Una chica como ella - Tanaz Bhathena - E-Book

Una chica como ella E-Book

Tanaz Bhathena

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Beschreibung

Una exploración atemporal de los romances arriesgados, el autodescubrimiento y lo que somos capaces de hacer para amar y ser amados Zarin Wadia, de dieciséis años, es una estudiante brillante y vivaz, además de huérfana y temeraria. Y también es la clase de chica de la que los padres advierten a sus hijos que se mantengan alejados: una joven problemática cuyos numerosos romances son objeto de infinidad de cotilleos en el colegio. "No te conviene mezclarte con una chica como ella", dicen. Entonces, ¿cómo es que Porus Dumasia, de dieciocho años, siempre ha estado colado por ella? ¿Y cómo acabaron Zarin y Porus muertos en el mismo vehículo tras estrellarse en una autopista de Yeda, en Arabia Saudí? Cuando la policía religiosa llega al lugar de los hechos, aquello que todo el mundo creía saber acerca de Zarin queda en entredicho. Y, a medida que se reconstruye su historia, relatada a través de múltiples perspectivas, queda claro que Zarin era mucho más que solo "una chica como ella". Esta novela (que posee un precioso estilo narrativo y supone el debut de Tanaz Bhathena) descubre a los lectores un nuevo mundo, exuberante y maravilloso. Además, aborda temas complejos como la raza, la identidad, las clases sociales y la religión, y compone un retrato de la ambición, la angustia, la rebeldía y la alienación juveniles que resulta a la vez imaginativo y universal.

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Seitenzahl: 422

Veröffentlichungsjahr: 2018

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unachicacomoella

tanaz bhathena

Traducción de Aida Candelario

Título original: A girl like that, publicado en inglés, en 2018, por Macmillan Publishing Group, Nueva York

A GIRL LIKE THAT

Copyright © 2018 byTanaz Bhathena

Published by arrangement with Farrar Straus Giroux Books for Young Readers An imprint of Macmillan Publishing Group, LLC through Sandra Bruna Agencia Literaria SL. All rights reserved

Primera edición en esta colección: octubre de 2018

© de la traducción, Aida Candelario, 2018

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2018

© de las fotografías de la cubierta, Ali Smith, 2018

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99 – Fax: (+34) 93 419 23 14

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-17376-89-5

Diseño de cubierta: Elizabeth H. Clark

Adaptación de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

PRÓLOGO

COMIENZOS

REENCUENTRO

UNA CHICA COMO OTRA CUALQUIERA

SANGRE

VERGÜENZA

AMOR

LAS COLECCIONISTAS

EPÍLOGO

Glosario de palabras y frases

Nota de la autora

Agradecimientos

Navegación estructural

Cubierta

Portada

Créditos

Índice

Dedicatoria

Una chica como ella

Agradecimientos

Colofón

Para mis padres y mis difuntos abuelos, con gratitud y amor.

PRÓLOGO

Zarin

Los lamentos que masi profirió al verme resultaban tan desgarradores que cualquiera habría pensado que la que yacía muerta ante ella era su única hija en lugar de un parásito salido del vientre de su hermana, como me llamó una vez. Debería haberse dedicado a hacer de plañidera. La madre de Porus se arrodilló en medio del charco que formaba la sangre de su hijo y se sumó al cacofónico lamento de masi. Masa se mostró más comedido. Se secó los ojos con la manga de la camisa, realizó inspiraciones profundas e intentó recobrar la compostura. El agente a cargo del escenario del accidente le dijo a masa que se encargaría de que llevaran nuestros cadáveres a una morgue de la zona hasta que se realizaran los preparativos para los funerales.

Su fuerte voz se elevó hasta donde Porus y yo flotábamos ahora, a unos cuantos metros por encima de los restos del accidente ocurrido en la autopista Al-Harameen de Yeda, completamente muertos, pero todavía presentes.

Observamos la escena que se desarrollaba más abajo: la humeante camioneta Nissan de Porus abollada como una lata de Pepsi, los coches patrulla de color verde y blanco, las parpadeantes luces de una ambulancia de la Media Luna Roja, los agentes de policía saudíes con sus uniformes color caqui de manga larga y boinas negras, nuestras desconsoladas familias… La policía había cortado varios kilómetros de arcén de la autopista y la mayor parte del carril derecho con conos de tráfico de un intenso tono anaranjado. La zona que rodeaba el vehículo estaba señalizada con cinta amarilla.

Habían tardado una hora en extraer nuestros cuerpos de la camioneta, y la labor había resultado bastante desagradable. Había sangre por todas partes. Sangre, de olor metálico, que manaba a chorros de nuestros cuerpos. Sangre, que había salpicado el parabrisas y se había acumulado en el suelo del vehículo. Aproximadamente a un metro de distancia, un neumático que se había soltado de algún modo durante el accidente también estaba cubierto del mismo líquido oscuro y reluciente.

—Soy su tía —oí que masi le decía en inglés al agente de policía cuando este le preguntó si éramos parientes—. La hermana de su madre.

«Masi gare de phansi», solía mofarme yo en gujarati cuando estaba viva. «Mi tía, a la que le gustaría estrangularme con una soga.» El estrangulamiento o la asfixia eran métodos habituales para deshacerse de los bebés no deseados en la India, el país en el que nací. Una forma fácil y rápida de librarse de hijas que deberían haber sido hijos, de huérfanos como yo que les endilgaban a parientes renuentes. En una ocasión, mientras estábamos de vacaciones en Bombay, oí que la Señora del Perro le decía a masi que, alguna que otra vez, las familias muy adineradas les pagaban a sus criadas para que se ocuparan del asunto. Aquellas mujeres fuertes y ágiles, procedentes de barrios pobres como Char Chaali, empleaban una almohada o a veces sus propias manos para acabar con la vida de un recién nacido.

Ahora mismo, las manos de masi estaban temblando. Se trataba de un efecto secundario de las pastillas que mi tío le hacía tomar a causa de sus «problemas para dormir», como a él le gustaba llamarlo. Con masi, todo era un efecto secundario: las lágrimas, los cambios de humor, las palizas que me dio a lo largo de los años, los arrebatos de ira que sufría a veces cuando yo hacía algo que le recordaba a mi difunta madre o, aún peor, a mi difunto padre.

A poca distancia, masa estaba hablando con otro agente, un hombre bajito y barrigón que gesticulaba con frenesí. Puesto que no éramos saudíes ni musulmanes, yo sabía que ni Porus ni yo seríamos enterrados aquí. A los expatriados que fallecían en el reino los enviaban de regreso a sus países de origen para que las exequias se llevaran a cabo allí. Había trámites que seguir y papeleo que rellenar en la morgue y en el consulado indio. Ritos que precedían a los ritos fúnebres.

