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Sus caminos se cruzaron cuando menos lo esperaban, pero fue aquella coincidencia lo que los salvó de perderse para siempre en la oscuridad. Adelaide quiere hallar una forma de olvidar su pasado, Paris necesita una razón para vivir el presente, Theodore busca recuperar aquello que dejó atrás y William piensa que por fin ha logrado salir adelante. Pero, al cruzarse sus caminos, sus vidas se trastocan y toman rumbos impensados. Serendipia antémica es la historia de cuatro adolescentes que intentan reencontrarse con ellos mismos mediante la música, la poesía, el arte y el amor. ¿Podrán conseguir lo que buscan? ¿O encontrarán algo mejor?
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Seitenzahl: 416
Veröffentlichungsjahr: 2020
SERENDIPIA ANTÉMICAAutor: Isabel Margarita Saieg Díaz Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz Edición electrónica: Sergio Cruz Primera edición: octubre de 2020. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 2020-A-4000 ISBN: Nº 9789563384932 eISBN: Nº 9789563384949
Para María Isabel, mi Yaye.Gracias por escuchar siempre mis historias con tanto cariño.
3 de octubre, 15:28.
Me encontraba en la sala de artes plásticas, dibujando una lápida en una enorme tela puesta en un atril. Sabía que tenía más facilidad en el arte que cualquiera de los otros alumnos dentro del salón. Todos lo tenían claro, pero me temían y no me hacían consultas sobre mis técnicas.
Me preguntaba por qué era así. No era Cristine Santana, ni mucho menos. No vestía de negro, no usaba mucho delineador, no tenía el cabello teñido ni me gustaba ser cruel o fría con la gente. Perfectamente podría ayudar a cualquiera que decidiera acercarse a mí para preguntarme, pero jamás nadie lo había hecho.
Tenía mis teorías. Tal vez supieran que salía con un sujeto que era cuatro años mayor que yo al que le temían, porque daba miedo. Después de varios años amándolo, puedo afirmarlo: si hay una persona en el mundo que atemoriza, es Gabriel Santana. No por las cosas que había hecho, sino por lo que podía llegar a hacer.
Su ingenio era verdaderamente peligroso. Pensar en todo eso hizo que mi mano comenzara a temblar y perdiera el hilo de perfección en los trazos de mi obra. Boté el lápiz al suelo.
El sonido que hizo al caer llamó la atención de todos los que se encontraban dentro del aula. Sentí millones de ojos sobre mí, pero no me incomodó en absoluto, pues el miedo que me tenían en cierta forma me tranquilizaba. A pesar de que lo odiaba, me daba superioridad por sobre todos ellos.
—Lo siento —dije antes de recoger el lápiz y seguir dibujando.
Alcancé a trazar solo otro par de líneas sobre la tela antes de que tocara el timbre que indicaba el final del día. Todos salieron muy apresurados del salón, pues querían llegar rápido a sus casas. Probablemente al hacerlo, mensajearían a sus amigos, descansarían un rato, verían una película. Pero yo no. Jamás había hecho nada de eso, porque Gabe no lo hacía.
Recordaba pocas tardes. Al tocar las 17:00 ya estaba en estado de ebriedad y solía olvidar gran parte de lo ocurrido. Quizás era para mejor. A pesar de todo, odio embriagarme. Por eso no tenía prisa en irme del salón.
La profesora me observaba mientras ordenaba mis cosas. Sus ojos azules enmarcados en un par de lentes ópticos se deslizaban por el salón al compás de mis pasos, hasta que, eventualmente, decidió detenerme.
—Señorita Meldeen, ¿podría guardar los trabajos de sus compañeros en la bodega? Tengo prisa en salir, tengo que reunirme con el doctor de mi hijo y...
—Oh, por favor —la interrumpí—, vaya tranquila. Yo me encargo de que este lugar quede impecable.
Me dio un abrazo y se fue prácticamente corriendo, dejándome sola en el salón que estaba hecho un desastre.
Suspiré. Gabe salía de clases en una hora, y la verdad no tenía muchas ganas de ver a ninguno de los chicos antes de tiempo. Se suponía que iba a encontrarme con Cris afuera, así que decidí escribirle para que supiera la razón de mi retraso:
Voy a tener que quedarme un rato más en el salón de arte. La profesora me está extorsionando para que la ayude a ordenar. No sabes cómo la odio. Si quieres ve por ahora, avísale a tu hermano que llegaré a la misma hora que él. Nos vemos.
Me sentía mal al hablar así de una de mis profesoras preferidas, pero necesitaba darle un poco más de credibilidad al asunto. Respondió:
No creo que le guste la idea, pero intentaré hacer que entre en razón.
Guardé mi celular en el bolsillo y me puse a dar vueltas por la habitación, moviendo y limpiando cosas al azar para perder el tiempo, pues lo que verdaderamente tenía que ordenar era muy poco.
Tomé una pila de cartones desordenados para cambiarla a la repisa que se encontraba justo al lado. No vi una lata de metal en el piso y tropecé; los cartones se esparcieron a lo largo de las baldosas.
Me quejé por el golpe y me puse de pie. Al hacerlo, vi una pequeña caja de plástico entre los cartones y estiré el brazo para sacarla. Era el digipak vacío de Back In Black, uno de los discos más famosos de AC/DC. Era completamente negro, excepto por las letras blancas.
La imagen de Gabe sacando ese disco de la cajuela de su camioneta y poniéndolo en la radio llenó mi mente de inmediato. Un escalofrío me recorrió la nuca y la garganta se me anudó, como si las cuerdas vocales se hubiesen trenzado.
Esos eran los momentos en los que me cuestionaba qué parte del amor era la que la gente disfrutaba tanto.
Tuve una ola tremenda de inspiración y decisión. Fue como si aquel disco hubiese liberado una ráfaga de viento hecho de espinas, que me alentó a correr hacia el escritorio de la profesora, tomar un lápiz y un papel para empezar a escribir una carta.
Sentí mi mano moverse, mis ojos húmedos a través de las ondas que las palabras hacían con elegancia entre la tinta y la hoja.
Los sentimientos encontrados que me provocaba escribir hicieron que perdiera la noción del tiempo. No le ponía atención a lo que decía, pues sabía que era mi corazón quien hablaba, y eso era lo importante. Lo único que tenía en mente era el amor que sentía por Gabe, el que él sentía por mí y cómo por tanto tiempo me había estado destruyendo.
