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Harry Graham y su equipo tenían la difícil tarea de evacuar por completo Murrawarra, una ciudad perdida en el interior de Australia y devastada por la crecida del río. Pero encontró un obstáculo a la hora de llevar a cabo su misión: la doctora Kirsten McPherson no estaba dispuesta a abandonar el hospital a su suerte. Ninguno de los dos iba a aceptar la retirada, así que estaban condenados a trabajar juntos. Harry no había contado con que aquella mujer exasperante y valiente le resultaría tan atractiva. Y Kirsten estaba asombrada ante su comportamiento cuando se encontraba frente a él. El peligro avivaba un deseo que podía ayudarlos a superar aquella situación crítica, pero después, ¿qué ocurriría?
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Seitenzahl: 213
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2000 Meredith Webber
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un corazón conquistado, n.º 1215- junio 2020
Título original: Heart’s Command
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-177-7
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…
QUÉ quiere decir con que el edificio está ocupado?
Kirsten oyó aquella pregunta desde el interior del edificio de piedra. A pesar de que no se había pronunciado en voz demasiado alta, el tono de voz había sido duro y las palabras iban cargadas de autoridad. Tuvo que afinar el oído para oír la respuesta del joven soldado, un teniente muy puntilloso y cortés que no se había merecido en absoluto la ira que ella había descargado sobre él.
Nada. Tal vez en el ejército no se enseñaba a proyectar la voz hasta que los reclutas habían progresado más en su profesión.
—¿Que está ocupada? ¿Que alguien ha ocupado la casa y que usted no le ha echado?
De nuevo la voz autoritaria. Kirsten supuso, por los retazos de conversación que no oía, que alguien estaba flagelando verbalmente al suboficial. Por justicia con el joven, no debía mantenerse al margen.
En aquel momento, estaba en la entrada del antiguo convento mientras que los hombres estaban de pie, bajo la débil protección que el pórtico suponía contra la lluvia.
Unos pasos que subían los escalones terminaron con su plan. Lo único que tuvo tiempo de hacer fue dar un paso al frente, con la esperanza de que pareciera que acababa de salir en aquel momento al vestíbulo.
La voz autoritaria pertenecía a un hombre muy alto y erguido. Estaba tan empapado que la ropa de faena que llevaba puesta se le adhería al cuerpo como una segunda piel, revelando unos esculpidos músculos. El cabello oscuro se le pegaba a la cabeza con buena estructura ósea, pero la luz que entraba por la pequeña abertura que había a sus espaldas eran tan tenue que le impedía leer la expresión del rostro del militar o distinguir el color de sus ojos. Detrás de él se veían unos enormes camiones aparcando y se oían más órdenes.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó Kirsten, con voz cortés.
Como si encontrarla allí le hubiera sorprendido mucho, el militar se detuvo. Entonces, en vez de responderla a ella directamente, se volvió para dirigirse de nuevo a su subordinado.
—Tenía entendido que todas las mujeres y los niños habían sido evacuados de la ciudad, teniente.
—No del todo —respondió el infortunado, que anteriormente se había presentado a Kirsten como teniente James Ross.
—¡Eso ya lo veo, teniente! —exclamó el oficial. La voz no solo era autoritaria sino que llevaba el filo de una hoja de acero.
—Sí, señor. Verá señor, esta es la doctora McPherson, señor.
Kirsten pensó que no había nunca oído tantos «señor» juntos.
—Sin embargo, sigue siendo una mujer, supongo —replicó el oficial, casi con un gruñido.
Marrones. Tenía los ojos marrones y en aquel momento estaban taladrando al teniente mientras el joven se trastabillaba con una retahíla de frases a medias, tratando de encontrar una respuesta que satisficiera a su superior y que, al mismo tiempo, no despertara de nuevo las iras de la doctora.
Ella sonrió al teniente. Efectivamente, antes había tenido un altercado con él. En realidad, había sido mucho más que un altercado. Había soltado toda la fuerza de su enojo y frustración acumulados a lo largo de los últimos meses de lucha para mantener abierto el hospital de Murrawarra.
Tal vez debería hacer algo para compensar aquel enfrentamiento y rescatarle. Por ello, dio un paso al frente y se acercó al oficial.