No obstante, me resultó evidente, incluso desde aquí arriba, que el agente barrigón no estaba hablando de papeleo. Señalaba nuestros cuerpos, gritando en una mezcla de inglés y árabe. Si me acercara un poco más, como Porus, seguramente oiría todo lo que estaba diciendo. Pero no me hacía falta. Teniendo en cuenta el contexto de la escena, no era demasiado difícil suponer qué era lo que desagradaba al agente. Existían pocas infracciones que indignaran más a las autoridades de Arabia Saudí que el hecho de que una chica buscara voluntariamente la compañía de un chico, sobre todo de uno que no fuera su hermano o su marido.

—Echaré de menos a mi madre —dijo Porus con suavidad.

No contesté. No me parecía que yo fuera a echar de menos a nadie. Tal vez a masa, por las veces en las que había demostrado algún atisbo de cordura: las pocas ocasiones en las que decía lo que pensaba a pesar del mangoneo constante de masi. Pero, por mi propia conveniencia, procuré olvidarme de mi tía. Durante mi breve existencia terrenal, no me había comportado precisamente como la madre Teresa, así que nada me garantizaba que me fuera a pasar la otra vida en una celestial playa de arena blanca. ¿Qué sentido tenía acumular más recuerdos desagradables si acababa yendo al infierno?

Un agente de policía sacó mi carné escolar de mi bolso desgarrado. Lo vi echarle un vistazo a mi nombre y anotarlo en su cuaderno: «Zarin Wadia, mujer, dieciséis años, estudiante, accidente de tráfico». De haber estado aquí mi profesora de Inglés, la señora Khan, habría añadido más cosas: «Alumna brillante, aficionada a los debates, inadaptada, problemática».

El agente levantó un borde de la sábana blanca y comparó mi cara con la fotografía del carné. Se trataba de una de las pocas ocasiones en las que un fotógrafo había logrado captarme sonriendo; un rizo negro me asomaba por debajo del pañuelo y me tapaba ligeramente el ojo izquierdo. Masa decía que, en esa foto, me parecía a mi madre de adolescente. Aunque no era de extrañar. Desde que tenía memoria, la gente me había dicho que era el vivo retrato de mi madre. Una réplica de sus rizos oscuros, piel clara y ojos castaños, con el lunar en el labio superior incluido.

Yo, por mi parte, apenas recordaba a mi madre. A veces me venía a la mente el suave arrullo de una canción de cuna, el frío roce de un brazalete de cristal contra la mejilla, el ahumado aroma a sándalo y loban de un templo de fuego. Esos recuerdos eran muy escasos y apenas consistían en destellos de sensaciones. A menudo solía recordar, con más claridad, el primer día que fui consciente de la ausencia de mi madre. Un silencio hueco y casi tangible en una habitación cálida. Las motas de polvo danzando en el rayo de luz que entraba por la ventana. El 28 de noviembre de 2002. Era otoño y yo tenía cuatro años. Hacía una semana que mi madre había muerto… de cáncer, según me contaron, aunque yo sabía que no era verdad.

También fue el día en que una vecina me acompañó desde el tranquilo apartamento de dos habitaciones de mi madre situado en el centro de Bombay hasta el norte de la ciudad, al apartamento de una habitación propiedad de mi tía materna y su marido en la colonia parsi de Cama. A masa le gustaba la idea de tenerme allí, ya que masi no podía tener hijos. Ella, por el otro lado, estaba furiosa.

—¡Cuidado con la tiza! —me espetó en cuanto entramos en el apartamento—. Khodai, mira lo que ha hecho.

Bajé la mirada hacia donde ella señalaba, a los dibujos con tiza que había hecho en las baldosas del umbral del apartamento. Peces blancos con delicadas escamas y ojos rojos rodeaban una banderola en la que ahora ponía «B……te» o «Buena suerte», como descubrí después. «Buena suerte» con la huella de mi zapato estampada en el centro, de modo que empolvadas líneas rosadas desdibujaban la mayor parte de las palabras «Buena» y «suerte».

—Todos estos años, he vivido con vergüenza por culpa de mi hermana —le dijo a masa esa noche, cuando creyó que me había dormido—. Al menos, al casarme contigo pude alejarme de todo eso y ponerles fin a las horribles habladurías del panchayat parsi.

Yo carecía de estatus social (como solía ocurrirles a los bastardos huérfanos) y todos en la colonia Cama se aseguraron de recordármelo, incluso después de que masa me adoptara y me diera un apellido para llenar el espacio en blanco que había dejado mi padre.

—No sabes la suerte que tienes, niña —me dijo la vecina de masi, a la que los niños de la zona llamaban la Señora del Perro, una mujer que siempre olía a agua de colonia 4711 y sudor de Pomerania—. ¡Muchos niños en tu situación acaban en las calles! O algo peor.

Un mes después de que me fuera a vivir con mis tíos, el abogado de mi padre consiguió localizarme. Fue a través de este abogado que masi se enteró de la existencia del testamento y la cuenta bancaria de mi padre.

—¿Que cuánto dinero hay en la cuenta? —El abogado repitió la pregunta de masi—. Alrededor de quince lakhs de rupias, señora. Los tutores de la niña gestionarán la cuenta hasta que ella cumpla veintiún años.

—Menos mal que la tenemos aquí con nosotros —le dijo masi a masa cuando el abogado se marchó—. ¿Quién sabe qué habría pasado con ese dinero si la niña hubiera caído en las manos equivocadas?

Dos años después, masa aceptó un nuevo empleo como ayudante del encargado en una fábrica de procesado de carne en Yeda, en Arabia Saudí. Dijo que necesitábamos empezar de cero.

Y, durante un tiempo, eso hicimos. En Yeda, con sus costas relucientes, sus rotondas gigantes y sus centros comerciales con luces brillantes. Donde el aire era caliente y denso y, de algún modo, siempre olía a mar.

La primera semana que pasamos aquí, masa nos llevó a Balad, el centro histórico de la ciudad, por recomendación de un amigo.

—Será como viajar al pasado —había dicho su amigo. Y era verdad.

