Te espero en algún lugar - TE Carter - E-Book

Te espero en algún lugar E-Book

TE Carter

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Beschreibung

Una novela dolorosamente hermosa que profundiza en los problemas que rodean la violación y el tratamiento de las víctimas de agresión sexual.    Ellie Frías se desvaneció mucho antes de desaparecer.   Atormentada durante toda la escuela, Ellie comienza su primer año con una nueva mirada: no necesita ser popular; solo necesita mezclarse con el fondo de pantalla. Pero cuando lo impensable sucede, Ellie se encuentra atrapada después de un brutal asalto. Ella no fue la primera víctima, y ahora lo ve suceder una y otra vez. Ella trata de aferrarse a sus recuerdos más felices para poder pasar los días fríos, esperando que alguien la encuentre. El problema es que nadie busca a una chica que nunca notaron. Este estremecedor y visceral debut de TE Carter no solo refuta y desmantela la cultura de la violación, sino que también nos recuerda lo que es ser humano.

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Seitenzahl: 415

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Índice de contenido

Portadilla

Parte uno

capítulo uno

capítulo dos

capítulo tres

capítulo cuatro

capítulo cinco

capítulo seis

capítulo siete

capítulo ocho

capítulo nueve

capítulo diez

capítulo once

capítulo doce

capítulo trece

capítulo catorce

capítulo quince

capítulo dieciséis

capítulo diecisiete

capítulo dieciocho

capítulo diecinueve

capítulo veinte

capítulo veintiuno

capítulo veintidós

Parte dos

capítulo veintitrés

capítulo veinticuatro

capítulo veinticinco

capítulo veintiséis

capítulo veintisiete

capítulo veintiocho

capítulo veintinueve

capítulo treinta

capítulo treinta y uno

capítulo treinta y dos

capítulo treinta y tres

capítulo treinta y cuatro

capítulo treinta y cinco

capítulo treinta y seis

capítulo treinta y siete

capítulo treinta y ocho

capítulo treinta y nueve

capítulo cuarenta

capítulo cuarenta y uno

capítulo cuarenta y dos

capítulo cuarenta y tres

capítulo cuarenta y cuatro

capítulo cuarenta y cinco

capítulo cuarenta y seis

capítulo cuarenta y siete

capítulo cuarenta y ocho

capítulo cuarenta y nueve

capítulo cincuenta

capítulo cincuenta y uno

capítulo cincuenta y dos

Nota de la autora

Agradecimientos

Te espero en algún lugar

TE Carter

TE ESPERO EN ALGÚN LUGAR

Carter, T.E.

Te espero en algún lugar / T.E. Carter. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Del Nuevo Extremo, 2018.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga

Traducción de: Laura Cariola.

ISBN 978-987-609-736-9

1. Narrativa Juvenil Estadounidense. I. Cariola, Laura, trad. II. Título.

CDD 813

© 2018, TE Carter

© 2018 Rich Deas (Arte de cubierta)

© 2018 by T.E. Carter. Derechos de traducción organizados por Taryn Fagerness Agency y Sandra Bruna Agencia Literaria, SL Todos los derechos reservados.

© 2018, Editorial Del Nuevo Extremo S.A.

A. J. Carranza 1852 (C1414 COV) Buenos Aires Argentina

Tel / Fax (54 11) 4773-3228

e-mail: [email protected]

www.delnuevoextremo.com

Título en inglés: I stop somewhere

Imagen editorial: Marta Cánovas

Traducción: Laura Cariola

Corrección: Mónica Piacentini

Arte de cubierta: Rich Deas

Diseño de tapa: @WOLFCODE

Diseño interior: Dumas Bookmakers

Primera edición en formato digital: agosto de 2018

ISBN 978-987-609-736-9

Digitalización: Proyecto451

Reservados todos los derechos.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

PARA LAS CHICAS QUE SOBREVIVEN,

PARA LAS CHICAS QUE SE ENCUENTRAN DEMASIADO TARDE,

PARA LAS CHICAS QUE NUNCA SON ENCONTRADAS...

USTEDES SON HERMOSAS.

USTEDES SON AMADAS.

USTEDES SON CREÍDAS.

I bequeath myself to the dirt to grow from

the grass I love,

If you want me again look for me under your

boot-soles.

You will hardly know who I am or what I mean . . .

Failing to fetch me at first keep encouraged,

Missing me one place search another,

I stop somewhere waiting for you.

—Walt Whitman, “Song of Myself”

Me lego a la tierra para crecer desde la hierba

que amo.

Si me quieres de nuevo, búscame bajo la suela

de tus zapatos.

Apenas sabrás quién soy, o cuál es mi sentido.…

Si al principio no logras alcanzarme, no te desalientes,

Si no me encuentras en un lugar, búscame en otro,

En algún sitio me detengo, esperando por ti.

Walt Whitman, “Canto a mí mismo».

A las casas las llaman “zombis”, y el pueblo está lleno de ellas. Son lugares vacíos donde antes vivía gente, donde había recuerdos, hasta que sucedió la vida y todas sus partes rotas.

Casas atrapadas entre los vivos y los muertos. La gente no las puede pagar, y los bancos no las quieren. Entonces, se pudren, se convierten en algo horrible. Parece que hubiera cientos de ellas en Hollow Oaks, aunque puede que sea imposible. Y en los pueblos de más allá hay más, incluso.

Tantos lugares donde puede desaparecer una chica.

Supongo que es un lugar adecuado para una chica como yo. Yo desaparecí antes de desaparecer de verdad. Y ahora estoy atrapada aquí. Olvidada.

Todo el pueblo está lleno de fantasmas.

PARTE UNO

capítulo uno

Ella entró con sus flamantes zapatillas nuevas. Feliz. No la conozco, pero la he visto en la escuela.

Creo que se llama Rebecca. O tal vez Rachel. Era algo con R. Era de primero. Un año menos que yo. Tal vez sigue estando en primero. No sé cuánto tiempo pasó; no sé cuánto hace que estoy aquí.

—Por favor —suplica, pero él no deja de lastimarla. Nunca se termina.

Ojalá me sintiera peor por ella. Casi desearía sentirlo como lo sentía antes. Sentir su miedo junto con ella, pero ya no puedo. No me puedo permitir sentirlo.

Desde la noche que llegué aquí, hubo ocho chicas. En esta habitación. Este lugar olvidado para chicas olvidadas.

