había bailado para el Ballet Nacional Húngaro antes de retirarse un par de años atrás.
—Andor le consiguió una audición en el Bolshói, sabe Dios cómo —me aseguró la inglesa—, pero los rusos no lo tocarían ni con un palo. Su técnica es espantosa.
—Creo que la guerra también tendría algo que ver —se me escapó.
Ambas inglesas me miraron, casi como si estuviesen sorprendidas, por no decir maravilladas, por mi atrevimiento.
—¿Y? Le ahorra la vergüenza a su familia —dijo la candidata del corte bob—. Dios existe.
Con la nariz romana, cuajada de pecas, los hoyuelos en las mejillas, los ángulos rectos de los hombros y la manera descuidada en la que se había subido los bajos del chándal, György era el que más desacorde parecía con respecto a los otros.
A su lado, considerablemente más bajo y musculoso, estaba François Levi, de ojeras oscuras como posos de café. Los rizos negros, confusos y apretados, el labio superior ligeramente más grueso que el inferior, los ojos estrechos verde hielo: ese era François Levi, que había sido criado por su abuelo en uno de los barrios pudientes de París y del que no podían sacar carrera, excepto en la danza.
Bianka von Neumann estiraba frente a ellos. Alta y delgada como una espiga, era singularmente pálida, etérea, casi como si careciese de la consistencia necesaria para ser humana. Su familia, que había huido de alguna ciudad en la frontera entre Austria y Hungría tras la guerra, tenía ahora una gran fortuna en Vermont y veraneaba todos los años en las costas de Maine.
La cuarta integrante del grupito, menuda y elegante, era Eniko Guerry. Su madre, Megumi Asada, era un icono del ballet de los noventa. Había bailado para la American Ballet Company durante décadas, y solo hacía tres años que lo había dejado. Había vestido algunos de los tutús más codiciados del mundo y había sido musa de Chanel y de Givenchy. Eniko, según me explicaron, pasaba el año a medio camino entre Tokio y el pueblecito de la Suiza francesa en el que vivía su padre.
—Donde vivió también Audrey Hepburn —apuntó la inglesa como última sentencia lapidaria.
—¿Megumi Asada? ¿En serio? —susurré.
Se volvió hacia mí, una sonrisa pérfida dibujada en su rostro.
—Sé lo que estás pensando. ¿Has visto su técnica? —Se humedeció los labios, como si quisiera saborear cada palabra que salía de ellos—. Supongo que no lo es todo.
—En realidad… —empecé, pero Miss Beaverbrook estaba mirando en nuestra dirección, de modo que fingí no haber abierto la boca.
—En cuanto empiece la música no quiero escuchar nada más que vuestros pies contra el suelo —dijo, y su mirada pesaba como una losa—. No me importa lo mal que lo hagáis ni lo que os pase por la cabeza. El ballet es un arte, no un deporte; eso significa que tenéis que respetarlo, y respetarlo implica poner buena cara y mantener la postura. ¿Tienes algo que añadir?
Se detuvo ante György, que le susurraba algo al oído a François. Aturdido por la repentina atención, György se mordió el labio inferior, arqueando las cejas hasta que unas arruguitas se dibujaron en su frente.
—No. No. Solo le decía… —sonrió—. Bueno, decía que creo que es ambos. O sea, que es arte, claro, pero también es un deporte.
Miss Beaverbrook apretó tanto los labios que perdieron su color, tiñéndose del blanco de la leche agria. Por un momento pareció que iba a quitarse una de sus puntas para tirársela a la cabeza, pero en un último instante se dio la vuelta. Al girarse para mirarlo de nuevo, susurró:
—Y yo creo que estaría más dispuesta a escucharte si no fueses uno de los bailarines con peor técnica de la clase. Tienes siete días para captar mi atención, y de momento lo estás haciendo de la manera más desafortunada.
György separó los labios para añadir algo más, pero fue en vano. La música (el suave piano de Chopin) empezó a sonar y, como Miss Beaverbrook deseó, solo se oyeron nuestros pies contra el suelo.
¿La trampa más cruel? La clase, por sí misma, no resultaba compleja. Miss Beaverbrook se limitaba a indicarnos las posturas que debíamos adoptar mientras caminaba entre nosotros, estudiando los arcos de nuestras espaldas y las líneas de nuestros hombros.
—Quinta posición… hombros abiertos, abiertos…
Todos eran ricos, por supuesto, y casi todos se conocían. El privilegio sabe encontrar al privilegio, y no tenía ningún sentido intentar razonar en contra de aquella verdad indiscutible. Veraneaban en los mismos lugares o sus padres se conocían entre sí (dónde veraneaba uno y a qué se dedicaba el padre de otro eran las dos grandes preguntas que se hacían los aspirantes) o habían coincidido en programas intensivos de ballet que costaban varios meses de nuestro alquiler en Galicia. Había muchos británicos en la habitación, naturalmente, todos charlando con ese tono que arrastra las sílabas, como si incluso la mera acción de hablar supusiese un esfuerzo hercúleo y un aburrimiento terrible a partes iguales.
Miré la bufanda de Burberry anudada a mi bolsa de deporte, al fondo del estudio. Había sido idea de mi profesora de ballet, la señorita Klein. La bufanda, por supuesto, no la bolsa. Ella también había bailado, hacía años, antes de emigrar y dedicarse a la enseñanza. Sabía de qué se trataba El Juego: pretender que tienes más dinero del que posees realmente porque todo el mundo aquí está un escalón por encima en el estrato social y las apariencias pueden darte una ventaja sobre los demás.
Como he dicho, el privilegio sabe encontrar al privilegio. Habla un idioma secreto, imposible de comprender para aquellos que no lo tienen como lengua materna. Eso era algo que la señorita Klein desconocía.
