Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
Una monstruosidad cometida en los interiores de Sevilla marcará el nacimiento de un asesino en serie, el cual, motivado por el deseo de venganza y por el hecho de no tener nada que perder, orquesta una sinfonía de macabros asesinatos en la ciudad. Lo anterior ocasiona en la ciudadanía una enorme desestabilización, la cual se manifiesta en las calles con unagran furia, dejando en ruinas a la localidad, todo esto en consecuencia de la inseguridad que les hace sentir el asesino en serie que merodea por Sevilla durante las noches.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 872
Veröffentlichungsjahr: 2023
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
SIMBOLOS MORTALES © 2023, Matías Quintana Pérez ISBN: 9789564062150 eISBN: 9789564062914 Primera edición: Septiembre 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Ilustración portada: Luis Naranjo Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
El frío en la habitación donde yacía privado de libertad era intenso, tanto que ya había calado hasta los huesos de mis desnudos pies. Corría de un lado al otro bajo la desesperante oscuridad, sin saber con exactitud lo que podía hacer para escapar de mi prisión. Pero después de tanto buscar, mis energías nuevamente se estaban debilitando, ya me había sucedido antes.
Con dificultad para no pensar de manera precipitada, me senté en el húmedo y congelado suelo. Mi piel ya se había acostumbrado a la molesta sensación que ocasionaban las agujas y los cristales rotos, mis heridas ya casi no sangraban cuando se volvían a abrir, aunque costaba que el ardor desapareciera al principio.
Controlando la respiración, me llevé las manos a mis rodillas desnudas y traté de encontrar alguna solución o explicación a lo que estaba ocurriendo.
¿Era una pesadilla? ¿Alguien había puesto precio a mi cabeza? ¿Cuánto tiempo llevaba inmerso en ese agujero del demonio? ¿Qué había hecho para merecer tal castigo?
Perdiendo la cordura, llevé mis ensangrentados dedos hacia mis labios, sintiendo el hedor asqueroso de la sangre fría mezclada con otros fluidos corporales en ellos. Me di asco, la arcada que aquello me generó por suerte no me obligó a vomitar, aunque si hubiese ocurrido, solo habría botado algo de líquido gástrico, ya que llevaba una eternidad sin beber o comer.
No sé cuánto tiempo estuve acurrucado en aquel rincón, pero cuando desperté, mi mente nuevamente daba vueltas, lo que impedía concentrarme. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubiesen dado una golpiza.
Ya desesperanzado, alcé la voz, bajo el llanto, sin saber lo que me esperaba.
—¿Hola? Necesito ayuda…—murmuré, asustado.
Pero nadie respondió, aquello me tranquilizó un poco más. Sabía que así ocurriría, necesitaba cerciorarme de que me encontraba solo en dicho calabozo para buscar alguna formar de huir.
Con mucha dificultad, me senté donde me encontraba tendido y miré todo, evitando caerme de lado por el mareo. Me di cuenta de que el calabozo ahora se encontraba repleto de unas botellas de forma rectangular, algunas rotas por la mitad, otras, medio llenas.
Sentí la necesidad de correr para tomar el líquido que había en su interior, pero mi instinto me detuvo al meditar sobre lo que podría haber en ellas. Quizás era algún tipo de veneno, quizás una sustancia lo suficientemente nociva como para destruir mi cuerpo, o quizás solo se trataba de alcohol por la forma de la botella.
No estaba en condiciones de arriesgarme, debía salir de allí con vida, o al menos eso era lo que me había propuesto.
Dejé la tentación de tomar un largo sorbo de lado, centrándome esta vez en lo que había dentro de mi prisión, la que cambiaba cada cierto tiempo. Lo poco que podía ver de mi cuerpo solo demostraba la miserable vida que me estaba dando aquella minúscula parte del mundo. El orgullo me obligó a levantarme para no seguir viendo mi atormentado cuerpo.
Llegué hasta la maltratada y ensangrentada puerta de madera que sellaba mi libertad. Intenté abrirla de alguna manera, pero la maciza chapa era imposible de ser violentada con la poca fuerza que poseía. Mi única opción de abrirla era con la llave, y no tenía idea de dónde podía conseguirla.
Rendido, rompí a llorar por séptima vez desde que fui apresado. Apoyé mis palmas sobre la madera y me dejé caer como un miserable, arrastrándome hasta que mis rodillas tocaron el asqueroso suelo, sintiendo en mi carne el filo de las botellas rotas y de las agujas sueltas.
Cuando tragué saliva, sentí nuevamente una especie de arcada y un sabor muy desagradable, lo que me hizo recordar las imágenes de mi última pesadilla. Hasta ese momento, llevaba cinco pesadillas seguidas.
Tratando de alejar las atormentadoras imágenes, me acurruqué en mi lugar y comencé a hiperventilar, no sé por qué. Instintivamente, me mecí de adelante hacia atrás, ahogando a la vez la desesperación que sufría al sentir cómo intentaban abrir la puerta de mi prisión, la cual me servía de refugio.
El griterío que se escuchó después no me dejó alejar mis temores. No supe en qué momento me había vuelto a dormir, pero la pesadilla que me azotó fue peor que las anteriores, tanto que mi cuerpo se resintió y grité de dolor.
Al despertar ya no podía moverme, mi cuerpo estaba completamente paralizado. Supe que ahora no estaba solo en mi prisión, había alguien más conmigo. Traté de relajar mis músculos, los cuales seguían tensos después de esa macabra pesadilla. Controlé mi respiración, la que se había vuelto a agitar.
A los minutos después, mis músculos dejaron de doler, aunque todavía no podía moverlos. Tomé aire profundamente, sin preocuparme aún por mi acompañante.
Ya más tranquilo después de dicha tormenta, definí que ya no soportaría una nueva pesadilla, sabía que mi cordura estaba a punto de verse destruida, debía de salir de allí. Por ello, comencé a idear un plan, ya que, por lo visto anteriormente, disponía de muchas herramientas para abrir la puerta y escapar de mi prisión. Sin embargo, sabía que dicha proeza no iba a ser tan sencilla, ya que no tenía idea con qué me podría encontrar detrás de aquella puerta.
Pero por más que intenté pensarlo, no encontré la manera de forzar la seguridad de dicho calabozo. Ni siquiera tenía la fuerza suficiente como para destruir con mis propias manos la ventana reforzada que adornaba inútilmente la prisión. Mi única opción era dar con la llave de la salida, y estaba seguro de que uno de mis tantos guardianes la tenía.
Con frustración, intenté controlar mi respiración para volver a relajarme, pero no había manera. La desesperación estaba volviendo a destruirme y sabía que aquello era malo, ya que llamaría la atención de mis guardianes y volverían a dormirme.
Intenté girarme, pero mi cuerpo no me respondía, aunque mi cuello sí lo hacía.
Vi entonces cómo a mi lado descansaba un cuerpo aparentemente sin vida. No sabía si se trataba de un hombre o una mujer, solo sabía que la palidez de su piel no era acorde con la vida.
Desinteresado por mi actual condición, y diría que, con una marcada desesperanza, volví mi cabeza hacia arriba, observando cómo el foco parecía iluminar la prisión.
Suspiré en varias ocasiones, escuchando a veces cómo mis guardianes pasaban por fuera de mi celda, como si estuvieran corroborando mi presencia al interior de esta. Ya cuando dejé de escuchar cómo golpeaban la puerta de madera, cerré los ojos para limpiar la sangre que caía desde mi frente dañada y miré hacia el otro lado, momento en el que me volví a espantar.
