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Finalista Premio Nacional de Novela Ateneo de Valencia. La exhumación de un cadáver enterrado en una fosa común del Sahara Occidental, permitirá a Nekane, Imanol y Jesús, tres antropólogos de la "Asociación de Memoria y Dignidad", desvelar un secreto celosamente guardado durante cuarenta años. Una historia de rabiosa actualidad. Bebés robados y sus conexiones con la España "oficial".
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Veröffentlichungsjahr: 2018
SIMÚN
© Fulgencio Caballero Martínez
Edita: Olelibros.com
Grupo editorial Olelibros.com
www.olelibros.com
ISBN: 978-84-17737-09-2
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea este electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (Arts. 270 y siguientes del Código Penal). Las solicitudes para la obtención de dicha autorización total o parcial deben dirigirse a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos).
CAPÍTULO I
Región de Smara, Sahara Occidental, agosto de 2013.
El orificio con forma estrellada que se apreciaba en el cráneo evidenciaba la causa de la muerte. Dos hombres y una mujer, profesionales del Departamento de Antropología Física de la Asociación de Memoria y Dignidad, se afanaban en exhumar los restos de tres cadáveres que podrían pertenecer a miembros del Frente Polisario ejecutados por el ejército marroquí hacía casi cuarenta años.
Imanol, un médico especialista en medicina legal y forense, utilizaba un pequeño punzón y una brocha para eliminar la tierra que cubría los huesos del primero de los tres cuerpos que se encontraban alineados en una fosa común de unos seis metros de longitud.
Hacía mucho calor y el viento era molesto, por lo que el turbante se había convertido en una prenda imprescindible. La erosión del terreno, sobre todo por los vientos del desierto y a causa del arrastre provocado por las escasas lluvias, había conseguido que algunos huesos salieran a la luz, y que un beduino, dedicado al pastoreo, los descubriera por casualidad hacía un par de semanas, comunicando el hallazgo a la Asociación de Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis. Ahora, a unos cuatrocientos kilómetros de los campos de refugiados de Tinduf, un grupo de miembros de dicha asociación, acompañados de familiares de los que posiblemente habían recibido sepultura en aquel inhóspito rincón del Sahara, observaban con interés el trabajo que estaban realizando los especialistas venidos del País Vasco, a quienes ayudaban un par de saharauis.
Imanol, Jesús y Nekane tenían amplia experiencia en la excavación de fosas comunes en territorio español, pero nunca habían realizado ninguna exhumación en el Sahara Occidental. Varios de los saharauis hablaban perfectamente castellano e intentaron ponerles al corriente de la persecución que padecieron por parte de Marruecos después de que España abandonara definitivamente el Sahara en el año 1976.
Nekane, además de antropóloga, ejercía de periodista e intentaba alternar los trabajos de investigación forense con la realización de un reportaje fotográfico y la grabación en video con testimonios de miembros de la asociación que les había encargado aquel trabajo. Pretendía realizar un documental con todo el material audiovisual posible. Para ello, escuchaba atentamente a los saharauis y no dudaba en preguntarles sobre las experiencias vividas durante el éxodo al que se vieron forzados por la dura represión marroquí.
Imanol interrumpió la conversación requiriendo a su compañera para iniciar el análisis del primero de los cadáveres. Jesús se preparó para anotar en una libreta las explicaciones del forense y hacer un inventario de los objetos e indumentaria que estaban apareciendo en las excavaciones.
Dirigiéndose a la cámara, Imanol inició un informe detallado del cuerpo que acababan de desenterrar. Se trataba de un individuo enterrado boca arriba, envuelto entre los restos de una chilaba. El esqueleto presentaba importantes traumatismos, sobre todo en el cráneo y en la mandíbula, cuyas fracturas eran compatibles con disparos de arma de fuego. El forense señaló un par de proyectiles alojados en el cráneo y, cuando Nekane iba a enfocar un primer plano de los mismos, observó un objeto extraño entre los restos de la vestimenta.
—¡Mira, parece una cartera!
Imanol la cogió con sumo cuidado. La expectación se apoderó de cada uno de los presentes. Si aquella cartera contenía documentación, podrían averiguar la identidad del fallecido. A pesar del tiempo que presuntamente había transcurrido, se encontraba medianamente conservada. El médico no daba crédito al primer documento que extrajo de su interior. Aunque estaba bastante deteriorada, no había duda de que se trataba de una estampa de la Virgen de la Almudena. Imanol la enseñó a los presentes, y todos se miraron con cara de incredulidad. ¿Qué hacía la estampa de una virgen en el bolsillo de un musulmán? Aquella pregunta tuvo su respuesta en el siguiente documento: un Documento Nacional de Identidad español. Las investigaciones acababan de tomar una nueva dirección. Habría que notificar el hallazgo a las autoridades españolas cuando regresaran a Las Palmas. La fotografía en blanco y negro mostraba a un joven de rasgos occidentales. En voz alta, leyó su nombre y apellidos: Armando García Ibáñez. Miró el reverso para averiguar sus datos personales.
