Susurros en mi laberinto - Sonia Kohler - E-Book

Susurros en mi laberinto E-Book

Sonia Kohler

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Beschreibung

Volver crónica lo observado, lo recorrido, lo reflexionado y, ¿por qué no?, lo imaginado, aquello que cruzó de modo inevitable por el alma, apretó el corazón y estiró la piel. En sus palabras evocadoras cabe todo lo que ella, Sonia Kohler, empuja para que permanezca en aquel lugar, latiendo, al acecho. Pero, ¿cuál es aquel lugar, qué espacio ocupa, cabe dónde? Vibra escondido entre los ojos y las hojas, pupilas adheridas al papel, páginas que vuelan, ascienden y tiemblan. Sonia se desdobla y envía una bella carta a sí misma, a su alter ego, y también a sus alumnos. ¿Qué resta si toda ya suma? Caminar, observar y anotar, seguir la senda y dejar más huellas sobre papeles.

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Seitenzahl: 152

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Susurros en mi laberintoRelatos y reflexionesAutora: Sonia [email protected] Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz. Primera edición: febrero, 2025.

Prohibida su reproducción total o parcial.

Derechos reservados.

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. ISBN: Nº 9789563387902 eISBN: Nº 9789563387919

A mis queridos hijos y nietos. A mi compañero de tantos años. A mi amiga Verónica, siempre presente en las buenas y en las malas.  A Maruja y Hernán, amigos de toda una vida.

REFLEXIONES

Carta de la niña que fui

En uno de esos días en que las horas parecían prolongarse más allá de lo necesario, la niña que habitaba en el cuerpo ya envejecido de la anciana intentó arrancarla de su aburrimiento, y, tomando el control del momento, decidió escribirle una carta en que le contaría aquello que tantas veces intentó susurrarle al oído, pero que la anciana no había querido escuchar, incluso años atrás en que todavía era joven y llena de vitalidad.

La niña fue en busca de uno de los cuadernos donde escribía todo aquello que la impactaba o la hacía pensar detenidamente y, muchas veces, retroceder en el tiempo. Tuvo la opción de usar una nueva herramienta: la computadora, pero algo la detuvo. En ese instante era la niña, y como tal, habitaba dentro de una burbuja de tiempo pasado en donde la tecnología no hacía acto de presencia.

Frente a la página en blanco, y un lapicero, se dispuso a escribir y volcar aquello que tanto había intentado hacer entender a su versión mayor.

Querida Antonia:

Primero, debes saber que yo soy aquella niña que está alojada dentro de ti, siempre ha estado presente observándote a través de todos estos años y nunca te ha abandonado, aunque muchas veces me has ignorado y has hecho oídos sordos a mis palabras.

No tengo la costumbre de renunciar fácilmente cuando tengo un propósito que cumplir, en especial cuando mi meta es hacerte ver ciertos aspectos que se han desarrollado en ti o comportamientos tuyos que no has sabido apreciar.

Quiero que te recuerdes cuando eras una niña, acarreando contigo una tristeza que no podías explicar. Te brotaba sin razones, o, mejor dicho, no tenías en esa época la capacidad para explicarla. Una niña no tiene las herramientas necesarias para entender emociones y el porqué de ellas.

Yo trataré de abrirte el camino a la claridad y a la luz, después de todo, nada sucede porque sí. No fue tan difícil darme cuenta con el correr del tiempo que la falta de padre, y el tener una madre no exactamente equilibrada emocionalmente, eran las causas de ese sentimiento innato de soledad y tristeza. La figura de padre con la que creciste, me refiero a tu padrastro, en absoluto podría decirse que contribuyó a una infancia feliz en tu vida. Ya han pasado muchos años de aquello y creo que he sido para ti la mejor sicóloga. Te he ayudado a salir adelante superando aquellos traumas de tu infancia, o, mejor dicho, de nuestra infancia.

Te he inoculado con una infusión de alegría, de superación y valor para cruzar y saltar barreras difíciles, de las cuales tuviste una buena dosis. Me he dado cuenta de que últimamente no les das la importancia de antaño, lo que te ha ayudado a estar más presente en tu nueva realidad.

Te susurré al oído, muchas veces, que nada perdura por mucho tiempo. Creo que al fin has logrado entenderlo con tus vísceras más que con tu mente y te recalqué una y otra vez que jamás permitieras que nadie te vuelva a herir. Si el impulso de llorar te agobia, pues déjalo que acuda a ti, con la condición de que no sea por muy largo tiempo. Nadie tiene ya el poder ni el derecho de hacer tu vida miserable.

