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Una periodista hija de exiliados, regresa a Chile para escribir el guión sobre una película de Colonia Dignidad. Es una historia sobre la que recién está levantando el manto de impunidad que permitió que, durante décadas, operara en ese enclave alemán un régimen casi feudal. Poco a poco, a medida que avanza en su investigación, la narradora conoce a una colona que la llevará por un camino insospechado, donde están las huellas de Paul Schäfer y de los agentes de la dictadura militar, pero donde sobre todo se pesquisa el rastro de un niño que murió durante una jornada de cacería. ¿Quién disparó la bala que perforó la cabeza del pequeño Hartmut? Alrededor de este enigma, y nutriéndose de declaraciones judiciales, archivos de la policía, entrevistas, Lola Larra hace que el lector transite con la más absoluta naturalidad de la ficción a la no ficción, en una historia fascinante, que se lee como un viaje a los abismos del mal. Y como todas las grandes obras sobre la vileza humana, Sprinters platea preguntas incómodas sobre la indolencia -o derechamente, la complicidad- de todos los que prefirieron no ver y no saber que un poco más allá de sus fronteras campeaba el horror.
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Seitenzahl: 255
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Sprinters. Los niños de Colonia Dignidad
Lola Larra
© Editorial Hueders
© Lola Larra
Primera edición: octubre de 2016
Registro de propiedad intelectual N° 271.020
ISBN edición impresa 978-956-365-022-8
ISBN edición digital 978-956-365-212-3
Todos los derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducidasin la autorización de los editores.
Diseño de portada: Inés Picchetti
Diseño interior: Valentina Mena
Ilustraciones: Rodrigo Elgueta
Fotografía de portada: María Luisa Murillo
Diagramación digital: ebooks [email protected]
www.hueders.cl | [email protected]
santiago de chile
Para Raúl Larraguibel, que siempreha alejado a los monstruos,reales o ficticios, que se cruzanen el camino de sus tres hijos.
I
Tobias se encargaba de los pollos. Klaus limpiaba las máquinas. Sophia degollaba los cerdos. La especialidad de Rainer era volver loca a la gente.
Tiene esa costumbre, un hábito de años. Cuando hace su caminata vespertina, entra al cementerio y visita la tumba sin nombre. Era una especie de juego que tenían de adolescentes y que ella ha perpetuado. Es una tumba de cemento, con una lápida grande, de granito, con su cruz dorada grabada sobre la piedra y una terminación curva, idéntica a todas las demás, excepto que en ella nunca se inscribió ninguna fecha, ningún nombre. Pero todos saben que la tumba pertenece a Hartmut, el primer niño que había partido así, de repente, tras una jornada de caza. Hasta su muerte, solo habían sido enterrados los ancianos. Los jóvenes estaban entrenados para sobrevivir, trabajar sin tregua, nunca enfermarse. Estaban bien alimentados, respiraban aire puro, todos gozaban de buena salud. Por eso, cuando pasaban por el cementerio siempre se las arreglaban para rozar la lápida (y no es que se pusieran de acuerdo: apenas unas miradas, leves gestos, imperceptibles para los tíos, porque no podían hablar entre ellos). Rozar la lápida era una especie de homenaje al pequeño Hartmut, un conjuro para que no les sucediera lo mismo que a él.
El cementerio colinda con el bosque y está en un lugar privilegiado desde el que se ven las montañas y el río. A Lutgarda le gusta visitarlo sobre todo en esta época del año, sobre todo a esas horas, cuando ya el calor ha bajado y el aire y la tierra y las piedras comienzan a enfriarse. El final del verano deja un polvillo sobre las hojas que las próximas lluvias se ocuparán de lavar. Quiere ser enterrada allí, ojalá en la tercera línea de tumbas, la que tiene menos vista pero que permanece más resguardada, amparada por tres nogales que indican el camino que se interna en la espesura.
