Travesuras en el edificio - Alfredo Tomás Ortega Ojeda - E-Book

Travesuras en el edificio E-Book

Alfredo Tomás Ortega Ojeda

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Beschreibung

Este libro reúne tres cuentos que transcurren en un viejo edificio de la Ciudad de México, protagonizados por los niños del tercer patio, acompañados de dos heroínas: Pau y Zitelina. En "El Pato cabalga", las diabluras de los chiquillos en la azotea terminan con la elevación al cielo de El Pato, el más travieso de todos. En "El secreto de la señora", Pau descubre el misterio que guarda celosamente la señora elegante, la dueña del edificio. Mientras que en "El esqueleto de Judy", los miembros del Club de Tinaco conspiran para rescatar el esqueleto de una elefanta llamada Judy (que se volvió un mito entre los vecinos del barrio) para darle una sepultura digna.

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Seitenzahl: 103

Veröffentlichungsjahr: 2023

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en el edificio
Travesuras
Se prohíbe la reproducción, el registro o la transmisión parcial o total de esta obra por cualquier sistema de recuperación
de información, existente o por existir, sin el permiso previo por escrito del titular de los derechos correspondientes.
Ricardo Villanueva Lomelí
Rectoría General
Héctor Raúl Solís Gadea
Vicerrectoría Ejecutiva
Guillermo Arturo Gómez Mata
Secretaría General
Luis Gustavo Padilla Montes
Rectoría del Centro Universitario
de Ciencias Económico Administrativas
Missael Robles Robles
Coordinación de Entidades Productivas
para la Generación de Recursos Complementarios
Sayri Karp Mitastein
Dirección de la Editorial
D.R. © 2022, Universidad de Guadalajara
José Bonifacio Andrada 2679
Colonia Lomas de Guevara
44657, Guadalajara, Jalisco
www.editorial.udg.mx
ISBN 978-607-571-679-4
Noviembre de 2022
Hecho en México /
Made in Mexico
Primera edición electrónica, 2022
Texto
© Alfredo Tomás Ortega Ojeda
Ilustraciones
© Roberto Pulido González
Coordinación editorial
Iliana Ávalos González
Jefatura de diseño
Paola Vázquez Murillo
Cuidado editorial
Carlos Ocádiz Gutiérrez
Diseño de portada y diagramación
Iordan Montes
Ortega Ojeda, Alfredo Tomás, autor
Travesuras en el edificio / Alfredo Tomás Ortega
Ojeda; ilustraciones de Roberto Pulido González. -- 1a
ed. – Guadalajara, Jalisco: Universidad de Guadalajara:
Editorial Universidad de Guadalajara, 2022.
ISBN 978-607-571-679-4
1. Cuentos mexicanos-Siglo XXI I. Pulido González,
ilustrador II. t.
M863.5 .O77 .T7 DD21
PQ7276 .O77 .T7 LC
FYB THEMA
en el edificio
Travesuras
Alfredo T. Ortega
Ilustraciones de Roberto Pulido
El Pato cabalga
9
S
i a Pau le hubiesen preguntado cómo era el edificio donde vivía,
respondería que era grande y feo, o tal vez feo y grande, sin sa-
ber cual de las dos cosas era primero. Pero lo que sí habría dicho
sin demora es que ella vivía feliz en aquel feo y grande lugar.
Era un edificio raro, con un pasillo que corría como un tren, a cielo
abierto. Tres patios se conectaban a lo largo del pasillo, y alrededor de
cada patio se apilaban los departamentos. Cada patio era distinto, en su
aspecto, en sus inquilinos y en las cosas que allí sucedían, como las que
aquí se cuentan.
Pau vivía en el segundo patio, que tenía jardineras, muchas macetas
y pasillos de tierra. Había plantas que daban flores todo el año; violetas,
geranios, claveles, gladiolas, magnolias, aves del paraíso, azucenas y jaz-
mines. La viuda Méndez, que vivía sola con sus gatos, cuidaba el jardín
colorido. Andaba siempre con los zapatos mojados por regar sus queridas
macetas, y regañando a cualquiera que se atreviera siquiera a tocar las flo-
res. Era un buen lugar para ser grande, pero no para una niña de 9 años
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como Pau, quien se aburría mucho cuando sus papás la dejaban salir a
jugar, porque, además, allí no había otro niño más que Chavo, el vecino
del 205, que era de su edad, pero sólo sabía convivir con su computadora.
El segundo patio no era ni la mitad de bonito que el jardín prohibido,
en el primer patio, que se alcanzaba a ver cuando se abría la puerta y
salía la Señora, como le llamaban todos a la dueña del edificio. Ese jardín
