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Ambientada a mitad del siglo XVIII, tras la rebelión jacobita de 1745,Secuestrado (1886) es una novela en la que Robert Louis Stevenson (1850-1894), quien había mostrado ya su capacidad de fabulación en El Dr. Jekyll y Mr. Hyde y La Isla del Tesoro, toma la novela histórica romántica de Walter Scott y la transforma en la novela moderna de aventuras y acción. Cuando el joven David Balfour queda huérfano, acude a ver a su tío, al que no conoce, en busca de ayuda y una posible herencia. Es el inicio de una serie de trepidantes peripecias, que incluyen su secuestro y un naufragio, por mar y por las tierras de las Highlands escocesas, en las que David contará con la compañía del proscrito jacobita Alan Breck Stewart, uno más de esos pintorescos personajes de carácter que brillan con luz propia en las novelas del autor. Traducción de Miguel Ángel Pérez Pérez
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Seitenzahl: 399
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Robert Louis Stevenson
Secuestrado
Memorias de las aventuras de David Balfour en el año 1751
Traducción de Miguel Ángel Pérez Pérez
Dedicatoria
1. Parto de viaje a la casa de Shaws
2. Llego al final de mi viaje
3. Conozco a mi tío
4. Corro un gran peligro en la casa de Shaws
5. Voy a Queensferry
6. Lo que sucedió en Queensferry
7. Me hago a la mar en el bergantín Covenant, de Dysart
8. La chupeta
9. El hombre del cinturón del oro
10. El asedio de la chupeta
11. El capitán cede
12. Oigo hablar del «Zorro Rojo»
13. La pérdida del bergantín
14. El islote
15. El muchacho del botón de plata: por la isla de Mull
16. El muchacho del botón de plata: por Morven
17. La muerte del Zorro Rojo
18. Hablo con Alan en el bosque de Lettermore
19. La casa del pánico
20. La huida por los brezales: las rocas
21. La huida por los brezales: la hendidura de Corrynakiegh
22. La huida por los brezales: el páramo
23. La jaula de Cluny
24. La huida por los brezales: la discusión
25. En Balquhidder
26. El final de la huida: cruzamos el Forth
27. Veo al señor Rankeillor
28. Voy en busca de mi herencia
29. Entro en mi reino
30. ¡Adiós!
Créditos
Mi querido Charles Baxter1:
Si alguna vez llegas a leer este relato, es probable que te hagas más preguntas de las que me nace contestar: por ejemplo, cómo es que el asesinato de Appin ha terminado sucediendo en el año 1751, cómo es que las rocas de Torran se han movido tan cerca de Earraid, o por qué los papeles del juicio guardan silencio sobre todo lo concerniente a David Balfour. Son enigmas que no me siento capaz de resolver. Sin embargo, si me pusieras a prueba en la cuestión de si Alan es culpable o inocente, creo que podría defender la interpretación que hace el texto. Aún hoy en día persiste en Appin la tradición de estar a favor de Alan. Si preguntas, hasta te enterarás de que los descendientes del «otro hombre» que disparó siguen viviendo allí. Ahora bien, del nombre de ese otro hombre, por mucho que preguntes, no te enterarás, pues el habitante de las Highlands2 de Escocia valora un secreto por sí mismo y por lo agradable de guardarlo. Podría extenderme mucho justificando algún punto y reconociendo la imposibilidad de defender algún otro, pero más vale que confiese de inmediato las pocas ganas que tengo de ser preciso. Este libro no está hecho para la biblioteca del erudito, sino para las noches de invierno en el aula, cuando se han terminado los deberes y se acerca la hora de acostarse; y el honrado Alan, que en sus tiempos fue un viejo y adusto pendenciero, no tiene en esta nueva encarnación suya más propósito que el de distraer a algún alumno de su estudio de Ovidio, transportarle un rato a las Highlands en el siglo pasado y luego meterlo en la cama con algunas imágenes interesantes en la cabeza que se mezclen con sus sueños.
A ti, mi querido Charles, ni siquiera te pido que te guste este relato. Pero tal vez a tu hijo sí le guste cuando sea más mayor, y entonces puede que le agrade ver el nombre de su padre en la guarda; entretanto, a mí me complace ponerlo ahí en recuerdo de tantos días felices y de algunos tristes (quizá ahora igual de agradables de recordar). Si a mí me resulta extraño rememorar desde la distancia tanto temporal como espacial aquellas aventuras de nuestra juventud, debe de resultarte aún más extraño a ti, que caminas por las mismas calles y que tal vez mañana abras la puerta de la vieja «Sociedad Especulativa»3 en la que compartimos honores con Scott, Robert Emmet y el querido y desconocido Macbean, o puede que pases por la esquina del callejón en que esa gran asociación, la «L.J.R.»4, celebraba sus reuniones y bebía cerveza, sentados en los mismos asientos que Burns y sus compañeros. Me parece verte andando a plena luz del día por ahí y contemplando con tus propios ojos esos lugares que para mí ya forman parte del escenario de los sueños. ¡Cómo, en tus horas de asueto, debe de resonar el pasado en tu recuerdo! Que no resuene mucho sin que pienses en tu amigo que te aprecia,
R. L. S.
Skerryvore, Bournemouth
1. Abogado e íntimo amigo de Stevenson desde sus días de estudiantes en la Universidad de Edimburgo.
2. Las tierras altas de Escocia en que transcurre la novela.
3. Un club de debate para estudiantes de la Universidad de Edimburgo al que pertenecieron Stevenson y Baxter.
4. Otro club, éste de carácter informal, formado por Stevenson, su primo y unos cuantos amigos entre los que se incluía Baxter, que se reunían en un pub de un callejón. Robert Burns es un célebre poeta escocés.