Apenas terminé de firmar la carta, sentí el sonido del pomo de la puerta. Impulsivamente metí la carta dentro del digipak mientras la puerta ser abría de par en par.
Un chico entró en el salón. Lo había visto anteriormente. En los pasillos, seguramente, o en clase, quizás. Jamás le había puesto especial atención. Tenía el cabello largo y oscuro, los ojos negros. Tenía pinta de deportista, a pesar de que no era fornido en absoluto.
Si no fuese porque los ojos de Cris y los hermanos Oreveau estaban constantemente sobre mí, probablemente sabría quién era. Además, por las manchas de acrílico que tenía en el dorso de la mano, supuse que también estaba en arte avanzado, lo que explicaba qué hacía en el aula después de clases.
—Oh —dijo, sorprendido al verme—. Hola. Eh... la profesora me pidió que viniera a ayudarte a guardar algunos trabajos en la bodega. Yo... si quieres te dejo sola, Adelaide.
—Sí —lo interrumpí—. Digo, no. No me dijo que me ayudarías, pero no me vendría mal.
Me puse de pie y tomé mi mochila, que se encontraba colgada en la esquina del atril en el que antes estaba dibujando. Me la colgué sobre el hombro, sin olvidarme de guardar antes el digipak dentro.
El chico me sonrió y se me acercó.
—Bien. Soy Paris, por cierto, pero probablemente ya lo sabías.
Qué engreído.
—No. La verdad, no.
No dijo nada. Seguro se sentía avergonzado. Lo ignoré y seguí con lo mío. Él me seguía, pero no hablaba. Dejé que ordenara a mi lado, pero no trabajamos juntos. Mientras yo guardaba las pinturas, él limpiaba el mesón.
Después de un rato, entre viaje y viaje, me cansé un poco. Entré a la bodega y prendí la luz. Tomé asiento sobre un barril cerrado, sin verificar qué contenía dentro. Paris también entró, cargando una escultura con forma indefinida, y movió por error la piedra que mantenía la puerta de la bodega abierta. Sentí una presión en el pecho.
—¡Eh, la puerta!
Pero ya era demasiado tarde. Los dos escuchamos el portazo, ambos estábamos encerrados adentro.
Suspiré y me acerqué a la puerta para intentar abrirla a la fuerza, pero era inútil. Solo podía abrirse desde el exterior. Dejé caer la cabeza sobre la pared, mientras me preguntaba qué iba a decirle a Gabe si no lograba salir de allí antes de que él llegara al edificio. Además, no podría entregarle la carta. Me entraron ganas de llorar. Lo bueno era que, después de tantos años de intenso amor, había aprendido a contener las lágrimas.
—¿La puerta no abre? —preguntó Paris.
Giré la cabeza e hice rodar mis ojos. No tenía ánimos para simpatizar ni con él ni con nadie.
—Si quieres intentar abrirla, adelante.
Al ver que no lo hizo, volví a hablar:
—Las llaves están en el escritorio. Podríamos llamar a...
—Aquí no hay señal —me interrumpió—, así que yo que tú, me pongo cómoda.
—No, no me estás entendiendo —dije, entrando en pánico—. Mi novio está esperándome, debo salir de aquí ahora mismo.
—Tendrá que comprender. Después de todo, te ama, ¿no es así?
—Sí, exacto. Por eso mismo debo salir ya.
Frunció el ceño, como si no entendiese lo que le decía. Quizás nunca se había enamorado. Sentí envidia. Él aún era libre. O puede que, como la mayoría de las personas, disfrutara su enamoramiento. Es una especie de masoquismo que todos parecen adorar y del que yo ya me cansé.
Me cansé hace mucho tiempo, pero hacía lo que Gabe me decía porque pensaba que era lo correcto. Cada día moría un poco más y, ¿de qué me servía amar si ese mismo amor era el que me llevaba a la muerte?
Aún tenía los negros ojos de Paris sobre mí, y eso me sacó de mis pensamientos. Lo miré de vuelta y pareció asustarse.
Claro. Él no es una excepción.
—¿Qué tanto me miras? ¿Tengo algo en el rostro?
—No —contestó con indiferencia—, pero estoy sorprendido.
—¿Por qué?
Se detuvo un momento, como si intentara elegir sus palabras con cautela y delicadeza, buscando una especie de pillería para sacarme más información de la que yo le daría. Estaba acostumbrada a este tipo de preguntas. Vincent y Lucian Oreveau las hacían todo el tiempo para luego contarle a Gabe. Ellos creían que no me daba cuenta, pero llevaban tantos años haciendo lo mismo, que ya era bastante evidente.
—¿Estás bien? —me preguntó.
—Eso no es de tu incumbencia —respondí.
—Entonces no lo estás —sentenció, mirándome apiadado.
—No dije eso.
—No hace falta que lo digas. Si lo estuvieras, no te importaría decírmelo.
Hice caso omiso a sus palabras. Abrí mi mochila, saqué una cajetilla de cigarrillos, un encendedor y tiré la mochila abierta al suelo. Puse uno de los cigarrillos en mi boca y, jugueteando con el encendedor, pregunté:
—¿Puedo fumar?
No me importaba su respuesta, lo haría de todas formas. Era solo cordialidad. No mantuve contacto visual, aunque creo que él intentaba hacerlo.
—Solo si me das uno —dijo extendiendo una mano.
Elevé las cejas, pues no me lo esperaba de un sujeto como él. Encendí el que tenía entre los labios para luego lanzarle la cajetilla y el encendedor.
Era tan extraño estar sola con alguien que no fuera parte de la pandilla de los Santana. No recordaba cuándo había sido la última vez.
—¿Podrías no dejar mi pregunta en el aire? —me dijo después.
Le di una calada al cigarrillo y espiré un aire denso y gris.
—Déjala allí un rato, así se mezclará con el humo y le dará un mejor sabor.
Paris negó con la cabeza, riendo. No le causaba gracia, pero reía. Era ironía, nada más.
—Está bien —dijo—, era simple preocupación. En todo caso, ¿en qué año está tu novio? Si está en nuestro grado o salió del instituto hace poco, seguramente lo conozco.
—Va en cuarto año de universidad.
—¿Tiene veintidós? —preguntó.