estaba lleno de rosas de todos colores y tenía un césped verde y brillante
que a Pau se le antojaba pisar. La Señora era una mujer mayor, alta y de
maneras distinguidas, a la que poco se veía por el edificio. Casi nunca
salía ni invitaba a nadie a visitarla, salvo a un sobrino que cada navi-
dad llegaba a verla. Los vecinos hablaban en voz baja de un misterioso
secreto que guardaba la señora, y por el cual no convivía con nadie. Los
papás de Pau también hacían comentarios y sonreían entre ellos, pero a
ella, que la vió una vez, no le parecía alguien que guardara algo oscuro.
Fue un día que venían del mercado, sudando por el peso de las bolsas, y
la encontraron saliendo del primer patio, con un vestido elegante y una
sombrilla bordada. La mamá de Pau la saludó con muchas caravanas y
la señora le correspondió con una leve inclinación de cabeza. Cuando
entraron al departamento, la mamá se miró en el espejo y dijo:
—Algún día yo también seré una señora distinguida —e hizo un ges-
to como si se acomodara un sombrero.
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Todos los departamentos tenían ventanas pequeñas, lo que daba al
edificio un aire de castillo medieval y le permitía a Pau soñar que era una
princesa, atrapada por la bestia. Que un día un apuesto príncipe vendría
a rescatarla, alguien como el güerito de ojos verdes que cantaba en la te-
levisión. Por desgracia, el príncipe más cercano era Chavo, su vecino, que
usaba anteojos, tenía dientes chuecos, y su único interés era la compu-
tadora que su papá le compró en navidad. Pau hubiera preferido casarse
con la bestia, pero sus papás sólo le permitían jugar con su vecino.
—Si vas a jugar con Chavo te damos permiso de salir —le decía su
papá.
—¡Pero papá! —protestaba Pau—, Chavo es muy aburrido, y nunca
quiere jugar a lo que a mí me gusta.
—Pues ni modo, princesa —le respondía muy serio su padre—. Los
papás de Chavo son las únicas personas decentes que tienen niño de tu
edad. No como los del tercer patio. ¡Tú sabes que no tienes permiso de
jugar con esa gentuza! —A Pau aquello le sonaba como a lechuza.
Pau recordaba cuando mucho un par de veces en que Chavo salió a
jugar con ella, obligado por su mamá, no duró más de 10 minutos. Se sen-
tía desesperado lejos de su computadora. Lo que hizo fue volar la pelota a
la azotea y salir corriendo a su habitación. A pesar de sus manías, Chavo
quería a Pau y era capaz de prestarle uno de los controles del videojuego,
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para que jugara con él a matar entes del espacio. Pau apreciaba a Chavo
y se esforzaba por jugar con él, pero no le gustaba pasarse la tarde apre-
tando botones para matar a alguien.
Lo que no sabían sus papás, era que hacía poco Pau había comenzado
a visitar a los niños del tercer patio, a la “pelusa”, como también les nom-
braba su mamá, y que eran los hijos de Juanita, la portera del edificio, y
otros niños que allí vivían. El tercer patio estaba al fondo del edificio,
tenía piso de cemento y no había siquiera una maceta, pero en cambio
resultaba excelente para jugar al bebeleche, a “las
trais
”, a los encantados
o a la roña.
Todo empezó un día que Pau estaba aburrida en casa de Chavo; se le
ocurrió salir sin que él se diera cuenta. Caminó por el pasillo del edificio
y alcanzó a escuchar gritos y risas en el tercer patio. Pau recordaba las
amonestaciones de sus papás acerca de aquel lugar, y de los niños que
allí vivían, las amenazas de que podían pegarle los piojos. Pero la curio-
sidad fue más fuerte, se acercó hasta la entrada del patio y vió una turba
de chiquillos jugando futbol. Pau sintió envidia al verlos corriendo tras
la pelota, gritando y bañados en sudor. Se quedó mirándolos, hasta que
el mayor la descubrió y detuvo el juego. Entonces todos voltearon a verla.
Pau sintió que se iba haciendo pequeñita, y estaba a punto de salir co-
rriendo, cuando él se acercó con la pelota, y ofreciéndosela le dijo:
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—¿Quieres jugar?
Pau no lo pensó, ni recordó que traía su vestido nuevo, regalo de su
madrina. Tomó la pelota, la puso en el suelo y la pateó con todas sus
fuerzas, que eran más de las que todos hubieran esperado de una niña
