Singulares - Guillermo Tangelson - E-Book

Singulares E-Book

Guillermo Tangelson

0,0

Beschreibung

Imaginate una sociedad controlada por un grupo de tipos ultramillonarios que se inventan superpoderes con los que matan monstruos para ser más populares entre la gente. Se hacen llamar "Los Infinitos" y todo el mundo cree que son los salvadores del planeta. Bueno, todo el mundo no. Del otro lado, hay un grupo de gente diferente, nacida con anomalías genéticas. A ellos los llaman "Los Singulares" y tienen lo opuesto a un superpoder: uno hace que todo sea extremadamente lento, a otra le pueden leer los pensamientos, uno absorbe pesadillas de los demás, otra se hace invisible pero solo de a partes. Ellos son los remanentes de nuestra sociedad y nadie los quiere. Ellos son los enemigos elegidos por los Infinitos para desplegar su poder y tratar de aniquilarlos. Sin embargo, los Singulares, esta gente excluida y extraordinaria, se van a unir para darle a la historia un nuevo rumbo. ¿Podrán hacerlo?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 170

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



SINGULARES

GUILLERMO TANGELSON

SINGULARES

Índice
Portada
Portadilla
Legales
1. Alpha Omega
2. Sisifo
3. Isaias
4. Beta
5. Cysgod
6. Singulares
7. El Kraken
8. Boogie Hunter y La Parquita
9. Conexion
10. Samantha Offengeist
11. Queen Size
12. Beta
13. Multimedula
14. Bomba Atomica
15. Almas gemelas
16. Partenon
17. La invencion de la guerra
18. Gea
19. Exilio
20. Plurales
21. Los huerfanos
22. Inteligencia Infinita
23. Caos
24. Pinocho
25. Winnie the Pooh
26. Omega
27. Tiempo
28. Amanecer
29. Terror Infinito
30. El Palomar
31. Encierro
32. Isla Decepcion
Agradecimientos

Tangelson, Guillermo

Singulares / Guillermo Tangelson. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2022.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-609-822-9

1. Narrativa Argentina. 2. Literatura Juvenil. I. Título.

CDD A863.9283

© 2022, del texto, Guillermo Tangelson

© 2022, de las ilustraciones, Salaiix

© 2022, Editorial del Nuevo Extremo S.A.

Charlone 1351 - CABA

Tel / Fax (54 11) 4552-4115 / 4551-9445

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Arte de tapa: Salaiix / Diego Greco

Armado de tapa: Wolfcode

Edición: Mónica Piacentini

Diseño interior: Dumas Bookmakers

Versión: 1.0

Digitalización: Proyecto 451

Primera edición en formato digital: septiembre de 2022

ISBN 978-987-609-822-9

Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

A Oscar Tangelson,

porque calibró mi mirada.

A Mariana Skiadaressis y Paula Puebla,

por ayudarme a poner a punto esta novela.

A Lucio y a Joaco,

mis dinamitas.

Y a Maru Cazeneuve

porque ajustó mis tornillos sueltos.

1.

ALPHA OMEGA

Todos los dispositivos electrónicos del mundo recibieron la misma alerta. “Este sábado miren el cielo” y abajo, las coordenadas 41°53’25”N 12°29’32”E. En minutos todos estaban googleando “Sábado + Coliseo de Roma”.

La búsqueda llevaba a un sitio web con la pantalla en negro y un reloj en una esquina con una cuenta regresiva. Los que permanecían en la página el tiempo suficiente podían escuchar una respiración entrecortada, monstruosa.

Todos los noticieros del mundo hablaron del enigmático mensaje. Nadie parecía hacerse responsable de haberlo enviado. Pasaban los días y crecían las conjeturas.

