Solo entre nosotros - Chloe Liese - E-Book

Solo entre nosotros E-Book

Chloe Liese

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Beschreibung

Willa Sutter es una estrella en ciernes del fútbol femenino... y, desde el momento en que se sentó junto a Ryder Bergman en clase, también es su némesis. ¿El motivo? Un misterio, aunque Ryder casi prefiere mantener la distancia para evitar tentaciones. Willa Sutter es un caos rebelde y tentador, justo lo que Ryder no necesita si quiere conservar su tranquila vida de ermitaño. Conoce a los Bergman en el primer libro de la serie: siete hermanos, siete historias de amor.

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Seitenzahl: 546

Veröffentlichungsjahr: 2026

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Dirección editorial: Berta Márquez

Coordinación editorial: Xohana Bastida

Dirección de arte: Lara Peces

Diseño: Mireia Rey

Título original: Only When It’s Us

Publicado por acuerdo con la autora, representada por BAROR INTERNATIONAL, INC., Armonk, Nueva York, EE.UU.

© del texto: Chloe Liese, 2020, 2021

© de la traducción del inglés: Ana Hernández de Deza, 2026

© Ediciones SM, 2026Impresores, 2Parque Empresarial Prado del Espino 28660 Boadilla del Monte (Madrid)

ISBN: 978-84-1011-616-0

Coordinación técnica: Equipo SM

Digitalización: ab seveis

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A todas las mujeres que lucharon con valentía y a quienes las amaron mientras peleaban.

Querida lectora, querido lector:

En esta historia aparecen personajes con unas vivencias que, en mi opinión, deberían aparecer reflejadas de forma más positiva y auténtica en la literatura romántica. Yo soy una persona neurodivergente que vive con enfermedades crónicas y disfruto escribiendo romances que hagan que nos sintamos bien, que confirmen aquello en lo que creo firmemente: que todos y cada uno de nosotros merecemos un «y vivieron felices para siempre», si es eso lo que deseamos.

En concreto, en esta novela uno de los protagonistas pierde la audición en la edad adulta, y otro personaje sufre el duelo por la muerte de alguien muy cercano y querido. No hay dos personas que experimenten igual la enfermedad ni la pérdida, pero me he esforzado en crear personajes que representen los matices y la complejidad de esas realidades, basándome tanto en mis propias experiencias como en las aportaciones de lectores que han pasado por esas situaciones. Aunque en esta historia aparezcan la enfermedad terminal y la muerte por cáncer, no se relatan en directo en el texto. He perdido seres queridos así y sé que es algo difícil y delicado para muchas personas.

Por último, si alguno de estos temas te toca de cerca, espero que te reconforte saber que hay esperanza. Aunque abrir tu corazón sea terrorífico, hay una maravillosa recompensa: el amor que nos sostiene en los momentos vulnerables y nos acepta tal y como somos.

Besos,

Chloe

¿No es la descortesía, en general, la esencia verdadera del amor?

Jane Austen, Orgullo y prejuicio

UNO

Willa

Hurricane, Bridgit Mendler

Dicen que soy temperamental.

Yo prefiero definirme como «tempestuosa». Una palabra libresca, lo sé, un poco fuera de lugar para una jugadora de fútbol, pero he trabajado tantos veranos seguidos en una librería que al final he acabado por ampliar mi vocabulario.

Tempestuoso, -a:expuesto o propenso a tempestades, emociones fuertes, turbulentas o conflictivas.

Para bien o para mal, yo, Willa Rose Sutter, soy así.

¿Tengo la mecha demasiado corta? Sí. ¿A veces reacciono de forma desproporcionada? Con frecuencia. Podría aprender a controlarme un poco, pero me niego a reprimir la tormenta que llevo dentro, porque es justo lo que me impulsa. Soy competitiva, y eso no es ningún defecto: es una ventaja. Aspiro a convertirme en deportista profesional. No solo eso: quiero ser la mejor del mundo en lo que hago. Y para conseguirlo, no basta con tener talento: hay que ir a por todas. Debes desearlo más que nadie. Es la única forma de perseguir los sueños más descabellados.

Vale, sí. A veces soy demasiado intensa. Soy luchadora, me dejo la piel, y me gusta ganar. No me conformo. No me rindo. No permito que nadase interponga en mi camino.

Y ahora mismo me están poniendo palos en las ruedas, de modo que tengo que actuar, y rápido. Mi participación en el partido de la semana que viene contra nuestras mayores rivales pende de un hilo por culpa del maldito profesor de Matemáticas Empresariales.

Encima, llego tarde a clase. Bajo a toda velocidad por la rampa de la gigantesca aula, intentando no cojear ni gritar «ay-ay-ay» a cada paso. Me arden los músculos después del brutal entrenamiento.

La clase está hasta los topes. Solo quedan asientos libres en primera fila.

Se me escapa un gemido. Fabuloso: además de llegar tarde, no puedo esconderme en el fondo, sino que me tengo que sentar justo delante de las narices del profesor. Tan silenciosamente como puedo, mientras mis músculos piden a gritos ibuprofeno y un baño caliente, me deslizo hasta un sitio vacío y saco el cuaderno.

El profesor MacCormack continúa garabateando ecuaciones en la pizarra; con suerte, no se habrá dado cuenta de que acabo de entrar.

–Señorita Sutter. –Deja la tiza y se vuelve en redondo, sacudiéndose el polvo de las manos–. Me alegro de que nos honre con su presencia.

Mierda.

–Siento haber llegado tarde, profesor.

–Póngase al día con Ryder –responde, ignorando mi disculpa. Se gira de nuevo hacia la pizarra y señala a mi derecha con el pulgar, sin mirarme–. Tiene mis apuntes.

Me quedo estupefacta. Le he pedido a MacCormack los apuntes tres veces en lo que va de semestre, cada vez que he tenido que faltar a clase porque mi equipo jugaba fuera. Su respuesta fue encogerse de hombros y decirme que debía «resolver mis propios problemas y replantearme mis prioridades». ¿Y al tal Ryder se los ha dado sin más?

Me inunda una oleada de rabia. Noto la cara ardiendo y las orejas rojas. Si pudiese matar con la mirada, el profesor ya habría estallado en llamas.

Finalmente, me vuelvo hacia donde me ha señalado, muerta de curiosidad por conocer al tipo que tiene los apuntes que a mí me ha negado. Y los necesito de verdad. Por ahora, tengo un aprobado pelado en esta asignatura, que pasará a suspenso a menos que la providencia se apiade de la pobre Willa Rose Sutter y se produzca un milagro en el próximo parcial.

Para mí, la ira es una experiencia física. Se me acelera la respiración. Mi cabeza echa humo como una tetera. Mi corazón late tan fuerte que mis pulsaciones parecen tambores. Lo veo todo rojo.

Y mientras la furia corre por mis venas, poso la mirada en el elegido: Ryder, Custodio de los Apuntes.

Lleva una gorra de béisbol hundida hasta las cejas, que le aplasta una melena desgreñada de un rubio oscuro. Debajo, su barba descuidada impide verle la cara. Tampoco es que me importe. Está concentrado en sus apuntes, leyendo las líneas de izquierda a derecha, así que no le veo los ojos. Tiene la nariz larga, de una perfección irritante. Inspira distraídamente, como si no se hubiera dado cuenta de que le estoy mirando y de que se supone que tiene que compartir sus apuntes conmigo. Unos apuntes con los que podría haber evitado suspender los dos últimos exámenes sorpresa y el primer trabajo escrito.

Vuelvo a mirar a MacCormack, que tiene la desfachatez de sonreírme de soslayo. Cierro los ojos e intento tranquilizarme. O me calmo o me lanzo a descuartizar a mi profesor.

