Teoría del sortilegio - Fulvio Monfardini - E-Book

Teoría del sortilegio E-Book

Fulvio Monfardini

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Beschreibung

Rafael Venario Martínez se dispone a cumplir sus metas a cualquier precio. En esas acciones, para someter la voluntad de alguien o para modificar al destino como sea, desata una historia de hýbris, amores y sortilegios. Pero él, en esta historia, no es la única alma oscura que intenta direccionar el destino a su favor. Un pueblo tranquilo y rutinario del norte argentino, con menos de diez mil habitantes y donde todos consideran conocerse, una mañana se despierta sumergido en una trágica noticia: el ingeniero Genaro Monti y la joven Sofía Herrera Castillo son hallados muertos en una lujosa casa céntrica. Los habitantes entran en un estado de incertidumbre total. ¿Se conocen realmente todos en un pueblo, por tan pequeño que sea?

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones. María Magdalena Gomez.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Monfardini, Fulvio José

Teoría del sortilegio / Fulvio José Monfardini. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2021.

174 p. ; 21 x 14 cm.

ISBN 978-987-708-944-8

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas de Misterio. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2021. Monfardini, Fulvio José

© 2021. Tinta Libre Ediciones

Teoría del sortilegio

SueñosSon esas luces que suelen disolversepor los opacos látigos de la vida,como realidad que parece perdida,hasta que otra luz logre encenderse.

Horizontes a los que no siempre llegamos,aunque da vida querer alcanzarlos.Crepúsculos que no dejamos ajarlos;sin ellos parecería que no estamos.

Pueden ser buenos, ingenuos o ser malos;puros, o intencionados e indecentes.Son infames o de cepa transparente,porque no todos somos del mismo palo.

Si no se dan, echamos culpa al azar.Con ellos, más rápido se van los duelos;también podemos vernos tocar el cielo,o caernos en la fría bruma del mar.

Son sortilegios con final de destello,confines que salen de nuestro camino.No todo es mérito, también es sino;pero dime: ¿qué haríamos sin ellos?

Fulvio Monfardini

Los hechos y los personajes que se involucran en esta novela son completamente ficticios. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

INTRODUCCIÓN

Pardo es el color de su agua mansa, pero rojiza se torna en las crecientes bravías. Esos colores, que fluyen por las barrosas aguas del Río Bermejo, dieron nombre a un pedazo de terruño que está en una parte de su orilla. Un pueblo: Paradizo. Está ubicado al sur de la provincia de Azul y al costado norte de Argentina. En aquel tiempo, donde se empezaba a emerger de la crisis nacional del 2001, debió haber tenido menos de diez mil habitantes.

Como todo pueblo pequeño del norte argentino: muchas calles de tierra y polvareda; una vida de calor y viento norte, de gurises y gomeras, de pescas y mariscas, de chismes y silencios, de vecinos y veredas, de habladuría y amores, de escrúpulos y prejuicios, de familias y querencias, de tobas y guaraníes, de secretos y sortilegios, de calma y de rutina. Un lugar y un tiempo donde todos, absolutamente todos, consideraban conocerse.

Quizás, en ningún momento de la historia los habitantes de un pueblo, por tan pocos que fueran, se llegan a conocer entre todos. Ni siquiera los integrantes de una familia logran conocerse bien. A veces pienso que eso de conocerse entre todos es solo un dicho que se fue tornando concepto a partir de una creencia absurda que es parte de la cultura de los pueblos pequeños. Se mal cree, en mi opinión, que se conoce a alguien solo por saber que es el hijo o la hija de fulano, que vive al lado de la sultana, o que es la novia o novio de mengano; y así, podría nombrar un puñado de formas que sirven para ubicar a una persona; pero si no sabemos mínimamente de la integridad de la persona en cuestión, no la conocemos.

También puede que exista la posibilidad de que tan solo sea yo el equivocado y aburrido que cuando sale a la calle no conoce prácticamente a nadie. Puede que sea mi vida tan introvertida la que me lleve a pensar eso, o suceda que realmente la definición de la palabra conocer se haya tergiversado y mezclado en algún punto con la de ubicación, hasta caer en ese concepto idealizado por la mayoría de los habitantes de los pueblos pequeños.