«Nació el 22 de enero de 1950 en Calasparraprovincia de Murcia.
Profesión: conductor.
Avecindado en Madrid provincia de Madrid
calle plaza del Rey n.º 5».
—Si lo asesinaron, como intuimos, en el año 1976, este hombre tendría unos veinticinco o veintiséis años cuando murió —objetó el forense—, y posiblemente fuera un militar —afirmó mientras continuaba examinando el cadáver.
—¿Crees que podría tratarse de un desertor? —preguntó Jesús.
—No creo —respondió Imanol—. No había de qué desertar. Las últimas tropas españolas abandonaron este territorio en el mes de febrero de 1976 y no existía motivo para desertar y quedarse en el desierto. Los soldados estaban deseando llegar a Canarias para olvidar la pesadilla que les tocó vivir, a no ser que...
—¿Qué? —preguntó Nekane.
—Que pudiera estar huyendo de algo. Que hubiera cometido algún delito y que fuera mejor quedarse aquí que regresar a España.
Al finalizar esta reflexión, el forense continuó escudriñando las entrañas de aquella cartera. Junto a un grupo de papeles totalmente ilegibles, había la fotografía de una ambulancia que debería ser de los años setenta pegada a una funda de plástico que contenía un extraño listado plegado en varios dobleces, y que al desdoblarlo Imanol encontró en su interior una curiosa tarjeta de visita de una clínica de Madrid.
«Clínica Santa Mónica
calle Gravina, 20
Madrid».
En su reverso solo había una frase escrita a pluma:
«Solo Dios puede juzgarme».
—¿Qué podría significar? —preguntó Nekane.
—Only God can judge me! —respondió uno de los saharauis más jóvenes del grupo—. Es una frase que actualmente se tatúan muchas personas.
—Ya. Pero ¿qué tiene eso que ver con una persona fallecida hace treinta y siete años? —Como contestación, el joven saharaui se encogió de hombros.
El listado tenía cinco columnas. La primera de ellas indicaba una fecha, la segunda unas iniciales y a continuación un domicilio, una ciudad y la letra «H» o «V».
Imanol se detuvo en una de aquellas anotaciones porque le llamó la atención el nombre de la ciudad:
«23/12/1973 F.D.M. Rua do Castello, 12,Lisboa V».
El resto de las direcciones eran de ciudades españolas como Sevilla, Burgos, Madrid, Zaragoza o Tenerife. En total había nueve anotaciones. La última de ellas era más breve y algo distinta a las anteriores:
«12/05/1971 A. Madrid V».
Imanol consideró que en su despacho podría estudiar con más detenimiento aquellos documentos y los volvió a introducir en la cartera. Se aproximó de nuevo al cuerpo que estaba estudiando y observó que rodeando las cervicales había lo que en su día pudo haber sido una cadena. Estaba muy deteriorada, pero, al apartar los restos de la camisa, descubrió que de la cadena colgaba una placa metálica ovalada de unos cinco centímetros de alto y tres centímetros de ancho. La cogió con el punzón aprovechando uno de sus orificios. Estaba oxidada, pero a pesar de ello, se podían leer dos series de números que se encontraban separados por tres melladuras horizontales. El número 1111 figuraba a ambos lados de aquella línea.
—Es una chapa de identificación del ejército español —dijo un anciano—. Es la placa que entregaban en ocasiones a los soldados cuando llegaban al BIR que había en Cabeza de Playa, a unos veinticinco kilómetros de El Aaiún.
—¿Qué era el BIR? —preguntó Nekane.
—El Batallón de Instrucción de Reclutas. Esas chapas se utilizaban para identificar a los soldados. Los agujeros del centro servían para que pudiera romperse fácilmente. Si el soldado moría en combate y era imposible recuperar su cuerpo, un compañero debía romper la chapa por la mitad. De esta forma un trozo de chapa se podía entregar en su unidad para saber quién había muerto, mientras que el otro trozo permanecía en su cuerpo para que después pudiera ser identificado.