Hartmut Münch murió en el bosque, me dice de pronto en un español trabado, de pie junto a la tumba. Y aunque ya conozco dos o tres versiones de esa historia, la invito a hablar. Fue a fines de los 80. Más de 20 años ya, agrega con un suspiro. Dijeron que había sido un accidente, que se rompió la cabeza al caerse de la parte trasera de un camión. Así lo contó a todos la doctora Gisela. Fue ella quien lo atendió cuando llegó al hospital de la colonia. El tío Wohri lo llevó desvanecido en el mismo camión del que había caído y, sin decir nada, lo dejó a las puertas del hospital. Una herida enorme le cruzaba la cabeza, de aquí allá (Lutgarda traza una línea en su propia cabeza, de un costado a otro sobre el parietal derecho). Tenía el pulso y la presión muy bajos, y ya no había nada, nada que hacer. En el hospital intentaron salvarlo, pero falleció media hora después de haber llegado. Tenía ocho años.
Tiempo después, a la policía le dio por hurgar en la muerte de Hartmut. Y llegaban y preguntaban, una y otra vez, cómo había sido, qué había pasado. La doctora Gisela tuvo que desplazarse hasta la comisaría del pueblo y declarar ante un juez (ella, que jamás salía aunque por su rango tuviera permiso para hacerlo). Nadie había notificado a las autoridades del accidente y ahora reclamaban por ello, nadie entendía muy bien por qué. Tampoco se había hecho autopsia del cuerpo. Simplemente lo habían enterrado de inmediato, en esa tumba sin nombre.
Todos los que se suponía que sabían algo tuvieron que ir a declarar. La enfermera Jetta. Los tíos. Los propios padres del niño.
El tío Wohri, no. Porque el tío Wohri falleció en un accidente aéreo pocas semanas después de la muerte de Hartmut.
Lutgarda baja la colina y espanta los mosquitos, como ahuyentando también los recuerdos. A sus pies, en una extensa llanura rodeada de campos cultivados y cercada por dos ríos, se despliega Colonia Dignidad, un poblado grande con casas de dos pisos, alargadas, y con techos de tejas de barro. También hay un estanque, barracones, el granero, las porquerizas, los establos, la fábrica de ladrillos, la lechería. Y, más lejos, la antigua pista de aterrizaje, la escuela y el edificio del hospital, ahora abandonado.
A fines de febrero los pastos están amarillentos y las cosechas recolectadas, la tierra preparada para el otoño. Lutgarda admira desde esa vista privilegiada su pueblo, su hogar. Allí ha vivido casi toda su vida. En contadas ocasiones ha salido, y solo dos veces por cuenta propia.
Camina unos pasos delante de mí. Se parece mucho a su hermana Agnes: es una versión más delgada, más alta, sin lentes, pero con la misma frente cuadrada, los mismo ojos –azules, siempre entrecerrados–, la nariz de punta abultada y el mentón grande y masculino. Hago el cálculo. Agnes me dijo que su hermana era cuatro años menor que ella. Entonces Lutgarda y yo debemos tener casi la misma edad, descubro sorprendida. Pero ella se ve, cómo decirlo... más gastada. No solo se trata de la ropa. Yo uso jeans, zapatillas, camiseta, más o menos la misma ropa que llevaba cuando tenía 20 años, si bien ya he pasado los 40. Ella viste una blusa con botones cerrados hasta el cuello y unas botas de trabajo que desentonan con su falda floreada y su delantal. Lo mismo que usaría a sus 20, supongo. Aquí todas las mujeres visten igual, tengan la edad que tengan. Los mechones de pelo, que sobresalen del pañuelo blanco amarrado en la cabeza, son grises. Mi pelo es uniformemente caoba; me tiño religiosamente cada dos meses, me pongo cremas y siempre uso protector solar. Su rostro, arrugado, con surcos profundos alrededor de los ojos y un incipiente damero dibujado en las mejillas, tiene ese tostado que no es el color parejo de unas vacaciones sino el quemado de la exposición constante al sol y al viento y al frío.
