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Piero es un adolescente que, junto con su familia, logra salir de un entorno marginal en el conurbano bonaerense y se muda a la ciudad, al barrio de Caballito. Allí conoce no solo al amor de su vida, Sophie, sino también a la noche y sus excesos, los que terminarán por concertar su destino. Sophie y Piero oscilarán en los encuentros y desencuentros del primer amor. La diferencia de clases sociales, la influencia de los amigos y los cuidados de los padres se conjugarán con los vaivenes típicos de la adolescencia para infundir intensidad en sus sentimientos. Entonces, la pasión será desbordante y liberadora, pero las dudas y los celos los colmarán de inquietudes. Con un final inesperado y estremecedor, Todo está en los detalles logra materializar en palabras las múltiples dificultades que viven los jóvenes en nuestro tiempo.
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Seitenzahl: 86
Veröffentlichungsjahr: 2021
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TODO ESTÁ EN LOS DETALLES
Emmanuel Abbate
Abbate, Emmanuel
Todo está en los detalles / Emmanuel Abbate. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tercero en Discordia, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga
ISBN 978-987-8492-26-1
1. Literatura Juvenil. 2. Adultos Jóvenes. 3. Novelas Románticas. I. Título.
CDD A863.9283
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito del editor.
ISBN 978-987-8492-26-1
Queda hecho el depósito que marca la Ley 11.723.
Impreso en Argentina.
Dedico este libro a los que siguen aguantando al lado mío cada vez que miro al costado, y al motor abstracto que me impulso a escribir...
Prólogo
Cuando por fin se pueden tocar con las manos las nubes desordenadas del cielo, por más que ese cielo sea el mayor anhelo buscado por uno, siempre se querrá sentir algo más, explorar algo que no sea la monotonía que te termina generando el amar todos los días, por más intensidad que se pueda tener.
En las películas, constantemente se siente tristeza y una sensación de vacío interminable cuando las cosas no terminan de la mejor manera, porque lo que se busca en la ficción son los finales felices que no se ven en la vida real.
El siguiente escrito cuenta con la veracidad de los sucesos de una pasión descontrolada, de la oscuridad, de las drogas y de las dificultades del primer amor entre dos adolescentes de distintas clases sociales, Piero y Sophie. Un amor que, por lo pronto, se interrumpió.
Génesis
Me encontraba en no sé dónde, con una nebulosa en la mente y un dolor inmenso en el cuerpo, cuando, de repente, empecé a extrañarla, más de lo normal, de hecho. Por eso decidí plasmar mi historia…, pero comencemos por el principio, mejor.
Soy Piero, y cuento mi relato desde recuerdos rezongones. Cuando tenía alrededor de siete años, vivía en los suburbios de la localidad de Banfield. Mi familia estaba compuesta por dos hermanos mayores, una mujer y un hombre, Matías y Guadalupe, dos personas maravillosas e inteligentes, pero con muchos problemas personales, que a veces apagaban su luz interna. Imagínense, no es fácil vivir en un mundo marginado por los grandes monstruos de las clases sociales altas. También estaban mis padres, Lázaro y Lucía, que no pudieron compartir mucho a esa edad conmigo, ya que trabajaban más de dieciséis horas para darnos de comer, y agradezco que lo hayan hecho, porque su esfuerzo dio sus frutos a la hora de salir de ese infierno mal llamado «vida».
Mis recuerdos comienzan en un cuarto lleno de muebles en llamas. Mi madre, con una amiga, arrojaba agua con baldes para apaciguar el incendio. Lo había generado yo, a tan corta edad, porque mi hermana, en su egoísmo, no me prestaba sus juguetes. Por tal motivo, había encendido fósforos sobre sus muñecas indiscriminadamente y había terminado por colmar de llamas todo el dormitorio.
Cuando me alejo de ese cajón de mi memoria, me doy cuenta del porqué de mis reacciones. Hoy siento que, en ciertos momentos, se activaba como un gen x que tenía dentro y que sacaba mi peor versión.
Me recuerdo años después sentado en una mesa: era mi cumpleaños número once. Mis hermanos se estaban yendo a dormir temprano, alrededor de las ocho de la noche, para que no les agarrara hambre, ya que muchas veces no teníamos para cenar. Mis padres discutían en la cocina. De repente, mi papá le lanzó a mi mamá una mesa de madera, redonda, del mejor roble y muy pesada, y la encerró contra una esquina, al lado de la heladera. Mi padre había sido un hombre jodido desde joven: violento, misógino por demás y mujeriego; de hecho, no sé cuántas tallas más grandes le quedaba la denominación de «padre» en ese entonces… Aquella fue la primera vez que lo enfrentamos por sus tremendos actos de locura y enajenación agresiva a consecuencia de una vida llena de violencia. Lo echamos de mi casa sin anestesia y nunca nos arrepentimos, ya que vivíamos sometidos por su violencia psicológica de anulación. Esta nos causó daño psicológico a todos los que vivíamos con él. Gracias a Dios, luego pudimos canalizarlo de diferentes maneras.
Por suerte, ellos se divorciaron al poco tiempo, y mi padre no pudo pisar más mi casa; mi madre no se merecía tal maltrato. Ella era un ángel de luz que hasta el día de hoy nos sigue alumbrando en el camino; jamás entendí cómo entraba tanta bondad en un cuerpo de metro cincuenta y tanto. Además, estaba lidiando con el trastorno de personalidad de mi hermana y con los problemas de droga y alcohol y la cleptomanía de mi hermano; pero eso es otra historia...