Dando por concluido el análisis del primer cuerpo, Imanol y Jesús se dispusieron a realizar el del segundo, mientras Nekane conversaba con el grupo de saharauis. Entre la decena de testigos que estaban siguiendo los trabajos de exhumación, se encontraban dos mujeres. Una de ellas vestía una típica melhfa de color añil que daba un resplandor especial a su rostro. Rondaría los cincuenta años de edad y su semblante era extremadamente serio. Nekane le preguntó si pertenecía a la Asociación de Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis.
—No, ni siquiera tenía conocimiento de su existencia hasta hace unos días —respondió—. Cuando me dijeron que habían encontrado unos cuerpos en la zona de Fadret Leguiaa, intuí que podría tratarse de mi padre y de mi hermano, que fueron vistos por última vez por esta parte del desierto a principios de 1976. Habían ido a buscar agua a un pozo y nunca regresaron.
—¿No volviste a tener noticias suyas?
—Nunca.
—¿Y sospechas el motivo?
—Cuando España abandonó el Sahara, se produjo una brutal represión por parte del ejército marroquí. Los que hasta entonces vivíamos en ciudades, como El Aaiún, nos vimos obligados a huir hacia el interior del desierto en dirección a territorio argelino, para evitar convertirnos en víctimas de una campaña de detenciones y desapariciones. Pero los marroquíes nos estuvieron persiguiendo y aniquilando como a ovejas indefensas. Es posible que mi padre y mi hermano se tropezaran con alguna patrulla marroquí que acabara con sus vidas. Por aquel entonces, las tropas de ocupación mataron a miles de beduinos que pastoreaban a su ganado. Envenenaron los pozos de agua o los cegaron con cemento para que el Polisario no pudiera aprovecharse de ellos. Uno de esos pozos está muy cerca de aquí, justo al que habían ido mi padre y mi hermano.
Nekane se quedó muda al oír las palabras de aquella mujer a la que, a pesar de los años transcurridos, aún se le quebraba la voz al hablar de aquel trágico episodio. No sabía cómo continuar la conversación y optó por formular una pregunta retórica, pues ya conocía su respuesta.
—¿Vivías en El Aaiún?
—Sí. Mi padre y mi hermano trabajaban allí para una empresa española que se dedicaba al abastecimiento de diverso material a los cuarteles del ejército español.
Curiosamente entre la indumentaria de aquel segundo cadáver, también encontraron, no una cartera, sino una especie de billetero de plástico en el que, a pesar del deterioro, se podía leer: «Estanco Embarec. General Bens, 27. Barrio Cementerio. El Aaiún». En su interior solo había un documento. Todos se sobresaltaron al comprobar que de nuevo se trataba de un DNI español, aunque sobre la bandera de España figuraba el nombre del Sahara. Al ver la cara de Nekane, Jesús le explicó que el Sahara era la provincia española número cincuenta y tres en el año 1975, y aunque pareciera paradójico, a efectos jurídicos y según un informe del asesor jurídico de Naciones Unidas, en la actualidad seguía siendo considerado un territorio no autónomo administrado por España.
Antes de leer el nombre y apellidos de su titular, sujetándolo con dos dedos, Imanol lo mostró a sus compañeros.
—Esta persona se llamaba Mohamed-Lamine Lamaadel Bachir.
La mujer que se encontraba junto a Nekane exclamó «Mi padre», rompió a llorar y cayó de rodillas sobre el escarpado suelo, ocultándose el rostro con ambas manos.
Como periodista, Nekane conocía la premisa de que el corazón no podía prevalecer sobre la importancia de una noticia, fuera lo dura que fuera, pero el desconsuelo de la mujer que tenía a su lado, llorando por haber encontrado los restos de su padre, hizo que incumpliera aquella regla básica y que dejara de grabar. Sabía que la secuencia de una hija llorando ante el cadáver de un padre desaparecido hacía treinta y siete años podría causar impacto en el reportaje que más tarde montaría en su estudio, cuando regresara a España, pero en aquellos momentos, simplemente, puso la cámara en el suelo y se abrazó a aquella mujer.
El silencio era estremecedor, y solo lo rompían el ulular del viento entre las rocas y los sollozos de Zahra Lamaadel. El respeto de todos era absoluto y, aunque los especialistas españoles ya habían sido testigos de situaciones semejantes, una vez más tuvieron que apretar los dientes.
Pasados unos minutos, Imanol decidió iniciar el análisis del tercero de los cuerpos.
—La fractura en órbita y malar izquierdos —explicaba señalando el cráneo—, es compatible con una lesión por arma de fuego que puede corresponder a un orificio de entrada de un proyectil. La forma estrellada del orificio es consecuencia de que los gases del disparo van de dentro a fuera, lo que indica que este se realizó a corta distancia.