Si las luces relumbrantes y los rascacielos de la costa del mar Rojo eran los adornos de la ciudad, entonces Balad era el antiquísimo y palpitante corazón de Yeda, cuyas calles estrechas se conectaban con la principal plaza comercial como si fueran arterias. Un aroma a café tostado y sal flotaba en el aire como si fuera perfume: en el zoco, donde los hombres masticaban miswak y pregonaban todo tipo de mercancías, desde collares de oro a sandalias de cuero; entre los callejones de viejas casas hiyazíes abandonadas, donde mujeres cubiertas con velos y con las uñas pintadas con henna iban de acá para allá vendiendo patatas fritas, golosinas o juguetes. Regresamos a casa por la noche, portando fragmentos de la ciudad vieja en bolsas de plástico llenas de almendras tostadas y delicias turcas y en la botella de cristal verde de attar de jazmín que masa le había comprado a masi en una perfumería de la zona. No obstante, al día siguiente, masi se quejó de que el olor del perfume le daba dolor de cabeza y tiró la botella a la basura. Fue un día feliz que nunca se volvió a repetir.

Ahora mi vida había terminado y yo observaba cómo el agente de policía continuaba interrogando a masa mientras masi observaba a poca distancia, con cara de preocupación. La expresión de masi me recordó a aquel chico sirio del centro comercial Red Sea. El que tenía el pelo negro y rizado, la nariz aguileña y una cicatriz encima de la ceja izquierda. Fue el primer chico con el que salí, después de que me lanzara su número de teléfono, garabateado en un trozo de papel arrugado, desde detrás de una de las altísimas palmeras de pega que hay dentro del centro comercial. También fue el primer chico por el que falté a clase, aunque nunca estuve realmente colada por él. Nos pasamos la mayor parte de la cita dando vueltas en su coche, mirando con nerviosismo a nuestro alrededor por si nos cruzábamos con la policía religiosa. Apenas hablamos, pues su inglés era malo y mi árabe, aún peor. No dejamos de sonreírnos el uno al otro, hasta que incluso las sonrisas se volvieron incómodas. Todavía recuerdo el final de la cita: el modo en el que volvió la cabeza de un lado a otro para asegurarse de que no hubiera nadie por los alrededores, el ligero ceño en su frente, el rápido y nervioso beso en mi mejilla. Yo tenía catorce años en ese entonces.

A mi lado, Porus suspiró. La depresión empezaba a lastrarlo. Sentí que me arrastraba con él hacia abajo. Tuve el horrible presentimiento de que, si descendíamos, quedaríamos encadenados al escenario del accidente para siempre.

—Olvídalo, Porus —le dije—. No podemos regresar. Debemos seguir adelante.

Lo agarré de la mano.

Cuando tenía nueve años, un sumo sacerdote del templo de fuego situado junto a la colonia Cama en Bombay nos hizo escribir una descripción de lo que pensábamos que ocurría después de morir. Aunque yo sabía que aquel ejercicio era inútil (nuestras respuestas nunca le parecían correctas al sacerdote que impartía teología en verano en el templo de fuego), acabé escribiendo dos páginas. Suponía un cambio divertido con respecto al incesante chasqueo de los dedos para alejar a los espíritus malignos y el monótono recitado de las oraciones que constituía el ruido de fondo de la mayor parte de mis vacaciones en la India.

Describí las almas como me las imaginaba: invisibles y ligeras como plumas, elevándose a través de un manto de nubes que parecían hechas de algodón blanco, pero que al tacto eran frescas, vaporosas y muy húmedas. Cuando las almas terminaban de cruzar la cobertura de nubes, sus ropas terrenales estaban empapadas de humedad. Luego atravesaban una zona cálida y soleada que olía a tostadas, y luego otra capa fría y húmeda. Calor y frío, frío y calor, hasta que el aire se iba desvaneciendo y el color del cielo pasaba de azul claro a azul marino y, después, a negro.

Escribí acerca del espacio exterior. Millones de estrellas que relucían como diamantes. Brillantes llamaradas blancas que crepitaban en las colas de los cometas. Meteoritos que caían formando una lluvia de tonalidades rojas, anaranjadas y azules. Planetas de colores vistosos que giraban alrededor de soles abrasadores. Las almas continuaban ascendiendo a través de este inmenso y resplandeciente espacio durante mucho tiempo hasta que llegaban a la más absoluta oscuridad y sus cabezas rozaban algo parecido a un techo: una capa compuesta por una delicada membrana con finas venas que se rasgaba fácilmente al pincharla con el dedo. Al otro lado de esa membrana se encontraba el cielo o el infierno, dependiendo de cómo se hubieran comportado las almas en la Tierra.

El sacerdote reunió nuestras redacciones y les echó un vistazo a las descripciones.

—Algunos tenéis mucha imaginación —nos dijo—. Pero esto no es lo que pasa de verdad.

Nos explicó que, al morir, los zoroástricos emprendían un viaje que se iniciaba tres días después, al pie de un puente plateado que ascendía hacia un brillo cegador. Todas las almas debían cruzar ese puente, llamado Chinvat, tres días después de morir.

Al hacerme mayor, me gustaba pensar en ese puente como el paseo de la fama o de la infamia. Tu destino te aguardaba en el sagrado resplandor de lo alto o en el oscuro abismo de las profundidades. Si habías cometido demasiados pecados, el puente se volvía tan fino como el filo de un cuchillo y caías al abismo, aunque sin el componente de condena eterna que incluían muchas religiones monoteístas. Para los zoroástricos, solo se trataba de un infierno temporal, algo parecido al concepto judío y católico del purgatorio.

Hasta que cumplí doce años, creía que el propio concepto del Chinvat era exclusivo de los zoroástricos, pero entonces Mishal Al-Abdulaziz, la chica más mala de la Academia Qala, me informó de que existía un puente similar en el islam llamado As-Sirat o el Puente del Infierno.

A lo largo de los años, hubo ocasiones en las que me pareció inútil discutir con Mishal acerca de este tema. Después de todo, sus conocimientos acerca de lo que ocurría después de la muerte se extendían a cadáveres en ataúdes y tumbas rectangulares, mientras que los míos se limitaban a cuerpos amortajados que los portaandas se llevaban escaleras arriba; cuerpos que acabarían convirtiéndose en alimento para los buitres que daban vueltas alrededor de las torres del silencio que se alzaban en las proximidades del cerro Malabar, en Bombay.

Unas luces destellaron abajo: había llegado otra furgoneta al lugar del accidente. Bajaron dos hombres con uniformes blancos que portaban una camilla, seguramente para llevarse nuestros cuerpos a la morgue. Porus no pareció darse cuenta. Seguía mirando a su madre, que era la única que, aparte de mi tío, parecía derramar lágrimas auténticas.

