Tierra del Fuego - Mario Diament - E-Book

Tierra del Fuego E-Book

Mario Diament

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Beschreibung

Tierra del Fuego trata el tema del conflicto palestino-israelí con equilibrio y haciendo que los personajes expresen su verdad y su idea de lo que es justo. A partir de un episodio real, Diament muestra el drama de estos dos pueblos: el judío que tras dos mil años de persecución, humillación y masacre vuelve a su tierra ancestral, y al hacerlo desplaza y somete al palestino a condiciones de vida semejantes a las que él sufrió en el pasado. Entonces, la víctima se convierte en victimario y el oprimido, en opresor. La obra deja en claro que no hay una única verdad, pero sí una necesidad imperiosa de que se encuentre una solución para que los protagonistas del drama real superen el odio y puedan construir un futuro de paz. En Aquí y ahora, se desarrolla una breve historia del conflicto hasta la situación actual. En Enfoques para analizar, se estudia el papel del arte como representación de la realidad, la relación entre arte y política, y el modo en que la obra se vale de recursos dramáticos para tratar el tema.

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Seitenzahl: 98

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Colección Generación Z

Realización: Letra Impresa | Ediciones Continente

Autor: Mario Diament

Secciones: Andrea Máscolo

Edición: Patricia Roggio

Diseño: Gaby Falgione COMUNICACIÓN VISUAL

Fotografía de tapa: Gianni Mestichelli

Diament, Mario Tierra del Fuego / Mario Diament. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Letra Impresa Grupo Editor ; Continente, 2020. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online ISBN 978-987-4419-26-2 1. Teatro Argentino. 2. Conflictos Internacionales. I. Título. CDD A862

© Mario Diament, 2011 © EDICIONES CONTINENTE, © Letra Impresa Grupo Editor, 2020 Guaminí 5007, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina. Teléfono: +54-11-7501-126 Whatsapp +54-911-3056-9533contacto@letraimpresa.com.arwww.letraimpresa.com.ar Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción parcial o total, el registro o la transmisión por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin la autorización previa y escrita de la editorial.

Índice de contenido
Inicio
Aquí y Ahora
Teatro
Tierra del Fuego
Acto I
Acto II
Epílogo
Mario Diament

Tierra del Fuego: la mirada sobre el otro

La obra de teatro Tierra del Fuego nos habla del conflicto entre Israel y Palestina. Entonces surge una pregunta: ¿qué relación puede haber entre dicho conflicto y la provincia más austral de la Argentina? Una respuesta inmediata podría ser: el conflicto entre Israel y Palestina es ajeno a los argentinos. Sin embargo, a diario nuestros noticieros de televisión y prensa escrita mencionan enfrentamientos en la Franja de Gaza, revueltas entre jóvenes palestinos y policías israelíes, y advertencias de romper los pactos existentes. Ese interés por el tema no es meramente informativo: vivimos en un mundo globalizado donde los avances y también los retrocesos sociales llegan a todos, nos afectan y nos involucran. Pero si no comprendemos la situación, ¿nos es posible tomar una posición personal? Sabemos que los israelíes y los palestinos de origen árabe reclaman los mismos territorios. ¿Se entiende por qué? ¿Existe una respuesta a la pregunta de quién tiene la razón? Y más aun: ¿Tiene sentido hacerse esa pregunta?

Reivindicaciones territoriales, culturales, políticas y religiosas confluyen en este conflicto, teñido en nuestros días por los fundamentalismos [1] que impiden la mirada sobre el otro y el establecimiento de acuerdos. Ahondar en las raíces y en el desarrollo del conflicto quizá no nos dé todas las respuestas, pero hará posible una visión más abarcadora, más inclusiva y más acorde con el mundo del cual somos protagonistas.

La antigua historia

El conflicto árabe-israelí o, más precisamente, el conflicto entre los israelíes y los palestinos se enraíza en los antiguos relatos de la región que se sitúa a orillas del mar Mediterráneo oriental, limitada al Norte por Turquía, al Sur por Egipto y al Este por Siria y Jordania. Primitivamente, esa zona fue habitada por los cananeos, o sea, los habitantes de Canaán, nombre que se le dio a Palestina en el Antiguo Testamento. Prueba de esto es que los cananeos fundaron hace unos diez mil años la ciudad de Jericó, emplazada en el territorio actual de Cisjordania. Tanto judíos como cristianos y musulmanes reconocen a Palestina como Tierra Santa y a Jerusalén como ciudad sagrada. Pero en la actualidad, solo los israelíes y los palestinos de origen árabe reclaman esos territorios como Estado.

Una tierra, dos pueblos

La religión dominó, desde tiempos remotos, todos los aspectos de la cultura hebrea. El judaísmo, monoteísmo de contenido moral profundamente vinculado con la historia del pueblo de Israel, se convirtió en un vínculo permanente entre sus creyentes y en la razón de ser de su supervivencia como pueblo. Dios está presente en su historia y los ha conducido por medio de sus patriarcas a la Tierra Prometida de Canaán.

