Un brujo de segunda - Joles Sennell - E-Book

Un brujo de segunda E-Book

Joles Sennell

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Beschreibung

Cuentos que llevan a mundos mágicos. Conjunto de relatos que desarrollan un tema que en la actualidad tiene gran aceptación entre los jóvenes lectores: la creación de mundos mitológicos y seres fantásticos. Cuentos como «Un brujo de segunda», donde el protagonista, aparentemente un señor corriente, fabrica una máquina para ver el futuro; o «La prueba», donde una jovencísima hada es enviada al mundo de la realidad para hacer feliz a alguien.

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Seitenzahl: 66

Veröffentlichungsjahr: 2021

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1

CRÓNICA

Resulta que bastante lejos de aquí, hace muchos, muchos años, había un país que a pesar de ser pequeño tenía casi de todo: una gran ciudad, cuatro ciudades pequeñas, doce villas, veintidós pueblos y un sinnúmero de aldeas y caseríos. Tenía dos sierras, un río caudaloso, seis arroyos y dos docenas largas de acequias y torrenteras. También tenía un pedacito de costa y un lago pequeño, pero bien arreglado. Un bosque frondoso, cuatro bosquetes y unas treinta arboledas de diferentes especies. Campos, prados y cultivos de formas diversas. Carreteras, caminos, senderos y atajos. Despeñaderos, costanillas de difícil acceso y simas de las que hacen rodar la cabeza. También había, como en todo el mundo, un sol diurno, una luna de atardecer y montones de estrellas que salpicaban el cielo las noches serenas. En resumidas cuentas, tenía un poco de todo.

Sobre la gente que en él habitaba cabe decir que había de muchos tipos porque, como dice el refrán, tiene que haber gente para todo. Por haber, había incluso un rey y una reina, y una banda de principales que los lisonjeaban, les daban conversación y les calentaban la cabeza con paliques y razones.

Resulta que aquel pequeño país era vecino de dos países igualmente pequeños. Uno era una república militar, y cada dos por tres los militares organizaban fiestas patrióticas en las que hacían sonar una marcha militar, con muchos toques de clarines y redobles de tambor, que simbolizaba, musicalmente hablando, su nación y la ascensión imparable de la república. Decían que a los habitantes de aquel país vecino les gustaba mucho oír los redobles de la marcha y ver desfilar a los soldados en perfecto estado de formación.

El otro país era una democracia remendada de setenta y seis partidos y noventa y cuatro asociaciones políticas. Parece ser que les gustaba mucho discutir y pronunciar discursos. Tenían un himno muy ampuloso y alambicado, que todos se sabían de memoria y que a la más mínima oportunidad cantaban con una mano en el pecho y otra en la frente a modo de visera, como quien atalaya el futuro. Todos estos rituales emocionaban y conmovían mucho a los ciudadanos de la pequeña democracia.

Pero lo que hay que contar es que, un día cualquiera, en el país que nos interesa, a uno de aquellos principales que merodeaban todo el día alrededor de los reyes se le ocurrió que no era conveniente que aquel reino que tenía casi de todo no tuviera ni marcha, ni himno, ni música que lo amparase.

Y como entre los súbditos de los reyes había gente de todas las clases, no tuvieron que indagar mucho para dar con un compositor con título y todo. Se llamaba Augusto Trompetería Diapasón, y afirmaba que había compuesto cuatro sinfonías, dos sonatas, tres óperas, cuatro oratorios y sesenta y seis cancioncillas de ritmos diversos.

Le encargaron una música oficial con mucho viento y mucho rataplán. El compositor pidió una pequeña fortuna para inventarse una música en exclusiva, además de alojarse en pensión completa, en un hotel tranquilo y de primera, para poder trabajar en condiciones óptimas.

Después de tres meses, lo único que había escrito el compositor era el título, Música para nuestro país.

Seis meses más tarde, lo único que había hecho fue cambiar el título: Canción nacional, pasó a llamarse. Al cabo de un año, el título era Himno de los himnos y ya tenía tres notas: el do, el re y el fa. Ante la poca productividad musical del compositor, los reyes, que ya empezaban a desconfiar del genio raro y tardío del compositor, encargaron una investigación secreta al jefe de contraespionaje del país, que se llamaba Recallado Braguero del Antifaz, quien puso en acción a sus mejores agentes.