A pesar de las explicaciones del médico forense, todos esperaban que hubiera algún documento que desvelara su identidad. Y este no tardó en aparecer dentro de una bolsa de plástico que se ocultaba entre los retales de ropa más próximos al cráneo. Zahra estaba segura de que se trataba de su hermano. El DNI estaba doblado e Imanol tuvo que abrirlo con cuidado para no romperlo. Sus características eran idénticas a las del DNI anterior. La palabra Sahara figuraba sobre la bandera de España, y el nombre de su titular era Brahim Lamaadel Souilem.
Treinta y siete años de incertidumbre y angustia acababan de terminar. Por fin, Zahra y su familia podrían descansar tranquilas.
CAPÍTULO II
El Aaiún, Sahara Occidental,mayo de 1975.
Desde la ventanilla el mundo parecía una magnífica obra de arte.
Todo era precioso, el Atlántico, la costa del continente africano, la silueta de las islas Canarias y hasta el cielo adornado de pequeñas y esponjosas nubes. Una maravillosa pintura en dos colores, donde se pasaba del intenso azul del océano al amarillo de las arenas del desierto. A pesar de las circunstancias, aquel viaje en un DC-3 de Iberia, su primer viaje en avión, se había convertido inesperadamente en el mejor regalo de su cuarenta y cinco cumpleaños.
Después de hacer escala en el aeropuerto internacional de El Matorral, en Fuerteventura, Antonio estaba a punto de llegar a su destino: la ciudad de El Aaiún, la capital del Sahara Occidental. Atrás quedaban más de diez años en Madrid; posiblemente los mejores años de su vida.
Las más de tres horas de viaje desde Barajas le habían servido para repasar la trayectoria de una vida llena de altibajos, desde su infancia y juventud en el pueblo, hasta su instalación definitiva en el barrio de Chueca. Recordaba cuando en el año 1965 le ofrecieron trasladarse a la capital para hacerse cargo durante unos meses de la remodelación de la clínica en la que acabaría trabajando durante una década. La decisión de instalarse en Madrid fue difícil de tomar, pero al final resultó acertada. Ahora recalaba en el Sahara sin haber podido decidir por sí mismo, sin tiempo para pensar si aquella opción era la más idónea.
Su cuñado le había garantizado que en El Aaiún estaría muy bien, que se adaptaría rápidamente a la ciudad. Ya le había buscado un puesto de trabajo, un magnífico trabajo, según le había escrito en su última carta. Durante unos meses intentaría adaptarse a su nueva ciudad de residencia, y posteriormente decidiría si traerse a su mujer y a su hijo para retomar juntos una vida en común.
Durante todo el viaje estuvo inmerso en aquellos pensamientos y cayó en la cuenta de que apenas había intercambiado unas palabras con su compañera de asiento, una mujer algo menor que él, que pensaría que su comportamiento había sido poco menos que descortés. A punto de iniciar la maniobra de aterrizaje observó por la ventanilla la pista del aeropuerto, pero no distinguía bien ninguna ciudad próxima. Para intentar salvar su falta de amabilidad con la mujer que había a su lado, le preguntó por la ubicación de la capital a la que se dirigían.
—Allí está —contestó señalando un grupo de edificaciones rodeado de un paisaje árido y pedregoso.
—¿Aquello? ¡Pero si es más pequeño que mi pueblo!
—¿Qué esperaba? ¿Una ciudad como Madrid?
—No sé, algo distinto.
—Pues vaya acostumbrándose, que eso es lo que hay —contestó con cierto desaire.
Al bajar las escalerillas y pisar tierra africana, Antonio no sabía si tomar la salida del aeropuerto o esperar al próximo avión para subirse en él y regresar a la península. Se detuvo durante unos instantes para mirar a su alrededor. Varios aviones militares, en un estado de gran deterioro, se encontraban junto a unas instalaciones cochambrosas que no tenían nada que ver con las que había visto anteriormente. Un nudo se le hizo en la garganta. El calor era sofocante y el sol provocaba el efecto de estar la pista llena de agua.
—¡Antonio, Antonio!
Al oír su nombre reaccionó, y, al girarse, pudo ver a su cuñado que le estaba llamando desde la puerta de salida. Vestía su uniforme de teniente coronel y le acompañaba un ordenanza que, a sus órdenes, recogió la maleta del recién llegado. Se abrazaron afectuosamente, y, tras preguntarse mutuamente por la salud y por la familia, se dirigieron hacia un Land Rover del ejército que les esperaba para llevarlos a su destino: una vivienda en la calle Jerez, del barrio de Colominas, que estaba habitado únicamente por militares y funcionarios.