¿Recuerdas años atrás cuando vimos la película Lo que el viento se llevó? Trata de traer a tu mente aquella escena en que la protagonista, Scarlett, alza la mano al cielo, agarrando de la tierra un puñado de raíces, jurando que nunca más volvería a pasar hambre. Esa escena quedó grabada en mi conciencia y la traje a tu mente una innumerable cantidad de veces, susurrándote, como la heroína de la película, que nunca nadie más te podrá herir, que nunca más lo permitieras.

Sin darte cuenta me has escuchado, has sido una buena alumna, has seguido mis insinuaciones y consejos, a veces algo confusos y sutiles, pero ahí han estado.

Quiero, a través de esta carta, asegurarte que nunca te abandonaré. Sé que ya no me necesitas, pero estoy para ti, siempre. Pensándolo con más detención, es prácticamente imposible separarme de ti. Tú y yo somos una, nos separa la distancia creada por el tiempo, que en la mente humana pareciera muy larga.

Tú y yo nos dedicamos ahora a pulir y suavizar algunas asperezas que todavía nos quedan. Es normal, no te abrumes por eso, no existe la perfección. No te lo he dicho nunca, pero ya es hora de que lo sepas: Estoy orgullosa de ti. Has logrado tanto por tus propios medios, a pulso como se dice. Tu vida de adulta ha sido como subir y bajar cerros escarpados. Eso te ha hecho una persona autosuficiente y además has desarrollado una gran capacidad de entregar sin esperar.

Esta entrega sin espera es una lección muy difícil y para poder llegar a aprenderla, se necesita sufrirla y lograr vencer muchas desilusiones y desencantos. Tal vez tú y yo nunca dominaremos este arte de no esperar nada de nadie. Al fin y al cabo, es un comportamiento humano. Aun así, me siento contenta de notar que has avanzado bastante.

Creo también que al fin has estado aprendiendo a quererte, entiendo el porqué. Creer en el amor no ha sido fácil para ti cuando no lo has tenido en el momento más crucial, los primeros años de vida. De eso me acuerdo muy bien y mejor que tú, pero no estoy aquí para recordártelo. Me atrevo a decir que yo, la niña, lo ha superado y sin duda te lo he hecho saber. No fue sencillo, tomó años de años, pero ya, y al fin, estamos de acuerdo que el pasado no se puede borrar, lo podemos encerrar dentro de una muralla muy alta y segura para que no se nos escape y nos arruine nuestro presente.

Esta idea tuya de que nadie te quiere tiene su raíz en nuestros primeros años de vida. Tiempo atrás escuché a alguien decir que es difícil que alguien nos ame de la manera que quisiéramos ser amados. Estas palabras las mastiqué y digerí con calma y les encontré un gran sentido. Me llevaron a pensar que no es verdad que nadie te ha querido. Te han querido a la manera y capacidad que han podido, Es posible que no lo apreciaras, que no lo sintieras, pero puedo asegurarte que has sido amada. Además, las gentes entregan de acuerdo con lo que tienen, muchos no tienen tanto como uno cree.

Esa desconfianza que nació en tu niñez te ha llevado a conclusiones equivocadas a veces, aunque muy entendibles. Quiero traerte a la memoria alguien cuyo amor te hizo sentir amada por primera vez en tu vida. Fue una bella experiencia que a veces no todos han tenido la fortuna de vivirla, entonces, considérate afortunada.

Tú y yo crecimos en un ambiente oscuro y veo que te sientes segura de ti misma, de lo que has logrado. Ya no temes expresar tus opiniones, volcar tus dudas e incertidumbres, todos las tenemos. Te mueves dentro de una cultura que no es la tuya, tal vez porque me he dado cuenta de que no sientes que perteneces a ningún grupo, no tienes una tribu. Esto tiene un pro y un contra, y en tu caso, sintiendo esa falta de pertenencia, has aprendido a navegar en aguas desconocidas, sin ahogarte. Ese desapego innato tuyo te dio la capacidad de escuchar y callar, de entender lo inentendible, de reconocer el intelecto avanzado de tus alumnos, abriéndoles las puertas a un futuro prometedor.

Una cualidad que me gusta de ti es que eres una persona que ha aprendido a escuchar a los demás con el corazón y les entregas tu tiempo, ya que el escuchar lo requiere. Has sido también un guardián de secretos que te hicieron más pesada la caminata.

Has tenido una gran dosis de determinación, disciplina y honestidad y has aprendido a perdonar, dando vuelta páginas y ofreciendo nuevas oportunidades a aquellos que te hirieron.

