Tu reflejo en el mar - Sigried Reidel - E-Book

Tu reflejo en el mar E-Book

Sigried Reidel

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Beschreibung

Anne Fisher vive una vida monótona junto a su esposo Adam a la orilla de la playa. Anne, a pesar de aceptar su destino, no puede escapar de lo que el futuro le tiene preparado. Jhon Cooper, su nuevo vecino, la ayudará a encontrar la verdad. Envueltos bajo la sombra de un misterio, Anne y Jhon se ven acorralados a trazar un camino donde florecen nuevas pasiones, teniendo como su mayor testigo al mar. ¿Podrán superar la tormenta que los rodea? Sumérgete en Tu reflejo en el mar, una historia envolvente y adictiva que combina erotismo, romance y misterio. Cada capítulo te dejará deseando más, pues nada es lo que parece. ¿Estás preparado para embarcarte en esta emocionante travesía?

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Veröffentlichungsjahr: 2023

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Tu reflejo en el mar © 2023, Sigried Reidel ISBN Impreso: 978-956-406-198-6 ISBN Digital: 978-956-406-289-1 Primera edición: Septiembre 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.

Trayecto Editorial Editora: Constanza Fernández Ilustración portada: Mireya Murillo Menéndez Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925

Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile

Introducción

¿Has escuchado alguna vez la teoría del pájaro enjaulado?

Cuando una persona encuentra herido a un pajarito, lo deja en una jaula y lo cuida hasta que mejora. El ave se siente protegido, conforme y normaliza que su amo lo deja encerrado.

Muy bien, ahora imagina que ese pájaro nunca fue un animal. Fuiste tú. Entraste herida y permaneces sola todos los días de tu vida. Nadie te habla, nadie te escucha. Solo te exhiben y se llenan la boca hablando de cómo te rescataron.

Los humanos somos animales y, al igual que las aves, necesitamos tiempo, cuidados y amor.

¿Crees que es una enfermedad saber volar? Pues, yo lo pensé durante mucho tiempo.

Hoy, luego de dos años de casada con Adam Fischer, el mejor y más prestigioso abogado de la zona, sigo aquí, mirando por la ventana cómo las olas azotan las rocas y mi cuerpo pide a gritos libertad.

Capítulo 1 Lluvia

23 de febrero. 00:05 horas.

Son las doce la noche y Adam aún no llega. Me paso todo el puto día sola en esta enorme casa, esperando a que venga y me cuente algo sobre el exterior.

Mirar las paredes y los cuadros pintados con mis manos es algo que me llena, pero no lo suficiente como para decir que soy feliz.

Vivir lejos de la ciudad, en donde tu única vecina es una anciana con Alzheimer, no ayuda. Ir a conversar con ella es repetir cada cinco minutos mi nombre. Siempre me he preguntado: ¿realmente se olvidará de mí? Porque si hay algo que siempre recuerda son mis chocolates. Qué doloroso es que me los pida. Son mi adicción; si no están en mis bolsillos siento que el mundo se acaba. La hija de la señora Flynn siempre me regaña, ya que es diabética.

Miro por la ventana de la cocina, sin disimulo. Me parece extraño ver tanto movimiento en la casa de mi vecina. ¿Una ambulancia? Espero no ser la culpable de eso, ya que en la tarde fui a verla y bueno..., perdí la cuenta de cuánta azúcar comió.

No quiero ser la vecina bisagra, pero ¿será prudente ir a ver qué es lo que ocurre? Quizá la anciana se volvió a escapar desnuda y la ambulancia llegó porque agarró algún resfrío de gravedad.

El ruido de la puerta abriendo hace que me despegue de la ventana y al darme la vuelta, veo que mi esposo viene hacia mí. Como siempre, impecable. Sus ojos verdes llenos de brillo, pero sus labios hacen una línea, una línea que está a punto de transformarse en palabras.

—Anne, no sé cómo decirte esto. —Me mira a los ojos. Noto un toque de preocupación en su rostro.

Me acerco a él para hacerle cariño en su mejilla.

—Por favor, dilo rápido. Por tu rostro imagino que no es algo simple de digerir.

—La señora Flynn falleció. Lo lamento, sé que eran cercanas. —Baja la mirada. Me acerca a él con un tierno abrazo.

Lo miro y pienso que mi vida cada día está más solitaria.

—¿Vas a estar bien? —pregunta mientras me hace cariño en la espalda.