Durante el corto trayecto, el teniente coronel Damián Guirao le fue explicando al marido de su hermana cuáles eran los edificios que veían a través de las ventanillas. El primero que acaparó su atención, por su monumentalidad, fue el Parador Nacional de El Aaiún. Por una calle colindante, accedieron al interior de una ciudad que a primera vista le pareció pequeña, mal urbanizada y construida sin excesiva planificación ni estilo. Cúpulas encaladas coronaban infinidad de tejados. Las fachadas eran primordialmente blancas, aunque también destacaban algunas azuladas. Por sus calles transitaban soldados, monjas y saharauis entremezclados con ganado guiado por niños descalzos. El vehículo tuvo que detenerse para dejar paso a una columna de militares que desfilaba por el centro de una avenida. Antonio tuvo la impresión de encontrarse en territorio ocupado.
Después de pasar frente a un fortín y unas instalaciones de radio, llegaron a su destino. Candelaria, la esposa de Damián, les estaba esperando en la puerta, junto a un grupo de vecinas. Siempre era agradable dar la bienvenida a cualquiera que llegara de la península, pero cuando se trataba de alguien de la familia, se convertía en un evento digno de festejar.
Para la ocasión, la cuñada de Antonio había preparado un menú de recibimiento, con la mantelería y la cubertería que solía reservar para la Navidad. Durante la comida, conversaron sobre la familia, el tiempo, la situación en Madrid y el trabajo. Habían transcurrido tantos años desde que se conocieron que, a pesar de la distancia, se sentían unidos por unos fuertes lazos familiares. Damián tenía en gran estima a Antonio desde que este pretendiera a su hermana, hacía ya más de veinte años. Lo trataba como a un verdadero hermano y tanto él como Candelaria siempre le habían ayudado en los momentos más difíciles, como cuando tuvo que trasladarse a Madrid o durante las dificultades que atravesó en el nacimiento de su único hijo.
A pesar de las ganas que tenía de ponerse al corriente de todo cuanto había acontecido en los últimos meses, el cuñado de Antonio tuvo que excusarse por no poder enseñarle la ciudad, ya que tenía que preparar la recepción de una comisión de la ONU que en breve llegaría para estudiar sobre el terreno la situación de los saharauis.
—Se trata de un grupo presidido por el embajador de Costa de Marfil —explicó—, y por representantes de Cuba y de Irán. Es un tema delicado, y hasta que no terminen lo que ellos denominan una encuesta de la ONU y salgan del territorio, no puedo abandonar ni un segundo la misión que me ha sido encomendada. Pero no te preocupes, que esta misma tarde te vamos a presentar al que va a ser tu nuevo compañero de trabajo, un saharaui que se llama Mohamed-Lamine que lleva años trabajando para las tiendas de mi mujer. Te aseguro que no vas a encontrar mejor anfitrión que él. Es una excelente persona e inigualable conocedor de los intríngulis de esta ciudad.
A pesar del cansancio acumulado por el viaje, aquella primera noche Antonio no pudo conciliar el sueño. La salida precipitada de Madrid no le había permitido asumir el cambio de vida al que se había visto abocado repentinamente. Decidió escribir una carta a su mujer. Arropado con una manta, pues la temperatura había descendido por debajo de cero grados, intentó apaciguar sus miedos contándole a Andrea lo que había significado para él su primer día en tierras africanas, unas letras que también sirvieran para tranquilizar en la distancia a su esposa, que se vio obligada a abandonar Madrid, regresar al pueblo, y separarse temporalmente de su marido.
«El Aaiún, a 10 de mayo de 1975
Querida Andrea:
Después de varias horas de viaje, ya estoy en El Aaiún. ¡Qué bonito es volar! Cuánto me he acordado de ti durante el trayecto. Cuánto me gustaría que el nene y tú estuvierais conmigo. El Aaiún es una ciudad exótica, parecida a las que alguna vez hemos visto en las películas del norte de África. Estoy seguro de que te encantará. La gente es muy amable y a pesar del calor que hace por el día, dentro de las casas se está muy fresquito. La comida también es muy buena. Candelaria nos ha preparado una comida típica de su tierra, un sancocho canario, cocinado a base de pescado, papas, batata, mojo y gofio. Y de postre, un dulce buenísimo que se llama bienmesabe. Estoy deseando que llegue el día en que el nene, tú y yo volvamos a estar juntos. Ya queda menos. Si todo va bien, para Navidad podríamos plantearnos establecernos en esta ciudad. Mañana empiezo a trabajar. Esta tarde he conocido a mi compañero de trabajo, un saharaui muy simpático que me va a enseñar el reparto de mercancías por la ciudad, y que me ha dicho que incluso nos desplazaremos a otras localidades próximas. La verdad es que estoy entusiasmado con mi nuevo trabajo, pues me va a permitir conocer lugares nuevos, lugares que espero luego enseñarte a ti y a nuestro hijo. Sin nada más que decirte, recibid un beso muy fuerte de este que os quiere con toda el alma. Antonio».
