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"Como bruja experta de la cocina, Dina Whitlock domina cualquier receta de repostería. De hecho, dirige su propia cafetería en Londres y sirve pasteles mágicos a todos sus clientes. Pero solo unos pocos amigos conocen sus extraordinarias habilidades y el maleficio que atormenta su vida amorosa. Tras irse de viaje por el mundo para recuperarse de una brutal ruptura, Scott Mason ha regresado a Londres y la boda de su mejor amigo está a la vuelta de la esquina. Aunque quiere ser el padrino más increíble de todos los tiempos, no se imagina que será ""hechizado"" por la dama de honor, quien además es la dueña de su nuevo café favorito y, además... ¡¿una bruja?! Después de un fin de semana en el campo, entre fabulosos laberintos de setos, lecturas de manos a la luz de las velas y un ritual de Halloween a medianoche, es evidente que existe química entre ellos. Solo hay un problema: el maleficio continúa y Dina sabe que él está en peligro. En el pasado, ella siempre huía antes de que algo malo pasara, pero esta vez es diferente. Scott podría ser el indicado. " ¿Podrá protegerlo del hechizo y lograr que el encanto de su amor perdure?
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Seitenzahl: 378
Veröffentlichungsjahr: 2024
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Es difícil enamorarse cuando sabes que tu pareja tendrá una racha de mala suerte, en el instante en que comience a sentir algo por ti.
Como bruja experta de la cocina, Dina Whitlock domina cualquier receta de repostería. De hecho, dirige su propia cafetería en Londres y sirve pasteles mágicos a todos sus clientes. Pero solo unos pocos amigos conocen sus extraordinarias habilidades y el maleficio que atormenta su vida amorosa.
Tras irse de viaje por el mundo para recuperarse de una brutal ruptura, Scott Mason ha regresado a Londres y la boda de su mejor amigo está a la vuelta de la esquina. Aunque quiere ser el padrino más increíble de todos los tiempos, no se imagina que será “hechizado” por la dama de honor, quien además es la dueña de su nuevo café favorito y, además…, ¡¿una bruja?!
Después de un fin de semana en el campo, entre fabulosos laberintos de setos, lecturas de manos a la luz de las velas y un ritual de Halloween a medianoche, es evidente que existe química entre ellos. Solo hay un problema: el maleficio continúa y Dina sabe que él está en peligro. En el pasado, ella siempre huía antes de que algo malo pasara, pero esta vez es diferente. Scott podría ser el indicado.
¿Podrá protegerlo del hechizo y lograr que el encanto de su amor perdure?
Nadia El-Fassi es una autora mitad marroquí, mitad australiana. Escribe novelas de romance y fantasía muy picante. Es adicta al café helado, a los dramas de época, a comprar dados de Calabozos y Dragones y a ver películas de terror.
Vive en Londres con su marido y su gato perfectamente redondo.
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Para mamá. Te llevo conmigo adonde voy.
Nota de la autora
Hay algunos temas sensibles en esta historia, como la infidelidad en una relación anterior, la pérdida de un ser querido y crecer en comunidad. Espero haberlos tratado con el cuidado que merecen.
Era un día gélido de la última semana de octubre, esa clase de días que hacen que uno quiera acurrucarse con un buen libro y una humeante taza de chocolate caliente. Las hojas doradas crujían bajo las pisadas, la helada de la noche persistía en el toldo del Café Serendipity. Era la época favorita de Dina. Por fin había pasado el insufrible calor de fines de septiembre, cuando el aire era espeso y pegajoso y la obligaba a pasar el día haciendo hechizos de enfriamiento en sus axilas.
Siempre cambiaba el aire cuando el otoño llegaba a Londres. Y eso aumentaba el trabajo en el café porque ahora todos querían un croissant con su bebida caliente.
La magia de croissants siempre era complicada, pero se volvía especialmente difícil en las mañanas atareadas. Dina se quedó mirando el desastre de hojaldre y mantequilla; no habría forma de salvarlo. El hojaldre nunca había sido su especialidad. Se recogió en un rodete su montaña de rizos y se arremangó.
Acababa de tomar un frasco entero de su mantequilla mágica, lista para volver a comenzar, cuando Robin, su barista, gritó:
–¡Dina!, ¿¡dónde pusiste la mezcla de té con crisantemos que hiciste la semana pasada!?
Los croissants iban a tener que esperar.
Fue hacia la tienda, hurgó en su colección de tés y finalmente encontró la lata con delicados pétalos disecados que estaba buscando. Para no regresar a los hostiles croissants, se puso a atender a los clientes que recién se acomodaban en las mesas y cómodos sillones de su cafetería.
El Café Serendipity tenía algo diferente, una chispa en el aire que nadie podía identificar. Era un sitio en el que ocurrían cosas buenas. Los clientes que entraban a comprarse un capuchino podían tropezarse con el paraguas de alguien que estaba en la mesa de al lado y que esa persona acabara siendo el amor de su vida.
Dina amaba lo rápido que se habían corrido los rumores sobre su café. Por ejemplo, que si comprabas un café con leche y una galleta de camino a una entrevista laboral, conseguías el puesto. Estaba especialmente orgullosa de ese hechizo; era uno de los mejores. El secreto era una cucharadita de canela y una pizca de lavanda. Sabía al abrazo de un ser querido o a la sensación de quitarse los zapatos después de un largo día.