En fin, como aprendí a vivir con mi silencio y a sentirme hallado conmigo mismo, decidí intentar sacarle provecho a este modo de vida (donde paso el tiempo encerrado y escribiendo, leyendo y jugando con las palabras, imaginando historias y hablando solo, analizando frases y tomando unos amargos en mi mate de cuerno vacuno), para cumplir un deseo muy especial y escribir esta historia que, tiempo atrás y en gran detalles de sus hechos, me fuera contada por un amigo de la infancia de mi padre y un abuelo del pueblo.

En los inicios del año 2003, Paradizo se había tornado pujante como la sangre gringa de sus inmigrantes fundadores. Empezó a ser visto como un lugar virtuoso y de enorme potencial para la explotación económica del sector privado. El agua dulce del Río Bermejo, que da nombre al pueblo y es ladera de toda su franja sur y de las zonas rurales aledañas (que además contaban con hectáreas y hectáreas de monte virgen), llamó la atención de manera significativa a emprendedores y empresarios de la disciplina agroganadera. Esa atención no demoró en hacerse intención y realidad de inversión. Así como llegaron aquellas inversiones, proporcionalmente empezaron a llegar e instalarse gente nueva en el pueblo. Provenían, en su gran mayoría, de la ciudad de Azul, capital de la provincia, o de otras provincias del país. Por lo general, estas personas eran propietarios o encargados de un negocio nuevo que se pretendía instalar en el pueblo o en zonas adyacentes. Sus estadías, en casi todos los casos, eran de duración temporal, debido a que venían con la idea de quedarse solo hasta encontrar el personal adecuado que se encargue de llevar adelante la utilidad.

En ese contexto, uno de los ajenos que llegó al pueblo proveniente de Junín, provincia de Buenos Aires, fue el ingeniero agrónomo Genaro Daniel Monti. Con sus treinta y cinco años fue enviado a Paradizo. Él debía instalar una cabaña en un establecimiento rural de Colonia La Aurora, a diez kilómetros del pueblo.

Seis meses después de su arribo, el 17 de julio de ese mismo año, Paradizo amaneció sumergido en una tragedia. Aquella fresca mañana invernal se transformó en punto de inflexión para la vorágine del rutinario pueblo. Apenas se estaba poniendo el sol cuando el ingeniero Monti fue hallado sin vida en una lujosa casa del centro. Lo descubrieron colgado y sostenido en el aire por un lazo trenzado (con marcas de bosta, aceitoso y con olor a gasolina), que se sujetaba a un gran tirante de algarrobo que atravesaba el techo, a dos aguas, del comedor de la casa. El hombre seguía con sus ojos abiertos, más saltones que nunca, pero sin poder mirar; su cuerpo lucía suspendido y totalmente desmadejado por la gravedad, y, completando la escena, una silla volcada debajo de él.

Allí no terminaba todo. Bastaba girar la cabeza un poco para divisar el picaporte del dormitorio. Brillaba y resaltaba su bronce puro sobre los mosaicos blanco amarillentos de la casa. Había volado hasta ese punto, por la brutalidad con la que fue cerrada la puerta de la habitación. Justamente en ella, se encontraba la joven Sofía Inés Herrera Castillo. Tenía su camisolín blanco totalmente cubierto con su propia sangre. En partes de su abdomen, estaba tan pegado a su cuerpo que parecía su misma piel ensangrentada. Yacía acostada boca arriba. Sus nalgas estaban apoyadas en un extremo de la cama, quedando la mitad de su cuerpo acostado y sus piernas colgando. Los dedos de sus pies apenas rozaban la alfombra del suelo del dormitorio. Quedó con ambas manos dormidas, encima de su vientre, como queriendo tapar la fluidez de una herida que nunca dejó de sangrar. A su lado derecho y a dos cuartas, un facón: recto y puntiagudo y con un mango de asta. Su hoja estaba pintada del mismo color que gran parte del camisolín de la muchacha.