El puto Puente de la Aspiración.
Al terminar la clase, el piano de Chopin se convirtió en el zumbido de todas las conversaciones que nacían. Ya sabía lo que la mayoría estaban diciendo sin necesidad de aguzar el oído. Los chicos ricos siempre hablan de lo mismo, de todos modos. De qué trabajan sus padres y a qué familias conocen y en qué lugares pasan las vacaciones, y quién es el bendito amigo que tienen en el Royal Ballet o en cualquier otra industria cultural de la capital.
No eran conversaciones inocentes, tampoco. Eran una criba. Eran una manera de reconocerse entre ellos y de aislar a los que no tenemos padres que ganen seis cifras al año, contactos con nombres azules en la Wikipedia o residencias de verano en la Riviera francesa o dondequiera que fuesen los ricos cuando no estaban por ahí.
No tenía, naturalmente, ningún interés en convertirme en el blanco de nada, de modo que bajé a por un café, aprovechando la soledad para hacerle una videollamada a mi madre.
Me contestó desde la cocina, la cesta de la colada al fondo, sobre una secadora que no funcionaba desde hacía tiempo, y un croissant (de los que venden a granel en el Lidl) en una mano.
—¡Eh! ¿Cómo te ha ido la mañana?
Mi madre tenía el pelo castaño (un par de tonos más oscuro que el mío) y muy largo, mis mismas orejas de soplillo y unos penetrantes ojos verdes que me habían evitado en la lotería genética.
Bufé.
—Oh, Dios, nuestra profesora es… como… brillante, pero también nos odia…
Mamá arrugó la nariz, y mojó el croissant en el capuchino.
—No creo que os odie.
—Oh, no, nos lo ha dicho ella misma. Con esas palabras, además.
—¿Y los compañeros qué tal?
—Parece que todos salgan de un episodio de Gossip Girl.
Eso la emocionó muchísimo. Saltaba a la vista.
—¡Oh! ¿Algún Chuck Bass o Nate Archibald a la vista?
—Mamá, no he venido a Londres a mirar chicos.
Aunque, para ser sinceros, me había pasado casi todos los descansos estudiando al grupito formado por György Bernát, François Levi, Bianka von Neumann y Eniko Guerry.
—No, has ido a bailar —me señaló con el cuerno empapado de su cruasán—, pero eso no significa que no puedas pasártelo bien.
—Podré pasármelo bien cuando forme parte del corps de ballet de la Royal Ballet, en dos años, y solo si hago un pacto con el diablo o algo por el estilo.
—Asegúrate de apuntarlo en la agenda, entonces. Que no se te olvide.
Me escurrí sobre la mesa de la cafetería.
—Voy en serio.
—Y yo también. Podrás con ello. Más te vale. Ya he reservado cita en tu pizzería favorita. He tenido que estudiar italiano para comunicarme con Giovanni.
—Giovanni habla español.
—Sí, pero te da una reserva cuando lo tiene «todo completo» —hizo el gesto de las comillas aéreas—, si intentas hablar su idioma. —Me sonrió—. Eh, llegar hasta ahí ya es estupendo. No te olvides.
Cuando volví para la clase del pas de deux, en el estudio flotaba un tufillo vago a tabaco.
—Tío, mataría por un puto café ahora mismo —bufó François, que estiraba frente a la ventana junto a György (del que parecía venir el olor a cigarrillo)—. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? ¿Tres horas?
El efecto que aquella sencilla pregunta tuvo en la inglesa al fondo de la habitación (un moño tan pálido que la línea de su pelo se confundía con su piel) fue maravilloso. Arrugó la nariz, primero, y luego chascó la lengua.
—¿Quieres dejar de protestar? Muchas personas matarían por estar aquí hoy.
—Muchas personas deberían hablar con un profesional acerca de sus instintos de matar —bromeó György, a lo que François, bajando el pie de la repisa de la ventana, añadió:
—Cariño, he venido desde París. ¿Crees que me he tragado dos horas y media de Eurostar para ver el London Eye y el maldito Palacio de Buckingham?
György soltó una risita seca.
—Habla por ti. Yo sobre todo he venido por la comida. He oído que es buenísima.
—Sí, en un…
No le dio tiempo a terminar la frase. Eniko lo interrumpió para decir:
—Déjala. Solo está mosca porque todo el mundo sabe que los bailarines ingleses están muy verdes. Por eso venimos tantos internacionales a las audiciones. —Le guiñó el ojo a François—. Y yo me he comido casi trece horas de vuelo desde Tokio, así que no te pienses que eres especial, baguette.
La inglesa puso los ojos en blanco, cogiendo aire como si se dispusiese a soltar una sentencia lapidaria. No le dio tiempo a pronunciar ni una palabra, pero en aquella ocasión no fue Eniko quien se le adelantó, sino la puerta que acababa de abrirse.
—Buenos días a todos —dijo el profesor (no venía acompañado de Miss Beaverbrook)—. Soy Buddy Zauner e impartiré la clase de pas de deux de hoy. Voy a poneros en parejas y, por el bien de todos, no voy a admitir cambios o protestas. Muy bien, veamos…
Era joven (probablemente no hiciese mucho tiempo que se había graduado) y magníficamente alto. Sus ojos, sesgados, eran tan pálidos que la luz parecía atravesarlos. Pasándolos de la lista entre sus manos a nosotros, iba diciendo números en voz alta, emparejándonos.
—Número 76 —tensé la espalda—, y… número 94.
György Bernát me sonrió y le dio una palmadita en el hombro a François antes de venir junto a mí.
—Eh, parece que nos ha tocado juntos —dijo, apoyando el codo sobre la barra (algo que, con toda probabilidad, Miss Beaverbrook no aprobaría).
