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Tercer Tiempo nos sumerge en el vibrante mundo del fútbol amateur, donde cada jugada trasciende la cancha para convertirse en un reflejo de la misma vida. A través de relatos cargados de emoción, cada relato captura la pasión, los conflictos y las alegrías que nacen bajo el brillo de los reflectores o en una polvorienta cancha del desierto. Con una prosa ágil y evocadora, este libro revela los vínculos humanos y las memorias imborrables que el fútbol inspira, convirtiendo cada partido en un viaje de camaradería, esfuerzo y resiliencia. Perfecto para amantes del deporte rey y para quienes buscan historias profundas, Tercer Tiempo es una celebración de la vida, la amistad y el ineludible paso del tiempo. ¿Listo para vivir el partido?
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Seitenzahl: 170
Veröffentlichungsjahr: 2025
Título: Tercer tiempoAutor: Mauricio Moyano Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago, Chile. Fonos: 56-224153230, [email protected] Diseño y diagramación: Sergio Cruz. Primera edición: marzo, 2025 Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N°2022–A–7897 ISBN: Nº 978956338788-9 eISBN: Nº 978956338789-6
Para Carla, Juanita y Paulina que han aprendido a convivir con los arranques de locura propios de esta enfermedad.
“Se ve linda mi cancha rayada con salitre, si amables oyentes, yo digo que ningún campo deportivo del mundo puede lucir un rayado así de blanco, así de fulgurante, porque el salitre es más blanco que la cal, más blanco que la leche, más blanco aun que la nieve de la cordillera de los Andes”.
Hernán Rivera Letelier, El Fantasista.
Estaba sin trabajo cuando visité una salitrera por primera vez. La larga búsqueda por un empleo me llevó a subirme a un bus que viajaba desde Antofagasta a María Elena para realizar las últimas entrevistas dentro del proceso de selección en la minera a la que estaba postulando. Me reuniría con las personas que esperaba serían mis superiores en la faena.
En ese punto de mi vida estaba al borde de la desesperación: agobiado por las deudas y los días vacíos, tenía pesadillas sobre el proceso de selección que me desgarraban. Cada noche, antes de dormir, repasaba mis respuestas y mis modales, y luego soñaba que al otro día todo se iba a ir al carajo.
Apostaba a ganador mientras la fortuna era esquiva durante ese período. Seis largos meses sin trabajo habían agotado mis ahorros. Lo contradictorio en esos casos es que, cuando necesitas dinero, los bancos te ayudan a hundirte más, porque siguen prestándote plata. Reventé mi línea de crédito. Tuve que vender mi auto y otros enseres para continuar pagando el arriendo y las deudas bancarias. Mi bicicleta ya se estaba quedando sin cadena ni pedales.
Por esos años la economía se estaba recuperando de la crisis de las hipotecas que en 2008 azotó a Estados Unidos y arrastró al resto de las naciones a una debacle. Pero ninguna crisis es eterna y por eso muchas materias primas, como el mismísimo cloruro de potasio, el producto estrella de la salitrera, encamaraba su cotización en los peldaños más altos de las variaciones de los mercados internacionales. La economía empezaba a recuperar la demanda por trabajadores, dándome la oportunidad de volver a la fuerza laboral y terminar mis lentos días como desempleado.
El viaje en el bus fue tranquilo, incluso pude dormir luego de contemplar por largos minutos los cerros que dominan el árido paisaje del norte grande. En mis audífonos sonaba La Ley, mientras el bus recorría los desiertos de lados transparentes. El sol pegaba fuerte e iluminaba hasta los últimos rincones que se lograban divisar de la cordillera de los Andes. Los espejismos se multiplicaban al avanzar sobre una pampa ardiente que presagiaba lo incierto de mi destino.
En la oficina María Elena me esperaba Omar, un empleado de recursos humanos de la empresa, encargado del proceso de selección. Un cuarentón robusto, amistoso y bueno para conversar. Su piel oscura, curtida por el sol, evidenciaba los años de presencia en la salitrera. Nos saludamos y luego nos subimos a la camioneta que manejaba para dirigirnos a las oficinas donde comenzarían las entrevistas.
–¿Así que nunca habías venido a María Elena?
–No, primera vez –le dije.
–Bueno acá no hay mucho, aparte de la salitrera solo tenemos el campamento de la empresa y algunas casas de la gente que todavía vive por acá –me explicó.
