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Tiempo atrás, cuando los dioses eran mortales Sronoc, Dios de la fertilidad, creador de los seres vivos dejará un legado a su hijo Llonus, Dios de la tierra. Las pesadillas de un joven Siplok ayudarán a Llonus, para guiar a los habitantes del mundo a que afronten las catástrofes naturales de una profecía apocalíptica y evitar que los desconocidos ejércitos de un cruel hechicero tomen el dominio de sus tierras. ¿Podrá lograrlo? ¿Qué oscuros secretos se ocultan detrás de esta guerra?
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Seitenzahl: 269
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Jonathan Bianco
Bianco, Jonathan
Sueños de guerra: Sronoc / Jonathan Bianco. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Abrapalabra Editorial, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4999-53-5
1. Literatura Fantástica. I. Título.
CDD A863
Coordinación y producción:
Michela Baldi
Diseño, maquetado:
Abrapalabra editorial
Imagen de portada:
Patricio Marcos Seijo
Ilustraciones del interior:
Patricio Marcos Seijo y Camila Oets
Edición y revisión de texto:
Helena Gonzalez
Primera edición: diciembre 2022
Abrapalabra Editorial
Manuel Ugarte 1509, CP 1428 - Buenos Aires
E-mail: [email protected]
www.abrapalabraeditorial.com
ISBN 978-987-4999-53-5
Hecho el depósito que indica la ley 11.723
Impreso en Argentina
Las historias son criaturas salvajes. Cuando las sueltas, ¿quién sabe los desastres que pueden causar?
patrick ness monster calls. walker books, 2011
Dedicado a mi abuelo querido, donde quiera que estés.
Los humanos creemos que somos seres impredecibles, no sabemos hasta dónde puede llegar la mente de cada uno o de lo que somos capaces cuando algunas cosas cambian y nos sorprenden convirtiéndose en situaciones que nos pueden volver locos en tan solo un abrir y cerrar los ojos.
Los sentimientos son lo que predomina ante cualquier quiebre en la vida. El cambio repentino es un proceso que puede afectar lo que resta de la existencia de un individuo. Los proyectos son aquellos que se idealizan, se aspiran desde los inicios de la vida y nos acompañan en cada paso del trayecto que recorremos a lo largo del tiempo.
El ser humano no habitaba estas tierras en tiempos pasados, lo material, lo físico, lo religioso inclusive pudo haber sido olvidado a lo largo de un periodo muy extenso en la evolución de la civilización, pero algo que no se apagó jamás fue el “sentimiento”.
En la actualidad la sociedad relaciona un mundo perfecto con lo material. El ser humano piensa que la vida ideal se basa en incorporar a su rutina aquello que logra por sus propias manos. Piensan que la tecnología, el dinero, la política y la economía son elementos que siembran la felicidad. Pero lo triste es que ya no suelen considerar aquello que nos brinda el propio planeta, lo natural, lo espiritual y lo artesanal.
Sabemos que en la vida hay tanto derrotas, como triunfos. Aunque se podría decir que las derrotas son las que predominan. Pero a pesar de esto la vida continúa y los malos acontecimientos nos permiten afrontar obstáculos y aprender de ello. Lo que nos fortalece como seres humanos es lo que nos forma como individuos, los seres amados que nos rodean deben ser lo más valorado en nuestra vida, a pesar de que muchas veces son recordados con honor y gloria después de su partida.
Sueños de guerra es un apartado de las cuestiones diarias. Siempre fue un proyecto de vida: de niño pretendía poder mostrarlo al mundo y que pudiera ser reconocido. No hay que confundir el aspecto comercial y ganar dinero con lo que es narrar una historia para que sea conocida. El arte no es comparable con lo comercial, ya que esto último está hecho con el propósito de obtener ganancias.
En lo personal, lo que me importa, es que esta historia sea tomada con seriedad y que el lector pueda disfrutarla. Es una biblia personal donde se enfrentan aspectos religiosos y creencias que nunca fueron mencionadas con anterioridad. Buscará introducir al lector y poder crear un pacto donde interprete y se sienta parte de este mundo llamado Sronoc. Como orientación al lector, una cronología que le permita situarse:
Año 0 a. S (Antes de Sronoc)
Año 5950 a. S Desaparición de Cifros
Año 5950-6000 a. S Conquista de los reyes / conquistadores del sur / extinción de los Tikots
Año 6000 a. S Muere Sronoc
Año 0 d. S (Después de Sronoc)
Año 0-20 d. S Era del hechicero
Año 5 d. S Nace Cliriom
Año 20 d. S Muerte de Blockmack
Año 30 d. S Creación de mentalistas
Año 62 d. S Escape de Cliriom
Año 66 d. S Década muerta. Sueños de Guerra. En adelante los hechos que se desarrollan así como los personajes que acompañan a Llonus se mantienen en ese presente.