Doy inicio a la historia de mis aventuras cierta mañana de principios de junio del año de gracia de 1751 en que saqué por última vez la llave de la puerta de casa de mi padre. El sol empezaba a brillar sobre la cumbre de las colinas mientras yo bajaba por el camino, y, cuando ya me acercaba a la casa del clérigo, los mirlos silbaban en los lilos del jardín y la neblina que cubría el valle al amanecer comenzaba a levantarse y desaparecer.
El señor Campbell, el pastor de Essendean, me esperaba junto a la verja. El buen hombre me preguntó si había desayunado, y una vez que supo que no me faltaba de nada, me cogió una mano entre las suyas y con afecto se la pasó por el brazo.
–Bien, Davie, muchacho –dijo–, te voy a acompañar hasta el vado para despedirte.
Y echamos a andar en silencio.
–¿Te da pena marcharte de Essendean? –me preguntó al poco.
–Bueno, señor –dije–, si supiera adónde iba, o lo que pueda ser de mí, le podría contestar sinceramente. Desde luego, Essendean es muy buen lugar y he sido muy feliz aquí, pero es que nunca he estado en ningún otro sitio. Como mis padres ya han fallecido, no voy a estar más cerca de ellos en Essendean que en el reino de Hungría, y, a decir verdad, si pensara que iba a tener ocasión de prosperar allí donde fuese, iría de muy buen grado.
–Muy bien, Davie –dijo el señor Campbell–, entonces me corresponde a mí contarte lo que te va a deparar la suerte, al menos hasta donde me sea posible. Después de que tu madre nos dejara, y tu padre (hombre tan honorable y cristiano) empezase a enfermar del mal que lo llevó a la muerte, él me encomendó una carta que dijo que era tu herencia. «En cuanto yo no esté –me pidió–, y se disponga de todo lo de la casa y quede vacía (todo lo cual ya está hecho, Davie), entréguele esta carta a mi chico y envíelo a la casa de Shaws, cerca de Cramond. De ahí procedo yo –añadió–, y ahí es donde debiera volver mi hijo. Es un muchacho formal –dijo tu padre– y muy despierto, así que estoy seguro de que le irá bien y se ganará el aprecio de todos allí donde vaya.»
–¿La casa de Shaws? –exclamé–. ¿Qué tenía mi pobre padre que ver con la casa de Shaws?
–No es que yo lo sepa a ciencia cierta –dijo el señor Campbell–, pero el nombre de esa familia, Davie, mi muchacho, es el tuyo: los Balfour de Shaws; es una casa antigua, honrada y reputada, aunque por ventura un tanto venida a menos de un tiempo a esta parte. Tu padre, además, era un hombre muy culto, como correspondía a su puesto; ni ha habido quien llevara mejor una escuela, ni él se expresaba como un maestro corriente; y, como recordarás, siempre tuve el gusto de invitarlo a la rectoría para que se relacionara con las personas distinguidas de aquí, y a los de mi propia casa, los Campbell de Kilrennet, los Campbell de Dunswire, los Campbell de Minch y otros, todos caballeros muy conocidos, les agradaba frecuentar su compañía. Y por último, para que dispongas de todo lo que atañe a este asunto, aquí tienes la carta testamentaria, firmada por nuestro difunto hermano.
Me dio la carta, que iba dirigida del siguiente modo: «Para entregar al señor Ebenezer Balfour, de Shaws, en su casa de Shaws, de manos de mi hijo, David Balfour». El corazón me latió muy deprisa por esa gran perspectiva que de pronto se abría ante mí, un muchacho de diecisiete años, hijo de un pobre maestro de escuela del Bosque de Ettrick.
–Señor Campbell –balbucí–, ¿iría usted si estuviera en mi lugar?
–Por supuesto que sí –contestó–, y sin tardanza. Un chico aguerrido como tú puede llegar andando a Cramond, que está cerca de Edimburgo, en dos días. Si ocurriera lo peor y tus importantes parientes (pues no me cabe duda de que sois de la misma sangre) te pusieran de patitas en la calle, pues te vuelves andando otros dos días y llamas a mi puerta. De todos modos, espero de corazón que seas bien recibido, como preveía tu pobre padre, y, ya puestos, que te llegues a convertir en un gran hombre. Y ahora, Davie, mi muchacho –continuó–, tengo el deber de conciencia de aleccionarte antes de que nos despidamos para ponerte sobre aviso de los peligros del mundo.
Buscó un asiento cómodo, dio con una gran roca alisada de debajo de un abedul al borde del camino, se sentó en ella con la boca muy seria y estirada y, como el sol brillaba entre dos cumbres cayéndonos de lleno, se extendió el pañuelo de bolsillo encima del sombrero de tres picos para resguardarse. Allí y entonces, con un dedo levantado, me puso sobre aviso de un considerable número de herejías, las cuales no me tentaban en absoluto, y me urgió a que no me saltase nunca mis oraciones y lecturas de la Biblia. Después de eso, me describió la gran casa a la que iba a ir y me instruyó sobre cómo comportarme con sus habitantes:
–Muéstrate ingenioso, Davie, en las cosas irrelevantes. Ten siempre en cuenta que, aunque seas de buena cuna, te has criado en el campo. No nos dejes mal, Davie, no nos dejes mal. En aquella gran casa, con tantos sirvientes arriba y abajo, muéstrate tan agradable, tan circunspecto, tan ágil de ideas y tan sosegado de habla como el que más. En cuanto al hacendado, recuerda que eso es lo que es, el hacendado; yo no digo más: al que debáis honor, rendidle honor. Para los jóvenes es una satisfacción obedecer a un hacendado, o debiera serlo.
–Bueno, señor, puede que sí –dije–, y le prometo que intentaré que así sea.
