Sonya, la Roja - Robert E. Howard - E-Book

Sonya, la Roja E-Book

Robert E. Howard

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Beschreibung

En el afán de expandir su poder, Solimán el Magnífico, sultán del Imperio otomano, conduce su gran ejército a Viena y comienza un atroz sitio para apoderarse de tan estratégica ubicación. Con ello, no sólo busca aumentar sus dominios, sino también eliminar a un viejo enemigo: Gottfried von Kalmbach, refugiado al interior de la ciudad. Von Kalmbach, la intrigante y audaz Sonya la Roja y muchos otros valientes se enfrentarán contra las fuerzas del sultán para sobrevivir.

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Seitenzahl: 82

Veröffentlichungsjahr: 2026

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ROBERT E. HOWARD

Traducción de ISAAC RAMOS

Ilustraciones de EDU MOLINA

FONDO DE CULTURA ECONÓMICA

Primera edición, 2025 [Primera edición en libro electrónico, 2025]

Distribución mundial

D. R. © 2025, Fondo de Cultura EconómicaCarretera Picacho-Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México

Comentarios: [email protected].: 55-5227-4672

Coordinador de la colección: Luis Arturo Salmerón SanginésIlustraciones de interiores y portada: Edu Molina

Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.

ISBN 978-607-16-8904-7 (rústica)ISBN 978-607-16-9098-2 (ePub)ISBN 978-607-16-9106-4 (mobi)

Impreso en México • Printed in Mexico

—¿YA HAN SIDO VESTIDOS Y ENGORDADOS LOS PERROS?

—Sí, Protector de los Fieles.

—Entonces permítanles arrastrarse hacia la Presencia.

 I

 Fue entonces que trajeron a los enviados, pálidos tras meses de encarcelamiento, ante el trono adoselado de Solimán elMagnífico, sultán de Turquía, y el monarca más poderoso en una era de monarcas poderosos. Bajo el enorme domo púrpura de la cámara real brillaba el trono ante el cual temblaba el mundo —de paneles dorados e incrustaciones de perla—. Una fortuna imperial en gemas estaba zurcida en el baldaquino de seda del cual pendía un resplandeciente hilo de perlas rematando un friso de esmeraldas que colgaba como un glorioso halo sobre la cabeza de Solimán. Y aún con todo eso, el esplendor del trono palidecía en comparación con el fulgor de la figura sobre él, engalanada en joyas, con la pluma de grulla alzándose sobre el adiamantado y blanco turbante. Alrededor del trono estaban sus nueve visires, en actitud de humildad, mientras guerreros de la guardia imperial cubrían el entarimado —solaks con armadura, de plumas blancas, negras y escarlata que se meneaban sobre sus cascos dorados.

Los representantes de Austria quedaron debidamente impresionados —todavía más después de aquellos nueve arduos meses de reflexión que tuvieron en el despiadado Castillo de las Siete Torres que mira sobre el mar de Mármara—. El líder de la embajada ahogó su cólera y encubrió su resentimiento tras una apariencia sumisa —un disfraz inusual sobre los hombros de Habordansky, general de Ferdinand, archiduque de Austria—. Su fuerte cabeza sobresalía de forma incongruente por encima de flamígeras prendas de seda otorgadas por el altivo sultán mientras era llevado ante el trono; sus brazos, asidos fuertemente por bravos jenízaros. Aquella era la forma en que los emisarios eran presentados ante los sultanes desde aquel día rojo en Kossova cuando Miloch Kabilovitch, caballero de la masacrada Serbia, había asesinado a Murad el Conquistador, con una daga oculta.

El Gran Turco le mostró escaso favor a Habordansky. Solimán era un alto y esbelto hombre, con una nariz que curvaba hacia abajo y una boca recta y delgada, cuya determinación su bigote caído no alcanzaba a suavizar. Su estrecha y pronunciada barbilla estaba afeitada. El único indicio de debilidad era su notablemente largo y delgado cuello, pero esa insinuación era desmentida por las duras líneas de la estilizada figura, por el brillo de los ojos negros. Había más de un dejo de tártaro en él —y con justa razón, pues no era más hijo de Selim el Terrible que de Hafsza Khatun, princesa de Crimea—. De cuna noble y heredero al poder militar más importante del mundo, estaba ungido de autoridad y envuelto con un orgullo que no reconocía semejantes por debajo de los dioses.

 

 

Bajo su mirada de águila, el viejo Habordansky inclinó su cabeza para ocultar la silenciosa furia en sus ojos. Nueve meses atrás, el general había visitado Estambul en representación de su amo, el archiduque, con propuestas de tregua y la disposición de la corona de hierro de Hungría, arrancada de la cabeza del muerto rey Luis en el ensangrentado campo de Mohács, donde los ejércitos del Gran Turco habían abierto el camino a Europa. Había habido otro emisario antes de él, Jerome Lasczky, el polaco conde palaciego. Habordansky, con la sencillez característica de su gente, había tomado la corona húngara para su amo, provocando la ira de Solimán. Lasczky, como un mendigo, había pedido de rodillas aquella corona para sus compatriotas en Mohács.

A Lasczky le habían sido dados honores, oro y promesas de mecenazgo, por las cuales había pagado con juramentos abominables, aun para su avariciosa alma, vendiendo a los súbditos de sus aliados como esclavos y abriendo el camino a través del territorio sometido hasta el corazón mismo de la cristiandad.

Todo esto se le hizo saber a Habordansky, espumeando de furia dentro de la prisión en la que el soberbio resentimiento del sultán lo había asignado. Ahora Solimán miraba con desdén al tenaz y viejo general, y dejó de lado las formalidades acostumbradas de hablar por la boca del gran visir. Un soberano turco jamás se dignaría a admitir conocimiento alguno de cualquier lengua franca, sin embargo, Habordansky entendía el turco. Los comentarios del sultán fueron breves y sin mayor preámbulo.