—Tal vez podría entender la situación mejor si hablara directamente conmigo en vez de utilizar a James como intermediario. Si se me habla claro y despacio, lo puedo entender todo perfectamente.
La mirada de aquellos ojos castaños se concentró en ella. Por la expresión de asombro que tenía en el rostro, resultaba evidente que aquel oficial no estaba acostumbrado a que alguien se dirigiera a él sin permiso. Durante un momento, Kirsten pensó en el castigo que le aplicaría por ello. ¿Se seguían utilizando los pelotones de fusilamiento?
—Soy el comandante Harry Graham. Estoy a cargo de esta operación y este edificio va a ser utilizado como cuartel general de la compañía —le espetó—. Vamos a instalar nuestro propio PPA, así que sus servicios no serán necesarios. Le doy una hora para recoger sus cosas y entonces usted, y cualquier otra persona que esté aquí, se marchará por ferry a Vereton.
Ken llegó justo en aquellos momentos. Con más de metro ochenta y guapo hasta dejárselo sobrado, era uno de los mejores enfermeros que con los que Kirsten había trabajado.
—Rob West ha llamado para decir que va a traer a Cathy —dijo con gran aplomo, sin prestar atención a los dos intrusos—. Va a traerla hasta la orilla y luego él tiene que regresar a su finca. Quiere que alguien vaya a recogerla allí dentro de una hora. En realidad, ya es menos de una hora, ya que Chipper necesitaba una botella. Creo que sería más exacto decir treinta y cinco minutos. Llegará cerca del matadero.
—Yo iré —dijo Kirsten, tras mirar el reloj—. Tú ocúpate de todo esto.
Ken asintió y desapareció de nuevo por el pasillo que conducía al hospital.
—Quiero que salgan de aquí dentro de una hora, sin ir a recoger a más personas que se añadan a su colonia de «ocupas» —le dijo el oficial—. Este edificio va a ser…
—Se está repitiendo —le interrumpió Kirsten—. Usted quiere este edificio para su Cuartel General, pero yo lo quiero para mi h-o-s-p-i-t-a-l. ¿Me comprende? Es una palabra que sirve para definir el lugar donde las personas van cuando necesitan atención médica. Y si lo de PPA significa Puesto de Primeros Auxilios, dudo que sus enfermeros puedan encargarse de todos nuestros pacientes. Por ejemplo, ese mensaje era del marido de una mujer embarazada que va a venir desde una de las fincas más remotas. Supongo que su inminente llegada significa que está de parto.
—¡Debería haber sido aerotransportada a otro hospital! —rugió el furioso oficial—. Su evacuación debería haber sido una prioridad. Tal vez no comprenda la seriedad de esta situación. Hay una tromba de agua que se dirige hasta esta ciudad y que podría destruir el noventa por ciento de los edificios, los suministros de agua y los desagües que ya se han visto afectados. Este no es lugar para mujeres embarazadas.
—Mujer, en singular —le corrigió Kirsten—. Y el convento tiene su propio suministro de agua, sus propios generadores y un sistema séptico propio. También está lo suficientemente alto sobre el nivel al que se piensa que llegue el agua como para estar seguro. Me imagino que por eso lo quiere usted para su PM.
—¿PM? —preguntó él, frunciendo el ceño.
—Puesto de mando —respondió ella, con una sonrisa—. Puede quedarse con esas iniciales si ya no forman parte de su colección. Ahora, si me perdona, tengo pacientes a los que visitar.
—¿Pacientes? ¿Que tiene aquí otros pacientes? Por Dios santo, mujer, ¿es que no entiende el peligro? ¿Por qué no se les ha evacuado antes? ¿Quién le ha autorizado para quedarse en la ciudad?
—¡Un momento, amigo! —exclamó ella, acercándose más al hombre para empezar a darle en el pecho con un dedo—. ¡No necesito una autorización de nadie para hacer mi trabajo! ¡Y no me llame «mujer»! —añadió, dándole de nuevo con el dedo—. ¡Nunca! ¿Me comprende? Me llamo McPherson, Kirsten para los amigos. Y doctora McPherson para usted.