El truco de sus hechizos era que siempre incorporaba sus recuerdos y emociones; luego la magia hacía lo suyo imitando sus sentimientos en la persona que comía o bebía lo que ella preparaba. Un encanto de confianza para ayudar a alguien a conseguir un empleo no les daba confianza artificial, solo un empujoncito mágico para hallarla en su interior.
Los hechizos no duraban para siempre, por supuesto. Como cualquier magia.
Sin embargo, Dina tenía que asegurarse de mantener oculta su magia porque si no, todo Londres podría enterarse de que era bruja.
Mientras la ciudad se congelaba, los clientes atravesaban las puertas buscando refugio y una buena taza de té. El favorito era su mezcla especial de chai, con mucho jengibre, clavo de olor, nuez moscada y solo una pizca de esa sensación de acariciar un suave y cálido gatito.
En toda la ciudad, los abrigos eran rescatados del fondo de los armarios (donde habían pasado el año juntando polvo y agujeros de polillas), los radiadores volvían a la vida y la gente comenzaba a buscar a esa persona especial con quien acurrucarse una vez que el invierno se hubiera instalado.
Ella estaba demasiado preocupada como para pensar eso. Había tenido un par de citas el último año (un hombre y una mujer) y solo una había salido bien. El tipo resultó ser una bandera roja ambulante, pero Maggie (la increíblemente sexy instructora de yoga con la que había salido unos meses atrás) era encantadora, amable e inteligente. Dina sabía que podía tener algo verdadero con ella si le daba una oportunidad, pero no quiso lastimarla, así que la dejó antes de que la relación avanzara.
Por suerte, la ajetreada temporada otoñal en la cafetería la iba a hacer olvidar del romance. Además, Dina se había jurado a sí misma abstenerse de tener citas hasta nuevo aviso. No valía la pena el dolor que podía causarse a sí misma y a otros. Además, el negocio estaba floreciendo, y tenía que terminar otra tanda de sus velas «Calma acogedora» antes de que volvieran a agotarse.
–Robin, ¿podrías llevar estas a la mesa cuatro, por favor? –dijo Dina, pasándole a su compañera una bandeja con dos rebanadas de tarta de manzanas y arándanos y dos tazas con el té especial de Serendipity. La pareja que estaba sentada allí llevaba varios meses yendo a la cafetería todos los miércoles para estudiar juntos.
Al menos eso era lo que Dina creía que hacían, con las cabezas inclinadas sobre sus respectivos ordenadores. De vez en cuando, el hombre se estiraba para buscar la mano de su pareja y se quedaban sentados así, en una perfecta compañía silenciosa. Eso es lo que quiero, pensó Dina. ¿Podría tenerlo algún día? Últimamente no podía ni pensar en un final feliz.
–Sí, jefa. –Robin sonrió porque sabía muy bien cuánto odiaba Dina que la llamaran «jefa». Robin trabajaba en el café hacía varios años en las horas que le quedaban libres entre las clases de spinning que dictaba cerca de la estación Blackfriars. Un día se habían cruzado, segundos después de que Dina pegara en la ventana un anuncio buscando barista. Dina le miró la cresta punk verde oscuro y su sensacional delineado, observó cómo enderezaba uno de los cuadros de la pared sin pensarlo y supo de inmediato que era la persona perfecta para el trabajo.
Hoy Dina no tenía tiempo para hacer mucho más que trabajar, pero no le importaba. Serendipity, con el zumbido de la máquina de café y el tibio aroma a panificados, era su lugar feliz. Ella misma había fundado el negocio (con un poco de ayuda de su magia) y cada vez que veía regresar a un cliente después de su primera visita, el corazón le bailaba de alegría.
Pero esta mañana Dina era muy consciente de que solo estaban Robin y ella en la cafetería y se sentía un poco desbordada.
Los hechizos para ralentizar el tiempo la cansaban, así que se los guardaba para el caos de la hora del almuerzo. De nuevo la cafetera estaba caprichosa y Dina ya le había dado un golpecito (tal vez con una chispa de algo extra) para que volviera a funcionar.
Estaba terminando los dibujos con espuma de leche (un gato sobre una escoba en uno y un fantasma en el otro; después de todo era temporada de brujas) cuando la puerta se abrió de golpe por el viento. Las hojas se arremolinaron en el umbral y el amuleto en forma de ojo contra las malas energías que estaba colgando de la pared se cayó al suelo y se partió a la mitad.
Dina contuvo la respiración. Podía reconocer un mal presagio con solo verlo.
La puerta se cerró con un golpe, la campanita que tenía encima se agitó enfurecida. Había un hombre parado en el umbral, quitándose las hojas que habían quedado en su jersey.
Lo primero que vio Dina fue su nariz. Parecía un poco torcida, como si se la hubiera fracturado y no hubiera soldado bien. Y luego su tamaño. No solo era alto, sino que era tan ancho que ocupaba toda la entrada. Su abrigo, aunque grueso, no conseguía ocultar los músculos que se dibujaban en su cuerpo cuando se agachó a recoger el mal de ojo roto. ¿Qué hacía un hombre con semejante cuerpo usando un jersey con parches en los codos y anteojos con marco de metal? Parecía un profesor que dedicaba sus noches a la lucha libre.
Dina tragó saliva, muy consciente de la sequedad de su boca. Cabello oscuro rizado, una barba prolija; era como si se hubiera escapado de sus sueños para entrar a su cafetería. El ojo tenía razón: estaba condenada.