Me sentí como atravesada por algún tipo de grandeza, como si pudiese tocar los pasillos del Bolshói, que su hermano tantas veces había pisado, a través de él.
—Creía que solo habías venido aquí por la comida.
Se encogió de hombros.
—Mosquear a François es fácil, económico y divertido.
—No parece que él esté de acuerdo con lo último.
—Es un tipo distinguido.
Por regla general, lo difícil es conseguir arrancarme las palabras. Pero hablo cuando estoy nerviosa, y en aquel momento podría haberlo hecho hasta la extenuación, una palabra tras otra, casi tejiéndolas, como un jersey. Lo habría hecho, sin duda, si Buddy Zauner no se hubiese vuelto hacia la clase, ya todos emparejados.
«El Puente de la Ambición», pensé, la voz aguda de Eniko Guerry muy clara en mi cabeza.
—Examinemos vuestro pas de deux —dijo Buddy con una sonrisa de dientes torcidos que lo hacía parecer incluso más joven, apenas acariciando el final de la veintena—. Soy consciente de que nunca habíais bailado juntos, de modo que no os preocupéis por eso. Solo me interesa ver vuestra técnica.
Asentí, mordiéndome la cara interna de las mejillas. Luchaba por evitar que me temblasen tanto los labios.
—Adagio. El pas de deux del Segundo Acto de Cumbres borrascosas.
Era un ballet poco conocido, de escaso éxito, que yo había escogido para el vídeo de mi audición, ante la curiosidad de la señorita Klein, porque Emily Brönte era una de mis escritoras favoritas. No sabía con certeza qué había empujado a György Bernát a elegir la misma pieza para su audición, aunque podía imaginármelo. Su hermano Andor había interpretado el papel de Heathcliff en la primera y única representación de Cumbres borrascosas que organizó el Ballet Nacional Húngaro.
Un instante de silencio ante el paredón.
El Juego. La música suena y ya no hay cabida para nada más. Como si un fantasma testarudo se te pegase a los huesos. Te mueves, simplemente, y tu cabeza está al mismo tiempo vacía y llena de cosas. Pensamientos, algunos útiles y otros vestidos de espinas. ¿Es tu empeine lo suficientemente preciso? ¿Refleja tu expresión la delicadeza de la pieza o su complejidad? ¿Cuando los jueces o los profesores te miran, están evaluando tu técnica o examinando de cerca las proporciones de tu cuerpo? ¿Estás condenado antes de empezar siquiera?
Y György Bernát tenía unas manos bonitas. Eran unas buenas manos. Fuertes, con los nudillos enrojecidos como si tuviesen tiritera, frías y suaves al tacto. Unas manos que se agarraban a mi cintura para levantarme casi como si mi peso no contase. Alcé los brazos, concentrándome en mantener la postura precisa y en que nada en mis movimientos delatase la dificultad de cada estiramiento.
Pum. Escuché el golpe antes de sentirlo. Casi, podría decir, antes de amortiguarlo con las palmas contra el suelo, más frío que las manos de György Bernát. Me reincorporé, sonriendo, y retomé la postura que habíamos dejado incompleta, pero no importó. Lo habían visto, y El Juego no es amable con nadie.
El viento gélido me golpeó la cara al salir. Las deportivas de György Bernát emitieron un ruido sordo contra el linóleo de la Royal Opera House. No me giré, pero puesto que no escuché la puerta cerrarse tras de mí supe que me estaba siguiendo.
—¡Eh, espera!
No tuve que moverme. En un segundo ya había corrido hasta quedar delante de mí, el vaho que salía de su boca flotando entre nosotros.
Alcé las cejas. No esperaba una gran reacción por su parte, pero ahí estaba.
—No… me ha dado tiempo a presentarme —jadeó, extendiendo su mano blanca y roja—. György. Se pronuncia como en italiano: Giorgi. Puedes llamarme Gyurka.
Repitió la pronunciación pausadamente, como una plegaria o una oración. Juur-ka.
—Daria. Örvendek.1 —Parpadeó. Ante el frío, un intenso rubor se extendía por su nariz y sus mejillas. No le di tiempo a formular la pregunta—. Mi profesora de danza es húngara.
Arqueó una ceja.
—¿Y no tenías suficiente con el ballet que pensaste en aprender también el idioma?
No había pasado del inglés, con su acento espeso como la miel, al húngaro, casi como si dudase que una lengua extranjera fuese capaz de reproducir aquellos sonidos cantarines y ululantes. Mi confianza en mi fluidez era relativa, así que yo tampoco lo hice.
—El saber no ocupa lugar.
—Habla por ti. Al menos puedes audicionar para el Ballet Nacional Húngaro si…
Dejó la frase ahí colgada, incompleta, casi como si la última bocanada de aire le hubiese robado también la voz. Por supuesto, como había dicho la bailarina inglesa, no se lo tomaba en serio; teniendo las puertas del Ballet Nacional Húngaro abiertas, el resto de audiciones debían ser como una serie de pasos que dar antes de encogerse de hombros ante lo inevitable.
Todas mis puertas, excepto esta, estaban cerradas.
—Un día de mierda, ¿eh? —Sonrió; tenía una sonrisa ancha de dientes prominentes y muy blancos—. Oye, me siento fatal por…
Sacudí la cabeza, en parte porque no sabía muy bien cómo reaccionar a los grandes sentimientos de los demás y en parte porque en mitad de la calle en pleno Covent Garden no me parecía el lugar idóneo para ponerme a llorar, que era exactamente lo que haría si pensase durante más de dos segundos en lo que acababa de pasar.
—No tenemos que hacer esa cosa.
Gyurka arrugó la nariz.
—¿Esa cosa?
—Esa cosa en la que tú te disculpas y yo te perdono y nos hacemos amigos debido a la experiencia traumática que acabamos de compartir.