Me digo que ya he cumplido con mi parte. Le he traído el chelo de su hermana. He acarreado el instrumento casi 400 kilómetros en mi pequeño automóvil. Se lo he entregado. Accedí incluso a acompañarla en esta caminata. Pero tengo ganas de irme cuanto antes. Es la segunda vez que estoy en la colonia y no tengo nada más que hacer aquí. Traje el chelo, el objeto de una disputa que ha separado a las hermanas por años, y también una carta. Con ella, Agnes reanuda la correspondencia que mantuvo secretamente con su hermana desde que se escapó de la colonia y que terminó con el incidente del chelo. No sé exactamente qué dice la carta, pero –Agnes más o menos me lo contó–es una propuesta de reconciliación. Agnes no quiere seguir peleada con Lutgarda, su hermana pequeña, la más querida. Menos ahora que ha decidido perdonar todo lo que pasó. Olvidar. Perdonar. Hacer las paces con el pasado.
Desde que escaparon de la colonia, Agnes y su marido deambularon por todo Chile buscando un lugar, una casa, la posibilidad de una vida. Cuando los conocí, malvivían en Chiloé, pero antes ya habían pasado por dos o tres lugares y en cada sitio las experiencias fueron desastrosas. Luego los reencontré en Santiago, abrumados e infelices, viviendo allegados en casa de Fernández, el abogado que los representa. Allí los frecuenté muchas veces y después les perdí la pista. Hasta hace dos semanas. Pura casualidad. En las afueras del supermercado en el que hago la compra cada sábado, la vi. Agnes estaba en el paradero de micros. Me reconoció al instante, aunque había pasado mucho tiempo desde la última vez que nos habíamos visto. Yo la reconocí también: es inconfundible. No se parece a nadie. El pelo encanecido y ralo, acomodado primorosamente con un cintillo infantil; los lentes setenteros, enormes, rosados. Su ropa pasada de moda, las sandalias con calcetines. Su manera de estar en la calle, entre admirada y espantada. Le pregunté cómo se encontraba. Por formalidad, con temor a que una vez más me hiciera sentir que le debía algo, que ella y su marido necesitaban algo que yo podía pero no quería dar. Me abrazó, y sentí que realmente estaba contenta de verme. Le dije, tal vez porque quedé atribulada con el abrazo, que me habían invitado a Parral a dar un curso. Fíjese, qué ironía, voy a tener que volver allí, agregué. Se apartó un poco y me miró de arriba abajo.
Entonces puedes llevarle el chelo a mi hermana, soltó de pronto, tan contenta y tan tajante, con aquella inocencia y aquella seguridad de cosa ya decidida, que tanto me incomodaba el tiempo en que los frecuenté.
¿A la colonia? ¿A tu hermana que vive en la colonia?
Sí, sí, contestó, feliz. Y entonces fue cuando me contó a tropezones que por fin ella y su marido habían encontrado un lugar, un buen lugar, una comunidad armoniosa, con gente buena, dispuesta a ayudarlos. Se estaban mudando a una finca en Pirque. Y ella necesitaba deshacerse de aquel chelo. Y también hacer las paces con Lutgarda.
Yo rebusqué en mi memoria. Intenté visualizar las decenas de páginas en las que había transcrito las entrevistas informales que le había hecho a Agnes a lo largo de varios meses. El incidente del chelo estaba en alguna parte.
Cuando Agnes y su marido se enteraron de que los jerarcas de la colonia habían declarado la apertura, la pareja se atrevió, por primera y única vez, a regresar a aquel lugar en el que habían vivido y padecido la mayor parte de su vida, para pedir que les devolvieran sus cosas. Agnes se quedó en el portón y Lukas, su marido, entró para recoger los pocos objetos que les quedaban. Lutgarda no alcanzó a verlos. Estaba en la montaña, recogiendo piñones. Lukas cargó con algo de ropa y con el chelo. Cuando en la tarde Lutgarda regresó y le contaron que Lukas se había llevado el instrumento, maldijo por horas y envió a Agnes una carta despiadada en la que denunciaba que su marido había robado un instrumento que pertenecía a las hermanas. Agnes, intentando hacerla entrar en razón, respondió que el chelo era suyo, era ella la que sabía usarlo, no Lutgarda; echaba de menos tocarlo, agregó conciliadora. Pero Lutgarda nunca respondió. Desde entonces, las hermanas no se habían comunicado.