La habitación es una caja. Las paredes no tienen nada. No tiene afiches ni fotos; ni siquiera una corona de mal gusto. Nada que la haga más que una habitación. Las paredes están ahí solo para delimitar el espacio. Beige, aburridas, rotas. Los agujeros llegaron después. Con el daño que llena la habitación.

—Por favor —dice la chica de nuevo.

Tiene un chicle en la zapatilla. Eso es lo que miro, porque, de otro modo, lo tengo que mirar a él. Su sonrisa conocida y confusa.

El chicle está en la zapatilla izquierda. Son nuevísimas, parece que acaban de salir de la caja, pero a las suelas no les importa. Tienen un pedazo gigante de chicle embadurnado. Si ella se hubiera dado cuenta, se habría sentido muy mal. Quiero decir, antes. No creo que el chicle sea prioritario en este momento. De todas formas, me molesta. La forma en que llegó a sus zapatillas nuevas. La forma en que tomó algo bueno, algo hermoso, y, de a poco, lo arruinó, sin que ella se enterara. Odio que estas cosas que no se ven nos dañen en secreto.

Era rosa, pero ahora es casi todo mugre, por andar en la suela de la zapatilla. Pero en las hendijas, en las partes a donde no llegó la suciedad, el rosa todavía se asoma. Ansío verlo. Lo deseo, porque me tengo que concentrar en el chicle.

—Por favor.

Es tan linda. Por supuesto que lo es. Todas son lindas. Supongo que debería sentirme halagada por ser una de ellas. Quiere decir que yo también soy linda. Yo pensaba que eso era lo único que quería. Ser parte de algo. Ser especial.

No me siento linda. Tampoco me siento especial. No siento muchas cosas.

Sigue mirando el chicle.

No quiero levantar la mirada. No quiero que mis ojos viajen hacia la parte superior de sus zapatillas, hacia las medias azules y blancas, hacia sus piernas pálidas. No quiero verlo. Ya lo vi tantas veces.

No puedo permitirme mirarlo a él. No quiero recordar cómo se sentían sus manos. Todo lo que me dijo. La forma en que me tocó. La misma forma en que la está tocando a ella. Esa invasión de algo a lo que no sabes cómo aferrarte. Me obligo a olvidarme de esas cosas.

Solo piensa en el chicle.

Entonces, en cambio, trato de acordarme del chicle. Recuerdo cómo era, aunque no pueda saborearlo. Recuerdo el primer día de clase. Cómo lo llevábamos, como si fuera un arma. Entrábamos en clase, desafiábamos a los maestros con la conciencia de que lo teníamos encima. Nos debe haber llevado un día hasta que nos dimos cuenta de que a los maestros no les importaba. ¿Por qué habría de importarles? Solo era chicle.

Pero, de vez en cuando, alguno de ellos se lamentaba por el residuo pegado bajo una silla al darla vuelta, cuando devolvían al aula ese estado nocturno de la espera.

Extraño la pequeñez de todo eso. El modo en que pensamos cuando el mundo todavía tiene sentido y gira solo para nosotros. Cuando el chicle no es nada más que chicle. Cuando no se aferra a las zapatillas de una chica que llora.

Por Dios, necesito que deje de llorar.

—¿Por qué me haces esto? —pregunta ella.

Él no responde. Él es un estereotipo. Busca a las jóvenes, a las lindas.

A las débiles.

Entonces, era eso, ¿no? Él piensa que somos todas débiles.

Él le quita las zapatillas y ya no queda nada para mirar fijo. Nada más que él. Con ella. Hoy tiene las manos limpias, pero esa noche estaban tan sucias. Ni siquiera se había molestado en lavarse las manos por mí.

Ahora que no está el chicle, que no hay nada para distraerme, cierro los ojos y hago de cuenta de que no sé lo que hace. Mientras ella llora, yo la ignoro. Trato de no oír. Trato de no recordar cómo reía él. Trato de no sentir cómo la alfombra me raspaba la piel. Pienso en la gente que vivía aquí antes. Dejaron muebles, cajas. Casi todo lo que los hacía una familia. Todas las cosas que hacían de esto un hogar. Cuando se fueron, tal vez pensaron que vendría alguien más. Que alguien haría de esta casa una parte de su vida. Tal vez existiría como lo hicieron ellos. No creo que se hayan imaginado esto.

¿Habría cambiado algo si lo hubiesen sabido? Ya he visto cómo se van algunos de ellos. Unos desconocidos los obligan a elegir las cosas que quieren conservar. Qué rescatar. Qué partes del hogar no están vinculadas a esa sensación de pertenencia.

—Me estás lastimando —se queja la chica, y me interrumpe el hilo de pensamiento.

Cállate, pienso, mientras sueño con los fantasmas. Los que estaban en este lugar hasta que quedó olvidado. Me pregunto si tenían hijos.

Seguro que lloraron cuando se fueron. No por los mismos motivos por los que llora Rebecca/Rachel. Lloraron porque era su hogar. Claro, tal vez había otra casa en alguna parte, pero una casa no es un hogar. Una casa tiene paredes, habitaciones y un techo. El hogar es ese ruido molesto que hacen las cañerías en invierno cuando te levantas y te cepillas los dientes antes de ir a la escuela. El ruido que extrañas cuando duermes en otro lugar. El hogar es saber con exactitud dónde está el cesto de la basura.

Una vez, hace ya varios años, miraba a la gente de enfrente; habían perdido la batalla que querían ganar, fuera cual fuera. Estábamos parados en el jardín delantero, como el resto de los vecinos. Nos sentimos impotentes cuando el personal de la comisaría los arrastró fuera de la casa. Cambiaron la cerradura delante de ellos. Los separaron de todo lo que eran. Porque el banco dijo que se habían quedado sin tiempo.

Cuando era más chica, no lo entendía. Era triste y me molestaba, pero no lo sentía como lo siento ahora. Al ver en lo que se convierte el hogar de alguien. Lo que rescataban los bancos. Esta habitación es lo que crearon.

Hollow Oaks, Nueva York, es un pueblo imposible. Es imposible que la gente pueda quedarse aquí, del mismo modo que es imposible que alguien me encuentre.

Ojalá pudiera recordar cuándo llegué a esta habitación. Me acuerdo del chicle, pero no del tiempo. No sé cuántos días, semanas o años pasaron. No sé cuánto hace que se fueron los dueños de este lugar. No sé cuánto hace que estoy aquí, ni cuánto tiempo pasará hasta que recuerden que desaparecí.