–Lo siento, esto se cayó de la pared –dijo con una voz grave pero dulce.
No coquetees con él, Dina, se dijo mientras se acomodaba un mechón detrás de la oreja. Cuando sus ojos se encontraron, vio que tenían el color del caramelo.
–Gracias –respondió, tomando el amuleto de su mano estirada. Sus manos se acariciaron cuando le pasó las piezas, una caricia áspera por la mano callosa. Ella se alejó con rapidez. El hechizo de henna que había creado anoche cuando no se podía dormir comenzaba a cobrar vida y dibujaba corazones de amor en su muñeca.
–Es un amuleto nazar, ¿no? –preguntó con seguridad–. Como tu collar. –Señaló con la cabeza hacia el cuello de Dina, donde tenía colgada una mano de Fátima con una piedra de mal de ojo. Sus dedos fueron hacia allí y sintió el rubor trepando por sus mejillas. No tenía por qué permitir que un extraño (aunque fuera un extraño muy atractivo) le hiciera esto.
–Parecido, sí. Ambos sirven para protegerse del mal de ojo.
–¿Debería preocuparme que se haya roto cuando entré? –Sonrió con un brillo pícaro en los ojos.
–No, está bien, yo rompo mis amuletos todo el tiempo –dijo jugueteando con la mano de Fátima–. Significa que funcionaron.
–¿O sea que te protegió? –El hombre se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en el mostrador; tenía la voz ronca. Dina podía oler su colonia: cedro y algo cítrico.
–Sí. –Era extraño. Estaban en medio de la cafetería repleta, pero sintió que eran las únicas dos personas en el salón. Nunca había conocido a nadie tan interesado en su piedra de mal de ojo, pero él la miraba con una curiosidad y una calma que hizo que un escalofrío le recorriera el cuello.
Bajó la vista hacia el amuleto roto sobre el mostrador. Cuando se rompió, ¿protegió a la cafetería, a Dina o a este hombre? De cualquier forma, cuando lo miraba, se sentía desorientada. Esa era una mala señal. No podía permitir que su evidente sensualidad la distrajera.
–Bueno. –Se aclaró la garganta–. ¿Qué te sirvo?
–Un Earl Grey con un croissant.
–¿Leche o limón? –Mírenla, superprofesional. Definitivamente no estaba mirando sus bíceps marcados mientras buscaba la billetera en el bolsillo del pantalón.
–Solo, gracias.
Dina estaba a punto de buscar debajo del mostrador la lata del Earl Grey de la casa (había recolectado las bergamotas ella misma en un viaje a Italia) cuando oyó un estruendo desde una de las mesas.
–Ay, lo siento tanto –dijo un cliente mirando las dos tazas con café que se habían hecho trizas contra el suelo. Dina le sonrió al cliente y estaba a punto de ir a buscar el trapo al armario cuando oyó un sacudón espantoso seguido de un golpe. No era precisamente inesperado: la mala suerte siempre se las ingeniaba para perseguir a Dina.
–¡Se rompió la cafetera! –gritó Robin.
Dina respiró hondo, su mano se cerró en un puño. Alzó la vista hacia el guapo extraño que probablemente nunca volvería a ver. Él ya la estaba mirando.
–Robin, ¿puedes encargarte de la caja? Yo me ocupo de la máquina y de limpiar. –Se alejó antes de que el hombre pudiera hablar… y decir algo que la hiciera volverse y cometer una estupidez.
La cafetera solo necesitaba un poco de grasa; y con «grasa», Dina se refería a otra fuerte dosis de magia. Enseguida el derrame quedó limpio y las bebidas fueron remplazadas.
Alzó la vista justo para ver al extraño irse de la cafetería sorbiendo el té. Tal vez en otra vida.
–Ah, me encantan los hombres con polera, parecen tan inteligentes. –Robin estaba de pie a sus espaldas sonriendo. Dina le dio un golpe con una bolsa de té y volvieron a trabajar.
Scott Mason se pasó una mano por el cabello y se esforzó por concentrarse en el trabajo. Tenía que aprobar los afiches para la exposición, escribir su discurso para la gala de apertura e ir al archivo a investigar. Tenía que concentrarse en cualquier cosa que no fuera esa barista, que parecía salida de sus sueños. ¿En qué estaba pensando cuando se fue de la cafetería sin pedirle el número? Carajo, tendría que haberse ofrecido para limpiar el café derramado y así poder seguir conversando con ella. Ni siquiera sabía cómo se llamaba.
Se sentó en su escritorio en el Museo Británico y se quedó mirando la pantalla del ordenador. La oficina estaba atiborrada de libros (algunos los había dejado el curador que trabajaba allí antes que él) y las pilas cada vez más altas tenían la costumbre de desplomarse sobre él en el momento menos esperado. En una esquina había un radiador que cada tanto lanzaba un quejido metálico, pero nunca terminaba de calentar el espacio, y una familia de palomas había armado un nido en la ventana. La silla chillaba cada vez que se sentaba y el escritorio estaba repleto de manchas de tinta centenarias, pero ahora que había colgado postales y láminas de sus viajes y exposiciones pasadas, comenzaba a sentirse como en casa.
Cada vez que Scott sorbía el dulce Earl Grey de la cafetería, su mente volvía a la barista. Le recordaba a esas estatuas de diosas griegas de curvas voluptuosas con rasgos suaves y amplios; esos rizos caoba con mechones púrpura, ojos de un color café tan intenso que casi parecían negros. Y esos labios… «Besables» era muy poco decir.
