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Olvidaos de Jurassic Park y de todo lo que creéis saber sobre los dinosaurios: no hay nada que sea cierto (¡o casi nada!). Este libro está lleno de revelaciones inesperadas, rigurosas y desternillantes, sobre los grandes reptiles del pasado. Con la guía de una pareja de atrevidos paleontólogos, prepárate para un emocionante viaje a través de las eras geológicas para descubrir todas las verdades y mentiras sobre las criaturas que dominaron la Tierra antes de que cayera sobre nuestro planeta un enorme asteroide.
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Seitenzahl: 123
Veröffentlichungsjahr: 2021
SE BUSCA TRICERÁTOPS ROSA
SE BUSCA TRICERÁTOPS ROSA
Ya no hay dinosaurios como los de antes
Texto de Diego Mattarelli y Emanuela Pagliari Ilustraciones de Francesco Guarnaccia Traducción de Ricard Vela
Desde que la saga de Jurassic Park los hizo famosos —aunque también les dio un poco de mala fama—, los dinosaurios forman parte de la fantasía de los pequeños. ¿El resultado? Hasta los mayores se han vuelto niños y ¡muchos sueñan con convertirse en paleontólogos!
Para muchos, el paleontólogo es un ser mitológico que vaga por el mundo en busca de dinosaurios con un sombrero de ala ancha, una camisa de franela a cuadros (sí, también en verano), un chaleco de pescador lleno de bolsillos y... un martillo por espada.
Para otros, el paleontólogo es un nuevo Indiana Jones en busca del arca perdida.
Pues tenemos que darte el primer chasco, y tampoco será el único: el paleontólogo o la paleontóloga pueden ir con camiseta o sudadera, ¡y no consta que tengan que llevar ningún sombrero!
Segundo chasco: el paleontólogo no solo busca dinosaurios. Está muy satisfecho cuando encuentra uno, pero también lo está cuando descubre un grano microscópico de polen de una planta que vivió hace millones de años.
Tercer chasco: en sus investigaciones, no siempre utiliza el martillo. Los instrumentos van cambiando según el lugar donde trabaja. Puede ir armado con una pala, un cubo y un tamiz, para las excavaciones en la arena, o con un martillo neumático para las rocas más duras.
Lo cierto es que el paleontólogo excava en busca de fósiles; es decir, de rastros de vida del pasado. Huellas, dientes, huesos, conchas, troncos, hojas, semillas... que en la mayor parte de los casos se han transformado en rocas. Aunque esta transformación no es fruto del hechizo de un mago torpe con gafas redondas. Pero no tengamos prisa, dentro de poco veremos qué es lo que sucede de verdad.
Cuarto chasco: ¡el paleontólogo no tiene nada que ver con Indiana Jones (que es un arqueólogo)! Así pues, olvidémonos de los ídolos antiguos y de las tumbas inexploradas llenas de tesoros.
Tanto los paleontólogos como los arqueólogos excavan para hacer descubrimientos y los dos se ocupan de cosas antiguas. Pero hay descubrimientos y descubrimientos. Y cosas antiguas y cosas antiguas.
La arqueología es una ciencia que estudia la Historia y, concretamente, las civilizaciones antiguas y sus culturas, como la egipcia, la babilonia, etc. Así pues, sí que se trata de cosas antiguas, pero hasta cierto punto. La Historia empieza con el nacimiento de la escritura y, por tanto, el arqueólogo estudia hallazgos que tienen como máximo 6.000 años de antigüedad.
¿Qué es lo que estudia, pues, la paleontología? Lo dice el mismo nombre, que deriva de la unión de tres palabras griegas: palaios, que significa «antiguo», ontos, es decir «ser» o «criatura», y logos, «estudio». Si juntamos los tres significados, lo que obtenemos es «estudio de las criaturas antiguas».
La paleontología reconstruye la historia de la vida sobre la Tierra y de los seres que la han habitado en épocas lejanas. Como un agente de la policía científica, el paleontólogo recoge indicios y pruebas para resolver lo que los norteamericanos llamarían un cold case; es decir, «un caso aún sin resolver» del pasado.
¡Y menudo pasado!