—Pensé que no te encontraría con vida —me dijo, moviendo la mano que tenía apoyada en su rostro.
No podía ver bien su rostro, pero su voz me era muy fácil de identificar. Intenté limpiar mi vista pestañeando, cosa que funcionó. Poco a poco fui viendo mejor, sintiéndome un poco menos tenso al notar su presencia. Me había venido a buscar, así como siempre lo había hecho cuando lo necesitaba.
Vi entonces cómo golpeó su cigarrillo contra la base de la silla donde yacía sentado, dejando caer la colilla. Después me miró con seriedad. Me sentí extrañado, ya que no podía hablar.
Aún me costaba ver, pero había una que otra cosa que sí podía verificar, y más confuso me sentí cuando noté que aquella persona llevaba solo ropa interior, dejando sus pechos a mi vista y sin sentirse incómoda al notar que me había quedado mirándolos. Fue muy extraño, pero debo confesar que por primera vez en mucho tiempo me sentí con una especie de calor interno, sobre todo al ver su cuerpo atlético casi desnudo frente a mis ojos.
No podía hacerlo, era mi amiga, pero, aun así, con la extraña situación por la que estaba viviendo, sentí una profunda necesidad de follar con ella. Y, por otra razón que no pude explicar, sabía que ella también lo deseaba.
Sin embargo, lo que pensaba que era una simple y confusa pesadilla se tornó mucho más horrible de lo que pensé. El horror estaba a punto de comenzar.
Se acercó más a mí, mirándome con una sonrisa. Tiró el cigarrillo al suelo sin apagarlo y se sentó a mi lado, sin quitar un ojo de mi cuerpo. Fue entonces cuando mi impulso comenzó a desaparecer, recordando todas las pesadillas que había tenido recientemente. Temí al pensar que podría tener una allí mismo, pero aquello no tenía sentido, ya que esa persona estaba conmigo.
Lo único que necesitaba en ese momento era alguien que me dijera que no estaba en peligro, que estaba a salvo. Y ella estaba allí, había venido a rescatarme. Era justamente lo que necesitaba.
Pero mi confianza desapareció cuando, al ver su rostro otra vez, vi a una persona completamente diferente, quien, con morbo, acariciaba mi cuerpo desnudo con su delicada mano. Comencé a temblar de miedo, sabiendo que tendría una horrenda pesadilla otra vez.
Tratando de ver mejor, analicé su rostro otra vez. En efecto, era ella, mi amiga, quien manoseaba mi cuerpo con morbo, masturbándose mientras más me tocaba.
Me di cuenta a los segundos de que no estábamos solos en la prisión. Mis guardianes me miraban con una enorme sonrisa, atestiguando cómo esa extraña persona recorría mi cuerpo con una de sus manos y con un extraño objeto alargado en la otra. Yo intenté resistirme, pero mis músculos no me obedecían.
Sentía una mezcla de cosas. Horror, placer, deseo, pero sobre todo mucho miedo.
Sí, estaba siendo destruido mentalmente por la persona que había jurado protegerme.
Sí, me estaba violando mi propia amiga.
—Una y otra vez, esta pesadilla se perpetúa… —dijo ella, con una voz irreconocible.
Y mi mente gritó, pero nadie me escuchó. El dolor volvió a aumentar, pero en esta ocasión la pesadilla no acabó con él, sino que se mantuvo por todo lo que duró mi tortura.
Sabía que iba a morir, mi cuerpo y mente no estaban aguantando aquel cruel castigo. Su voz iba y venía, al igual que sus gritos al aire, acompañados de sus gemidos, además de los gritos y risas de mis guardianes. En mi mente, en cambio, solo escuché alaridos y llanto.
Sentí cómo mi corazón se aceleró, el pecho comenzó a quemarme. Agradecí que mi momento estuviera acercándose, porque no estaba seguro de que aguantaría aquel castigo. Poco a poco fui desvaneciéndome, escuchando los gemidos de aquella persona. El dolor fue alejándose también, al igual que mis miedos y temores, dejándome llevar por la situación.
Sin embargo, el horror no acabó allí, porque cuando desperté, seguía dentro del calabozo, con aquella persona sobre mi cuerpo. Parecía estar durmiendo, o eso creía.
—Vamos —dijo con calma, jadeando—, sigamos divirtiéndonos, no pienso desperdiciar nuestra custodia. Además, no creo que lo hayas pasado mal conmigo, ¿verdad? Siempre lo pasamos bien juntos.
Y el dolor continuó, mi cordura comenzó a desaparecer. Me aterré cuando escuché mi voz intentando salir, venciendo a mis músculos y al cuerpo de esa persona, quien obstruía mi nariz y boca, impidiéndome respirar. Volví a desesperarme, momento en el que vi todo lejano.
Otra vez, la muerte intentó rescatarme de aquella crueldad.
Pero, para mi desgracia, todos esos intentos benevolentes se vieron frustrados. La pesadilla se repitió una y otra vez, impidiéndome escapar. Aquella persona fue la que más me castigó, destruyendo mi cuerpo y mente sin compasión.
Y como no hubo nadie que se diera por enterado de mi desaparición, fui yo quien tuvo que tomar la situación en las manos, buscando alguna forma de liberarme de aquella tortura, para volver a una mucho peor.
3 de abril, 2019.
El sol brillaba débilmente para aquella tarde de primavera. Las nubes cubrían los pocos rayos que se filtraban a esas horas, a pesar de que en el pronóstico meteorológico se había anunciado lluvia. Sin embargo, y fuera de todo lo que se podía pensar sobre la desgracia ocurrida, ese extraño clima era perfecto para contemplar al amigo y darle una última despedida antes de que volviera a la tierra.
La madre y la poca familia de Claudio aún no parecían asumir la terrible noticia, las hermanas menores del difunto no tenían deseos de soltar el féretro de madera de cedro. La más pequeña abrazaba el ataúd sin dejar de llorar, la niña no se imaginaba una vida sin su hermano protector, así como tampoco la madre, quien no sabía cómo mantendría la casa después de perder a la única persona que solventaba los gastos y cuidaba de todas desde la partida de su padre.
Para ese entierro, el pasaje donde la familia de Claudio tenía un nicho reservado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla se hallaba con no más de veinte personas separadas en dos grupos, quienes, al igual que la familia, se sentían consternados por su partida, o, mejor dicho, por su trágica muerte.
Por un lado, estaba la familia directa y lejana. Por el otro, los amigos más cercanos de Claudio, con sus respectivos acompañantes y parejas.
—Aún no comprendo… ¿Por qué? —preguntó la hermana más pequeña, estallando en ira mientras pateaba los otros nichos.
La familia no detuvo a la niña, ya que no se sentían en condiciones de hacerlo. Todavía se sentían desamparadas por lo ocurrido.
Entre el grupo de conocidos y amigos del difunto se encontraba Lorelei, una joven psicóloga, quien conocía a Claudio desde la juventud. La chica permanecía de brazos cruzados mirando el féretro, extrañada y sorprendida por lo ocurrido. Desde el momento en que se enteró de la noticia, Lorelei se dio el trabajo de investigar por su cuenta el ambiente que rodeó a Claudio los últimos días de su vida. Sin embargo, cuando intentó aportar información a la policía local para el caso, se dio por enterada de la horripilante forma en que murió el joven.
La chica pensó desde un principio que Claudio había cometido suicidio, ya que, según su grupo familiar más cercano, él pasó por una depresión colosal después de la muerte de su padre en un accidente de tránsito mientras trasladaba una carga de abastecimiento de una región a otra.