Poco antes de aquel mediodía, todos los habitantes de Paradizo estaban desconcertados. Acostumbraban a escuchar, y muy de vez en cuando, sobre una persona ahogada en el Río Bermejo, sobre un accidente de tránsito o sobre pequeños hurtos. Nada más que eso. Nadie creía que alguien del pueblo hubiera tenido el estómago para materializar un hecho de tal impronta. Nadie creía, porque todos consideraban conocerse.

En provecho a esa idea arraigada y a los prejuicios —parte de la idiosincrasia de los pueblos—, dos horas y media después del suceso, tanto el comisario como el intendente de Paradizo leyeron un relato en alusión a lo sucedido. El mismo, redactado por el cerebro de Rafael Venario Martínez, tuvo la intención de esclarecer rápidamente lo ocurrido y de calmar las conjeturas de los compueblanos. El doble crimen tuvo un antes muy oscuro que se fue amasando con el accionar de Rafael Martínez; pero él, en esta historia, no fue la única persona en intentar direccionar al destino a cualquier precio. Los secretos alrededor de la tragedia convergieron en consecuencias que quedaron penetradas, para siempre, en las entrañas del pequeño pueblo.

PARTE I

Un antes

La familia de Rafael Venario Martínez y la familia Amarilla eran vecinas en aquel tiempo. Sus viviendas estaban pegadas en el Barrio San Cayetano de Paradizo. Franco Martínez y Juan Cruz Amarilla vivían prácticamente juntos. Los jovencitos tenían la misma edad e iban a la misma división en el colegio. La familia Amarilla consideraba a Franco como a un hijo, y la misma consideración recibía Juan Cruz por parte de los Martínez.

En el verano de 1999, como era costumbre, habían arribado a casa de los Amarilla sus familiares procedentes del Paraguay: Raúl Amarilla Castro (hermano del padre de Juan Cruz), Clara Méndez Bareiro (esposa de Raúl) y la joven Cecilia Amarilla Méndez (hija del matrimonio paraguayo). Todos los años venían un día antes de la celebración de la Navidad y se quedaban hasta la primera quincena de febrero. Aquel año no fue la excepción y el 23 de diciembre llegaron a Paradizo.

Franco, junto a su hermana María Pilar, también esperaron y recibieron a la familia de sus vecinos en esa oportunidad; sobre todo a Ceci, su amiga de los veranos. Esa misma noche, para agasajar a los guaraníes, hubo una cena de recepción en casa de los Amarilla. Los Martínez fueron invitados. A diferencia de los años anteriores, la joven Cecilia trajo una apariencia distinta. Se la veía más señorita en su forma de vestir y, ante todo, más desarrollada físicamente. Llamó la atención de todos, pero en especial la de Rafael Martínez. Este último, no se cansó de mirar y emitir elogios a la muchachita.

Franco, con sus quince años y víctima de un pleno alboroto hormonal, también había notado el cambio físico de la joven. Desde esa noche, comenzó a mirar a Cecilia con otros ojos; una mirada muy distinta a la inocente que se desprendía de sus pupilas en los veranos anteriores. Ya no la veía como la niña que le encantaba correr detrás de los regadores, jugar con chupitas al carnaval, permanecer horas y horas en las piletas de lona o jugar a las escondidas por los pasillos del barrio.

La noche en cuestión concluyó siendo una linda velada. La única ausente fue Dolores Encanto, esposa de Rafael. Los mayores se pasaron hablando de la inminente llegada del nuevo milenio, del fin del mundo prescripto para ese año 2000, de la influencia de los signos zodiacales en las personalidades y contando distintas anécdotas. Rafael, como en todas las veladas donde estaba presente, se llevaba la atención tratando de demostrar una inteligencia superior a la del resto. Si bien era así y él era muy culto y estudioso, su forma de tratar de querer demostrar de manera constante esas cualidades lo hacían sobresalir con un cierto grado de pedantería que, por momentos, pasaba a ser intolerable. Los jóvenes, en la vereda, acabaron aquella noche tomando helados de crema y conversando. Solo María Pilar, con sus 18 años, tuvo la autorización de su padre para beber un par de sidras. Lo hizo en compañía de su amiga, Valeria Cañas. Franco no dejó de mirar a la jovencita paraguaya en toda esa noche.