tan delgadita. Impresionados, los niños corrieron tras la pelota y el juego
continuó hasta que ya era hora de volver a casa. Así fue como Pau entró
al mundo de los niños del tercer patio.
La mamá de Pau no se enteró, porque todas las tardes, después de
limpiar la cocina, salía a “sus asuntos” y regresaba cerca de la noche. Era
mejor que no se enterara, porque, si lo hacía, le iba a dar un tremendo
susto ver a su delicada niña pateando pelotas, subiéndose a una bicicleta
grasienta, resbalándose por los barandales y jugando a las guerritas. Lo
que no se explicaba era por qué Pau dejaba tan sucia la ropa, con fre-
cuencia los pantalones tenían agujeros en las rodillas o rasgaduras en
las sentaderas. Pensaba que Chavo debía ser un niño muy rudo, y un par
de veces se animó a comentarle a su marido, pero éste sólo refunfuñaba,
y terminó por olvidar el asunto.
Después de la comida, Pau ayudaba a su mamá y esperaba a que ella
se fuera para reunirse con sus amiguitos. La mamá volvía a tiempo para
preparar la cena, y encontraba a Pau ya bañada y en pijama, haciendo los
deberes escolares; se felicitaba de tener una hija tan buena y obediente.
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En el tercer patio vivían las familias más humildes, en aquellos de-
partamentos se apiñaban cinco o más chiquillos, junto con sus padres,
abuelos y parientes, en el mismo espacio que ocupaban Pau y sus papás.
A la entrada del patio, en un pequeño cuarto, vivía Juanita la portera,
junto con sus seis hijos. Juanita era una mujer tan diminuta como su
nombre lo decía, y era la encargada de que todo funcionara en el edifi-
cio: cobrar las rentas, barrer pasillos y escaleras; así como de atender las
emergencias y desperfectos, como cuando se iba la luz o algún inquilino
se quedaba sin agua. Ella siempre tenía una solución, y si no la tenía,
encontraba la manera de tranquilizar al angustiado vecino. Los hijos de
Juanita la ayudaban en las labores, antes de ir a la escuela tenían que ba-
rrer patios, trapear pisos y tallar vidrios. Eran como un pequeño ejército
bien organizado, que lo hacía todo rápido con tal de tener la tarde libre
para jugar.
A Pau le gustaba entrar al cuarto de Juanita, y compartir con sus hijos
el pedazo de pan con frijoles y el vaso de leche que era su merienda, y que
a ella le sabían a gloria. Lo que más le gustaba era que siempre tenían
animalitos; pollitos, conejos, y hasta ratas blancas. Sus papás no la deja-
ban tener una mascota, por eso Pau disfrutaba cargando a los pollitos y a
los conejos. Lo que no le gustaban eran las ratas blancas de Juan Carlos, y
que éste se divertía poniéndoselas en la espalda cuando estaba distraída.
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Jugaban de todo, y muchas veces tenían que poner a votación el
juego. Los mayores: Juan Carlos y Pepito, siempre querían futbol; Beto y
Santi a las escondidas; El Pato prefería luchitas o la guerra; Erika a saltar
la cuerda y Frida y Aldara, que eran las más pequeñas, querían jugar a
las muñecas, a la comidita o a “la papá y el mamá”.
Aquellas tardes eran las más felices para Pau, tan delgada y frágil,
con su cabello largo y sus piernas flacas, parecía que el viento la podía
quebrar, pero jugaba los juegos más rudos y no dejaba que la sacaran con
el pretexto de que era niña, aunque saliera llorando por los golpes.
Aprendió a andar en patines, a subirse en zancos y muchas otras
cosas que hubieran causado un infarto a su mamá. Cuando jugaban a
la guerra, a Pau le gustaba ser un valiente capitán que se sacrificaba por
proteger a sus soldados; si eran exploradores en la selva, ella se enfrenta-
ba a los leones para salvar al resto de la expedición, y hasta los grandes
reconocían que, en valentía, no le ganaban a la niña del segundo patio.
El único que rivalizaba con Pau era El Pato, un chamaco flaco y narizón
que vivía solo con su mamá, que era viuda, en el departamento 302, y que
no tenía mucha idea de lo que era el miedo. Siendo más chico, era capaz
de realizar las hazañas más aventuradas que los mayores no se atrevían:
caminar por el borde de la azotea o treparse a los tinacos. En las luchitas
se ponía con cualquiera, incluido Juan Carlos, al que todos temían por su
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