—Claudio quedó desamparado —le había dicho la madre, asumiendo la teoría del suicidio—. A pesar de que han pasado más de tres meses desde su muerte, todavía sigue sin emprender vuelo.
Habiendo entrevistado a todo el grupo familiar y al círculo de amigos más cercano, Lorelei se acercó al fiscal a cargo de la investigación, momento en el que se dio cuenta de que había algo muy turbio en todo lo que rodeaba el caso de la muerte de Claudio.
—¿Usted era cercana de la víctima? —le preguntó el fiscal, algo extrañado.
—Lo fui —contestó Lorelei, un poco incómoda por la pregunta—. Fuimos amigos en la adolescencia.
El fiscal asintió con su cabeza, mirando sus notas en una libreta que yacía abierta sobre su escritorio.
—Bueno, eso simplifica nuestro trabajo. —El hombre se levantó de su silla, guardó su libreta en uno de sus cuantos bolsillos y se acercó a la joven—. Creo que esto será muy difícil de explicar, pero necesitamos hablar con la madre de Claudio, hemos descubierto algo estremecedor hace unas pocas horas.
Al momento del entierro, así como en la misa de despedida, el féretro siempre se mantuvo cerrado, completamente sellado. Como era costumbre en los velatorios, muchos de los conocidos y algunos familiares preferían ver el cuerpo del fallecido antes de ser olvidado en un nicho; pero en esta ocasión, nadie había reparado en aquel detalle. Probablemente nadie quería ver el estado de aquel cuerpo.
Lorelei volvió a observar a la familia de Claudio, esperando que estos no le devolvieran la mirada. Recordaba aún la reacción de la madre cuando el fiscal le informó los resultados del análisis forense, aquella expresión nunca saldría de su mente.
La joven volvió a centrarse en el féretro, el enterrador comenzó a depositar el ataúd lentamente en el nicho, ayudado a la vez por dos trabajadores más. La familia y los amigos más cercanos del difunto rompieron en llanto, algunos le dieron la espalda al nicho para no ver lo que ocurría.
Lorelei se quedó observando cómo el cajón descendía en lo más profundo del nicho familiar, momento en que el enterrador salió de la casilla y depositó las flores y las coronas al interior del nicho. Entonces, la joven sintió un suspiro detrás, no tuvo la necesidad de girarse para darse por enterada de quien se trataba.
—Vinimos en cuanto nos enteramos —dijo la joven en voz baja.
Lorelei asintió en completo silencio, sin quitar su vista de la destruida familia de Claudio. Cerró los ojos por un momento, recordando también la fotografía tomada por los forenses en la escena del crimen. Sintió escalofríos.
—Señora Adelaida, hemos obtenido avances en la investigación —había dicho el fiscal en su hogar, llamando más la atención de la mujer y sus hijas.
La investigación forense había concluido, después de variados análisis en el cuerpo, que Claudio no había cometido suicidio como se había pensado en un principio, sino que había sido asesinado. La fotografía solo mostraba el rostro del joven, en un evidente estado de descomposición. Aquello podía explicar los cinco días que Claudio estuvo desaparecido.
—No es información que me gusta compartir, pero es mi obligación hacerlo, señora Adelaida. —El fiscal miró hacia el suelo, frunciendo los labios debido a la incómoda información que debía compartir—. Claudio no se suicidó, fue asesinado… de una forma brutal.
Lorelei se abrazó a sí misma, mirando hacia el suelo y aguantando el miedo que le generaba haber visto a su antiguo amigo decapitado. La expresión de horror en sus gestos evidenciaba que su amigo había sido torturado. Probablemente su muerte llegó en el momento de la decapitación, no como usualmente ocurría en ese tipo de asesinatos.
En suma, el asesino debía de ser una persona muy sádica y ordenada, ya que la investigación no había dado con ninguna pista en la escena.
El enterrador se limpió el sudor cuando acabó de colocar el último ramo de flores en el espacio del nicho, dejando a todos los presentes sumidos en un silencio incómodo. La familia se quedó paralizada frente al nicho, observando con desconcierto el espacio oscuro por donde había desaparecido el ataúd. Los demás solo se limitaron a mirar desde lejos a la familia, mientras que unos pocos se fueron alejando por el pasaje hacia la salida del camposanto.
Para entonces ya eran las seis y treinta de la tarde, el sol iluminaba mucho menos que antes. Lorelei tuvo la necesidad de acercarse a la familia para expresar su pésame, pero debido a todo lo ocurrido en el proceso de investigación previo al entierro, sintió que no debía hacerlo. Había algo que le provocaba miedo.
—Lorelei —dijo una joven detrás de ella—, creo que debemos irnos. La familia de Claudio necesita estar sola en estos momentos.
Lorelei sabía más que nadie lo que tenía que hacer, pero no se sentía muy cómoda consigo misma. Dio unos pasos hacia atrás, esperando que alguna de las hermanas de Claudio la mirase, pero todas la ignoraron. Las mujeres se quedaron solas al interior del pasaje del cementerio, llorando y rasgando las otras tumbas en completo desamparo. La joven sabía que debía volver a preguntar por ellas en unos días más.
Al darse vuelta, vio a Harmony y Enrique, una pareja de amigos que era muy cercana a ella. Harmony era una chica oriunda de Manchester, Inglaterra, quien llevaba viviendo más de quince años en Sevilla. Había conocido a Lorelei en un taller de arte y música en el Colegio Internacional de Sevilla cuando tenía trece años, época en donde Lorelei era una de las más aventajadas estudiantes del taller, a pesar de sus dieciséis años. Enrique, por su parte, era un estudiante de periodismo de veintisiete años, quien había conocido a Lorelei por medio de Harmony hace tan solo dos meses, desde que comenzaron a salir juntos.
Lorelei sabía que su distante amistad con aquel sujeto no duraría mucho, ya que Harmony solía acabar con sus relaciones en corto tiempo. Incluso, le extrañaba que aún estuviera saliendo con él.
Poco les tomó llegar hasta la salida sur del cementerio, al frontis del Hospital de San Lázaro. Afortunadamente para ellos, no había tanta gente circulando por las calles. Era extraño.
Ya un poco más alejados de la entrada, el novio de Harmony sacó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió y dio una larga calada. Por alguna razón, aquel sujeto le generaba una sensación de incomodidad a Lorelei, que crecía con el tiempo.
—Supongo que el caso aún estará en investigación, ¿verdad? —preguntó Harmony, mirando hacia el otro lado de la vereda, lugar donde la otra parte de la familia de Claudio se desplazaba calle abajo.
—Por lo que me dijo el fiscal, sí. La prensa aún no se ha enterado de todo, pero cuando lo haga, acorralará a la policía y al fiscal para buscar respuestas, sobre todo por los antecedentes de Claudio.
Los tres caminaron calmadamente al costado del hospital hasta que llegaron a la avenida Juventudes Musicales, donde siguieron hacia el oeste, ingresando a una cafetería. Encontraron un puesto para tres vacío y esperaron hasta que los atendieran. El novio de Harmony seguía igual de callado.
—Fue extraño todo lo que ocurrió. —Harmony miró hacia los costados, arreglando su hermoso cabello negro—. ¿No lograste sacar algo de información sobre quién pueda ser el presunto asesino?
—Claudio era retraído y por todo lo que indagué de su vida, no parecía tener enemigos o alguna persona que tuviera un móvil para asesinarlo —contestó Lorelei, convencida de que no había nadie del funeral junto con ellos—. Hay muchas cosas confusas en esto, sobre todo el método de asesinato.