Cuando llegó el sábado, todos miraban el cielo a la espera de algún acontecimiento de proporciones épicas. Pero la cuenta regresiva llegó a cero y no pasó nada. La expectativa crecía, hasta que a uno se le ocurrió visitar la página con las coordenadas recibidas y descubrió que, en lugar de un sitio vacío, ahora había un recuadro que activaba la cámara de su teléfono celular. Movió el aparato para confirmar que, en efecto, se trataba de su cámara, y entonces volvió a aparecer la frase: “miren el cielo” y esta vez lo miró a través de su celular.

—¡A la mierda! —dijo uno en Argentina.

—Oh, fuck! —dijo otro en Irlanda.

—Ah, merde! —exclamó una en Francia.

Y ellos animaron a los demás a tomar sus teléfonos y mirar hacia el cielo, como si vieran un eclipse.

Entonces apareció en sus pantallas una bestia gigantesca en medio del espacio que escupía bolas de antimateria y lanzaba relámpagos por los ojos. Su piel tenía una apariencia viscosa y por colmillos, miles de astillas afiladas. La bestia se aproximaba a la órbita terrestre, pero de pronto recibió el impacto de un misil en medio de su cuerpo enorme. Rayson, el Infinito experto en armas, fue quien lo detuvo con uno de sus misiles. En caso de que alguien no recordara su nombre, apareció la palabra Rayson en pantalla, como si se tratara de un cómic interactivo. Se escucharon vivas al unísono en todo el planeta. El Infinito sonreía con su enorme mandíbula y exhibía sus musculosos brazos. Rayson parecía una figura de acción, siempre listo para la próxima batalla.

Develada la incógnita, apareció el ícono del infinito en el costado de la pantalla y la inconfundible voz de Alpha Omega, líder de los Infinitos y narrador de sus batallas, el más querido por el público, su capa de color blanco ondeaba en cámara lenta y dejaba ver los símbolos de su inmaculado traje. En el hombro derecho, el símbolo griego α, en el izquierdo ω y en el centro, el ∞ del Infinito.

—Ante nosotros podemos ver a Sísifo —contó en off Alpha Omega desde su nave, con traducción simultánea a todos los idiomas—. Es una bestia invencible. Hemos intentado lanzarle misiles, la hemos tratado de congelar, la hemos incinerado, quisimos cortarla, herirla, golpearla, pero nada puede lastimarla. Tal vez estemos ante el fin de nuestro planeta. Tal vez sea esta nuestra última transmisión. Llevamos años estudiándola y sabemos que, mientras siga destruyendo mundos, seguirá siendo inmortal. ¿Cómo vencer a aquello que es invencible? —preguntó Alpha Omega de manera teatral y retórica.

En la tierra, muchos comenzaron a llorar, a desesperarse. Hubo embotellamientos, algunos ensayaban poses heroicas para enfrentar al temible Sísifo, varios renunciaron a sus trabajos convencidos de que era el fin, pero la mayoría siguió mirando la transmisión, porque creían que sus héroes los salvarían y también creían en los finales felices.

—¡No tenemos que vencerlo! —se dijo de pronto Alpha Omega como ante una revelación—. No tenemos que vencerlo —le comunicó a su equipo.

—¿Cómo que no tenemos que vencerlo? —preguntó Look Ahead mientras calibraba los radares. Ella era la primera mujer en lograr ser parte del equipo de los Infinitos. Se tomaba el trabajo con enorme dedicación y, pese a que no siempre le prestaban la atención que hubiese deseado, ella jamás se quejaba.

—Solo tenemos que evitar que destruya el planeta —dijo Alpha Omega ante la mirada esperanzada de todo el mundo.

—Yo puedo crear una cúpula que cubra la Tierra en cuestión de minutos —propuso Star Bag—, necesito que distraigan a la bestia mientras lo hago.

Star Bag era un tipejo de facciones redondas que siempre caminaba encorvado. Como especialista en construcción de domos, creyó que sería adecuado llevar un escudo en la espalda, como el Capitán América. Pero al ser tan bajito parecía más una tortuga que un superhéroe.