sronoc
año 0 a. s (antes de sronoc)
Un desierto, tierras áridas y en sequía, un viento hacía vibrar las arenas que se dispersaban por diversos sitios, el cielo se encontraba nublado en su totalidad. Viento, mucho viento que sacudía la tierra . No había signos de vida en ese sitio, nada se movía, nada hablaba, la comunicación era inútil, tierras abandonadas y perdidas en ese sitio donde predominaba el color anaranjado.
A lo lejos, allí por el horizonte, se veía agua moverse sutilmente, casi transparente como cristales líquidos que merodeaban por el lugar, como si fueran orillas de mar que andaban al ras del suelo. El único sonido era el leve susurro del viento que surgía del propio aire, una infinita e inquietante realidad convertida en soledad.
Desde la tierra se escuchó un ruido, no fue un estruendo, sino uno suave. El polvo se unía simulando así el movimiento de una mano, la silueta de un cuerpo se dibujó al unirse la tierra, las rocas a su alrededor comenzaron a transpirar y un ser pálido se apareció recostado en el suelo. Parecía encontrarse boca abajo, su figura aún no se mostraba en su totalidad, ese ser milagroso tenía unos ojos verdes esmeralda que brillaban con una delicadeza resplandeciente, un ser asustadizo, pero cuyos ojos recién transmitían una voluntad inmensa.
Era un adulto de edad indescifrable cuya mirada atónita expresaban sus ojos brillantes, un ser que renació de esas tierras. La única compañía que tenía se llamaba soledad, también estaba junto a ese desierto anaranjado que lo rodeaba. Un ser asustado y aturdido que no sabía quién era o de donde había surgido, un ser que se encontraba confundido y perdido.
Observaba el panorama desértico, pero a lo lejos vio unas rocas marrones que transpiraban gotas de agua, eso llamó su atención. Se acercó haciendo un esfuerzo descomunal y al llegar allí vio larvas que caían, resbalando, y a medida que descendían se transformaban en seres extraños, con pieles de colores oscuros y variados, verdes, azules, rosados, entre otros. Crías que tardarían en crecer, desarrollarse y madurar, no como el ser divino que nació de las propias tierras. En el trayecto de la caída la primera larva se transformó en una especie de renacuajo con apariencia humana, similar a un feto que nacía de esas rocas desconocidas. Antes de que impactara con el suelo alguien lo sostuvo, apenas con la palma de su mano el sujeto pálido con ojos verdes a pesar de tener una creciente dificultad para caminar logró sostenerlo, mientras el recién nacido iba creciendo poco a poco.
—Tranquilo —dijo el sujeto pálido mirándolo fijo. —¿De dónde has salido, pequeño?—, preguntó mientras el feto comenzaba a tomar un aspecto similar a una forma humana y se movía con lentitud. Reposando sobre la palma de esa mano blanca parecía sentirse cómodo, habitando un lugar cálido y suave como si estuviese en la confortable placenta de su madre.
—Shh—, susurró: —tranquilo—, continuó con una tonada paternal calmando al instante el llanto de esa criatura: —Shh—, susurró: me llamarás Sronoc, yo te cuidaré—, concluyó el sujeto, mientras comenzaba a aparecer en su cabeza una cicatriz, una especie de flecha que terminaba en su frente y que en la punta remarcaba una esfera de color verde oscuro parecida al tono de sus ojos. Tras advertir esa cicatriz, los ojos de ese joven recién nacido se iluminaron y posado en esos brazos que lo cubrían, se sintió parte de una misma sangre.
El Dios padre tenía un don que era provocado por la marca que tenía grabada en su frente: la esfera dentro de esa flecha, cuando se iluminaba, le provocaba visiones, predicciones con las cuales debería actuar, y que lo guiarían en su destino.
Poseía una percepción extrasensorial que lo llevaba a ver esos sucesos. El gran poder de la fertilidad era su aliado, la procreación y la evolución eran parte de su existir. Solo que el destino haría que lo descubriera con el pasar del tiempo.
Doce fueron los renacuajos que caían de las rocas, doce recién nacidos se hicieron presentes ante el Dios supremo, hijos que lo acompañarían en su camino de vida.