Me odiaba más y más con cada palabra que salía de mi boca, pero no podía contenerlas. Era como ver un accidente de coche, y en aquella ocasión Gyurka no se esforzó por ignorarme.
—Vale, pero me siento mal de verdad y me quiero disculpar de verdad.
Asentí.
—Vale. —Un silencio que duró un par de segundos más de lo apropiado; apreté los párpados—. Y yo te perdono. De verdad.
El efecto que mi incapacidad para juntar más de dos palabras seguidas tuvo en Gyurka fue espléndido. Se echó un poquito hacia atrás, para empezar, como si quisiese permitirse el suficiente espacio físico para reaccionar. Luego explotó en la carcajada más monumentalmente gigantesca que había oído en mucho tiempo, mejillas encendidas y ojos llorosos y todo.
—Está bien, yo también me odiaría si fuese tú.
—Vale, pero no te…
No me dejó seguir.
—Está bien. Lo pillo. Déjame que te lo compense por lo menos.
—No, no, no, no, no —dije, dando un par de pasos hacia atrás, porque toda aquella interacción me estaba volviendo más y más estúpida por momentos—. No tienes que hacer nada de eso, de verdad. No te odio. Estas cosas pasan. Además, tengo que ir a estudiar.
Señalé hacia el Pret al otro lado de la calle con el pulgar. No supe por qué señalé hacia el Pret al otro lado de la calle, pero no quería que me siguiese ni quería que pareciese que lo estaba invitando a venir. Solo quería coger toda la vergüenza que estaba pasando y la decepción de haber quemado mi única carta en la audición y bebérmelo todo en una taza humeante de capuchino.
Gyurka arqueó de nuevo la ceja.
—Estudiar. Me habían dado plantón de muchas maneras, pero esta es nueva. Aunque lo…
—Antes de que lo digas, no te odio. Y sí que tengo que estudiar. Mis exámenes están a la vuelta de la esquina y no parece que vaya a entrar en el Royal Ballet, así que…
Gyurka chascó los dedos, un gesto que aprovechó para señalarme.
—Oh, esa ha sido buena. —Se llevó la mano al pecho—. Me ha dolido, pero no pasa nada, me lo merezco. —Se mordió el labio inferior—. Hay otras escuelas de ballet.
—¿Las hay? —Suspiré—. Me gusta estudiar, ¿vale?
Contuvo una risotada. Pude verlo. Físicamente.
—¿De veras?
—Sí. Se me da bien.
Se encogió de hombros.
—Supongo que por eso no me gusta a mí. —Estiró los labios, de modo que dos hoyuelos crecieron en sus mejillas—. ¿Puedo pagarte el café, por lo menos? De verdad que me siento fatal.
—No vas a dejarme en paz hasta que te diga que sí, ¿no?
—Efectivamente. —Resoplé, empezando a caminar. Gyurka, por supuesto, vino conmigo. Dio un par de zancadas largas para ponerse delante de mí, y comenzó a andar hacia atrás, de modo que pudiese verme—. No al Pret, por supuesto. Eso no es café de verdad.
—Lo siento.
—No te disculpes por el café terrible de los demás. Al final de la calle hay una cafetería chulísima, el Arôme, que Eniko me recomendó. Ni siquiera François tuvo algo negativo que decir al respecto, que es bastante.
Hablaba de ellos como si todo el mundo pudiese reconocer los nombres, como si no pudiese existir la posibilidad de que pasasen desapercibidos, lo cual tenía su parte de razón.
No discutí con él.
—Está bien, pero que sepas que voy a pedir lo más barato del menú.
—Oh, no, no tenías que decírmelo. Ahora siento que tengo que obligarte a pedir la cosa más ostentosamente cara del menú.
—Por favor… —Pude sentir su respuesta formándose en su boca, casi goteando por su lengua, de modo que di un cabezazo—. No lo digas.
—Estoy callado. O lo estaré. En un segundo.
Sorprendentemente, se mantuvo callado durante todo el trayecto (dos minutos), y luchó contra sus ganas de agregar algo más mientras pedía (un americano, por favor y gracias). Ya estaba a punto de volverme hacia él para que pagase, cuando no se pudo contener un instante más y agregó:
—¿No es un poco triste tomar un café con el estómago vacío?
Lo señalé.
—No vas a utilizar ese tópico contra mí y no vas a pagar por más que por un americano.
—No puedes estar delante de todas estas tostadas de miel y de estos caracoles de pistacho y no caer en la tentación de pedir uno. Es un pecado mortal. —Una sonrisa pérfida se dibujó lentamente en sus labios—. Total, ahora que no vas a entrar en el Royal Ballet…
Aparté la vista.
—¿Y tú?
Golpeó su tarjeta contra el datáfono.
—Yo no tengo redención. Estoy bastante seguro de que mi santo hermano tuvo que ponerse de rodillas y pedir por favor que me viesen, así que solo he venido para no dejarlo quedar mal.
No pude contener una sonrisa.
—Me refería al pecado mortal de estar aquí y no pedir una tostada de miel o un croissant de pistacho.
—Caracol —me corrigió—. Y tengo otros planes ambiciosos para el descanso. Quiero echarle un vistazo a las tiendas de vinilos porque soy de esa clase de personas, y lo más seguro es que después vaya a este pub canadiense que descubrí el otro día. Tiene retransmisión de partidos de hockey, buena música y comida grasienta. Ya sabes, ahora que no voy a entrar en el Royal Ballet.
Irrumpí en una carcajada.
—A lo mejor sí. No has sido el que ha acabado por los suelos.
—No, he sido el que ha hecho que una chica acabe por los suelos, lo cual es exponencialmente peor. Sobreviviré.