—Yo puedo crear un mapping del tamaño de la Tierra para generar la ilusión de que el planeta ya no está ahí —agregó Vinci con entusiasmo. Vinci era puro arte y glamour. Vivía en estado de permanente seducción, algo que enloquecía a hombres y mujeres por igual.

—Perfecto —dijo Alpha Omega—. Infinitos, solo tenemos una oportunidad. Cuando llegue el momento, Sísifo va a abrir la boca y va a juntar la energía de mil bombas atómicas para lanzar su rayo destructor a la Tierra. La ilusión tiene que ser desplegada en ese preciso instante, para que la bestia crea que nos destruyó y nos deje tranquilos.

Lo que siguió fue una serie de enfrentamientos entre los Infinitos y Sísifo que parecía cada vez más amenazante y se agitaba enfurecida, en busca de sus enemigos. Desde los dispositivos se escuchaba una música que le imprimía aún más tensión a las escenas de batalla. En el Times Square de Nueva York, el Picadilly Circus de Londres y en el Shibuya de Tokio comenzaban a aglomerarse multitudes frente a los monitores gigantes. De pronto, el cielo se oscureció.

—La cúpula está lista —dijo Star Bag inclinado sobre los controles de su nave.

—Y yo tengo el camuflaje preparado para cuando me indiques —completó Vinci.

—Perfecto. Llegó el momento —los instruyó Alpha Omega—. Primero tenemos que hacer que la bestia mire hacia la Tierra. Vinci, estate listo.

Vinci salía en todos los monitores del mundo con el dedo índice suspendido a milímetros del botón que crearía la imagen. Del otro lado de la pantalla, Alpha Omega aparecía muy concentrado.

—Aguantá, aguantá —indicaba mientras calculaba los próximos movimientos de Sísifo.

En la mitad del monitor Sísifo completaba el cuadro, escoltado por Vinci y por Alpha Omega. La bestia comenzó a girar en dirección a la cámara y mostró sus horribles colmillos.

—Todavía no —pidió Alpha Omega.

La bestia abrió sus fauces. Un resplandor comenzó a formarse dentro de su esófago iluminando sus horribles entrañas.

—Un poco más —susurró Alpha Omega ante el nerviosismo de Vinci.

Por un segundo, la bestia parpadeó.

—¡Ahora! —dio la orden el líder de los Infinitos. Vinci oprimió el botón y el mundo pareció desvanecerse en medio del espacio.

Sísifo abrió grandes los ojos, sus pupilas se contrajeron. Parecía confundida.

—Ahora andate —decía Rayson amenazante desde su nave.

—Andate, andate —suplicaban todos desde la Tierra.

Luego de un rato de mirar al vacío del espacio, la bestia pareció perder interés en nuestro planeta. Bajó la mirada como decepcionada y comenzó a alejarse.

Los habitantes de la Tierra se sintieron aliviados, pero la bestia volvió su rostro por un segundo hacia nuestro planeta y disparó su rayo destructor.

El cielo se tiñó de blanco. ¿Era el fin? Sí, lo era…

2.

SISIFO

… pero no para la humanidad. Los que miraron a través de sus dispositivos notaron cómo el rayo, luego de haber sido refractado sobre la superficie de la cúpula, rebotó en el horrible y sorprendido rostro de Sísifo que en un segundo se pulverizó. Miles de trozos de carne chamuscada ahora flotaban por el espacio.

Durante varios días hubo festejos en todo el planeta, pero había uno en particular que nadie quería perderse. Las celebridades, pensadores y artistas de todo el mundo estaban invitados a la Magna Fiesta en la mansión del excéntrico Vinci. Los medios de comunicación tenían derecho a filmar las primeras horas de recitales, cocteles, performances. En cuanto las cámaras se iban, comenzaba un desenfreno salvaje que duraba varios días, en los que las ambulancias no tenían descanso.