Días posteriores, llegaron las fiestas de Navidad y Año Nuevo. En ambas, Rafael tuvo la oportunidad de saludar a Cecilia con dos besos, uno en cada mejilla, como es costumbre en el norte de Argentina. En esas dos ocasiones, antes de hacerlo, humedeció bien sus labios con su lengua, tomó a la joven de sus antebrazos (con la intención de que no pueda gesticular si se le ocurriera) y la besó adrede, de tal forma, que logró hacerlo en parte de sus labios. El hombre no paraba de decirle lo hermosa que vino y las ganas que tenía de que se quede a vivir, para siempre, como su vecina o como lo que ella quisiera. Siempre lo hacía de forma cuidadosa.

María Pilar, con la que pude hablar hace un año sobre la historia, me afirmó que Cecilia siempre se arrepiente de no haber avisado de esa situación a sus padres. Por su parte, Franco también tuvo en aquella ocasión la oportunidad de los besos en la mejilla de la joven. Quedó cautivado, como encantado en un hechizo de hada que a esa edad se le hizo inexplicable. Al besar tímidamente las mejillas de Cecilia, sintió la suavidad de la piel de su rostro y un aroma a perfume que le penetró el cerebro. Se aceleró aún más su descontrol hormonal y quedó con un síndrome de embeleso a causa de la chica. No pasaron tres días para que ruegue, a Juan Cruz, que le hablara a su prima por él. Para esas alturas, María Pilar ya lo había notado enamorado. De un día al otro, el jovencito pasaba más tiempo frente a los espejos de la casa, era más meticuloso con la combinación de su vestimenta y, además, le había pedido a su madre que le regalara el perfume más caro y rico que tuviera la farmacia de la avenida del pueblo. Claramente quería despertar la atención de Cecilia.

Un sábado del nombrado verano, la familia Amarilla, con Franco y María Pilar como invitados, salieron a cenar a un restaurant del centro de Paradizo. Luego de la cena, los jóvenes pidieron helado de postre y se fueron un rato a la plaza que estaba a media cuadra del restaurant. Todos se sentaron en la gran escalera del mástil que tiene la plaza. Pasados unos minutos y ya sin helado por tomar, María Pilar hizo una seña a Juan Cruz. Levantó sus cejas, como si tuviera al ancho de espadas, y movió su cabeza un poco hacia la derecha. Esa seña en realidad, decía de manera cómplice: «Ahora. ¡Ya! Es el momento». Juan Cruz, que había entendido perfectamente el mensaje de la seña, se levantó. Ambos se alejaron pícaramente del sitio.

Franco y Cecilia, quedaron a solas en las escaleras del mástil. Los coautores del armado del encuentro permanecieron escondidos detrás del gran monumento central de la plaza, en honor al Gral. José de San Martín, atentos a lo que podía pasar. No se sabe de qué hablaron y quien tomó la iniciativa. Lo sucedido fue que, transcurridos unos minutos, todo terminó en un pico. Ese beso con el que solo se apoyaron los labios pero que generó, en ambos, un cosquilleo de panza que nunca antes habían vivido. Detrás del monumento central, ese desenlace se festejó con abrazo de gol y unos saltitos. Se hizo hora y tuvieron que volver al restaurant para marcharse a casa. Por un buen trayecto, los jóvenes fueron tomados de la mano. Tímidamente. Las risas y cargadas, de Juan Cruz y María Pilar, hicieron que se soltaran. La parejita nueva se miraba. El brillo de los ojitos de Franco encandilaba como la luz de cada una de las estrellas que fueron techo de aquella noche de sábado en el pueblo.

Detrás de la camioneta de Rafael, detrás del auto de los Amarilla, en las noches del pasillo del barrio, en el transcurso de algún mandado, en la sombra de un árbol, en algún rincón de la casa a solas y en cualquier lugar, donde la oscuridad o los cuerpos opacos no permitían que se los viera, los besos continuaron. El cerebro de cada uno se fue haciendo adicto a la oxitocina que provocaban esos besos; se fueron haciendo más húmedos y cálidos, en comparación de aquel pico en la plaza, y fueron tantos que la despedida llegó pronto. El verano se les pasó volando como un cuento de hadas; pero aquel verano, le regaló la primera historia de amor a cada uno. El último momento llegó y debieron despedirse.