—No lo dudaba.
La camarera dejó mi americano sobre el mostrador. Antes de que me diese tiempo a cogerlo, Gyurka sostuvo el vaso de papel entre sus manos, se sacó un bolígrafo del bolsillo y escribió una única frase: «Sok sikert!».2
—A ver si vas a tener que buscarlo en el diccionario cuando me vaya —dijo, abrochándose la gabardina.
—El húngaro se me da mejor que la danza —dije, pero ya no me estaba escuchando.
Se había dado la vuelta, y ya abría la puerta de cristal, saliendo a la claridad de la calle.
1 «Encantada de conocerte» en húngaro.
2 «¡Buena suerte!» en húngaro
—He tirado a una chica.
El jadeo moteó mi sentencia lapidaria como un punto y aparte. Los baños de Maple Leaf tenían sus ventajas inestimables (la privacidad que otorgaba la separación con el piso de arriba, la decoración vagamente estimulante); la acústica, por desgracia, también era espléndida. Mi propia voz regresaba a mí como un fantasma testarudo.
Mi hermano Andor se frotó los ojos desde la pantalla de mi móvil; se reincorporó. Podía ver, a su espalda, la puerta acristalada de su estudio Erzsébetváros, que conducía al patio interior.
—¿Has tirado a una chica? ¿En serio? —dijo, la voz cargada de sueño; hay solo una hora de diferencia entre Londres y Budapest—. ¿Se ha dado en la cabeza?
—En el culo.
—Pues no es tan malo.
—No creo que a los profesores les importe mucho dónde se haya golpeado la chica, la verdad. —Suspiré, pasándome una mano sudorosa por la cara—. La he cagado. Estoy acostumbrado a cagarla, pero no la primera semana. Olvídate de eso: el primer día.
—Sobrevivirás —me aseguró Andor, y sus labios finos se curvaron en una sonrisa—. Si hubiese sido en la cabeza no solo la habrías cagado monumentalmente en tu primera mañana; también te habrían podido acusar de intento de homicidio.
Andor y yo teníamos la misma sonrisa, los mismos dientes grandes y ligeramente torcidos; la abuela decía que nuestra felicidad es igual. Esa era, también, nuestra única similitud. Andor era bajito y fuerte en la misma medida en la que yo era alto y larguirucho, y tenía el pelo castaño, lacio, y los ojos enormes y oscuros.
—Voy a tener que volver a Budapest. —Resoplé y, solo por hacer algo, me senté sobre la encimera del lavabo.
Andor no apreció mi comentario.
—¿Y cuál es el problema con eso? Es la mejor ciudad del mundo.
—Es solo que parece que estoy tirando por la basura una oportunidad demencialmente…
—Entonces, ¿qué haces hablando conmigo? Vuelve a clase. Tienes siete días, ¿no? Solo has tirado a una chica, gilipollas, no le has prendido fuego a la Royal Opera House.
Andor tenía una tolerancia bastante baja al derrotismo. Lo ignoré.
—Podrías echarme un cable con el Ballet Nacional Hún…
—Ni lo pienses.
—¡Soy tu hermano!
—Por eso. Tienes que aprender a sacarte las castañas del fuego de una vez.
—Entonces podría mudarme contigo. Podría enseñar, ¿no?
—¿Qué te hace pensar que quiero un compañero de piso de dieciséis años?
—Podría ayudarte.
—¿A qué? —Extendió los brazos, como queriendo abarcar la totalidad del estudio—. Deja de huir de tus problemas, chavalín. Ya sabes lo que te voy a decir, ¿no?
Resoplé de nuevo, pero Andor no tuvo compasión.
—Siempre va a pasar algo —me dijo—. Así es la vida, siempre pasan cosas. Mira, la frase más importante que vas a aprender en inglés: shit happens. Si te tiran del ring, te levantas y te vuelves a subir, así que vuelve a clase, porque si te vienes a Budapest no te vas a quedar conmigo; te vuelves con papá y mamá, así que a no ser que quieras debatir tus opciones de futuro con Károly y Franciska Bernát…
—Me estás matando.
Andor le chascó los dedos a la pantalla de su teléfono.
—Vuelve a clase. Sé grande. Cuéntame la historia cuando la sepas, no cuando te la imagines. Bye-bye.
Colgó antes de que me diese tiempo a protestar, y su cara en mi pantalla fue reemplazada por mi propio reflejo, pálido y confundido.
«Familia» en húngaro es család.
No hablé con nadie en toda la semana. Aislarse es fácil. Es una no acción, y me viene de manera completamente natural, como el respirar, como llevar una segunda piel. Cuando hay demasiadas conversaciones a la vez, demasiadas vibraciones, mi instinto es el de no aportar nada, el de ser una espectadora y no una participante.
En el Royal Ballet había, desde luego, infinitas acciones que observar, todas ellas interesantes y efímeras.
Como aquella vez en la que François juró «partirle la napia» a uno de los muchachos británicos, excepto que nunca lo hizo.
Eniko Guerry, que se aplicaba el brillo de labios de Dior con tanto detenimiento y que siempre, siempre, siempre se quedaba mirando al teléfono cuando este sonaba, esperando hasta que la pantalla se volvía negra otra vez.
O la manera en la que los rayos del sol casi volvían blanco el pelo, que una vez había sido un bob y que ahora crecía más allá de sus hombros, de Bianka von Neumann, los mechones de un antiguo flequillo acariciándole las cejas, enmarcando unos ojos perfectamente almendrados, del tono exacto de azul aguamarina.
Las líneas fuertes, seguras, de Buddy Zauner, nuestro profesor de pas de deux. La calidez y la solidez de su cuerpo me hacían temblar cuando se acercaba a mí para colocarme bien los hombros, estirándome la espalda como la de un gato.