Las imágenes de la bestia que se autodestruía reemplazaron al icónico meme de los ghaneses que bailaban con un ataúd a cuestas. Millones de clips de alguien queriendo hacer una maldad, como lanzarle una pelota por la espalda a alguien y terminar recibiéndola en los testículos eran acompañadas por el rostro atónito de Sísifo.

—¡Ja! ¡Cómo la sisifeaste! —decía algún chico al ver una maldad frustrada.

Los Infinitos fueron todavía más queridos luego de la batalla y durante esas semanas casi todos los chicos que nacieron se llamaron Vinci, Rayson, Star Bag o Alpha Omega. A nadie le resultó sospechoso que todo hubiese ocurrido a través de sus pantallas y que no hubiese quedado una sola prueba del enfrentamiento. Nadie se preguntó si era posible construir una cúpula que cubriera la tierra en tan poco tiempo. Nadie dudó de la existencia de Sísifo. Bastó un resplandor en el cielo para crear un mito.

3.

ISAIAS

—¿Un resplandor? ¿El fin del mundo? Abran los ojos, gente —se burlaba a cámara un chico de anteojos de unos quince años desde la oscuridad de su habitación—. Yo soy Isaías y vengo a abrirles los ojos. Hoy en mi canal voy a desenmascarar La Mentira Infinita. ¿Qué tienen en común Sísifo, Ouróboros, las Hidras y todos los enemigos que enfrentaron los Infinitos?

En el costado, los usuarios comenzaban a opinar:

“¿Qué te metés con los Infinitos, gil?”

“¿Cuántos seguidores tenés, tu mamá y tu perro?”

“Dejá de hacerte el oráculo, chanta. Andá a estudiar”.

—Lo que tienen en común —dijo Isaías acostumbrado a recibir hate por parte de su audiencia— es que todos ocurrieron en lugares lejanos, un desierto, en el corazón de la selva amazónica, en el espacio. Nada sucedió a la vista de las personas. Todo se vio a través de pantallas. ¿No les parece demasiado conveniente?

“Callate, antipatria, que los Infinitos son nuestros héroes”.

“Andá, conspiranoico, ¿quién te cree?”

“Danos pruebas de tus acusaciones, mandafruta”.

—Gente, hagan memoria —insistía Isaías—, antes de ser este grupo de supuestos héroes llamados Los Infinitos, estos tipos eran un conjunto de millonarios con tanto poder que controlaban países enteros. Los presidentes que los consultaban para tomar decisiones se convirtieron pronto en sus empleados. Los más ricos, los infinitamente ricos, se hicieron llamar infinitarios. No millonarios, no billonarios, infinitarios, porque eran tantas sus riquezas, tenían tantos bienes, recursos, tierras, patentes, empresas, gobiernos que se volvió imposible calcular cuánta guita tenían. Eran ricos de manera infinita, sin metáfora.

“¿Y qué te jode que haya gente que haga bien las cosas?”

“Vos decís eso porque seguro sos pobre. Resentido”.

“Isaías, me llamaron los Infinitos. Dicen que te tienen mucho miedo. LOL”.

—Esto no es para reírse, gente —reflexionaba a cámara Isaías—. Para que haya riqueza infinita también tiene que haber infinita pobreza. Millones de personas murieron de hambre y de enfermedades curables alrededor del mundo. Empezaron a entender que el verdadero problema de la riqueza era su mala distribución. Los infinitarios quedaron en la mira, fueron rodeados. ¿Y qué hicieron? Algo totalmente loco, que nadie hubiese imaginado. Inspirados por el icónico millonario Tony Stark, sí, el de las historietas, decidieron convertir su acumulación de poder en un superpoder. Se construyeron trajes, hicieron un edificio parecido al de los Avengers y se pusieron los nombres con los que hoy los conoce todo el mundo. Alpha-Omega, Star Bag, Vinci, Multimédula, Rayson, Look Ahead y la lista sigue. Todos creen que ellos son los garantes de nuestra paz y seguridad.

“Callate, revolucionario”.