En el Antiguo Testamento, Libro del Éxodo, Capítulo 33, versículos 1 al 3, leemos:

«El Señor dijo a Moisés: “Vete de aquí, tú y el pueblo que hiciste salir de Egipto, y sube al país que yo prometí con un juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, cuando les aseguré que daría esa tierra a sus descendientes. Yo enviaré un ángel delante de ti, y expulsaré a los cananeos, a los amorreos, a los hititas, los perizitas, los jivitas y los jebuseos, para que puedas entrar en la tierra que mana leche y miel”».

Por otra parte, la unificación y la expansión del pueblo árabe fueron obra del profeta Mahoma. Su prédica se reúne en un libro sagrado llamado Corán, que se convirtió no solo en el eje de su religión, sino que organizó su vida civil en la constitución de un estado musulmán. De esta manera, los hechos religiosos de los musulmanes aparecen íntimamente ligados a los políticos y a la historia, al igual que sucede con los israelitas. Los sucesores de Mahoma, los califas Abu Beker y Omar, avanzaron sobre los territorios vecinos a Arabia. De esta manera, el Islam se estableció en Bizancio, Persia, Irak y Palestina, y conformó un tejido cultural, religioso y político hasta entrado el siglo XX.

El Corán, Sura 17, versículos 1 y 7 dice:

«¡Gloria a Quien hizo viajar a Su Siervo de noche, desde la Mezquita Sagrada a la Mezquita Lejana, cuyos alrededores hemos bendecido, para mostrarle parte de Nuestros signos! Él es Quien todo lo oye, todo lo ve. El bien o mal que hagáis redundará en provecho o detrimento vuestro. “Cuando se cumpla la última amenaza, os afligirán y entrarán en el Templo como entraron una vez primera y exterminarán todo aquello de que se apoderen”».

El pueblo de Israel

El Antiguo Testamento forma parte de los libros sagrados del judaísmo y del cristianismo. Sus cinco primeros libros –entre ellos, el Libro del Éxodo– integran el Libro de la Ley judía. Los versículos transcriptos en la página anterior fueron escritos entre los siglos V y IV a.C.

El Libro del Éxodo relata la salida del pueblo de Israel desde Egipto, donde había permanecido en cautiverio, hacia la Tierra Prometida, a la que arribaron guiados por Moisés, su jefe indiscutido, quien proporcionó a su pueblo una legislación escrita, llamada La Ley o Torá. Esa Tierra Prometida se denominó Canaán, que significa “Tierra de los cananeos”, los antiguos pobladores semitas que habitaban la región.

Cuando las doce tribus de Israel [2] arribaron a la Tierra Prometida, comenzaron la conquista de los cananeos y de otros habitantes de Palestina. La existencia de diversos enemigos los obligó a concentrar el mando: Saúl fue consagrado rey, y lo sucedió David (1010 a 970 a.C.), quien logró ampliar el reino con sus conquistas y establecer su capital en Jerusalén. Su hijo, el rey Salomón, construyó el magnífico Templo de Jerusalén, símbolo del judaísmo hasta nuestros días.

A partir del reinado de los sucesores de los reyes David y Salomón, el antiguo Israel se dividió en dos: Israel (en el Norte) y Judá, con capital en Jerusalén (en el Sur). Según las profecías, en Judá nacería el Mesías o Salvador del mundo.

Los asirios, los babilonios, los persas y, finalmente, los romanos asolaron Judea e Israel. En medio de una de las tantas rebeliones de los judíos fue apresado y muerto Jesús. En el año 70 d. C. las tropas romanas derribaron el Templo de Jerusalén y la única pared que hoy se conserva en pie, denominada Muro de los Lamentos, es un lugar sagrado de peregrinación para los judíos que, desde todas partes del mundo, acuden allí a orar.

Destruidos Jerusalén y su Templo, los judíos iniciaron la diáspora: su gran dispersión por el mundo conocido en la Antigüedad, es decir, el Cercano y el Medio Oriente, el norte de África, y Europa. Junto con su población, se esparció por el mundo su religión, su cultura, y el deseo de volver a la tierra perdida.

El pueblo árabe

En los inicios de la era cristiana, la mayoría de los pueblos árabes se mantenían en estado nómade. Vivían en el territorio desértico y hostil del centro y sur de la península arábiga, y se ocupaban de la ganadería y el comercio. Posteriormente, algunos árabes se asentaron en la margen oriental del mar Rojo, formando pequeños poblados de tribus independientes entre sí, que se dedicaban a la agricultura y las artesanías.