Harry miró a aquella pobre mujer que se había atrevido a darle con el dedo en el pecho. Unos rizos brillantes, de color castaño, enmarcaban un rostro que hubiera sido propio de un viejo retrato, tal vez con una cinta azul entrelazada en el pelo para hacer juego con el azul de sus ojos. Se estaba preguntando dónde había visto él una imagen similar cuando otro brusco golpe le sacó de sus pensamientos.
—No puedo decir que me alegre de conocerla, doctora McPherson —dijo él, dándose cuenta de lo cansado que debía estar para que su mente se perdiera en aquellos pensamientos—. Como le estaba diciendo, necesito este edificio y no tengo tiempo de discutir al respecto. Según los últimos cálculos, la manga de agua llegará aquí entre tres y cinco días, lo que no nos da a mí ni a mis hombres mucho tiempo para levantar los diques y hacer lo que podamos para salvar lo que queda de la ciudad.
—Pues han tardado mucho tiempo en llegar aquí —le espetó ella—. Esta es la tercera inundación que se dirige a nosotros en igual número de meses. Esa es la razón por la que el hospital se encuentra en este edificio. La primera inundación destruyó parte de los edificios del hospital y debilitó tanto los cimientos de la estructura principal que la segunda lo levantó y se lo llevó doscientos metros río abajo y lo dejó en tan mal estado que el suelo está inclinado hacia todas partes. Eso y el olor no son buenas características para poder cuidar a nuestros pacientes.
—Tendrá que marcharse —dijo él, contemplando el desafío que había en aquellos ojos.
—No nos vamos a marchar —replicó ella—. Pero hay mucho sitio. Nosotros utilizamos el ala oeste del edificio para el hospital, junto con el viejo comedor y algunas habitaciones que supongo fueron despachos. La cocina está entre las dos alas y es lo suficientemente grande como para compartirla.
Harry cerró los ojos durante un momento, esperando poder superar la tensión que se le estaba a acumulando en la cabeza. Entonces volvió a hablar.
—No vamos a compartir nada porque usted se va a marchar.
Esas palabras deberían haber estado llenas de fuerza y autoridad pero salieron ligeramente ahogadas por un estornudo.
—Tal vez debería cambiarse de ropa —dijo ella—. En este momento, no tengo mucho personal y no nos gustaría tener demasiados pacientes en el hospital.
Él se estaba preguntando por el castigo que se administraba por estrangular a un civil cuando ella se dio la vuelta y desapareció por el mismo lugar por el que el enfermero lo había hecho anteriormente. En aquel momento, recordó quién era el responsable de todo aquello, por lo que se volvió al teniente para preguntarle.
—¿Dónde está el capitán Woulfe? Se suponía que debía tener esto bajo control.
—Se entretuvo en el ayuntamiento, señor. Parece que el alcalde tiene una lista de propiedades que considera como de máxima prioridad. El capitán Woulfe sospecha que son propiedad de él, señor, y por esto está comprobando en los mapas del término la lista que le ha dado el alcalde.
Harry suspiró y luego volvió a estornudar. Un ruido en el exterior sugirió que habían llegado más camiones, después de haber recorrido el peligroso sendero por la montaña, que era el único acceso a la ciudad. Tal vez se pudiera poner ropa seca antes de lo que pensaba.
—Instálanos en las habitaciones que haya disponibles —dijo él, señalando hacia las escaleras—, y en el ala este al que se refirió la doctora. Es mejor que yo me encargue de ir a la misión rescate de esa mujer embarazada. No nos podemos permitir que parezca que no ayudamos a los civiles. ¡Mientras estén aquí!
Harry observó cómo Ross subía los escalones de dos en dos y entonces se dirigió hacia el pasillo para ir en busca de la descarada doctora. ¡Menudo hospital! El lugar tenía más de cien años y probablemente era tan insalubre como una alcantarilla.
Cuando abrió la primera puerta que encontró a su derecha, recibió el saludo de un anciano, que tenía colgadas tantas pesas y poleas que parecía algo sacado de una película.
—¡Buenos días! —exclamó el paciente—. La joven Kirsten me ha dicho que ha llegado el ejército. ¿Cree que ganará la batalla contra el agua?