Céntrate en tu objetivo, Willa.

Tengo que aprobar esta clase para poder seguir jugando. Necesito estar en el equipo y jugar todos los partidos, tanto para conseguir la victoria como porque la Ley de Murphy no falla, y dice que siempre habrá un cazatalentos mirando justo el día que tú no juegas. Bueno, en realidad, esa ley lo único que dice es que, si algo puede salir mal, saldrá mal, y en el peor momento. Lo de los cazatalentos es un añadido de mi cosecha.

La cuestión es que necesito esos puñeteros apuntes y, para conseguirlos, voy a tener que tragarme mi orgullo y pedírselos al imbécil que se dedica a ignorarme. Me aclaro la garganta. Con fuerza. Ryder inspira y contempla la página que tiene delante. Sube la vista a las ecuaciones de la pizarra y vuelve a clavar los ojos en los apuntes. ¿Acaso se gira? ¿Se fija en mí? ¿Dice: «Ah, hola, ¿necesitas algo?»?

Por supuesto que no.

MacCormack no deja de parlotear y escribir fórmulas en la pizarra. Lleva un micro de diadema y supongo que utiliza alguna app, porque lo que va diciendo se proyecta al tiempo en la pantalla, en unos subtítulos automáticos de letra grande y clara. No me da tiempo de copiarlo todo cuando pasa a la siguiente diapositiva, y mi ira va aumentando. Es como si Mac quisierahacerme fracasar.

Tomo aire lentamente y le susurro a Ryder:

–Perdona...

Parpadea. Arruga la frente. Tengo la ligera esperanza de que me haya oído y esté a punto de volverse hacia mí, pero, en su lugar, pasa páginas hacia atrás y garabatea una nota.

Me quedo pasmada durante un par de minutos, antes de subir la vista lentamente hacia la pizarra. La furia hace que me estremezca. Estrujo el bolígrafo entre los dedos y paso la página del cuaderno, con un manotazo tan violento que casi la arranco. Tengo ganas de gritar de frustración, pero solo hay una cosa que puedo controlar: el aquí y el ahora. Así que me muerdo la lengua y empiezo a escribir como loca.

Al cabo de veinte minutos, MacCormack suelta la tiza, se vuelve y mira a los alumnos. Entre la bruma de mi cólera, apenas le oigo hacer preguntas. Mis compañeros levantan la mano y responden, porque ellos sí que han seguido la lección. Supon­­go que, a diferencia de mí, no tienen dos vidas que tiran de ellos en direcciones opuestas. Atleta y estudiante, mujer e hija.

Los demás cuentan con margen de maniobra, una flexibilidad de la que yo no dispongo. Yo tengoque ser excelente, y el exceso de presión me está haciendo fracasar estrepitosamente. Bueno, salvo en el fútbol. En eso me niego a fracasar; por encima de mi cadáver. Sin embargo, todo lo demás se está yendo a la mierda. Soy una amiga distraída, una hija ausente y una estudiante mediocre. Si el puñetero profesor quisiera echar­­me una mano, al menos podría tachar de la lista uno de mis fracasos.

Creo que MacCormack se da cuenta de que lo estoy fulminando con la mirada, porque, tras escuchar una última contestación, se vuelve, me mira de nuevo y sonríe satisfecho.

–Profesor MacCormack –mascullo con los dientes apretados.

–¿Sí, señorita Sutter?

–¿Me está tomando el pelo?

–Respuesta equivocada; esa no es la fórmula para calcular el interés compuesto. –Se vuelve hacia los demás alumnos y les ofrece una sonrisa que no me dedica a mí–. Se acabó la clase.

Me quedo paralizada, atónita de que haya vuelto a ignorarme. Para rematar la jugada, Ryder se levanta, guarda los preciados apuntes en una bandolera vieja de cuero y se la cuelga al hombro. Mientras cierra la solapa de la cartera, sube la vista un instante y se encuentra con mi mirada. Desorbita los ojos y me observa de arriba abajo.

Tiene los iris de un verde intenso. Joder, justo mi color favorito: el tono exacto de un campo de fútbol recién regado. No me da tiempo a fijarme en nada más antes de que me invada la ira. Cuando sube la vista de mis zapatillas y pantalón de chándal, sus ojos vuelven a cruzarse con los míos y entrecierra los párpados, como si estuviera intentando descifrar mi expresión. Estoy rabiosa. Tengo que darle miedo por fuerza. Estoy convencida de que parezco una asesina.

Después de ignorarme olímpicamente, ¿ahorase da cuenta de que existo?

Echa los hombros hacia atrás y se endereza, tan tranquilo. Yo solo puedo pensar una cosa: Guau, no es solo un imbécil. Además, es un capullo de primera división.

Me levanto como impulsada por un resorte, agarro el cuaderno y me clavo el boli en el desastre de moño mientras le fulmino con los ojos. Ryder abre los ojos como platos cuando doy un paso al frente y le sostengo la mirada. Sus iris verdes son asquerosamente bonitos.

Nos encaramos en un duelo visual largo e intenso. Ryder entrecierra los párpados. Yo también. Empiezan a picarme los ojos. Necesito pestañear, pero me niego a rendirme.

Lentamente, levanta la comisura de los labios. El muy gilipollas está sonriendo.

Sin darme cuenta, aparto la vista de sus ojos y le miro la boca, oculta bajo la pelambrera de la barba. Y parpadeo.

Mierda. Odio perder. Odioperder con toda mi alma.

Estoy a punto de abrir la boca y preguntarle qué narices tiene tanta gracia cuando Ryder da un paso atrás, se gira con naturalidad y sube al trote por la rampa del aula. Yo me quedo ahí clavada, temblando de cólera y con ganas de matar a ese cretino que ha pasado de mí, hasta que la clase está prácticamente vacía.

–Ánimo, señorita Sutter –dice MacCormack mientras apaga las luces. La tenue luz de la mañana entra por las ventanas y el aula queda sumida en sombras grises.

–¿Ánimo? ¿Cuando estoy a punto de suspender su asignatura? No puedo permitirme un suspenso, profesor.

Juraría que, por un instante, su mueca de suficiencia se resquebraja..., pero se recompone de inmediato y me da la sensación de haberlo soñado.

–Ya se le ocurrirá algo. Que tenga un buen día.

Cierra la puerta y me quedo sola. Me hundo en mi asiento mientras resuena el eco de mi fracaso.

–¿De verdad se piró sin decir nada? –Rooney, mi compañera de equipo y de apartamento, me mira con incredulidad.

–Sí.

Me explayaría más, pero estoy demasiado enfadada y me falta el aliento. Estamos haciendo ejercicios técnicos y, aunque me encuentro en la mejor forma de mi vida, las rutinas de saltos siempre me machacan.

–Joder –masculla Rooney, que, a diferencia de mí, está tan fresca. Tengo clarísimo que es una mutante, porque no jadea jamás a pesar de que nuestra entrenadora es una sádica clínicamente diagnosticada–. Menudo capullo.

Rooney parece una Barbie a tamaño real: la típica chica del sur de California con piernas kilométricas, piel radiante con unas cuantas pecas y melena de un rubio platino, siempre recogida en una coleta perfecta. Para un poco para beber agua, y la miro: es una modelo de anuncio en la playa al atardecer, mientras que yo parezco Dolores Umbridge cuando se la llevan los centauros. Mi pelo parece una escoba que brota de la goma de mi coleta. Por si fuera poco, me arden las mejillas, y mis musculosos cuádriceps tiemblan por el esfuerzo. Rooney y yo somos la noche y el día, no solo en lo físico, sino también en la personalidad. A lo mejor por eso encajamos tan bien.