Mahoma, nacido en la Meca alrededor de 570 d. C., unificó al pueblo árabe dotándolo no solo de unidad política, sino también de leyes y de una religión monoteísta: el Islam. Inspirado en el Antiguo y en el Nuevo Testamento, atacó el politeísmo y el fetichismo, y sus enseñanzas fueron recopiladas en el Corán, el libro sagrado de todos los mahometanos o musulmanes. De este modo, Arabia dejó de ser un conglomerado de tribus, para constituir un estado política y religiosamente unificado en torno al profeta Mahoma.

Sus descendientes, denominados Califas, llevaron a cabo un importante proceso de expansión a partir del año 632: ocuparon Siria, Palestina, Egipto, Mesopotamia e Irán. También llegaron por el Oriente hasta el río Indo, penetraron en el norte de África hasta el estrecho de Gibraltar y ocuparon el sur de España –de donde fueron definitivamente expulsados en 1492–. En los inicios de su expansión, los árabes ingresaron en Jerusalén, a la que consideraron como la “antigua ciudad santa” o la Mezquita Lejana [3], el tercer centro religioso más importante para el Islam, después de La Meca y Medina. A partir del siglo IX, la mayor parte del Islam y de los árabes se congregó en el Imperio Turco u Otomano.

En la Edad Media, el mundo árabe se caracterizó por un florecimiento de las ciencias, las letras y las artes, y dejó un valioso legado para la humanidad. Pero la expansión árabe originó entre musulmanes y cristianos un enfrentamiento bélico llamado Cruzadas: ocho campañas militares llevadas a cabo entre 1095 y 1291 por la Iglesia y los estados cristianos de Occidente contra el Islam y los Otomanos, con el fin de proteger el Imperio Romano de Oriente (también llamado Bizancio) y de recuperar Tierra Santa –en particular, Jerusalén– para la cristiandad. El término “guerra santa” fue utilizado tanto por cristianos como por musulmanes durante el período comprendido entre el inicio de la expansión del Islam hasta 1453, año en que la capital de Bizancio, Constantinopla, cayó en poder de los turcos.

Los siglos XX y XXI dotaron de un nuevo significado a la expresión “guerra santa”, vinculándolo con el de yihad o lucha espiritual mencionada en el Corán. Esta lucha espiritual refiere al esfuerzo que todo musulmán debe realizar para perfeccionarse a sí mismo y para que la ley divina reine en la Tierra. Posteriormente, en el transcurso de las luchas entre el Islam y Occidente, el término yihad pasó a significar “guerra santa contra los infieles”: un decreto religioso de guerra y el llamado para extender por todo el planeta la ley de Alá e imponer una sociedad musulmana.

La nueva historia

El retorno a la Tierra Prometida

Si bien el antisemitismo [4] se extendió por todo el mundo durante las edades Media y Moderna, recrudeció especialmente a partir del siglo XIX, en Europa.

Durante el Congreso Sionista [5] llevado a cabo en Suiza en 1897, el periodista austríaco de origen judío Theodor Herzl dio un nuevo impulso al deseo de volver a la patria perdida. El resultado de esta intervención fue que se determinó como objetivo primordial del movimiento la creación de un Estado judío en Palestina. Poco después, las persecuciones y los numerosos pogromos [6] ocurridos en diferentes puntos de Europa del Este y el norte de África motivaron que algunos grupos se embarcaran hacia Palestina y establecieran las primeras colonias judías en esos territorios.

Los nacionalismos en pugna antes y durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) acentuaron tanto el antisemitismo como el sionismo [7]. Finalizada la guerra, el vencido Imperio Turco fue disgregado por los vencedores: las fuerzas británicas y francesas, quienes ocuparon los territorios convulsionados de Palestina y de Medio Oriente. La Sociedad de Naciones le otorgó al Reino Unido el Mandato [8] sobre Palestina en el año 1922.

Los británicos facilitaron la inmigración judía a la zona, pero a la vez protegieron los derechos de los habitantes palestinos de origen árabe. Sin embargo, los árabes no estaban dispuestos a hacer concesiones, pues consideraban que sus intereses se vulneraban con el constante aumento de la población judía. Aun así, la emigración del pueblo judío a Palestina se intensificó luego de las persecuciones y matanzas que sufrió en Europa durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), donde se estima que murieron seis millones de ellos.

El Estado de Israel

La tragedia de los guetos [9] y de los campos de concentración –en especial el de Auschwitz– así como los secuestros, torturas y asesinatos sufridos por los judíos que habitaban los territorios ocupados por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial dieron un nuevo y definitivo impulso a la creación del Estado de Israel.

En 1947, las Naciones Unidas declararon la partición de Palestina en dos estados independientes: uno israelí, con el 55% del territorio, y otro árabe, con el 45% restante, con excepción de Jerusalén, que sería considerada ciudad internacionalizada. Ambos estados quedaban constituidos por un territorio fragmentado, disgregado y poco conectado [10]. La Liga Árabe [11] se opuso y se preparó para la lucha armada.