—¿Se le ofreció la posibilidad de la evacuación? —preguntó Harry, sin prestar atención a la socarronería del anciano—. Tenía entendido que todos los pacientes del hospital habían sido trasladados a Vereton y que el hospital había sido clausurado después de la segunda inundación.
—¡Ja! Un complot del gobierno estatal, esto fue todo —replicó el hombre—, pero no me pudieron llevar a mí, no así colgado, como estoy. Con un solo tumbo de la ambulancia, la pelvis se me habría vuelto a hacer pedazos. No, señor, a mí no pudieron llevarme.
El anciano sonaba tan satisfecho consigo mismo, como si estar allí fuera un premio de algún tipo, que Harry volvió a sospechar que había algo oculto. A pesar de todo, no tenía tiempo de intentar descubrirlo en aquellos momentos.
—¿Dónde puedo encontrar a la doctora McPherson?
—Siga por el pasillo y en la última puerta a la izquierda. Antes era un pequeño salón. Las monjas lo utilizaban cuando sus familias venían a visitarlas. Kirsten lo ha convertido en una mezcla de despacho y dormitorio ya que ella está también de guardia por las noches y así nos oye cuando la llamamos —explicó el hombre, levantando un pequeño utensilio, parecido a un timbre—. Puedo llamarla para que venga, si quiere.
—No, yo iré a buscarla —respondió Harry, que prefería hablar con ella sin espectadores.
Mientras andaba por el pasillo, no pudo evitar una sonrisa. ¿Por qué estaba tan seguro de que iban a discutir?
—No necesito escolta para bajar en coche por la colina y traer al hospital a una paciente embarazada —dijo Kirsten, cuando el comandante apareció en su despacho para decirle que iba a acompañarla.
—A pesar de todo, la tendrá —replicó él, con una voz muy tranquila que ella encontró aún más irritante que la autoritaria—. ¿Qué vehículo tiene?
—¿Qué tiene eso que ver con usted? —preguntó ella—. Si quiere saberlo, es un Toyota. Además, usted me mojaría los asientos.
Kirsten no añadió que había recogido ya a tantos pacientes empapados que la tapicería de su coche estaba desarrollando una interesante variedad de hongos. Se limitó a ponerse el impermeable y salir al exterior.
Entonces se detuvo. Los jardines del convento estaban sufriendo una transformación. Unas tiendas de color verde oliva parecían estar levantándose por todas partes mientras unos soldados vestidos con prendas del mismo color se movían por todas partes bajo la lluvia.
—¿De dónde han salido todas esas personas? —preguntó ella, incapaz de creer la febril actividad que se estaba desarrollando allí.
—Ya tengo tres pelotones y hay más hombres preparados por si es necesario. Tenemos que proporcionar alojamiento, suministros y comida para todos ellos. También estamos preparándonos para acoger evacuados si las familias que han decidido quedarse en sus casas necesitan ser evacuadas. PPA, alojamiento para las tropas, para los civiles, suministros, letrinas… Nos movemos como una unidad completamente independiente.
A pesar del tono duro que tenía en la voz, Kirsten se dio cuenta de que hablaba con orgullo, como si la eficacia del ejército le agradara. Sin embargo, no fue esa eficacia lo que atrajo la atención de la doctora.
—Todos esos hombres llevan ropas impermeables —dijo ella—. ¿Por qué está usted tan mojado?
Cuando él sonrió, se dio cuenta de que era un hombre muy guapo. De hecho, aquella sonrisa le hacía parecer casi humano.
—La ropa impermeable está diseñada para evitar la lluvia, no las aguas de los ríos. Tuvimos un pequeño percance en un bote de goma. Nos golpeamos con un tronco medio sumergido.
—¿Y se cayó del bote? ¿Al agua de la inundación? Espero que no se haya hecho ningún corte ni ningún arañazo. Hay animales muertos en esa agua, es un campo muy fértil para Dios sabe qué enfermedades. Al menos, debería quitarse esa ropa.
—¿Aquí y ahora mismo? —preguntó él, con una sonrisa acechándole en sus ojos oscuros.
—Si es necesario, sí —replicó ella, a pesar de sentir que se le ruborizaban las mejillas—. Sería mucho mejor que se cuidara de sí mismo en vez de tratar de ocuparse de mis propios asuntos.