–Muy bien dicho –contestó el señor Campbell efusivamente–. Y ahora pasemos a lo material, o, por hacer un juego de palabras, a lo inmaterial. Tengo aquí un pequeño paquete que contiene cuatro cosas. –Mientras hablaba, se lo sacó con bastante dificultad del bolsillo del abrigo–. De las cuatro, la primera es lo que te corresponde legalmente: el poco dinero por los libros y enseres de tu padre, que he comprado, como expliqué desde el primer momento, con la intención de vendérselos al próximo maestro de escuela sacando algún beneficio. Las otras tres son unos regalos que a la señora Campbell y a mí nos gustaría que aceptaras. El primero, que es redondo, es probable que te agrade mucho en un primer momento, pero, ay, Davie, muchacho, no es más que una gota de agua en el mar; sólo te ayudará a dar un paso y se desvanecerá como la mañana. El segundo, que es liso y cuadrado y está escrito, te servirá toda la vida, como un buen bastón para el camino o una buena almohada para la cabeza en la enfermedad. En cuanto al último, que es cúbico, mi ferviente deseo es que te acompañe a un mundo mejor.
Dicho lo cual, se puso en pie, se quitó el sombrero y rezó un poco en voz alta y en términos conmovedores por un joven que se iba a conocer mundo, tras lo que de repente me cogió entre sus brazos y me abrazó muy fuerte, y luego, separándome de él conforme continuaba sujetándome, me miró con expresión muy apenada y rápidamente se dio media vuelta, se despidió y se marchó por donde habíamos venido a una especie de trote. A otro le podría haber dado risa, pero yo no tenía ningunas ganas de reír. Lo observé hasta que desapareció de mi vista, sin que en ningún momento él redujera el paso ni mirase atrás. Entonces me di cuenta de que todo eso era por la pena que le daba mi partida y me remordió mucho la conciencia, ya que, por mi parte, yo estaba encantado de marcharme de aquellas tranquilas tierras a una gran casa concurrida, con gente rica y respetada de mi mismo nombre y sangre.
«Ay, Davie, Davie –pensé–, ¿habrase visto mayor ingratitud? ¿Tan pronto te olvidas de viejos favores y viejos amigos? Vergüenza debería darte...»
Y me senté en la roca que el buen hombre acababa de dejar y abrí el paquete para ver cuáles eran mis regalos. Lo que él había llamado cúbico era lo que yo me imaginaba: una pequeña Biblia para llevar en el pliegue de la banda5. Lo que había llamado redondo resultó ser una moneda de un chelín; y lo tercero, que tanto me iba a ayudar en la salud y la enfermedad todos los días de mi vida, era un pedacito de basto papel amarillento en el que estaba escrito en tinta roja:
Para preparar agua de lirios del valle: se cogen las flores de los lirios del valle y se destilan en vino generoso, y se toman una o dos cucharadas según convenga. Devuelve el habla a quienes la han perdido; es buena para la gota; anima el corazón y fortalece la memoria; y si se meten las flores en un vaso bien cerrado y se deja en un hormiguero un mes y luego se saca, se obtiene un licor de flores que, conservado en un vial, es bueno se esté sano o enfermo y se sea hombre o mujer.
A lo que el clérigo había añadido de su puño y letra:
También sirve para dar friegas en caso de esguince, y si se tiene un cólico, se toma una cucharada grande cada hora.
De eso sí me reí, pero fue una risa bastante trémula tras la que me alegré de atar mi fardo al extremo del bastón y ponerme en marcha cruzando el vado y subiendo por la colina del otro lado; hasta que, cuando llegué al gran camino verde que recorría el brezal, miré por última vez a la iglesia de Essendean, a los árboles que rodeaban la casa del pastor y a los altos serbales del cementerio en que yacían mis padres.
5. La del traje típico escocés.
A la mañana del segundo día, al alcanzar lo alto de una colina, vi que todos los campos de delante de mí descendían hacia el mar y que en medio de esa pendiente, sobre una alargada peña, la ciudad de Edimburgo echaba humo como un horno. Ondeaba una bandera en el castillo, y en el estuario había barcos en movimiento o anclados; ambas cosas, pese a estar muy lejos, las distinguí claramente, y ambas hicieron que tuviera mi rústico corazón en un puño.
Al poco, pasé por la casa de un pastor de ovejas, el cual me dio indicaciones muy generales sobre cómo llegar a Cramond; y así, preguntando a unos y otros, fui avanzando hacia el oeste de la capital por Colinton hasta que llegué al camino de Glasgow. Y allí, para mi gran satisfacción y sorpresa, vi un regimiento que marchaba al son de los pífanos marcando el paso; en un extremo iba un viejo general de rostro colorado que montaba un caballo rucio, y en el otro la compañía de Granaderos con sus mitras6. Fue como si todo el orgullo de vivir se me subiera a la cabeza al ver las casacas rojas y oír la alegre música.
Un poco más adelante me informaron de que ya estaba en la parroquia de Cramond, y entonces empecé a inquirir por la casa de Shaws. Eso parecía sorprender a quienes preguntaba. Al principio pensé que la sencillez de mi aspecto, con mis ropas de campo y todo el polvo del camino, no concordaba mucho con la grandeza del lugar al que me dirigía. Sin embargo, después de que dos, o tal vez tres, me miraran y contestasen del mismo modo, se me fue metiendo en la cabeza que debía de haber algo extraño en relación con la propia casa de Shaws.
Con el fin de descartar ese temor, formulé mi interpelación de otra manera, y, al divisar a un buen hombre que venía por el sendero montado en la vara de su carro, le pregunté si conocía una casa a la que llamaban la casa de Shaws.
Detuvo el carro y me miró como los otros.
–Sí –contestó–. ¿Por qué?
–¿Es una gran casa? –quise saber.
–Ya lo creo. Es una casa muy grande.
–Sí, pero ¿y la gente que vive en ella?
–¿Gente? –exclamó–. ¿Es que estás loco? Allí no hay gente... a la que se pueda llamar gente.
–¿Qué? ¿Y el señor Ebenezer?