El sol se ha puesto y la noche llega despacio, azul, morada, negra. A nuestra espalda, en la cordillera, varios relámpagos iluminan el valle. Una tormenta de verano, exclama Lutgarda. Se ríe como una niña y con los ojos cerrados levanta su cabeza al cielo, anhelando esa lluvia generosa que se llevará todo el polvo.
La caseta de la entrada está rodeada por un muro de piedra del que cuelga una placa de bronce que anuncia a los visitantes la entrada a Villa Baviera.
–Me gustaba más Colonia Dignidad, el nombre original –deja caer Lutgarda cuando pasamos junto a la placa.
–Bueno, no hubo más remedio que cambiarlo –le contesto, aunque ella ya lo sabe. Ponerle ese nombre de fantasía fue una artimaña cuando perseguían a los jerarcas por diversas querellas fiscales a principios de los 90. Pero Lutgarda mueve una mano restándole importancia a mi explicación y me pregunta por mi película. Durante unos segundos no entiendo la pregunta, no comprendo de qué habla.
–Agnes me contó en la carta quién es usted, que se conocieron porque está haciendo una película sobre nosotros. Que son amigas. Por eso le encargó traerme el chelo. Jamás lo hubiera entregado a alguien que no fuera de confianza.
–Esa película nunca se hizo –le digo.
Hacía más de tres años que el guión que había escrito sobre la colonia estaba archivado en alguno de los despachos de los varios productores por los que había pasado el proyecto.
–¿Por qué? –me pregunta incrédula–. Después de tanto trabajo, tanta gente con la que habló...
–No había dinero –le explico.
–Allá afuera el dinero siempre es un problema –dice meneando la cabeza. Y entonces medita un rato largo–. Ya no le interesamos a nadie, ¿verdad? Creo que nos han olvidado. Así mejor. Mucho mejor.
Nos quedamos de nuevo en silencio.
–¿Va a estar en el pueblo mucho tiempo? –pregunta al cabo de un rato.
–Solo hasta el sábado. Voy a dar un taller en la biblioteca. Cuando termine, regresaré a Santiago
–¿Un taller?
–De guión. A gente del pueblo.
No sé si Lutgarda me ha entendido. No creo que haya visto muchas películas, tal vez ninguna. No sé si sabe lo que es un guión.
–El guión es como la columna vertebral de una película (¿lo es?) –comienzo, pero me interrumpe, alegre:
–Como lo que hizo usted con nuestra historia...
Más o menos. O sí, eso es.
SECUENCIA I: EL JOVEN ALEMÁN
Exterior. Campo – Atardecer
Plano general. Luz naranja y rosa de ocaso sobre un enorme valle cultivado. Vemos desde lejos un grupo de campesinas trabajando en el campo.
Exterior. Bosque – Atardecer
Escuchamos una respiración agitada. Un joven se esconde entre la maleza. Suda. Jadea asustado. Solo divisamos su espalda y su nuca.
Se escuchan ladridos de perros. El muchacho comienza a correr.
Plano medio. Las campesinas son rubias y todas van vestidas igual: trajes de paño, delantales blancos, pañuelos, el cabello ordenado en trenzas. El ambiente, el ritmo de las mujeres moviéndose entre los cultivos, la luz que cae sobre el valle, el gorjeo de los pájaros, el ruido de un arroyo... todo convierte la escena en un cuadro bucólico y decimonónico.
El joven es TOBIAS, un muchacho rubio, alto y delgado. Su rostro añejado por el sol impide que adivinemos qué edad tiene. Podría tener 16 años o mucho más de 20. Evitando que lo vean las campesinas, Tobias logra alcanzar la orilla del río.
Se lanza al agua y nada rápida y desesperadamente para alcanzar la otra orilla.
Finalmente logra sortear el río. Seguimos escuchando a lo lejos el ladrido furioso de los perros.
Algunos detalles empiezan a no concordar con el ambiente decimonónico de la escena anterior: alambres de púas y cercas electrificadas...
Corte a... En el establo de una pequeña casa que parece abandonada Tobias descubre un caballo.