No se sabe exactamente cuánto tiempo hace que apareció la vida, pero la hipótesis de los científicos es que hace 4.000 millones de años ya existía LUCA, que no es el nombre de un amigo italiano, sino que quiere decir Last Universal Common Ancestor, esto es, el antepasado del cual descenderían todos los seres vivos de hoy en día.
Pero ¿por qué se trata solo de una hipótesis? La respuesta es simple: todavía no hay ninguna pista auténtica de LUCA, sino solo indicios de su existencia: en realidad, los fósiles más antiguos que se han encontrado, por el momento, se remontan a hace más o menos 3.400 millones de años.
A pesar de que ya sabemos que nuestro planeta existe desde hace 4.500 millones de años, es difícil imaginarse épocas tan remotas: piensa que las personas más mayores ¡apenas superan los cien años! Y los organismos vivos más longevos que conocemos (si excluimos un tipo particular de medusa capaz de envejecer y rejuvenecer continuamente y que se conoce, por eso mismo, como medusa inmortal) son las esponjas. Una esponja puede sobrevivir ¡más allá de mil años!
Tampoco se las apaña nada mal el tiburón de Groenlandia: algunos ejemplares superan los cuatrocientos años.
Entre las plantas, en cambio, el récord les corresponde a algunos pinos que llegan incluso ¡a más de cinco mil años!
Sin embargo, ninguna forma de vida actual se acerca ni que sea un poquito a la edad de la Tierra. Esto hace que sea difícil enfrentarse a períodos de tiempo tan increíblemente largos. Y es para eso que los paleontólogos y los geólogos (los científicos que estudian la Tierra y que trabajan a menudo en contacto estrecho con los paleontólogos) han llegado en nuestra ayuda. Ya que han encontrado la manera de subdividir esta enorme cantidad de tiempo en trozos más pequeños. Un poco como lo que hacemos normalmente cuando dividimos los años en meses, los meses en semanas, las semanas en días, los días en horas, las horas en minutos y los minutos en segundos.
Los miles de millones de años de la Tierra se han dividido en eones, los eones en eras, las eras en períodos, los períodos en épocas y las épocas en edades.
El Jurásico, que se ha hecho famoso gracias al cine como el momento en que vivieron los dinosaurios, a menudo se considera una era, pero en realidad es un período. Esto significa que el Jurásico forma parte de una era y no lo es por sí mismo.
El Triásico, el Jurásico y el Cretácico son los tres períodos en que se divide la Era Mesozoica (o el Mesozoico, o la Era Secundaria), iniciada hace cerca de 252 millones de años y acabada hace 66 millones de años.
¡Pero definir el Jurásico como «era» no es el único error que se comete con frecuencia!
Los dinosaurios vivieron durante el Jurásico, sí, pero también antes, en el Triásico, y después, durante el Cretácico: por lo tanto, sería más correcto titular una película de dinosaurios como Mesozoic Park o Mesozoic World.
Pero ¿cómo lo hacen los científicos para decidir cuándo se acaba una era y empieza otra? Estos momentos particulares están marcados por la aparición, o la desaparición, de una o más formas de vida. Y esto los paleontólogos lo leen en los fósiles.
Ha llegado el momento de entender exactamente qué son y cómo se forman los fósiles.
Ya hemos dicho que los fósiles son el testimonio de las formas de vida del pasado, y que llegan hasta nosotros principalmente en forma de restos petrificados (por lo general).
Pero ¿«restos», en qué sentido? Un resto es algo que sobra, que permanece. Por lo tanto, cuando encontramos un fósil, tenemos en las manos lo que ha quedado de un antiguo ser vivo.
¿Cómo ha llegado hasta nosotros? Es mérito de la fosilización.
¿¡¿Fosili... qué?!? Y, sobre todo, ¿cómo funciona esta fosilización?
Para entenderlo, vamos a contar la historia de un pececillo al que llamaremos Ampelio.
El pececillo Ampelio
Había una vez un simpático pececillo, llamado Ampelio, que en un momento dado se murió.
Bueno, si esta fuese una historia normal, habríamos empezado mal y ya habríamos acabado.