Harmony apoyó sus blancas manos en la mesa. Su novio miraba hacia la calle, evidentemente aburrido.
—Sí, ya lo sé. Debe haber sido fuerte ver su rostro en la fotografía.
Lorelei no pudo evitar ver en su mente la cabeza decapitada de Claudio colgando de una cadena oxidada. Sintió cómo sus manos temblaron al solo recordar la imagen.
—Lo fue. ¿Cómo ha andado todo en la universidad? —preguntó Lorelei, tratando cambiar el tema de conversación.
Recién en ese momento apareció un hombre ya entrado en edad, con una sonrisa de oreja a oreja, el que tomó la orden de los tres jóvenes. Cuando se fue, Enrique dejó su colilla en el cenicero y se echó hacia adelante.
—Igual que siempre, no encuentro el momento para largarme, pero me queda solo un semestre y todo se acaba.
Lorelei asintió, mirando de reojo a Enrique. Su poca experiencia en la psicología le anticipó que dicho sujeto no era alguien que tuviera el mismo ritmo de vida de Harmony. Le volvió a extrañar que no hubiera roto con él todavía.
A pesar de aquella extraña impresión y de toda la variada conversación que tuvo con Harmony, Lorelei no pudo alejar su mente de lo que había visto días atrás. Dos noches seguidas había tenido pesadillas con la cabeza de Claudio y con la prisión donde había estado años atrás. Los calabozos parecían ser iguales. Volvió a sentir escalofríos.
Cuando se separaron, Enrique y Harmony se despidieron con un desinteresado beso en los labios y las dos jóvenes continuaron juntas hacia el oeste.
Ya bien lejos entre sí, Lorelei miró hacia sus espaldas. Enrique ya había desaparecido.
—¿Todo bien con él? Me parece que las cosas no van como esperabas.
Harmony suspiró, mirando hacia el cielo. Ya estaba anocheciendo.
—Enrique no ha sido diferente a los novios que he tenido, la verdad es que ya me está fastidiando un poco —dijo Harmony, algo desanimada—. Y por lo que me da a entender, la sensación es mutua.
Lorelei miró con atención a Harmony, dándose cuenta de que su teoría era cierta. Desafortunadamente, Lorelei era mucho más astuta de lo que Enrique pensaba y, por lo que se veía, Harmony lo era incluso más.
—Y me di cuenta de algo, por lo que prefiero dejar de verlo desde hoy —continuó Harmony—. No sé si tú te percataste.
—Harmony, no me tomes por una simple niña —dijo Lorelei entre dientes—. Desde que vi a ese tipo, supe que es un mujeriego.
—Vaya, eres más inteligente de lo que pensaba.
Las dos jóvenes llegaron hasta otro café calle adentro, ingresaron a este y pidieron otra ronda de cappuccino. Recién en ese momento, Lorelei comenzó a sentirse más cómoda y un poco más tranquila.
—Hace tiempo que no te veo con tu amiga, la amachada.
Lorelei negó con la cabeza, sonriendo un poco y sonrojándose por unos segundos.
—Sabes que hace tiempo dejé de salir con esa mujer. No me fastidies con ella —contestó Lorelei, un poco más animada.
—Pues, creo que estás en una edad para buscar compañía, aunque sea solo para la cama —le dijo entre risas.
Lorelei bajó la mirada, sonrió un poco avergonzada y nerviosa.
—Olvídalo, Harmony, ni lo sueñes.
Por lo que pudo notar Lorelei, Harmony no había cambiado nada desde su adolescencia. Su feroz apetito sexual seguía en pie y al parecer, era más salvaje que antes.
—Bueno, si cambias de parecer, ya sabes donde vivo —dijo Harmony, guiñándole un ojo a Lorelei.
Siendo ya las diez de la noche, ambas jóvenes salieron del café rumbo a sus hogares. Las dos vivían lo suficientemente cerca como para tomar el mismo bus de acercamiento. Mientras viajaban hasta sus departamentos, Lorelei le habló a Harmony sobre el trabajo que había estado llevando en el hospital, lo lento que se recuperaban algunos pacientes con patología dual y lo habitual que era tener que intervenir en crisis de pareja en el periodo de hospitalización, mientras que Harmony le hablaba sobre lo aburrida que estaba en la universidad y de sus relaciones anteriores, sin desaprovechar minuto alguno para insinuársele.
Al llegar a la Plaza del Buen Suceso, las dos amigas estuvieron juntas hasta las once de la noche, conversando como si nunca antes se hubieran visto, aunque el tema de la muerte de Claudio aún rondaba en la mente de ambas, ya que sentían un gran pesar por su partida.
—Bueno, si llegas a saber algo de la investigación, recuerda avisarme. Esta muerte nos pesa a ambas por igual —dijo Harmony, sacando las llaves de su departamento.
—Descuida, así lo haré. ¿Terminarás con ese sujeto?
Harmony sonrió por lo bajo y miró a Lorelei directo a los ojos.
—No sé si te diste cuenta, pero lo hice cuando veníamos en el autobús —dijo sonriendo la joven, mostrando su teléfono.
—Ya me lo esperaba. Bueno, nos vemos.
Al separarse, ambas se hicieron señas a lo lejos y siguieron sus caminos, Lorelei entrando a la calle Sales y Ferré mientras que Harmony lo hizo por la calle Dormitorio.
Mientras caminaba hasta su departamento, Lorelei no pudo quitarse de la mente a la poca cantidad de gente que había asistido al funeral de Claudio, así como tampoco a la triste escena de la familia en su entierro. Se sintió apesadumbrada al no poder hacer algo, incluso se llegó a preguntar si aquellas mujeres aún seguían frente a su nicho en el cementerio.
Al llegar a Boteros, quebró su dirección hacia la derecha, momento en el que logró dar con más personas. Su corazón desaceleró al ver que no estaba sola en aquel sitio, aunque entre esas personas había alguien a quien siempre intentaba evitar.
—¡Qué elegancia la de Francia!
Lorelei frunció el ceño y evitó voltearse, pero el sujeto ya la había visto desde la esquina de Boteros.
—¿Tan tarde que arriba a palacio? —preguntó el sujeto.
Carlo se detuvo en seco frente a Lorelei y, como todos los días que la veía, contempló su cabello castaño claro como a un cuadro, no sin antes mirar con morbo su busto y caderas.
—Voy con prisa, Carlo, mañana debo levantarme temprano a trabajar —dijo Lorelei.
El hombre, un vagabundo que se había refugiado en las angostas calles del barrio, era un sujeto con evidentes problemas mentales que se había obsesionado con varias muchachas del lugar, por lo que los habitantes lo consideraban una molestia y futuro abusador. Sin embargo, había algo positivo en él, por lo que era un arma de doble filo: aquel vagabundo mantenía alejados a los delincuentes del sector, por lo que no era muy conveniente expulsarlo.
—Así me doy cuenta, señorita Lorelei. Pero déjeme reparar en su galanura esta noche, es usted toda una musa —dijo el hombre, sonriéndole.
Lorelei frunció los labios y miró al sujeto a los ojos, asintiendo.
—Gracias, Carlo. Ahora debo irme.
Pero Carlo, en vez de responder, miró con extrañeza hacia la esquina por donde había aparecido Lorelei. Ella sabía que empleaba esa táctica para inspirar algo de seguridad.