Porus

El cielo que se extendía sobre Yeda era de un tono azul brillante. Como el sari que mamá se puso hace once años para mi navjote, azul y amarillo, a juego con la corbata de mi padre. Abajo, el polvo era cada vez más denso: el polvo del tráfico, el polvo de la gente, nuestros cuerpos convirtiéndose en polvo como creían los cristianos, reduciéndose a cenizas como promulgaban los hindúes, mientras los policías con uniformes polvorientos se cernían sobre nuestros cuerpos como si fueran buitres en una torre del silencio zoroástrica.

Habría sido normal que Zarin hiciera algún comentario sarcástico en este momento: algo acerca de cómo su masi se sonaba la nariz o tal vez que su constante llanto estaba haciendo que los policías se sintieran incómodos. Pero hoy nada era normal. Podía sentir a Zarin flotando a mi lado en completo silencio. Su cabello, que solía rizarse como el humo, ahora estaba hecho completamente de humo. Humo y fuego.

—¿Novia? —El agente de policía señaló nuestros cuerpos mientras le gritaba al tío de Zarin. El móvil de Zarin, que seguía intacto, brillaba en la mano del policía—. ¿Novio?

Entonces me pregunté si habría hecho venir expresamente a nuestras familias a la escena del accidente para hacerles esta pregunta en lugar de indicarles que fueran directamente a la morgue. Mi jefe, Hamza, me contó una vez que en ocasiones la policía les aplicaba un castigo ejemplar a aquellos que infringían las leyes que prohibían que un hombre y una mujer se reunieran en privado. Hamza me dijo que ese delito se llamaba khilwa y, acto seguido, se embarcó en una diatriba acerca de que nunca salía nada bueno de que un chico y una chica se vieran solos sin supervisión. Pero ¿qué podían hacernos ahora que estábamos muertos?

Vi que el masa de Zarin abría su iqama por la página de la foto.

—Por favor, señor —suplicó—. Por favor, mírela. Era una niña…, una chiquilla…

Sentí lástima al oírlo. A pesar de que no éramos parientes, el masa de Zarin me trató como a un hijo cuando lo conocí.

—Llámame tío Rusi, muchacho. O simplemente Rusi, si lo prefieres —me había dicho, guiñándome el ojo—. Todavía no soy tan viejo.

No tan viejo como hoy, pues daba la impresión de que los años se le habían echado encima en cuestión de horas. Si hubiera podido oírme, le habría dicho que suplicarle a este agente en concreto sería inútil. Me di cuenta por la expresión de desdén que tenía el policía en su gordo rostro, por la forma casi desganada con la que sujetaba la tablilla, como si le diera igual lo que los demás tuvieran que decir ahora que él había sacado sus propias conclusiones sobre la situación. Aunque la mayoría de los interrogatorios policiales eran bastante razonables («Una hora como máximo, ya habibi, y luego te dejan ir», me había dicho mi jefe), algunas veces podían amargarte la vida.

—¿Novia? —Ahora el policía hablaba a voz en cuello mientras señalaba hacia la zona en la que una grúa con luces anaranjadas intermitentes enganchaba la humeante masa de metal y plástico que solía ser mi camioneta—. ¿Novio?

—¡Hermana! —contestó el tío Rusi, también a gritos—. ¡Hermano!

Detrás del agente había un GMC negro listo para ponerse en marcha, con el sello redondo y dorado de la policía religiosa saudí pintado en las puertas. Dos hombres, con barbas largas, esperaban allí cerca; llevaban cortos thawbs blancos que les dejaban a la vista los huesudos tobillos y arrugaban la nariz a causa de la mezcla de olores a sudor, gases, metal y sangre.

La labor de la policía religiosa (a los que aquí se denominaba mutaween o la Haia) consistía en hacer cumplir la sharía (sus actividades incluían desde atacar comercios por vender productos de contrabando como cerdo y alcohol a pedirles a las mujeres que se cubrieran la cabeza en lugares públicos), aunque debían ir acompañados de la policía de la ciudad para efectuar arrestos. La señal distintiva de un mutawa solía ser que no llevaba un agal, el cordón negro y redondo que la mayor parte de los saudíes se colocan en la cabeza, sobre un shemagh a cuadros rojos y blancos.

—Cuando veas uno, echa a correr en la dirección opuesta —me había dicho Zarin—. Bueno, a menos que quieras que te metan en una celda por estar conmigo.

Zarin había conseguido asustarme con eso un par de veces, hasta que me daba cuenta de que los hombres que me señalaba en el centro comercial no formaban parte de la policía religiosa, sino que se trataba de civiles que habían salido con sus familias.

—¡Deberías haberte visto la cara! —se reía—. ¡Porus, aunque fuera un mutawa de verdad, no empezaría a perseguirnos en cuanto nos viera juntos!

No obstante, los policías religiosos presentes en el lugar de nuestro accidente sí que eran de verdad. Lo supe por el meticuloso modo en que escrutaban a nuestras familias, el despreocupado aire de autoridad con el que uno de ellos se acercó por fin al policía que estaba interrogando al tío Rusi y le susurró algo al oído.

En algún lugar a lo lejos, más allá del GMC, en medio de la llana y polvorienta extensión de palmeras, farolas, rascacielos de cristal y edificios de apartamentos, se encontraban Aziziya y el colegio de Zarin, la Academia Qala, donde dio comienzo toda esta pesadilla.

El sudor hacía brillar el rostro del agente de policía, que dio un golpecito con un lápiz contra la tablilla y luego, con un suspiro, garabateó algo.

—¿Por qué tienen apellidos diferentes? —Señaló detrás del tío Rusi, donde la tía Khorshed y mi madre seguían llorando, abrazándose la una a la otra—. ¿Dos esposas?

El tío Rusi se puso colorado y empezó a soltar palabrotas, insultando al policía en hindi. Yo nunca lo había visto ponerse así. Si el policía lo hubiera entendido, lo habría arrestado y enviado a un centro de deportación. La tía Khorshed gritó su nombre.

El agente de policía apretó los puños. El sol se movió ligeramente y, durante un momento, pensé: «Ya está, el tío Rusi está acabado». Y entonces:

—¡Khallas! —El policía volvió a enganchar el lápiz a la tablilla—. ¡Fuera de aquí! —le espetó—. ¡FUERA!

Dejé escapar el aliento que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo y vi cómo los tíos de Zarin ayudaban a mi madre a regresar al coche. Mi madre continuó mirando hacia mí, o lo que quedaba de mí: la más grande de las dos manchas con forma humana que había sobre el asfalto.

«Lo siento mucho, mamá —quise decirle—. No pretendía dejarte sola.» Así no. En realidad, ni siquiera estaba seguro de cómo había ocurrido el accidente.

—Olvídalo, Porus —dijo Zarin, como si me hubiera leído la mente—. No podemos regresar. Debemos seguir adelante.

