Siete cuentos vacacionales - Fulvio Monfardini - E-Book

Siete cuentos vacacionales E-Book

Fulvio Monfardini

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Beschreibung

En los siete cuentos de este libro aparecen situaciones concretas que se terminan resolviendo por las decisiones morales que se deben ir tomando momento a momento. Los distintos personajes en las diferentes tramas son arrastrados por euforias y corduras, culpas y absoluciones, vidas y muertes, amores y felicidades, normalidades y prejuicios, miedos y audacias, sosiegos y rutinas, desarraigos y dolores, y también por aspectos materiales e inmateriales que se meten en las vísceras de lo cotidiano para terminar dando espacio a lo ordinario o a lo extraordinario. Eso sí, a pesar del cúmulo nombrado, los siete cuentos, ambientados en distintos lugares de Argentina, tienen un factor común: las vacaciones.

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Seitenzahl: 195

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Monfardini, Fulvio José

Siete cuentos vacacionales / Fulvio José Monfardini. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

148 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-678-9

1. Antología. 2. Antología de Cuentos. 3. Cuentos. I. Título.

CDD A863

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Monfardini, Fulvio José

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Para los que ya no están: Lolo, Milín y Catalina.

Y para la que aún reza por mí: Modesta.

Todo eso fue dado y también

el antiguo alimento de los héroes:

la falsía, la derrota, la humillación.

En vano te hemos prodigado el océano;

en vano el sol, que vieron los

maravillados ojos de Whitman;

has gastado los años y te han gastado,

y todavía no has escrito el poema.

Jorge Luis Borges, “Mateo, XXV, 30”, 1964.

Siete cuentos vacacionales

Prólogo

De algún rincón de mi alma, florece, presurosa e inquietante, la necesidad de explicar cómo nació este libro. Que entiendan los motivos que llevaron a que ese número nueve esté tachado en el título es la intención del prólogo, pero no es lo que generó el revuelo de inquietud en mis tripas. Cuando uso el término inquietante, es porque estos cuentos surgieron y se empezaron a encauzar desde un cúmulo de dolores que se fueron cociendo a fuego lento durante dieciséis días. Mi espalda y mi corazón llevaron la carga y el sufrimiento generado por esos calores dolientes y espinosos como los átomos de fuego que alguna vez imaginó Demócrito de Abdera. Calores sigilosos y encendidos por una de esas seguidillas de derrotas a las que convencionalmente solemos denominar una mala racha que nos toca afrontar, sin escapatorias, en algunos trayectos de nuestra vida.

Noviembre y diciembre de 2021 fueron meses de grandes noticias en lo personal. Anhelaba que aquel fin de año se estirara un poco más. Fui tan feliz que no pude darme cuenta de que, tras el brindis del primero de enero, solo un segundo después del minuto exacto de la medianoche, ya se iniciaba otro año totalmente diferente. Tenía algunos indicios de que el 2022 no sería del todo bueno por la deambulante probabilidad de recibir una mala noticia. Sin embargo, la felicidad prolongada me llevó a perder la objetividad y no me hizo notar que, en ese mismo brindis o al otro día, cuando nos volvimos a juntar a tomar un poco de sidra fresca y comer lo que había sobrado de la noche del treinta y uno, o quién sabe en cuál de esos primeros días del nuevo año, gran parte de mi familia se estaba contagiando de la variante ómicron del COVID-19.

Yo continuaba vuelo con alas de pequeños laureles de ego por un sueño cumplido, y no me di cuenta de que a mi lado también volaba el suindá, con alas reales, con un tranco lento y con una firmeza implacable. En realidad, creo que todos sabíamos que la muerte rondaba la casa donde viví unos años de mi niñez, donde siempre celebré las fiestas de fin de año y donde he almorzado tantos domingos de mi vida que es imposible contarlos. De la misma forma en que sabíamos eso, también creíamos románticamente que eso nunca iba a suceder.