–Bueno, sí, está el hacendado, por supuesto, si es a él a quien buscas. ¿Y para qué quieres ir allí, muchacho?
–Es que me dieron a entender que podría conseguir empleo en la casa –expliqué con el aire más humilde que pude.
–¿Qué? –bramó el carretero en tono tan agudo que hasta su caballo dio un respingo, tras lo que añadió–: Mira, muchacho, no es asunto mío, pero se te ve buen chico y bien hablado, así que hazme caso y no vayas a la casa de Shaws.
La siguiente persona con que me crucé era un hombrecillo muy atildado que llevaba una preciosa peluca blanca, y que identifiqué como un barbero que hacía su ronda de visitas a domicilio; y como sabía bien que los barberos eran grandes chismosos, le pregunté directamente qué clase de hombre era el señor Balfour de los Shaws.
–¡Ja, ja, ja! –se rio–. No es ninguna clase de hombre, ninguna en absoluto.
Entonces empezó a interrogarme con astucia para averiguar lo que quería yo, pero conseguí estar a su altura y se fue a casa del siguiente cliente sin haberme sonsacado nada.
No puedo describir bien el golpe que eso supuso para mis ilusiones. Cuanto más imprecisas eran las acusaciones, menos me gustaban, pues dejaban más campo abierto para las suposiciones. ¿Qué gran casa era ésa que todos los parroquianos daban un respingo y miraban sorprendidos cuando se les preguntaba cómo llegar a ella? ¿O qué caballero era ése que su mala fama estaba tan extendida por el camino? Si con una caminata de una hora hubiese podido regresar a Essendean, habría puesto punto final a mi aventura en ese momento volviéndome con el señor Campbell, pero habiendo llegado ya tan lejos, por pura vergüenza no estaba dispuesto a desistir hasta que comprobase las cosas por mí mismo. Por una simple cuestión de amor propio, estaba obligado a continuar, y pese a lo poco que me gustaba lo que oía y lo despacio que empecé a caminar, seguí inquiriendo cómo llegar y seguí avanzando.
Atardecía cuando me encontré con una mujer robusta, morena y de aire avinagrado que bajaba con dificultad por una colina y que, después de que le hiciera la pregunta de rigor, dio media vuelta bruscamente y me acompañó a la cima que acababa de dejar, desde donde señaló a una enorme mole de edificio muy desnudo en medio de un prado del siguiente valle. El terreno de los alrededores era bonito, lleno de bajas colinas con mucha agua y bosque, y las cosechas me parecieron espléndidas, pero la casa en sí daba la impresión de estar en ruinas; no había camino que condujera a ella ni salía humo de ninguna chimenea, como tampoco había nada que se asemejara a un jardín. Se me cayó el alma a los pies.
–¿Eso? –exclamé.
A la mujer se le encendió el rostro de ira maligna.
–Ésa es la casa de Shaws –afirmó–. Con sangre se construyó, con sangre se detuvo su construcción y con sangre se vendrá abajo. ¡Mira! ¡Escupo en tierra y chasqueo los dedos! ¡Que muy negra sea su caída! Si ves al señor, dile todo esto; dile que ya son mil doscientas diecinueve las veces que Jennet Clouston los maldice a él y a su casa, establos y caballerizas, sirvientes, invitados, amo, señora, señorita o niño. ¡Negra, que muy negra sea su caída!
Y la mujer, que había elevado la voz hasta convertirse en una especie de sonsonete fantasmagórico, se giró de un brinco y se marchó. Me quedé donde me dejó con los pelos de punta. En aquellos tiempos la gente todavía creía en las brujas y se echaba a temblar por una maldición; y ésta, con la que me había encontrado tan de repente, como un mal presagio que hubiera surgido en el camino para impedir que llevara a cabo mi propósito, me dejó sin fuerza en las piernas.
Me senté y contemplé la casa de Shaws. Cuanto más miraba, más me agradaba el paisaje, todo lleno de arbustos de espino en flor, los campos salpicados de ovejas, una imponente bandada de grajos en el cielo y todas las señales de ser buena tierra y buen clima; y, sin embargo, el enorme barracón de en medio despertaba mis peores miedos.
Pasaban campesinos que volvían de los campos mientras yo seguía sentado al lado de la cuneta, pero me faltaban ánimos para darles las buenas tardes. Finalmente el sol se puso y entonces, contra el cielo amarillo, vi que subía una voluta de humo que no me pareció que fuese más espesa que la de una vela; no obstante, ahí estaba, y eso significaba un fuego, calor, comida y algún habitante que lo habría encendido, lo cual me reconfortó.
Así pues, me puse en marcha cogiendo un pequeño sendero apenas visible entre la hierba que iba en esa dirección. Ciertamente era muy poco visible para ser el único camino que llevaba a un lugar habitado, pero no divisé ningún otro. Por él llegué al poco a unos montantes de piedra con una casa del guarda sin tejado al lado y un escudo de armas en lo alto. Estaba claro que iba a ser la entrada principal que nunca se terminó; en lugar de haber verjas de hierro forjado, habían atravesado un par de vallas atadas con una cuerda; y como no había muros de un parque, ni señal alguna de avenida, el sendero por el que iba pasaba a mano derecha de las columnas y continuaba serpenteante hacia la casa.
Cuanto más me acercaba a ésta, más lóbrega me parecía. Era como el ala única de una casa que no se había llegado a completar. Lo que tendría que haber sido el extremo interior estaba abierto por los pisos superiores, y se veían recortados contra el cielo escalones y escaleras de mampostería incompletos. Muchas de las ventanas no tenían cristales y los murciélagos salían y entraban como las palomas en un palomar.
Ya caía la noche cuando estuve cerca, y por tres ventanas de la planta baja, que eran muy altas y estrechas y tenían barrotes, empezó a brillar trémulamente la luz de un pequeño fuego.