Eran bendecidos en una fuente de agua que permanecía allí, donde nació Sronoc. De esas aguas sagradas se alimentaban esos individuos.
Los días volvieron a esas criaturas en niños. Cada uno poseía una capacidad particular, un predominio elemental les fue cedido tras una ceremonia divina en la fuente de aguas benditas. En ellos surgieron dones magníficos, poderes destinados a controlar fragmentos del planeta y con los cuales mantener el equilibrio.
Su padre les dio el nombre de Cifros y talló sus nombres en roca, con unos garabatos que comenzarían a formar parte de un código, para luego convertirse en un lenguaje único.
Ellos eran quienes debían encargarse de regular los climas y la naturaleza, algunos podrían manejar las tierras, las aguas, los vientos y los glaciares.
La cicatriz de la flecha en la cabeza de Sronoc era lo que siempre le llamaba la atención a sus hijos, cuando la curiosidad irrumpía sus mentes y llevaban sus manos a la esfera que se encontraba dentro de esa flecha. Los niños siempre intentaban tocarle la frente con sus pequeñas manos purificadas. Dedos que tan solo querían acariciar a su padre.
—Debemos creer en nosotros mismos, si no, no habrá nadie a nuestro alrededor—, explicó Sronoc a sus hijos, mientras permanecía en cuclillas y los niños estaban parados frente a él. —Esta cicatriz es un símbolo—, continuó Sronoc—, símbolo de paz, armonía y sabiduría que debemos tener siempre en nuestros corazones.
—¿Como la llamaremos?—, quiso saber curioso Llonus, el Cifro de la tierra.
—Pequirio, flecha de Pequirio—, respondió Sronoc.
—¿Por qué?—, insistió el niño de piel verde. —¿Qué significa?
—En ella podremos encontrar el equilibrio cada vez que lo necesitemos, en esos momentos cuando estemos tristes o felices jamás debemos perder el equilibrio—, explicaba el padre, mientras los doce Cifros escuchaban con atención. —Lo vertical simboliza la solidez, lo horizontal el equilibrio, la punta triangular el desequilibrio que podemos tener emocionalmente, pero para ello está la esfera verde que simboliza la esperanza de salir adelante y afrontar las situaciones que se nos presenten—, expresó mientras sus hijos prestaban atención.
Los símbolos de las flechas de Pequirio fueron tallados y esculpidos en madera y en metales preciosos que se habían encontrado bajo tierra.
Distintas razas habían sido creadas por la fuente sagrada y por los presagios del dios Sronoc de la fertilidad. Los Cifros eran Dioses para ellos, cuya misión era acompañar a las diversas especies y guiarlas en su camino y su reproducción.
Los Cifros tierra guiaban sus linajes construyendo montañas y labrando campos para que los frutos crezcan y puedan alimentar a sus especies. Los ríos y mares eran expandidos por sus selectos Cifros, quienes brindaban pesca y agua que podían beber. Las lluvias provenían de otros Dioses elementales en espacios donde predominaba la sequía y los glaciares eran cuidados por quienes se manifestaban en hemisferios extremos, que también debían ser controlados por sus Cifros correspondientes. Otros dos fueron asignados para controlar el fuego del magma hirviendo de los volcanes furiosos provenientes del núcleo de Sronoc.
Viajaban para apoyarse y negociar, realizaban trueques entre sus enormes campos, Sronoc había dotado de distintas fuerzas fértiles a distintas tierras: en unas predominaban los frutos que crecían de mayor tamaño y sabor más dulce haciéndolos irresistibles al paladar; en otras la vegetación y ganadería, y en otros sectores maderas de Partolos provenientes de los Bosques Eternos comandados por Elfos, fuertes troncos con los cuales algunos solían edificar sus casas. Estos intercambios permitían interactuar y cooperar entre las distintas especies para una convivencia pacífica.
Los tiempos se tornaban calmos y todo era controlado por el Dios Sronoc quien habitaba en su reino llamado Explacatoma, en las tierras donde renació y construyó un gran templo donde bendecía los nacimientos de los individuos que recién respiraban el aire Sronicsta.
los desaparecidos
año 5950 a. s
Largo tiempo había pasado en las tierras Sronicstas y las raíces de los árboles genealógicos se dispersaban cada vez más por las tierras benditas. Todo Cifro estaba encargado de acompañar a la naturaleza con sus dones, pero Epistom y Quirrya, Cifros del Fuego tenían un deber aún mayor: no solo debían controlar que los volcanes de donde provenía el magma no hicieran erupción, sino que debían mantener el núcleo de Sronoc estable para que no se dispersara hacia los extremos ese accionar que podía causar cataclismos y catástrofes naturales.