Había tenido algunas citas desde que volvió a vivir en Londres, sobre todo por aplicaciones, y las chicas que conoció no tenían nada malo. Todas eran atractivas, inteligentes y divertidas, pero algo no cerraba. No era que siguiera queriendo a Alice, sino que después de haber estado en una relación larga estaba cansado de las típicas preguntas de primera cita. ¿A qué te dedicas? ¿Qué te gusta hacer los fines de semana? Todas esas aplicaciones de citas no entendían nada de cómo operaba la química en la vida real. Lo irritaba.
Scott no había logrado salir de ese laberinto. Hasta ahora. Esa barista había iluminado algo en su interior, como un rayo de sol que logra abrirse paso entre las nubes luego de una tormenta. Se le escapaban sonrisitas cursis. Por primera vez en años, sus sentidos se habían despertado. Y deseaba.
Este era su primer año como curador de la colección permanente y no podía evitar sentir que, salvo la doctora MacDougall, que había arriesgado su pellejo para contratarlo, los otros curadores y los miembros del directorio lo miraban con desconfianza. No todos, claro. Pero sí los más poderosos.
Había hecho un esfuerzo para no distraerse toda la tarde. Los doctores Jenkins y García, dos curadores que estaban muy por encima de él en la jerarquía, no estaban conformes con su propuesta para el cronograma de actividades de verano y otoño. Se estremecieron cuando Scott se atrevió a pronunciar el término «exhibición interactiva». Para ellos, un museo no era un sitio para que los niños aprendieran sobre momificación ni para que nadie que no tuviera un doctorado tuviera acceso a la sala de lectura.
Recordaba lo conmocionados que quedaron cuando les explicó que era probable que una exhibición sobre los sistemas de riego de la Mesopotamia no convocara a grandes audiencias.
Otra vez su mente fue hacia la sonrisa de la barista, el modo en que se ruborizó y se tocó el cuello cuando él mencionó la mano de Fátima que llevaba puesta. ¿Debería regresar y ofrecerse a comprar un amuleto para reemplazar el que había roto? ¿Era demasiado? No quería pasarse de la raya.
Aunque su interacción solo había durado unos segundos, había sido muy agradable conversar con alguien sobre su pasión por los objetos históricos, en especial lo vinculado con los talismanes de buena suerte. Eric (el mejor amigo de Scott) siempre estaba feliz de escuchar, pero no compartía su entusiasmo. A Alice nunca le gustó hablar sobre el trabajo de Scott y, cuando lo hacía, era para remarcarle que podía ganar más dinero haciendo otra cosa. ¿Cuántas veces él le había explicado que nadie se hacía curador por el dinero?
El día que llegó por primera vez a esta oficina y desempacó sus cajas de trabajo, encontró una fotografía de él con Alice en su primer viaje a ver la aurora boreal años atrás. En ella se los veía felices, pero ya no había sentido esas punzadas en el pecho al mirar su rostro.
Seguía enojado, y lo seguiría estando por un tiempo más, pero algo se había aliviado. Todo el amor que había sentido por Alice había desaparecido durante los años en que vivió en el extranjero, y no regresó con su vuelta a casa. Sin duda ayudó que se hubiera ido a vivir con ese cara de nada a Estados Unidos. Al menos no tenía que preocuparse por toparse con ella en alguno de los sitios que frecuentaban.
Sin pensarlo dos veces, hizo un bollo con la fotografía y la botó. Buen escarmiento.
Scott miró la hora y se dio cuenta de que había estado soñando despierto por más de lo que pensaba y ya era hora de ir a reunirse con Eric. Metió en la mochila el ordenador, unas barras de cereal (Eric se ponía gruñón si no comía lo suficiente) y un libro sobre la mitología y las tradiciones de las culturas preislámicas en el norte de África: una lectura ligera para el viaje en tren.
Cerró la puerta de su oficina con una enorme llave de hierro que parecía propia de un monasterio medieval.
Su teléfono sonó con un mensaje de Eric que decía:
Te veo en el cobertizo, prepárate para que te patee el trasero.
Scott respondió:
Remaremos en un bote doble hoy, idiota.
Caminó con prisa hacia la recepción y notó con la visión periférica que un par de mujeres intentaban tomarle una fotografía sin mucho disimulo. Posiblemente lo reconocían por haber posado desnudo para la página de septiembre en el calendario del año pasado publicado por Curadores contra el cáncer, que por suerte se había vendido rápido y ya no tenía que ruborizarse cada vez que pasaba por la tienda de recuerdos.
Lo incomodaba un poco, pero intentaba ignorarlo. Siempre había huido del foco de la atención, desde niño. Por supuesto que entonces llamaba la atención por otro motivo. Cuando iba a la escuela le preguntaban mucho «¿De dónde eres originario?» tanto los docentes como los otros niños. Era ese «originario» lo que le molestaba. En parte por la velada discriminación, pero también porque no lo sabía.
Lo habían adoptado cuando tenía diez años. Antes, había pasado breves temporadas en casas de acogida y en orfanatos, alternando entre una y otra. Los recuerdos que tenía de antes de mudarse con sus maravillosas madres eran un poco difusos. No, eso era mentira. Lo recordaba todo; pero a veces era más fácil olvidar.