Cuando mis padres se separaron, yo tenía dieciséis años; recién a esa edad pudimos salir de los barrios marginales en los que me crie. Ahí, en la villa, quedaron esas amistades que terminaron tras las rejas, hundidos en los estupefacientes o en el ámbito criminal. Un entorno del que pude salir cuando conseguí mudarme de ese lugar, que es donde nunca nadie quisiera estar. Nos mudamos a Caballito, y mi pasado y su oscuridad empezaron a ser una alucinación cruel en mi cabeza, por lo alejados que los veía. Mis problemas dejaron de ser el llegar a la noche vivo, esquivar las balas para entrar a mi monoblock o hacerme cargo de mis hermanos mayores y sus falencias (los daños colaterales del contexto). Empecé a vivir una vida de un adolescente ordinario, pero con las locuras de una maduración precipitada forzosamente. Por suerte, solo esta etapa de mi vida fue de real sufrimiento, ya que este cambio de aire y la separación permitieron que conociera a la protagonista de esta historia. Ella me hizo entender lo linda que puede llegar a ser la vida, me presentó un mundo que solo había visto en películas de amor, y comprendí lo afortunado que fui de encontrar al amor de mi vida.
Porque, aunque no nos demos cuenta y lo desvaloricemos, tenemos suerte quienes lo tenemos. Hay personas que se van de este plano terrenal sin conocer a su media naranja.
La sensación del primer amor
Era el 8 de julio del 2010. El timbre, en el colegio St. d., sonó como un disparo de libertad para los que no estaban interesados en ese cuadro del renacimiento en la clase de historia. «Por fin terminó esta clase, no daba para más. Total, ya me llevé la materia y lo único que me importa es que llegue la noche de hoy», pensé aquella mañana con gusto a nada, yo actuaba por inercia frente a la cotidianidad de los días escolares.
—¿Compraste la anticipada para esta noche? —le consulté a mi amiga Ludmila emocionado tras salir rápidamente al recreo.
—No, todavía no, no tuve tiempo de comprarla, Piero.
—¡Andá a comprarla ahora, que no quiero ir solo!
—Si me acompañás al aula de tercero, la conseguimos.
—Dale, vamos rápido, que quiero que vayas —le dije ya nervioso por haberme hecho levantar del banco que estaba bajo el sol, en el patio descubierto.
Teníamos que conseguir una entrada como fuera. Con ella, podríamos ingresar al boliche de moda del momento, donde se realizaban fiestas para recaudar plata para financiar la fiesta de egresados de los del último año escolar. Nosotros estábamos en mitad de primer año y debíamos apoyarlos para ir asegurándonos su apoyo para cuando llegáramos a ese momento.
—¿Te quedan anticipadas para esta noche? —pregunté con vergüenza, ya que no era muy querido en ese curso.
—Sí, nos quedan. Son veinte pesos, y dame justo que no tengo cambio —me contestó Fabrizio, al cual no le caía muy simpático.
Fabrizio, si hubiera podido ponerme un explosivo C4 en la espalda y detonarlo, lo hubiese hecho, ya que estaba dolido porque su exnovia había estado conmigo al mismo tiempo que con él.
—Tomá, veinte justo, nos vemos a la noche —contesté con voz firme para no parecer que sentía incomodidad.
Le di a Ludmi la anticipada. La pagué yo, ya que siempre tuve cierta debilidad por ella; era mi mejor amiga y no podía cobrarle nada.
Entonces llegó la noche, esa tan preciada de aquel 8 de julio. Nunca me hubiera imaginado que podía llegar a ocurrir lo que terminó pasando; jamás pensé que esa luna llena iba a ser el principio del fin. Digo «el fin» porque uno puede andar feliz sin preocupación, sin enamoramiento y sin tener ganas de ningún compromiso, pero siempre hay un momento bisagra en la vida: ese momento en que todas las emociones que pensaste que nunca ibas a sentir y ni siquiera tuviste presente alguna vez te salen por los poros.
Estábamos dentro del boliche y ella pasó por al lado mío. Sonaba Me extrañarás, de La Champions Liga, una bandilla que tuvo su auge en el 2010 y después quedó en las tinieblas del olvido de toda la gente que se decía fanática. Así empezó ese amor, al ver pasar a esa chica alta; con su pelo largo bien cuidado, peinado, como una actriz de Los Ángeles antes de pasar por la alfombra roja; vestida como pocas sabían vestirse para tan corta edad y con un perfume cuya fragancia aún recuerdo cómo se metió en mi nariz y me erizó la piel. Me despertó sentidos que no sabía ni que existían, y sigo sin poder sacármela de la cabeza. Se me puso estupefacto el corazón al ver que se acercaba a nosotros, pero no era por mí, sino que saludó a Ludmila.
¿Cómo podía ser que, siendo mi mejor amiga desde hacía años, yo no había notado que conocía a semejante mujer? Fue lo primero que pensé. Sentía que venía un Scania a chocarme a una velocidad de 150 km/h; el desastre emocional que se estaba por despertar en mí cuando me llevara puesto era casi inevitable.
—Hola, Ludmi, ¿cómo estás? Tanto tiempo… —salió de la boca de aquella rubia.
—Hola, Sophie. Bien, ¡hace mucho que no te veo! —gritó mi compañera en medio del boliche; por el volumen de la música, no era el lugar más cómodo para hablar.
—Él es Piero, un amigo mío, va al St. d. ¿Lo conocías?
—No, no lo conozco. Hola, Piero, ¿todo bien? —dijo Sophie tranquilamente.