La joven logró escabullirse por la angosta calle casi al trote y pudo ingresar al edificio, tranquilizándose aún más. Por su parte, Carlo desapareció entre las estrechas calles del barrio, como si se hubiese acordado de sus deberes de vigilancia.
Ya en su piso, Lorelei dejó su bolso en uno de los incómodos sofás y se adentró hasta la cocina, buscando algo de beber. Tomó tres vasos de jugo de piña de manera mecánica y al acabar, fue directamente hacia el baño. Se desnudó y entró en la bañera, lugar donde estuvo por cerca de quince minutos bajo el agua tibia sin hacer movimiento alguno.
Sus pensamientos sobre el asesinato de Claudio y el estado en el que encontraron su cuerpo no la dejaban hacer sus cosas de manera normal.
Acabada la ducha, se secó el cuerpo y luego, igual de desnuda, se plantó frente al espejo que había en su habitación. Se miró entonces por varios minutos, aún ensimismada por la tragedia.
“¿En qué andabas metido esta vez, Claudio?”.
Se sentó frente al espejo y apoyó sus codos en sus muslos, recordando el pasado de Claudio, un muchacho que había sido siempre conflictivo, un abusador y un estafador. Aquel joven había estado en prisión por un periodo de dos años y medio por tráfico de drogas. Fue detenido a los dieciocho años y liberado precozmente por su buen comportamiento. A pesar de aquello, eso no impidió que Claudio siguiese delinquiendo.
Formó parte de una de las bandas criminales de poca monta de Sevilla, a la que se le adjudicó dos asesinatos: una mujer de setenta años y un joven de treinta, ambas muertes en contexto de robos a mano armada. Afortunadamente para él, los cargos al momento de procesar a los delincuentes no recayeron sobre él, aunque sí estuvo con prisión domiciliaria por cerca de seis meses.
Para fortuna de todos los que lo rodeaban, Claudio logró sentar cabeza a los veintidós años, cuando su padre le dio un ultimátum que no pudo ignorar: tenía que trabajar limpiamente o vivir en la calle, donde muchas personas ya lo odiaban por sus fechorías.
Lorelei se vio contenta cuando se enteró que aquel problemático joven, de quien se había alejado cuando tuvo una discusión al no aceptarlo en su departamento después de que la policía lo buscara por un asalto en el barrio contiguo, había comenzado a cambiar de estilo de vida. Incluso lo invitó a su hogar para volver a entablar una relación de amistad.
Al morir su padre, sin embargo, Lorelei logró evidenciar un cambio en él. Muchos creían que Claudio volvería a ser el malhechor de antes, pero a diferencia de eso, el joven se volvió mucho más puntual y responsable con todo lo asociado a su trabajo, comprometiendo más tiempo personal para obtener más dinero para ayudar a su madre y hermanas.
Gracias a ello, Lorelei y Claudio dejaron de verse de manera tan seguida. A pesar de aquello, a Lorelei no le extrañó, ya que sabía que su amigo estaba distraído y a salvo.
Pero todo dio un vuelco cuando una noche, Adelaida, la madre de Claudio, fue vista corriendo por las calles del barrio, desesperada y buscando algo. Fue Carlo quien la interceptó, siendo rechazado por ella al instante, pero alertando a todos los habitantes de la zona.
—¡Mi hijo ha desaparecido! —gritaba—. ¡Lleva más de tres días sin llegar a casa!
El operativo policial se demoró varios días en empezar, sobre todo considerando los sucios antecedentes de Claudio, y además por la discriminación que sufren los exconvictos en el país.
Sin embargo, cuando comenzó el operativo de búsqueda, Lorelei fue una de las primeras en presentarse ante las autoridades para acelerar el proceso, sobre todo por los enemigos que tenía Claudio para esas fechas. A pesar de aquello, a la joven no se le tomó en consideración.
Tomaron cerca de siete días en encontrar los restos de Claudio al interior de un contenedor de basura en las afueras de la ciudad, mientras que la cabeza fue encontrada un día más tarde gracias a un informante anónimo, quien dio la información tardía de haber oído unos gritos en las cercanías del colegio Internacional de Sevilla, en un estacionamiento de varios años sin uso.
Lorelei volvió en sí cuando el reloj marcó las doce en punto, momento en el que su cuerpo ya no daba más, estaba demasiado exhausta. Temblando de frío, cubrió su cuerpo desnudo con una bata de dormir y se recostó en su cama. Y a pesar de todo el sueño y cansancio acumulado en su cuerpo, no era capaz de pegar un ojo.
La gran preocupación que sentía por lo ocurrido con Claudio no la dejó en paz, obligándola a levantarse en varias ocasiones por la noche para mirar por la ventana del balcón.
A cerca de un kilómetro de distancia, Harmony yacía junto con su madre en el vestíbulo del apartamento, cenando a medianoche. Ambas hablaban sobre los posibles pretendientes que podrían presentársele a Harmony con el correr de los días. La madre de la chica sabía que su hija era un imán para hombres, y no era por presumir: Harmony era muy bella.
Ambas, como casi todas las noches, pasaron en vela hasta las dos de la mañana, ahogando y compartiendo sus penas amorosas y sus lamentos, terminando después con unas carcajadas que las mandaban directo a la cama hasta la mañana siguiente.
Y fuera de ambos hogares, los gritos lejanos de un sujeto resonaban en las murallas de los edificios, perdiéndose en el completo vacío. A pesar de ser una noche de primavera, el frío que hacía era muy intenso, tanto que hasta los propios animales callejeros se encontraban al interior de sus refugios para no sufrir por la temperatura.
Y mucho más lejos en el norte, las flores del nicho de Claudio ya no se encontraban en su lugar. Alguien las había quitado. Al frente de esta, una persona con chaleco rojo y una capucha yacía inmóvil, observando el agujero que había sido profanado minutos antes. Afortunadamente, aquel sujeto había llegado antes de que desvalijaran el féretro.
La persona encendió un cigarrillo y dio unas pocas caladas, sacando un teléfono celular de uno de sus bolsillos. Uno de los cuidadores de la tumba llegó corriendo y jadeando al ser despertado a mitad de la noche.
—Hemos sido alertados de un crimen —le dijo el hombre con seriedad—, alguien intentó profanar esta tumba recién abierta.
—Me acabo de enterar, oficial. Gracias por espantarlos.
Pero el sujeto de la capucha emitió un gruñido, el que espantó más al cuidador de tumbas.
—Será mejor que cuide su trabajo, si es que le gusta.
El cuidador volvió a asentir, nervioso ante la presencia de aquel hombre misterioso. El sujeto dio unos pasos hacia atrás y miró pasaje abajo, donde pudo ver cómo la ladrona de tumbas saltaba la reja de entrada al cementerio con facilidad. No le sería muy difícil detenerla, sabía perfectamente donde vivía. No le haría mal una visita.
Caminó entonces a paso lento, mirando con atención su teléfono celular, intentando dar con el nombre del contacto que le había informado sobre la profanación de la tumba. Aquella desgraciada persona debía de encontrarse muy cerca del cementerio como para haber sido testigo de aquel crimen.
—Inspector Marín —le llamó uno de los policías—, ¿hubo éxito en su búsqueda?
El sujeto levantó la vista y miró a los dos inexpertos oficiales que se encontraban junto a él en el caso de la muerte de Claudio Arce.
—Nada nuevo, solo sé que mañana le haremos una visita a la ocultista más conocida de esta puta ciudad.
—Ya me lo imaginaba. Esperemos que el fiscal pida más pena para ella al momento de juzgarla —dijo la joven policía, recién egresada de la academia.