Una vez, pensó en hacer esos exámenes de herencia a partir de saliva, pero Eric, que trabajaba para una gran empresa de tecnología, negó con la cabeza y sugirió que podrían usar su información para cosas con las que no estaba de acuerdo, así que Scott abandonó el asunto.
Saludó a las vendedoras de entradas mientras pasaba por el ala este del patio principal, cuyo techo vidriado dejaba entrar el sol de la tarde y bañaba la recepción con un brillo meloso.
–Ah, el doctor Mason, el hombre con el que esperaba encontrarme. –Era la doctora MacDougall, jefa de curadores del museo. Una mujer negra, petisa y corpulenta de cabello canoso, que siempre vestía algún traje elegante pero no pretencioso y un collar muy llamativo.
–Doctora MacDougall –dijo Scott sonriendo.
–Parece que tienes prisa.
–Ah, sí, lo siento, voy a remar.
–Bueno, no quiero entretenerte, pero tengo buenas noticias. ¿Tu propuesta para hacer una muestra de símbolos de protección? A los directivos les encantó.
–¿De verdad? ¿Lo dices en serio?
–Muy en serio. –Se rio y le palmeó un hombro–. Pero habrá tiempo para celebrar en un par de semanas, cuando tengamos la junta interna.
–De acuerdo. Te invitaré un martini.
–Es barra libre, pero te tomo la palabra. Y sé que es sorpresivo, pero, tal como dijiste en tu presentación, muchos de estos artefactos están impolutos en nuestro archivo. Era hora de que vieran la luz. –Le regaló una sonrisa con dientes y le palmeó el brazo antes de despedirse.
No lo podía creer. Querían que su exhibición girara por el mundo. Cuando la doctora MacDougall contrató a Scott como curador casi un año atrás, él estaba encantado. Pero luego le enviaron la lista completa de los objetos que había en el archivo.
Supo que tenía algo excepcional entre manos cuando identificó el dije con una cruz de troll noruega y, unos minutos más tarde, un cornicello de puro ámbar que databa del 1500. Todos esos objetos, robados por el Museo Británico durante los últimos siglos, habían sido conservados en el archivo en condiciones casi óptimas e ignorados por su aparente carencia de valor. No eran caros ni tan extraños; eran amuletos y hierbas secas atrapadas en resina y pequeñas esculturas que la gente tallaba para los dioses y las diosas y guardaban en sus hogares. Pero para Scott, esas pequeñas baratijas para la buena suerte fueron un salvavidas.
Él siempre había querido creer en la magia, en un universo en el que solo había que desear lo suficiente y hacer los rituales en el orden y en el momento correcto para que las cosas resultaran como querías. Había encontrado un libro de mitología antigua en la biblioteca de la escuela cuando todavía vivía en el orfanato. Seguía recordando cada página.
Tenía un capítulo entero dedicado a los amuletos de la suerte de todo el mundo. Había leído que llevar una bellota en el bolsillo (que hubieras recogido del suelo y no arrancado de un árbol), atraía buena suerte. Scott había llevado una bellota en el bolsillo durante semanas y la había acariciado tanto con los dedos que la había lustrado. Cuando se enteró de que iba a vivir con la familia Marini, pensó que era la prueba de que su suerte en serio había cambiado. Y era todo por la bellota.
Pero la familia Marini no quiso quedarse con él, así que regresó al orfanato. Lo había vuelto a intentar con la cruz de la vida, con bayas de enebro, con un hueso de la suerte, un trébol y una moneda de cobre. Nada funcionó. Nadie lo quería. Fueron muchos años más tarde, cuando Scott se había dado por vencido con los amuletos de la suerte, que lo adoptaron sus mamás. En el camino a casa con ellas, luego de parar por un helado en el parque, había visto una mariquita posada en su dedo y se preguntó por un momento si al final habían funcionado los amuletos.
Todos estos años más tarde, Scott había encontrado cientos de objetos, amuletos y talismanes ocultos en los archivos y quería compartirlos con el mundo. La exhibición «Símbolos de protección» comenzaría su gira en el Museo Británico y luego, si todo iba bien, recorrería el mundo, y lo mejor era que, durante la gira, los amuletos se irían quedando en sus países de origen para ser exhibidos en sus museos. Era una nueva era para el Museo Británico que intentaba (al menos en pequeños gestos) reparar el pasado. Y Scott sería parte; su exposición sería parte. No podía esperar a contárselo a Eric.
Quedó atrapado detrás de un enorme grupo de turistas y liberarse le llevó más tiempo del esperado. Iba a llegar tarde y su amigo lo arrojaría al río como castigo.
Subiendo un poco la velocidad y esquivando turistas lentos (Scott no podía librarse de ellos cuando subían las escaleras a paso de caracol) llegó a Waterloo y subió al tren rápido a la estación Barnes Bridge. Ya podía ver a Eric cargando un par de remos y caminando por la pasarela que llevaba al cobertizo.
Su amigo alzó la vista y lo vio, se tomó su tiempo para apoyar los remos contra la pared y le mostró el dedo del medio. Scott bajó la vista a su reloj. Veinticinco minutos tarde. Nada imperdonable.
–Te invito una cerveza luego –fue lo primero que le dijo a Eric. Aparentemente, hoy todos iban a beber.
–Me debes por lo menos dos cervezas y patatas. Tuve que ir a buscar los caballetes al armario del fondo; ese armario lleno de arañas que sabes muy bien que odio.