—Tus brazos hacen una línea muy bonita —me decía—. No lo estropees con la postura.
Siempre había cosas, pequeños detalles, defectos más o menos grandes que había que corregir. Buddy los recalcaba a la manera inglesa, con una amabilidad que te hacía dudar de hasta qué punto estabas quemando tus posibilidades. Miss Beaverbrook, por otro lado, magnífica en su papel de sargento capullo, optaba por otros métodos.
—Corrige la postura, 76, y hazlo ahora, no en lo que tardas en seguir la clase. ¡Vamos, vamos, vamos!
Sus comentarios lograban, por lo general, causar al menos un par de risitas, la mayoría de ellas provenientes de los bailarines británicos. Nos odiaban y eso no iba a cambiar. Eran tan pocas las posibilidades, tan sospechoso que nos hubiesen invitado a los internacionales. No podías fiarte. Estabas solo.
El tercer día una chica alemana entró llorando en clase porque sus zapatillas de pointe habían aparecido destrozadas. ¿Sabes cuánto cuestan unas buenas zapatillas? ¿Unas que puedan hacer que consigas una plaza en una de las escuelas de baile más prestigiosas del mundo? Ciento cincuenta libras, alegremente, más el tiempo que tardes en amoldarlas a tu pie, en golpearlas contra el suelo o contra las escaleras para que la rigidez inicial disminuya, evitando las lesiones y las heridas.
Muchas cosas más. Habitaciones que quedaban cerradas. Horarios que desaparecían. Lentillas que acababan en el retrete. Todo tipo de pequeños sabotajes, cada uno más desesperado y cruel que el anterior.
Así que no hablé con nadie y, puesto que no suponía una amenaza, nadie habló conmigo, ni siquiera para molestarme. La amabilidad de Gyurka no se había transformado en amistad, por supuesto; siempre estaba rodeado del resto de los muchachos del grupo, y para ellos siempre era Gyurka, nunca György; solo François se permitía el placer de llamarlo Georges, y solo por François lo dejaba pasar todo Gyurka por alto. Vivían como en un mundo aparte, ellos cuatro, ajenos a los gritos y a los días que pasaban, como si existiese una escuela separada y solo suya.
Incluso cuando Miss Beaverbrook regañaba a Gyurka, algo que ocurría con frecuencia, en particular debido a su tendencia a quedarse mirando por la ventana y olvidar que nos estaban hablando, dándonos órdenes, siempre te daba la sensación de que las cosas le irían bien al final, de que todo iba a ser solo como un juego de niños.
—Quinta posición —le decía Miss Beaverbrook, entonces.
O tercera. O segunda. Cualquier tipo de orden sencilla, que él ejecutaba a la perfección, tras un corto aturdimiento.
—Oh, claro —decía y, a veces, si estaba especialmente combativo, añadía—: ¿Algo más?
Pero lo cierto es que era bueno, de la manera tosca e interesante de los talentos brutos que no han acabado de amoldarse a la técnica.
Ese es el truco, realmente. Solo hay dos tipos principales de bailarines: los que poseen un don natural, casi como si un dios caprichoso moviese los hilos, y los que suplimos esa falta de talento natural con terquedad y horas y horas de práctica.
La gran tragedia, por supuesto, residía en que, en España, en casa, tenía tantísimo potencial. Aquí era solo una cara más, una lista creciente de cosas que mejorar, una pregunta solitaria: ¿qué le ha pasado?
Existe, claro, la tercera opción, la de los talentos naturales que, además, han perfeccionado tanto la técnica que, al verlos, te da la sensación de que podrían bailar sobre el agua si se lo propusiesen. Son casos muy raros, a fin de cuentas, y no sirve de mucho perder el tiempo intentando convertirte en uno de ellos. En el grupo de aspirantes solo pude reconocer a una con esa magia extraña y elusiva: Bianka von Neumann. Era glossy-glossy, como las páginas de las revistas de moda o los vídeos en alta definición de mi feed de TikTok. Era todo palidez luminosa, la piel del mismo tono de la nieve limpia cuando la acaricia la hora dorada del sol, y huesos delicados y melena brillante y ligera, envuelta en una nube de perfume Santal 33.
Por la manera en la que bajaba los párpados al sonreír, y por cómo elegía a las personas con tanto cuidado, sabías que era muy, muy, muy consciente del efecto que causaba en los demás. Ese era parte de su poder, también. Antes de que acabase el martes ya habíamos caído todos presa de su hechizo.
Quizá coincidentemente, era la única del grupito que trataba de relacionarse con personas fuera de él, pero al final siempre regresaba a la mesa del comedor de la que, junto a Eniko Guerry, François Levi y Gyurka Bernát se había apropiado. En el Arôme tenían, también, un sitio reservado siempre para ellos. Otras veces, cuando no había cola (o sabe Dios si hacían cola) se sentaban a charlar en las escaleras del Museo Británico.
Solo miró en mi dirección general en una ocasión, que coincidió, como no podía ser de otra manera, con la «caída» del apartado «auge y caída» de mi vida.
Sábado. El último día, el día definitivo. Todas las decisiones se tomarían antes de que acabara la jornada. Al día siguiente nos devolverían a nuestras casas, algunos con una invitación para volver y otros con un puñado de sueños rotos en la bolsa, asfixiados bajo la ropa sudorosa y las zapatillas de ballet.
Ya estaba acostumbrada a ignorar los comentarios punzantes de los británicos, a tomarlos como un simple ruido de fondo, una parte más que debía tolerar antes de que todo acabase. Pero era sábado y estaba cansada y frustrada conmigo misma. Todos los comentarios de Miss Beaverbrook pesaban, clavándose en mi piel como tatuajes y no como moretones. Y llevaba días de sueño acumulado y evitaba llamar a casa porque escuchar la voz de mi madre solo me hacía querer llorar, de la manera en la que solo ser consciente de cómo vas a decepcionar a los demás puede hacerlo. Así que contesté. No estaba en mi naturaleza hacerlo, y me sorprendí a mí misma, pero contesté.