—Ah, pero a mí me pagan para servir a la gente de Australia, de los que supongo, usted es uno. De hecho, podría llevarse mi Land Rover —ofreció él, señalando un vehículo que había aparcado no muy lejos del pequeño coche azul de Kirsten.
Ella estaba cansada de discutir. Durante un momento, consideró aquella oferta. Sin embargo, sabía que si aceptaba el vehículo, sería él quien conduciría. Al final, negó con la cabeza.
—No, es demasiado alto y a Cathy le resultaría muy incómodo subirse a él —concluyó, dirigiéndose hacia su coche.
—Yo conduciré y usted me puede dar indicaciones —sugirió él, dando unas zancadas tan grandes que alcanzó el coche de Kirsten primero y abrió la puerta del copiloto antes de que ella pudiera protestar.
Ella dudó, instintivamente, como si ir en coche con aquel hombre por Murrawarra fuera una amenaza.
—Mire —dijo ella, inclinando la cabeza para poder mirarle a los ojos—, ¿no ha venido el ejército para salvar lo que queda de la ciudad? ¿No debería estar rellenando sacos de arena o dirigiendo a sus tropas o dándoles órdenes? Yo llevo trayendo personas a este hospital desde el agua desde que comenzó la inundación. Puedo hacerlo una vez más sin su ayuda.
—Necesito valorar la situación —replicó él, secamente.
—¿Se refiere a comprobar que Cathy está embarazada? ¿Que le digo la verdad? ¿Qué tiene que ver eso con el ejército?
Harry suspiró, cansado. Solo durante un momento, Kirsten sintió cierta simpatía por él.
—Resulta de lo más irregular tener civiles que necesitan cuidados médicos en primera línea —musitó él.
Kirsten se olvidó de su propio cansancio y se echó a reír.
—Sé que las condiciones aquí no son buenas, pero esto no es exactamente la guerra —le recordó ella—. Además, la mayoría de los civiles que hay por aquí son personas muy capaces. Tienen que serlo, para poder superar los rigores de estos parajes.
—Entiendo perfectamente la dureza y los rigores de estos parajes —comentó él, mirándola como si quisiera desafiarla—. Pero si no deja de discutir, llegará tarde para recoger a su paciente.
Molesta por lo que se había quedado sin decir, Kirsten se subió al coche y esperó mientras él le cerraba la puerta y rodeaba el vehículo. Era una cortesía sin importancia, pero le había agradado. ¿Sería un caballero además de oficial? Mientras él se montaba en el vehículo, ella lo miró a hurtadillas, sintiendo en aquel momento una sensación de atracción que le resultaba poco familiar y que fue completamente inesperada.
Él se acomodó detrás del volante y echó hacia atrás el asiento todo lo que pudo.
—Vuélvalo a poner donde estaba cuando se baje —protestó ella, más porque estaba desconcertada por su presencia que porque le hubiera molestado que hubiera movido el asiento—. Si lo deja ahí, no podré alcanzar los pedales.
—No tendrá que preocuparse por el asiento del coche durante un rato. Se marchará de aquí en avión hoy mismo, en cuanto pueda traer unos helicópteros. Pero el coche se quedará aquí.
—No voy a ir a ninguna parte —replicó ella—. Al menos mientras tenga pacientes aquí que me necesiten.
—También evacuaremos a sus pacientes en cuanto pueda conseguir un helicóptero adecuado para aerotransporte de enfermos —le informó él, conduciendo el coche muy lentamente entre las tiendas que sus tropas acababan de levantar.
—¿Está comprobando que las tiendas están bien alineadas? —se mofó Kirsten.
Sin embargo, él no le prestó atención. Sacó el coche por la entrada del jardín del convento y lo dirigió a la ciudad.
—¿Va a reunirse con su paciente cerca del viejo matadero?
—Sí, está… —empezó ella. Sin embargo, él ya había girado a la izquierda y se dirigía hacia el viejo y ruinoso edificio—. ¿Cómo sabe dónde está si acaba de llegar a la ciudad?
—Tenemos mapas —dijo él, fríamente—. Estos tienen todas las construcciones civiles marcadas, lo que incluye los edificios abandonados y los conventos deshabitados —añadió, dándole un énfasis especial a la última palabra para que ella supiera que no se había olvidado del tema de la presencia de Kirsten en el convento.