Pero sí me acuerdo de antes. Detalles y recuerdos vívidos de las cosas más diminutas. Chicle. El aroma de los pétalos de rosas. La sensación de meterse en la cama con las sábanas recién lavadas. Pero no puedo recordar cuánto tiempo pasó. Solo me acuerdo de después. Un estado permanente de después.

—No —dice la chica.

Solo quiero que se calle. No quiero estar aquí, pero parece que no me puedo ir. Solo puedo retraerme a lo que era antes.

Tiene que haber un final para todo esto. Tiene que haber una cantidad limitada de chicas. Tiene que haber un límite en la cantidad de veces que puedo escuchar la palabra “no”.

Tiene que haber un límite en la cantidad de veces que puede pasar esto.

capítulo dos

Está esa canción de cuna. ¿La conocen? Esa sobre cómo se hace una chica. Somos azúcar, flores y muchos colores, pero eso parece una receta de fantasía. No parece algo que compone a una persona.

Yo quería ser linda. Creo que eso es parte de cómo se hace una chica. Esa necesidad inherente de ser linda. Ser linda es importante. Ser linda está bien. Las chicas lindas son agradables.

Ser linda da poder.

Yo creía que no era linda. Pensaba que por eso la gente me odiaba. El último tiempo de la primaria fue horrible. Crecí demasiado rápido. Iba al baño, fuera del aula de quinto grado, y lloraba, porque los chicos pensaban que era gracioso tirarme del sostén. Las chicas decían que era una puta porque no podía evitar seguir creciendo.

Se pasaban un libro. Enumeraban las características que definían a cada chica. Algunas eran lindas. Algunas no, pero eran graciosas. Yo no era ninguna de esas cosas. Yo era una zorra. Yo era pobre. Yo era sucia.

Tenía apenas once años. No quería que esas palabras me definieran. No duró para siempre. Habrá sido un año. Con el tiempo, las otras chicas también tuvieron busto, y yo fui una más del montón. Pero nunca me pidieron disculpas. Nunca me aceptaron. Yo seguía estando en los márgenes del mundo, pero, con el tiempo, no fue constante. Era algún comentario de vez en cuando. Pero yo no me podía olvidar de las cosas que me habían dicho. Aunque hubieran dejado de decirlas, yo sabía que, alguna vez, pensaron eso de mí; entonces, en algún punto, debe haber sido cierto. Eso me situaba fuera de ellas, aunque parecía que ellas habían pasado a otras cosas.

Yo no sé si habría sido distinto si mi mamá hubiera estado presente. Quedo solo mi papá porque ella se fue poco después de que yo naciera. Probó el título de Madre, pero no logró yuxtaponerlo con el de Sierra; así que me quedé sin madre enseguida. Ella no llama. Envía tarjetas de cumpleaños una vez al año. A veces incluso en el mes correcto.

Papá y yo íbamos a pescar en verano. Fue antes de los comentarios susurrados sobre mi cuerpo. Antes de que, en el almuerzo, preguntaran si debía comer la segunda porción de pizza, dado el aspecto que tenía. Fue antes de que me importara ser linda.

Éramos como delincuentes, nos escabullíamos con el amanecer, y ya estábamos en el agua antes de que saliera el sol. Robábamos el día, y era hermoso.

Yo solo tenía permitido tomar café esas mañanas. Él decía que el café no era para los niños, pero, cuando nos dábamos cuenta de que ambos estábamos bostezando, vertía un poco en la tapa del termo y me la pasaba. Un secreto. Una promesa. No me gustaba el sabor, pero me encantaba porque era parte de nosotros.

—¿Podemos ver una película esta noche? —le preguntaba mientras sorbía el café; ese ardor punzante era terrible y dulce.

—Claro, Ellie. ¿Qué quieres ver?

Nunca quería ver nada en especial. Yo solo quería que se mantuviera despierto.

Amaba a mi papá. Amo a mi papá. Todavía lo amo.

Esos eran nuestros momentos, y hacíamos planes bajo el sol y los creíamos. Esas noches, después de la cena, poníamos una película, pero él se quedaba dormido antes de que terminara la introducción. Se esforzaba. Él quería mantenerse despierto, solo que no podía.

Pero, esas mañanas, lo lograba. Era algo para nosotros. Esos son los momentos que más extraño.

No me queda claro por qué dejamos de ir. Tal vez estaba demasiado cansado. Tal vez el alquiler del bote era demasiado caro. No sé. Solo era así, hasta que no fue más. Como la mayoría de las cosas que pasan en la vida.

De todas formas, me pregunto cuánto tendrá que ver con lo que pasó la última vez.

Esa mañana estábamos en el lago, con el anzuelo tirado. Nunca pescábamos nada. No se trataba de pescar algo. Se trataba de nosotros, sobre el café secreto e ilícito, y sobre los planes que hacíamos y creíamos que llevaríamos a cabo.

—Mira a esos idiotas —dijo él.

Su bote tenía motor y brillaba más que el sol sobre el agua. Eran los dueños. Eran los dueños de todo.

—Van a matar a los malditos peces —se quejó papá.

Paseaban por el lago, el bote hacía olas, y los tipos tiraban botellas por la borda. Eran apenas un poco más grandes que yo, y también estaban con su papá. La música superaba a sus ruidos y todo eso nos quitaba el lago. Porque eso es lo que hacían. Nos quitaban el lago. Nos recordaban que esas mañanas no eran nuestras, que solo eran tiempo prestado.

—¿Por qué hacen eso? —le pregunté a mi padre.

—Creen que pueden hacer cualquier cosa.

—Pero hay reglas —repliqué.

Él sacudió la cabeza, empacó todo lo que había en el bote y retiró los anzuelos.

—Ten cuidado con la gente como esa, Ellie. Ellos lo tienen todo, pero nunca es suficiente.

Yo me digo que es por eso por lo que dejamos de ir. De todas formas, los peces se iban a morir, con las botellas flotando en la superficie. Todo se arruinó por el ruido y el descuido de otra persona. Tal vez ellos no habrían vuelto nunca, pero no habría sido lo mismo.

Es poético, enmarcar mi vida con ellos. Con el lago. Si caminara por la entrada de autos de esta casa y siguiera más allá de los árboles, todavía podría ver el fantasma de ese bote sobre el agua.

Me dije que estaba bien. Que, de todas formas, estaba creciendo. Las chicas lindas no se levantan antes del amanecer para ir a pescar. Yo quería ser linda, así que estaba bien.