Asiento, solo tengo ganas de refugiarme en mi rincón, mi lugar especial, en donde no soy molestada por nada más que por el ruido de las olas y el color mágico del océano.

—Mañana llega la familia. No podrás ir a los funerales, pero sí puedes ir a despedirte, el velorio será en su casa. —Me acaricia con sus dedos el cabello.

—Claro, no puedo alejarme de esta casa.

La rabia e impotencia se apoderan de mí con tan solo recordarlo.

Miro cuidadosamente la camisa de Adam y me doy cuenta de que tiene lápiz labial en el cuello. No digo nada. Es un buen esposo, me trata bien, pero lo más importante es que me tiene entre sus manos.

—¿Todo bien, Anne? —pregunta, acercándose lo suficiente como para sentir su respiración.

—Estaré bien, solo necesito salir a caminar.

—¿A esta hora? Está lloviendo. —Arruga el entrecejo a modo de desaprobar mi idea.

Lo miro, le doy un cálido beso en los labios y me doy la vuelta para abrir la puerta.

El viento y el agua de la lluvia enfrían mi blanco rostro, abro la boca mientras dejo entrar las gotas de lluvia en mi interior.

Estoy cansada, agotada, necesito correr y escapar, pero no puedo.

En otra vida, en otro mundo, estaría ejerciendo mi carrera como arquitecta, disfrutaría de mis veintiséis años y viajaría por el mundo.

Camino hacia el mar, mirando cómo me alejo de mi casa, pero no demasiado, ya que sería la imprudencia más grande que podría hacer.

Me siento en la arena y mientras veo el reflejo de la luna en el agua, me doy cuenta de que no estoy sola. Una silueta se hunde y se pierde bajo las olas.

Me acerco e intento ver más, con disimulo, pero no lo consigo. La oscuridad no deja ver mucho.

Regreso a casa.

«Un desconocido es mucho riesgo para mí en estos momentos», pienso mientras la lluvia acrecienta su caída y abundancia.

Adam me espera con un cálido abrazo y una toalla. Me mira mientras me desnudo, sabiendo que no conseguirá nada de mí. Mis pechos traicionan el momento dejando ver el frío que estoy sintiendo. Me visto con el pijama de seda y voy hacia él.

—Lo lamento. —Cierro los ojos, siento cómo traga aire para luego tirarlo con fuerza por la boca. Lo asume, lo presume. No habrá sexo entre nosotros, no porque no queramos, sino porque estamos demasiado dañados.

Capítulo 2 El velorio

23 de febrero. 09:30 horas.

No hay nada más mágico que despertar con el sonido de la lluvia.

Me siento en la cama y Adam se queda mirándome, mientras termina de secarse el cabello color castaño con la toalla.

Su cintura y masculinidad es tapada con una pequeña toalla. Sigo sintiendo cosas por él, pero mi razón pelea con mi cordura. Lo único que sé es que ya no es amor.

—Adam, ¿quién es? —pregunto sin dar una pista de lo que quiero saber.

Su cara se transforma, intuyo que duda lo que le estoy preguntando.

—¿Quién es quién? —responde nervioso, desviando su mirada de la mía.

Aún no logro entender por qué sigue conmigo. ¿Será lastima?

—La mujer que te hace llegar tarde. La misma mujer que deja su marca de labial en tu camisa —digo con suavidad. Aunque por dentro me hierve la sangre y deseo mandarlo lejos de mí.

—No entiendo. Tú sabes que me quedo trabajando hasta tarde porque mis días son perdidos. Estoy en tribunales toda la mañana y en la tarde preparo los casos. —Su mirada baja.

No quiero seguir insistiendo. Las cosas ya están suficientemente mal como para generar una discusión.

—Anne, regresa conmigo. —Se apoya con ambas manos en los pies de la cama, sin quitarme la mirada—. Si decides volver a mi lado sin mirar atrás, te aseguro que lo que viene en un futuro será mejor. Verás los colores más bonitos y no necesitarás un paracaídas para caer, porque estaré yo para tomarte entre mis brazos. —Clava su mirada en mí.

Le doy un tierno beso, lo miro, pero sus palabras no son suficientes. Necesito acciones.

Me levanto y, antes de ir a la ducha, voy a la cocina a preparar unos bocadillos para el velorio. Adam llega a mi lugar de trabajo y, sin pedir permiso, roba uno de ellos. Se quema y eso nos hace reír. El ambiente deja de estar denso entre nosotros.