–Dos cervezas, patatas y me ocuparé de los caballetes durante lo que queda del mes.
Eric hizo como si estuviera considerando el trato.
–Hecho. Ve a cambiarte. A la noche tengo que ocuparme de algunos asuntos de la boda, así que no puedo quedarme mucho.
–¿Puedo ayudar con algo? –Como padrino de la inminente boda de Eric, quería ayudar tanto como le fuera posible. Era mucho más fácil ahora que vivía en el mismo país y en la misma ciudad y no andaba deambulando por el mundo entre museos.
Scott y Eric se habían conocido cuando ambos se hospedaron en el mismo hotel en Islandia durante sus respectivos años sabáticos. Alguien había tocado los timbres de todas las habitaciones para avisar que se podía ver la aurora boreal, pero solo Scott y Eric acudieron al llamado. Presos de su entusiasmo por ver las luces, los dos se olvidaron de abrigarse.
Se quedaron parados en el frío helado, pasmados por la belleza etérea del paisaje, completamente en paz. Después de eso, fueron al bar del hotel a tomar sidra caliente para recuperar la temperatura y, antes de que Scott pudiera darse cuenta, llevaban casi una década siendo mejores amigos.
Durante los últimos años, desde su ruptura con Alice, su amistad había sufrido y Scott sabía que era culpa suya. Cuando apareció una oferta laboral para trabajar en una colección de artefactos de Petra en Jordania, Scott había aprovechado la oportunidad de escapar. Había dejado toda su vida en Londres, a Eric, a sus mamás. Era como si lo único que le preocupaba fuera alejarse todo lo posible de sus sentimientos.
Pero ahora estaba de vuelta, su corazón había sanado y Eric estaba por casarse. Ni siquiera conoció a Immy hasta que volvió a mudarse a Londres hacía menos de un año, aunque supo enseguida que era perfecta para Eric.
Su amigo agitó la mano e interrumpió sus pensamientos.
–¿Estás bien?
–Te cuento en el bote.
Tenían el cobertizo para ellos solos los miércoles por la tarde. Los remadores que vivían cerca salían a navegar al mediodía y las escuelas que lo usaban solían terminar para las cuatro de la tarde.
Scott y Eric cargaron el bote doble sobre sus cabezas y lo llevaron hacia la orilla del río. El agua que los salpicó cuando bajaron el bote estaba helada: Scott le agradeció a Dios por haber recordado ponerse un par extra de calcetines de lana debajo de las botas de lluvia.
Se sumergieron en su rutina de preparación con cierta parsimonia: metieron los remos en las trabas, Scott inmovilizó el bote mientras Eric trepaba en el asiento trasero y luego hizo lo mismo por Scott.
De mala gana, se quitó las botas de lluvia y las guardó en la pequeña bodega del bote; luego se calzó los zapatos náuticos, sin disfrutar del frío que podía sentir incluso a través de los calcetines.
El sol de la tarde les bañaba las espaldas con su tibieza mientras se alejaban de la orilla y avanzaban bajo la sombra del puente Barnes. El tren pasó por encima y les cayeron gotas del agua estancada en el puente.
Scott había remado esta ruta cientos de veces, y, sin embargo, siempre era una experiencia diferente. El más mínimo cambio en el clima podía sentirse en el agua, la ciudad a su alrededor estaba en permanente movimiento. Le encantaba cómo sus músculos entraban en ritmo con cada remada y cómo su respiración se sincronizaba con la de Eric cuando empujaban los remos contra el agua, luchando contra la corriente. No había espacio para las preocupaciones; casi no había tiempo para que su mente fuera hacia la barista de la mañana y sus hermosos ojos color café.
El río respiraba a su alrededor y pronto pasaron los otros cobertizos, los edificios y las elegantes mansiones victorianas que se alineaban en la costa. Solo quedaron árboles pintados con los tonos del otoño, naranjas y rosados intensos, y la puesta del sol reflejándose en el agua.
–Estás muy callado –señaló Eric al cabo de un rato.
–Lo siento, solo estaba distraído.
–¿Cosas del trabajo?
–Algo de eso. Hoy me dieron una buena noticia: puede que mi exhibición haga esa gira internacional de la que te hablé. Todavía tengo mucho por hacer para inaugurarla aquí este invierno, pero nada inmanejable.
–Entonces, ¿no es eso lo que te distrae?
–Siendo sincero –comenzó Scott–, esta mañana conocí a alguien.
Eric lanzó un silbido.
–Creí que te habías retirado de las citas.
–Ese era el plan, pero fui a una cafetería cerca del museo y me atendió una barista que, bueno, no me la puedo quitar de la cabeza –dijo Scott mientras hacían una pausa para descansar dejándose llevar por la corriente.
–¿Le pediste el número?
–No, y tampoco creo haber dado una buena impresión.
–Me cuesta creerlo... ¿Qué hiciste? ¿Le pediste matrimonio a los quince minutos de conocerla?
–Nada tan malo, solo me puse a hablar de lo sensacionales que son los amuletos nazar y me entusiasmé un poco de más. Ella también parecía interesada, hasta llevaba uno puesto, pero me fui antes de siquiera preguntarle el nombre.
–Si le interesaba, seguro no quedaste como «el profesor chiflado». –Su amigo se rio–. ¡Qué bueno! Tienes que volver a intentarlo. Tal vez puedes hacerle un chiste, luego le pides una taza del té más extraño y lleno de flores que vendan. Te juro que a las mujeres les encantan los tés florales, no me preguntes por qué. Con eso la ganas seguro.