Más tarde, recuerdo que papá se paraba en la puerta de mi alcoba y me miraba. Trataba de llegar a mí a través de un espacio tan pequeño, y a la vez tan grande. Me observaba como a una exposición en un museo o una criatura en un zoológico. Yo era como un celacanto, y él se maravillaba de mi rareza.

—Te traje algo —decía, y acercaba una bolsa desde la puerta hacia mi alcoba.

Mi alcoba era un experimento. Las paredes, el tocador y el aparador estaban cubiertos de afiches, páginas de revistas e imágenes. Toda la gente que quería ser, a la que me quería parecer. Eran personas que importaban. Me miraba en el espejo y odiaba mi aspecto. Odiaba que mis curvas provocaran que los chicos me picaran desde atrás en clase, y que las chicas me dijeran gorda. Odiaba lo lejos que estaba de la gente de las revistas. Pensaba que yo nunca importaría, porque no era ellos.

—¿Qué es? —le preguntaba a papá con un gesto hacia la bolsa.

—Pensé que te gustaría.

Sucedía cada varias noches. Él llegaba con una ofrenda en una bolsa de plástico. Maquillaje. Ropa. Cintas para el pelo. Se esforzaba. Él se esforzaba, entonces yo me esforzaba, pero las calcomanías de descuento lo decían todo.

Estaban rebajadas, porque el labial era demasiado anaranjado. La camiseta sin mangas no estaba bien cortada. Las horquillas habrían sido perfectas para una chica de mi edad... hace diez años. Pero yo los usaba para él y él sonreía, porque no notaba la diferencia.

—Gracias, papá. Me encanta —le mentía.

—Eres hermosa, Ellie.

Era una chica de descuento.

Yo sí notaba la diferencia.

capítulo tres

Rachel o Rebecca sigue llorando.

Esa es otra cosa que hace a una chica. Tenemos un pozo de lágrimas inacabable.

Cuando los vi entrar, él la llevaba de la mano. Ella sonreía. Pensaba que era una cita. No sabía que allí solo llevan a determinadas chicas. Hay otros lugares, para los otros tipos de chicas. Las que quieren que la gente conozca. Con algunas chicas, no se tienen que esconder. Pero aquí...

Creo que aquí incluso les gusta más. Las otras chicas no lloran del mismo modo.

—Por favor —dice Rachel/Rebecca.

Qué palabra más fútil. La puede decir siempre, y nadie la va a escuchar. Nadie más que yo, y yo ¿qué puedo hacer? Yo también la dije. Rogué. No cambió nada.

—Solo sé buena —dice él.

Trajo música. Sube el volumen. No tanto como para apagar su llanto, por supuesto. El llanto es su parte preferida.

Ojalá hubiera habido música esa noche. Ojalá hubiera habido cualquier cosa, no solo las paredes marrones y la forma en que me besaba.

capítulo cuatro

Kate vivía detrás de nuestra casa. La colina que bajaba desde nuestro jardín trasero hasta el suyo era empinada y la noche anterior había llovido. Ella salió, con auriculares y un buzo con capucha sobre el traje de baño. Fue directo a la silla de jardín. Yo la observaba desde hacía algunos días, no me decidía sobre si pedirle ayuda o no. Sabía cuál era su rutina. Ella salía, iba a dormir y, cuando se despertaba, volvía a entrar.

Traté de llegar a ella rápido, para alcanzarla antes de que se durmiera. Mientras corría, me patiné, me corté la palma de la mano con una piedra y me manché de barro los pantalones cortos.

—Hola —dije; era una cosa embarrada y arrugada a los pies de la colina de su jardín trasero.

Se quitó los auriculares.

—Ellie, ¿no?

No sé cómo sabía mi nombre, pero supongo que del mismo modo en que yo sabía que ella era Kate. Como si, cuando naces, te enviaran un censo completo de los vecinos, con los nombres y una descripción en una frase. Kate dormía mucho y era más grande que yo. Yo era Ellie, la chica rara llena de barro.

—Sí. Yo... voy al Saint Elizabeth. O bueno, iba. El año pasado. O sea, el mes pasado. Lo que digo es que acabo de terminar.

Ella asintió y se sentó. Esperé para ver si se quedaba dormida.

—Antes, mi iglesia pagaba. La escuela, quiero decir. Pero ya no pueden —dije.

—Qué mal.

—Sí. Pero no vine aquí por eso.

—¿Qué pasa, Ellie? —preguntó.

No sabía cómo pedirle. Cómo decirle qué necesitaba. Incluso ahora, no sé por qué confiaba en ella. No sé qué me hacía estar segura de que ella no se reiría de mí por pedírselo. Pero tenía algo que la hacía parecer sabia. Indiferente a la forma en que la veía la gente. Tal vez porque era más grande. Tal vez por el pelo morado. Ni en las revistas, ni en la escuela, nadie tenía el pelo morado. Ella tampoco se parecía a nadie más, pero parecía que no le importaba. Tal vez era eso lo que yo necesitaba. Alguien que estuviera bien con su propia versión de estar bien.

—Empezaré la escuela, la secundaria, en unas semanas. No conozco a nadie —le dije—. La verdad, en Saint Elizabeth no tenía amigos, pero ahora ya no importa, y yo... no quiero ser una perdedora.

Kate me miró, con mis pantalones cortos embarrados y mi camiseta barata, que tenía una mazorca de maíz que cantaba. No sé qué podía significar. Pero estoy segura que la pusieron en descuento apenas llegó a la tienda. ¿Qué chica quiere que la identifiquen con verduras musicales?

—Sí, te ayudaré. Eso es lo que me pides, ¿no? —. Asentí—. Está bien.

—¿Por qué? —le pregunté, pero supongo que me sorprendió que resultara fácil. Supongo que esperaba que me dijera que no, y yo no sabría qué hacer con eso.

—¿A qué te refieres? —preguntó Kate.

—¿Por qué me quieres ayudar?

Parecía aburrida, pero me hizo un gesto para que me sentara en la otra silla de jardín. Con Kate, era difícil darse cuenta; cargaba con el aburrimiento como si fuera una reliquia familiar. Lo llevaba encima como si se lo hubiesen transmitido con los años, algo que ni recordaba que tenía, o lo tenía por obligación. No era una elección consciente, sino una parte de quien debía ser.

Suspiró y miró el cielo.

—Se suponía que debía ir a la universidad este año. Pero no. Me tomaré un año libre. Llamémoslo reinvención. Y tú puedes ser mi compañera. Ambas podemos reinventarnos. ¿Por qué no?

Me gustaba la palabra. “Reinvención” sonaba interesante. Sonaba mucho mejor de lo que era: un favor de una desconocida porque yo no tenía amigos de verdad.