–Es un capullo –confirmo–. Un capullo que tiene justo lo que necesito: los apuntes de las clases pasadas y de las dos que me voy a tener que perder cuando juguemos fuera de casa.

Trotamos juntas un trecho para hacer los ejercicios de pases a un toque. Corro de espaldas, y Rooney juega un poco con el balón antes de lanzármelo. Se lo devuelvo de cabeza, me lo pasa de volea y repito de cabeza. Repetimos hasta que cambiamos de dirección y le toca a ella.

–Y si ese tío no te pasa los apuntes, ¿qué vas a hacer?

–No lo sé. Ese es el problema, que no sé cómo actuar con un tipo que me ignora. Vale, sí, sé que soy un poco brusca, pero te juro que se los pedí educadamente. Y no sabes lo... borde que fue. No entiendo por qué, y necesito esos apuntes, de verdad.

Levanto el balón con el pie y se lo paso a Rooney, directo a la frente.

–¿Sabes qué? –dice mientras me devuelve la pelota de cabeza–. Yo diría que el problema no es tuyo, sino de tu profesor. Tenemos un contrato estudiantil y está obligado a adaptarse a tu horario; no tiene derecho a poner trabas a tu carrera como deportista universitaria. Si yo fuera tú, imprimiría el contrato, me plantaría en su despacho y le recordaría a ese imbécil que está ética y legalmente obligado a ayudarte, porque tú estás aportando más publicidad y dinero a su universidad del que jamás aportará él con sus patéticos articulitos académicos.

Toma ya. Me alucina el cerebro de Rooney. Algún día será una gran abogada.

–Ya... Pero no sabes cómo es, Roo. Si le pongo entre la espada y la pared, yo creo que no me aprueba en la vida.

Rooney frunce el ceño y me devuelve la pelota.

–Vale, pues entonces le enseñas el contrato, pero muy amablemente. Se la cuelas con toda la delicadeza del mundo. Tienes que poder jugar la semana que viene; te necesitamos en el campo. Además, Willa, sinceramente..., si no juegas, yo creo que vas a explotar.

Cuando termina el ejercicio, me quedo mirando fijamente el balón que tengo a mis pies. Es una imagen familiar que he visto miles de veces: la pelota blanquinegra sobre la hierba verde brillante y mis tacos a ambos lados. El fútbol es la única constante en mi vida: todo lo demás es una montaña rusa. Vivo y respiro para este deporte, no solo porque quiera ser la mejor, sino porque, a veces, es lo único que me mantiene a flote.

Rooney tiene razón. No puedo quedarme fuera. Voy a tener que tragarme mi orgullo y hacer lo que sea necesario para aprobar la asignatura.

–Vamos –me dice, echándome un brazo por encima del hombro–. Esta noche me toca cocinar a mí.

Finjo una arcada exagerada y recibo a cambio un empellón que me hace tropezar.

–Guay –suspiro–. No me viene mal ayunar.

DOS

Willa

Might Not Like Me, Brynn Elliott

La verdad es que me he ganado a pulso la reputación de gruñona que tengo en todo el campus. Cuando iba a primero, tuve algunos encontronazos en el campo de fútbol y un altercado en la cafetería: una chica fue directa hacia Rooney, acusándola de haberle robado el novio, y yo me subí a una mesa con toda la intención de lanzarme contra la mentirosa y rematarla de un codazo contra el suelo, como en los combates de lucha libre. Por suerte, Rooney me agarró del cuello de la camiseta y me salvó de que me expulsaran. Aun así, el incidente me hizo famosa, y no he movido un dedo para hacer cambiar de opinión a nadie. Casi todo el mundo me tiene miedo o se mantiene a una distancia prudencial. Me parece genial.

Pero lo cierto es que, aunque salga disparada a defender a la gente que quiero y luche como una leona por la pelota en el campo, no me gustan nada los conflictos. Creo que soy alérgica a las discusiones y las conversaciones incómodas. Cada vez que participo en una, me entra urticaria.

Y por eso ahora tengo el cuello y el pecho llenos de granitos rojos que pican. Estoy sentada en el despacho del profesor MacCormack, que lee con atención mi contrato de deportista universitaria.

–Humm... –Pasa la última página, gira el documento en su escritorio y lo desliza hacia mí–. Escuche, Sutter. Lo crea o no, me cae bien y la respeto.

Enarco las cejas.

–Lo disimula muy bien.

Mac vuelve a sonreír. Tengo que sentarme sobre mis manos para sujetármelas y no darle un sopapo.

–Pero no tengo la menor intención de regalarle el aprobado –me espeta–. Ha elegido ser estudiante y atleta a la vez, y eso conlleva una responsabilidad. Tiene que administrarse el tiempo. Usted no vino a avisarme antes de que empezara el curso; no me dijo cuándo se ausentaría, ni me comunicó que necesitaría los apuntes hasta el día que faltó a una clase. Lo mismo ocurrió en su segunda falta de asistencia: me avisó después. Eso me indica que no considera prioritaria mi asignatura y, francamente, debería serlo. Es una materia fundamental para cualquier tipo de gestión empresarial.

Me remuevo en mi asiento. Sí, sabía que tendría que perder alguna clase por los partidos, pero no me atreví a avisárselo con antelación. Ir a su despacho, explicarle la situación, pedirle el favor... Me daba... Bueno, me daba apuro. Ya he dicho que no se me dan bien los enfrentamientos.

–Así que he llegado a la conclusión –prosigue– de que usted es una de esas deportistas que creen que no necesitanestudiar y que se limitan a pasarse por la clase para cumplir con el expediente. Y eso conmigo no cuela.

Abro la boca para decirle que eso es muy injusto, y que a mí me encantaría aprender lo que necesito saber para la gestión empresarial. Que de verdad quiero sacar nota en esa asignatura y en todas las demás, porque sé que no seré deportista profesional eternamente. Cuando me retire, querría aprovechar mi repercusión mediática para dedicarme a alguna causa solidaria, y me gustaría dirigirlo todo yo y hacerlo de maravilla. Sé que debería soltarle todo eso, pero no me salen las palabras. Aprieto la mandíbula y se me hace un nudo en el estómago.

MacCormack se inclina hacia delante y apoya los codos en el escritorio. Las gafas de pasta negra ocultan a medias unos ojos azules como el océano. Su cabello oscuro, casi negro, está despeinado con estilo, y siempre lleva un rastro de barba de tres días. Si no fuera un cabrón que me sabotea, y si no me sacara por lo menos diez años, probablemente me parecería atractivo. Ahora mismo, lo único que puedo pensar es que este es el tipo que va a arruinar mi carrera futbolística.

–Parece usted disgustada –dice en voz baja.

Inspiro bruscamente y noto que me pican los ojos. Ni se te ocurra llorar, Sutter. Nunca muestres debilidad.

–Lo siento –mascullo, tragándome el nudo en la garganta–. Es que no... No sé qué responder cuando... –Trago saliva, me aprieto la nariz y respiro hondo. Exhalo, me recompongo un poco y me armo de valor–. Su clase me importa. Soy consciente de que no lo he demostrado. Debería haber hablado con usted antes de empezar el semestre, pero es que ningún profesor me lo había exigido antes. Los demás me guardaban los apuntes sin que yo les dijera nada y me entregaban lo que me hiciera falta.

Mac se reclina hacia atrás, con el ceño fruncido.

–Bueno, pues yo no soy así. Y si de verdad quiere llegar a ser deportista profesional, tengo una mala noticia para usted: va a tener que aprender a sacarse las castañas del fuego sola.