No imaginaba morir al abuelo. No podía. Nadie lo imaginaba. Era un hombre tan fuerte, un poco tosco y de ganas envidiables a sus ochenta y pico. No era imaginable desde lo subjetivo, pero, a decir verdad, estaba más flaco y su musculosa interior blanca le iba más holgada de lo normal. Tenía días de un andar más lánguido y otros días en que pasaba más tiempo acostado de lo común y hasta solía quejarse de algún dolor. Daba la impresión de que, de toda su fortaleza, solo le estaba quedando la rigurosidad de sus huesos y algunas fuerzas para intentar disimular el estado de sus días feos. Él ya venía luchando con un cáncer desde finales del 2020 y teníamos una seria fe en que al fin, en el 2022, iba a poder terminar con su tratamiento de quimioterapia y superar definitivamente todo.

“¡Este año nos sanamos del todo! ¡Vamos, eh!”, le dije después del brindis, de un beso en cada mejilla y de un abrazo como deseo de un feliz año.

“¡O nos descomponemos del todo!”, me retrucó sonriendo mientras nos soltábamos del último abrazo.

Ese era él. Mi madre, sentada a un metro de la punta de la mesa, escuchó. Dejó de mirar su celular, levantó un poco su cabeza, me miró por encima de sus lentes y me hizo una seña cerrando su ojo derecho. Sonreímos levemente y de manera cómplice. Por su gesto, deduje que ella había pensado que el abuelo solo hablaba para hacerse el gracioso. Siempre intentaba ser así en las fiestas o cuando estaba reunida la familia.

No obstante, justo al escuchar su respuesta, justo en ese momento donde reímos y terminé de hacer la deducción mental por el gesto de mi madre, observé sin parpadear la carne de su brazo izquierdo arrugada y más colgante que nunca. «¿Y si tiene razón?», preguntó mi inconsciente de inmediato y silenciosamente con una incisiva objetividad. Sentí un calor ardoroso recorrer mi espalda como si hubiesen descargado una anestesia epidural. Lo cierto es que, en esa fiesta, todos terminamos felices y esperanzados sin darnos cuenta de que fue una despedida. Quizás, más creíble es decir que no nos quisimos dar cuenta por una mala pasada que suele jugarnos el deseo en casos como este.

Dos días posteriores al primero de enero, un integrante de la familia dio positivo al COVID-19. Al otro día, otro; a los dos días, otro. Y así el virus llegó hasta mi abuelo. Fue allí donde aterricé de mi complaciente vuelo. Escuché más fuerte que nunca el canto de obituario del suindá. Al día siguiente de dar positivo al virus, el abuelo ya fue trasladado a un hospital debido a su patología. Un día más tarde, las transfusiones de sangre negativa ya no le duraban más de cuarenta y ocho horas. Fue puesto en terapia intensiva y, a las cuarenta y ocho horas siguientes, en coma inducido.

Todo eso pasó en diez días. Solo iban diez días del año y empezaba a sentir dolor. Un dolor que ya andaba en forma potencial recorriendo mi sangre. Además, no era solo la situación específica de salud del abuelo, sino también el contexto que conllevaba la pandemia para moverse y realizar los tratamientos en la provincia de Formosa. La familia sufrió un desgaste extra. El diez de enero abrí los ojos y tenía a gran parte de mi familia contagiada de COVID-19 y aislada en cuarentena. Sumado a eso, sufríamos profundamente la inminente partida del abuelo, al que nadie podía ver por protocolo sanitario.

Aún me arrepiento profundamente de no haberlo abrazado en el último momento en que lo vi. Aquella mañana cuando lo ayudé a cargar su bolso y una frazada para que lo llevaran al hotel donde debía hacer la cuarentena junto a la abuela y a una tía, ese fue el último momento. En realidad, fue un dilema que tuve que resolver en un segundo y hoy mi corazón me hace sentir que escogí mal. En primera medida, no lo abracé porque él no quiso abrazarme para no contagiarme. Sentí en ese segundo que, si insistía con el abrazo, él podía presentir que era una despedida y perder las esperanzas que tal vez le quedaban, y, sin esperanzas, sé que no hay lucha. Fue desde ahí que los latidos de dolor que se desprendían del bombeo triste de mi corazón hicieron que lentamente las esperanzas comenzaran a mudarse para siempre.