El inspector Marín frunció los labios y entró a la patrulla, momento en el que sus dos aprendices también ingresaron.
—Dudo que lo haga. La profanación de tumbas no tiene una pena tan grande en este sector de España.
El vehículo policial avanzó hacia la salida sur del cementerio, iluminando con el foco hacia los interiores de los pasajes, buscando algún tipo de testigo que hubiera sido el informante de la profanación. Sin embargo, llegaron hasta la salida sin encontrar algo en concreto. Por suerte, la calle estaba completamente vacía.
Se encaminaron hacia el sur y tomaron la Avenida Juventudes Musicales hacia el oeste, entrando en la rotonda a los pocos segundos. El inspector se quedó mirando su teléfono, recordando con incomodidad las palabras del informante, en las dos ocasiones que le había hablado a su número personal.
—He escuchado en más de tres ocasiones, en los sectores bajos del edificio, cómo alguien golpea con fuerza el suelo, acompañado de unos gritos apagados de un hombre de la calle… ¿Qué cómo me llamo? No se preocupe por eso, oficial, pero estoy seguro de que esta información le interesará.
Marín centró su vista en la calle, era una de las cuantas noches en donde estaba completamente tranquilo, a pesar de la fecha.
—Oficial, soy yo de nuevo… no se preocupe por mi nombre, solo digamos que soy un pajarillo atento a los suburbios de esta mugrosa ciudad. ¿Recuerda al hombre que enterraron hoy por la tarde en el cementerio de San Fernando? ¿A ese que no alcanzó a encontrar? Pues bien, alguien quiere conseguir dinero fácil con su cuerpo…
Marín forzó la aplicación de identificador de llamadas con ambos números, pero al parecer, la persona que lo había estado molestando con sus llamadas era tan astuta, que compraba tarjetas telefónicas cada vez que llamaba al inspector.
“Con un sujeto así, difícil dar con alguna respuesta”.
El vehículo siguió avenida abajo. El inspector, ya trasnochado con todo el ajetreo de los días anteriores, se mantuvo en vela, tratando de cuadrar las ubicaciones y los posibles contactos del informante. Sin embargo, con toda la tecnología que contaba en ese momento, no logró dar con nada nuevo.
El día había estado un tanto ajetreado, tanto que todos los funcionarios del departamento de psicología del hospital vieron retrasadas sus labores. Lorelei había llegado hace menos de quince minutos a la oficina para redactar las intervenciones del día, sin embargo, aún había cosas pendientes en todos los pisos del hospital.
—Lorelei, son cerca de las cinco. Deja de atender los llamados de los pisos, recuerda que ahora hay psicólogo de turno.
Lorelei dio un salto en su asiento. Su compañero de trabajo, Ángelo, la miraba con cansancio. Asintió en silencio y se acomodó los lentes de lectura, terminando el informe de novedades de unos de los pacientes del hospital, quien había sido derivado a la unidad de psicólogos por ideaciones suicidas. Desvió las llamadas de servicio al número de celular del psicólogo de turno y cerró el sistema.
Cuando terminó con todo, ya eran las cinco y diez. Al salir de su pequeña oficina, Ángelo la esperaba en el estrecho pasillo, observando su teléfono celular. Ambos caminaron por el pasillo hasta que llegaron al salón principal del hospital de San Lázaro, donde se toparon con diferentes profesionales de la salud que hacían fila para marcar la salida.
—¿Has sabido algo de la familia de tu amigo? —preguntó Ángelo, con su clásico tono agudo y desinteresado.
—Aún no. Les daré un poco de tiempo para poder ayudarlos después.
Ángelo frunció los labios y miró a Lorelei con seriedad.
—Deberías dejar tu trabajo en el hospital y no llevártelo contigo a casa.
Ángelo era un psicólogo de treinta y cinco años, de amplia trayectoria en el campo de la psicología. Especializado en terapia familiar, aquel hombre era todo lo contrario a lo que profesaba.
Con relaciones un poco turbulentas, aquel hombre, a pesar de todo, sabía cómo llevar una vida equilibrada, aparentando que todo se encontraba bien dentro de sí. Sin embargo, Lorelei sabía que Ángelo estaba a segundos de estallar, y ella no sabía cómo reaccionaría. No obstante, sabía que era un hombre maduro y que podría levantarse, así como ya lo había hecho en varias ocasiones.
Ya marcada la salida, los dos salieron hasta el estacionamiento del hospital y se subieron en el sedán negro de Ángelo, que era lo que más cuidaba. Ya dentro, Ángelo encendió el vehículo y salieron rápidamente del estacionamiento, tomando el camino hacia el sur.
—¿A tu departamento?
Lorelei negó con la cabeza. Ángelo se quedó observándola con una mirada acusadora.
—No es nada importante, metiche. Iré a juntarme con una amiga —contestó Lorelei, algo cortante.
—¿Irás a ver a tu amiga, la gótica? ¿Por qué no me das su número de teléfono?
Lorelei puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.
—Si fueras unos años más joven, estoy seguro de que ella misma te habría llevado a la cama.
—¿En serio? ¿Existe alguien más rápido que yo para esas cosas?
Lorelei asintió, seria.
—Vaya, creo que he subestimado a tu amiga todo este tiempo… y yo que la consideraba una mojigata.
Lorelei sonrió, algo entretenida con la conversación. A veces, Ángelo llegaba a ser un poco irritante por su arrogancia.
—Nadie que haya subestimado a Harmony ha salido bien parado, será mejor que te cuides de ella.
Ángelo llevó a Lorelei por entre las calles de Sevilla hasta que llegó al Puente de Los Remedios, lugar de encuentro con Harmony. Al bajarse del vehículo, Ángelo se mantuvo detenido por varios minutos, esperando ver a la joven gótica de la que tanto hablaba Lorelei y uno que otro becado en el hospital, pero como la chica no aparecía, le hizo una seña obscena a su compañera desde el automóvil y luego arrancó.
En cosa de segundos, Harmony apareció por el puente con tranquilidad.
—¿Te escondías? —le preguntó Lorelei, sonriente.
—Vi el vehículo de ese petulante. No quería a un imbécil mirándome el culo.
Lorelei rio, mirando hacia el otro extremo del puente. El vehículo de Ángelo ya había desaparecido.
—Hiciste bien. Ese idiota es capaz de llevar a cualquiera a la cama, incluso lo ha intentado conmigo, pero no le ha resultado.
—Cualquiera que intenta llevarte a la cama ve sus intentos frustrados ante tus inteligentes negativas, querida —dijo a Lorelei con complicidad—. ¿Dónde vamos?
Lorelei se llevó la mano a los labios y miró hacia el norte. Había un sinnúmero de locales para elegir. Al cabo de unos minutos, se encontraban al interior del Museo de la Ciencia, recorriendo el interior de su arquitectura perfecta a paso lento.
—Ayer no pude dormir —dijo Lorelei.
Harmony se centró en su amiga y enarcó las cejas.
—Sabía que te pasaría. Yo estuve en vela hasta las cuatro de la madrugada.
Lorelei sofocó un bostezo cuando notó que Harmony hizo lo mismo, intentando ser más sutil que ella. Recorrieron el museo hasta que llegaron a un patio de esculturas antiguas, donde el frío se hizo más intenso que en otros pasillos.
—Yo creo que recién podremos dormir cuando sepamos quién fue el que asesinó a Claudio —intervino Lorelei.