Tobias se interna en el bosque y continúa corriendo. A ratos duda qué dirección tomar.
Tobias logra cruzar la alambrada por un agujero estrecho y escapa por el campo.
Lo desamarra. Lo acaricia intentando tranquilizarlo, a pesar de que el más asustado y agitado es él. Duda. No sabe cómo montarlo. El caballo no está ensillado.
Tobias se decide por fin y monta el caballo a pelo. Se nota que es un jinete novato, pero se agarra con fuerza de las crines y se marcha al galope por el campo. Los ladridos de los perros se van alejando poco a poco.
Exterior. Carretera – Noche
Un camino de tierra vacío, sumido en la bruma. De la maleza surge Tobias. Sus ropas están empapadas y lleva al caballo de las riendas. Se detiene al borde del camino, decidiendo qué dirección tomar.
Nos quedamos con la imagen de la cara asustada del joven.
Exterior. Carretera – Noche
En medio del campo, oscuro y silencioso, emergen luces de camionetas que avanzan veloces por una carretera pavimentada. En off escuchamos, entre molestas interferencias, distintas órdenes en alemán que se superponen unas a otras. Hablan por walkie talkies.
De pronto, aparece una patrulla de la policía e ilumina a Tobias y al caballo con sus potentes focos.
Interior. Estación de Policía – Noche
Tobias es interrogado por un carabinero joven. “Robar caballos es un delito grave”, le dice. Tobias le asegura, en un catastrófico español, con un fuerte acento alemán, que solo lo tomó prestado, que pensaba devolverlo.
Entra el jefe de Carabineros y le pregunta a Tobias dónde están sus documentos; Tobias encoge los hombros, no tiene ningún documento que mostrar. “Además de robar un caballo, eres menor de edad y te escapaste de tu casa”, le dice. Tobias niega con la cabeza. Tengo veinte años, murmura.
Muy erguido, el joven se queda fascinado mirando la pantalla. Se ven las noticias del día. Una avalancha de barro que arrasa con un camping. El implante de un corazón artificial. La disolución del grupo The Ramones tras dar un último concierto en Los Ángeles, California. Estamos en el año 1996.
Sobre la mesa hay un periódico sensacionalista de crónica roja.
Tobias sigue sentado en el banco de la comisaría. El carabinero joven le dice que tiene que quedarse hasta que venga el dueño del caballo. A Tobias parece no importarle. El carabinero lo invita a entrar a una sala de descanso con una mesa, sillas, un par de catres y un televisor encendido.
Tobias está completamente alelado frente a la televisión: no puede disimular su asombro y su excitación.
Tobias lo toma con curiosidad. “Burro de cinco patas”, “Triple asesinato pasional”, “Encuentran un huevo de pollo completamente transparente”...
Tobias ve que el joven carabinero se queda dormido.
Interior. Estación de Policía – Amanecer
A la estación de policía llega una de las camionetas que vimos en la Escena 14. Se bajan tres hombres rubios. El jefe de Carabineros sale a recibirlos y saluda amistosamente a uno de ellos: es GERHARD, un alemán de unos cuarenta y cinco años, fornido, muy serio.
Exterior. Carretera – Día
Dejamos atrás la estación de policía. La camioneta avanza por un camino de tierra. Atravesamos un paraje idílico: la cordillera nevada al fondo, interminables filas de álamos, campos verdes, sembradíos. La incipiente primavera estalla en todos lados.
Se guarda el periódico bajo la camisa.
No escuchamos lo que hablan porque vemos la escena desde el interior, desde la sala en la que está Tobias.
Sobreimpreso entran TÍTULOS DE CRÉDITO.
Punto de vista interior camioneta: a la izquierda se ve una capilla de estilo bávaro, un bosque y un campo cercado donde corre una manada de ciervos. A la derecha, hay campos sembrados y una escuela rural en cuyo muro hay diversos animales pintados. La camioneta no se cruza con ninguna persona ni con ningún otro automóvil. Todo parece desierto.
La mujer vuelve a cerrar el portón, rezongando, malhumorada.