Enero seguía y la mala racha se acumulaba por otra derrota importante (algunos malos tragos no los describiré por considerarlos simples y por no aburrirlos). Con mi pareja teníamos reservada la estadía en una cabaña de Puerto Iguazú (Misiones), desde el doce al veinte de enero, y desde el veintiuno íbamos a instalarnos en la ciudad de Corrientes para salir con amigos y asistir, como casi todos los años, a la Fiesta Nacional del Chamamé. Así estaba el itinerario de nuestro viaje vacacional para aquel enero.

Debido a la situación compleja de mi abuelo, decidimos postergar el viaje para Semana Santa, para algún fin de semana largo o para cuando se pudiera. En relación con eso, resolvimos comprar dólares para que nuestros ahorros en pesos no perdieran tanto valor. Algunas veces, solíamos utilizar ese método de ahorro en consideración de la constante devaluación del peso argentino.

Con la decisión tomada, nos habíamos acostado a dormir la ardiente siesta del once de enero de 2022. En esa misma siesta, dos veces y en poco tiempo, el aire acondicionado dejó de marchar por unos bajones de la potencia de la energía eléctrica. Para la segunda interrupción de nuestros sueños, decidimos, irritados y con miedo a que se nos quemara el aire acondicionado, levantarnos y hacerle frente al calor y al mal humor de la siesta mal dormida. Preparé un fresco tereré de yerba lucero y nos sentamos bajo una sombra caliente que daba una parte de la casa.

En ese mismo momento, donde deberíamos haber estado durmiendo nuestra habitual siesta, mi pareja leyó la publicación de una persona de confianza ofertando la venta de dólares a precio razonable. Oportunamente, lo que necesitábamos. Mientras observaba la copa de unos paraísos y sauces para comprobar que no corría ni un mínimo soplido de viento, recordé que esa persona iba a realizar su fiesta de casamiento el fin de semana siguiente. De inmediato lo asocié y creí que vendía dólares ahorrados para solventar los gastos del evento.

No seguiré dando detalles. Me vuelven los retorcijones de tripas y la bronca de esa derrota. Solo contaré que a la persona en cuestión le habían hackeado absolutamente todas sus cuentas y aplicaciones de celular; por ello, esa misma tarde fuimos estafados. Perdimos todos nuestros ahorros que habíamos juntado tras el trabajo de un año y medio. Impotencia, bronca, desazón e intentos que sabíamos que no iban a resultar útiles y que solo terminaron humedeciendo más pañuelos, ciñendo con más fuerza nudos de garganta y aumentando punzadas en el pecho.

Como si fuese poco, a la tarde siguiente recibimos la noticia de la partida del abuelo. Todos sabíamos que en cualquier momento íbamos a recibir esa llamada que no queríamos. Era inevitable, a pesar de unas tibias esperanzas que revoloteaban en la atmósfera luego de mudarse de mi corazón que, para esas alturas, ya había despojado temporalmente a todos los sentimientos inmaterialmente misericordiosos. Minutos después de aquella llamada fría, sonó otra llamada con voz de culpa pero a la vez autoritaria que nos informó que al abuelo no lo podíamos despedir en un velorio.

Muchas veces, para la gente de a pie pareciera que existe otra justicia, otras reglas y otras restricciones. Mi abuelo por varios años, con mucho esfuerzo y con el apoyo de mi abuela, logró construir un nicho familiar en el cementerio de El Colorado. Mucho sacrificio a partir de su jubilación y de la jubilación mínima de la abuela. Muchas cosas se prohibieron, a pesar de su vejez, para que cuando les llegara el momento negro de la muerte eso no fuera un problema para nadie.