¿Éste era el palacio al que venía? ¿Dentro de esas paredes iba a encontrar nuevos amigos y a empezar una próspera vida? ¡Pero si en casa de mi padre en Essen-Waterside el fuego y las relucientes luces se veían a kilómetro y medio de distancia, y la puerta se abría en cuanto llamaba el primer mendigo!
Me acerqué con precaución y, prestando atención conforme lo hacía, oí ruido de platos y unos accesos de tos seca y nerviosa; sin embargo, no hablaba nadie ni ladraba perro alguno.
La gran puerta, hasta donde alcancé a ver con tan poca luz, era de madera maciza tachonada de clavos. Levanté la mano con el alma en vilo y, tras llamar una vez, esperé. La casa había quedado en silencio absoluto; pasó un minuto entero en el que nada se movió salvo los murciélagos de arriba. Volví a llamar y a intentar escuchar de nuevo. Para entonces se me habían acostumbrado tanto los oídos a esa quietud que podía oír el tictac de un reloj de dentro según contaba lentamente los segundos; pero quienquiera que estuviese en la casa no hacía el menor ruido y hasta debía de estar conteniendo la respiración.
No sabía si marcharme corriendo de allí o quedarme, pero al final se impuso la furia que sentía y empecé a dar patadas y golpes a la puerta y a llamar a gritos al señor Balfour. Seguía en pleno frenesí cuando oí la tos justo por encima de mí y, al echarme atrás de un salto y mirar hacia arriba, vi la cabeza cubierta con un alto gorro de dormir de un hombre y el cañón acampanado de un trabuco en una de las ventanas del primer piso.
–Está cargado –dijo.
–Vengo con una carta para el señor Ebenezer Balfour de Shaws –expliqué–. ¿Está en casa?
–¿De quién es la carta? –preguntó el hombre del trabuco.
–Eso no viene ahora al caso –repliqué cada vez más airado.
–Bien, pues déjala en los escalones y márchate.
–¡De eso nada! –exclamé–. Se la tengo que entregar al señor Balfour en mano como me encomendaron. Es una carta de presentación.
–¿Una qué? –preguntó con acritud.
Repetí lo que había dicho.
–¿Y tú quién eres? –quiso saber tras una considerable pausa.
–No me avergüenzo de mi nombre –dije–. Me llaman David Balfour.
Estoy seguro de que el hombre dio un respingo, ya que oí que el trabuco chocaba contra el alféizar de la ventana, y después de otra larga pausa llegó su siguiente pregunta con un curioso cambio de voz:
–¿Es que ha muerto tu padre?
Me cogió tan por sorpresa que no me salió la voz para responder y sólo me quedé mirándole.
–Sí –prosiguió–, seguro que ha muerto y por eso has venido a aporrear mi puerta. –Otra pausa y añadió con actitud desafiante–: Bien, te voy a dejar entrar.
Y desapareció de la ventana.
6. En el siglo XVIII los sombreros de granaderos se asemejaban a las mitras de obispo.
Al poco oí mucho ruido de cadenas y cerrojos, tras lo que la puerta se abrió con precaución para cerrarse de nuevo en cuanto entré.
–Ve a la cocina y no toques nada –me dijo el hombre mientras volvía a poner en su sitio las defensas de la puerta y, entretanto, yo avanzaba a tientas hasta la cocina.
El fuego, que ardía bastante fuerte, me mostró la habitación menos amueblada que creo que hubiese visto jamás. Había media docena de platos en los estantes, y la mesa estaba puesta para la cena con un cuenco de gachas, una cuchara de cuerno de vaca y un vaso de cerveza floja. Aparte de eso, no había nada más en esa gran estancia de bóveda de piedra, a excepción de unos arcones cerrados con llave y dispuestos contra la pared y un armario de rinconera con candado.
En cuanto hubo puesto la última cadena, el hombre volvió conmigo. Era de aspecto cruel, encorvado, de hombros estrechos, cara arcillosa y edad que podría haber estado comprendida entre los cincuenta y los setenta años. Su gorro de dormir era de franela, al igual que la bata que llevaba sobre la andrajosa camisa en lugar de chaqueta y chaleco. Hacía mucho que no se afeitaba, pero lo que más me angustió de todo, e incluso me intimidó, fue que ni apartaba la vista de mí ni me miraba a la cara. Me era imposible adivinar quién sería, ya fuera por cuna u oficio; probablemente un viejo sirviente inútil al que habrían dejado a cargo de la gran casa a cambio de alojamiento y manutención.
–¿Tienes hambre? –me preguntó mirándome hacia la altura de las rodillas–. ¿Quieres esas pocas gachas?
Le contesté que eran su cena.
–Bah –dijo–, a mí no me pasa nada por ayunar. La cerveza sí me la voy a tomar porque me suaviza la tos. –Se bebió alrededor de medio vaso sin quitarme ojo en ningún momento, y entonces de pronto alargó la mano y dijo–: A ver esa carta.
Repliqué que la carta era para el señor Balfour, no para él.
–¿Y quién te crees que soy? –exclamó–. ¡Dame la carta de Alexander!
–¿Conoce el nombre de mi padre?
–Lo raro sería que no lo conociera, ya que era mi hermano; y aunque parece que no te gustamos mucho ni yo ni mi casa, ni tampoco mis buenas gachas, yo soy tu tío, Davie, muchacho, y tú mi sobrino. Así que dame la carta, y tú siéntate y llena el buche.
De haber sido unos años más joven, creo que me habría echado a llorar de vergüenza, cansancio y decepción. En su lugar, y sin saber qué decir, ni bueno ni malo, le entregué la carta y me senté delante de las gachas con menos apetito del que muchacho alguno jamás haya tenido.
Mientras, mi tío, agachado ante el fuego, no dejaba de darle vueltas a la carta.
–¿Sabes lo que pone? –me preguntó de repente.
–Ya ve usted que el sello no está roto, señor –contesté.