Me tomó de la mano, entrelazando nuestros dedos, algo que nunca hizo de manera voluntaria cuando estábamos vivos.

Algo se relajó en mi interior. Vi que el mutawa seguía al policía que había estado interrogando al tío de Zarin mientras hablaban en árabe a toda velocidad.

—¿Qué crees que estarán diciendo? —le pregunté a Zarin, que entendía un poco ese idioma.

Ella soltó un suspiro de impaciencia.

—No les estoy prestando atención, Porus. De todas formas, están hablando demasiado rápido para mí y, además, no quiero saber lo que dicen. No quiero volver ahí.

—Lo siento —contesté.

Zarin tenía motivos (motivos de sobra, en realidad) para no querer regresar. Vacilé un instante y luego le apreté un poco la mano; la noté sorprendentemente suave y delicada, ¿o se debía a que estaba muerto?

—Tienes las manos ásperas. —Parecía sorprendida.

Así que la de ella sí era suave.

—Pues sí. Pero suponía que ya lo sabrías. Teniendo en cuenta mi trabajo y todo eso.

—Pensaba que trabajabas detrás del mostrador.

—Hay muchas cosas detrás del mostrador. Como una zona de carga y camiones de reparto.

Supe que Zarin estaba sonriendo, aunque no podía verle la cara. No directamente. La rodeaba un resplandor que me impedía verla con claridad. Pero podíamos sentir las reacciones del otro. Podíamos tocarnos. Era raro.

Estábamos agarrados de la mano, igual que íbamos mi padre y yo el día que cumplí seis años. Con las palmas unidas y los dedos entrelazados como dos personas que temieran perder el equilibrio y caer al mar Arábigo: yo más que papá, a cuya mano me aferraba mientras él me llevaba al barco de un pescador cerca del muelle de ferris en Bombay.

—Ten cuidado —me dijo mientras el barco se mecía bajo mis pies—. Ten cuidado al subir.

Me agarré a su mano aún más fuerte e intenté recobrar el equilibrio, esperando no caerme por la borda a causa de la emoción.

—Será algo especial —me había prometido mi padre el día anterior—. Un trocito del cielo en medio del mar.

En lo alto, se extendía un manto de nubes. El pescador predijo que iba a llover antes de murmurarle una oración a la diosa y zarpar.

Cuando salió el sol, vimos cómo las nubes flotaban sobre las chabolas que proliferaban cada vez más en la costa, sobre las mujeres que lavaban ropa y utensilios en las charcas de agua estancada, mientras los niños se bañaban cerca de allí y una fina capa acuosa cubría sus pieles oscuras.

A esa hora, los pescadores ya se habían hecho a la mar y sus barcos y arrastreros pintados se balanceaban en medio de una ondulada extensión azul. Cuando la temporada de pesca no era buena, aceptaban pasajeros como papá y yo para ganarse un dinerillo extra y los llevaban a alta mar cuando quisieran. A veces, se adentraban en aguas tan negras que apenas se veía nada salvo el tenue resplandor dorado de las luces de la ciudad en el agua cerca de la costa.

—Estáis locos —le había dicho mi madre a mi padre—. Estáis todos completamente locos.

Recordé esas palabras en la oscuridad, rodeado por los sonidos de la respiración de mi padre y el golpeteo del remo del pescador contra el agua. No obstante, un momento después, el remo se detuvo.

—Ahora toca esperar —dijo papá.

El pescador encendió una cerilla y se la acercó a la cara para encender un bidi, que le ofreció primero a mi padre, aunque él lo rechazó.

Transcurrió otra media hora antes de que los primeros rayos iluminaran el cielo de color naranja y luego amarillo, hasta que el sol salió por fin, radiante y redondo como un melocotón. El agua oscura se volvió pálida y traslúcida y diminutas criaturas marinas adquirieron un brillo dorado bajo la superficie.

—Esto es con lo que sueño, hijo mío. Lo que siempre he querido enseñarle a tu madre —me había dicho papá—. Así será el cielo cuando muramos.

Un año después, cuando nos hicimos de nuevo a la mar, el barco empezó a hundirse a medio camino y nos vimos obligados a regresar a tierra nadando, una habilidad que mi padre había aprendido de niño, pero que yo no había adquirido nunca. Ese día descubrí que el agua se te podía meter en la boca y las orejas. Que podía quemarte la garganta como el fuego cuando salía por fin. Mi padre había tenido que llevarme hasta la orilla. Después de reanimarme, fuimos al hospital para asegurarnos de que me encontraba bien. Fue lo más cerca que había estado de ver el cielo con mis propios ojos. Mamá se había puesto echa una furia.

—¡Basta! —me ordenó Zarin—. ¡Lo estás haciendo otra vez!

—¿El qué?

—Nos estás haciendo descender.

Pude comprobar que nos encontrábamos más cerca del suelo, más cerca de las voces que sonaban más fuertes que antes, del numeroso tráfico de Yeda, cuyos vehículos serpenteaban alrededor de mi vieja camioneta y la policía, con los capós reluciendo bajo el sol de la tarde. Si quisiera, podría acercarme lo suficiente como para tocar las formas de las personas situadas más abajo, el leve rastro de humedad en las mejillas de mi madre.

Zarin me apretó la mano con fuerza y ascendimos de nuevo.

—¿Quieres que nos quedemos atrapados ahí para siempre?

—Mientras esté contigo, me da igual —contesté y, al instante, pude sentir que ella ponía los ojos en blanco.

—Me asustaste —admitió.

No tanto como me había asustado ella a mí cuando empezó a salir con aquellos gilipollas el año pasado.

—¿Acabas de soltar un taco mentalmente? —me preguntó de pronto.

—¿Cómo lo has sabido?

—No estoy segura. Pude…, no sé, sentir tu hostilidad o algo así. Nunca te había oído decir un taco…, bueno, técnicamente ahora tampoco te oí.

Por supuesto que nunca me había oído decir algo así. Tras la muerte de mi padre, me volví un experto en ocultarles la rabia que sentía a las personas que amaba. Aunque tenía el presentimiento de que Zarin me había visto —o tal vez oído— machacar a aquel tío hasta hacerle ver las estrellas, y puede que también el sol y la luna. No estaba del todo seguro. La única conversación que mantuvimos al respecto no había ido demasiado bien.

Sin embargo, aquí y ahora, los chicos de su pasado parecían carecer de importancia.

—Un caballero no blasfema delante de una dama —recité en perfecto inglés. Aquella frase, que debía haber oído en algún sitio, salió de mi boca como si hubiera estado aguardando este preciso momento.

Zarin se rio y sentí que me volvía más ligero.