En vida, el abuelo tenía dos deseos cuando se refería al día de su defunción. Primero, quería que en el cementerio, antes de colocarlo en su nicho y luego del responso, le tocaran con un bandoneón y una guitarra el tema musical “La taba”, una composición instrumental del género del chamamé creada por su admirado Isaco Abitbol, junto a Reynaldo Díaz. Como segundo deseo, justamente, anhelaba no ir bajo tierra ni ser cremado; quería estar en su nicho. No sé por qué, pero así lo deseaba.

A pesar de estar recuperado del COVID-19, él siguió dando positivo al virus. El COVID-19 no lo mató. Él se terminó muriendo por su patología base: un cáncer de próstata que hizo metástasis en su médula ósea. Los días anteriores a su ida, parte de mi familia, aislada en un hotel de la ciudad, no venía durmiendo bien por la angustia y por esas pulsaciones y presiones arteriales que subían y bajaban de la nada hasta que provocaban vómitos o solo náuseas, porque en realidad no había nada para vomitar.

Lo que fue muy lamentable e irritó mucho fue que, por el protocolo sanitario de la provincia de Formosa, no se pudo colocar el cajón en ese nicho que mi abuelo hizo con tanto sacrificio. Fue, y aún sigue estando, bajo tierra por ese protocolo. Por aquellos días, en El Colorado había circulación comunitaria del virus. Podíamos llegar a entender que no se lo pudiera velar en una sala por dar positivo a COVID-19 en el momento de su muerte, pero lo que no se entendió fue por qué les interesó tanto el protocolo para ese caso. En esos mismos días, hubo baile en dos boliches locales y no les interesó el protocolo; las canchas de fútbol de El Colorado se llenaban los sábados y domingos, y no les interesó el protocolo; la gente se amontonaba en supermercados, cajeros y Rapipagos, y no les interesó el protocolo; el parque acuático de El Colorado reunió, desde diciembre a febrero, miles de personas todos los días y de todos lados, y no les interesó el protocolo. Pero un cajón que había venido desde la ciudad de Formosa soldado, sellado, cerrado y con un cuerpo totalmente envuelto por un grueso nailon luego de ser sanitizado exhaustivamente no podía ir a su nicho por protocolo.

Controlaban lo que querían y cuando querían. Los gobernantes locales y provinciales, en línea con el kirchnerismo, siempre carecieron de sentido común y no les importó el dolor de la gente. De hecho, en Formosa, durante la pandemia, hasta se llegaron a violar los derechos humanos e ir en contra de la Constitución nacional. En fin, por protocolo, no le pudimos cumplir el deseo a mi abuelo. Fue directo a un pozo. Si en ese tiempo hubiésemos sabido que ofreciendo plata a la justicia se podía conseguir algún indulto por violar las restricciones sanitarias, como lo hicieron el presidente Alberto Fernández y su esposa Fabiola Yáñez (por la fiesta en la Quinta presidencial de Olivos), quizás hubiéramos hecho una vaquita, le brindábamos una buena despedida al abuelo y le cumplíamos el deseo de descansar en su nicho. Se me vinieron encima cuatro días de luto amalgamado con rabia. Y la rabia que no se libera enferma. Días afligidos de duelo y de mucho acompañamiento a la abuela, a mi madre y a mis tíos.

Iban dieciséis días del mes de enero y aprendí que en cualquier instante todo puede derrumbarse. Me quedaban quince días por delante para terminar el peor mes de mi vida. Para más, enero de por sí ya es un mes que se hace psicológicamente largo para todos.

En el intento de superar el dolor de una manera complaciente, me propuse pensar y escribir, para cada día de enero que quedaba, una idea. El propósito era que esa idea fuera la potencial trama para un cuento en el futuro. Como consigna, decidí que el factor común de las ideas fueran las vacaciones, porque, a pesar de todo, yo estaba de vacaciones.