–¿Vive gente acá? –pregunté, sorprendido de que un pueblo salitrero como este, en medio de la pampa todavía albergara habitantes.
–Sí, en el pueblo habitan principalmente descendientes de los trabajadores de la salitrera, quienes tuvieron sus casas y nunca se marcharon –dijo mientras pasábamos por la plaza.
La camioneta se detuvo frente a la entrada de un estadio pequeño, de fachada blanca.
–¿Juegan en esta cancha? –le pregunté.
–No, esta cancha la usaban cuando vivía mucha más gente y había clubes de los trabajadores, quienes organizaban una liga de fútbol para jugar en contra de otras oficinas salitreras. ¿Tú juegas?
–Sí, algo juego todavía. En la universidad jugué mucho. Pero ahora solo amistosos con los amigos.
–Muy bien, acá nos gustan las personas deportistas. Si entras a la empresa, no te va a faltar pichanga. Desde este año tenemos una cancha nueva de futbolito, de pasto sintético, donde armamos buenos partidos entre las distintas secciones. Yo juego al arco por el equipo de los administrativos. A final de año armamos un evento grande y vamos a Antofagasta a jugar contra otra empresa, está bien organizada la rama deportiva.
–Qué buena iniciativa. Siempre es bueno estar moviéndose, sirve para despejar la mente y mantener buen estado físico.
–Exacto, además sirve para liberar tensiones y hacer la semana agradable. Eso sí, hay algunos que siempre se toman el juego muy en serio, se alteran con las jugadas fuertes, reclaman y gritonean a los compañeros.
–Pasa en todos lados…
–Y tú, ¿de qué juegas?
–De mediocampista, me gusta la creación.
–¿Como el mago Valdivia?
–Sí, pero más me gustaba el estilo de David Pizarro, que también tenía técnica y generaba buenas salidas.
–Acá nos falta mucho un mediocampista. Nadie asume bien esa tarea. Estamos siempre saliendo a pelotazos, Yo les digo: “Cabros, jueguen entre ustedes, hagan paredes, protejan el balón y no la rifen tanto”. Ojalá pases bien todas las entrevistas y juguemos juntos.
–¡Ojalá! Oye, ¿tú sabes si está muy difícil la competencia para entrar?, ¿tienes un consejo para enfrentar bien las entrevistas con los jefes?
–Mira, cabrito, si te llamaron hasta estas instancias es que ya estás casi dentro. Hoy te tienes que entrevistar con la psicóloga, tu jefe, dos superintendentes y algún gerente que le dé el visto bueno a la contratación. Quizás, si alcanza el tiempo, hasta te podemos hacer los exámenes médicos en la enfermería y dejamos todos listo hoy. Si eres bueno pa’ la pelota estás casi dentro.
–Estaría bueno. Eso sí, me gustaría, si no es mucho pedir, que me dieras un consejo para no embarrarla en las entrevistas. Me mandé el pique desde Antofagasta para quedar dentro y de verdad necesito este trabajo. Hace mucho que estoy cesante y ya no duermo tranquilo, pensando en todas las deudas que crecen con cada mes que pasa.
–Pucha, no sabía que estabas tan complicado, viejito. Mira, lo fundamental es que tienes que hacerte la idea de que esta es una empresa minera. El que sea salitrera y venda salitre no le quita el carácter de operación minera y, como toda operación minera, la seguridad tiene que ser tu principal foco en el trabajo. Llegar a casa a salvo es nuestra principal motivación.
–Claro, la seguridad entonces.