Me ducho, me arreglo y vamos tomados de la mano como la pareja perfecta que todo el mundo cree que somos.

«Si supieran lo tóxicos que podemos llegar a ser», pienso mientras saludamos a la gente con nuestra cara de hipócritas.

Me siento ahogada con tanto alboroto. Voy a la cocina y disimulo el no querer estar en ese lugar ordenando la comida y poniéndola en bandejas para repartir. Me doy la vuelta, choco torpemente con un hombre. No lo veo, ya que de inmediato me agacho para recoger lo que tiro en el suelo. Él me ayuda y, sin darnos cuenta, nos levantamos al mismo tiempo.

Quedamos frente a frente. Su cabello alborotado, sus ojos color turquesa y perfecto bronceado me hacen pensar que estoy en el lugar incorrecto. Me alejo y veo que me estira la mano.

—Jhon Cooper.

—Anne Fisher. —Me presento.

—Tú eres la vecina, la de los chocolates. —Ríe.

—No sé qué te habrá dicho la anciana, pero me los robaba —digo a modo de defensa.

—Tranquila, creo que estás un poco a la defensiva, no tiene nada de malo que regales dulces a una anciana de ochenta años que no tiene controlada su diabetes. —Roba uno de los bocadillos que están recién recogidos del suelo y se lo mete en la boca.

—Sabes que ese bocadillo que te estás comiendo es uno de los que estuvo...

—Sí, lo sé. No me importa. —Levanta una ceja.

—Eres muy ...

—¿Muy qué? ¿Sexi? —interrumpe. Sonríe.

No sé quién es, pero estoy segura de que cuando lo engendraron no fue el espermio más agradable. Su humildad parece que se quedó junto a la repartición de simpatía.

Sigo ordenando, lo siento moverse hasta llegar a mi espalda.

—Eres bonita, vecina. Espero que nos llevemos bien —susurra en mi oído.

Suspiro, no puedo creer lo confianzudo que es y, mientras lo veo alejarse con otro de mis bocadillos, digo:

—Imbécil.

Adam va por mí. Me nota nerviosa, pero logro salir del paso apresurando la repartición de comida.

La despedida de la señora Flynn no es nada fuera de lo común y mi frialdad es un hecho. No siento nada más que lástima por los familiares que la lloran, y mientras observo cómo la mueven para llevarla al funeral, me preparo para regresar a casa.

Mi hogar está frío, voy por leña para encender el fuego de la chimenea. Me acomodo en mi lugar favorito y, mientras escucho las olas del mar, me sumerjo en las páginas de mi libro.

* * *

No sé cuánto tiempo llevo leyendo, pero el atardecer hace que tenga que cerrar mi historia. Veo la hora y Adam nuevamente no llega. Eso solo me hace pensar que pasaré nuevamente mi soledad mirando por la ventana.

La silueta de un hombre entrando en el agua se hace presente. Al parecer, la misma que vi la noche anterior. Salgo de mi casa y con disimulo camino hacia la playa. Puedo ver su cuerpo completamente desnudo, pero no logro ver su rostro.

Sigo acercándome, con miedo de no alejarme tanto de mi casa. Puedo verlo. Su cuerpo es perfecto y es tan sexi que no logro evitar morderme el labio inferior.

Mis pensamientos se inundan viendo cada uno de sus movimientos mientras mi libido exige que le ponga atención.

«Tienes que regresar, Anne», pienso. Regreso a mí y, dando la media vuelta, me voy a casa.

Me preparo un té, voy a mi rincón. El hombre sigue en el mismo lugar. Cierro los ojos y recuerdo su torso desnudo mientras una de mis manos baja lentamente hasta llegar a mi sexo. Estoy húmeda y, sin perder el estímulo visual, comienzo con movimientos circulares sobre mi clítoris.

Estoy extasiada, pero siento a Adam entrar a la casa y me repongo para esperarlo como la esposa perfecta a la que él dice amar.

Capítulo 3 Tu silueta

28 de febrero. 14:00 horas.

Adam está preparando sus cosas para irse de viaje por un mes. Me apoyo en el marco de la puerta para observarlo.

Nada cambia en mi vida cuando se va por trabajo. Lo extraño, es verdad, pero sigo con el sentimiento de soledad.

Lo veo cerrar la maleta y acercarse a mí.

—Sabes que te amo, ¿verdad?

La verdad es que no lo sé. Sus palabras me dicen una cosa, pero su constante despreocupación hace que ponga en duda todo lo que habla.