Como habían acordado la tarde anterior, Mohamed recogió a Antonio a las siete de la mañana en una furgoneta, una Ebro Siata 40. En pocos minutos llegaron a un almacén situado en el Zoco Nuevo. Después de cargar una treintena de cajas, se dispusieron a realizar el reparto.
—¿Sabes conducir? —le preguntó Mohamed.
—Sí, sí. Incluso tengo el permiso de primera. Durante años he estado conduciendo una ambulancia en Madrid.
—Estupendo. Toma las llaves que tienes que empezar a conocer cuanto antes los trayectos. Hoy tenemos que repartir a nuestras propias tiendas. Ya sabes que doña Candelaria es propietaria de tres establecimientos: una librería-estanco, un bazar y una tienda de ropa en la que se venden todo tipo de textiles. En el Zoco Nuevo se almacenan mercancías de cada una de esas tiendas. Normalmente nuestro cometido es repartir a los cuarteles militares de la zona fundamentalmente material de oficina, pero hoy nos han encargado que llevemos estas mercancías a la tienda de ropa y que le echemos una mano a Margarita, la encargada, a organizar la trastienda.
Al entrar en el establecimiento, Antonio se sorprendió al descubrir que la encargada era la acompañante que tuvo en el avión.
—¡Qué! ¿Ya se ha adaptado a la ciudad? —le preguntó Margarita.
—Bueno, poco a poco. De momento todo es nuevo para mí y necesitaré un poco de tiempo para aclimatarme.
—No se preocupe, que a todos nos ha pasado lo mismo. Y al final inexplicablemente esta tierra le atrapará como un pulpo con sus tentáculos y no podrá vivir lejos de ella. ¡Ya lo verá!
Durante un par de días Mohamed le estuvo enseñando los recorridos y los principales clientes de El Aaiún que, en su mayoría, eran cuarteles del ejército. La relación con el teniente coronel Damián Guirao les permitía desayunar, comer y cenar en la Compañía Mixta de Transmisiones, con lo cual, la disminución del sueldo con respecto al que Antonio percibía en Madrid, se compensaba con el ahorro que ello suponía.
Al tercer día, se encontró con su primera jornada festiva. Su cuñada había decidido acudir junto a su marido a la recepción oficial de la comisión de la ONU, y a todos sus empleados les concedió que ese día se lo tomaran de descanso para poder asistir también a los distintos actos que se iban a celebrar en la ciudad.
Antonio no había generado todavía suficiente confianza con nadie, así que decidió aventurarse en solitario por las calles de El Aaiún. Muchos balcones se encontraban engalanados con banderas de España para dar la bienvenida a los representantes de las Naciones Unidas. Las calles estaban limpias y todo parecía perfectamente organizado para dar sensación de estabilidad y orden. Infinidad de soldados y de policías se encargaban de la seguridad de las arterias más importantes, principalmente por las que deberían circular los mandatarios acompañados de las autoridades civiles y militares. Como le sobraba tiempo, Antonio decidió callejear para familiarizarse con la ciudad.
Anduvo de acá para allá, deteniéndose en cada uno de sus singulares rincones, hasta que en una callejuela próxima a una avenida principal, observó que estacionada junto a una esquina, había una Ebro Siata 40 como la que había conducido los últimos días. La curiosidad le hizo aproximarse hacia ella, y cuando se encontraba a escasos veinte metros, comprobó que realmente se trataba de la furgoneta de la empresa, pues recordaba perfectamente su matrícula: SH-3777-A.