No tardó mucho en descubrir que el piano del compositor era de plástico y que todas las teclas emitían el mismo sonido hueco, y que el título de compositor lo había conseguido en una tómbola de la feria del país tres años atrás, y que en las carpetas donde guardaba celosamente las partituras de las obras que decía haber compuesto, solo había recortes de periódico y propaganda de electrodomésticos.

Como era de suponer, el compositor fue severamente amonestado al tiempo que se le retiró el encargo musical, la confianza real y el sueldo vitalicio que le habían concedido. También lo expulsaron del hotel.

Augusto Trompetería Diapasón —que tenía una confianza extraordinaria en sus propias facultades, aunque reconocía que su producción resultaba un poco lenta— se sintió tratado con una crueldad e injusticia extremas. Y con una incomprensión absoluta hacia su arte. Y con un menosprecio inadmisible hacia su persona. Y se convirtió en conspirador. Se juntó con tres resentidos como él, un brujo fuera de servicio, llamado Berreabien Talosi, un ferroviario de tren de vía ancha —los del país eran de vía estrecha— que se llamaba Catenario Atraviesa Atraviesa, y un fraile lego sin convento que se hacía tratar de Padre Padrán; y montaron una organización clandestina con el nombre de «Recolamo» (Resentidos contra la Monarquía). Los cuatro se pasaban la vida recorriendo el país disfrazados de vendedores de mantas, bufandas y paraguas; de día disimulaban, pero de noche hacían mítines exaltados y venenosos contra la familia real y contra la banda de moscardones que los rodeaban.

Después de cada reunión nocturna pasaban el platillo pidiendo una colaboración por la causa a la concurrencia, que solía ser numerosa, porque en aquel país no abundaban las ocasiones de asistir a espectáculos tan divertidos como los que protagonizaban los conjurados.

A la hora de contribuir, la mayor parte de los asistentes se hacían los despistados y no se sacaba gran cosa de las colectas. El negocio de las mantas, en cambio, despegó en seguida, y en poco tiempo fue floreciente y prometedor.

El fraile lego y el ferroviario lo tuvieron claro. Poco tiempo después se sacaron el carné de primera, se compraron una camioneta y abandonaron las conspiraciones por las mantas, que además de ser más rentables, abrigaban.

El brujo fuera de servicio, con la huida de los dos compañeros, se desencantó de la política y se radicalizó. Aprovechó los restos de un antiguo laboratorio de encantamientos, que tenía medio abandonado, y se dedicó a fabricar por cuenta propia bombas caseras y cócteles molotov. También se habría ganado bastante bien la vida si un día no le hubiera explotado en las narices uno de sus artefactos inflamables y no se le hubieran fundido las ideas de repente. Desde entonces deambula por el mundo como un buey sin cencerro, sin saber quién es ni qué fronteras viola. Pero como dice bobadas en tono declamatorio, allí donde va, la gente lo toma por un oráculo y, aunque no le entiendan, lo escuchan y lo respetan.

Solo y traicionado, el compositor renunció al resentimiento y a la venganza. Entonces tuvo un día de gracia y le vino la inspiración: se dedicaría al plagio. En cuanto tuvo la ocurrencia se puso manos a la obra: cogió el himno de la democracia remendada y la marcha de la república militar y de ambas melodías hizo una sola, recortando por aquí, añadiendo por allá, intercalando más allá; esto lo cambio, esto lo alargo, esto lo acorto, esto lo calco. Le salió una canción bastante presentable que no era ni el himno ni la marcha pero que hacía pensar en ambos. Era un trabajo de ingeniería imitativa brillante.

Pero echó a perder su obra maestra al ponerle un título vergonzoso que no tenía ningún sentido: Marchando hípnicamente.

Y mandó todo su trabajo, título incluido, al rey. Al rey, el título le provocaba náuseas, y lo mismo le daba una música que otra. Incluso lo mismo le daba que hubiera música como que no hubiera. Pero a la recua de ministros aquellas tonadas les resultaban familiares, y convinieron en que la cancioncilla era adecuada para convertirse en la canción del país, que buscaban desde hacía tanto tiempo. Y como al rey no le apetecía discutir —nunca le apetecía—, firmó el edicto y Marchando hípnicamente fue elevada al rango de himno nacional.

Los vecinos, tanto los militares como los demócratas, en cuanto oyeron el himno del reino supieron que se lo habían copiado y protestaron enérgicamente y amenazaron con llevar al país vecino ante los tribunales. Pero en aquella época y por aquellos pagos todavía no había tribunales internacionales, o sea que tuvieron que tomarse la justicia por su cuenta.