—Mañana te vas. No lo puedo creer. Parece que fue ayer el día de tu llegada. No quiero que te vayas —dijo Franco.

—Te voy a extrañar, Fran. Me gustaron estos días. Pero, bueno, me toca ir —concluyó Cecilia con cierta resignación.

—Hagamos un trato. Esto es lo que haremos. —Franco se puso de pie y propuso—: No importa lo que cada uno haga en el año. Vos hacé tu vida en Asunción y yo hago la mía en Paradizo; pero sí o sí, escuchá bien, sí o sí, el verano es nuestro. Quiero pasar mis veranos como pasé este.

—Hecho, el verano es nuestro —acordó Cecilia.

Un estrujado abrazo, un último beso y nuevamente otro abrazo cerraron el pacto para el próximo final de diciembre de ese año 2000. Raúl, Clara y Cecilia se volvieron a Paraguay para retomar sus rutinas.

Los días posteriores no fueron fáciles para Franco. Se lo notaba ido y triste. No quería hablar con nadie y pasaba mucho tiempo encerrado. Dolores, de manera perfecta, conocía el motivo del estado de ánimo de su hijo. Ella supuso que pronto, con el inicio de clases y el retorno a las prácticas de fútbol, el joven iba recuperar su forma de ser. Llegado ese tiempo, no fue así. El joven seguía afligido. Ya iba acabando el primer trimestre de clases y seguía muy malhumorado. Solo había aprobado dos materias en la escuela y su rebeldía se hacía cada vez más elocuente. Más aun, dejó de asistir a los entrenamientos de fútbol. Si bien Dolores era consciente de que eso podría ser algo normal por su edad, presentía de forma acertada que la partida de Cecilia lo dejó así de irritable.

Pasaban las semanas y ya ni siquiera le importaban los golpes o regaños de su padre. Dejó de respetar a su familia, continuó incumpliendo con sus estudios y no disimulaba su mal humor. Por aquellos días, la familia Amarilla andaba escuchando tras paredes a un alterado Rafael. Mucho más de lo común. Conocían lo estricto y agresivo que solía ser. Por Juan Cruz, también tenían noción de algunas conductas machistas que intentaba inculcar a los jóvenes. En sentido a todo eso, los Amarilla decidieron poco a poco ir distanciándose de sus vecinos. No pasó mucho para que Franco y Juan Cruz, amigos y vecinos de siempre, solo pasaran a tener un saludo frío, obligado y a distancia.

Dolores Encanto, que cada vez estaba más preocupada por el rumbo de su hijo, tomó una determinación. Decidió acudir, con temor a malas consecuencias, a la posible ayuda de su esposo. Cuando ella expuso su punto de vista, con respecto a la situación del muchacho, Rafael enfureció. Comenzó a gritarle y acusarla de haberlo criado mal; como un nenito de mamá mimado y consentido en todo. Cuando terminó de decirle que él se pasaba trabajando para que ella solamente se encargue de criar a sus hijos, la empujó. Descargó su ira sobre los hombros de la mujer. La dejó sentada en el piso, llorando contra un mueble, y se marchó.

Esa noche, Rafael salió corriendo a buscar refugio entre sábanas y con su nueva amante. La misma joven a la que, esa misma mañana, él mismo le había conseguido un puesto en la secretaría municipal de Paradizo. No volvió a casa. Desde la mañana siguiente, y por varios meses, la casa tuvo una atmósfera tensa. No había paz en ningún momento y la discordia sobresalía. Fue un año difícil para todos.