—Lo sé —miento.

No quiero dar explicaciones.

Me da un cálido beso. Su lengua se cruza con la mía y nuestra despedida entrega calor en mi cuerpo. Una bocina interrumpe, haciendo que nos separemos. Trago aire y resoplo mientras veo cómo coge su maleta y se va.

Los espacios son cada vez más grandes para mí y decido aprovechar el día de sol para ir a la playa.

Me confieso. Mi paseo es con la esperanza de ver al hombre que he visto bañarse en el mar durante los últimos días, pero no consigo más que encontrarme nuevamente con mi soledad.

Abro mi libro y me hundo en el mundo de Jane Austen.

Una voz me saca del romanticismo, una voz que es difícil de escuchar por completo porque el sonido del mar no baja su volumen.

Miro hacia adelante. Un cuerpo con sudadera negra y gorro del mismo color me da la espalda.

—¡Perdón, no escuché lo que me dijiste! —exclamo. Levanto la voz para que pueda oírme.

—Hoy no tendrás espectáculo. No me gusta bañarme con sol —responde.

La vergüenza me atrapa. Me levanto del lugar en donde estoy y decido volver a casa.

—No tienes que irte.

Pienso en que es mejor dar la cara. Me acerco, quiero saber quién es, pedir perdón por mis arrebatos sexuales.

Está sentado cerca de la orilla, casi mojándose con el agua. Puedo ver su rostro reflejado en el mar.

Retrocedo al darme cuenta de que es el mismo imbécil que conocí en el velorio de la señora Flynn.

—No te arranques. —Se levanta y me da la cara.

—No lo hago, es solo que...

—No puedes alejarte de tu casa. Bonito accesorio el que tienes en el tobillo. —Señala mis pies.

—No sé a qué te refieres. —Me miro y no hay nada notorio.

—Tu tobillera. Estás con arresto domiciliario. Lo vi el día que tiramos la comida en el velorio de mi abuela.

—¿Era tu abuela? —Sonrío. Tratando de no entablar una conversación desagradable.

—¿Me vas a contar qué fue lo que hiciste? Creo que merezco saberlo. Supongo que no fue por algún delito sexual. —Levanta una ceja, ríe.

«Por supuesto que no, idiota», pienso. Carraspeo, nerviosa, porque sus últimas palabras me dan a entender que sabe lo que hago cuando lo miro.

—No es necesario que te pongas nerviosa. También te veo, Anne Fischer. —Se acerca más de lo que corresponde, pero menos de lo deseado.

Mi cabeza trae recuerdos de él desnudo y mi cuerpo quiere llamar la atención humedeciendo mi intimidad.

—Jhon, lo siento...

—Shh... —Pone su dedo índice sobre mis labios.

Tengo que reconocer que, a pesar de su soberbia y poca humildad, me atrae.

—¿Me vas a decir qué fue lo que hiciste?

—¿Por qué tendría que contártelo? No te conozco.

—¿Segura que no me conoces, Anne? —Se aleja, sonríe —. Creo que me conoces más que cualquier mujer. Quizá tus dedos puedan decírtelo.

—Eres un imbécil. —Doy un paso atrás, me encamino hacia mi casa ocultando mi vergüenza. Me siento enojada por su atrevimiento, así que me apresuro.

Lo siento correr, me interviene.

—Déjame en paz, Jhon —pido, con ganas de mandarlo a la mierda.

—Se te quedaba tu libro. —Me lo entrega con una sonrisa.

Más que enojo, siento vergüenza. Vergüenza de mí misma. ¿Cómo puedo estar tan enferma? Es asqueroso lo que hice con ese hombre. Aunque, por lo visto, a él no le molestó.

Llego a casa, me preparo mi té. Sin nada que hacer regreso a mi rincón. Dentro de mí sé lo que voy a encontrar. Lo veo desnudándose.

—Creí que no le gustaba bañarse con sol —le digo a mi soledad.

Tomo mi libro. Intento no mirar y comienzo a leer.

* * *

La oscuridad no me deja continuar. Me preparo para ir a dormir, pero el timbre de mi casa suena persistentemente.

Molesta por tanta insistencia, abro la puerta. En frente de mí está parado el sexi nudista, apoyado en el marco de la puerta con una botella de vino.

Suspiro.

—Pasa. —Abro camino y lo dejo entrar.

—Bonita casa. —Recorre el lugar con la mirada.

—¿Qué quieres? —inquiero. Recibo la botella.