—Ropa —dijo Kate, y me miró la camiseta con la mazorca—. Debes empezar con la ropa.

Se apoyó en el respaldo y se puso la capucha; el rostro quedó oculto. No estaba segura de por qué se ponía el traje de baño, si, de todas formas, solo se iba a cubrir.

—¿Me puedes llevar? —le pedí.

—Sí, claro.

—Gracias. Mi papá… no tiene idea, ¿sabes?

—¿Hay un chico? —preguntó Kate—. Siempre hay un chico.

—No hay ningún chico —respondí. No había nadie; ni lo había pensado. Estaba tan preocupada por ser linda, por ser como las demás. Quería ser normal. Ser buena y llamar la atención, pero no en la forma en que lo hacía. No quería tener un aspecto diferente, tener las curvas que no tenían las otras chicas, ser la niña sin mamá. Decían que ese era mi problema. Que era asquerosa porque intentaba compensar el hecho de que extrañaba a mi mamá. Como si, de alguna forma, los pechos me hubieran crecido según la cantidad de padres que tenía, o no.

—¿De verdad? ¿No hay un interés secreto por amor? Eso es nuevo.

—Es decir, había un chico que me parecía lindo: Jeremy —reconocí—. Se sentaba a dos bancos en inglés. Pero nunca le hablé. Y ahora ya no lo haré. Irá a otra escuela.

—El mundo es grande. Seguro lo podrás encontrar en Internet.

—Tal vez —le dije.

No estaba mucho en Internet. Me había hecho una cuenta en Facebook el año anterior, luego de que todos los demás se habían ido a otras plataformas. Pero solo tenía un amigo: un pariente lejano de Omaha. Me había unido a un grupo de animé y dos chicas me hablaban, pero ninguna de las dos me respondió cuando intenté agregarlas. En general, todo el mundo acepta cualquier solicitud de amistad, pero las mías, no. Era más vergonzoso tener un solo amigo que no tener Facebook, así que borré el perfil.

—Pero no es eso —le dije a Kate—. Yo solo quiero pertenecer.

—Hollow Oaks no es un lugar al que quieras pertenecer —dijo ella.

—Yo sí.

Hizo una pausa y me miró. No podía ver su expresión por la capucha, pero, luego de un minuto, asintió.

—Sí, está bien. Te ayudaré. Pero ahora me voy a dormir. Iré a buscarte mañana por la tarde. Haremos algunas compras.

Se volvió a poner los auriculares y me despidió. Yo subí gateando por la colina y volví a casa, con barro bajo las uñas. Cuando me di vuelta para saludarla, estaba profundamente dormida.

capítulo cinco

Cuando él, por fin, termina con ella, la chica del chicle se apura para irse. Agarra lo poquito que queda de ella y sale rápido de la habitación, pero se da cuenta de que tiene que esperarlo para que la lleve a su casa.

Cuando me dejan sola, el silencio vuelve a instalarse. El silencio del lugar cuando estoy sola es casi tan doloroso como lo otro. Casi.

Lo odio. Odio que nada indica qué tipo de lugar es este. Odio que no haya señales, no haya advertencias. Para mí. Para las que vinieron después. Para la chica que no sabe que tiene chicle en la zapatilla.

La puerta está cerrada, pero él dejó la luz encendida. Casi siempre está a oscuras.

Cuando veo el parpadeo de color, me doy vuelta para asegurarme de que no es un truco. De que mis ojos no inventan historias en la luz... después de tanta oscuridad. Pero sigo mirando, y definitivamente está ahí. Un poquito de color en medio del marrón interminable.

En realidad, no sé si es de ella. Podría ser de cualquiera. Podría haber estado ahí durante días. Tal vez es que no lo vi antes. Pero, de todas formas, ahí está. Es algo.

Ojalá fuera algo importante. Ojalá importara, porque duele demasiado que sea lo que es. Es un tubo pequeño; la tapa tiene marcas de dientes. Una de las cosas a las que te aferras mientras buscas algo más en el bolso, te lo pones entre los dientes y lo muerdes con fuerza para asegurarte de que no se caiga. Las letras están despintadas; no sé de qué marca es, ni cuáles son sus preferencias. Podría ser menta verde, chicle o granada. Pensamos tanto en estos detalles, y luego termina ahí.

No es más que protector labial. No es más que... vida. Común, simple, necesaria. Y mancillada.

Algo tan común, una parte de su cotidianeidad. Tal vez a este punto lo use casi como un reflejo.

Pero ahora es un desencadenante. Se lo recordará cada vez, cuando busque en otro bolso y encuentre un tubo como ese. Lo recordará cuando busque este y no lo encuentre. Se preguntará si lo dejó aquí. Y luego volverá a vivir lo que pasó aquí.

Quiero guardárselo. Guardar la única parte de ella que ellos no se llevaron. Que no le robaron en esta habitación. Quiero que, al recordarlo, le duela menos, pero en estos días no se me da mucho guardar cosas.

capítulo seis

Papá, Kate me llevará de compras mañana. ¿Me puedes dar dinero para comprar ropa?

Estaba medio dormido, John Wayne hacía algo en la tele.

—Claro, Ellie. Mi cartera está sobre la mesada.

Fui a la cocina a buscar el dinero, y rebusqué en su cartera. Estaba junto a la pila eterna de cuentas. Casi todas tenían el sello rojo en el frente: VENCIDO. La pila siempre tenía el mismo tamaño, y las cosas siempre estaban vencidas.

—Tráeme una gaseosa —me gritó desde el sofá.

Vi el chaleco del trabajo colgado en el respaldo de una de las sillas de la cocina, y me acordé que tenía que plancharlo.

Cuando volví a la sala, Fred, nuestro perro, se despertó. Llegó al sofá antes que yo. Me apretujé entre él y papá, y le di la lata.

—¿Trabajarás todo el fin de semana? —pregunté.

—Por supuesto. Uno de estos días tal vez logre hacer un solo turno. Soñar es gratis, ¿no?

Imagínense. Imagínense tener sueños y de pronto, ya no pueden. Él era como mamá. Ambos llegaron aquí con un plan. Él había terminado la carrera de cine y ella era escritora. Querían conmemorar Hollow Oaks, contarle al mundo sobre este lugar. Tenían metas, y luego me tuvieron a mí.