–Sí, pero ¿a qué has venido?
–A entregar la carta.
–Ah –dijo con astucia–, pero también te habrías hecho tus ilusiones, ¿a que sí?
–Pues reconozco, señor, que cuando me enteré de que tenía parientes adinerados, sí me permití la ilusión de pensar que me podrían ayudar en la vida. Pero no soy ningún mendigo; no busco recibir favores de manos de usted, ni quiero ninguno que no se me dé de buen grado. Aunque parezca tan pobre, tengo amigos que estarán encantados de ayudarme.
–Eh, eh –dijo el tío Ebenezer–, no te enfurruñes conmigo. Si al final tú y yo nos entenderemos... Y, Davie, muchacho, si has acabado con las gachas, a mí no me vendrían mal unas pocas. Sí –continuó en cuanto me hubo despojado del taburete y la cuchara–, bien buenas y sanas que están; son un gran alimento las gachas. –Bendijo la mesa con un murmullo y se puso manos a la obra–. Me acuerdo de que a tu padre le gustaba mucho comer; tampoco es que se hinchara, pero era de buen comer. En cambio, yo nunca he podido más que picotear un poco de esto y de aquello. –Tomó un sorbo de cerveza, lo cual probablemente le recordara sus deberes de anfitrión, ya que lo siguiente que dijo fue–: Si tienes sed, hay agua detrás de la puerta.
No contesté nada, mientras permanecía muy rígido de pie mirando muy enfadado a mi tío. Él, por su parte, siguió comiendo como si tuviera prisa, conforme lanzaba rápidos vistazos ora a mis zapatos, ora a mis medias caseras. Sólo en una ocasión en que se aventuró a levantar un poco más los ojos se encontraron nuestras miradas; y ningún ladrón al que se cogiera con la mano en el bolsillo de otro hombre podría mostrar señales tan vívidas de congoja. Eso me llevó a reflexionar que tal vez esa timidez suya se debiera a la falta muy prolongada de compañía, y que quizá tras un pequeño periodo de prueba se le pasara y mi tío se convirtiese en alguien bien distinto. Me sacó de mis meditaciones su áspera voz:
–¿Hace mucho que murió tu padre?
–Hace tres semanas, señor.
–Alexander era un hombre muy reservado; muy reservado y callado –prosiguió–. Nunca decía mucho de joven. ¿Te hablaba de mí?
–Yo ni sabía que tuviera un hermano hasta que me lo ha dicho usted.
–Vaya por Dios... –dijo Ebenezer–. Entonces tampoco te hablaría de la casa de Shaws...
–Ni mencionó jamás el nombre, señor –contesté.
–¡Figúrate! –exclamó–. Qué hombre más raro...
Aun así, parecía especialmente satisfecho, aunque no sabría decir si era consigo mismo, conmigo o con ese comportamiento de mi padre. No obstante, estaba claro que se le estaba pasando la inquina o animadversión que en un primer momento me había tomado, pues al poco se puso en pie de un salto, avanzó unos pasos hasta situarse detrás de mí y me dio un manotazo en el hombro.
–¡Si al final tú y yo nos entenderemos! –repitió–. Me alegro de haberte dejado entrar. Y ahora ven que te enseñe tu cama.
Para mi sorpresa, no encendió lámpara ni vela algunas, sino que echó a andar por el oscuro pasillo y, a tientas y respirando hondo, subió un tramo de escaleras, mientras yo lo seguía a trompicones, muy pegado a él, hasta que se detuvo ante una puerta cerrada con llave que abrió. Me dijo que entrara, pues ése era mi cuarto. Así lo hice, pero al cabo de unos pocos pasos me detuve y le pedí una luz para encontrar la cama.
–¡Qué tontería! –repuso el tío Ebenezer–. ¡Con lo que brilla la luna!
–No brillan ni la luna ni las estrellas, señor, y esto está oscuro como boca de lobo –alegué–. No veo la cama.
–¡Pero qué tontería! –repitió–. No estoy nada de acuerdo con tener luces encendidas en una casa. Me da mucho reparo que pueda haber un incendio. Buenas noches, Davie, mi muchacho.
Y antes de que yo tuviese tiempo de añadir alguna protesta más, tiró de la puerta y oí que me encerraba con llave por fuera.
No sabía si reír o llorar. La habitación estaba fría como un pozo, y la cama, cuando conseguí encontrarla, húmeda como un pez; pero afortunadamente había cogido mi fardo y mi manta y, envolviéndome en ésta, me tumbé en el suelo al abrigo del gran armazón de la cama y rápidamente me quedé dormido.
En cuanto despuntó el día, abrí los ojos y vi que me encontraba en una habitación espaciosa, forrada de cuero labrado, equipada con buenos muebles con bordados e iluminada por tres considerables ventanas. Diez años antes, o quizá veinte, debía de haber sido una estancia muy agradable en la que dormirse o despertarse, pero desde entonces la humedad, la suciedad, la falta de uso y los ratones y arañas se habían ensañado con ella. Además, muchos de los cristales de las ventanas estaban rotos, lo cual era tan habitual en esa casa que me llevó a suponer que en algún momento mi tío habría sufrido algún asedio por parte de sus indignados vecinos, tal vez encabezados por Jennet Clouston.
Entretanto, el sol brillaba fuera, y, como hacía mucho frío en ese mísero cuarto, di golpes en la puerta y grité hasta que acudió mi carcelero y me dejó salir. Me llevó a la parte de detrás de la casa, donde había un pozo con polea, y me dijo que me «lavara la cara ahí si quería». Cuando terminé, volví como mejor pude solo a la cocina, en la que él había encendido el fuego y preparaba gachas. La mesa estaba puesta con dos cuencos y dos cucharas, pero la misma y única cantidad de cerveza. Quizá yo diera muestras de sorpresa al fijarme en eso y mi tío lo notase, pues en ese momento habló como si contestara a lo que estaba pensando para preguntarme si quería tomar cerveza.