—Mereces una disculpa.

Se ve tranquilo, relajado. Le creo.

—La que tiene que pedir perdón soy yo, no debí...

—¿Qué es lo que no debiste hacer, Anne? —Se acerca más de lo correcto. Me busca con la mirada.

—¿Quieres una copa de vino? —consigo decir, alejándome.

Sirvo lo ofrecido, nos sentamos en el sofá frente a la chimenea. La lluvia no se detiene y nuestras miradas consiguen opacar el sonido del agua chocando con los ventanales.

Se ve alegre, pero solitario. Quiero saber más de él, pero tanto tiempo sin hablar con las personas me ha hecho perder la habilidad de sociabilizar.

—¿Cuánto tiempo llevas con arresto? —pregunta.

Por su mirada puedo notar que está realmente interesado.

—Llevo un año. Me faltan tres —respondo.

No tengo ganas de hablar sobre el tema, pero no porque sea algo difícil de hacer, sino porque me da miedo de que la única persona que se ha acercado a mí en todo este tiempo no quiera hacerlo más.

—Tienes que haber hecho algo muy malo, o loco. —Bebe un gran sorbo de vino. Decido cambiar el tema.

—¿Tú que haces? ¿Estás viviendo en casa de tu abuela?

—Sí. Me mudé. Heredé la casa y mi trabajo me queda cerca. Además, me gusta la playa, como podrás haberte dado cuenta. Nadar desnudo me libera y aquí puedo hacerlo. No hay nadie más que tú que pudiese reclamar o denunciar. —Me mira desafiante. Esperando seguramente a que le dé una respuesta.

—¿En qué trabajas?

—Soy policía.

Me pongo nerviosa. La verdad es que no entiendo la reacción que estoy teniendo. Intento controlarme, pero es difícil. Me levanto del sofá en el que estamos sentados y, sin querer ser mal educada, digo:

—Jhon, creo que tienes que irte.

—¿Por qué?

—Porque no es bueno que te acerques a mí.

Sinceramente, lo último que dije es mentira. Un policía de amigo en mi vida es un lujo que no puedo darme. Descubrir la verdad que tengo escondida en mis cuatro paredes sería una cadena perpetua que no estoy dispuesta a vivir. Yo soy la que no tiene que acercarse a él.

Puedo notar su molestia y confusión. Deja la copa, me da un beso en la mejilla a modo de despedida y lo veo irse.

Capítulo 4 Puños

01 de marzo. 08:00 horas.

La lluvia no cesa. Me gusta porque puedo verlo. Sé que son sus días favoritos para disfrutar del mar. Voy a mi ventana y confirmo lo que ya sabía que encontraría. Se desnuda. Por un minuto pienso en detener mi arrebato y contener los deseos de mi cuerpo.

Voy hacia él, lo miro. Con descaro y lujuria. Me desnudo y entro en el agua. Mis pezones reaccionan frente al estímulo visual del hombre que me espera, y el frío. Camino y un beso ardiente me recibe...

Me caigo de la cama, me levanto.

—Maldito imbécil, no puedes aparecer en mis sueños —reclamo, mientras miro por la ventana. En el fondo deseo que esté ahí, pero el día está demasiado soleado para encontrarlo.

Pienso en lo extraño que es que alguien se meta al mar sin sol. No le encuentro la lógica a eso.

El timbre empieza a sonar. Bajo las escaleras, poniéndome una bata y abro la puerta.

Me sonrojo al ver a Jhon parado frente a mí. Se ve perfecto vestido de policía. Sin querer muerdo mi labio inferior.

—¿Está sabroso? —pregunta.

Me saca de mis pensamientos y, sin entender su pregunta, le contesto:

—¿Qué cosa? —Arrugo el entrecejo.

—Tu labio, lo estabas mordiendo. —Sonríe.

—¿Qué haces acá? —Pongo los ojos en blanco.

—Sé quién eres, Anne, tú y yo tenemos que hablar.

«Perdón, pero este idiota ¿quién se cree que es?», me pregunto. «Un policía, estúpida», me contesto a mí misma.

—Mal usaste tu cargo de policía y me investigaste. Era obvio. Pasa. —Le abro el paso para dejarlo entrar—. ¿Quieres café? —pregunto.

—Sí, por favor.

Lo noto serio, no sé qué es lo que quiere.

Toma la taza y camina hasta mi rincón. Me da vergüenza ya que, me guste o no, he tenido fantasías mirándolo por esa ventana.