—Deberíamos ver una película —le dije. Cuando se mantenía despierto, me contaba un poco sobre lo que había aprendido en la universidad. Siempre me gustaba escuchar sus historias, pero le costaba mucho mantenerse despierto. Tal vez no estaba tan cansado, sino más bien agotado. Agotado de trabajar turnos dobles en un trabajo pensado para un adolescente, porque eso es lo que te tocaba cuando tenías una hija en un lugar como este.

—Más tarde, tal vez —dijo él. No lo haríamos. No llegaría al final del western que estaba mirando.

—Puedes saltear los comerciales —le dije. Pensé que no necesitaba saber sobre basura para la bañera.

—El control está allí —señaló hacia el televisor.

—Ah.

Me podría haber levantado, pero estaba cómoda entre él y Fred. Todavía me gustaban los momentos que podíamos encontrar.

Tal vez era una especie de presagio. Wayne Breward publicitaba su empresa de bienes raíces en televisión, porque podía. Él hacía su campaña como asesor fiscal con anuncios, aunque todos los demás tenían letreros, solo porque podía. Wayne Breward y el resto de la familia necesitaban que Hollow Oaks los adorara. Habían salvado al pueblo del borde de la ruina, y nos lo recordaban todo el tiempo.

—La cantidad de casas abandonadas sigue en aumento —dijo desde el televisor—. Cada mes, hay más. Si no se reparan, piense en lo que significa para usted, el propietario que no huyó.

Papá me quitó de encima y se movió para buscar el control. Cambió de canal y me lo dio; luego, se volvió a sentar.

—Bueno, supongo que veremos una película. Cualquier cosa, con tal de no escuchar a ese hijo de puta.

—Es triste. Todas esas casas —dije.

—Lo que es triste es que nadie ayuda —arguyó él—. Es fácil participar y apoyar a Wayne Breward, para que su empresita sea la heroína del pueblo, pero yo conocía a esa gente, Ellie. Muchos de ellos eran buenas personas.

—¿De la fábrica?

Hollow Oaks siempre había sido un pueblo roto, pero antes estaba lleno. Primero cerraron las fábricas. La gente dejó de comprar los productos que se hacían ahí, o las empresas encontraron formas de hacerlos más baratos en otro lado. Cuando yo era bebé, papá tenía otro trabajo, para ganar un poco más; cuando cerraron las fábricas, el segundo trabajo se convirtió en el único.

Cuando empezaron los desalojos en el vecindario, él salía. Hablaba con la gente mientras los desconocidos los obligaban a elegir qué se llevarían. Les daban un límite de tiempo para empacar sus historias. Mi padre conversaba con ellos e intentaba ayudar. Trataba de que doliera un poco menos; pero, con el tiempo, dejó de conversar. En cambio, los miraba desde el jardín. Nadie hablaba. Se hizo demasiado vergonzoso incluso para explicarlo. Tener que decirles a tus vecinos que no era culpa tuya. Que los gastos médicos se hicieron muy elevados. Que cambiaron las tasas de interés. Lo que fuera que lo hubiera causado; era humillante estar parado en el cordón, frente a lo que había sido tu hogar, y hacer de cuenta de que te quedaba algo.

Con el tiempo, papá ya ni miraba. Solo sabíamos que seguía ocurriendo porque había menos gente en el mercado. Lo sabíamos por Wayne Breward y sus anuncios. Esos grandes éxitos suyos de salvar las pobres casas de la gente como nosotros.

—¿Qué se supone que debe hacer la gente? —preguntó papá en respuesta a otro anuncio—. Les roban sus trabajos, y luego les dicen que les costará más si se quedan. Somos humanos.

—Sí —dije yo, porque no sabía qué más decir. Tenía catorce años. Dedicaba mis tardes a mirar YouTube y observar chicas en línea; trataba de descifrar qué las hacía especiales. Trataba de encontrar todos los ingredientes que hacían a una chica, que la hacían linda y que valiera la pena. No entendía lo de las hipotecas, los colapsos económicos ni cómo se siente que se mueran tus sueños. Todavía no sabía cuáles eran mis sueños.

Papá varias veces intentó hablarme de Wayne Breward, de la corrupción, de lo que significa el poder para la gente que no lo tiene. Esa noche volvió a intentarlo, mientras yo jugaba con un fajo de dinero en el bolsillo y soñaba con comprar un delineador sin descuento.

Supongo que podemos agregar el egoísmo a la lista de cosas que hacen a una chica. Al menos, a esta chica.

capítulo siete

Empecé la escuela con la ropa adecuada. Mis curvas se veían donde debían estar, en ninguna otra parte, y Kate me había ayudado con el pelo. Decoloramos dos mechones del frente y los teñimos de azul, para que el color me enmarcara el rostro. Con las nuevas camisetas que evidenciaban mi apatía, encajaba porque no me importaba encajar.

Y funcionó. Nadie dijo nada. Me miraban como si fuese una chica más. No hice amigos enseguida, el primer día de clases, pero en la clase de gimnasia no se hicieron comentarios. En el vestidor, no tuve que cambiarme en el cubículo del baño para evitar ciertas miradas. Después no me pasaron notas en las que preguntaban si necesitaba prostituirme para pagar los implantes. Porque era obvio que mi papá no podía ni comprar pan.

Era el tercer día de clase y mi casillero estaba trabado. Pensé que tenía mal la combinación, y volví a intentar, pero no se abría. El día de fines de agosto era demasiado cálido, y por la camiseta nueva comenzó a caer sudor. La escuela no quería invertir en aire acondicionado, así que terminamos el día con la ropa pegada al cuerpo.

—¿Te está costando?

Él se inclinó sobre mi casillero con toda la seguridad del mundo. Lo había visto un par de veces. No íbamos a las mismas clases, pero me había sonreído todos los días porque su clase de matemática estaba frente a la mía. El primer día, me había guiñado el ojo. El segundo, hizo un comentario sobre mi camiseta. Era autocrítica, hacía una broma sobre mi introversión: decía que, con solo leer la camiseta, era suficiente interacción social por un día. Nos habíamos cruzado en el pasillo entre clases y él se había reído de ella. Y dijo que yo era demasiado bonita para ser antisocial.

Y ahora estaba parado ante mi casillero, y me sonreía mientras yo intentaba abrirlo.

—Se trabó —le dije. Aunque era obvio, ya que lo estaba tironeando, pero lo dije de todas formas.

—Eres nueva.

Una afirmación, no una pregunta.

—Algo así. O sea, vivo aquí desde siempre. Pero en la escuela, sí. Antes iba al Saint Elizabeth.

Me apartó.