Aunque, por lo que se refiere a la historia de la fosilización, no podríamos haber empezado mejor.
La muerte es lo primero que debe suceder para convertirse en un fósil. Los vivos no se fosilizan.
Desgraciadamente, o por suerte, porque de otro modo estaríamos literalmente sumergidos en fósiles, con la muerte no basta. Así pues, vamos a seguir a nuestro Ampelio, que, después de morir, se deposita en el fondo del mar y allí, normalmente, se convierte el alimento para algún otro animal, como peces más grandes, cangrejos y otros organismos. Y aunque no se lo coman, acabará destruido en poco tiempo a causa de la descomposición: las bacterias y otros microorganismos se nutren de nuestro pececillo y lo consumen completamente.
Intentemos pensar en lo que le puede suceder luego a nuestro Ampelio. Ha empezado una competición entre dos adversarios: la fosilización y la descomposición.
Es una competición de carreras, pero no en igualdad de condiciones: la descomposición corre a bordo de un bólido de Fórmula 1, mientras que la fosilización tiene una bicicleta con las dos ruedas pinchadas.
Pero en esta carrera existe una regla: solo se puede ganar si se llega a la meta con el mismo medio de transporte con el que se ha empezado. Por lo tanto, si el bólido de la descomposición se estropeara..., ¡quedaría eliminado!
Si Ampelio acaba recubierto por los sedimentos del fondo del mar, como la arena o el barro, la fosilización tiene algunas posibilidades más: en realidad, ese entierro es una avería del coche de la descomposición, que reduce su velocidad bruscamente. Aunque, a menudo, durante el tiempo que pasa después de la muerte y del recubrimiento, la descomposición consigue, de todas formas, causar daños, y destruye las partes blandas, como la piel, los órganos y los músculos. Por suerte, las partes más duras (como los huesos o los dientes) son más difíciles de desgastar.
Así pues, es importante que el enterramiento sea lo más rápido posible.
Si esto sucede, el esqueleto de nuestro Ampelio permanecerá.
Todas las partes duras de los animales, como los huesos, los dientes, los cascarones y los cuernos, son porosas: de hecho, si las miramos al microscopio nos damos cuenta de que están llenas de agujeritos diminutos que hacen que parezcan una esponja. El agua que contienen los sedimentos (por ejemplo, la arena) que recubren a Ampelio se filtra en estos poros microscópicos y deposita allí las sales minerales que contiene.
Poco a poco, las sales minerales rellenan los agujeros y acaban substituyendo la substancia de la que estaban hechas las partes duras. ¿Preparado para otra palabra difícil? Este proceso se llama mineralización. Cuando los restos de Ampelio acaban mineralizados, nuestro pececillo se transforma en un fósil.
¿Te has dado cuenta de una cosa? Los minerales son los ladrillos que constituyen las rocas.
¡Y en este momento, Ampelio está hecho de los mismos ladrillos que una roca!
Por eso se dice que los fósiles están petrificados.
Pero en esta carrera el bólido de Fórmula 1 de la descomposición podría sufrir otro tipo de averías. El frío, por ejemplo.
A temperaturas muy bajas, el motor de la descomposición ni siquiera consigue arrancar: es por eso que conservamos la comida en el frigorífico o, aún mejor, en el congelador.
Este tipo de fosilización se llama criopreservación (de kryos, que en griego significa «frío», «hielo»). Así es como han llegado hasta nosotros algunos mamuts casi completos, con su carne, su pelo y todo lo demás, protegidos por la tierra congelada.
En este caso, no hablamos de fósiles petrificados, y para conservarlos deben mantenerse a baja temperatura..., de lo contrario, la descomposición arranca de nuevo desde el principio.
También la falta de oxígeno es una avería, una avería enorme, en el bólido de la descomposición, ya que las bacterias lo necesitan para sobrevivir. Para las bacterias, sin oxígeno..., nohay fiesta: ninguna descomposición.
Y también está el famosísimo ámbar..., pero ya hablaremos de él más adelante.
Siempre se han podido encontrar fósiles, pero lo que eran... no siempre ha estado claro.