Ella miró por la ventana, contemplando el ya familiar mar de aguas marrones. Se movían lentamente, haciendo pequeños remolinos alrededor de las casas abandonadas y de los árboles que habían sobrevivido hasta entonces. Los restos de basura y escombros se amontonaban en lo alto de algunas casas, mostrando así dónde habían llegado las anteriores inundaciones. Kirsten se echó a temblar al imaginarse la tromba de agua que se avecinaba sobre ellos y que ya había destruido media docena de ciudades.
—Rob tiene un bote de aluminio. Vendrá de esa dirección —dijo ella, tratando de vislumbrar el barco a través de la lluvia.
—Tendrá que avanzar muy lentamente —dijo él—. Hay que tener mucho cuidado con las vallas sumergidas y todo lo que flota en el agua.
Kirsten abrió la puerta del coche justo cuando se detuvieron al borde del agua. De repente, se oyó el sonido de un motor por encima del murmullo del agua.
Ella salió del coche y avanzó hacia el pequeño muelle donde Rob iba a atracar el bote.
—¿Desde dónde vienen? ¿Es que no se da cuenta de los peligros asociados con viajar a través del agua? Hay helicópteros civiles y militares dispuestos para las evacuaciones. ¿Por qué no llamó a uno de ellos?
—No fue elección mía —le recordó ella—. Además, la mayoría de los helicópteros están trabajando al norte de aquí, donde las aguas están más altas. Pensé que era mejor que se dedicaran a rescatar a las personas que están en un peligro inmediato.
—Entonces, ¿admite que su paciente no está en peligro?
—¿Qué es esto? —preguntó Kirsten, dándose la vuelta para mirarlo—. ¿Un interrogatorio al estilo del ejército? ¿Mete electrodos en su equipaje cuando va en misiones de rescate? Además, le dije que se quitara esas ropas tan húmedas —añadió, al ver que él estornudaba.
HARRY ahogó un segundo estornudo por miedo a que aquella fierecilla se volviera de nuevo hacia él. Desde el momento en que le habían mencionado el nombre de Murrawarra, había sabido que aquella iba a ser una de esas misiones en las que nada iba bien. Lo que debería haber hecho era seguir sus instintos de instalar el cuartel más alejado de las aguas. O asignar aquella sección a otra persona.
Ya era demasiado tarde. Se inclinó para agarrar la proa del bote e introducirla lo suficiente en tierra firme como para estabilizarla. La doctora se había metido en el agua y estaba atendiendo a una mujer.
El hombre que había en el bote saltó para terminar de introducirlo en tierra y luego se inclinó sobre su esposa, levantándola con infinito cuidado.
Harry vio la mirada que intercambiaba la pareja y sintió envidia. Quería ayudar, ofrecerse para llevar a la mujer, pero sabía que el hombre nunca le dejaría su preciosa carga.
La doctora había abierto la puerta trasera para que el granjero pudiera acomodar a su esposa en el asiento.
—Cuida de ella, Kirstie —dijo el hombre, con la voz ronca por la emoción.
—No te preocupes, Rob, lo haremos. Y te mantendremos informado. ¿Te funciona todavía el teléfono?
—Sí, el teléfono va bien. Gracias a Dios por la tecnología vía satélite.
El hombre se inclinó sobre su esposa para darle un último beso y entonces, sin mirar atrás, regresó al bote. Antes de montar, inclinó la cabeza como saludo para Harry, que se lo estaba sujetando. Entonces, metió la hélice de nuevo en el agua y se marchó.
—No tenemos tiempo para despedir a los que se marchan —le dijo la irritante doctora. Entonces, él se dio la vuelta y descubrió que estaba arrodillada al lado de la mujer que acababa de llegar.
—¿Quiere decir que va a tener el niño ahora mismo? —preguntó él, tratando de recordar lo que había aprendido sobre los partos en un curso de primeros auxilios.
—Por eso está aquí —replicó ella, con un tono de voz que rezumaba sarcasmo.
Harry quiso protestar y recordarle que aquella mujer no estaba donde debería estar. Se suponía que todos debían haber sido evacuados…