Por las costas del Sudeste, donde soplaban vientos húmedos y el clima era pesado, se encontraba el reino de Aflac. Allí se criaron los hechiceros y surgió su primer individuo para luego formar una comunidad, después una legión y más tarde un reinado. Al mando se encontraba Quirrya.
Aflac era su reino principal, construido adoptando un estilo arquitectónico diferente a los demás, en el que grandes esculturas de dioses conducían a las enormes puertas talladas con madera de Partolo. En el otro hemisferio, al norte de Explacatoma, se encontraba el reino de Amtuku bajo el mando de Epistom, el otro Cifro de Fuego que trabajaba a la par de Quirrya. Él acompañaba a su especie asignada, los Brujos, quienes ejercían un enorme poder que provenía de la palma de sus manos. Estos reinos compartían una misma cultura y entre ellos se mantenía cierta relación que los llevaba a aislarse del resto de las razas, organizando reuniones y festivales para celebrar eventos propios. Solo compartían con el resto las celebraciones cuando un Cifro visitaba sus tierras.
Quirrya era consciente de que más allá de la creación divina, su especie tenía algo más que cualquier otra raza. Los Hechiceros, al igual que los Brujos, tenían un poder que ejercían y era utilizado para afrontar enfermedades y crear bienestar en la población, solo que cada hechicero emitía su poder a través de un báculo.
Sronoc solía merodear por los reinos, visitar y controlar los deberes de cada uno de sus hijos para mantenerse informado de que todo estuviera regulado a la perfección e intervenir en los problemas que se presentaran.
Miles de años pasó viajando hasta que decidió confiar en los Cifros para continuar sus días en su torre ubicada en Explacatoma. A pesar de vivir milenios y que los años lo envejecían solo un poco en apariencia, el cansancio le demandaba algo de reposo físico y mental por ello se permitió entonces relajarse y descansar y esa decisión llevó a que los Cifros tuvieran cierta libertad a la hora de gobernar a los suyos y que los reyes pudieran manejar sus políticas con sus propias determinaciones.
Quirrya tenía a su lado un joven discípulo, Blockmack era el nombre del Hechicero que la acompañaba en todos sus destinos. Él era a quien ella aconsejaba para la vida y le servía en todo lo que necesitara. La propia diosa le había designado como heredero en caso de que ella algún día dejara el trono. Quirrya era igual que sus hermanos, su propio padre e incluso los Elfos: los años no lograban envejecerla, la inmortalidad la acompañaba en la tarea de guiar a los suyos. Pero eso no significaba que no pudiera ser dañada fisicamente.
El sentimiento de Blockmack iba más allá de la religión y el amor hacia su mentora. Ese pálpito que rondaba en su corazón era una obsesión enfermiza, podría pasar días sin comer o sin dormir si ella se lo pidiera; daría hasta su alma por ella sin dudarlo. Maduraba a la par de su amada y cuanta más experiencia adquiría en la vida más obsesionado por ella se volvía.
El amanecer emitía sus primeros rayos impactando sobre las coloridas flores de los árboles. Las primeras horas acompañaban a los granjeros labrando las tierras y otros forjaban armas para caza de animales. Los artesanos unían retazos de tela al fabricar ropa y otros perforaban las tierras para extraer aguas de la profundidad y poder consumirla. La paz se notaba en el propio aire que circulaba en cada espacio, la labor de cada uno se enfocaba en ese precioso amanecer. El olor de los quesos elaborados con leche de animales era placentero al olfato. Los frutos poseían el sabor suave, dulce y refrescante para el paladar del granjero que los degustaba. Carretas circulaban por los caminos de piedra, trasladando mercadería hacia otros reinos donde intercambiaban tanto alimentos, objetos o metales preciosos como el Oro y Repririco que eran los más codiciados.
Todos sociabilizaban con libertad para trasladarse de uno a otro reino y convivir con el apoyo de sus propios dioses. Pero repentinamente aquella armonía se convirtió en incertidumbre.
El clima de inquietud se apoderó de cada rincón de Sronoc, las quemas de troncos de Partolos generaban humos para transmitirse mensajes de un reino a otro. Los Grifos mensajeros volaban de Explacatoma con bolsas en sus torsos que contenían cartas. Un fuerte rumor circulaba aunque nadie esperaba la noticia que estaba a punto de llegar a los reyes de cada raza y secciones Sronicstas. Se preparaban aquellos que les tocaba leer las cartas y a muchos otros, al intentar contarlo, un nudo en la garganta los hacía demorar en transmitir el mensaje.