Empezó de manera bastante inocente, como todos los comentarios verdaderamente hirientes suelen hacerlo, en mitad de una conversación sobre las tiendas vintage de Covent Garden.
—Hay una tienda de ballet en Chelsea con una selección bastante grande de maillots de Yumiko. ¿Daria?
La originaria de aquel comentario fue la chica de pelo pálido que se había burlado de la técnica de la hija de Megumi Asada el primer día. Un sudor frío me recorrió la espalda.
—¿Eh?
La chica, consciente del tamaño del ataque que planeaba, se limitó a aplicarse brillo de labios, su reflejo afilado y venenoso en el espejito de mano.
—Yumiko. ¿No quieres causar una buena impresión al final?
Sacudí la cabeza. En el ballet hay centenares de lenguajes secretos, una cantidad inagotable de muestras de privilegio, y Yumiko era una de ellas. En una danza en la que es preciso cambiar constantemente de zapatos de pointe, con los cientos de libras que eso requiere, gastarse otros cientos más en un maillot profesional resultaba un acto de violencia para el bolsillo medio. En la escuela, Yumiko parecía casi un uniforme; maillots de Yumiko y mallas y sudaderas de Lululemon, cada prenda limpísima y brillante, como si no hubiese sido usada jamás.
—Casi que me quedo a practicar…
—¿Qué va a cambiar eso ahora? Mira, no es la primera vez que audiciono; si quieres bailar para el Royal Ballet tienes que parecer una bailarina del Royal Ballet, y con un maillot que parece el disfraz de Halloween de un colegio… ¿No quieres causar una buena impresión el año que viene?
Sonrió, dejando la pregunta colgada en el aire. La frase inacabada que se dejaba adivinar tras la última palabra escocía y ardía. Bajé las cejas.
—¿Por qué te importa tanto lo que lleve?
Estábamos en el pasillo entre clase y clase, el punto de partida de la mayoría de las discusiones, y saber que los demás nos estaban mirando me hizo enrojecer. No había nada que odiase más que la manera en la que mi propio cuerpo me traicionaba.
—Quiero ayudarte. Y me importa el medio ambiente —repuso, pausadamente—. La fast fashion se está cargando el planeta. ¿Por qué no te vienes? Un maillot de Yumiko es una inversión.
Puse los ojos en blanco, subiéndole el volumen a mi lista de reproducción para evadirme de aquella conversación de besugos. Gyurka, que emitió un ruidito explosivo por la nariz, se inclinó para susurrarle algo al oído a François.
—Está mosca porque sabe que no va a entrar —me susurró la chica, dándome un golpecito en la muñeca—. Tú no te preocupes por eso. Hazme caso. Estoy segura de que entrarás tarde o temprano.
Lo dijo con la malicia de quien da la buena suerte a un actor antes de una representación, de quien repite la palabra Macbeth tres veces en un teatro. No le respondí.
—Lo llevas en la sangre, ¿no? —insistió—. Vi tu TikTok.
Crispé la espalda. No le había dado mi cuenta. Nadie en aquella habitación la tenía, de hecho; para eso habría hecho falta comunicarme o hacer amigos, y ambas eran cosas que llevaba una semana evitando. El azar, la perfección de un algoritmo calculado matemáticamente, la habían llevado hasta mí.
—Tu madre se parece mucho a ti. Qué raro, no reconozco su nombre —prosiguió, desbloqueando la pantalla de su teléfono, un movimiento que su grupito de amigas tomó como una invitación para hacer un corro a nuestro alrededor y observar—. ¿Dónde has dicho que bailaba?
—No lo he dicho —repuse, tras humedecerme los labios.
Intentaba mirar hacia otro lado, pero la canción de mi TikTok (The Good Part de AJR) sonaba en bucle, y por el rabillo del ojo podía ver las fotos de los dos miles de mi madre y yo en el estudio de la señorita Klein.
—Parece muy joven —dejó caer, arrastrando cada palabra—. Ya le gustaría a mi madre tener su cirujano. ¿Cuántos años tiene?
—Treinta y cuatro.
La inglesa alzó las cejas.
—Oh, guau. Entonces te tuvo… —Forzó una sonrisa—. Oh, cariño, no tienes que avergonzarte.
—No me avergüenzo.
—Creo que tu madre es muy valiente —dijo, mirando a sus amigas y no a mí.
—Nunca he dicho que me avergonzase.
Me ignoró. Me tomó de las manos, y el anillo que llevaba en el dedo corazón me hizo daño contra la piel.
—Ay, claro, por eso has estado tan descentrada. Bueno, no te preocupes. Seguro que tu madre no se sentirá decepcionada si no ent…
No la dejé terminar. Habría podido pegarle allí mismo, de haber tenido las fuerzas posibles para hacerlo. En su lugar, le quité el móvil de las manos. Escuché la pantalla romperse al caer contra el suelo.
—¿Estás loca? —chilló, los ojos enormes y fervorosos.
Tragué saliva.
—A lo mejor sí. ¿Qué más te da? No vas a volver a verme en la vida.
—Vas a tener que pagarlo —insistió, mostrándome la pantalla rota.
Tenía la cara tan roja que parecía arder, y las miradas de los demás caían sobre mí, pesadas e inescrutables.
—Si puede pagarlo. —Rio aquel muchacho británico al que François había amenazado con partirle la nariz.