Paneo general: De un lado hay una pequeña gasolinera y varios galpones que parecen talleres. Del otro lado se alzan tres edificios de dos pisos que podrían ser viviendas. En el centro hay muchas flores, pasto bien cuidado, glorietas y un pomposo y anacrónico estanque con cisnes.
Llegamos a un portón custodiado por una caseta de vigilancia. Una mujer vieja y severa sale de la caseta y abre el portón metálico sin saludar. Viste igual que las campesinas de las primeras secuencias: falda larga, delantal, calcetines blancos con sandalias, pañuelo blanco en la cabeza.
La camioneta llega a una rotonda cercada por varias construcciones. Es una especie de poblado austero pero bien cuidado, con sólidos edificios de una arquitectura intemporal e indefinible.
Todas las personas que vemos desde dentro de la camioneta son rubias. Todos visten de forma extraña y antigua. Nadie saluda. Nadie habla. Apenas miran la camioneta cuando llega, todos concentrados en su trabajo.
La camioneta sigue de largo y se detiene unos metros más allá, frente a un edificio de dos plantas pintado de blanco. Es el hospital de la colonia.
...y lo lleva al interior.
Gerhard saca a Tobias de la camioneta...
Fin de los TÍTULOS DE CRÉDITO.
ARTÍCULO TRES
La corporación “Sociedad Benefactora y Educacional Dignidad” tendrá por objeto prestar ayuda a la niñez y juventud necesitadas mediante su educación física y moralmente sana dándoles instrucción moral, escolar, técnica y agrícola a fin de que puedan labrarse una vida digna. Para cumplir estos fines, la Corporación se propone (...) proporcionar a los menores un verdadero ambiente de hogar, enseñarles el respeto por la dignidad humana y prepararlos y adaptarlos para ser miembros útiles de la sociedad.-
26 de junio de 1961
Estatutos fundacionales de Colonia Dignidad
II
La habitación del hotel huele a humedad y, para mi desaliento, está completamente cubierta por una alfombra color gris ratón, manchada. Tres días, son solo tres días, me consuelo tras ponerme el pijama y meterme bajo la colcha floreada. Ahora, parte de mis ingresos proviene de dar talleres de guión cinematográfico (aunque la mayoría de los que me contrata agrega la coletilla “y televisivo”). Una amiga, muy emprendedora, de esa raza de personas que sabe sacarle partido a todo, especialmente a las becas y fondos que da el gobierno, me acogió en su equipo satélite y cada tanto me llama para contratarme. Ahora el gobierno destina más dinero a proyectos que se desarrollan fuera de la capital, en regiones, y por eso ella quiso saber si estaba dispuesta a trabajar lejos de Santiago. Encogí los hombros, me parecía bien, necesitaba el dinero y no me importaba viajar. Mi primera designación fue Parral, el pueblo vecino a la Colonia Dignidad, donde debía dictar uno de mis talleres a, supongo, estudiantes aburridos, jubilados y amas de casa con tiempo libre y ansias creativas. Hace cuatro años vine aquí por primera vez y me hospedé en una pensión humilde pero más alegre que esta. No puedo recordar dónde quedaba exactamente, creo que en las afueras del pueblo, o tal vez en otro poblado más cercano a la colonia que Parral (¿Catillo, puede ser?). Una pensión que alquilaba habitaciones a turistas. ¿Qué turista puede venir a estos pueblos? Aquella vez supuse, y hoy lo confirmo, que solo se detienen aquí unos pocos e irremediables fanáticos nerudianos. Ricardo Neftalí Reyes, a.k.a. Pablo Neruda, nació por aquí cerca. En algún muro, en alguna calle, debe haber una placa, pero no me he preocupado de buscarla.
Viajé a la colonia a principios del 2006, cuando acababa de regresar a Chile. Digo “regresar”, aunque la elección de la palabra no es del todo correcta. Nací en Chile, pero no puedo decir que regresaba; en realidad nunca había vivido en este país. Cuando tenía cuatro años mis padres se exiliaron en Venezuela y nunca más pisamos el Chile de Pinochet. Hasta principios de los 90, cuando ellos decidieron volver tras el plebiscito que reinstauró la democracia. Sin embargo, ni mis hermanos ni yo los acompañamos. Ninguno de nosotros tres guardaba relación con el país de mis padres. Ninguno de nosotros tenía ganas de ir a vivir a un país en el fin del mundo. Mi hermano pequeño se quedó en Venezuela. El mayor partió a Barcelona. Yo me fui a estudiar a Madrid, donde viví casi 15 años.