—Bonito lugar para leer.

—Supongo que no vienes a conocer el lugar en donde leo, Jhon. ¿Qué haces aquí?

Se acerca, es realmente sexi. Recuerdo mi sueño y me humedezco.

—Estudié tu caso.

—¿Y? —Me cruzo de brazos. Soy cortante. Hago notar mi molestia por su visita.

—Nada concuerda, Anne. Faltan pruebas, papeles. Sé que tu esposo es abogado y me preguntaba si...

—Si quieres ser el típico vecino pesadilla, te comunico que lo estás logrando —interrumpo.

—¿Vecino pesadilla? ¿Segura que no soy el vecino de tus sueños? —Me mira. Sonríe y bebe de su café.

Siento mi cara arder. Es un hombre que sabe jugar. Me descoloca y aunque lo encuentro insoportable, sabe cómo hacerme sentir cosas.

—Si no vienes a decir nada importante, por favor, vete.Mi caso está cerrado. Ya dije en mi declaración que no recuerdo absolutamente nada. No sé qué más quieres. —Me tomo la cabeza. Me siento confundida, desesperada y enojada. Es un tema cerrado para mí.

—Anne, por favor, tienes que escucharme.

—No entiendo quién te da el derecho de abrir algo que ya está cerrado. Creo que legalmente no tienes fundamentos. —digo, tratando de no subir el tono y golpear al policía.

—Tienes razón, pero llevo años en esto y reconozco a una persona inocente. Quiero ayudar.

—No sabes de lo que hablas. Hay testigos. Gracias por creer en una mujer que conoces hace tan solo una semana, pero sí soy culpable. —Suspiro—. Necesito que te vayas y me dejes en paz.

Realmente lo que quiero es creer en sus palabras, pero sé lo que viví y el daño irremediable que causé.

Jhon solo me mira, intuyo que sigue sin creer en lo que digo. Se despide con un beso en la mejilla y lo veo irse por la puerta.

La soledad inunda mi cuerpo nuevamente. Tomo el teléfono y decido llamar a mi madre que vive a mil kilómetros de distancia. Tiene ochenta años y moriría si supiera que no la he ido a ver porque estoy presa. La verdad es que moriría si se enterara de lo que hice.

Marco cinco veces y no contesta, llamo a mi hermana y tampoco lo hace. No la culpo. La última vez que hablamos y me envió una fotografía de ella, le dije que estaba gorda y que dejara de comerse los pasteles del lugar en donde trabaja.

Suspiro y regreso a mi vida aburrida.

Adam no me ha escrito. Es normal en él. No lo presiono, no me importa.

Paso la tarde pintando. Pinto el dolor de la soledad, ese dolor que es tan fuerte y tan tuyo que nadie lo comprende. Pasan las horas. Como algo y vuelvo a mi rincón. No hay lluvia, pero está el hombre que se roba mis sueños. No está solo, una cabellera castaña se ve a lo lejos. Está desnuda igual que él. Se besan, veo cómo la toca. Cierro los ojos y me doy la vuelta.

—Tienes tus límites, Anne, no eres una pervertida —me digo a mí misma, mientras camino en busca de mi teléfono.

Tengo que reconocer que me molesta saber que tiene una relación.

Veo en mi celular cinco llamadas perdidas de mi hermana. Le regreso el llamado.

—Susan, qué bueno que contestas...

La escucho llorar.

—Anne...

—¿Qué ocurre? —pregunto. Me siento asustada, ya que intuyo que algo le pasa a mi madre.

—Mamá murió anoche.

Mis lágrimas caen instantáneamente. Corto el teléfono y me lanzo en el sofá como una roca. Me siento adolorida. Intento quitarme el brazalete a la fuerza. Quiero ser libre, pero no lo logro. Tomo mi teléfono. Llamo a Adam, pero tiene el suyo apagado. Le envío un mensaje.

Llega la noche, siento cómo se me aprieta el pecho. Pasé toda la tarde llorando, enojada conmigo misma por haber sido una mala hija. Estoy angustiada y necesito aire.

Voy corriendo hasta la playa. Me siento en la arena a llorar. Unos brazos cálidos y amables me ofrecen cobijo. Acepto, es Jhon.

—Tranquila, nena. ¿Qué ocurre? —pregunta mientras una de sus manos acaricia mi largo cabello.

—Mi madre murió y no podré ir a despedirla. No pude verla, Jhon. No la vi.