El inglés no era mi lengua materna. Casi nunca hablaba en inglés con Zarin, sino que normalmente prefería usar el gujarati, el idioma en el que impartían las clases en mi antiguo colegio de Bombay y que yo estaba seguro de dominar mejor al hablar con ella, pues, con una sola mirada, Zarin todavía conseguía algunas veces que me costara encontrar las palabras para expresarme.

Por debajo de nosotros, mi madre estaba rezando. Lo supe por la forma en la que sus labios se movían. Mamá me había dicho una vez que, cuando alguien moría, un simple Ashem Vohu era suficiente, aunque yo nunca entendí por qué era siquiera necesario.

—Total, ¿quién entiende las oraciones? —solía decir siempre Zarin, y yo estaba de acuerdo. Sobre todo cuando se pronunciaban en un idioma que solo unos pocos sacerdotes allá en la India podían traducir.

Fue Zarin quien me contó la historia de los tres magos de la Biblia, que en realidad eran sacerdotes zoroástricos a los que los cristianos llamaban los Reyes Magos.

—En el colegio, nadie me creería si se lo contara —me había dicho entonces, riéndose—. Salvo, tal vez, Mishal. Aunque ella fingiría no saber a qué me refiero solo para fastidiarme.

—¿Cómo lo sabes? —le pregunté, asombrado.

—¿Y cómo es que tú no? —repuso, tomándome el pelo—. ¡Técnicamente, no soy zoroástrica y, aun así, lo sé!

Como su padre era hindú, los templos de fuego de la India prohibían que Zarin se iniciara en la fe zoroástrica. Aunque a ella le gustaba fingir que este hecho le era indiferente, yo sabía que le molestaba. De nosotros dos, Zarin siempre era la que sabía más acerca del zoroastrismo, la que se había pasado horas leyendo sobre el tema durante los viajes de regreso a Bombay. Yo, por el contrario, ya no estaba seguro de si creía en Dios, sobre todo después de la muerte de mi padre.

—Mi madre quería que me hiciera sacerdote, ¿sabes? —le dije ahora—. Su familia era muy religiosa.

—¿Sacerdote? —Eso pareció interesarle—. Bueno, ¿y por qué no lo hiciste?

—La familia de mi padre no era religiosa. Así que no pude.

Todavía recordaba la expresión de mi madre, la decepción que no fue capaz de disimular del todo.

Zarin me apretó la mano de nuevo, aunque esta vez para consolarme.

Todavía había muchas cosas que quería contarle a Zarin: cosas de las que nunca habíamos tenido ocasión de hablar, cosas que ya le había dicho antes, pero a las que ella no había hecho caso. Pero ahora nos estábamos desvaneciendo (¿o era la luz la que se estaba volviendo más brillante?) y ya no recordaba qué quería decirle.

—Voy a ir al infierno, ¿verdad? —me preguntó ella de pronto.

Y entonces lo recordé todo de nuevo, poco a poco. No fue la voz de Zarin lo que despertó mis recuerdos, sino el miedo que dejaba traslucir; una emoción que ella ya había expresado delante de mí una vez, aquel día de pesadilla en el que todo se fue al traste.

Los recuerdos, me había dicho papá, pueden ser como astillas: se te clavan cuando menos te lo esperas y se quedan aferrados de manera dolorosa, como cuando se te mete un trocito de madera debajo de una uña.

Noté que los dedos de Zarin me apretaban la mano.

—No pienso permitirlo —le aseguré.

Mishal

El día después de su muerte, volví a marcar aquel número.

—¿Diga? —Al otro lado de la línea telefónica, la mujer tenía la voz ronca de tanto llorar.

No hablé. No respiré. Había aprendido a hacerlo durante aquellas llamadas mudas, en los primeros ensayos de hace años (antes de que el identificador de llamadas se volviera casi tan habitual como los Happy Meals), cuando me dedicaba a gastarle bromas a la segunda mujer de mi padre, Jawahir, cuya mera existencia había convertido a mi madre en un caso perdido.

El número que acababa de marcar no parecía contar con identificador de llamadas. O, si lo tenía, Zarin Wadia nunca me lo había reprochado; nunca se había molestado en preguntarme por las llamadas mudas que le había hecho. Aquel silencio, en sí mismo, no parecía propio de ella. Zarin era una solitaria, pero nunca se quedaba precisamente callada cuando algo la cabreaba. Yo lo sabía de primera mano.

—… remolque… accidente… autopista…

Mi oído izquierdo captó las tenues palabras que flotaron escaleras arriba hasta mi cuarto. Abdullah estaba viendo las noticias de nuevo en Channel 2.

Sin embargo, mi oído derecho seguía concentrado en la mujer del teléfono, cuya respiración se estaba acelerando, impacientándose. Casi pude notarla sobre mi piel.

—¿Quién es? —preguntó la mujer alzando la voz—. ¿Qué quiere?

En el colegio la llamaban inmoral, quise decir. Destacó desde el día en que llegó a la academia. No encajaba.

Quise hablarle a la mujer de aquella vez, en segundo curso, cuando descubrimos que Zarin había mentido sobre que sus padres seguían vivos. Que se puso roja como un tomate cuando se lo eché en cara. «Mentirosa, mentirosa», entonábamos mis amigas y yo después de eso cada vez que ella salía al patio. «Eres una mentirosa.»

Quise hablarle de aquella vez en noveno, cuando noté por primera vez que Zarin olía a cigarrillos. Cuando sacó la lengua e hizo una pedorreta, manchándome la cara de saliva.

—Te voy a denunciar —la amenacé. Y eso hice. Aunque, a esas alturas, a ella parecía darle igual.

Rocé con los dedos el nombre y el número escritos a mano en el listado fotocopiado con los teléfonos de mis compañeras de clase. Los trazos eran descuidados, la presión no había sido uniforme, algunas letras eran más oscuras que otras. Zarin había colocado una raya en los sietes y en la Z de su nombre. El número era el mismo, año tras año, desde que apareció por primera vez en la clase de segundo con su pelo corto y sus extrañas mallas marrones; no había añadido un nuevo número de móvil, aunque yo sabía que el año pasado había empezado a llevar uno antiguo de tapa.

Me enrollé el cable del teléfono con fuerza alrededor de los dedos.

«No fue nada», quise decirle a la mujer. Solo un puñado de chicas diciendo tonterías, compartiendo fotos tontas en Facebook y Twitter. Pasaban cosas así constantemente en el colegio. Zarin lo sabía. ¡Seguro que lo sabía! Solía reírse de los rumores. Solía llamar cabeza de chorlito a quien los creyera. ¿Cómo íbamos a saber que intentaría huir?