Pero tras todos esos años, intensos, felices, estaba agotada del ritmo de mi ciudad adoptiva; mucho trabajo, mucha fiesta, mucho ruido, mucha soledad y, llegado el 2005, ya muy pocas perspectivas. Por eso la propuesta de un amigo productor de convertir en guión una historia a la que yo llevaba tiempo dándole vueltas, cobró sentido de pronto. Era una manera de escapar un rato de Madrid para investigar un caso lejano, estremecedor, del que se sabía bastante poco fuera del Cono Sur. La Colonia Dignidad, esa secta de alemanes que desde hace más de medio siglo habita en un enorme predio de más de 16 mil hectáreas a los pies de la cordillera de los Andes, en el sur de Chile, a él le parecía el material perfecto para una película, un caso con todos los elementos para fabricar un gran guión. Para mí había sido un tema del que atesoraba varias carpetas en mi escritorio y que llevaba en ese entonces ya más de seis o siete años obsesionándome.
No sé dónde leí por primera vez sobre estos particulares colonos alemanes implantados en Chile en los años 60. Si acaso lo escuché en alguna conversación en casa de mis padres. O si seguí el hilo de alguna noticia en un periódico. O si apareció en una charla con amigos. Pero sí conservo una primera asociación, simple, ingenua y, también, muy nítida. Al escuchar (o leer) sobre Colonia Dignidad recordé inmediatamente la Colonia Tovar, una pequeña comunidad de alemanes que se había asentado en las montañas de Venezuela a mediados del XIX, a unos 80 kilómetros de Caracas. Íbamos con mis padres algunos fines de semana, porque era un típico paseo familiar de clase media, un saludable escape de la agobiante ciudad. A nosotros nos encantaba porque en ese trayecto que apenas duraba hora y media imaginábamos que íbamos a otro país, un país europeo. Por el camino entre montañas ascendía una neblina espesa y misteriosa y hacía cada vez más frío; allí también se cultivaban fresas y moras, frutas exóticas que no había en la ciudad.
La llegada de estos colonos fue una epopeya trágica y terrible, llena de “elementos” dignos de ser contados en una película. Mi madre, a la que siempre le gusta explicarnos la parte oculta de las historias, compró en el pequeño museo del pueblo un folleto y lo leyó en el auto de regreso a casa. En 1842 habían embarcado casi 400 colonos desde Baden, una región ubicada entre Francia y Alemania, buscando un nuevo hogar. Tentados por las tierras y promesas que ofrecían los recién estrenados gobiernos de los recién estrenados países de América, arribaron a Venezuela. Antes de llegar al puerto de La Guaira algunos se enfermaron de viruela y tuvieron que mantenerlos en cuarentena, presos en el barco que los traía a su nuevo destino. Cuando por fin lograron desembarcar, ya la mitad había muerto. Los sobrevivientes se abrieron camino por la selva a machetazos, ascendiendo sin descanso, enfrentando la feroz naturaleza tropical, hasta que por fin encontraron un lugar remotamente parecido en clima y entorno a aquellas montañas que habían dejado en su Selva Negra. Con ahínco y tozudez, convirtieron el terreno en un predio agrícola fecundo.
Ningún gobierno venezolano, a pesar de las promesas, les prestó ni la ayuda ni los suministros acordados. Construyeron sus casas solos, araron las tierras, plantaron sus huertos y se olvidaron del resto del mundo. Y Venezuela se olvidó de ellos. Hasta que décadas después, casi un siglo más tarde, a principios de los años 50, un joven colono rebelde y aventurero, cansado del estricto régimen establecido por sus mayores, se abrió paso de vuelta y rehízo el camino de sus bisabuelos. Se contactó con la embajada alemana y allí se sorprendieron de que hablara un dialecto germano del siglo anterior que ya no se usaba en ninguna parte de Alemania.