María Pilar, con la excusa de estudiar para poder aprobar la materia que tenía pendiente y concluir sus estudios secundarios, escapaba de su hogar lo más que podía. Pasaba mucho tiempo con Valeria Cañas. En cambio, Dolores se ahogaba de llanto en el crepúsculo de sus noches en desamparo. Aun así, esa soledad al menos le permitía escapar de las discusiones y los golpes. En el fondo, ella deseaba que Rafael pasara todas las noches con su amante y que la termine dejando. El joven Franco, por otra parte, después de tantos altercados con su familia siguió empeorando.

Rafael Venario Martínez en esos años ocupaba un puesto importante en la municipalidad de la localidad de Paradizo. En cierta forma, muchos lo consideraban la mano derecha del intendente Colombo. Con varios años de trabajo logró tener un peso importante a la hora de tomar decisiones. Así mismo, ese poder que tenía hacía que en él fuera creciendo una obsesión por más y más poder. Se andaba rumoreando que el intendente tenía la idea de llevarlo a la concejalía en las elecciones legislativas del año siguiente (2001). Con ese rumor creciente, Rafael resolvió empezar a cambiar su trato arrogante con los empleados a su cargo, intentar ganar la confianza de sus colegas municipales y recuperar a su familia. Una familia sin problemas es una buena imagen en el pueblo y lo sabía de manera perfecta.

Se creía saber todo, tener respuesta para todo y poder todo. Nadie lo quería en la comuna municipal, pero nadie lo demostraba. Sabían que, por su posición y soberbia, podían perder sus empleos por el solo hecho de llevarse mal con él o contradecirlo fuertemente. En fin, a la casa 17 manzana 5 del Barrio San Cayetano comenzaron a llegar ramos de rosas naturales y de todos los colores, prendas de vestir de primera calidad y dispositivos electrónicos de última generación, entre otras cosas.

Escudado con el discurso de la llegada de una nueva Navidad y la unión de la familia, se mostraba arrepentido. Afirmaba haber recapacitado sobre el mal año que tuvieron. No paró hasta lograr, medianamente, acomodar sus calchas en la casa. No se puede afirmar un perdón genuino, ya que, en estos casos, la hipocresía resalta por todos lados. De todos modos, Rafael consiguió, fácilmente con el valor de lo material, demostrar una familia unida. Al menos eso se observaba puerta afuera en los meses finales del 2000. En definitiva, lo que se veía desde afuera era lo que realmente le interesaba a Rafael.

Había llegado nuevamente el solsticio del verano al pueblo. Solo le quedaban unos días al año que dio inicio al nuevo milenio. Fue el más difícil que le ha tocado afrontar a cada uno de los integrantes de la familia Martínez. Pero ya de vacaciones, y con el aliciente de la proximidad de celebrar la Navidad y un nuevo año, las expectativas parecían renovadas en el seno familiar.

Franco se encontraba discutiendo con María Pilar a medida que, entre ambos, iban preparando la mesa para el almuerzo. No lograba explicarse cómo su hermana hacía tanta fama a la primavera. Él afirmaba que el verano es la mejor estación del año.

—En primavera todavía hay varias mañanas frescas, en verano no. En primavera hay que levantarse a las siete de la mañana e ir a la escuela, en verano no —continuó el joven, renegando y entre risas, dirigiéndose a su hermana—. Antes de que saltes, para contrariarme o cargarme, ya te lo digo: los amores más lindos se dan en verano. La integración que se hace de la primavera con las flores, las mariposas, los colibríes, los colores y amores, es una total farsa. En primavera se trabaja normal y se sigue yendo a la escuela. Mamá, es la única que no tiene ese problema al no trabajar ni salir de la casa.

Dolores, desde la cocina, en aquel momento solo lo miró de reojo a su hijo, agachó la cabeza, siguió pelando un huevo hervido y no dijo nada. Estaba cansada de sufrir discusiones y no quiso retar al joven. Además, era consciente de que esos comentarios los repetía de tanto escuchar a su padre. María Pilar, en cambio, no dejó pasar por alto la expresión y defendió a su madre a gritos. Expresó, con voz alta y detalles, las innumerables actividades de un ama de casa como su madre. El clima de risas y cargadas se había tornado hostil en un santiamén. «Una pequeña chispa y comenzaba a arder el infierno en la casa. Así fue ese año 2000», me dijo María Pilar.