En esos tiempos, sin tener la presión del sonido de los despertadores y de los timbres de las escuelas donde trabajaba, tomé la costumbre de dormirme tarde en la noche y estirar un poco más el sueño por la mañana. La mayoría de mis ideas, para un posterior intento de escritura, surgieron en horas de la madrugada y se pulieron durante el día. Casi todas las noches me leía algo y miraba alguna serie televisiva junto a mi novia. ¿Tal vez eso terminaba despertando alguna idea en mi cerebro tras dormir unas horas? De igual forma, en otros momentos del día también leía algún cuento o artículos que me eran interesantes. Muchas veces leía, desde mi celular, cuentos y poemas universales, y también en mi habitación siempre andaba dando vueltas alguna novela o parte de colecciones literarias.

Confieso que no soy un gran lector. No tengo esa conducta o capacidad de concentración para leer por más de una hora, pero siempre lo que llego a leer lo hago por placer. Lo contrario me pasa con la escritura. Puedo pasarme horas y horas escribiendo y trabajando para darle contenido a un escrito. Considero que la escritura es un don de Dios y que para los bendecidos no es más que un método natural de autorregulación del exceso de sentimientos.

Para aquellas noches de enero, con el fin de que no se me escapara ninguna idea, improvisé una técnica donde agendé mi número de celular a mi propio teléfono. Me agendé a mí mismo. Lo hice ya que en un par de ocasiones me había sucedido de concebir una idea interesante (a mi criterio), pero, al estar acostado, a punto de dormir y con un anotador lejos, terminaba confiando en que me iba a acordar todo al día siguiente, y finalmente la memoria acababa fallando en la mayoría de los casos. Tener el celular debajo de la almohada hacía que, cuando viniera una idea y estuviera en somnolencia, me mandara un audio a mí mismo por WhatsApp y todo quedaba registrado para luego darle forma si lo valía. Recordar los viajes y los lugares que he podido tener y conocer a lo largo de mi vida también me fue ayudando a dar forma y sentido a las ideas que fueron surgiendo.

Si bien estos cuentos son absolutamente ficticios, siempre intento que sean narraciones que puedan darse en la cotidianeidad de las personas y que, en alguna parte o medida, cada lector se sienta identificado. No me gusta, y tampoco puedo, escribir algo que verdaderamente sé que no pasará. O, seguramente, solo no cuento con el talento creativo para ello. Apuesto a lo material y también a lo inmaterial, pero como porción indispensable del paso a paso de la vida material de las personas. Mi compromiso como escritor, en sintonía con mi andar y mis convicciones, es volcar lo máximo de mis capacidades en los renglones respetuosos que pueda escribir a lo largo de mi vida.

Por esa búsqueda, me inclino siempre a intentar ubicarme en el realismo crítico y social. Esta es una corriente literaria que nos da la posibilidad de abandonar la realidad romántica e idealizada para poner sobre la mesa los trasfondos sociales donde se van pariendo las decisiones que hacen transcurrir la vida de cada uno y de cada lugar. Me inclino por esa filosofía que apareció en nuestro continente a finales del siglo XIX para poner la razón sobre cualquier sentimiento y para denunciar desde la literatura las injusticias sociales de cada contexto. Ese realismo que aspira a despertar el juicio crítico de sus lectores es el que emerge de mi espíritu que, tal vez en el anhelo de hallar una forma de no morirse sin luchar, me termina haciendo escribir lo que escribo y de forma placentera.

Creo férreamente, desde mi humilde rincón, que los pueblos de Latinoamérica necesitamos un boom literario de realismo crítico y social en este siglo XXI, así como una vez hubo un boom literario de realismo mágico en el siglo pasado. Si bien la realidad jamás será conocida de una manera absoluta, la necesitamos para despertarnos, para generar una introspección objetiva de lo que pasó, de dónde vivimos, de cómo vivimos y de por qué vivimos de una u otra manera. A partir de esa realidad se podrá, a mi entender, dilucidar el inicio de una batalla cultural que nos invite a surgir gradualmente de las circunstancias que nos llevaron a los males sociales, a los vicios políticos y a la pobreza. Esa pobreza que penosamente estamos naturalizando. Esa pobreza que sigue creciendo y nos castiga por la mayoría de los rincones del continente latino.