Le di otra calada al cigarrillo mientras asentía, y me daba la libertad de analizar las definidas facciones de su rostro de niño bueno. Uno muy, muy bueno. Demasiado bueno como para estar encerrado en una bodega con la novia de un narco. Si tuviese que estar encerrado en algún lado, debería ser en su cuarto leyendo algún libro de Tolkien o jugando golf con su familia. Tenía cara de pituco, para más remate.
No volvió a hablar después de eso. Por la expresión de curiosidad en su rostro mientras miraba mi mochila, supuse que lo que le dije le había dado mala espina. Quizás él, como yo, también odiaba el amor.
Quería encontrar una forma sutil de preguntarle si así era, pero no logré idear nada. De hecho, suelo ser muy torpe al momento de hablar, por lo que hubiese sido mejor mantenerme callada, pero no lo hice.
—¿Alguna vez has estado enamorado?
Él rio, disipó el humo que acababa de espirar y apagó la luz de la bodega para luego encender la linterna de su celular y apuntarme con ella. Al fijarme en su celular, descarté la posibilidad de que viniera de una familia adinerada. Era el mismo celular que tenía yo, y no me costó más de cincuenta dólares. Servía únicamente para hacer llamadas, enviar mensajes y un par de otras cosas; solo lo justo y necesario. Yo lo compré porque no tenía dinero para algo mejor, probablemente ese también era su caso.
La luz en mis ojos hizo que frunciera el ceño, hasta que me acostumbré al brillo. Paris se veía aún más curioso que antes, como si yo fuese un extraterrestre que ha llegado a la ciudad por error.
—¿No prefieres ir por galletas y un café antes?
—¿Qué? No, no puedo, yo... —hablé confundida y algo enojada.
—Eh, era broma —dijo, nuevamente asustado—, no te lo tomes tan en serio, Dios.
Bajé la cabeza, dándole otra calada al cigarrillo y cerrando los ojos para que la luz no me siguiera molestando. Sentía las manos calientes. Más de lo normal. Dudaba de que fuese por el cigarrillo, pues siempre se me enfrían cuando fumo. Lo que sí tenía fría, era la cabeza. Intentaba no pensar en que Gabe podría perder el control al darse cuenta de que no me presentaría en el edificio junto a su hermana, como siempre. Me pregunté si tendría miedo. Si temería que algo me hubiese pasado o simplemente, enrabiado, pensaría que me había escapado.
Volví a mirar hacia arriba. Por primera vez desde que Paris entró en el salón, entrelazamos miradas. Conectamos en cierta forma. Era extraño, pero me gustaba. Había algo en sus ojos que me llamaba la atención. Quizás era su profundidad, o el inmenso vacío en ellos. Me preguntaba a qué se debía.
—Y, sobre eso, ¿qué opinas? —dije de nuevo.
—¿Sobre ella?
—No, sobre el amor.
Pensó que estaba bromeando, pero al darse cuenta de que no era así, fumó de su cigarrillo y miró el suelo. Después de haber hablado, pensé en lo repentina y extraña que era mi pregunta, incluso me sentí avergonzada. Ya era tarde, de todas formas, así que le resté importancia.
—Fui muy osada, lo siento. No respondas si no quieres. Ni siquiera nos conocemos.
Nuevamente, se mantuvo en silencio. Tampoco esperé que dijera algo. Probablemente yo habría reaccionado de la misma forma, o incluso peor. Respeté su decisión, y sin decir nada, guardé dentro de mi mochila los cigarrillos y el encendedor.
Durante casi media hora nos mantuvimos en completo silencio. Él dibujaba algo dentro de una pequeña libreta de cuero y el único sonido que había era el de sus carraspeos repentinos y el del lápiz rozando el papel con delicadeza. Aun así, no era incómodo. La presencia de Paris era silenciosa, casi como si no estuviera allí conmigo en absoluto. A veces sentía que me observaba por largos ratos. Pudo haber sido paranoia o puede que en realidad así fuera. No sé, pues ya me habían metido mucho miedo al vigilarme siempre en los pasillos para que no hablara con nadie. Prefería no arriesgarme a mantener cualquier tipo de relación con alguien que Gabe no conociera.
Coincidentemente, mi celular comenzó a sonar. Se me erizó la piel y Paris me miró atónito. Se suponía que no había señal allí.
No, por favor, no...
Llamada entrante: Gabriel Santana.
Contesté apresurada:
—¿Hola...?
—Mel, cariño, ¿dónde estás? —escuché a Gabe decir al otro lado de la línea. Estaba usando su tono agresivo-pasivo. Eso no era bueno.
—Lo siento —dije titubeando—, se suponía que tenía que quedarme unos minutos a ordenar la sala del arte, pero al guardar algunas cosas en la bodega se bloqueó el cerrojo de la puerta; llevo casi una hora aquí encerrada y...
—Shhit... —me hizo callar—. Eso no es excusa. Debías llegar con Cris y no lo hiciste.
—Gabe, en serio, no sabes cuánto lo siento. Jamás lo haré de nuevo, lo juro.
Me sentía muy mal, como si estuviese a punto de vomitar. Me dolía que Gabe se enojara conmigo.
Paris me miraba concentrado en la conversación, podía oír perfectamente todo lo que Gabe y yo decíamos. Me calmé acariciando mi nuca con suavidad. Intentando no llorar, seguí escuchando.
—Supongo que no has desactivado el rastreador de tu celular.
—No, eso nunca, y lo sabes.
—Buena chica. Cris irá a buscarte.
—Dile que las llaves están en el escritorio de la profesora.
Escuché una risa de satisfacción al otro lado de la línea.
—Te amo, Adelaide.
No me llames así.
—Yo también te amo.
Cortó la llamada. Estaba tiritando. Escuchar la voz de Gabe tan alterado era una de las pocas cosas que, a pesar de todos los malos ratos que había pasado a lo largo de mi vida y lo fuerte que me había vuelto con los años, me seguía intimidando como si fuese una niña pequeña. Para él seguía siéndolo, en todo caso. Acerqué mis rodillas a mi pecho y las abracé, tratando de cobijarme a mí misma. Entrelacé las manos y cerré los ojos. No quería siquiera pensar en lo que Cris iba a decirme cuando viera que no me encontraba sola dentro de la bodega. Inspiré el aire tan lleno de humo, para luego dejarlo salir en un suspiro de cansancio.
—¿Por qué dejas que te trate así? —me preguntó Paris, de repente. Algo en su voz mostraba perturbación, pero no le presté mucha atención a los detalles.
—¿Así cómo? —le pregunté.