–Sí. Eso es básico. La semana pasada mandaron por correo electrónico un reporte de incidentes de seguridad que parecía chiste de los tres chiflados. Acá la gente se relaja mucho, como es una operación chica y todos hacen la misma pega desde jóvenes, se pierde el respeto por los controles. Hace pocos días un operador de cargador frontal, ese que carga el caliche con su balde gigante al chancador, se mandó el numerito del mes. Te lo cuento, cabrito, porque se ve que tú estás empezando y tienes que crecer de los demás, no con tus propias cagadas, eso que andan diciendo que la experiencia es el nombre de los errores propios, es una mentira del porte del camión al que te vas a meter a hacerle mantención. Uno puede aprender de las experiencias del resto y, sobre esta base, actuar en concordancia con las normas, pues las normas nos salvan la vida, y ahora te va a quedar clarito por qué. La historia comienza con el operador del cargador. El operador se dirigió al turno en su bicicleta para no utilizar el auto, porque no le gusta dejarlo todo el día al sol llenándose de polvo de caliche. Acá todas las distancias son cortas, el pueblo tiene seis calles, llegas en cinco minutos a todos lados. Así que para tomar la choca, a la hora de almuerzo, el colega dejó el cargador frontal estacionado en el taller de mantención y se fue a comer a su casa en la bicicleta. Al regreso del almuerzo su jefe lo llamó y le dijo que tenía que ir a limpiar la zona de carga del ferrocarril. Esta es otra zona de la operación, desde donde sale el tren rumbo al puerto de Tocopilla. Por efecto de las cargas semanales de caliche para exportar se junta mucho material que no se puede perder. El operador estimó que puede estar toda la tarde e incluso ocupar todo el día siguiente en esa tarea y decidió llevar su bicicleta alojada en la tolva del cargador frontal, así cuando terminara el turno, dejar estacionado el cargador y devolverse en bicicleta desde la zona del ferrocarril. Y acá mi colega se mandó el numerito. Cuando va en camino al ferrocarril, lo llamó el jefe de producción indicándole que tenía que volver a la zona de operaciones, porque el ritmo de producción estaba muy bajo y tenían que asignar dos cargadores para lograr la meta del año, tú sabes de este tema, si se cumple la meta, más bono para los inversionistas. Además, el precio del producto está subiendo como la espuma, así que la producción que no entra al chancador se pierde y es plata que no cae en el mes. Entonces mi colega partió derechito al chancador, se olvidó de que llevaba su bicicleta en el balde y la primera carga que metió en el turno iba con bicicleta y caliche. Materialmente el chancador está fabricado para triturar rocas de caliche y no para el grueso fierro de una bicicleta oxidada, así que se trabó de inmediato y hasta ahí nomás llegó la meta de producción y cagó el bono. Se lo querían comer a mi colega. El jefe de mantención estaba vuelto loco llamando a unos contratistas para que se metieran ese mismo día con cuatro sopletes y le dieran con todo a la chatarra atrapada hasta fundir el fierro, pero se demorarían como cuatro días, entre llegar desde Collahuasi, instalarse con las herramientas y recuperar al chancador de vuelta. La credibilidad para cumplir las metas de venta ya estaba en entredicho. Los inversionistas podían comenzar a hacer ruido y exigir un golpe de timón, cambios de gerencia y todo eso. Imagínate el jefe del operador, tuvo que dar explicaciones a todo el mundo.
–¿Y qué le paso al operador del cargador? –pregunté.
–Lo echaron ahí mismo, falta grave al reglamento de seguridad. Y desde entonces quedó como tú.
–¿Como yo?
–Sí, pues, cesante –me dijo, compadeciendo sinceramente mi aciaga situación.
Omar se estacionó y entramos a la oficina de la administración, donde me realizarían las entrevistas respectivas. Mi acompañante sugirió comenzar sin perder ningún segundo e ir directamente con la psicóloga. “Tú sabes: un desquiciado no puede manejar la correa transportadora”, comentó. La primera parte del proceso de selección consistió en una prueba y luego un cuestionario. Después tuvieron lugar las reuniones siguientes, con jefes directos e indirectos. Me explicaron sus jerarquías y sus roles en la estrategia de producción. Llegó el mediodía y me avisaron que me pasaría a buscar Omar para ir al casino. Ingresamos al casino de la faena, recogimos un par de bandejas y pudimos elegir lo que quisimos del menú. Nos sentamos y continuamos conversando.
–Acá los tenemos que regalonear. No se pueden quedar si no les gusta el casino de María Elena –comentaba mi anfitrión mientras se servía medio pollo con papas fritas.
–Se ve rica la comida. Estoy indeciso.
–¿Y qué equipo te gusta? –lanzó Omar.
–Soy del CDA, Club de Deportes Antofagasta.
–Dale, yo soy del Cobreloa.
–¿Eres de Calama?
–No, soy de Tocopilla, pero siempre me ha gustado Cobreloa, y más después del paso de Alexis por Calama. Cuando Alexis pasa por Tocopilla es una fiesta, llega con regalos para los niños y organiza lindas navidades.
–Sí, lo he visto en la tele.
–Dale, no te molesto, come tranquilo. Yo soy bueno para conversar y si es de fútbol más todavía.