—Y estoy segura de que nuestro descanso llegará muy tarde —contestó Harmony, llamando la atención de Lorelei—. No veo mucho interés de la policía en su caso, a pesar de que es una bomba de tiempo para la prensa.
Se quedaron en silencio por unos minutos, observando lo que parecía ser un armadillo. Al cabo de un rato, Lorelei volvió en sí.
—¿Tu madre?
Harmony agitó un poco su cabeza y miró a Lorelei con algo de sueño.
—Igual que nosotras, con insomnio, pero no por la muerte de Claudio, sino por sus fracasos amorosos.
—¿Arturo rompió otra vez con ella?
—Sí, pero parece que esta vez es la definitiva y, por lo que me ha dicho ella, no tiene muchas intenciones de buscarse a alguien nuevo.
—Bueno, a veces estar solo sirve para lamerse y sanar las heridas.
Harmony ladeó la cabeza. No sabía cuántas veces había escuchado aquellas palabras de Lorelei.
Siguieron caminando por los pasillos del museo, el cual se encontraba casi vacío, siendo recorrido por unas cuantas parejas y uno que otro niño acompañado de sus padres. Cuando se dispusieron a salir, el reloj ya daba las seis de la tarde.
—Vaya, necesito un jodido café.
—Yo también.
Enfilaron calle abajo, llegando hasta uno de los costados de la universidad de Sevilla. Ingresaron a un bar y ordenaron una ronda de cappuccino, esperando que este pudiera levantarles los ánimos como para seguir distrayéndose.
—¿Y has pensado en lo que te ofrecí ayer? —preguntó Harmony, con todas las intenciones de alegrar la conversación.
Y funcionó, porque Lorelei tuvo que enterrar la vista para no demostrar su rostro de pura vergüenza.
—Sabes que llevo tiempo sin tener algo como aquello, y me siento feliz con eso.
Harmony miró hacia el techo del local, vencida nuevamente.
—Bueno, tú te lo pierdes.
Ya terminado el café y siendo las seis y treinta, ambas jóvenes salieron del local y tomaron un taxi con destino al cementerio donde había sido sepultado Claudio. Esperaban encontrar un nicho en solitario, sin personas que les hicieran compañía, ni siquiera la familia.
—Nunca en mi vida había pensado en tener que visitar la tumba de alguien conocido, creo que es algo de lo que vamos a tener que ir acostumbrándonos.
Lorelei asintió a las palabras de Harmony, un poco apesadumbrada. Ella tampoco había pensado en visitar un cementerio en su vida, más aún, considerando la opinión personal que tenía sobre ellos, ya que los veía como un simple negocio.
“Sigo pensando que es un sucio negocio, aunque viendo lo que se dispone en la sociedad y la solución que da el país ante los fallecimientos, no me queda otra que asumir esta realidad”.
—Yo tampoco, Harmony. Yo tampoco.
Al llegar al cementerio, el reloj de Lorelei dio las seis y cuarenta y cinco. Se demoraron cerca de quince minutos en llegar a la tumba de su amigo, pero cuando llegaron, se vieron relajadas al notar que no había nadie frente al nicho, tal y como ellas esperaban. Las flores ya no se encontraban tapando la apertura, aunque esta todavía seguía abierta. Aquello perturbó un poco a Harmony, quien se vio molesta por el descuido de la gente del cementerio.
—¿No se supone que estas cosas las cierran en menos de un día? —preguntó la chica.
Lorelei no respondió, no tenía idea de cómo funcionaba la administración en aquel cementerio. Las dos se quedaron en silencio, observando el ataúd café, que aún parecía brillar como en la misa de despedida, a la que Harmony no había ido.
—Hacía mucho tiempo que no veía a Claudio —intervino Harmony, con ligereza—. Después de esa pelea que tuvimos en las afueras de mi universidad, le cerré las puertas a mi vida.
—La época de delincuente de Claudio… recuerda que después cambió.
Como por respuesta mecánica, Harmony frunció los labios y respondió, desganada:
—Quisiera creer eso, Lorelei.
Ambas siguieron en completo silencio, escrutando la piedra vieja que servía como nuevo hogar para el amigo. Lentamente se fue haciendo más oscuro, tanto que llegó un momento en que el sol dejó de iluminar el brilloso ataúd de Claudio, dejando a oscuras el nicho familiar.
Cuando ya no hubo más luz natural y los tétricos faroles del cementerio en las calles principales iluminaron los caminos, las jóvenes se dispusieron a retirarse, no sin antes mirar por última vez a Claudio.
En camino hacia la salida que daba al sur, Harmony recibió la llamada de su madre, quien, sabiendo cómo era el comportamiento de su hija, decidía molestarla de vez en cuando para saber en qué lío andaba metida. Por su parte, e intentando ignorar los regaños de la madre de su amiga, Lorelei observaba a las personas que caminaban junto a ellas para abandonar el cementerio.
Era curioso, ya que la gran mayoría eran personas de edad o algunas muy religiosas, quienes vestían de manera elegante.
“Me siento como una intrusa en este sitio”, pensó para sí, incómoda.
Y más extrañeza sintió cuando vio a un sacerdote acompañado de un diácono al otro extremo de la calle, ocultando su identidad con unas túnicas blancas, transportando a pulso lo que parecía ser una cruz de un material similar al oro. Lorelei no supo si sentir extrañeza o vergüenza.
Sin embargo, toda su atención se desprendió de ellos cuando notó la presencia de un vehículo policial entrando al cementerio; avanzaba lentamente por la misma calle donde ellas caminaban. Al centrarse en las personas que iban en su interior, más confusa se vio cuando notó la presencia del inspector George Marín en la parte trasera del vehículo.
“¿George Marín? ¿El oficial a cargo de la investigación?”.
—Yo solo recibo los antecedentes y analizo mis resultados, señorita. El que entrega la información es el fiscal —le había dicho Marín a Lorelei la primera y única vez que se vieron en el domicilio de Claudio.
Lorelei siguió con su mirada al vehículo policial, ninguno de los oficiales a bordo se percató de su presencia. Cuando este las sobrepasó, Lorelei los siguió con la mirada, con un mar de dudas en su cabeza.
“¿Estarán aquí por el caso de Claudio? ¿Ya habrán olvidado lo que sucedió con él?”.
El vehículo policial siguió avanzando calle abajo, desapareciendo después en una curva hacia la derecha. Lorelei siguió con su vista clavada en dicha dirección.
Casi en la puerta de entrada, Harmony cortó la llamada y miró hacia el costado, extrañándose al no ver a Lorelei con ella. Se giró y alcanzó a verla a varios metros de distancia, cementerio adentro. Confundida, se acercó hasta ella a paso rápido.
Sin embargo, hubo algo que la intrigó. Pero atribuyó esto a la cantidad de horas que llevaba despierta, ya que una persona no podía correr tan rápido como para ocultarse entre sepulturas, considerando la distancia que las separaba.
—¡Lorelei! ¡Vamos, que se hace de noche!
Lorelei dio un respingo en su lugar y miró hacia la puerta de acceso, donde una figura de negro se acercaba. Ya más orientada, caminó hacia ella, dejando atrás el resentimiento que le generaba la fuerza policial.
El autobús las dejó nuevamente al frontis de la plaza de su comunidad. El parque se encontraba a oscuras y con mucha afluencia de vehículos. Se notaba que era viernes.
—Bueno, Lorelei, estoy agotada. Necesito una siesta, aunque sé que me costará dormir.
—Yo igual. Saldría por más tiempo, pero con todo el trabajo y esta situación, creo que mi cuerpo necesita un descanso.