—Gabe —dijo, recordando—. Ese es su nombre, ¿verdad? —se detuvo durante unos segundos. Algo en su mirada se oscureció. Me miró incrédulo y luego recuperó su voz—: Tienes que estar bromeando. Por favor, dime que no estás saliendo con Gabriel Santana.
—No es de tu incumbencia —repliqué.
—¡Dios, Adelaide! No solo tiene veintidós años, sino que también es el narcotraficante más conocido de la ciudad. Mierda, eres una niña todavía. Ni siquiera sé por dónde empezar... ¿Estás bien?
Imaginé la voz de Gabe en mi cabeza.
Eres una niña.
—No soy una niña.
—No respondiste mi pregunta.
Miré hacia un lado. ¿Qué ganaba con responderle? Probablemente solo confirmaría sus prejuicios. Nunca me había importado la opinión que la gente tenía sobre mí, pues no tenían idea de nada. Sus juicios no eran válidos, pero cualquier cosa que incluyera el nombre de Gabe era sinónimo de peligro.
Decidí ignorar su pregunta.
—¿Cómo lo conoces?
Paris bufó, como si estuviese diciendo una rotunda estupidez.
—Todos saben quién es Gabriel Santana. Es el proveedor de drogas número uno en la ciudad, pero supongo que tú ya sabías eso. Además, su hermana también es muy conocida, pero ella tiene otro tipo de reputación. Además de eso, nadie sabe mucho de ellos... —Giró la cabeza para mirar hacia la puerta.
—Son como tú. Sus nombres están en la boca de todos, pero nadie sabe nada más que chismes que probablemente no son verdad.
—Oh, te aseguro que todo lo que has oído sobre Cris es cierto.
Soltó una risotada, pero a mí no me hizo gracia.
Bajé la cabeza. Este tipo de cosas no me sorprendían. Evidentemente si somos sujetos misteriosos y callados, todos van a inventar historias ridículas para explicarse nuestro comportamiento. Sabía que Jazz las había oído todas y ofreció contármelas reiteradas veces, pero siempre le dije que no. No sentía la necesidad de desmentir ni confirmar lo que la gente chismeaba dentro de la escuela. Después de todo, con los ojos de Cris y sus amigos encima de mí todo el tiempo, no tenía forma de hablar con nadie que no fueran ellos.
—¿Eres feliz con él? —preguntó con espontaneidad. Al ver mi cara de espanto, dijo—: Dime la verdad.
—Lo amo y él me ama a mí. La felicidad no es parte de nuestra relación ni de nuestra dinámica. Es amor, eso es todo. No es difícil de entender.
—¿Qué? No... no, yo no... —comenzó a hablar. Decía cosas sin sentido, mirándome fijamente.
Nuevamente fui incapaz de interpretar su expresión. No sé si era por la poca luz que había o porque él sabía algo que yo no. Fuera cual fuera la razón, me tenía vuelta loca. Comencé a masajearme las manos, intentando rebajar un poco la tensión en ellas. Cerré los ojos para que la presencia de Paris no interviniera en mis pensamientos. Deseaba de todo corazón estar sola en aquel momento. Las palabras me habían dado mucho en qué pensar, pero, de todas formas, ¿de qué me servía pensar si la carta ya estaba escrita? El pensar no hacía más que incentivarme aún más a entregársela a Gabe.
Pero, ¿era esa la mejor decisión? Imaginar qué sería de mí después de que Gabe leyera esa carta me asustaba, pero lo hacía aún más tener que pasar una eternidad unida a una persona como él por culpa de algo tan terrible como el amor. Supongo que debía correr el riesgo.
—¿Siquiera sabes lo que es el amor? —exclamó, con la voz llena de enojo y desesperación.
Esa pregunta me dejó completamente helada. Esta vez no era porque no supiese qué decir, sino porque sabía exactamente cuál era la respuesta.
—No.
Los ojos de Paris se llenaron de un brillo oscuro. ¿Era pena? ¿Era rencor? ¿Era empatía? ¿O era algo más?
No tuve tiempo de analizar nada, pues apenas terminé de hablar, escuchamos un estruendo desde el salón.
—Adelaide, ¿dónde demonios te metiste? —gritaba furiosamente alguien.
La piel se me erizó.
Cris.
La desesperación y el enojo humedecieron mis ojos, mientras intentaba pensar en qué hacer.
—Paris, lo siento mucho —dije, mientras un par de lágrimas caían por mis mejillas.
—¿Qué? —preguntó confundido.
Pero no le contesté. Corrí hasta la puerta y comencé a golpearla frenéticamente.
—¡Cris, gracias a Dios! —exclamé entre sollozos—. ¡Estoy aquí encerrada con este imbécil!
Paris frunció el ceño y por un breve momento pensé que iba a protestar, pero algo en mí debió haberle dado alguna especie de señal para que me siguiera la corriente. Asintió, y le sonreí, agradecida.
—¿Qué? —chilló Cris, moviendo mesas en algún lugar de la sala—. ¿Estás con alguien allí dentro?
Comencé a sacudir el pomo de la puerta, como si estuviese realmente desesperada por salir. No respondí su pregunta y me dediqué a seguir agitando la puerta como si mi vida dependiese de ello.
—Mel, ¿dónde está la llave?
—¿Mel? —susurró Paris, divertido por la situación.
—No es el momento —susurré de vuelta. Luego exclamé—: ¡En el escritorio, de prisa!
Pasaron pocos segundos antes de que la silueta delgada de Cris apareciera por el umbral de la puerta. Noté que nuevamente había teñido parte de su cabello rubio de color rosado, pero no pude apreciarlo porque su expresión de enojo y disgusto arruinaba su belleza. No me miraba a mí, así que no me sentí intimidada. No podía decir lo mismo de Paris.
—¿Tú la encerraste aquí? —le preguntó.
—Fue un accidente, pero fue culpa mía —dijo Paris, levantando las manos en señal de inocencia.
—Ahórratelo, Carson —dijo furiosa, mientras me tomaba de la mano—. Vamos, Lucian nos está esperando en la camioneta.
Caminé hasta la puerta del salón con ella, para luego zafarme de su agarre y decirle:
—Olvidé mi mochila. Ya vuelvo.
Cuando entré nuevamente a la bodega, Paris seguía en el piso. Se veía tan confundido como divertido por la situación. Me agaché para recoger mi mochila. Él me miraba como si no tuviese idea de qué debía decirme, entonces yo hablé:
—Meldeen es mi apellido. Me dicen Mel porque odio mi nombre.