–Intentaré la próxima semana, después te cuento cómo me fue. –Tenían un largo fin de semana por delante: Eric e Immy se casaban el domingo.
Mientras giraban el bote, Eric se estiró para apretarle el hombro.
–Me alegra que por fin estés listo para conocer gente. Estaba un poco preocupado después de…, ya sabes…
–Puedes decir su nombre –dijo Scott.
–Bueno, después de Alice. Es bueno verte volver al ataque.
–Te doy cincuenta libras para que nunca vuelvas a decir esa frase.
–Trato hecho. ¿Hacemos una carrera para calentar?
Scott gruñó. A Eric le encantaba torturarlo.
Llegó a su casa cerca de una hora después y llamó a sus mamás para avisarles que iría al otro día antes de las siete de la tarde para prepararse para la boda. Hacía mucho que no iba a casa y podía escuchar a la perra, Juniper, ladrar cada vez que ellas pronunciaban su nombre.
Colgó las llaves en un gancho en la puerta y se quitó el calzado, que olía a agua de río.
Sus pasos retumbaron en el apartamento, el suelo estaba demasiado pulido y vacío. Todavía lo sentía nuevo y extraño. Lo había alquilado amoblado, pero eran muebles sosos y genéricos y le hacían sentir que estaba en un hotel.
¿No era esa la razón por la que había regresado a Londres; para huir de esa sensación de «hotel»? Había estado tan destruido luego de la separación. El dolor por haber sido engañado lo abrumaba y solo podía pensar en escapar. Había armado un hogar con Alice, o al menos eso era lo que pensaba, y de pronto se sentía desorientado de nuevo. Scott había trabajado en museos de todo el mundo, estudiado con los profesores y curadores más increíbles, pero todas las noches regresaba a cualquier hotel o alquiler temporario y solo esperaba a que pasara la noche para poder volver a trabajar. Por años había estado sumergido en su viaje y sus estudios, pero después de un tiempo, el desarraigo era demasiado para soportar. Necesitaba a su familia, a sus amigos. Quería… Quería volver a amar.
Este apartamento estaba bien por ahora, pero luego de la boda se pondría a buscar algo con más personalidad. Tal vez cerca de sus mamás para poder visitarlas más seguido ahora que estaba de vuelta en el país. Las había extrañado.
Como mínimo, tenía que comprar alfombras; cualquier cosa era mejor que esas cerámicas grises brillantes. Tal vez también unos cuadros para las paredes, y una mascota. Le gustaría un perro; siempre había sido un hombre de perros, y tal vez podría convencer a la gente del museo de que lo dejaran llevarlo.
Había llenado los estantes con todos sus libros, que iluminaban la habitación; cada uno era una partecita de él. Incluso había sumado dos libros de su infancia de la antigua Roma y el antiguo Egipto. Eran dos de los primeros que le habían regalado sus mamás cuando se mudó (dos de los primeros libros que fueron suyos y no tuvo que devolver a la biblioteca) y se los había devorado. Probablemente, eran en parte responsables por su elección de carrera, ahora que lo pensaba.
Scott fue a mirar el balcón y vio que los petirrojos se habían comido el pan que les había dejado. Puso algunas migas más en un recipiente y decidió que les iba a comprar un comedero.
Después de tragar una cena frugal y pararse en la ducha el tiempo necesario para aplacar el dolor de sus músculos, se desplomó en la cama. Sus sueños se llenaron con el rostro de la barista y el aroma del Earl Grey.
La piedra del mal de ojo cayendo al suelo solo había sido el comienzo. Mientras la mañana se convertía en tarde, Dina se encontró rodeada de malos presagios por todas partes.
Un cliente había abierto el paraguas dentro del local y luego ella había tirado por accidente la sal mientras limpiaba la mesa. Junto con el dije, eran tres malos presagios en un solo día. La última vez que le había pasado algo así, reprobó su examen de manejo. Aunque era posible que eso hubiera tenido más que ver con que las grandes máquinas y los seres mágicos no suelen llevarse bien.
El rostro del hombre de esta mañana seguía apareciendo en su cabeza, con esa sonrisa un poco torcida y la forma en que le clavó la mirada cuando le preguntó por el amuleto. Estaba claro que a ella le pareció que había algo de coqueteo en el encuentro, cuando probablemente él solo era uno de esos profesores sexys que hacían desmayar a las mujeres a su paso. Pero ella no se había desmayado, ¿o sí?
Negando con la cabeza, se dio cuenta de que tenía que sacarse a este hombre de la mente y hacer algo con la extraña energía que había invadido el café esa tarde. Le escribió a su madre, Nour. Le respondió casi de inmediato, como si se hubiera anticipado al mensaje de Dina, y seguramente había sido así considerando que era una bruja adivina. Los hechizos de limpieza eran una parte importante del poder de su madre, así que ella siempre le pedía consejos respecto de esos temas. De hecho, le pedía consejos de bruja a bruja sobre todos los temas… Bueno, casi todos.
Nour le dijo que quemara salvia. Pero como no quería disparar la alarma de incendios, decidió agregar un poco del aceite de salvia que había hecho el otoño pasado al limpiador de suelo que usaba, lo que hizo que toda la tienda oliera a jardín de hierbas.