–No te preocupes, si yo también soy futbolero. Soy fanático en realidad –confesé la enfermedad que me acompaña desde pequeño.
–¡Oye, yo también! Oye, cabro, ¿te gustaría conocer la cancha donde jugamos? Queda al lado del campamento minero. Estamos a cinco minutos desde aquí.
–¿Nos alcanza el tiempo? No quiero atrasar las entrevistas.
–Vamos, no te preocupes, tenemos toda la tarde para terminar tus trámites. Además, si se extienden las entrevistas, te puedes quedar acá durante la noche, tenemos piezas disponibles en el campamento.
–Bueno, tendría que pensarlo.
–Claro, reflexiona, no te apresures en decidir… a tu disponibilidad…
En minutos estábamos de nuevo en su camioneta, recorriendo el campamento de María Elena. Un cielo azul, desnudo y transparente, acompañaba al inclemente sol de la pampa que mantenía el asfalto ardiendo. El tráfico en las solitarias calles de tierra era mínimo. Omar estacionó y nos bajamos frente a una cancha de pasto sintético. El suelo verde resaltaba entre los tonos ocres del desierto. Desde el suelo emergían fumarolas con olor a caucho quemado. “Este es nuestro teatro de los sueños”, me indicó mientras ingresábamos al campo de juego. “Está buena la cancha”, le respondí. El calor era insoportable sobre el pasto sintético. Era un verdor terrible. Atravesé caminando las dos áreas mientras comenzaba a sudar. Tras nuestro breve paseo, Omar me fue a dejar a la oficina y me instruyó que esperara en la sala de reuniones hasta que llegaran las personas para continuar con el proceso de selección. En el intertanto, él cruzaría la calle (el campamento estaba al lado de las oficinas) e iría a su pieza a dormir una siesta para volver en media hora. Era una práctica habitual y hasta segura, me indicó.
–Mejor estar repuesto y volver al turno con la mente despejada, que pasar la tarde con sueño y pegarse un pestañazo al volante ¿o no? –me cuestionó, buscando mi aprobación.
–Creo que sí. Si lo miramos desde el punto de vista de seguridad, tienes un buen argumento –le respondí.
–Dime que sí nomás, cabro, esto no es parte de la entrevista, no estés nervioso. Ya, viejito, yo voy y vuelvo.
Esperé dos minutos en una sala de reuniones. En las paredes se exhibían papelógrafos, algunos aludían al plan de producción y otros eran reportes de seguridad. De pronto llegó a entrevistarme el jefe de mantención. Era la primera entrevista de la tarde y fue algo tensa; yo estaba nervioso. Pero luego, al poder explicar mi experiencia con detalle, se tornó más amena. El jefe de mantención me comentó sobre las principales responsabilidades que tendría al integrarme al grupo de mecánicos de equipos mineros y los desafíos que tenía la operación en ese momento. Debí de haberle dejado una buena impresión, pues al terminar la entrevista me dijo que mi experiencia se acomodaba al perfil de puesto que estaban buscando. Luego vinieron otras entrevistas, con otros jefes de área. Cuando llegó la tarde había repetido tantas veces mi discurso que lo sentía como una performance teatral. El proceso, sin embargo, se retrasó en las últimas instancias: restaban la entrevista psicológica y otra con el gerente de operaciones.
Para rendir el examen psicológico me entrevistó una señorita que anotaba diligentemente mis datos mientras yo le contaba acerca del rol al que postulaba. Me costó terminar de describir las veinte imágenes que vi en las manchas que me mostraban. Describí las situaciones que aparecían frente a mí y se escondían entre figuras de blanco y negro.
En veinte minutos estaba listo, de vuelta en la sala de reuniones.
–Si pasas la entrevista con el gerente ya estás dentro, viejito –me animaba Omar–. Uno de los gerentes tiene que aprobar la contratación que le proponen los superintendentes y, por lo que ya me contaron los colegas, te están recomendando para el puesto. Hay que esperar un rato nomás. Estamos llamando para que terminemos por hoy y alcances a hacerte los exámenes médicos antes de que parta el bus a Antofagasta –continuaba Omar, convencido de que en los 45 minutos que restaban para que saliera el bus podría terminar todo. Se marchó tras decirme que tenía que avanzar con un tema y me dejó solo, nuevamente, en la sala de reuniones.