—A mí me gusta tu nombre.
No respondí. Me precipité nuevamente hacia la puerta para encontrar a Cris y caminar en silencio hacia la camioneta en la que el mayor de los Oreveau nos esperaba.
Recordé la carta y comencé a sentirme ansiosa. Podía dársela e irme. Pero, ¿a dónde iría? No podía ir a casa.
¿Podría irme, siquiera?
Sentada en el asiento trasero de la camioneta, apoyé mi cabeza en la ventana y bajé la vista.
Un momento... Mi mochila está abierta.
Mi corazón se detuvo. Busqué y busqué entre mis cosas, y aquel pulso detenido se volvió veloz e irregular. Quería llorar, quería gritar, pero Cris y Lucian estaban frente a mí, y quién sabía lo que me harían si causaba un alboroto. Revisé una, dos, tres veces más, pero era definitivo.
La carta ya no estaba.
4 de octubre, 7:52.
Cuatro años suena como mucho tiempo. Teníamos apenas catorce y dieciocho cuando salimos por primera vez. Recuerdo bien esa noche. Me llevaste al edificio quemado que conozco tan bien, y me prometiste que me enseñarías lo que significa amar y ser amada si me quedaba contigo.
Así lo hice, aquí sigo: amándote y siendo amada por ti. Era inocente en ese entonces. Incluso puede que la palabra inocente quede corta, pues más que eso, era tonta. Tonta por obligarme a amar el amor, tonta por creer que era una necesidad, tonta por haberlo hecho durante tanto tiempo.
Lamento rechazar tu cariño, pero el alcohol, las drogas, el sexo... es demasiado para mí. Nunca me ha gustado y me está haciendo mal.
A veces me pregunto qué es lo que la gente tanto disfruta, qué es lo que tú tanto disfrutas; yo no puedo tolerarlo. Creía que la que estaba mal era yo, pues confiaba en tus palabras, en las de Cris, en las de todos. Sabía que si me golpeaban era porque querían lo mejor para mí, que no dejaban que hablara con nadie porque querían protegerme, pero, ¿es así realmente, o ha sido todo una vil mentira?
Me duele decir todo esto, pero más me duele hacer cosas en contra de mi voluntad todos los días solo porque te amo.
Siempre me dices que el amor es complicado, que soy muy joven para entender, pero si es así como dices, ¿por qué me has sometido a él?
Después de tanto sufrimiento, decidí liberarme a mí misma y atreverme, por fin, a descubrir qué hay más allá del amor que hace años me priva de vivir como quiero vivir.
No quiero ser malagradecida y esto no significa que no te ame, pero me he aferrado durante mucho tiempo a algo que no hace más que destruirme, y tengo que ponerle un alto. Es lo mejor para ti y para mí.
Gabe, no tengo palabras para explicar lo destrozada que me he sentido durante todos estos años y cómo escribir esta carta de a poco me ha ayudado a darme cuenta de lo que siempre he querido y necesitado.
Has sido la única forma de amor que jamás he conocido, y por lo mismo, te pido que me dejes ir. Quiero conocer, quiero vivir de mil formas distintas, porque hasta ahora solo lo he hecho junto a ti. Antes de ti no vivía, y te agradezco infinitamente por haberme sacado de ese agujero negro, pero por más que me cueste, necesito continuar, pues dudo que, a nuestra corta edad, eso esté bien.
Jamás me he sentido cómoda con todo esto, pero los demás me decían que no había razón para sentirme así, pues me amabas como nadie y debía apreciar eso, así que me guardé todo y seguí sonriendo como siempre lo he hecho: con hipocresía.
Recuerdo que una vez me dijiste que la lectura fomentaba sobre todo malos pensamientos y que debía ignorar la profundidad de lo que leyera, pues me haría sentir mal después. Así lo hice, hasta hace unos días. Me pareció curioso que unos versos en una antología de poemas de amor relataran una historia tan distinta a la nuestra...
“Mi felicidad se encuentra en un solo lugar,
en aquel pequeño espacio, solo mío,
entre el borde de tus labios
y el inicio de lo nuestro...”.
¿Alguna vez has sentido esa especie de atracción hacia mí? Ni siquiera creo entender aquella relación que hace el autor entre el amor y la felicidad. Son dos cosas tan distintas…
Puede que aquel poeta esté loco, o que los locos seamos nosotros. Ahora solo me queda averiguarlo por mi cuenta.
Te deseo lo mejor. Lamento ya no ser capaz de acompañarte.
Sinceramente,
Mel
No quise leerla en voz alta por mucho que Theodore me insistiera en hacerlo. Sentía sus amenazantes ojos azules sobre mí, pero intentaba ignorarlo para poder concentrarme en las palabras de Adelaide.
Saber que detrás de esos ojos perdidos se escondía una enorme dolencia, me hacía sentir culpable. No sé por qué, si hasta hace veinticuatro horas solo sabía quién era por los rumores que corren a diario en los pasillos y por las pocas veces que la he visto vagando por el colegio. Algo tiene, algo que me hace creer que soy yo quien debe cuidar de ella desde ahora en adelante.
—Paris, ¿cuántas veces has leído la carta? —me preguntó, con voz cansada.
—Ocho y media, casi nueve, pero no me estás dejando terminar —repliqué, sin apartar los ojos de la hoja de papel.
—¿Siquiera estás escuchándote? Eres ridículo. Hasta das pena. Estás irrumpiendo en la privacidad de una pobre chica y estás comenzando a obsesionarte.
—No estoy obsesionado, pero sí me da curiosidad.
Había una frase que se repetía y se repetía dentro de mi mente. Incluso podía oír su voz.
Has sido la única forma de amor que jamás he conocido, y por lo mismo, te pido que me dejes ir.
Rogaba por su libertad. Estaba pidiéndole el derecho a su libertad a quien supuestamente la ama y, mientras lo hacía, moría de miedo. No podía quedarme de brazos cruzados mirando cómo su vida se iba a la mierda, o más bien, cómo intentaba sacarla de ahí. Tenía que hacer algo al respecto. Sabía que no me correspondía, o al menos, no era mi obligación, pero estaba sola y yo también. Así me siento. Así se siente ella.
—Entiendo que es guapa. Puede no ser una bomba, pero es medianamente guapa. Es normal que te sientas atraído por alguien como ella. Puede tener esa melena de león, ojos grandes y bonitos, buena figura y todo lo que quieras, pero no jodas, está loca.