Querida mía: el propósito de estas palabras ha sido el que veas la otra cara de ti, aquella que con los años puliste, sin darte cuenta por la mala costumbre tuya de llenarte de culpas y remordimientos.

Aún tienes mucho camino, proyectos silenciosos, pero no por eso imposibles. Hay en tu interior una vitalidad de espíritu y energía digna de admirar.

Con estas líneas me despido, pero bien lo sabes, habito dentro de ti, nunca te abandonaré y te quiero más de lo que imaginas.

Hermanos

Cada vez que alguien le preguntaba a Ema si tenía hermanos, su primera intención era un titubeo antes de responder. Fácilmente podría decir sí, como también podría haber dicho no. Ambas respuestas le parecían correctas, todo dependía de su estado de ánimo en el momento.

La mayoría de las veces la respuesta era afirmativa, aunque el fondo de su ser le gritara que no. La verdad es que Ema tenía varios hermanos, pero del matrimonio de sus padres ella fue la única hija. El matrimonio fue de corta duración por lo que optaron por caminos opuestos, formando nuevas familias.

Desde hace ya varios años que se había decidido por negar a todos aquellos hermanos, por arrancarlos de su vida, aceptando de una vez por todas que era la mejor solución. Por fortuna, a la gente no le sobraba curiosidad para hacer preguntas personales, menos aún a aquellas personas que estaban en la etapa final del camino. Tal resolución era producto de un constante escrutinio de sus vivencias pasadas, combinándolo con sacar el mejor partido de su presente.

A pesar de esa multitud genética, en la práctica todos esos hermanos eran en gran medida desconocidos para ella. La falta de convivencia había hecho más bien imposible la creación de lazos afectivos, a pesar del vínculo sanguíneo que la unía a ellos. Al parecer la sangre no tira tanto como muchos piensan y un apellido no construye una familia, había finalmente decidido Ema. Muchas veces se preguntó si echaba de menos el no tenerlos. Más bien estaba haciendo lo posible por continuar su viaje por la vida de la manera más liviana posible.

Para la mayoría de las gentes, el tener hermanos era una experiencia grata y satisfactoria que comenzaba en la infancia, en donde se aprendía a compartir los juegos y aquellos momentos de tristeza o alegría que aparecían en medio de las rutinas del diario vivir. “El tener a alguien que se asemeje físicamente o en gestos, es como tener un tesoro escondido.” Esos pensamientos se cruzaban por la mente de Ema periódicamente, a pesar de hacer un esfuerzo por mantenerlos alejados.

Ella no había experimentado nada de eso. Sus gozos y pesadumbres los mantuvo encerrados sin saber qué hacer con ellos, dándole al mismo tiempo la fortaleza para lidiar con los obstáculos que la vida le puso en el camino. Aprendió a ser su mejor consejera, no pidió consejos o recurrió a segundas opiniones. Asumió sus errores tomándolos como lecciones que la vida le colocó por delante.

La escritura fue la mejor arma que la ayudó en sus momentos de soledad, volcando en el papel deseos frustrados o momentos de dudas al tener que tomar decisiones. Los libros fueron sus mejores amigos en sus años de infancia y adolescencia y ahora que empezaba un nuevo capítulo en su vida, seguían siendo no solo amigos sino también sus terapeutas, su mejor manera de huir de momentos ásperos.

Tuvo la suerte de tener buenas amigas, pero siempre prevalecía en ella la tendencia a la soledad y a la melancolía. Con el correr del tiempo, aprendió a romper las barreras originadas en su infancia. Logró entender que las relaciones humanas se basaban en un dar y un entregar constantes. Aprendió a sociabilizar, lo más básico y normal de todo ser humano.

Tuvo momentos a lo largo de su vida, en que un cierto matiz de envidia la invadía cuando sus amigas hablaban de instantes compartidos con familia y hermanos. Cuando eso sucedía, recurría a escuchar, afortunadamente, esa emoción negativa no le duraba mucho tiempo. Había otros momentos en que se enteraba de las quejas y conflictos que esas relaciones generaban, y cuando eso sucedía, sentía un cierto alivio.

Cada acto tiene dos versiones, pensaba.

En varias ocasiones, sus amigas le trataron de hacer entender que las relaciones entre hermanos no necesariamente eran lo que ella imaginaba. Las había idealizado. A medida que la red de la vida los envolvía, muchas veces los hermanos se iban alejando, construyendo sus propias familias y optando por diferentes panoramas opuestos a los de la familia original. Era fácil crearse fantasías, al final, Ema había optado por entenderlo.