Blockmack se encontraba en Aflac, sentado en los largos escalones que daban ingreso al reino, esperando alguna noticia. Quirrya había partido al anochecer, pero con la orden de que su discípulo más fiel se quedara allí. Triste y desolado se encontraba sintiendo celos en su interior. Su corazón palpitaba de angustia y sus manos temblaban, brotaba el llanto de sus ojos cristalinos. Se sentía abandonado, o pensaba que tal vez lo había cambiado por otro ser, no estaba acostumbrado a hacer nada sin ella y mucho menos a recibir la noticia que estaba por leer.
Un Grifo mensajero se dirigió a Blockmack. Quirrya había sido clara, quien debía recibir los mensajes políticos debería ser el discípulo de la diosa y sería él quien tomaría el reinado cuando ella no estuviera. El momento había llegado.
Aquella noche los Dioses Cifros desaparecieron. Once de ellos desvanecieron su presencia y solo uno quedó de pie, Llonus, el elemental de la Tierra y discípulo de Sronoc. Los demás no dejaron rastro alguno. El corazón de Blockmack estaba a punto de resquebrajarse por completo al enterarse de esa noticia. Su amada ya no se encontraba a su lado.
Algo aterraba a Sronoc que atemorizado se encontraba oculto en la torre más alta de Explacatoma. Allí se sentía más seguro, al abrigo de miradas y preguntas a las que tal vez no podría responder. Llonus era el único que lo acompañaba y permanecía a su lado, era además el único Cifro que habitaba en las tierras Sronicstas.
A partir de ese momento Llonus, que debía cumplir el deber de sus hermanos, viajó de norte a sur para acompañar y participar de las decisiones políticas que deberían tomar.
Religiones y decepciones
Generaciones habían pasado que no conocían al Dios Sronoc por estar oculto en su morada. Llonus se volvió leyenda y aquellos que desaparecieron fueron convertidos en mito. Las velas flameaban y las oraciones se dirigían a los dioses Cifros. Aunque ellos pasaron a ser santos para los suyos, el verdadero Dios se encontraba encerrado en su morada.
Flechas de Pequirio colgaban de los altares. El duelo pretendía ser eterno, las historias de hazañas y la desaparición de los Cifros se transmitieron de generación en generación y se tornó aún más valiosa la religión. Las velas iluminaban los pies de las esculturas Cifro, gladiolos verdes se depositaban a las puertas de Explacatoma para brindarle culto a su Dios Padre.
Solo una flor con pétalos rosados reposaba sobre una escultura diferente. Solo un ser no compartía ese sentimiento por los dioses Sronicstas, solo uno que le rezaba a su diosa, aunque en su interior además de angustia tenía un odio profundo por los demás, pues nadie explicó jamás qué sucedió con su amada y dónde había estado esa noche. Blockmack comenzaba a madurar y su mente cada día intentaba imaginar infinidad de situaciones que pudieron haber ocurrido entonces. Temblores y llantos lo acompañaban en la soledad y la angustia que los años no pudieron calmar y menos aún el vacío que sentía en su interior. Solo era cuestión de tiempo para darse cuenta que los años lo estaban envejeciendo y su vida se iba de a poco.
***
Los hechiceros eran grandes referentes de las tierras del Sureste y su mayor empatía era generada por Amtuku, sitio donde reinaba Asmatrel, reina de las Brujas. Ambas razas solían brindar a todo Sronoc curaciones para enfrentar virus y enfermedades que surgían, luchando también con alergias, pero no todos en estas especies pretendían el buen uso de su magia. Vivían en asociación, compartiendo cosechas, carnes, robles, hachas, realizaban trueques para obtener ganancias y acompañarse. No compartían relación con otros reinos Sronicstas y solo porque el Dios Llonus se los pedía asistían a reuniones, pero no era por interés, sino por obligación.
Blockmack, el elegido rey, apoderado de la política y asociaciones que compartía con los brujos, era hombre de pocas palabras. Respetado estratega político y gran luchador con espadas, solía refugiarse en la oscuridad del salón de su reino. La tristeza que alimentaba su soledad se convirtió en codicia con el pasar del tiempo, y acrecentaba en su interior el amor por su propia creación.