—¿Qué más te da? —le pregunté, también, levantándome; solo quería salir de allí—. ¿Qué más os da a todos? Ya sabéis que no voy a entrar, ¿así que qué más os da? ¿Por qué nos odiáis tanto?
Otro más del grupo, no me fijé en quién, me preguntó si iba a llorar.
—Déjame en paz —le dije.
Ya estaba recogiendo mis cosas, aunque no sabía muy bien adónde iba a ir, o qué iba a hacer entonces.
—No llores.
—¡No estoy llorando! ¡Dios! Sois unos esnobs de mierda.
No sé qué me poseyó a decir eso, pero estaba temblando, visiblemente, los ojos acuosos y las mejillas fervorosas. Los británicos se miraron y rieron, pero la siguiente voz que se alzó no pertenecía a ninguno de ellos, sino a Bianka von Neumann. Y la suya era una voz grave, elegante, del tipo que te obligan a seguir escuchando.
—Freddie, no seas kitsch. Que tus padres vayan a pagarte la admisión no te da derecho a ser clasista.
Silencio. La conversación murió con ella y con su sonrisa ligera. Nadie se cuestionó el uso de la palabra kitsch, tampoco. A Bianka, como pude comprobar después, le gustaba usar grandes palabras sin preocuparse por su uso correcto; le gustaba la sonoridad más que el significado. Kitsch era una de esas palabras, aunque también era parcial a poshlost, ambos términos que le había escuchado a François. Húngaro no hablaba nada, ni pensar tampoco en el alemán, y pasaba lo mismo con el francés; mucho más adelante intenté enseñarle algo de español, sin ningún éxito. Solo tenía fluidez en inglés.
Poco después del comentario de Bianka, Miss Beaverbrook salió de su despacho. Fue entonces cuando me di cuenta de cuánto la había cagado.
El despacho de Miss Beaverbrook era como ella: una habitación blanca sin cuadros en las paredes; solo fotografías, como puntos en un mapa, que recorrían su historia con el ballet.
Me miró. La miré. Nos quedamos la una frente a la otra durante un par de segundos, como dos animales de distintas especies que se están midiendo mentalmente.
—Sabes que en el Royal Ballet seguimos una normativa de conducta estricta, ¿verdad?
Así era como empezaba, pensé. La primera de muchas flechas que me lanzaría era, por lo menos, la que menos hacía sangrar al ego.
Me mordí una uña.
—Lo sé. Lo siento. Normalmente no me comporto así. O sea, que soy…
—No perdamos el tiempo —me interrumpió—. He escuchado todo tipo de historias en mis diez años como docente, y no creo que ninguna explicación vaya a ayudarte. —Suspiró—. Daria Domínguez. Tienes algunas cualidades deseables como bailarina, escondidas bajo una técnica terrible y una actitud aún peor.
Cogí aire para contestar, pero ella me lo impidió alzando dos dedos.
—Formar a una bailarina aquí supone una apuesta muy importante. Una apuesta económica, una apuesta creativa… y durante los últimos días has estado a la cola de la clase, en el filo de la navaja. ¿Por qué deberíamos arriesgarnos contigo?
Era aquella pregunta tan viscosa; se te escapaba de entre los dedos cuando intentabas contestarla. ¿Por qué bailaba? No sabía hacer otra cosa. Le había dedicado catorce de mis dieciséis años de vida. No tenía amistades fuera del ballet. Estudiaba en los descansos entre clase y clase, los músculos abotargados por el dolor. Lo odiaba y lo amaba a partes iguales. Incluso cuando soñaba con dejarlo y ser una persona normal, sabía que tarde o temprano volvería a él, de una manera u otra.
No sabía por qué bailaba, pero sí sabía por qué no me había rendido aún, y no era por mi madre ni por mi profesora de baile. No podía dormirme si no estaba exhausta tras una clase intensiva. Mi cuerpo se había amoldado al ballet y ya no había nada que pudiese hacer al respecto.
Le expliqué todo esto a Miss Beaverbrook, atropellándome a mí misma, sin tener ningún sentido, casi como esas personas locas que hablan solas a la salida de las bocas de metro. Al no poder leer una respuesta en su rostro cuajado de arrugas, agregué:
—Sé que no tengo unos de esos talentos evidentes, y que mi técnica no es la mejor, pero estoy dispuesta a trabajar. Eso se me da bien. Pienso trabajar hasta que sea tan buena como los demás, o incluso mejor. Esto… Sé que puedo hacer otras cosas si no soy bailarina, pero esto… es lo único que me hace sentir viva, y creo que cuando descubres lo que te apasiona tienes la responsabilidad de luchar por esa pasión, aunque parezca imposible.
Miss Beaverbrook torció los labios, bajando la vista a las notas que tenía frente a ella (yo no podía leerlas). Se aclaró la garganta.
—Las intenciones no son suficientes en el ballet —dijo sin alzar la mirada—. Ni la pasión ni, pese a todo, el trabajo. ¿Por qué deberíamos apostar por ti? Personalmente, el riesgo me parece demasiado grande, pero la encarecida recomendación del profesor Zauner me ha hecho reconsiderar mi decisión.
Le dio un golpe a los papeles que tenía ante ella, de modo que me rozaron la muñeca. Los cogí, las manos temblando.
—Vas a tener que trabajar más que nunca en tu vida, Daria Domínguez —me dijo, moviendo las cejas en dirección al sobre tamaño A4 que ahora abrazaba—. Vas a tener clases extra hasta que logres llegar al nivel de los demás y vas a tener que demostrar a diario que te mereces estar aquí. Y, como he dicho, eso podría no ser suficiente. Vas a seguir bailando en el filo de la navaja, y si te caes no voy a estar ahí para rescatarte. Eres reemplazable, como todos los demás. —Sonrió—. Bienvenida a la Royal Ballet School.