Los minutos continuaron su inexorable marcha. Cada vez que miraba el reloj me convencía de que tendría que tomar el bus de regreso a la Perla del Norte y volver otro día para realizar la última entrevista.
Faltaban diez minutos para que saliera el bus y yo seguía en la sala de reuniones. Llamé por celular a Omar para pedirle que me llevara a tomar el transporte de regreso. Cuando apareció nuevamente, quedaban cinco minutos y me preguntó si prefería quedarme en el campamento y terminar el proceso de selección al día siguiente. Ahora que lo pienso, ahí mismo tuve que frenarlo y decirle que no. Que me iba y volvería otro día. Pero fui débil y me convenció para quedarme, por culpa de la famosa pelotita y su teatro de los sueños.
–Así te ahorras dos viajes. Podemos alojarte en una de las piezas para visitas –me explicó.
–Por lo mismo yo me quedaría también, pero vine por el día, así como me ves. No tengo ropa para cambiarme ni cepillo de dientes.
–No te preocupes por eso. Acá hay de todo. Podemos dar una muda con ropa limpia. Además, tenemos partido más tarde. Nos falta gente y podrías parchar para completar.
–Bien, entonces me quedo. Déjame llamar a mi polola para avisarle –le confirmé.
–De todas maneras. Te dejo hablar tranquilo. Yo iré a apagar mi computador.
Le comenté a mi polola que me quedaría esa noche en el campamento para ahorrarme los viajes; acordamos que la llamaría más tarde desde la habitación que me asignarían. Interpreté como un buen augurio el poder probar el futuro campamento antes de firmar algún contrato.
Nuevamente estaba solo en la sala de reuniones. Al rato volvió Omar y me contó que con mi incorporación al amistoso se cerraba la nómina para el partido de la noche. Les faltaba un mediocampista.
–Contigo quedamos listos para el partido amistoso. Tú juegas al medio. Te quiero pasándote a los viejos y generando vértigo.
–Pero no traje nada, ando sin equipo.
–No te preocupes por eso. Acá te prestamos el equipo completo y así aprovechas de comenzar a conocer a la gente con quienes trabajarás.
–¿Y quiénes juegan hoy?
–Nosotros, los de administración, en contra de mantención, tus futuros colegas. Tú vas a jugar para nosotros.
–Lo que usted diga, nunca le diría que no a una pichanga.
–Vamos a tener que ir a probarte zapatillas, viejito. En el gimnasio tenemos las cosas para equiparte. No hay excusa para no hacer un deporte. El campamento tiene todo lo necesario para practicar fútbol, ir al gimnasio e incluso nadar, porque tenemos una piscina temperada y sauna.
–Ya me está gustando María Elena.
–Estamos al mejor nivel de campamentos mineros, es nuestro orgullo. Acompáñame, que vamos a ir a buscar tus cosas para el partido y aprovechamos de darte las llaves de tu pieza. Más tarde nos vamos a la pichanga.
Salimos de la oficina y nos dirigimos en camioneta al campamento. El camino era un tramo corto que une la instalación industrial de la mina con María Elena. Entramos a la recepción del gimnasio, donde me entregaron el equipamiento deportivo y una muda de ropa para el día siguiente, junto con artículos de aseo. A continuación, pasamos por la oficina de administración del campamento para recoger la llave de la habitación. Me dieron la llave y Omar se despidió; nos juntaríamos a las ocho en la cancha. Encontré la habitación y dejé las bolsas con la ropa encima de la cama. Miré por la ventana hacia los límites del pueblo salitrero. El atardecer llegaba a su apogeo y regalaba furiosos tonos violetas, que se plasmaban en el firmamento. Quedé absorto ante la luminosidad que entregaba el atardecer en la pampa. Los cerros se pintaban con tonalidades ocre mientras aparecían las primeras estrellas que en pocas horas iluminarían por completo el infinito cielo nortino.
La noche cayó rápido; sin embargo, tuve tiempo para descansar y recostarme un momento. Era una habitación grande y con buenas instalaciones: baño privado, un escritorio y un sillón para mirar la televisión que colgaba desde un muro. Era otra época la que se vivía en la salitrera. Contraste abismal con las precarias condiciones de trabajo donde decenas de años atrás en el mismo lugar, se les pagaba a las personas con fichas que equivalían a dinero, pero un dinero que solo podían gastar en la misma salitrera.