Maldijo todo aquello que ocasionó la desaparición de su diosa, aunque nunca se atrevió a decirle lo que sentía por ella.
La buscó desesperado por desiertos infernales y montes con enormes glaciares arriesgando hombres y mujeres en expediciones, pero nunca la encontró. Quirrya había desaparecido de la faz de Sronoc. El cielo no tenía noticia de ella, tampoco la tierra. Las tropas marchaban, buscaban en las orillas y profundidades de los ríos, pero no había señal de ella.
La búsqueda fue exhaustiva, los inviernos comenzaron a pasar y el tiempo se iba como el viento. Blockmack incluso tapó los espejos de su aposento para no ver su rostro avejentado.
Sus manos arrugadas lo incomodaban. Pero ya era hora de superar la tristeza y sentir atracción hacia otra mujer. En cada reunión la miraba fijo y expectante, hasta parecía haber finalizado su duelo. Esa mujer peleaba por su reino de una forma imponente y no permitía que nadie les afectase. Su mirada cambiaba cuando la veía. Ella se llamaba Asmatrel, señora reina Bruja. En ciertos aspectos tenía similitudes con Quirrya, en su forma de ser y su imponencia atrajo a Blockmack, quien sintió que era momento para acercarse y unirse a ella.
Al pasar el tiempo se fortaleció la unión de ambos reyes, enlazados por su propia cultura y religión en la que predominaba el comercio pues eran los máximos exportadores de cosechas y ganado. La paz en época de libertad y democracia unió diversas razas, pero la envidia y el odio, aunque siempre existieron, amenazó con romper ese delicado equilibrio, provocando un caos exorbitante, solo que la oscuridad se ocultó en las profundidades de la tierra. Esos sentimientos ya se habían liberado en el interior de Blockmack cuando se produjo la desaparición de los Cifros.
Barcktook
año 6000 a. s(antes de sronoc)
Aricash, un reino respetado y el de mayor magnitud de Sronoc, con ejércitos de miles de soldados Celius, guerrilleros de nacimiento y protectores de los linajes del rey Satbrok, raza que alababa a Epistek, el Dios Cifro de las lluvias.
Los Celius poseían una característica diferente: tenían venas negras que cubrían su cuerpo y contenían un poder peculiar, campos de fuerza que podían crear por un breve instante como acto de supervivencia que les brindaba su naturaleza. Solían habitar las costas de las montañas del noreste.
Cada diez años se realizaba el Barcktook, una reunión realizada en Aricash. Allí asistían el representante y rey de cada región. Solía ser un encuentro de dioses donde los Cifros se reunían junto a su padre y reyes y allí discutían y acordaban situaciones políticas. En tiempos pasados la conocida como Barcktook “reunión de Dioses y reyes”, solía ser una junta secreta, sin que habitantes de los reinos festejen como en otros eventos. Tras la desaparición de los Cifros y el encierro de Sronoc. Se seguía respetando religiosamente esa reunión a pesar de la ausencia del dios padre desde hace décadas. Ya comenzaba a ser costumbre reunirse sin él, sin embargo, esta vez algo diferente sucedió: alguien que no pensaban acudió para volver a tener contacto con las nuevas generaciones. El anfitrión y rey Celius de Aricash, Satbrok tuvo una visita inesperada del Dios supremo Sronoc. Algunos reyes lloraban, otros alababan al dios de la fertilidad, pero Blockmack no se arrodilló ante él, solo mostró respeto agachando la cabeza ante su presencia.
Una mesa larga se encontraba en la enorme terraza del reino, y los invitados se sentaron para degustar las exquisiteces servidas por asistentes del rey. Los guardias custodiaban las puertas.
El Dios Sronoc observó la increíble vista desde los aposentos de la terraza principal. Se encontraba de pie junto a la mesa con una túnica blanca que acompañaba sus ojos verdes y su barba. Apoyaba los pies sobre la tierra fría, para disfrutar la textura de otros templos de su creación.
La mirada de Sronoc percibía algo, aún no era el momento más seguro para salir de Explacatoma, sus ojos mostraban una duda profunda y un temor único. El silencio jugaba con ellos en esa situación incómoda. Se le notaba débil, avejentado y sufrido en su interior. Algo no andaba bien en él, tal vez dolores le producían molestias en su cuerpo, pero parecía que algo estaba consumiendo su inmortalidad. Con el pasar de las décadas, al visitarlo en Explacatoma, Llonus pudo notar que esas ultimas décadas lo habían dañado internamente, vivió milenios a la perfección, pero en los últimos tiempos estaba lastimando, solo que nadie sabia porqué.