—Genial. Me llamo Caleb.

Le dio un puñetazo a la esquina inferior derecha de la puerta metálica y al mismo tiempo giró el disco. Se abrió al primer intento.

—A veces hay que darles un poco duro. Tienen sus mañas.

—Ellie. Quiero decir, no me lo preguntaste, pero me llamo Ellie.

Se apoyó en el casillero de al lado mientras yo buscaba mis libros. Tres días y ya tenía una mochila llena de tarea.

—Un gusto conocerte oficialmente, Ellie. La chica escurridiza del pasillo.

—Yo no soy escurridiza. Mi clase está ahí —le dije.

Él rio, como si yo fuera la persona más graciosa que hubiera conocido.

—Sí. Entonces, señorita no escurridiza, ¿qué harás ahora?

Él no era atractivo, exactamente. Su forma de moverse, su forma de sonreír, tenían algo malo. De alguna forma, todo lo relacionado con Caleb tenía algo raro. Era alto, pero caminaba como si se hubiera levantado esa mañana con esa altura y no pudiera descifrar cómo hacer que su cuerpo funcionara como antes.

También estaba su forma de sonreír. Era linda, pero tenía algo. Como si hubiera aprendido a hacerlo con un libro de texto. La idea de la sonrisa se transmitía, pero solo parecía seguir instrucciones, más que sonreír en sí.

—Yo... eh, no mucho, la verdad. Tengo que leer.

El lunes teníamos un examen sobre las lecturas del verano, que yo había postergado por trabajar en mi reinvención.

—¿Qué lees? —me quitó la mochila y hurgó en ella—. ¿Grandes esperanzas? ¿Así que todavía enseñan esta porquería?

—¿No vas a tercero?

—Sí. ¿Cómo adivinaste?

No tenía que adivinarlo. Solo habían pasado tres días, pero todos conocían a Caleb y a Noah, su hermano mayor; no necesitabas tener amigos para saber quiénes eran. Caminaban por la escuela como si fuesen las únicas personas que importaran. Y tal vez era cierto.

—O sea, no es que hayan sacudido el plan de estudios en los dos años desde que estuviste en primero. Creo que Dickens tiene algo de poder para quedarse.

Me miró de frente y me rozó el brazo con los dedos.

—Eres tierna, Ellie.

No fue el tipo de tierna que quieres que te digan cuando eres una chica; fue el tipo de tierna que le dices a tu cachorro, o a tu hermano cuando come pasta de dientes.

—¿Gracias?

—De verdad. Lo que dije ayer no fue en broma. Eres demasiado bonita para ser antisocial.

—Ah.

No tenía nada para replicar a eso.

Él no se movió, pero no dijo nada, y yo no estaba segura de cuáles eran los pasos naturales en una conversación como esa. Cerré el casillero y me estiré para tomar mi mochila. Caleb lanzó el libro dentro y se colgó la mochila al hombro.

—Oye, Ellie, la escurridiza. Eres tierna. Es viernes. No quieres irte a casa enseguida. Sal conmigo.

—Eh... no sé —respondí.

—¿Por qué no? ¿Qué es lo peor que puede pasar? Soy un buen chico.

En realidad, no tenía un motivo para decir que no. Una parte de mí quería salir con él. Si bien no tenía una belleza convencional, me estaba hablando. Se había fijado en mí por tres días y recordaba mi camiseta. Me estaba prestando atención y yo no tenía motivos para decir que no. Pero tampoco quería decir que sí. Se sentía demasiado... repentino.

Habían pasado apenas tres días.

Caleb sonrió de nuevo y me tomó de la mano.

—Ellie, Ellie, Ellie. Los viernes hay mejores cosas para hacer que sentarse a leer basura.

Me gustaba cómo decía mi nombre. Era natural. Me gustaba que lo recordara.

—¿A dónde vamos? —le pregunté, luego de decidir que tenía razón. ¿Qué era lo peor que podía pasar?

Me rodeó la cintura con el brazo y me llevó fuera de la escuela.

—Confía en mí, Ellie.

Fuimos en auto hasta el río, a una casa puesta junto al agua.

—No es mía —dijo al estacionar en la entrada de autos—. La estamos arreglando. Ya no vive nadie aquí.

—¿Cómo la arreglan?

Estaba sentada en su auto, y me preguntaba si debería estar sentada ahí. Si había reglas sobreentendidas sobre lo que una debe hacer cuando un chico como Caleb te invita al azar a pasar el tiempo en una casa abandonada.

—Mi papá las obtiene de los bancos o algo así y nosotros las mantenemos. Luego, con el tiempo, las devolvemos. Supongo que cuando se recomponen.

—Pero, ¿qué pasa con los propietarios? —pregunté—. ¿Qué les pasa a ellos?

Ya sabía qué les pasaba a ellos. Papá seguía hablando del tema. Yo lo había visto. Pero quería escucharlo desde el punto de vista de Caleb. ¿Qué pensaban ellos que pasaba con las vidas que limpiaban?

Él se encogió de hombros.

—No es nuestro problema. Además, ellos se fueron. ¿Esta de aquí? Se fueron así no más. Todavía hay cosas en los armarios.

Pensé en mi papá. En las cosas que había dicho sobre la gente que conocía. Pensé en cuando veíamos a los vecinos de enfrente. En la hija que tenía apenas un par de años más que yo, quien les rogaba para que le dieran más tiempo. Lloraba porque no sabía y no había tenido tiempo suficiente para juntar sus cosas.

Pensé en las mañanas en las que papá y yo íbamos a pescar y cómo dejamos de ir, tal vez por los chicos Breward. Porque nos recordaban cuánto poseían. Pensé en todo lo que diría mi padre acerca de estar en un auto con el hijo más chico de Wayne Breward, cómo se sentiría si supiera que nos estábamos metiendo en la casa de esa gente. Aunque ya no fuera de ellos, realmente.

—¿En qué piensas? —preguntó Caleb, y sonrió. Ojalá hubiera podido decirle todas las cosas que pensaba.

Haberle compartido esas historias, para que supiera qué estaba arreglando en verdad. Ojalá hubiese sido ese tipo de chica.

Pero supongo que tenía una debilidad por las sonrisas lindas.

—Nada —le dije.

En el interior, la casa había sido abandonada en el medio de la existencia. La mesa y las sillas del comedor tenían polvo, pero los individuales y los platos estaban puestos. La araña que colgaba del techo estaba apagada, porque no había luz, pero el sol se colaba por la ventana y parpadeaba contra el vidrio.