Ambas se abrazaron y luego se separaron, despidiéndose con sus clásicos gestos a lo lejos.
Lorelei caminó a paso rápido para llegar a su departamento y aprovechar el cansancio, esperando además no toparse con Carlo. Cuando llegó a Boteros, quebró su paso hacia la derecha y trotó hacia la entrada de su apartamento. Afortunadamente no dio con nadie, ni siquiera sus vecinos.
Subió rápidamente hasta su piso, donde se desplomó, así como estaba, vestida sobre la cama, quedándose dormida después de un día agotador.
Al otro lado del barrio, en el departamento de Harmony, la madre de la chica la miró con extrañeza. Hacía tiempo que no veía dormir tan plácidamente a su hija. ¿Acaso había pasado algo? ¿Qué había sido lo que la dejó así?
Y por las calles de la Plaza Cristo de Burgos, los vehículos avanzaban por el lugar, siendo esquivados por las patrullas de civil que vigilaban la zona. La orden del inspector Marín de mantener segura la zona había nacido por la inseguridad que generaba el no tener pistas sobre el supuesto asesino de Claudio.
Por su parte, el inspector, después de haber pasado su teléfono personal por una serie de modificaciones en la estación central, se encontraba listo en el caso de que el informante decidiera llamar de nuevo. Y como experimentado oficial que era, para él estaba garantizado que aquel sujeto volvería a molestarlo.
“Al sentirse seguro, siempre volverá a la escena, triunfante”.
Y con más de seis cafés corriendo por su cuerpo, el inspector siguió inspeccionando las cercanías del domicilio de Claudio Arce, esperando que el o los asesinos decidiesen atacar otra vez, porque si aquellos degenerados no tenían el perfil de asesinos seriales, como él se lo había planteado, podría comenzar a preocuparse de un crimen.
—Me acaba de llegar el informe del cementerio, inspector Marín.
El experimentado hombre se llevó el comunicador radial a los labios, tratando de despertar de su automatismo.
—¿Y?
—Por la seguridad del cuerpo y de los otros huéspedes, se realizará un cambio en la ubicación del féretro hasta que se encuentre completamente sellado. Se realizará como mucho la próxima semana.
Marín gruñó. El oficial al otro lado de la línea se quedó en silencio.
—¿Lo harán ahora? ¿Después de que logramos enviar al psiquiátrico a esa ocultista de mierda?
—Señor, yo solo le informo los cambios. No se vea extrañado si no encuentra el cuerpo de Arce en el féretro.
El inspector se pasó la mano por la frente, secando el sudor que se había producido por el enojo.
—Muy bien. Recibido, Vásquez.
El inspector ingresó de nuevo en una de las calles colindantes a Dormitorio, pasando lento y cerca de la vivienda de Arce, sin lograr ver nada extraño. Lo único raro era que no había tanto movimiento como en otras calles. Ya más cansado, se alejó de Dormitorio y se integró a la ronda alrededor de la Plaza Cristo de Burgos, uniéndose a las demás patrullas de civil, hasta que dieron la una de la madrugada, momento en que el frío se hizo menos benevolente.
Para esas horas, ya no quedaba nadie en las calles, ni siquiera los clásicos vagabundos que merodeaban como almas perdidas por Sevilla parecían hacerle frente al frío que azotaba la zona.
“Válgame Dios, pareciera como si alguien hubiese dejado abierto un congelador”.
Entonces, el inspector desvió su vehículo por la calle Gerona hacia el norte, con dirección a su domicilio en las partes rurales de la ciudad. El cansancio que sentía lo estaba venciendo y no estaba dispuesto a destruir su mente como lo había hecho en su época de juventud, donde lo que más importaba era entregar un buen servicio. Ahora, el inspector valoraba mucho más su vida que su trabajo, como todo trabajador experimentado.
Los que se quedaron merodeando por la zona eran policías de turno y uno que otro que trataba de buscar el ascenso a costa de sobreexplotación. “Póngase la camiseta”, le decían en la estación de policías a los oficiales más nuevos, mientras que para los más antiguos el eslogan era “tu vida, tu familia, tu ocio y si queda, para el trabajo”.
Ya para las dos de la mañana, solo había media docena de vehículos rondando por las calles de Santa Catalina, buscando a un sujeto sin identificación, sin descripción física, ni tampoco con algún cargo como para retenerlo. En suma, solo estaban perdiendo tiempo, el cual estaba siendo bien remunerado por el Estado.
Sin embargo, y para sorpresa de todos los oficiales y habitantes de la zona, para ese mismo momento, otro macabro crimen se estaba dando al interior de Santa Catalina, en un rincón escondido, donde los aullidos de la pobre víctima se vieron apagados por la escasa fuerza de sus músculos y por la poca sangre que quedaba al interior de sus vasos sanguíneos. El asesino volvía a burlar las alarmas de toda una fuerza policial, supuestamente avanzada, preparando una vergüenza para todo el cuerpo de defensa de la ciudad. Pero, sobre todo, para el orgulloso inspector Marín, quien vería amenazado su cargo y prestigio.
—Inspector Marín, soy yo de nuevo. Lamento haberlo encontrado en sus merecidas horas de sueño, pero creo que la información que debo darle es importante. En vista de los esfuerzos que todos los de la comunidad de Santa Catalina hemos visto por parte de ustedes, yo, de manera personal, he decidido colaborar en la búsqueda del asesino de Claudio Arce, ya que como ciudadano no estoy dispuesto a vivir con miedo durante toda mi vida. Y bajo mi exploración en la madrugada por las cercanías de la calle Guardamino, he dado con la presencia de un borrachín, el que me pareció sumamente sospechoso, ya que le he visto con una daga en las manos y con sangre fresca cayendo de estas. ¿Acaso habrá cometido algún crimen? Solo espero que reciba mi mensaje antes de que ese vagabundo encuentre mi paradero y no pueda suministrarle más información de la debida por mi parte.
Alas diez de la mañana de Sevilla, Lorelei vio perturbado su profundo sueño y dio un salto en su cama. El aparatoso ruido del exterior había comenzado hacía unos treinta minutos, pero su subconsciente la había mantenido dormida.
Un poco malhumorada y desorientada a la vez, se levantó de la cama, momento en el que se dio cuenta de que aún llevaba las prendas que había usado el día anterior. Llegó hasta el balcón y se asomó parcialmente, para no ser vista desde el exterior. Alcanzó a ver entonces cómo la muchedumbre propia de la zona caminaba calle arriba, hablando entre ellas. El molesto ruido de bocinas y gritos ya había acabado.
Al salir de su apartamento en cosa de minutos, siguió el camino que había tomado la muchedumbre, doblando en la esquina hacia la izquierda por Sales y Ferré, viendo cómo la gente se había apelotonado en mitad de la calle, como si estuvieran rodeando algo. Lorelei sintió entonces un poco de miedo, no podía ser que aquel asesino tuviera problemas con la familia de Claudio.
Cuando vio el cordón blanco que se había formado alrededor de la vivienda familiar, Lorelei sintió cómo su cuerpo se había congelado. Disminuyó su paso, aún sin entender lo que sucedía. La muchedumbre hablaba en voz baja, observando cómo el equipo de peritaje hacía su trabajo, sacando una bolsa de color blanco desde la puerta de acceso a los departamentos.
Instintivamente, Lorelei buscó con su vista a las hermanas o a la madre de Claudio, pero no dio con ellas en ningún lugar. Sin embargo, logró reconocer a un viejo amigo entre el gentío, a quien conocía hacía muchos años.