No le hubiera resultado extraño ver el vehículo estacionado en aquel lugar, a no ser por que observó que las puertas traseras estaban abiertas y que un joven muchacho estaba descargando algo desde su interior. Para no levantar sospechas decidió cruzar a la otra acera, y su sorpresa fue mayúscula, cuando se encontró que a la vuelta de la esquina había una fila de más de cien personas, en su mayoría mujeres y niños, ataviadas con vistosos trajes tradicionales del Sahara, que recogían en el más absoluto silencio unos pequeños paquetes que les entregaba aquel chico y que estos ocultaban en el interior de sus vestimentas. Sintiéndose un intruso y percibiendo que estaba siendo testigo de algo anormal, decidió regresar rápidamente por donde había venido. Algo estaba pasando e intuyó que no era nada bueno. Por primera vez desde su llegada, tuvo cierta sensación de miedo, y la tranquilidad que se respiraba en el ambiente, se le antojó entonces artificial.
Instintivamente buscó cobijo junto a un cuartel de la Policía Territorial, y tomó la decisión de no moverse hasta que no finalizaran los actos que habían alterado la tranquilidad de la ciudad.
Lentamente, la calle se fue poblando de gentes que aparecían por todos los rincones, y tan solo una hora más tarde, la comitiva de los altos mandatarios apareció por uno de los extremos de la avenida.
Repentinamente, los saharauis extrajeron de entre sus ropajes banderas del Frente Polisario que enarbolaron al paso de la comitiva oficial, y todo el mundo se quedó atónito.
Los saharauis que, hasta ese momento, habían sido meros espectadores, se acababan de convertir en improvisados manifestantes que coreaban consignas de «¡Fuera España!». Las mujeres gritaban enloquecidas haciendo vibrar sus lenguas de una forma ensordecedora, y los niños se abalanzaban sobre los dignatarios gritando consignas de libertad.
Todo parecía estar perfectamente organizado, y la policía no se atrevía a intervenir ante la presencia de los representantes de la ONU y de la prensa internacional.
Entre la multitud, Antonio descubrió la presencia del joven que hacía poco más de una hora había entregado a los saharauis aquellos misteriosos paquetes, averiguando ahora cuál era su contenido: banderas de la República Árabe Saharaui Democrática.
El joven se tapó la cara con el turbante y desplegó una pancarta del Frente Polisario gritando en el mismo instante que pasaba frente a él un Land Rover Santana descapotable con militares de alta graduación, entre ellos, el teniente coronel Damián Guirao, que, con un gesto de la mano, dio orden a sus subordinados de mantener la calma.
Antonio dudó si comentar con su cuñado los hechos de los que había sido testigo cuando regresara a casa. No sabía qué hacer. En los últimos años había aprendido a ver, oír y callar.
Era el día 12 de mayo, su pequeño cumplía cuatro años, y a pesar de llevar muy poco tiempo en aquel rincón del mundo, lo que sí tenía claro era que el Sahara no sería un lugar idóneo para su hijo.
CAPÍTULO III
Hondarribia,septiembre de 2013.
Nada. Absolutamente nada.
Ni rastro de algún ciudadano español desaparecido en el Sahara Occidental durante los años 1975 y 1976. Ni un solo dato, ni una sola referencia a Armando García Ibáñez, y por tanto, ni un familiar a quien comunicar el hallazgo. Ningún archivo, relativo a personas desaparecidas, recogía ni el más mínimo detalle sobre el muchacho que encontraron enterrado en una fosa común en mitad del desierto, ni siquiera en la web oficial de la Guardia Civil ni en la del Cuerpo Nacional de Policía. Sería más fácil localizar un desaparecido de la guerra civil, ya que de la guerra había más registros que de ninguna otra época. Sin embargo, al tratarse de una desaparición de mediados de los años setenta, la tarea se convertía en casi imposible.
Imanol empezaba a dudar si el DNI se correspondía con el cuerpo en el que se encontró, ¿sería posible que un saharaui hubiera suplantado la identidad de un español? Los restos del cadáver habían sido depositados en una caja de cartón, precintada y etiquetada, quedando a recaudo de la Asociación de Familiares de Presos y Desaparecidos Saharauis. Una de las posibilidades de verificación sería practicar la prueba del ADN. Pero ¿existían familiares con quienes contrastar? En la Asociación de Memoria y Dignidad habían planificado iniciar tres vías de investigación. Nekane se encargaría de intentar localizar a sus familiares; Jesús, de desvelar la conexión del fallecido con los documentos que habían aparecido en su cartera; e Imanol se había reservado los asuntos más complejos: el análisis forense, las circunstancias que pudieron haber provocado el asesinato y la vinculación con los otros dos ejecutados.
El examen de los restos esqueléticos, fundamentalmente de las suturas craneales y también de los dientes, había determinado que la edad del fallecido rondaba los veinticinco años. Un exhaustivo estudio antropológico forense estableció que habían transcurrido aproximadamente treinta y siete años desde la fecha de su muerte, lo que situaba la escena de la ejecución en el año 1976. De momento las piezas encajaban casi a la perfección.