—¿Y sabes por qué? —le pregunté.
—No, y no me interesa, si quieres que te sea honesto.
—Bueno, a mí sí. La escuché hablar por teléfono con este tipo y... —comencé a decir, pero me detuve. Estaba revelando más información de la que debía. Rápidamente arreglé mi error y proseguí—: Está rota, Loy. Jamás había imaginado que una chica como Adelaide Meldeen pudiese ser tan vulnerable.
Theo jadeó, aburrido de mis palabras y decidió ensimismarse en la pantalla de su celular. Pasó una mano por su cabello rubio, que se veía pálido bajo las luces blanquecinas del instituto. Sin mirarme, habló:
—Bien, haz como gustes, pero que conste que te he advertido.
Hice caso omiso a sus palabras. Theodore era un chico muy sabio, tanto que a veces llegaba a ser molesto, pero aun así gran parte del tiempo era necesario darle la razón. Esto no era una excepción. Él sabía que estaba metiéndome en una situación muy peligrosa, y eso que ni siquiera le había contado que Gabriel Santana estaba involucrado en todo esto. No podía decirle, se volvería loco y me gritaría hasta convencerme de olvidar todo este asunto. Debía evitar eso a toda costa, pues tal como mi hermano, tiene un poder de persuasión increíble.
De todas formas, mis problemas eran mayores. Cris tenía a Mel completamente controlada dentro de la escuela. No tenía forma de devolverle la carta, mucho menos de decirle algo. Cris pensaba, además, que fui yo quien encerró a Mel dentro de la bodega, como si hubiese querido aprovecharme de ella o algo por el estilo. Tal vez incluso Cris decidiera amenazarme si llegaba a verme en el pasillo. Pensar en eso hizo que un escalofrío de temor recorriera mi nuca, sacudiéndome mientras aún sostenía la carta entre mis manos.
Mientras veía su escritura, cursiva y ordenada, se me ocurrió una idea brillante. Una idea que solo se le podría haber ocurrido a una artista como ella. Por lo mismo, era mi única solución.
—Eh, Theo —intenté llamar su atención, pero estaba muy concentrado mirando su celular. Probé de nuevo y nuevamente no hubo respuesta, así que perdí los estribos—: ¡Theodore! ¡Qué diablos!, ¿eres sordo, o qué?
Se sobresaltó y botó su celular al suelo, mientras se golpeaba la cabeza contra un casillero.
—¡No me grites! —dijo cerrando los ojos y sobándose.
—Si no te grito, no me escuchas.
Suspiró e hizo rodar sus ojos.
—Bien, ¿qué quieres?
Sonreí mientras volvía a meter la carta en el digipak.
—Necesito discos. ¿Me acompañas a RadioTM después de clases?
Sus ojos se oscurecieron y desvió la mirada.
Oh, mierda.
—Lo siento, lo olvidé. No quise... no era mi intención.
—No te preocupes —me interrumpió—, pero no iré, ni de broma. Si necesitas discos, yo te consigo unos baratísimos, pero, ¿para qué los quieres?
—Quiero iniciar una colección —mentí—, ¿sabes dónde puedo conseguir algunos? Sé que es extraño, pero hace tiempo que tengo ganas de hacerlo.
—En RadioTM todo es caro, dudo que puedas pagarlo con tus ahorros. Lydia Donnovan vende discos usados a un dólar cada uno.
—¿Quién es ella? —pregunté, sacando mi celular para anotar su número.
—No la conozco muy bien, pero es amiga de Cristine Santana y su séquito alcohólico —bromeó, pero no rio.
Claro que la única persona que vende discos en May Lander es amiga de Cris. Yo y mi mala suerte.
Lo bueno es que dudo que sepa mi nombre, incluso puede que no se acuerde de mi rostro. Si Lydia llega a decirle algo a Cris, puede que no me relacione con el incidente de la bodega, y si lo hace... no lo sé, pero será un riesgo que tendré que correr.
—Vale, pásame su número.
4 de octubre, 21:02
Las chicas dormían, mamá no salía de su cuarto hacía horas y Amadeus había salido a caminar por la plaza Aragán con Will, así que estaba prácticamente solo en casa.
Hablé con Lydia y le pedí algunos de los discos más vendidos de toda la historia. Dijo que pasaría por mi casa a las 21:30 y me pidió que le entregara el dinero aquí mismo. En total eran quince dólares que, la verdad, no me sobraban, pero era una inversión que quería hacer.
La carta ya estaba escrita, solo me faltaba averiguar cuál era su número de casillero. Probablemente tendría que llegar más temprano a la escuela, y así podría seguirla hasta ver dónde guardaba sus cosas. Daba igual, me las arreglaría.
Doblé la carta dos veces para que cupiese en el digipak. Mientras la sostenía con la mano derecha, tecleaba en el computador con la izquierda, buscando los nombres de algunos discos bestseller, pues de música no sabía mucho, aunque en realidad, no encontré más de lo que ya sabía: Queen, The Beatles, Michael Jackson, las leyendas de siempre.
Entre búsqueda y búsqueda, se me pasó el tiempo volando. Me distraje escuchando distintos temas de cada álbum, analizando carátulas y leyendo títulos y letras que me llamaban la atención. Había una variedad gigantesca, pero cada canción transmitía un mensaje tan fuerte e intenso, que no pude tomarle gusto a alguna más que a otra.
Fue entonces, mientras sonaba una de las canciones más conocidas de Prince, que escuché el timbre. Sin pensarlo, corrí hasta la entrada de la casa y abrí la puerta de par en par, arrepintiéndome casi de inmediato. La verdad, no sé cómo no lo vi venir.
—Hola, Paris —dijo, con la misma inexpresividad que Mel usó conmigo antes del incidente de la bodega.
—... Cris. Qué sorpresa.
—Por cómo me miras, supongo que lo dices muy en serio, pero no te preocupes, no voy a decirte lo que crees que voy a decirte.
—Eh, de veras, no lo hice a propósito, fue un accidente.
—No me interesa, ya te dije, no vine a eso. Le hago un favor a Lydia, nada más —me tendió una pequeña caja con varios CDs apilados dentro—. Ten. Tienes buen gusto, por cierto. Me sorprende que la gente aún siga comprando estas basuras cuando se puede escuchar todo por internet.