Al igual que en mis primeros dieciséis días de enero del 2022, en la vida hay situaciones que están más allá de nuestro alcance. Hay veces en que todo puede esfumarse en un mínimo instante, pero también hay situaciones, personas e infinitas oportunidades para buscar la manera de superar las adversidades. Es así que, en los últimos quince días de aquel negro enero, como un intento de ir apagando los calores dolientes de una mala racha, surgieron las ideas. En aquellos quince días, pude concebir nueve ideas para intentar convertirlas en cuentos.

De una idea a la redacción de un cuento hay un largo trecho, pero en la mayoría de los casos con la misma idea ya me terminaba imaginando gran parte de la trama. Con aquella consigna pude pasar aquel lapso áspero y renovar fuerzas. Dos ideas y, por consiguiente, dos cuentos han quedado por el camino. Un cuento, “Desahogo de un negro enero”, quedó plasmado en gran parte de este prólogo por la necesidad inquietante de mi alma. El segundo cuento, “La niña del lapacho”, terminó encaminándose hacia una novela policial que seguramente en algún momento del futuro la terminaré de escribir y, si me convence, la publicaré. Han pasado quince meses desde aquellos quince días agrios, quince días sombríos de los cuales han surgido las ideas que terminaron dando a luz a los siete cuentos vacacionales de este libro. ¡Feliz lectura!

Fulvio Monfardini

El Colorado, 03 junio de 2023

Llantos y opresiones

Cuando los veladores del dormitorio se apagaron en una de las primeras noches calientes de enero de 2019, Aldo Antillo se dio cuenta de que su esposa se fue a la cama con una molestia considerable. La conocía lo suficiente y se percató de que la molestia realmente era desmedida. Jamás la había visto con ese semblante que hablaba por sí solo. Aquella vez, ella ni siquiera necesitó seguir y terminar la discusión con algún tipo de berrinche o con la vehemencia que dejase bien en claro su postura y malestar. Venían de una semana de pequeños desencuentros acerca de qué hacer en el verano, pero esa noche se había decidido que las vacaciones al Fin del Mundo serían imposibles de realizar y que se haría lo que estaba planeado.

Aldo alumbró con su celular para detectar sus ojotas y salió de la habitación. No quiso encender su velador. Su mujer le daba la espalda, acurrucada y tapada hasta la cabeza con el cubrecama debido a que el acondicionador de aire de ventana resoplaba directamente en su cuello y su cabeza. No quería pararse a subir la temperatura y mucho menos pedirlo a su esposo.

Él se dirigió al patio trasero de la casa y se recostó sobre una pila de ladrillos. La frescura de la madrugada incipiente aún no apagaba la tibieza de la noche. Intentó buscar algo de calma fumando dos cigarrillos seguidos. Pasaron unos minutos y el calor que brotaba del cemento empezó a molestarlo.

Miró la hora en su teléfono y volvió al inútil intento de darle al hecho un tono amable. Tanteó, cariñosamente, hablando de una postergación hasta el verano siguiente o hasta el receso invernal de ese mismo año. Lo intentó, pero no pudo apaciguar el ambiente que para él ya se había tornado en una cuestión irreversible, al menos por unos días. Sí apaciguó el ambiente de la habitación levantando la temperatura del aire de ventana a veinticuatro grados. Se acostó y terminó por dormirse tras hacer infinitos cálculos mentales.

Él era un hombre estructurado y su organización siempre giraba en torno a una visión del futuro planificado lo más estrictamente posible. Odiaba las improvisaciones. Lo alteraban porque siempre terminaba eligiendo mal en los apuros. Con esa forma de vida, desde el vamos ya le había molestado la intención de un viaje que no estaba planeado y, además, que tampoco era factible por el requerimiento de ir en avión, al menos en el tramo desde Buenos Aires hasta Ushuaia. La plata que tenían ahorrada en un plazo fijo tradicional, a punto de ser liberada, era muy justa para la pretensión de su mujer.