Me quedo descolocada.

–Ya, sí, soy consciente de los prejuicios y de la doble moral que soporta el deporte femenino, y estoy más que preparada. Pero gracias por la charla.

–Bueno, bueno. –Levanta las manos–. Lo que quiero decir es que no estoy impidiendo que apruebe. He estado a su disposición en mi despacho desde el principio del curso, y hay un montón de gente en clase a la que puede pedir los apuntes. Le puse en bandeja a Ryder...

–¿En bandeja? –Le doy un golpe al escritorio y me echo hacia delante–. ¡Me ignoró completamente!

–Puede que usted no se hiciera oír. –Mac se encoge de hombros, se levanta y agarra un montón de papeles y el portátil. Comprueba la hora en su reloj y después me mira–. En todo caso, su éxito no es responsabilidad mía. Le he dado una solución a su problema; no la voy a llevar de la manita. Resuélvalo. Háblele. No se limite a susurrar, desistir y lanzarle una mirada asesina.

Se me salen los ojos de las órbitas.

–¿Tiene cámaras en el aula?

Su puñetera sonrisita se amplía de oreja a oreja.

–Tengo ojos en la nuca. ¿Qué profesor no los tiene? Vamos, Sutter. Es hora de dar clase.

Esta vez, yo no soy la única que llega tarde. MacCormack me adelanta a grandes zancadas, suelta la pila de papeles en el escritorio, conecta el portátil al proyector, engancha un pequeño micrófono al cuello de su camisa y empieza a dar clase sin saludar siquiera. El aula está hasta los topes otra vez, y de nuevo solo queda un sitio libre: al lado del capullo de Ryder, el Custodio de los Apuntes.

Aunque la última vez estaba demasiado enfadada para fijarme en su ropa, me doy cuenta de que básicamente va vestido igual, como si fuera de uniforme: la misma gorra azul de béisbol muy sobada, otra camisa de franela suave y amplia y vaqueros desteñidos. Tiene las piernas estiradas y los ojos clavados en los apuntes. Y de nuevo me ignora. Me hundo en el asiento con un bufido y abro el cuaderno.

Al menos, esta vez podré seguir la clase entera. Aunque no gracias a él.

Mientras MacCormack explica, noto que la asignatura me atrapa, porque, aunque me diera vergüenza confesárselo, me encanta la gestión empresarial. Hasta levanto la mano y le hago una pregunta, y recibo una sonrisa sorprendida por su parte. Voy por buen camino. Aún tengo que averiguar cómo conseguir los apuntes que me faltan, pero hoy Willa Rose Sutter ha marcado un tanto.

Recibo un codazo y la mano con la que escribo sale volando en diagonal, cortando mis apuntes con un rayajo negro. Me giro y me encuentro con los ojos de Ryder, asombrosamente verdes y muy abiertos, como si le sorprendiera mi presencia.

Bajo la vista a mi hoja un segundo antes de mirarlo de nuevo.

–¿Eso a qué ha venido? –mascullo.

Se queda con la boca abierta y, por un segundo, se me va el santo al cielo. Me quedo mirando su cara de asombro, sus greñas y su desastrosa barba. Con esa camisa de cuadros azul y verde, tiene pinta de leñador al que interrumpen a mitad de un hachazo. Aparto la vista de sus ojos y la bajo a su barba. Detrás de esa pelambrera rubia se esconden un montón de cosas: pómulos, labios, mandíbula...

¿Qué aspecto tendrá afeitado?

Dejo de pensar tonterías y lo fulmino con la mirada, expectante. Estoy esperando una disculpa, una explicación..., algo que explique por qué me ha dado ese codazo en el brazo que me ha hecho emborronar mis apuntes.

Pero no dice nada. Aprieta la mandíbula, entrecierra los ojos y se da la vuelta para concentrarse en la pizarra. Mac cambia la diapositiva y se oye un coro de gemidos del tercio de la clase que no había terminado de copiar. Me incluyo entre ellos, por culpa del estúpido leñador que me ha distraído y me ha hecho perder unos minutos preciosos.

–Recuerden –dice el profesor– que las seis primeras semanas del curso están dedicadas a las bases de las matemáticas empresariales. Esto es teoría pura y dura, y se la estoy metiendo con embudo; soy consciente de que muchos se sentirán abrumados. –Un suspiro colectivo, seguido de cuchicheos, deja claro que, aunque MacCormack sea un hueso duro de roer, entiende a su auditorio–. A partir de ahora, les voy a asignar un compañero con el que tendrán que trabajar el resto del semestre. Hay dos motivos –explica–: el primero es la cantidad de alumnos matriculados. A diferencia de otros profesores, yo no voy a delegar en los becarios. Van a tenerme a su disposición durante todo el semestre en horas de tutoría, pero, como la clase es tan grande, tengo que reducir de algún modo la cantidad de trabajos y proyectos que tengo que calificar, y esto me permitirá rebajarlos a la mitad. Hay una segunda razón: todo el que quiera dedicarse al mundo de los negocios necesita desarrollar unas habilidades básicas de colaboración, negociación y compromiso. Por más que sepan de números y teoría, no llegarán a ninguna parte si no son capaces de trabajar en equipo, escuchar las ideas de otros y sintetizar las suyas para exponerlas con éxito. Trabajarán por parejas en el proyecto y el examen final; pero les recuerdo que los parciales están a la vuelta de la esquina, y deberían ir conociendo al que será su compañero. Apóyense, estudien juntos y hagan test. Acostúmbrense el uno al otro. Aunque no hayamos llegado a la mitad del semestre, quiero que empiecen a pensar en un tema para su proyecto en cuanto estén hechos los grupos. El proyecto y el examen final son el cincuenta por ciento de la nota; aquellos que vayan un poco justos... –Pasea la mirada por el aula y enarca las cejas con intención cuando se detiene en mí–. Aquellos que vayan un poco justos deberían tomárselo muy en serio, porque puede inclinar la balanza de forma definitiva.

Se alza otro coro de gemidos y Mac sonríe, con las manos en los bolsillos.

–Anunciaré las parejas la próxima clase. Que tengan un buen día.

Ni siquiera me ha dado tiempo de ponerle el capuchón al bolígrafo cuando Ryder se levanta de su asiento, se carga la cartera al hombro y sale a toda velocidad del aula, empujando a la gente que aún está recogiendo sus cosas.

Me giro lentamente, sin dar crédito al nivel de gilipollez de este tipo. Hay que esforzarse para ser tan capullo.

–Pues es un capullo bastante guapo –dice una voz.

Pego un respingo y me vuelvo a la izquierda.

–Perdona... No me había dado cuenta de que estaba pensando en voz alta.

La chica se encoge de hombros y sonríe.

–No pasa nada; se notaba. Soy Emily.

–Willa. –Me levanto, cierro el cuaderno y lo meto en la mochila. Su sonrisa se ensancha.

–Qué nombre tan bonito. ¿Como la novelista Willa Cather?

Asiento, con una opresión en el pecho al pensar en mi madre, la persona que eligió mi nombre.

–Sí.

Debería preguntarle a Emily si toma buenos apuntes y si le importa que los fotocopie, pero me muerdo la lengua. Me da pánico pedir nada y, sobre todo, que me respondan que no.

–Bueno, ¡que te vaya bien el día! –se despide alegremente.

Tengo una montaña de deberes, aparte del entrenamiento para el próximo partido (que nos enfrentará a uno de los equipos más fuertes del campeonato). Además, luego tengo que ir al hospital para recibir el resultado de la última biopsia de mi madre. «Bien»no es la palabra que yo utilizaría.

–Gracias –murmuro–. Lo mismo digo.