“¿Por qué no te mordés la boca así te envenenás, Isaías?”

—¿No lo ven? —comenzaba a impacientarse Isaías—. Apenas los tratamos de poner en evidencia nos hacen callar. No somos libres, no estamos informados. Estamos en manos de un grupo de ególatras que la juegan de superhéroes para controlarnos. Lo que realmente pasa es que …

—Izzyii —se escuchó a la madre del streamer del otro lado de la puerta—, la comida está listaaa.

—Estoy grabando, mamá —dijo Izzy lleno de vergüenza.

“Dale, Izzy. Tu mami te hizo la comida”.

“Jajaja, chau, Izzy. Andá a buscar tu comidita…”

[Transmisión finalizada]

—Ma, ¿qué te dije de hablar cuando estoy en medio de una transmisión? —dijo Izzy con fastidio.

—Perdoname, mi vida, pero no quería que se te enfríen los espaguetis.

—¿Los hiciste con tuco? —giró Izzy con curiosidad.

—Como a vos te gustan.

—Bueno, te perdono la interrupción. Pero solo porque hacés la mejor pasta del mundo.

Desde el monitor de Isaías se abrió una ventana en otra computadora con el siguiente mensaje:

[Monitoreando emisión de la fecha. Usuario Isaías Feltner. Potencial amenaza. Dar aviso a los Infinitos]

4.

BETA

—¿No están emocionados, chicos? —preguntó la profesora desde el primer asiento de la combi—. Es la primera vez que eligen a nuestro colegio para ir a visitar el Salón Infinito. ¡Vamos a conocer a nuestros superhéroes!

—¡Sí! —chillaron a coro los chicos para desgracia del chofer, que cada mañana arrancaba el motor con la fantasía de lanzar el coche por un puente con todos adentro, y que terminaran envueltos en llamas, retorcidos de dolor. Lamentablemente para él no había ni un solo puente de camino al colegio, miró por el espejo retrovisor a sus ruidosos pasajeros, para calibrar mejor la fantasía, cuando vio a una alumna de expresión triste que guardaba silencio.

—¡El semáforo! —gritó la profesora.

—Lo vi, lo vi —mintió el chofer, clavando los frenos. Ya detenido, observó a la chica—. ¿Y a esa qué le pasa? —le preguntó a la profesora.

—¿A esa? —dijo, casi con desprecio—. Ni idea. Es nueva. No sé si será hija de diplomáticos, celebridades o qué, pero ya se cambió cuatro veces de colegio. Todo muy misterioso. Para mí que es muda o sorda. Yo no logré sacarle una palabra desde que llegó. Beta parece que se llama, ¿qué tipo de nombre es ese? Para mí es la loca del fondo, qué querés que te diga.

—Tampoco nos pagan para ser psicólogos, profe —concluyó el chofer mientras estacionaba la combi frente al Salón Infinito.

Los chicos salieron a los empujones. Una revolución hormonal se abría paso por el estrecho pasillo del coche. En el fondo quedó Beta, con la vista fija en una de las ventanas del salón. Resopló, como si tuviera que juntar fuerzas para entrar.

—Che, mudita —le gritó el chofer—, mejor bajá porque yo me voy a echar una siesta mientras ustedes van a ver a los G.I.Joe.

Beta tomó sus cosas. Antes de bajar de la combi, giró hacia el chofer y en un susurro le dijo:

—A cinco calles por esta avenida hay un puente. Tal vez quiera dormir su siesta allí.

El guía de la excursión recibió a los chicos con ridícula amabilidad. Les preguntó cuál era su superhéroe favorito, a cuál creían que podrían ver aquel día, qué sabían del Salón Infinito. Sin esperar respuesta, comenzó a contar una predecible historia de sacrificio y generosidad, de trabajo en equipo, que terminó en una cuantificación obscena de las toneladas de titanio con las que estaba recubierta la estructura del edificio para evitar ataques interplanetarios y otras mentiras que todos los contingentes celebraban con estúpida admiración.