Abrí la boca para hablar.

—¿Mishal? —me llamó Abdullah—. ¿Dónde estás?

Colgué al instante, con el corazón acelerado. Maldije a mi hermano por su voz: aquella potente voz de Capitán de Deportes que utilizaba para darles órdenes a los chicos de la Academia Qala durante los desfiles del Día de los Deportes; una voz que sin duda habría llegado hasta los oídos de la mujer que se encontraba al otro lado de la línea telefónica, como había llegado a los míos.

—¡Baja! —me gritó—. Están poniendo la noticia sobre tu amiga.

La misma noticia que nos comunicaron esta mañana, en una reunión especial convocada en el patio del colegio. La directora dio un discurso, las profesoras se secaron los ojos con el borde de los saris o los dupattas, se recitaron oraciones y todo el mundo cumplió los dos minutos de silencio obligatorios por los muertos. No obstante, segundos después de que finalizara la reunión, a mi alrededor todo el mundo empezó a comentar entre susurros los detalles de lo sucedido.

—¡Inna lillahi wa inna ilaihi raji’un! ¡Ya Allah, qué tragedia!

—¿Tragedia?, y un cuerno. Con todos esos cigarrillos que fumaba, probablemente fuera culpa suya. ¡Seguro que uno hizo que el coche se incendiara!

—¿Cómo puedes decir algo así de alguien que acaba de morir?

—¿Qué? ¿De qué habláis? La directora dijo en la reunión que fue un accidente. Que se salió una rueda del coche o algo así…

—Olvidaos de eso… ¿Estaba otra vez con ese charcutero?

En mi cuenta de Tumblr, usuarios anónimos se habían dedicado a sugerir aún más teorías, lo que me obligó a publicar el siguiente mensaje cuando llegué a casa del colegio.

«Habéis estado haciendo un montón de preguntas sobre cierta alumna de undécimo (todos sabéis quién era). Entiendo que tengáis vuestras propias teorías y os agradezco de corazón las peticiones y las sugerencias que me habéis enviado. Pero YA NO voy a seguir publicando nada más acerca de esta persona en Tumblr, pues no me parece justo para ella ni su familia.»

PUBLICADO HACE 2 HORAS POR NICABAZUL, 45 NOTAS #en serio #anónimos #os quiero #pero no hablemos mal de los muertos vale #anuncios de azul #cotilleos de AQ

En la página de Facebook de Zarin (que apenas usaba, teniendo en cuenta que en la lista de amigos solo contaba con doce personas), había una única actualización de estado el 13 de octubre de 2010: «¿Así que esto es facebook? parece aburrido». Ni siquiera se había molestado en incluir una foto de perfil. En el muro, que estaba configurado como público, había un montón de mensajes: algunos eran de nuestras compañeras de clase, pero la mayoría eran de desconocidos, cuyas opiniones abarcaban desde «Ding dong, la bruja ha muerto» a «Descansa en paz». Mi mensaje, que escribí y borré varias veces antes de pulsar Intro, había sido un breve «R.I.P.» y nada más.

Me senté en la cama y abrí el libro de Física. Abdullah la había llamado «mi amiga», como si yo fuera la única que la conocía, como si fuera una competa desconocida para él.

—¿Mishal?

—¡Estoy estudiando! —grité—. ¡Tengo un examen mañana!

Él se quedó callado. Los días en los que entrábamos en el cuarto del otro sin llamar y lo sacábamos a rastras para enseñarle algo que acabábamos de ver en la tele habían quedado atrás hacía mucho. En aquella época, padre vivía con nosotros los fines de semana y jugaba con Abdullah y conmigo, a veces incluso convencía a madre para que se uniera.

De los dos, Abdullah era el que se parecía más a madre, con su boca amplia, su piel clara a la que el sol de Yeda daba un tono bronceado y el pelo negro que se rizaba alrededor de su cabeza. Madre, por su parte, tenía el pelo largo y durante su época de estudiante de música clásica en la India solía llevarlo suelto.

—Era lo primero en lo que se fijaba la gente —nos decía—. En mi pelo, que me llegaba a las caderas.

Después de casarse con mi padre saudí, tuvo que trenzarse el pelo y cubrirlo con pañuelos, de modo que ningún otro hombre volviera a verlo.

—No me importó —me aseguró cuando le pregunté por eso—. Tu padre se casó conmigo en contra de los deseos de su familia, ¿sabes? No querían que se casara con una mujer que no fuera saudí, aunque yo fuera musulmana. Tuve mucha suerte.

En la habitación de al lado, oí el suave murmullo del viejo reproductor de CD de mi madre: una canción clásica que reconocí de mi infancia. Cuando era más joven, mi madre tocaba el sarangui, un instrumento de cuerda con forma de caja que se había traído a Yeda desde Lucknow tras la boda. Nunca se desprendió de ese instrumento, ni siquiera después de casarse, a pesar de la desaprobación general de la familia de mi padre.

—Ya he renunciado a demasiadas cosas —sentenció.

Después de que padre se casara con Jawahir, se centró cada vez más en aquel instrumento, y a menudo le frustraba la falta de interés que Abdullah y yo mostrábamos por su música. No entendía que se trataba de un lenguaje desconocido que a ambos nos molestaba; un lenguaje que, a nuestro entender, había influido, de algún modo misterioso, en que nuestros padres vivieran ahora en casas diferentes.

—¡Siéntela, Mishal! —solía exclamar madre en aquella época, a menudo mientras tomaba mi mano y me la colocaba sobre el corazón—. Aquí, Mishal. Siente la música aquí.

No se fijaba en mis notas ni en las prolongadas ausencias de Abdullah de la casa, un hecho que este aprovechó al máximo cuando padre le compró su primer coche, un GMC en el que salía a pasear con sus amigos, y a veces tardaba dos o tres días en regresar.

En el colegio, las chicas solían sorprenderse al descubrir que Abdullah era mi hermano, algo que a mí no me extrañaba. Mientras que él había heredado el aspecto de mi madre, yo había heredado el de mi padre: mi piel era tan oscura como la suya, a pesar de que hacía todo lo posible por mantenerme alejada del sol, tenía los ojos grandes y saltones y la cara demasiado larga y delgada.

—¡Tu hermano es guapísimo! —decían mis compañeras de clase con entusiasmo cada vez que tenían ocasión.

Tenían la esperanza de que les hiciera de casamentera para hacer realidad sus fantasías de Bollywood y proporcionarles un final feliz con un chico al que acechaban en Facebook y en la feria escolar anual, un evento que lograba que los chicos y las chicas de la Academia Qala salieran de sus edificios separados y se reunieran en el enorme aparcamiento de la sección masculina.