La intuición del rey de Aricash supo por la mirada de su dios supremo que algo no andaba bien por lo que se levantó de su cómodo asiento y se aproximó a su Dios padre:
—Señor, ¿se encuentra bien?—, preguntó el rey de Aricash. —Si usted lo requiere suspendemos la reunión—, le dijo aproximándose al oído del Dios. —Podemos postergarla para otra ocasión—, insistió Satbrok.
—Tuvieron un largo viaje hacia estas hermosas tierras—, respondió Sronoc con voz frágil—. No los haría retornar a sus reinos en vano.
—Si, mi señor—, respondió el rey de Aricash.
Las grandes puertas se volvieron a abrir para que el Cifro Llonus se incorporara a la reunión para acompañar a su padre, respetando al dios máximo como lo hizo durante toda su larga vida. En la otra esquina se encontraba el rey Blockmack, frente a Sronoc, con expresión poco amigable. No parecía querer asistir a tan lujoso encuentro, junto a su señora la reina Asmatrel. A lo largo de la mesa se ubicaban los generales y reyes de cada raza.
Las antorchas iluminaban sus rostros con un color cálido y anaranjado. Todo rey y general yacía sentado en butacas doradas con escudos del reino Aricash y flechas de Pequirio talladas. Los vinos eran elaborados con uvas provenientes de los bosques de Aricash, la ganadería y la agricultura vitivinícola eran una característica propia de esas tierras, frutos deliciosos y abundantes satisfacían el paladar de cualquier ser.
Sronoc fue el primero en ponerse de pie. Su vejez se hacía presente en sus movimientos lentos, al igual que lentamente su túnica blanca acompañaba su piel arrugada. Entonces, levantó la mirada y con ojos brillantes, expresó:
—Lamento no poder acompañarlos en sus reinados estos últimos tiempos—, dijo, y dirigiendo la mirada al Cifro tierra, insistió, para evitar preguntas sobre sí mismo: —solo necesitaba descansar, y aquí estoy, para oírlos y resolver problemas que se presenten. Estamos aquí para hablar de los reinos, no de mi situación, y espero que eso lo respeten—. Terminaron las palabras del Dios para dar comienzo a una nueva edición del Barcktook.
La reunión llevaba horas de desarrollo para acordar que los reinos tuvieran los recursos necesarios de forma equilibrada, pero no todos se mostraron de acuerdo. Hubo más descontento que aprobación, algo que a Sronoc le sorprendió, ya que hacía milenios no se producían tantos desacuerdos.
—Brujos merodean por mis hectáreas para hurtar tierra fértil de nuestros frutos sin permiso—, dijo el rey Parlack, sacudiendo las manos para mostrar su enojo. Era intimidante su cuerpo robusto, musculoso y su piel pálida. El rey se encontraba sentado y junto a él su galera. Era apoderado del reino de Puklim al Suroeste de Sronoc. Perteneciente a los Mangrogs, una especie nacida en el sudeste de Sronoc, seres pálidos que se distinguían por dos características genéticas: algunos eran delgados, llegando al límite de lo esquelético, y otros eran demasiado robustos. Variaban sus raíces genealógicas.
Tras escuchar las quejas de los distintos reyes, Asmatrel y Blockmack se encontraban sentados como si estuvieran en sus aposentos observando con seriedad hacia abajo, como demostrando indiferencia a quienes hacían sus reclamos. Los conflictos surgieron a partir de cuando los mentores Cifro habían desaparecido. Llonus lo observaba fijamente, pero alguien interrumpió su atención, y quien lo hizo fue Legumpatra, rey elfo de los Bosques Eternos.
—El norte también padeció de acechadores.
—Lo vienen haciendo, se apoderan lentamente de tierras, cosechas, frutos que no les pertenecen—, reclamó una voz entre todos los murmullos de los integrantes. Sronoc tras ver que todos discutían y al notar que Blockmack se encontraba sentado, relajado y con la mirada baja, se levantó.
—¡Silencio!—, gritó Sronoc con la poca voz que tenía—. La reunión este día es para que confesemos los pecados y solucionemos los conflictos—, insistió. Todos callaron y respetaron las palabras del Dios padre, y de seguidas preguntó, mientras observaba al rey hechicero: —Blockmack, ¿quieres responder algo de todo esto?.