Otro aspecto que había llegado a observar con respecto al hecho de no tener familia era, que, en la lista de prioridades de sus amigas, ella siempre estaría al final, aunque la estimaran profundamente. Píldora no fácil de tragar, pero comprensible. La familia era siempre el pilar número uno de la sociedad. El destino le había jugado una mala pasada, así de simple.

Se había olvidado de otro detalle importante que contribuía también a su sentimiento de soledad. El hecho de haber emigrado a un país extranjero, ya adulta, implicaba el haber dejado atrás a sus amigas de la infancia, quienes habían reemplazado su falta de hermanos. El hacer nuevas amistades no era tan sencillo, aunque tampoco algo imposible. Había cultivado una cantidad suficiente de sabiduría y sentido común, vencer desafíos era una práctica necesaria para acabar con ilusiones y quimeras.

Recapitulando los pros y contras con respecto a su situación familiar, se dio cuenta de que así había sido y probablemente así sería siempre. Había aprendido a vivir en comunión con su destino y aprender a manejarlo era un reto constante. Para Ema los desafíos le daban significado a su existencia, eran, de acuerdo con ella y después de todo, la sal y la pimienta de la vida.

La escalera

La escalera estaba hecha de madera. Sus peldaños grises, gastados por el tiempo y el uso, invitaban a las gentes al reino de los libros. Nadie sabe cuántas personas subieron por ella en busca del hechizo de la lectura o escapando de las realidades de sus vidas.

Ella, era una de esas personas.

Un día invernal, siendo una estudiante, Eva descubrió que esos peldaños la conducían a la única biblioteca de la ciudad. Estaba ubicada en la calle principal del centro de esa remota comarca, en un país apartado en donde el continente llegaba a su fin. Algunos copos de nieve, no muy seguros de sí mismos, habían empezado a caer.

La adolescente no supo cómo sus pasos la llevaron a la entrada de la biblioteca. Tenía la costumbre de enredarse en quimeras y sueños que la arrancaban de la realidad, especialmente cuando tenía que hacer mandados para su madre. Sus ojos de pronto se habían detenido frente a una placa de bronce: “Biblioteca Pública”.

Cuando Eva vio esas palabras grabadas en el rectángulo de metal, notó que su corazón latía más rápido que lo usual. Esa biblioteca era la respuesta a sus sueños, a su necesidad imperiosa de leer. Su escuela contaba con una colección de libros bastante reducida y sus padres no disponían de un presupuesto mensual para tales lujos como el hábito de leer.

Aquella puerta la invitaba a subir los escalones ya gastados por los años. Cada peldaño parecía darle la bienvenida a su naciente adicción a la lectura que se prolongaría por el resto de su vida. Al fin tenía la oportunidad de leer gratis, como dejar atrás, por breves momentos, el escenario oscuro y disfuncional que su corta vida le había asignado.

Desde entonces, Eva tomó la costumbre de pasar muchas tardes invernales en aquel lugar. Después de dar vueltas alrededor de los estantes de madera pintados de gris, hojear libros en busca de una nueva aventura, una nueva historia de amor o la biografía de algún personaje interesante, Eva se sentaba en uno de los bancos de madera y tras disfrutar del ambiente cálido de la biblioteca, se encaminaba rumbo a casa haciendo frente al frío constante y al mundo paralelo que el libro le ofrecía.

Ocasionalmente, sus ojos abandonaban las páginas del libro frente a ella, para contemplar a través de la ventana los copos de nieve caer, daban la impresión de estar suspendidos en el aire. Esa escena la embargaba de una calma y una tranquilidad en donde todo estaba bien, todo estaba en orden y todo era como debía ser. Volviendo a su realidad, sentía una tibieza estimulante que la envolvía de una nueva energía y de pensamientos que inspiraban optimismo y esperanzas. Había encontrado el antídoto adecuado que contrarrestaba los efectos tóxicos de su existencia.

Eva no sabía lo que el futuro le depararía, pero estaba convencida de que el descubrir aquellos peldaños de madera gris y gastada, y entremezclarse con el mundo de la literatura, un día de invierno cualquiera la llevaría a las puertas de otro mundo.

Llegó a la plena convicción de que nunca olvidaría la escalera que le permitió subir para encontrarse con mundos desconocidos y enseñanzas que cambiarían el rumbo de su vida.

Los libros terminarían siendo los curanderos de sus traumas, y sus mejores y más fieles amigos.

El idioma de los sentidos