La primera sala tenía exhibidos los primeros trajes utilizados por los Infinitos fundadores. Era una especie de museo estilo Hard Rock Café. Al ver un traje desgarrado no faltaba el que recordaba alguna batalla épica, de esas que se transmitían en streaming para todo el planeta con récords de audiencia y regalías.

La segunda sala, de luces más tenues, invitaba a mirar hacia arriba.

—El Fin de los Tiempos —anunció el guía levantando la vista hacia la cúpula en la que se retrataba la mayor batalla que tuvieron los Infinitos, una batalla contra una enorme serpiente que escupía lava y aplastaba todo a su paso—. Ese fue el nombre de la batalla. Porque todos creíamos genuinamente que era nuestro fin. Pero por suerte no lo fue —celebró el guía con una sonrisa.

Tras esas palabras se intensificaron las luces, mostrando en el centro de la sala el enorme cráneo de la serpiente: el Ouróboros. Los innumerables orificios de su cuerpo hacían pensar en una batalla mucho menos heroica que aquella que mostraba la cúpula.

—Todo mentira —se dijo Beta, pero prefirió permanecer en silencio.

Las luces se atenuaron otra vez y los estudiantes se dirigieron al Control Central, una especie de base de operaciones con cientos de agentes que monitoreaban los sucesos mundiales en tiempo real. Todos hablaban por intercomunicador y miraban sus pantallas con una seriedad que a la profesora le resultó inspiradora.

—Miren lo bien que trabajan en equipo —dijo ella—, lo disciplinados y silenciosos que son. Aprendan de estas personas.

Uno de los operadores miró al costado, sintió vergüenza ajena por los dichos de la profesora y de inmediato prosiguió con su tarea.

—¿Y los Infinitos? —preguntó uno de los niños.

El guía se puso serio por primera vez.

—En este momento están ocupados, pero seguramente vendrán en un minuto. Nunca se pierden la oportunidad de conversar con sus visitas.

En ese instante, Beta se desmayó. La profesora acudió de mala gana a socorrer a la chica.

—¡Ey, mudita! ¿Estás bien? ¿Te bajó el azúcar?

Beta abrió los ojos, parecía horrorizada:

—¡Me quieren matar! ¡Auxilio, me quieren enterrar vivo! —gritó ella con una voz grave, irreconocible.

—¿Estás bien? —se preocupó la profesora, rogando que los padres de la mudita no conocieran las limitaciones del seguro médico del colegio.

—¡Estoy en el quinto subsuelo! ¡Tengo que salir!

—Bueno —intervino el guía—, creo que esta chica tiene que ir a un hospital. Gracias por la visita.

En segundos, el equipo de seguridad ya los había escoltado hasta la combi y el de marketing ya los había llenado de regalos: posters y tazas firmados por los mismísimos Infinitos.

5.

CYSGOD

Ya en el colegio, la profesora se quedó con Beta en la portería, a la espera de algún adulto responsable. Beta tenía la cabeza entre los hombros y la mirada fija en el suelo.

—¿Tu padre o tu madre no te van a venir a buscar? Yo quisiera irme a mi casa.

Beta alzó la mirada. Tenía una expresión maligna y sus ojos se habían vuelto oscuros. La profesora se sobresaltó.

—Mis padres me dejaron morir.

—¿Cómo decís? —preguntó la profesora, pero en el momento en el que la chica se disponía a hablar, apareció la madre.

—¿Dónde está Beta? —preguntó la mujer al entrar.

—Está… frente a usted, señora.

—Ella no es Beta.

—¿Cómo que no es Beta? —exclamó la profesora—. Si la traje yo misma hasta acá.

—¿Cysgod? ¿Sos vos? —preguntó la madre.

La chica le dedicó una mirada sombría.

—No, Cysgod, no otra vez. Vamos a tener que volver a cambiarte de colegio. Por favor que tu padre no se entere de esto.