Ya me he acostumbrado a la rutina del hospital. Los olores, los ruidos... El ronroneo de los ascensores, el tintineo cuando llegan a la planta y el chirrido de las zapatillas contra el linóleo. El zumbido de los fluorescentes y ese tufo, mezcla de antiséptico y orina. Curiosamente, no me repele. Este sitio es el hogar de mi madre desde hace un mes, y allá donde esté ella es donde quiero estar yo.

–¡Willa Rose! –Mi madre deja el libro y extiende sus delgados brazos.

–Hola, mamá. –Le lanzo un beso, me quito la sudadera y me lavo las manos de forma meticulosa. Mi madre está inmunodeprimida y, según el doctor B., los universitarios somos como placas de Petri, así que me froto hasta los codos y me echo un buen chorro de gel desinfectante por si acaso.

Por fin puedo acercarme a recibir su abrazo. Es estrecho y prolongado. Entrelaza los dedos a mi espalda, como siempre hace, y aprieta fuerte.

–¿Qué tal el día, cariño?

Se recuesta y nuestros ojos se encuentran. Me encanta que seamos idénticas. Al margen de mis pelos de loca, soy prácticamente su clon. Es como si solo procediera de ella; puedo imaginar que soy exclusivamente hija suya, sin ninguna otra participación.

–Bastante bien. –Me acomodo en el borde de la cama y me quedo mirando su bandeja de comida sin tocar.

Hace un aspaviento.

–Está asqueroso.

–Lo sé, mamá, pero si no comes, no tendrás fuerza. Y la necesitas.

Suspira y me aprieta los dedos.

–Ya lo sé. Barbara, la de la parroquia, va a traerme caldo de pollo casero.

Benditos sean los voluntarios de la parroquia; la verdad es que me quitan un gran peso de encima. Debería ser yo quien le hiciera comida casera a mi madre, no una encantadora señora luterana llamada Barbara, pero lo agradezco. Las dos salen ganando: ella da de comer a mi madre, y de paso charla un rato con alguien nuevo. Mi madre no mete constantemente la pata con los desconocidos como hago yo y, de hecho, disfruta estando de cháchara.

Mi madre y yo siempre hemos estado solas. No lo veo como algo malo; simplemente es así. Nos hemos mudado demasiadas veces como para entablar amistades duraderas, y ambas somos bastante solitarias. La única familia que he tenido, aparte de ella, era la abuela Rose, que murió cuando yo estaba en el instituto. Sigo echándola de menos. Era un torbellino, le encantaban su huerto y su jardín, nos metía palizas al Trivial, fumaba como un carretero y soltaba más tacos que un taxista. Al parecer, yo he heredado su genio.

–Me alegro. –Saco una naranja de mi bolsa y empiezo a pelarla. Cuando termine de quitarle la cáscara y absolutamente todos los hilitos de dentro, le daré la mitad a mi madre y me comeré la otra mitad; es nuestro ritual diario–. ¿Hay novedades?

Clavo la mirada en la fruta mientras le arranco la cáscara, y su aroma cítrico llena el aire. Me da miedo ver en sus ojos la expresión que precede a las malas noticias.

–¿Sobre qué?

Levanto la vista.

–No te hagas la tonta, Joy Sutter.

Sonríe y se le iluminan los ojos.

–La biopsia no es buena, pero el doctor B. tiene un plan. Qué hombre... Lo tiene todo: cerebro, corazón y una cara bonita. –Vuelvo la cabeza de golpe para comprobar que no hay nadie en la puerta, y mi madre se ríe entre dientes–. No te preocupes, él ya me conoce. Pero es cierto que le tengo mucha estima, y se aprovecha de eso para conseguir que coma y pasee por los pasillos.

–Es listo –murmuro–. Además de alto, pelirrojo y atractivo: justo tu tipo.

–Cada cual tiene sus gustos, y los pelirrojos están muy infravalorados. Vamos, cuéntame cosas de tu vida, de las clases, del equipo... –Mi madre se remueve en la cama, conteniendo una mueca–. Me da la sensación de que me lo estoy perdiendo todo.

Le cuento que Rooney intentó cocinar pad thai el otro día y terminó consiguiendo que todo el apartamento apestara a pescado podrido; los fideos estaban tan duros que, cuando los probé, creí que me había partido una muela.

Mi madre se ríe hasta que le da un ataque de tos. Una enfermera se asoma, le pone el oxígeno y me echa una mirada que dice: Frena un poco, Sutter.

Será mejor que no la haga reír más veces por hoy. Me pongo a hablar del siguiente partido y de la estrategia que vamos a adoptar para pasar más a la ofensiva. Normalmente yo juego sola en la punta, así que el equipo contrario optará por marcarme con dos jugadoras, pero en esta ocasión vamos a adelantar a Rooney, que suele estar de centrocampista. Entre las dos empujaremos a la defensa y, con suerte, conseguiremos marcar un par de goles.

–Genial –dice mi madre. Se mete un gajo de naranja en la boca y sonríe–. Pronto empezarán a aparecer cazatalentos, ¿verdad? Te estarán viendo.

Me como yo también un gajo.

–Eso espero –respondo mientras mastico–. Aunque tengo que aprobar todo para que me dejen seguir jugando.

Mi madre enarca sus finísimas cejas.

–Disculpa, Willa Rose; ¿me he perdido algo? Siempre has sido una estudiante responsable y aplicada. Nunca has tenido problemas con las notas.

Suelto un gemido y me tumbo de lado, con la cabeza en su regazo. Mi madre me acaricia el pelo, intentando poner algo de orden en medio del caos.

–Cuéntame qué pasa, cariño.

Exploto y lo suelto todo. Le cuento cómo, ingenua de mí, di por sentado que MacCormack actuaría como los demás profesores. Le explico que, cuando me di cuenta de que no iba a hacerlo, me puse tan nerviosa que fui incapaz de pedirle los apuntes a tiempo. No llego a hablarle del leñador gilipollas porque ella chasquea la lengua y niega con la cabeza.

–Nunca se te ha dado bien enfrentarte a la gente –suspira–. No sé de quién has sacado eso. Si a mí me pagaran por discutir, estaría forrada.

Sus manos son tan relajantes que se me cierran los ojos. Me dejo llevar por la caricia de sus dedos deslizándose rítmicamente por mi pelo. Cuando pare, me habrá quitado unos cuantos enredos, pero tendré la pelambrera electrizada y disparada en todas direcciones. Me da lo mismo.

–Habrías sido una gran abogada, mamá. Entre Rooney y tú, estoy rodeada de gente belicosa...

–¡Eso es! –Mi madre agarra el crucigrama y saca la lengua mientras escribe las letras–. Be-li-co-so. Ay, Willa, muchas gracias. Cuando venga el doctor B., podré fanfarronear en condiciones.

Levanto la cabeza y la miro a los ojos.

–¿Fue él quien te aficionó a los crucigramas? –Lleva unas semanas obsesionada, mandando mensajes a todas horas para ver si a Rooney o a mí se nos ocurre cuál es la palabra que encaja.

–Sí, y no solo eso... Me ha dicho que, si como mejor y dejo de perder peso, me dejará ir a verte en la final del campeonato.

–Mamá, primero tenemos que pasar la clasificación y las eliminatorias.

–Eh, para el carro. –Mi madre levanta la mano para interrumpirme–. ¿Qué te he enseñado?

Suspiro.

–Que puedo conseguir cualquier cosa que me proponga.

–Exacto. Y quieres jugar la final del campeonato, Willa, así que lo conseguirás. Como iba diciendo, si no pierdo más peso, me dejará ir. Pero, además, si soy capaz de completar en un solo día el crucigrama del New York Times, él mismo me llevará en su deportivo.