Lloro desconsoladamente. Lo siento, está conmigo, me contiene.

—¡Maldito brazalete y la puta que lo parió! —exclamo, enojada. Soltándome de sus brazos me paro y golpeo mi pie una y otra vez contra una roca para romperlo.

—¡Anne, tranquilízate! —grita. Me sostiene—. A ese brazalete no lo parió nadie y tienes que controlarte. Tu pie está sangrando. Te llevo a casa.

—Puedo caminar. —Sollozo.

—Nada de que puedes caminar. Vamos a casa. —Me toma en sus brazos y me lleva hasta mi sofá.

Mi pie se ve hinchado, realmente mal. No siento dolor, ya que mi cabeza está desconectada de cualquier daño físico que pueda sentir.

—¿Tienes algún botiquín?

—Sí, en el mueble de la cocina, el de color verde. —Me acomodo. Sigo llorando y veo mi teléfono.

Para variar, no hay rastros de mi esposo.

Jhon regresa con hielo en una bolsa y el botiquín. Lo veo limpiar mi herida.

—Gracias por todo —digo, avergonzada por el escándalo que hice.

—No te preocupes, estoy acostumbrado a eso. —Ríe.

Tiene habilidades de primeros auxilios. Seguro es algo que aprendió en su trabajo. Lo miro atentamente. Es cuidadoso.

—¿Y tu novia? Deberías estar con ella ahora, no con tu vecina loca y delincuente.

—Tú y yo sabemos que no eres una delincuente. —Me mira y regresa a concentrarse.

—¿Por qué dices que yo no lo hice? No me conoces.

Suspira. Va a la chimenea y en silencio hace fuego.

—¿Tienes vino? —pregunta.

Asiento, apunto a la mesa del bar. Viene con dos copas, las sirve. Me entrega una y se sienta a mi lado. Deja mi pie herido sobre sus piernas.

—No eres una asesina, Anne, y yo te voy a decir el porqué, pero antes necesito que me cuentes tu versión.

Capítulo 5 No lo mereces

02 de marzo. 00:00 horas.

Es complejo regresar al pasado. Con el tiempo mi historia la bloqueé. Me duele recordar, o, mejor dicho, no hacerlo. Estaba tan borracha que solo tengo pequeños fragmentos de lo que pasó. Suspiro. Cierro los ojos y poco a poco retrocedo hasta el día de lo ocurrido.

Tengo imágenes, algunas van y otras vienen, pero las que vienen decido contarlas:

—Estábamos en casa de unos amigos. Max y Vivian. Cantamos karaoke e hicimos cosas que se hacen en fiestas. Lo estábamos pasando bien.Max se puso a fumar hierba, eso lo dejó como un saco de plomo tirado en el sofá. Adam, Vivian y yo seguimos en lo nuestro.Las copas iban y venían, como si estuviéramos bebiendo agua. Me tiré a descansar un momento en el sofá que quedaba desocupado. Me dormí.

»Desperté con las risas de Vivian, quien estaba extraña. No pude ver exactamente lo que hacía, creí que masturbaba a mi marido. Cuando me acerqué me di cuenta de que no estaba equivocada. —Llevo mi mirada hacia la chimenea. Pienso e intento no quebrarme.

—¿Estás bien? —pregunta Jhon.

Su rostro solo dice cuéntame más.

—Sí, es solo que desde que ocurrió todo e intentado borrar de mi memoria lo poco que tengo. —Suspiro. Tomo un gran sorbo de vino.

Me siento abrumada, pero por una extraña razón creo que tengo que contarlo. Quizá porque muy dentro de mí existe la esperanza de que lo que estoy viviendo sea solo una pesadilla.

—Continúa, te aseguro que tengo un buen punto. —Me acaricia mi pierna.

—Me levanté, apenas podía caminar por lo borracha que estaba. Me acerqué y Adam estaba disfrutando de lo que ella le hacía. Tenían un juego. Vivian le hablaba cosas al oído y su mano seguía los movimientos rítmicos necesarios para darle placer a mi esposo.Me volví loca. Desde ahí en adelante solo recuerdo haberla golpeado con el fierro de la chimenea en la cabeza.

—Y luego. ¿Qué pasó con ella? —Frunce el ceño.

Puedo notar que el cerebro de Jhon está trabajando a un ritmo inimaginable. Creo que es como una computadora humana.

—Desperté en una celda. Adam logró sacarme bajo fianza. Max declaró en mi contra y mi esposo fue mi abogado.