—Me gusta lo vintage. Y gracias, por cierto —dije, para alivianar la tensión.
No tenía por qué decirle que no sabía qué álbumes me había enviado Lydia, ni que no tengo radio para escucharlos. Recibí la caja con una mano y le pagué con la otra. Ella seguía sin mostrar ningún tipo de emoción, pero no dejaba de mirarme. Era intimidante.
—No me agradezcas, no te he hecho ningún favor.
Ignoré lo que dijo, volteé para volver a entrar a casa, pero la rubia me tomó por la muñeca con muchísima fuerza, obligándome a mantenerme en el lugar. Clavó sus ojos castaños como estacas en los míos.
—Mira, Carson —comenzó a decir—, no te acerques a Adelaide si no quieres que mi hermano te desfigure el rostro. No me desagradas, pero no simpatizo con nadie que no sea de los míos, así que, si vuelvo a verte con ella, iré a hablar con Gabriel. Te estás salvando por ahora, pero camina con cuidado.
—Pensé que no venías a amenazarme.
Apretó mi muñeca con aún más fuerza, haciendo que me callara.
—¡Eh, para, lo siento! —exclamé—. No te preocupes. Apenas la conozco.
—Bien —dijo retrocediendo de espalda—, y quiero que lo dejes así, ¿vale?
Asentí con lentitud mientras, subiéndose nuevamente a una camioneta negra, se alejaba.
Dejé salir un suspiro de alivio y, aún sin abrir la caja, me senté en el suelo, apoyado en la puerta que acababa de cerrar.
Sí que hay gente loca.
Imaginé a Mel mientras cerraba los ojos con la conciencia agotada. Ver su imagen en mi cabeza me hizo imaginar una canción. La tenía frente a mí, con su feroz cabellera rizada y oscura cayéndole sobre los hombros como si el cielo nocturno acabase de hacer erupción.
Hablábamos, pero no escuchaba ni su voz ni la mía. La melodía aún sonaba, llena de secretos, gritando para poder salir a la luz, pero luego caí en cuenta: aquel sentimiento tan profundo, de calma y enamoramiento, no me lo generaba la canción, sino el brillo de sus ojos, su mirada radiante dentro de una llamarada de caos. La música sonando era un simple adorno al lado de aquella obra de arte.
Al verla en la bodega, tan rota y tan fuerte al mismo tiempo, descubrí lo peligrosos que pueden ser un par de ojos negros en situaciones de tal nivel de tensión. Parecían contar historias, como si hubiesen pasado años desde la última vez que revelaron algo de esa magnitud. El único problema era que sus ojos no me revelaban nada. La carta lo hizo. El disco lo hizo. La canción lo hizo. Ella lo hizo.
Un estruendo en la habitación de mis hermanas me hizo reaccionar y volví a lo mío.
Tomé la caja con cuidado y caminé hasta mi cuarto. Me senté en la silla del escritorio y encendí la pequeña lámpara que tenía sobre la mesa. Tomé un marcador negro y escribí en la parte superior de la caja:
Discos de Paris. No tocar.
Luego saqué un disco al azar y lo puse sobre la mesa: The Wall -Pink Floyd. Es uno de los favoritos de Theodore, así que ya conocía algunas de sus canciones. La carátula era blanca con las letras escritas en color rojo. Saqué el disco, lo puse cuidadosamente en un sobre de papel, para después volver a guardarlo en la caja con los demás discos. Tomé la carta y la guardé dentro del digipak, lo puse dentro de mi mochila y, por fin, me fui a acostar.
Dios, Mel, ¿qué estás haciendo con mi cabeza?
Ni siquiera yo lo sabía. ¿Por qué lo sabría ella? Después de todo, nada más habíamos pasado una hora, sino menos, dentro de la bodega de la sala de arte, dejó caer un digipak que resultó traer una carta dentro y así.
Probablemente no fuese ella quien me atraía, sino su historia, su enigma. Al menos de momento, lo mejor sería no hacer tantas preguntas.
Antes de entrar en la cama, me preocupé de cambiar mi reloj despertador para que sonara media hora antes. Mis hermanos tendrían que saber lidiar con ello. Llegaría antes a la escuela y podría verla caminar hasta su casillero. Estaba todo listo, pero tenía miedo. Realmente no sabía qué esperar de todo esto.
5 de octubre, 7:33
Desperté muy feliz a la mañana siguiente. No demoré nada en ducharme, vestirme y salir a la calle. Ni siquiera me despedí de Will y Amadeus, quienes luego de despertar por la alarma a las 7:00, volvieron a caer profundamente dormidos. Solo me preocupé de cruzar la calle que separaba mi casa del colegio May Lander.
Ya que estaba muy bien de tiempo, me detuve un segundo a observar mis alrededores. El edificio del May Lander era muy grande. Había un cartel con la insignia del colegio en la parte superior, bajo un viejo reloj averiado que marcaba las 11:15 hace más de dos años. A la izquierda del edificio se encontraba la pista de atletismo que tan bien conocía. Me dieron ganas de ir a correr una vuelta, pero tenía que entrenar en la tarde y no quería desgastarme. Además, no me daba el tiempo.
Después de haber estado cerca de cinco minutos vagando por la entrada de la escuela, me acerqué a la escalera que llevaba a la zona de casilleros. Caminé por al lado de los números cero y cien, para llegar hasta los doscientos. Me acerqué al mío, el doscientos cuarenta y uno, y dejé mi mochila adentro. Apenas entraba, era un verdadero desastre. Me gustaba guardar todo, incluso residuos, pues podría llegar a usarlos para algún proyecto de arte.
A pesar de que mi más grande pasión era el atletismo, el arte era cada vez más importante en mi vida. No era un genio como Mel ni mucho menos, pero había hecho trabajos bastante buenos. Antes de que ocurriera todo el asunto de la bodega, pensé en pedirle ayuda con un par de técnicas de dibujo y pinceladas, que es lo que a ella mejor se le da, pero los rumores sobre su pasado y esa relación que mantenía son tan intensos, que preferí no acercarme para evitar conflictos y malentendidos.
Son cosas como esta las que me hacían cuestionarme: ¿habré hallado la carta por obra del destino?
Es difícil analizar situaciones como esta, pues uno tiende a creer que las ilusiones no son en vano, que las cosas que suceden, suceden porque así lo ha planeado alguien superior a nosotros y que hay que seguir sus pistas hasta entender el camino que se nos ha puesto al frente. Pero también puede no ser nada. O más que ser nada, ser el deseo de encontrar la respuesta a todo.