Miré al otro lado de una de las cortinas descoloridas. Salió una araña detrás de ella, nuestra presencia la interrumpió.

—Es raro —dije; entré en la cocina, abrí la canilla y pasé la mano bajo un chorro de agua invisible—. Es como si hubiesen planeado volver.

Caleb apareció detrás de mí, me rodeó la cintura con los brazos y se inclinó sobre mi oreja. No me molestaba que estuviera tan cerca. Por algún motivo, olía a pino, y era cálido. Me gustaba el modo en que se aferraba a mí. Cómo se sentía como si perteneciera cuando me envolvía de esa forma. Se sentía como si alguien quisiera que yo fuera parte de él. De su espacio.

Pero, aun así, fue una sorpresa. Y yo no estaba segura si debía sentirme como me sentía, así que me aparté y me incliné hacia la ventana por sobre la pileta, para tratar de ver si había señales de que quedara alguien.

Caleb se paró junto a mí y miró por la ventana conmigo.

—A la gente no le gusta soltar —dijo—. No iban a volver. Es solo que no la querían ver vacía.

—Es tan tranquilo.

Sin los zumbidos normales de la vida cotidiana (la nevera, las bombillas y su murmullo extraño, casi inaudible, los crujidos de la gente que se mueve en la silla en otra habitación), la casa era una caja silenciosa de recuerdos. Un lugar que era. En el exterior, una ardilla corrió por el porche, donde se habían juntado hojas, y habían muerto.

—Ven. Ya casi terminamos con el primer piso —dijo Caleb—. Es menos deprimente.

Esta vez no me tomó la mano. Solo esperó y la ofreció. Yo miré un poco más por la ventana, hasta que la ardilla se alejó corriendo de mi vista, y luego fui con Caleb. El sol de la tarde brillaba en sus ojos; cuando me sonreía, brillaba el acero.

Lo tomé de la mano y dejé que me llevara arriba. Tenía razón. Las habitaciones estaban pintadas y limpias. Daban la sensación desalmada de una exhibición de muebles en una tienda departamental, pero, al menos, no era como si los fantasmas de otras personas esperaran a que termináramos de invadir su espacio.

Caminamos por el pasillo hasta la alcoba principal. La cama seguía allí. No estaba hecha, porque se habían llevado las sábanas, pero estaba intacta.

Caleb se lanzó sobre ella y me hizo un gesto para que lo acompañara.

—Tal vez no debería hacerlo —le dije. No estaba segura de que debiera acostarme en una cama con cualquier chico, en especial uno que acababa de conocer y, lo que es peor, en la cama de un extraño. Había pasado bastante tiempo en una escuela católica como para saber que las niñas buenas no hacían ese tipo de cosas.

Me gustaba cómo Caleb intentaba tomar decisiones por mí y odiaba cómo me hacía sentir incómoda. Pero era una sensación extraña. Él me atraía, aunque no quería que me pasara eso. Tal vez era porque ya había visto bastantes películas con papá para ver cómo se enamoraba la gente. Para ver cómo se besaban y se abrazaban. Para saber que quería que alguien me mirara de ese modo.

—Ellie, ven aquí —dijo Caleb desde la cama; la ocupaba casi toda—. No haré nada. Te lo prometo. Me portaré bien.

Sacudí la cabeza y caminé de nuevo hacia la ventana. Desde el primer piso, podía ver al otro lado del jardín. Entre la casa y el río, había una hamaca de madera podrida y una piscina sobre la tierra a la que solo le quedaban tres lados. Levanté la ventana, y el sonido del agua inundó la habitación.

—Ellie.

—No se siente real —le dije.

—¿A qué te refieres?

—Es como estar en una historia. Esta casa. Es la historia de otra persona. Siento que estamos invadiendo.

—Oye, date vuelta.

Yo obedecí y él se sentó.

—Yo tengo permitido estar aquí. No estamos haciendo nada malo.

—Tal vez —le dije. No podía explicarlo. Una cosa era lo que estaba bien, legalmente, y otra era cómo me sentía. Alguien había vivido allí. Alguien había amado allí, y nosotros no teníamos lugar en eso.

Por un tiempo, solo se escuchó el agua. Me incliné contra la pared; la brisa me hacía cosquillas en los codos, y Caleb estaba acostado en la cama y miraba el techo. Yo empecé a hacer un inventario de él. Quién era. Cuál era su aspecto. Cómo se movía.

—Esta casa me gusta mucho —dijo al final; seguía sin mirarme—. Esta es mi preferida, de todas las que hemos hecho.

—¿Por qué? —pregunté.

Él se puso de lado.

—Aún hay tantas cosas aquí. Sigue siendo real. Supongo que es como hacer de cuenta. Es como ser otra persona. ¿Nunca quisiste ser otra persona?

Asentí, pero me molestaba. Sentí que él no debía poder leerme con tanta facilidad después de tres días. Pero, al mismo tiempo, me dije que tal vez así es la gente. Tal vez así uno encuentra a los indicados. Son los que saben cómo te sientes en un momento, sin que haya que decir las palabras en voz alta.

Caleb estiró un brazo.

—Ven aquí, Ellie. Por favor. Ven a hacer de cuenta conmigo.

Se necesitan muchas cosas para hacer a una chica. Pero ¿para quebrarla? Solo se necesitan algunas palabras bonitas y una sonrisa torcida.

capítulo ocho

Otra noche.

Otra chica.

Es más grande. En general, les gustan jóvenes. Pero tiene ojos vacíos. Ojos vacíos en una chica vacía en un pueblo vacío.

Ella no dice nada, y eso lo hace enojar. Ellos esperan que todas lloren. Y todas lloran, solo que esta se rehúsa a hacerlo.

Sus manos se mueven muy rápido. Las recuerdo. La ira que bajaba por sus brazos y se acumulaba en sus manos. Son manos limpias y lindas. Tal vez se hizo una manicura. Va con alguien y le paga para limpiarse a las chicas que lastima.

—¿Cuál es tu problema? —le pregunta y la golpea de nuevo.

Ella solo sonríe. En otras circunstancias, la admiraría. Querría ser su amiga. Querría ese tipo de fortaleza en mi vida. Pero ahora no la admiro. En cambio, la odio. La odio por ser fuerte. La odio porque yo también debería haber sido fuerte.

Él llena la pared con más daño, porque, al pegarle, no tiene respuesta. Las manos con manicura se llenan de yeso y él aprieta el puño junto al cuerpo.

—Está bien. ¿Quieres jugar?