—Dile a tu amo que me preparo ahora para visitarlo en sus propias tierras y que, si falla en hacerme frente en Mohács o en Pesth, yo habré de enfrentarlo bajo los muros de Viena.

Habordansky se inclinó, desconfiando de su propia compostura. Tras un ademán indiferente de la mano imperial, un oficial de la corte se acercó y le presentó al general un pequeño bolso dorado con doscientos ducados. Cada miembro de su séquito, quienes esperaban pacientemente al otro extremo de la cámara, bajo las lanzas de los jenízaros, fue recompensado de igual manera. Habordansky murmuró su agradecimiento, sus nudosas manos apretadas sobre el regalo con vigor innecesario. El sultán sonrió levemente, consciente de que el embajador le habría arrojado las monedas a la cara si se hubiera atrevido. Apenas levantó la mano en señal de despedida y entonces se detuvo con la mirada puesta sobre el grupo de hombres que conformaban la comitiva del general o, más bien, sobre uno de esos hombres. Esta persona era la más alta en la habitación, de construcción fornida, portando de forma ridícula las prendas turcas obsequiadas. Ante un gesto del sultán, fue llevado al frente custodiado por soldados.

Solimán lo miro con detenimiento. El chaleco turco y el voluminoso khalat no podían ocultar las líneas propias de una colosal fuerza. Su leonino cabello estaba cortado casi al ras, su amplio bigote amarillo caía por debajo de un mentón firme. Sus ojos azules se miraban extrañamente opacos; era como si el hombre estuviera dormido de pie, con los ojos abiertos.

—¿Hablas turco? —El sultán le hizo a aquel hombre el asombroso honor de dirigirse directamente a él. A pesar de toda la pompa de la corte otomana, aún quedaba en el sultán cierta simpleza de sus ancestros tártaros.

—Sí, su majestad —contestó el franco.

—¿Quién eres tú?

—Los hombres me llaman Gottfried von Kalmbach.

Solimán frunció el ceño y, sin darse cuenta, sus dedos deambularon hacia su hombro donde, bajo sus túnicas de seda, podía sentir el contorno de una vieja cicatriz.

—Yo no olvido rostros. En algún lugar he visto el tuyo, bajo circunstancias que lo grabaron en mi memoria. Pero no soy capaz de recordarlas.

 

 

—Fue en Rodas —refirió el alemán.

—Muchos hombres estuvieron en Rodas —contestó Solimán agitado.

—Es verdad —concurrió von Kalmbach tranquilamente—. De L’Isle-Adam estuvo ahí.

Solimán se endureció, y sus ojos relampaguearon al oír el nombre del gran maestro de los Caballeros de San Juan, cuya violenta defensa de Rodas le había costado al turco sesenta mil hombres. Decidió entonces, no obstante, que el franco no era lo suficientemente astuto para esconder una sutil estocada en su comentario y echó a la comitiva agitando su mano. Los emisarios fueron retirados de la Presencia y el incidente se dio por terminado. Los francos serían escoltados a las afueras de Estambul y hasta la frontera más cercana del imperio. La advertencia del turco sería llevada lo antes posible al archiduque, y pronto, pisando los talones de ese mismo anuncio, llegarían los ejércitos de la Sublime Puerta. Los oficiales de Solimán sabían que el Gran Turco tenía mucho más en mente que sólo poner a su títere Zapolya en el ahora conquistado trono húngaro. Las ambiciones de Solimán abarcaban toda Europa —ese insensato Frangistán que durante siglos había soltado esporádicamente hordas con sus himnos y rapiñas por el este, cuyos pueblos tercos y faltos de lógica parecían una y otra vez aptos para su conquista a manos del musulmán, pero que siempre habían salido, si no victoriosos, al menos vencedores.

La tarde de aquella mañana en la que los emisarios austriacos se habían ido, Solimán, meditabundo sobre su trono, levantó su magra cabeza e invocó a su gran visir, Ibrahim, quien se acercó con seguridad. El gran visir siempre daba por sentada la aprobación de su amo; ¿acaso no era él compañero de copas y camarada de la infancia del sultán? Ibrahim no tenía más que un rival del favor de su amo, la pelirroja muchacha rusa, Khurrem la Alegre, quien en Europa era conocida como Roxelana, a quien los esclavistas habían arrastrado desde la casa de su padre en Rogatino para ser la favorita dentro del harén del sultán.

—Al fin recuerdo al infiel —dijo Solimán—. ¿Recuerdas la primera carga de los caballeros en Mohács?

Ibrahim se estremeció levemente al escuchar la alusión.

—¡Oh, Protector de los Lastimosos! ¿Acaso podría olvidar la ocasión en que la sangre divina de mi amo fue derramada por un infiel?

—Entonces recuerdas que treinta y dos caballeros, los paladines de los nazarenos, se arrojaron intrépidamente a nuestras filas, cada uno habiendo jurado su vida para acabar con nuestra persona. ¡Por Alá! Cabalgaban como hombres irrumpiendo en una boda, con sus grandes caballos y sus largas lanzas derribando a cualquiera que se les opuso, y sus armaduras desviaban el más fino acero. Sin embargo, todos cayeron mientras los fusiles hablaban hasta que sólo quedaron tres en sus sillas: el caballero Marczali y dos compañeros. Esos paladines cortaron a mis solaks como si fueran grano maduro, pero Marczali y uno de sus consortes cayeron, casi a mis pies.