—¿También declaró?

—No lo sé. La verdad es que quedé muy mal. No pude presenciar mi audiencia.

—¿Y el cuerpo?

—Hasta el día de hoy es una incógnita. Desapareció. —Miro a Jhon a los ojos—. Creo que Adam lo escondió. Nunca quise preguntar más, porque no quiero saber. Después de todo, estoy mejor aquí. En casa.

—¿Cómo pudieron declararte culpable de un homicidio sin un cuerpo?

—No lo sé. Adam dice que hay suficientes pruebas. También sé que es por eso por lo que me dieron el beneficio de quedarme con arresto domiciliario.

—No estoy entendiendo nada. ¿Quién te denunció?

—Max.

—Pero tú misma me contaste que había caído como un saco de plomo. ¿Cómo alguien que llega a ese nivel de poca conciencia puede estar tan lúcido como para denunciarte ese mismo día?

El policía tiene un punto. Me siento atrapada en mí. Solo puedo preguntarme:

¿Es realmente esa la historia?

—Me siento confundida, creo que es mejor que te vayas a casa —culmino.

El sonido del fuego de la chimenea llena el espacio. El hombre sexi que tengo en frente de mí me mira fijamente. Sus ojos me entregan calidez, confianza. Un sentimiento que hace tiempo no tengo.

—¿Por qué sigues casada con él? ¿Lo amas?

Sé la respuesta, pero no soy lo suficientemente valiente para reconocerlo. Sigo casada, porque me tiene en sus manos. Hay algo más que un matrimonio que nos une.

—Jhon, por favor, no sigas. —Bebo mi copa de vino casi sin parar.

Mi vecino se levanta, dejando mis pies con cuidado sobre el sofá. Se apoya en el respaldo y queda muy cerca de mí. Puedo sentir su aliento, oler su perfume. Me pongo nerviosa. Mi pulso se acelera y quedo viéndolo a los ojos.

—Mañana te traeré almuerzo. No te levantes. Ese pie no se ve bien. Te llevaré a la playa conmigo y seguiremos esta conversación.

—Jhon...

—Shh... —Pone su índice sobre mis labios—, no es necesario que digas más. Sé quién eres, Anne. Te observo, te escucho, te siento. Sé que eres adicta a tu soledad. No te gusta, pero la necesitas. El problema es que sabes que te hace daño.

Me quedo mirando cómo se aleja y se va. Me deja sin respiración, sin aliento. Escucho la puerta cerrarse e intento reponerme. Veo mi pie. Está realmente hinchado.

Camino como puedo hasta las escaleras y mi teléfono empieza a sonar. Veo la hora y son casi las dos de la mañana. Es Adam.

—¿Hola? —contesto.

—Cariño, ¿estás bien?

—Adam, necesito ir a sus funerales. Necesito que encuentres la forma, por favor, te lo ruego. —Las lágrimas recorren nuevamente mis mejillas.

—Haré lo posible, emitiré una orden para permiso especial. Lo prometo.

—¿Vienes? —pregunto. Esperando una respuesta positiva.

—No puedo, lo siento. —Suspira.

Cuelgo el teléfono. El dolor de mi pie no me permite subir la escalera. Me voy a mi cómodo rincón. Me tapo con mi manta y miro por la ventana. La luna está gigante, hermosa. Ilumina absolutamente toda la playa.

Veo a mi vecino, a lo lejos. Mirando hacia el mar. Desnudo, seguramente encaminado a desaparecer a través de las olas. Mi corazón se acelera. Hay algo en él, algo oscuro. No lo digo solo porque veo su silueta bajo la luna, lo digo porque a la distancia hace que mi entrepierna arda como si estuviera en el mismísimo infierno.

Cierro los ojos, me permito hacer lo ilegal. Pienso en él, en su aliento y perfume. Mi mano baja hasta mi entrepierna. Me levanto la falda.

Poco a poco corro mis bragas y toco mi sexo. Está húmedo, mi feminidad reclama por atención.

Imagino sus labios, sus ojos, su marcado abdomen y lo que he evitado ver con atención, pero he deseado con lujuria entre mis piernas.

Gimo, mis dedos trazan círculos en mi clítoris, mientras mi otra mano aprieta con fuerza el brazo del pequeño sofá.

Levanto la mirada, lo veo a él. Vistiéndose, mientras yo, en mi rincón, dejo salir el caliente líquido que recorre la ruta de mi sexo.