Me apoyé sobre la puerta de mi casillero y dejé caer la cabeza hacia atrás. Todo era muy extraño. No podía entenderlo, no quería entenderlo, pero, ¿debía entenderlo?
Estuve así durante un buen tiempo, hasta que empezó a entrar más gente. Tuve que disimular mis intenciones. Aún ponía especial atención a quienes caminaban por el pasillo, solo que ahora lo hacía mediante la cámara de mi celular. Apuntaba a la puerta para que la gente que pasaba creyera que estaba mensajeándome con alguien o, si alguien veía que tenía puesta la cámara, que estaba grabando una especie de montaje.
Y entonces la vi, de pie a un par de metros de mí, calzando un par de botines negros, jeans anchos y un suéter de color azul. Llevaba el cabello tomado en una coleta, dejando ver sus delgadas mejillas y sus ojos cansados.
No me miró. Estaba frente a ella y no me miró. No sé si tenía miedo de que Cris la viera, si había decidido actuar como si no me conociera, o si, simplemente, no se fijó.
Cuando ya estaba un poco más lejos, apagué mi celular y la seguí con los ojos hasta que se encontró con una chica alta, pelirroja y muy pecosa. Se veía tímida, aunque con Mel parecía estar muy en confianza, como si fueran familia, pero era imposible que lo fueran. Eran muy diferentes. La otra chica tenía los ojos claros, la tez blanca y de lejos parecía una cereza: dulce y rojiza, incluso quizás inocente. Al lado de ella, Mel se veía como una criminal o una drogadicta, que la verdad, no estaba muy lejos de ser lo que Santana quería que fuera.
Las vi abrir sus casilleros, que quedaban justo uno al lado del otro: doscientos trece y doscientos catorce, de Mel y de la otra chica, respectivamente. Una vez que los identifiqué, desvié la mirada y fingí de nuevo revisar mensajes. En el entretanto, varias personas se me acercaron para saludarme: miembros del equipo de atletismo, compañeros de clase, una que otra chica, pero no podía prestarles atención. Solo quería que sonara el timbre para poder, por fin, dejarle el disco dentro del casillero. La espera se me hacía eterna.
Cuando quedaban cerca de cinco minutos para la primera clase, vi a Theo acercándose a mí, con el rubio cabello escondido bajo un gorro de lana y una chaqueta negra que le cubría todo el cuerpo hasta la rodilla. Observé su expresión de disgusto incluso a metros de distancia, pues a pesar de que casi siempre es serio y pesimista, a veces puede ser muy expresivo.
—La cara de enamorado no te la quita nadie, ¿eh, Carson?
—Curiosidad —lo corregí.
Hizo una mueca y no añadió nada más. Después de eso empezó a hablar de temas que no me interesaban. Lo único que me importaba era el ding dong del timbre cuando fueran las ocho, y los minutos que tendría que esperar después de eso. Respondía, sin pensar, a lo que Theo me decía, como si fuese un cómputo programado con anticipación. No sé si se dio cuenta de lo desviado que me encontraba, pero si lo hizo, lo ignoró por completo.
Mi desesperación era tal que comencé a contar segundo por segundo. Se sentían como horas. Por un momento pensé que estaba a punto de perder la cabeza, pero el simple hecho de idear algo como eso significaba que estaba tan cuerdo como siempre. Solo eran pequeños instantes de pánico.
Entonces escuché el timbre. Sonaba como una melodía perfecta, la libertad hecha canción, pero aún quedaban diez minutos. Aún no acababa la ansiedad que me abrumaba.
Theo se fue sin decir nada. Él se encargaría de explicarle al profesor de la primera hora que iría al doctor y que por eso me ausentaría todo el primer periodo.
Veía cómo todos entraban a las aulas hablando con sus amigos y compañeros, con los ojos casi cerrados, aún sin despertar del todo.
Pasaron siete minutos y el pasillo estaba completamente vacío. Los únicos sonidos audibles eran las voces de los profesores y la de alguno que otro alumno.
Sin perder el cuidado, me acerqué a los casilleros doscientos diez, buscando el tercero de la fila superior. Al encontrar el número, el mundo se me vino abajo. El casillero tenía candado. Traté de forzarlo, pero no hubo caso. Continué intentando sin parar hasta que sentí pasos detrás de mí. Volteé lentamente y me encontré con un par de ojos verdes mirándome fijamente.
—¿Se puede saber qué haces? Ese es el casillero de Adelaide —dijo regañándome.
Era la chica pelirroja con la que Mel hablaba antes de entrar a clases. Intenté ocultar mi nerviosismo y actuar con naturalidad.
—Oh, genial. Es amiga tuya, ¿no? Dejó este disco en la sala de arte y traté de buscarla para devolvérselo, pero cada vez que me acerco, ella huye. No quería irrumpir su privacidad.
—Por poco lo haces —me quitó el digipak, puso la clave del candado, lo abrió, dejó el disco adentro y volvió a mirarme—. Es una chica complicada, por eso no ha dejado que le hables, y tampoco vas a conseguirlo. Además, está saliendo con un chico...
—Gabriel Santana —la interrumpí—, todos lo saben. Vaya chico que se ha conseguido tu amiga.
—Gabriel es un encanto —dijo, indiferente. Mentía, era evidente—, y no es asunto tuyo. Mejor ve a clases.
Me dio la espalda para dirigirse a su aula, para detenerla exclamé:
—¡Qué pesada!
Volvió a mirarme, enterrando sus ojos casi fluorescentes en los míos con fiereza.
—¿Cómo me dijiste que te llamabas? —preguntó.
Sonreí satisfecho.
—Theodore Loy.
Me analizó de pies a cabeza, como si quisiese memorizarme.
—Bien. Nos vemos, Theodore.
—¡Eh, no me has dicho tu nombre! —exclamé.
—Jazz Colby, ahora vete —dijo, sin mirarme.
Su nombre no me sonaba en absoluto. Después de todo, Mel y Jazz vivían en un mundo muy diferente al mío. Nunca nos topábamos.
Apenas Jazz salió de la estancia, me estampé contra el casillero doscientos dieciséis y me dejé caer hasta quedar sentado en el piso. Acababa de meterme en un rollo enorme y ya no podía retractarme.
Serás imbécil...
Sonreí. Después de todo, lo había logrado.