Me incorporo bruscamente.

–Pero este año se juega en San José. ¿No será peligroso? El viaje te dejará exhausta, y fuera del hospital hay un montón de gérmenes y...

–Willa. –Mi madre me aprieta los dedos y sonríe–. No pasa nada. Es médico; sabe lo que hace.

Se me encoge el pecho y noto un nudo en el estómago. Detesto que mi madre esté tan enferma como para tener que quedarse ingresada, pero me consuela saber que aquí está cuidada y a salvo. Por mí, que se quede todo el tiempo que haga falta. Por suerte, la abuela Rose nos dejó unos buenos ahorros, y tenemos la pensión militar de mi madre para completar. La verdad es que estamos dedicando prácticamente todo nuestro dinero a su tratamiento contra el cáncer, para que se recupere lo antes posible.

Por eso yo me mantengo a mí misma; no me importa. Llevo años trabajando en verano en una librería, donde he ampliado mi vocabulario con palabras como «tempestuoso» o «belicoso». También funciona como cafetería y van muchos turistas en verano, así que recibo bastantes propinas, además de un sueldo que no está mal. Todo lo que gano lo ahorro para el curso escolar, y con eso y mi beca, voy tirando para pagar la comida y los gastos del piso que comparto con Rooney.

Sin embargo, Rooney lleva unos meses pagando «sin darse cuenta» el alquiler y los gastos antes de que yo le pase la mitad del dinero, como hacíamos antes. Me huelo que lo hace a propósito. Su familia está forrada porque su padre es un productor importante de Hollywood. Para ella no es nada, y sabe que yo voy ahogada. Si se lo pregunto, lo negará, pero la tengo calada.

–Willa, ahora mismo tienes una cara de preocupación que no le pega nada a una chica de veintiún años.

La flaca mano de mi madre está helada, pero apoyo la mejilla contra ella. Atesoro cada instante a su lado, porque no es la primera vez que lucha contra el cáncer. La vida es frágil y, aunque confío en que esta vez también logre superarlo, saboreo cada instante con ella.

–No tienes por qué preocuparte, cariño –susurra–. Me estoy cuidando. El doctor B. está haciendo todo lo que puede, y ya se preocupa él por las dos, ¿vale? –Aparta la mano de mi cara y me aprieta los dedos–. Tienes que vivir tu vida. Lo único que haces es entrenar, ir a clase, jugar y venir al hospital a ver cómo me vuelvo a quedar calva.

–No digas eso. –Noto cómo me pican los ojos por las lágrimas–. Te quiero. Quiero estar contigo.

–Pero necesitas vivir, Willa. Vivir de verdad, no solo sobrevivir. Sal con Rooney. Ponte minifaldas y enseña esas piernas de acero que tienes. Besa a un chico y echa un buen polvo. Con preservativo, claro.

–¡Mamá! –protesto, poniéndome roja–. Sabes que no salgo con nadie.

–No te he dicho que salgas con nadie; te he dicho que eches un polvo.

–¡Mamáááá! –gimo.

–Llevo mucho tiempo enferma, Willa, pero ¿sabes qué? No tengo la sensación de haberme perdido nada. He vivido mucho. He ido a un montón de conciertos salvajes, he sido mochilera, salí con poetas colgados de la generación Beat, leí novelas gordísimas, hice autoestop, fumé porros y miré el cielo estrellado tumbada en la parte de atrás de una camioneta en marcha. Me lo he pasado en grande y también he trabajado muy duro. Me alisté en el ejército y viajé por todo el mundo como enfermera. Conocí un montón de sitios, tuve amantes exóticos y me tiré a unos cuantos soldados que estaban buenísimos...

–Mamá... –Niego con la cabeza. Mi madre es guapa, incluso sin pelo y con un turbante en la cabeza. Tiene los ojos castaños como los míos, bastante separados, los pómulos marcados y los labios carnosos. La he visto en fotos. Era preciosa de joven, pero me niego a albergar la imagen mental de mi madre acostándose con alguien.

–Me estás entendiendo perfectamente, Willa. Tienes que vivir tu vida; no des nada por sentado. Tienes mucho que hacer, mucho que experimentar, y no quiero que te lo pierdas por culpa mía.

Me gustaría decirle que estaría dispuesta a perdérmelo todo si, a cambio, pudiera quedarme a su lado eternamente. Quisiera confesar que me da miedo que esté más enferma de lo que parece, y que me torturaría andar haciendo cosas de universitaria normal cuando podría haber estado a su lado en esos instantes.

Pero soy como soy. No sé mantener conversaciones incómodas. Así que le aprieto la mano para tranquilizarla y respondo:

–Vale, mamá. Lo haré.

TRES

Ryder

Elephant Gun, Beirut

Hace justo dos años me di cuenta de que mi vida no iba a ser como esperaba. La negación es un gran mecanismo de supervivencia y, cuando me puse enfermo, me aferré a ella como a un clavo ardiendo. Pero, al final, se impuso el pragmatismo brutal que caracteriza a mi familia y mi mente me obligó a enfrentarme a la realidad.

No soy el típico californiano: no surfeo ni voy por ahí diciendo «qué pasada de ola, tío» haciendo los cuernos. Crecí en Olympia, Washington, y me encantaría continuar viviendo allí; pero, hace unos años, mi padre recibió una oferta inmejorable del centro médico Ronald Reagan de la UCLA –el RRMC, como lo llama todo el mundo–. Así que aquí estamos.

Echo de menos el otoño de Washington. Echo de menos las hojas mojadas, aplastadas en una alfombra que resbalaba al pisarla. Echo de menos el frío que me ponía la nariz roja y me abrasaba los pulmones al correr por la nieve. Echo de menos la oscuridad, por raro que suene. Echo de menos las velas, las chimeneas y acurrucarme con un libro al atardecer.

También echo de menos el fútbol, el deporte al que creía que iba a dedicar mi vida. Y, cómo no, la víspera del aniversario del día en que todos mis sueños se fueron a la mierda, apareció Willa Sutter, estrella emergente del fútbol femenino, y se sentó a mi lado en clase de Matemáticas Empresariales. Fue como si el universo me diera una patada en los huevos.

Y, por si fuera poco, por algún motivo inexplicable, aquella chica parecía odiarme con toda su alma. Cuando terminó la clase, me lanzó una mirada asesina y se clavó un boli en el pelo como si deseara que fuera un puñal contra mi corazón. La rabia hacía que sus ojos castaños se volvieran cobrizos; prácticamente soltaban chispas. Aquella chica, cuyo futuro habría debido ser el mío, parecía muerta de ganas de matarme, resucitarme y matarme otra vez, solo por diversión. En otro momento, igual me hubiera hecho gracia verla fulminarme con la mirada sin tener ni idea de por qué me odiaba, pero justo ese día no.

La clase de hoy ha sido igual de mala. De nuevo volvió a sentarse junto a mí, y tuve que encogerme para no rozarla. Soy más alto que la media, tengo los hombros anchos y las piernas largas. No quepo en esos pupitres. Por eso, al cabo de un rato le di un codazo sin querer, lo que provocó una nueva mueca asesina por su parte.

Lo que sí me sorprendió fue que, cuando me fulminó con la mirada exigiéndome una explicación, tuve el impulso de responderle. Y eso que llevo dos años sin decir una sola palabra.

–Ry. –Oigo la voz débil y amortiguada, como si me encontrara bajo el agua: es la forma en la que suena todo cuando tienes pérdida auditiva moderada en el oído derecho y grave en el izquierdo.