—No, mi señor, solo hechiceros vagan por otras tierras por trabajo e importaciones de alimentos—, respondió, mientras Llonus lo miraba con desconfianza. Sabía que era irónico, pero nadie contestó: —solo hemos recorrido tierras en busca de los Cifros desaparecidos, pero no hay respuesta alguna, nadie sabe qué decirnos—, insistió Blockmack mirando fijo a su Dios creador. Notaba a Sronoc desganado y sin energías esa noche, sentía que su Dios estaba exhausto, cansado de la vida y de todo lo que estaba ocurriendo.
Sronoc tomó de nuevo asiento y observó en silencio a su alrededor: la situación lo tenía saturado, su creación divina estaba revelando un lado oculto, ambicioso y soberbio. Levantó su mirada triste y bajó las manos de la mesa, en el fondo sabía que algo estaba por suceder, ya hacía tiempo lo presentía, pero no se podía evitar.
—Le otorgué a Quirrya gran parte del sureste para que no les faltasen recursos Blockmack, tanto a hechiceros como a los brujos en Amtuku, deben respetar los terrenos ajenos—, dijo Sronoc.
—Sí, pero nuestros pueblos equivalen en número a razas enteras, por eso pido más recursos, y no veo nada de malo en demandarlo ante nuestro dios—, dijo Blockmack, mientras que a su lado se encontraba Asmatrel en silencio. Llonus observaba atento.
—No te estoy pidiendo nada extraordinario Blockmack, solo digo que deberás alejarte y dejar en paz a las demás regiones. Si yo no otorgué tales cosas para todos, fue para que negocien entre ustedes. Debemos convivir en paz y compartir los recursos debidamente—, insistió Sronoc ante un terco rey. Tal vez no era su objetivo obtener más recursos, sino crear conflictos por algún motivo particular.
—Pero... Señor—, contestó Blockmack, que no pudo finalizar la oración porqué Sronoc lo interrumpió.
—Debes dejar de gobernar con esa impunidad, tienes que aferrarte a lo que te digo, un Dios siempre debe ser justo con su creación—, dijo el Dios Sronoc un poco agitado, para luego tomarse un respiro y continuar: —No puedo permitir que en ninguna otra reunión a futuro se genere discusión.
—Desconozco quienes sean aquellos que arrebatan tierras lejanas a Aflac—, respondió Blockmack.
—Ambos tenemos conciencia de que sabes quienes son, y si quieres podrías hacer que no cometan tales actos.
—Sí—, dijo el rey mirando hacia abajo. —Tal vez si lo hicieron es por algo. A mí me fue arrebatada mi diosa, ¿y usted defiende a aquellos que mencionan un simple terreno? Yo diría que se ha olvidado de su creación—, respondió Blockmack con el ceño fruncido. Sus ojos negros demostraban oscuridad absoluta.
—La ambición se ha apoderado de ti—, dijo Sronoc, sorprendido al ver la mirada penetrante del hechicero.
—¡Usted me arrebató lo que más amé en este mundo!—, gritó Blockmack, frente a todos, imponente y con las manos sobre la mesa, apretando los puños con furia, mientras observaba fijo al Dios Sronoc.
A la par del Dios supremo se encontraba el Cifro tierra que se paró mirándolo desafiante. El rey hechicero tal vez notó que se estaba excediendo y demostrando más de lo que debía delante de ellos, por eso decidió tomar asiento aunque volvió a mantener su cabeza gacha:
—Disculpe, mi señor—dijo, Blockmack con determinado arrepentimiento—, sus palabras son órdenes para mí.
Asmatrel lo miró de reojo, sabiendo que las intenciones de su marido iban más allá de simples palabras sin sentimientos que no expresaban nada. Detrás de esas frases vacías se ocultaba un corazón roto y desolado.
Al finalizar la reunión, algunos integrantes conversaban entre ellos y otros partían a sus respectivos reinos, entonces Blockmack se acercó a Sronoc con una leve mueca de arrepentimiento, reconociendo que sus actos inapropiados eran inútiles ante la situación.
—Mi señor, ¿podremos hablar en privado?—, dijo el hechicero con su cabeza gacha mostrando una tristeza absoluta.
—Claro que sí.
Ambos ingresaron por una puerta a una terraza oscura, que permitía una visión panorámica de la gran naturaleza del mundo Sronicsta, un enorme bosque que conquistaba hectáreas enormes bajo un cielo estrellado y una luna que iluminaba con todo su esplendor. Antes de cruzar la puerta Sronoc miró a su discípulo.
—Quédate aquí—, le ordenó el Dios supremo al Cifro.