En ese momento, desde el puesto del conductor, en la oscuridad del auto, mi padre, médico, hizo su aporte científico a la historia que contaba mi madre: como los colonos vivieron aislados durante décadas, solo se habían casado y reproducido entre ellos: familiares con familiares, primos con primos, cada vez más cercanos. Producto de la endogamia, se multiplicaron las posibilidades de que la descendencia fuera afectada por alelos recesivos deletéreos y deterioros genéticos. Por eso, entre los colonos recién nacidos eran abundantes algunas anomalías, taras, defectos.
Ninguno de los hermanos en la parte de atrás del auto preguntó qué era “endogamia” o “deterioros genéticos”, pero yo me quedé con aquella palabra extraña y sonora: alelos recesivos.
Siempre nos hospedábamos en un hotelito emplazado junto a un molino de agua. Era una copia de las casas bávaras, de techo rojo, paredes encaladas cruzadas con tablones de madera oscura. Las habitaciones tenían camas y sillas primorosamente talladas y colchas tejidas a mano. Con mis hermanos salíamos a un terreno que había en la parte trasera a robar fresas. Además del placer de robar y comerlas, o de tener que usar ropa abrigada (¡suéteres! ¡gorros!) disfrutábamos merodeando por un pueblo que parecía de cuento de hadas.
Mi fascinación tenía que ver con la probable e inquietante cercanía de aquellos alelos recesivos de los que nos había hablado mi padre. ¿Qué eran, en realidad, los alelos? ¿Solo los sufrían algunos de los colonos o acaso todos los habitantes nacían con ellos, tal vez seis dedos en la mano, un dedo-pezuña en los pies, una deformidad espantosa escondida entre los pliegues de la ropa?
Yo quería ver los alelos. Y, a la vez, el riesgo de entrever seis dedos en la linda chica rubia que nos servía el desayuno en el hotel, me aterrorizaba. La Colonia Tovar era un pueblo de cuento que escondía monstruos tras las cortinas.
Un abismo de circunstancias separaba la historia de los colonos de Tovar con la Colonia Dignidad chilena. Pero a pesar de eso, no podía dejar de relacionar estos dos lugares, escondidos, herméticos, de espaldas al mundo. Y tal vez yo me interesé justamente por los colonos de Chile para seguir el rastro del monstruo. En el caso de Dignidad había muchos monstruos sueltos, muy a la vista, en la superficie. En eso tenía razón mi amigo productor cuando decía que tenía todos los ingredientes para una película. Era fácil reconocerlos con apenas leer los titulares de las (pocas) noticias que habían publicado en España sobre ella: conexiones con el nazismo, colaboracionismo con la dictadura de Pinochet, un confuso y desconocido modelo de secta, la trata de personas, oscuras redes internacionales relacionadas con el tráfico de armas y un último y todavía más, si cabe, escandaloso elemento: la pedofilia.
Aunque nunca había escrito un guión en mi vida, como llevaba tiempo leyendo sobre el tema y ya me sentía bastante confiada sobre mis conocimientos, acepté la oferta. “Lo harás bien; si ya has escrito libros, hacer un guión será un paseo”, me decía mi amigo productor. Los dos libros que había escrito eran una guía por encargo de cómo ganarse la vida escribiendo de 100 maneras distintas y una pequeña colaboración en una enciclopedia de rock latinoamericano.
Las noticias que había recopilado durante los primeros años de mi investigación, las que salieron en algunos periódicos extranjeros a principios de 1999, hablaban del descubrimiento de un subterráneo que confirmaba lo que ya muchos sabían: que la colonia había sido un centro de detención y tortura durante la dictadura. En ese momento, el líder de la secta, el Tío Paul, se encontraba prófugo, acusado de “abusos deshonestos”, un eufemismo para decir que había violado a niños colonos alemanes y también a niños chilenos que habría secuestrado. Por su parte, Pinochet estaba detenido en Londres, esperando el fallo sobre su posible extradición a España o su regreso al país.