La meningitis bacteriana apareció de la nada, semanas antes de que empezara mi pretemporada en la UCLA. Me puse malísimo muy rápido, perdí el conocimiento y, cuando desperté, me encontraba en el hospital. La voz de mi madre sonaba confusa y metálica; apenas la reconocía. La meningitis había dañado mi oído interno, y los antibióticos remataron la faena.

Sé que hay futbolistas sordos. Me doy cuenta de que es viable, y me alegro por los que han seguido ese camino. Pero eso no significa que sea el mío. Yo colgué las botas, renuncié a mi beca deportiva y pasé página. Ya no soy Ryder Bergman, defensa lateral izquierdo titular, joven promesa, destinado a la grandeza. Hace tiempo que no. Siempre amaré el fútbol, y pue­­de que algún día encuentre la forma de volver a ese deporte sin sentirme mal, pero todavía no soy capaz.

–Ry –insiste Ren. No sé realmente si me ha llamado por el diminutivo, o si ha dicho el nombre completo y yo no he captado más que la mitad. Intento no pensar en ese tipo de cosas y no preguntarme cuánto me estaré perdiendo. Unos días es más fácil que otros.

Giro la silla del escritorio y miro a mi hermano. Como yo, es alto, ancho de hombros, corpulento y rubio, aunque su pelo tiene un tono un poco más rojizo. Sus ojos son de un azul grisáceo, iguales a los de nuestra madre.

Ren es jugador profesional de hockey y, hasta hace poco, estaba muy preocupado por el proceso de selección porque creía que acabaría en la otra punta del país. Para su inmenso alivio, ha conseguido fichar por Los Ángeles, así que vive y trabaja cerca, aunque rara vez tenga tiempo de pasarse por casa durante la temporada. Cuando viene, eso sí, no se despega de mí.

Inclino la cabeza y le dedico una mirada cuyo significado conoce a la perfección: ¿Quieres algo?

Ren pone los ojos en blanco, se saca el teléfono del bolsillo y lo agita en el aire. Desde hace dos años, ese gesto significa: Saca el móvil, gilipollas, y háblame.

Suspirando, desbloqueo el móvil y abro el chat.

Sé perfectamente qué día es hoy, me ha escrito. Vamos a dar una vuelta.

¿Hoy no tienes partido?, respondo.

Tengo el día libre, teclea. El partido es mañana. Vamos, mueve el culo.

Le miro a los ojos mientras le doy a enviar.

No.

Ren apoya el hombro en el marco de la puerta y se cruza de brazos. Me mira fijamente.

Freya ha dicho que, si no vienes, te sacará a rastras, aparece en pantalla.

Levanto las manos y escribo: No me jodas, hermano.

Ren se encoge de hombros y teclea: Está hasta el moño de tus chorradas. Dice que conoce un sitio tranquilo con unas hamburguesas cojonudas. No hay casi ruido y no te dolerá la cabeza.

Se me escapa un suspiro. ¿Y si no voy?

Ren responde: También es tu hermana. Ya la conoces.

Freya es la mayor, y tiene la cabeza dura como una piedra. Si yo soy testarudo, ella me da mil vueltas. Es mejor dejar que se salga con la suya. Y, la verdad, tampoco me vendría mal cenar con mis hermanos en algún sitio tranquilo, para arreglar el día de mierda que estoy teniendo.

Me levanto, me quito la sudadera, me paso una mano por el pelo y busco mi gorra de béisbol. Ren interpreta mi cambio de vestuario como una rendición y lanza un grito de victoria. Es un ruido extraño; capto su timbre incluso sin audífonos. Me gustaría poder decir que me alegra oírle, pero mentiría. Cada vez que oigo algo, lo único que pienso es en todo lo que me pierdo. El psicólogo al que me obligaron a ir mis padres decía que necesitaría un tiempo para volver a ver la vida como un vaso medio lleno.

El vaso sigue estando medio vacío.

Para un observador externo, debemos de parecer un grupo lamentable de antisociales, todos pegados al móvil e ignorándonos. Pero así es como nos comunicamos. El chat de grupo echa humo. Ren se sienta a mi lado, y enfrente están mi hermana Freya y su marido Aiden.

Aiden da un sorbo a su cerveza, la deja en la mesa y teclea: Que alguien le pregunte a Ry por la nueva amiga que ha hecho en mi clase.

Le miro con los ojos entrecerrados. Sí, Aiden MacCormack imparte Matemáticas Empresariales. Mi cuñado es también mi profesor, cosa que me preocupaba por el conflicto de intereses. Pero necesitaba apuntarme a su asignatura para poder cursar otra que quiero hacer el próximo semestre, y no había plazas libres con otros profesores. Aiden me dijo que no habría problema y, la verdad, le creí. Es lo bastante cabrón como para no darme ningún trato de favor, hacerme la vida imposible como profesor y encima disfrutarlo.

Freya se anima y teclea: ¿Una nueva amiga? Cuenta.

Es clavadita a nuestra madre, y su comentario me hace sentir como cuando iba al instituto y mi madre me hacía el tercer grado preguntándome por novias. Freya tiene el pelo rubio con un corte pixie, los ojos azules como el hielo y un nuevo piercing en el que no había reparado.

Hago unos cuernos con los dedos y me coloco la mano en la frente. Freya entrecierra los párpados.

–¿Qué?

Sonrío y escribo en el chat: Toro. Con tu nuevo piercing pareces un toro.

Ren contiene una carcajada que intenta disimular tosiendo, y Aiden está a punto de hacer la fuente con su trago de cerveza. Nadie se mete con Freya. Salvo yo.

Capullo, escribe antes de echarse sobre la mesa para intentar pellizcarme un pezón y retorcerlo. Se vuelve a sentar y se ajusta delicadamente el pendiente del tabique nasal antes de agarrar el teléfono. Me queda elegante.

Estallan carcajadas por toda la mesa. Me tapo la boca con el puño mientras me tiemblan los hombros.

De repente, las risas se apagan. Oigo débilmente la voz de Aiden, y miro sus labios a tiempo para verlo articular:

–Mierda.

Freya y Ren se giran en la dirección en que mira Aiden. Veo a Willa Sutter entrando por la puerta, pero no tengo ni idea de lo que están diciendo de ella. A mis hermanos se les ha olvidado escribir, y no me miran para que les lea los labios. Es muy raro que hagan esto.

Doy dos palmadas fuertes y tres caras culpables se vuelven hacia mí.

Lo siento, Ry, escribe Ren.

Aiden teclea: Sutter está aquí. No da muy buena imagen esto.

Freya escribe: ¿Quién? ¿Por qué?

Levanto las manos y señalo a Aiden. Pregúntale a él.

Aiden suspira. Willa Sutter es mi alumna. Me pasé un poco con ella, pero los deportistas becados que se creen el ombligo del mundo son mi talón de Aquiles. Para compensarla un poco, le dije que le pidiera los apuntes a Ry.

¿Cómo?, escribe Ren. ¿Le has dicho que es sordo y solo se comunica por escrito?

Aiden baja la mirada. Culpable.

Contengo un bufido de rabia. Le doy un puñetazo a la mesa y lo señalo con el dedo.

Eres gilipollas. Por eso me odia, tecleo. Seguro que me pidió los apuntes, y yo ni me enteré porque se sentó a mi izquierda y por ese oído no oigo una mierda. Debió de pensar que la estaba ignorando y que soy un capullo. Y ahora nos ve cenando juntos y pensará que somos coleguitas y queremos destrozarle la nota media.

Cálmate, escribe Freya. ¿Por qué iba a pensar eso?