«A finales de febrero de aquel año abandonaba definitivamente el Sahara el último soldado del ejército español, y existe constancia, —explicaba Imanol a Jesús—, de que un par de semanas antes los marroquíes cometieron una serie de asesinatos».
Mientras ambos debatían sobre aquellas cuestiones y otras estrictamente forenses, por la puerta apareció Nekane como un torbellino.
Iba deslumbrante. Un vestido blanco ceñido que resaltaba el contorno de sus pechos y de unas carnes compactas, propias de los treinta años que cumpliría tres días más tarde, provocó que los dos amigos enmudecieran por un instante.
—¿A que no sabéis lo que he encontrado? —Y sin esperar respuesta empezó a leerles un artículo del ABC que había conseguido navegando por su hemeroteca digital:
«Detenido el dueño de una clínica por presunta estafa a la Seguridad Social
El propietario y un antiguo administrador de la clínica privada Santa Mónica, instalada en el número 20 de la calle Gravina, han sido detenidos por funcionarios de la policía bajo la acusación de ser los presuntos autores de un delito de estafa a la Seguridad Social, cometido a lo largo de cinco años, de 1970 a 1975, que podría suponer, según cálculos de los investigadores, unos veinte millones de pesetas. Los detenidos son Andrés Rocamora Espallardo, de sesenta y un años, propietario del centro, y Tomás Núñez Vizcaíno, de cuarenta y siete años, administrador de la clínica hasta mediados del pasado año. Según una nota facilitada por el gabinete de prensa de la Jefatura Superior de Policía, en el curso de las investigaciones se descubrieron varias irregularidades, tales como contratar personal médico sin titulación y facturar más estancias clínicas de las reales.
Todo el dinero obtenido de esta forma fue a parar, según la información policial, a una libreta de ahorro de la que es titular Andrés Rocamora Espallardo. Tomás Núñez Vizcaíno declaró que había actuado así ante el temor a perder su puesto de trabajo. En su opinión, la estafa podría suponer el quince o el veinte por ciento de la facturación total de la clínica.
En el mes de junio del pasado año, los servicios de inspección de la Seguridad Social solo consiguieron descubrir una mínima parte de las irregularidades, por lo que se rescindió el concierto que se tenía con la clínica.
Para comprobar si eran correctos los datos de altas y bajas facilitados por la clínica a la Seguridad Social, la policía ha tomado declaración, hasta el momento, a unas doscientas veinte personas que estuvieron internadas en la clínica. Como consecuencia de estas declaraciones parece que el presunto fraude se cometió durante los cinco años de vigencia del contrato con la Seguridad Social, durante los cuales se facturaron dos o tres días de estancia más por cada enfermo».
—La noticia es del 5 de mayo de 1975 —concluyó Nekane.
—¡Coño, igual de chorizos que ahora! —exclamó Jesús.
—¿Y qué nos puede aportar esta información? —preguntó Imanol.
—No tengo ni idea, pero a lo mejor el asesinato de Armando tuvo algo que ver con el fraude a la Seguridad Social —afirmó Nekane.
—¿En el Sahara? —increpó Jesús.
—¿Por qué no? —respondió Nekane—. No podemos desdeñar ninguna hipótesis por absurda que parezca. Imagínate que Armando dispusiera de información que involucrase no solo al dueño y al gerente de la clínica, sino a algún importante cargo de la Administración.
—¿Qué información?
—La lista que apareció junto a su documentación.
—El argumento no es malo —intervino Imanol—, pero ¿qué hacía Armando en el Sahara?
—La mili, trabajar o simplemente esconderse —respondió su compañera—. Tenemos que averiguar si la clínica fue abierta de nuevo y si todavía guardan los archivos del personal o pacientes de aquella época. Las personas que aparecen en la lista podían haber pasado por aquel centro sanitario, en cuyo caso nos podrían llevar hasta algún familiar o conocido de Armando. ¿No había nueve personas en esa lista? —le preguntó a Jesús.
—Diez.
—¿Diez? —preguntaron al unísono Imanol y Nekane.
—He hecho un examen microscópico de esa lista. Primero del anverso con iluminación episcópica. —A Jesús le encantaba deleitarse—. Y después del reverso con iluminación al trasluz y episcópica al mismo tiempo, a diversas frecuencias e intensidades, y he encontrado lo que en su día pudieron ser unos trazos hechos a lápiz.
—¿Y qué pone? —preguntó Imanol.