En realidad, pese a que se ocupe de descubrimientos antiquísimos, se trata de una ciencia más bien joven.
Durante mucho tiempo, y sobre todo en la Edad Media, los fósiles se han explicado como pruebas de fenómenos mágicos y sobrenaturales..., o como bromas de la naturaleza. Piensa que los fragmentos de dientes de mamut se confundían con...
Por suerte, en el siglo XV llegó Leonardo da Vinci, que finalmente consiguió entender algunas cosas. Pero, para hablar de una nueva ciencia que estudia los fósiles, hace falta esperar por lo menos dos siglos más, cuando asoman la cabeza en el escenario Steno y Cuvier.
Los huesos, los dientes y los otros hallazgos, que hasta entonces se habían descubierto por casualidad, a partir de ese momento se convirtieron en tesoros preciosos que había que buscar con métodos cada vez más precisos para conservarlos lo mejor posible.
Los primeros paleontólogos trabajaban con pocos instrumentos, y a menudo sin saber exactamente qué era lo que estaban buscando. Y se podían acabar encontrando frente a restos increíbles y desconocidos: animales gigantescos, ya desaparecidos, que habían poblado la Tierra hacía mucho tiempo.
Los nuevos descubrimientos revelaron un pasado inesperado y revolucionaron la ciencia de la época. La paleontología se volvió importantísima, y empezó una auténtica...
Pero que no se acaba aquí. ¿Has oído hablar alguna vez de «la guerra de los huesos»? Nos encontramos en los alrededores del año 1850 y dos paleontólogos norteamericanos, Marsh y Cope, son los protagonistas de esta competición, también llamada la gran carrera de los dinosaurios. Estamos hablando de una competición en la que no faltaron golpes bajos, incluidos sabotajes, robos y ¡destrucciones de hallazgos preciosos!
Entre ellos, los dos científicos no se comportaron exactamente como caballeros, pero descubrieron más de 130 nuevas especies de dinosaurios: ¡un botín grandioso!
Todavía en el siglo XIX, cuando todos los paleontólogos eran hombres, una mujer también se convirtió en una gran cazadora de fósiles. Mary Anning, una paleontóloga inglesa que, en un pequeño pueblo del sur de Inglaterra, descubrió y extrajo de unos arrecifes jurásicos algunos ejemplares de reptiles marinos y voladores que no se habían visto jamás.
Mary empleaba técnicas esmeradas y hacía descripciones perfectas, pero, lamentablemente, nunca obtuvo un reconocimiento de verdad por su trabajo, por lo menos durante su vida. Es más, sus descubrimientos y sus méritos a menudo fueron a parar a otros... ¡hombres!
Pero ¿qué sucede después de encontrar el fósil? Imagínate que encuentras diez piezas de un puzle del que no conoces la imagen ni el número total de piezas. Entre estos diez fragmentos podría ser que tres o cuatro encajaran entre sí, pero a menudo... no hay ni siquiera uno que coincida.
El cometido del paleontólogo es imaginarse el aspecto de la imagen completa, incluso si las piezas no encajan.
A veces va bien..., ¡pero en otras resulta un desastre!
¿Cómo se hace una reconstrucción? A partir de los seres vivos que conocemos hoy en día. Pero no siempre es fácil decidir cuál hay que usar como modelo.
Volviendo al puzle: imagínate que tus diez piezas muestran la imagen parcial de alguna rueda. Bien, probablemente pertenecen al puzle de un automóvil. Pero ¿cómo era la carrocería, cómo tenía los faros, de qué color era, cómo era el motor? Basándose solamente en las ruedas, es difícil decirlo..., así que podemos acabar reconstruyendo un automóvil deportivo cuando en realidad se trataba de un pequeño utilitario.
¡Con los fósiles pasa lo mismo!
Imaginemos otra situación. Has encontrado diez dientes. ¿Qué haces con ellos? Los comparas con los de los animales actuales. Y descubres que se parecen mucho a los de un gato muy grande..., bien, ¡son dientes de felino!
Pero ahora debes hacer un pequeño esfuerzo más y descubrir cómo era su propietario. ¿Se parecía más a un león, a un tigre o a un leopardo?