Le contesté que esa costumbre tenía, pero que no era mi intención causarle ninguna molestia.
–No, no –dijo–. No te voy a negar nada que se atenga a razón.
Cogió otra taza del estante y luego, para mi gran sorpresa, en vez de sacar más cerveza, vertió justo la mitad del contenido de una taza en la otra. Hubo cierta especie de nobleza en eso que me dejó sin habla; si mi tío era verdaderamente un avaro, pertenecía a esa estirpe de ellos que hace de ese vicio algo casi respetable.
Cuando terminamos de desayunar, mi tío Ebenezer abrió con llave un cajón y sacó una pipa de cerámica y un puñado de tabaco, del que cogió lo que necesitaba para llenar la pipa antes de volver a guardarlo. Luego se sentó al sol delante de una de las ventanas y fumó en silencio. De vez en cuando me miraba de soslayo y me soltaba una de sus preguntas. Una fue: «¿Y tu madre?», y cuando le dije que ella también había fallecido, añadió: «Ay, era una chica muy guapa». A continuación, después de una larga pausa, inquirió:
–¿Y quiénes son esos amigos tuyos?
Le dije que eran varios caballeros del clan de los Campbell, por más que, a decir verdad, sólo uno de ellos, el párroco, se había interesado jamás por mí; pero empezaba a pensar que mi tío se tomaba mi situación muy a la ligera, y, estando a solas con él, no quería que se creyera que me hallaba totalmente desamparado.
Pareció darle vueltas a eso en la cabeza, tras lo que dijo:
–Davie, mi muchacho, has hecho bien en acudir a tu tío Ebenezer. Para mí la familia es muy importante, y voy a hacer por ti lo que es debido. Pero mientras me pienso qué puede ser lo mejor para ti, si el derecho, la iglesia o el ejército, que es lo que más os gusta a los muchachos, no quisiera que los Balfour nos tuviéramos que humillar ante un montón de Campbell de las Highlands, así que te pido que cierres el pico. Nada de cartas ni de mensajes; ni una palabra a nadie o, de lo contrario... ahí está la puerta.
–Tío Ebenezer –contesté–, no tengo por qué suponer que usted no desee lo mejor para mí. No obstante, quiero que sepa que tengo mi orgullo. No he venido a buscarle por voluntad propia, y si me vuelve a enseñar dónde está la puerta, le tomaré la palabra.
Eso pareció ofenderlo profundamente.
–¡Qué tontería! –exclamó–. Ve con cuidado, muchacho, ve con cuidado. Tú espérate uno o dos días. No soy ningún brujo para encontrarte una fortuna en el fondo de un cuenco de gachas; tú sólo dame un día o dos sin decirle nada a nadie, y te aseguro que haré lo que pueda por ti.
–Muy bien, con eso es más que suficiente –dije–. Si quiere ayudarme, no hay duda de que me alegraré de que lo haga, y menos aún de que le quedaré muy agradecido.
Como me diera la impresión (bastante precipitada, he de decir) de que empezaba a hacerme con mi tío, dije a continuación que había que ventilar la cama y las mantas y ponerlas a secar al sol, o no pensaba volver a dormir en semejantes condiciones.
–¿De quién es esta casa, tuya o mía? –replicó él con su voz cortante, que de súbito reprimió–. No, no, no lo he dicho en serio. Lo mío es tuyo, Davie, mi muchacho, y lo tuyo, mío. La sangre tira, y tú y yo nos debemos a nuestro nombre.
Entonces se puso a divagar hablando de la familia, de su antigua grandeza, de su padre que había empezado a agrandar la casa y de él mismo que había detenido la construcción por ser un derroche pecaminoso, todo lo cual me recordó el mensaje de Jennet Clouston, que le transmití.
–¡La muy zorra! –gritó–. ¡Son mil doscientos quince los días que han pasado desde que hice que subastaran todo lo que tenía esa zorra para pagar sus deudas! ¡Por Dios, David, que voy a hacer que la asen en brasas candentes! ¡Es una bruja, una bruja confesa! ¡Me voy a denunciarla!
Dicho lo cual, abrió un arcón del que sacó una levita y chaleco azules muy viejos y bien conservados, así como un sombrero de piel de castor en bastante buen estado, todo sin encajes. Se los puso de cualquier manera y, después de coger un bastón del armario, lo cerró todo de nuevo con llave, tras lo que, cuando ya se disponía a marcharse, algo le vino a la cabeza que lo detuvo.
–No te puedo dejar solo en la casa –dijo–. Tengo que encerrarte por fuera.
Enrojecí de indignación.
–Como me encierre por fuera –contesté–, será la última vez que me vea como amigos.
Palideció mucho y apretó los labios.
–Así no vas bien –dijo mirando con aire siniestro a un rincón del suelo–; así no vas bien si quieres ganarte mi favor, David.
–Señor –repliqué–, con el debido respeto a su edad y a nuestros lazos de sangre, no valoro en tan poco su favor. Me criaron para que tuviese amor propio, y aunque usted fuera diez veces el único tío y la única familia que tuviese en el mundo, no querría comprar su aprecio pagándolo tan caro.
El tío Ebenezer fue a la ventana y estuvo algún tiempo mirando por ella. Vi que temblaba y que le daban convulsiones como de paralítico, pero, cuando se dio la vuelta, lucía una sonrisa en el rostro.
–Bueno, bueno –dijo–, hemos de aguantar y fastidiarnos. No me voy y ya está.
–Tío Ebenezer, no entiendo nada. Me trata como a un ladrón; no soporta que esté en esta casa, como me demuestra a cada momento con cada cosa que dice; no parece muy posible que llegue a apreciarme, y, en cuanto a mí, le he hablado como jamás pensé que hablaría a ningún hombre. Entonces ¿por qué se empeña en retenerme aquí? Deje que me vuelva; que me vuelva con los amigos que tengo y que sí me aprecian.