A diferencia de la sección femenina de la academia de Aziziya, en la que el patio estaba rodeado de cuatro edificios blancos, de modo que los autobuses escolares debían hacer cola fuera de la verja, el aparcamiento de la sección masculina estaba abierto al público y servía de campo de fútbol durante el año lectivo. Cuando había feria, era el único lugar que la administración del colegio consideraba lo bastante grande (y, por lo tanto, seguro) para albergar al mismo tiempo a chicos y chicas cargados de hormonas sin desatar las iras de los padres ni de la policía religiosa.

—Escupe Pepsi por la nariz —les contaba yo a algunas de aquellas chicas que no dejaban de soltar risitas tontas, y la mayoría de las veces obtenía la reacción de repugnancia que esperaba: un «¡puaj!» o un «¡qué asco!» que le ponía punto y final a una conversación bastante irritante.

Mi hermano se buscaba sus propias chicas, a juzgar por lo que había averiguado fisgoneando sus mensajes o escuchando a escondidas las conversaciones que mantenía con los amigos a los que invitaba a veces a casa. Quise decirles que las prefería rubias y con las tetas grandes.

Aunque las chicas no sabían nada de esto, por supuesto. No sabían nada de la revista que me encontré en el cuarto de Abdullah cuando tenía trece años, ni de lo que me dijo cuando me vio hojeándola, tan fascinada como horrorizada.

En cambio, se burlaban de mí a mis espaldas. Algunas incluso me acusaban de estar celosa, creyendo que lo que sentía por Abdullah era más que amor fraternal:

—Seguramente quiere quedárselo para ella sola.

Pero ninguna tenía las agallas de decírmelo a la cara. No solo las intimidaba mi lengua afilada, sino que querían ser amigas mías por la información que les proporcionaba: los cotilleos, los escándalos, las historias que sabía de todos los del colegio.

Todas, salvo Zarin, por supuesto. La única chica por la que Abdullah me había preguntado, probablemente porque ella lo ignoró por completo en la feria escolar cuando tenía quince años. La chica de la que todo el mundo en el colegio hablaría durante años porque la habían encontrado con un chico. Dirían que esa era la prueba de que los rumores que habían estado circulando sobre ella eran ciertos. Zarin, la chica con una muerte tan escandalosa como lo había sido su vida, cuyo recuerdo yo llevaba grabado en la piel como el mordisco que me había dado cuando teníamos siete años, en el patio situado detrás de la biblioteca del colegio.

Me llevé la mano automáticamente al brazo y me lo froté, aunque las marcas se habían difuminado hacía mucho tiempo.

La pelea había comenzado con una pregunta inocente surgida de la clase de Ciencias Sociales de esa mañana:

—¿Qué sois: hindúes, musulmanas, cristianas o judías?

Les había hecho esa pregunta a las niñas durante el recreo, a las que no estaban persiguiéndose unas a otras, saltando a la comba o jugando a la rayuela en una cuadrícula dibujada con tiza en el asfalto.

Musulmana, musulmana, hindú, musulmana.

Cristiana, musulmana, cristiana, musulmana.

—Zoroástrica —contestó Zarin.

—Eso no existe.

—Claro que sí.

Cuando arrugó la frente, me recordó a las fotografías de hombres hindúes que la maestra nos había mostrado en clase: tres líneas de color pálido en una frente roja de rabia.

—Venga ya —dije, molesta por aquella palabra que no había oído nunca, una palabra que pensé que Zarin se había inventado de puro aburrimiento por no tener amigas en clase—. No hace falta que nos mientas. ¿Qué eres: hindú, musulmana, cristiana o judía?

—No estoy mintiendo.

Sus zapatos negros cubiertos de polvo rasparon el suelo cuando se puso en pie. Tenía las rodillas, que eran más oscuras que el resto de sus piernas, llenas de cardenales, marcas rojas y arañazos que se iban volviendo morados poco a poco a causa de las peleas en las que se metía a veces con las niñas de la clase de al lado.

Noté que me ponía tiesa, aunque no alteré la voz.

—Bueno, también nos dijiste que tenías padres. Pero no tienes. Vives con tus tíos.

—No estoy mintiendo —repitió ella, pronunciando la última palabra con un gruñido.

—Mientes otra vez —insistí en voz alta, intentando hacerme oír por encima del alboroto que reinaba en el patio de recreo—. No tienes padres ni tampoco tienes religión.

De hecho, hablé tan fuerte que muchas de las niñas que estaban jugando cerca se quedaron calladas y dejaron de jugar para observar la reacción de Zarin.

Y menuda reacción tuvo.

Antes de darme cuenta de lo que estaba pasando, me agarró el brazo y me clavó los dientes. Rodamos por el patio, mordiéndonos, tirándonos del pelo, arañándonos y chillando, hasta que una profesora nos separó y nos dijo que éramos un par de gamberras.

Naturalmente, Zarin no mentía acerca de su religión, como me explicó mi madre cuando llegué a casa esa tarde.

—Debes aprender, Mishal —me regañó madre—, ahora todavía estás a tiempo. Mañana le pedirás perdón a esa niña.

No obstante, aunque tomé nota de aquella información sobre el zoroastrismo por si me resultaba útil en el futuro, no tenía ninguna intención de pedirle disculpas a Zarin. Ella tampoco me las pidió a mí. En cambio, siempre intentábamos superarnos la una a la otra en las clases que más nos gustaban, aunque nunca conseguí batir a Zarin en inglés ni ella a mí en árabe. Cuando no estábamos compitiendo en las aulas, competíamos fuera de ellas, normalmente en el autobús escolar que nos llevaba a casa. Nuestras batallas se limitaban a pullas e insultos.

Clavé la mirada en la página de mi libro de texto: «Si un vehículo se desplaza en línea recta…».

Al otro lado de mi ventana, en la mezquita, el almuédano entonó la llamada a la oración del isha.

En la planta baja, Abdullah cambió de canal y puso The X Factor Arabia. Cualquier otra noche, podría haberle gritado por subir tanto el volumen. Incluso podría haber desenrollado mi alfombra y rezado. Pero, de todas formas, no podía estudiar. Y no estaba segura de si mis oraciones serían escuchadas después de las cosas que había hecho. Lancé el libro a un lado.

En la habitación contigua a la mía, madre había empezado a tocar otra canción. El suave punteo de las cuerdas fue lento al principio y luego se hizo más rápido. Me pareció recordar que ella lo llamaba notas en staccato. Pequeñas y rápidas punzadas en el corazón.