Porque Aiden me ha dado los apuntes A MÍ. Aunque pueda ir leyendo todo lo que sale en el proyector, necesito los apuntes completos para seguir la clase y para estudiar, tecleo fuera de mí, cada vez más enfadado por el follón en el que me ha metido mi cuñado. Aiden no está haciendo nada raro al dármelos; la ley le obliga a hacer el curso accesible. Pero si ella no sabe que soy sordo, se estará preguntando por qué los tengo.

Ren escribe: Debe de pensar que te está dando un trato de favor, y que eres un egoísta que no quiere compartir los apuntes con ella.

Vuelvo a asentir y tiro el teléfono con rabia contra la mesa.

Ren mira incrédulo a Aiden mientras teclea: ¿Sigues con tu campaña?

Aiden frunce el ceño y no dice nada.

Mi cuñado no quiere que me traten de forma diferente por mi sordera, y le preocupa lo mucho que me he encerrado en mí mismo. Así que, de vez en cuando, intenta presentarme a gente con la esperanza de que me abra por arte de magia, aunque yo no soporto los audífonos y soy incapaz de hablar en voz alta. Limitarme a enviar mensajes y no llevar audífonos ha reducido mi círculo de amistades, pero, sinceramente, no soy capaz de gestionar más. Sé que Aiden me quiere y tiene buenas intenciones, pero se pasa tres pueblos.

Tecleo: Me gustaría recordar al jurado que esta no es la primera vez que Aiden me encasqueta a una tía, y encima sin avisarle de que no oigo una mierda.

Freya se vuelve y le da una colleja.

–Te dije que dejaras de hacer eso.

–¡Solo fue una vez! –protesta.

No necesita celestinas, escribe Freya. Míralo. Follará cuando le dé la gana.

Los tres nos estremecemos por diferentes motivos. Yo, porque no me hace gracia que mi hermana hable de mi vida sexual; Ren, porque no le apetece tener esa imagen mental de su hermano, y Aiden, supongo, porque no quiere oír a su mujer decir que su cuñado es follable.

Antes de que pueda escribir nada más, noto algo que se mueve en mi visión periférica, de la que dependo más que nunca en los últimos años. Me vuelvo a mi izquierda.

Willa está de pie a unos metros, con expresión incrédula y los rasgos desencajados.

–¿Profesor MacCormack? –Creo que lo ha murmurado porque no he oído nada, pero lleno el vacío leyendo sus labios.

Dios, sus labios... Son tan suaves y gruesos que parecen inflamados, como si le hubiera picado una abeja. Me siento fatal al tener que mirarle la boca para entenderla, especialmente ahora que sé que tiene motivos para detestarme: cree que la he ignorado y me considera un imbécil.

Es muchísimo más difícil odiarla ahora.

–¡Willa, hola! –Aiden hace amago de levantarse, pero Freya le para en seco fulminándole con la mirada. Lentamente, se hunde en su asiento.

Los ojos de Willa van de uno a otro.

–Guau.

–No es lo que parece –comienza Aiden, inclinándose un poco para que le vea la boca.

Al menos, creo que ha dicho eso, pero no es tan fácil leer los labios ni aunque lo complete con lo poco que oigo. Está hablando a un ritmo normal, y yo necesito que vaya más despacio. Me rindo: es imposible seguirlo. Miro a Freya y niego con la cabeza. Mi hermana agarra el móvil y va transcribiendo en nuestro chat privado lo que dice Aiden: Willa, sé que te hice pasar un mal rato con lo de los apuntes, y entiendo que te sorprenda que se los haya dado a Ryder y no a ti, pero el caso es que...

Willa levanta la mano y le interrumpe, y Freya continúa transcribiendo lo que dice: Ahórrese las excusas. Ya me ha quedado claro que este tipo merece un trato especial, mientras que yo tengo que sacarme sola las castañas del fuego.

Detrás de Willa hay una rubia con las piernas kilométricas y el ceño fruncido, que taladra a Aiden con la mirada y dice algo que juraría que incluye la palabra «capullo». Por lo demás, habla a tanta velocidad que soy incapaz de enterarme de nada. Ren le hace un gesto a Freya y se pone a escribirme lo que está diciendo:

¿No crees que las mujeres deportistas tenemos ya suficientes problemas, capullo? Todos los demás profesores nos ayudan sin que tengamos que suplicárselo. Creía que no era tan difícil ser una buena persona, pero aquí estás tú para demostrarme que me equivocaba. Que te den por culo y adiós.

Luego, antes de que ninguno de mis hermanos pueda empezar a explicarse, la rubia alta agarra a Willa del brazo y tira de ella hasta la salida.

Ren deja el móvil en la mesa, impresionado, y aplaude mientras salen por la puerta.

–Guau.

Aiden se frota la cara.

Freya le quita la cerveza y se la termina. Luego, se limpia la boca con la mano y se pone a escribir: Lo he dicho muchas veces y vuelvo a repetirlo: los hombres son idiotas. Recuérdame por qué me casé contigo.

Aiden se derrumba hasta apoyar la cabeza en la mesa después de teclear: Buena pregunta.

Cuando empieza la clase, no puedo dejar de dar botes con la pierna. A estas alturas parece un mal chiste, pero el único asiento que veo libre es el que tengo al lado... otra vez. Mientras Aiden parlotea sobre una fórmula que estudié anoche, Willa baja por la rampa dando saltitos. Su mochila se bambolea tanto como su melena leonina, que no parece decidirse entre las ondas y los rizos.

Va vestida con un chándal, y se la ve agotada. Probablemente haya venido corriendo desde lejos, porque es evidente que está en una gran forma física. Va frenando lentamente hasta que se detiene junto al único sitio vacío, mientras Aiden continúa explicando como si no se diera cuenta de que Willa ha llegado tarde.

Sus ojos, llenos de odio, se cruzan con los míos, y sus iris de un castaño claro, casi ámbar, vuelven a adquirir un tono cobrizo. Si pudiera estallar en llamas, lo haría.

Está hecha una furia. Y eso me resulta mucho más entretenido de lo que debería.

Cuando dejé de oír, me aparté de todo aquello que ya no sabía cómo hacer: tocar música, jugar al fútbol, salir por las noches... Mi vida social se redujo a un par de amigos y a mi familia. Hago ejercicio en mi tiempo libre, salgo al campo y estudio. Y durante los dos últimos años, eso ha sido todo lo que he necesitado, porque no me sentía capaz de manejar nada más. Pero últimamente siento una especie de... incomodidad, un nerviosismo que parece cocerse a fuego lento en mi interior.

No sé muy bien qué significa: si estoy aburrido, si quiero algo más de la vida o si me encuentro en un punto de inflexión. De ser así..., ¿adónde voy ahora?

No tengo respuestas fáciles para esas preguntas complejas e incómodas. Lo que sí tengo, y justo delante, es una distracción que me evita pensar en ellas: Willa Sutter, esa fiera de pelo salvaje sorprendentemente fácil de provocar. Soy el mediano de siete hermanos, de modo que sé perfectamente cómo chinchar a alguien. De hecho, es mi especialidad.

La miro fijamente, asegurándome de sonreír un poco. Lo justo para cabrearla.

Si estoy interpretando bien la curvatura de su labio superior, me gruñe mientras se desploma en su asiento y estampa el cuaderno contra el pupitre. Lo abre y planta el bolígrafo encima de golpe. No lo oigo, pero la fuerza de sus gestos lo deja claro.

Casi me siento culpable de verla tan frustrada, hasta que recuerdo la forma en que se largó anoche, sin dejarnos hablar para explicarnos. A ver, tampoco es que yo hubiera podido hacerlo.

Pero eso ella no lo sabe.