–No, no, no, no –repuso con mucha vehemencia–. Claro que te aprecio; si al final tú y yo nos entenderemos... Y en consideración al honor de la casa, no puedo dejar que te marches igual que llegaste. Venga, sé buen chico, quédate aquí tranquilo un tiempo y ya verás como al final nos entendemos.
–Bien, señor –dije después de considerarlo en silencio–, me voy a quedar un tiempo. Más justo es que me ayude alguien de mi propia sangre que no gente de fuera; y si no llegamos a entendernos, no será porque yo no haya hecho todo lo posible para que no sea culpa mía.
Para un día que había empezado tan mal, el resto transcurrió bastante bien. Al mediodía volvimos a tomar gachas frías, y de noche gachas calientes. Gachas y cerveza: de eso se alimentaba mi tío. Éste hablaba poco, y ese poco del mismo modo que hasta entonces, lanzándome una pregunta al cabo de un largo silencio; y cuando yo intentaba darle pie para que me dijese algo sobre mi porvenir, se callaba de nuevo. En la habitación contigua a la cocina, a la que me permitió que entrase, encontré gran cantidad de libros, tanto en latín como en inglés, con los que estuve muy entretenido toda la tarde. De hecho, tan agradable se me hizo el tiempo en tan buena compañía, que casi empecé a congraciarme con el hecho de estar en Shaws; y sólo ver que los ojos de mi tío seguían jugando al escondite con los míos reavivó mi desconfianza.
Una cosa descubrí que me provocó ciertas dudas. Era una entrada en la guarda de un libro (uno de los de Patrick Walker), que claramente había sido escrita por mi padre y rezaba así: «Para mi hermano Ebenezer en su quinto cumpleaños». Lo que me desconcertó fue lo siguiente: como mi padre era, por supuesto, el hermano pequeño, debía de haber cometido algún tipo de extraño error o, por el contrario, cuando aún no tenía cinco años ya escribía con una letra excelente, clara y de hombre.
Intenté quitármelo de la cabeza, pero por más volúmenes que cogía de muchos autores interesantes, tanto antiguos como modernos, y ya fueran de historia, poesía o cuentos, no dejaba de pensar en la letra de mi padre; y cuando al final volví a la cocina y me senté a tomar más gachas y cerveza, la primera vez que hablé al tío Ebenezer fue para preguntarle si mi padre había aprendido muy pronto a leer y escribir.
–¿Alexander? No, él no –fue su respuesta–. Yo fui mucho más rápido; era muy listo de pequeño. ¡Si aprendí a leer tan pronto como él!
Eso me desconcertó aún más, y entonces, como se me ocurriera algo, le pregunté si mi padre y él eran gemelos.
Se retrepó de un salto al taburete y la cuchara se le cayó al suelo.
–¿A santo de qué me preguntas eso? –bramó agarrándome de la delantera de la chaqueta y mirándome esa vez directamente a los ojos; los suyos, pequeños, claros y brillantes como los de un pájaro, le parpadeaban y hacían guiños de un modo extraño.
–¿Qué es lo que pasa? –pregunté con calma, pues yo era mucho más fuerte que él y no me asustaba fácilmente–. Y suélteme la chaqueta, que no son formas.
Mi tío pareció hacer un gran esfuerzo.
–Ay, David, por Dios, no deberías hablarme de tu padre –dijo–. Ése es el error. –Se sentó y estuvo un rato temblando y pestañeando con la mirada fija en su plato–. Era el único hermano que tenía –añadió, mas sin emoción en la voz, tras lo que recogió la cuchara y siguió cenando, aunque todavía tembloroso.
Ese último episodio, el que me pusiera las manos encima y de pronto manifestase esa profesión de cariño por mi difunto padre, me resultó tan del todo incomprensible que me infundió tanto miedo como esperanza. Por un lado, empecé a pensar que tal vez mi tío estuviera loco y fuese peligroso; por otro, me vino a la cabeza (espontáneamente y sin que yo quisiera) una balada que había oído cantar a alguien sobre un pobre muchacho que era el heredero legítimo de algo y un pariente malvado que intentaba que no recibiese lo que le correspondía. Pues ¿por qué habría mi tío de fingir con un familiar que se había presentado en su puerta casi como un mendigo, a menos que en lo más hondo tuviera alguna razón para temerle?
Con esa idea cada vez más presente, pese a que yo no le daba crédito, empecé a imitar sus miradas encubiertas, de manera que estábamos a la mesa como el gato y el ratón, cada uno observando furtivamente al otro. No me dijo nada más, ni negro ni blanco, sino que parecía muy ocupado dándole vueltas a algo para sus adentros; y cuanto más seguíamos sentados y más lo miraba yo, más me convencía de que ese algo no era bueno para mí.
Después de que retirara los platos, sacó tabaco para llenar una única pipa como por la mañana, y, poniendo el taburete en el rincón de la chimenea, estuvo un rato fumando allí dándome la espalda.
–Davie –dijo finalmente–, lo he estado pensando. –Al cabo de una pausa, lo repitió–. Hay un poco de dinero que medio prometí que sería para ti antes de que nacieras –prosiguió–; se lo prometí a tu padre. Vamos, que no fue nada legal, ya me entiendes, sino mera conversación de caballeros mientras beben vino. Bien, pues aparté esa pequeña cantidad de dinero (lo que me supuso un gran gasto, pero una promesa es una promesa), y ha ido creciendo hasta convertirse en justo... en la cantidad exacta de... –hizo una pausa porque se le trababa la lengua–, en justo la cantidad exacta de cuarenta libras. –Eso último me lo espetó lanzándome una mirada de reojo por encima del hombro, tras lo que añadió a continuación casi con un grito–: ¡De libras escocesas!