Dina aprovechó la tarde tranquila de lectores que bebían en silencio sus chocolates calientes (los malvaviscos tenían forma de calabaza fantasma) sumergidos en sus libros para salir al exterior helado a agregar algunas cosas nuevas al menú de la pizarra que había en la acera.
Con un trozo de tiza lila, agregó «ghribas ruborizadas» y «briwats embriagados». Los briwats (de masa filo que se derrite en la boca con miel y almendras) eran celestiales, incluso ignorando ese hechizo que te hacía sentir como si un ser querido te diera un beso en la frente. Las ghribas (unas suaves galletas de azúcar con esencia de rosas y ralladura de limón) tenían un hechizo para hacer entrar en calor manos y pies.
Cuando faltaba cerca de una hora para el cierre, Immy y Rosemary (sus amigas más cercanas y lo más parecido que tenía a hermanas) entraron a la tienda con varias bolsas de libros que habían comprado en la librería que estaba a la vuelta.
Recientemente, Immy se había cortado bien corto su cabello rubio en un gesto desafiante hacia su futura suegra, que había dado a entender que una novia se veía mejor con el pelo largo. Rosemary, por su parte, era una pintura renacentista ambulante, con una melena roja que le pasaba la cintura y un vestido verde con volados. De no ser por los anteojos rasgados que tenía colgando de la punta de la nariz, nadie diría que es de este siglo.
Aunque sus apariencias eran muy diferentes, Immy y Rosemary eran escritoras de terror. Immy escribía terror de ciencia ficción lleno de alienígenas con tentáculos y naves espaciales sintientes, mientras que Rosemary era más de mansiones góticas embrujadas.
Si Dina tenía que ser sincera, siempre le daba un poco de miedo leer los libros de Rosemary. Al menos con Immy había cierta distancia, porque ella nunca iba a ser la última astronauta luchando contra los alienígenas, pero el terror de Rosemary era de ese que la hacía pronunciar embrujos de protección cuando se iba a dormir.
Las tres se conocían desde los veinte años. Rosemary estaba cursando un semestre en Inglaterra como parte de sus estudios de literatura en Princeton, Immy estaba en la misma clase y Dina iba a la escuela de pastelería.
Se encontraron en la proyección de Los locos Adams en el cine Prince Charles (con disfraz obligatorio), y a las tres se les había ocurrido ir de Tío Cosa, con galera y lentes de sol. Su disfraz había hecho un poco complicado mirar la película, así que se escaparon y terminaron embriagándose con vino en el bar Ye Olde Cheshire Cheese. Recordaba haber sentido de inmediato que había conocido a su gente. Desde entonces fueron inseparables. Aunque Rosemary tuvo que regresar a Estados Unidos, las tres hablaban todo el tiempo y se visitaban cada vez que podían.
Immy y Rosemary fueron las primeras personas con las que Dina habló de su magia. Una noche, sentadas en el suelo de la cocina de Dina, su intuición de bruja le dijo que podía ser un buen momento. Luego de contarles su secreto, hizo levitar tazas de chocolate caliente para que no pensaran que se había vuelto loca.
La noche estuvo llena de revelaciones, porque poco después de que ella confesara que era bruja, Rosemary explicó que, a veces, veía fantasmas. Immy no podía creer que era la única persona no-mágica de las tres.
Cuando Eric le propuso matrimonio, Immy le pidió permiso a Dina para contarle sobre la brujería. Al principio no estaba segura; era algo demasiado importante para ella lo que le confiaría. Pero luego de mirar las cartas de Eric y leer sus hojas de té, supo que podía confiar en él. Además, disfrutaba de su compañía; tenía un sentido del humor ácido y estaba claro que besaba el suelo por el que caminaba Immy.
Dina hizo un espectáculo de la confesión: les regaló un pastel de «feliz compromiso» que disparó fuegos artificiales en la sala de estar cuando cortaron la primera rebanada.
Ahora, Immy abrazaba a Dina sobre el mostrador, envolviéndola en su aroma a ropa recién lavada.
–Te extrañé –balbuceó Immy contra su cabello.
–Yo también, aunque nos vimos ayer.
Su amiga sonrió con picardía.
–Le hablaba al pan de chocolate, pero sí, a ti también.
Dina se giró hacia Rosemary, que había dado la vuelta al mostrador, y se fundieron en un abrazo. Para ser una mujer tan pequeña, Rosemary sí que tenía un abrazo poderoso.
–Desearía poder vivir en esta tienda –dijo mientras apretaba a Dina–. Hasta el aire sabe a pastel.
Dina sonrió.
–Espero que tengan hambre. Están a punto de engullir cantidades exorbitantes de panificados.
–No he comido nada en todo el día. Estoy en ayunas –aseguró Immy muy seria.
A su lado, Rosemary puso los ojos en blanco y con la boca hizo la mímica de: «Comimos pizza hace una hora». Sus amigas fueron a la cocina mientras ella ordenaba el mostrador. Agradecía la distracción de estas dos mujeres ruidosas y sensacionales. Probablemente eran las únicas que podrían sacarle de la cabeza el intercambio con el chico de la mañana.
–¿Te molestaría atender a los últimos clientes, así puedo empezar a hornear? –le preguntó a Robin.
–Solo si me guardas crema pastelera –respondió y le guiñó un ojo.
El ajetreo del almuerzo había quedado atrás y ahora solo había unos clientes conocidos disfrutando la última hora antes del cierre. Una pareja de ancianos hacía un crucigrama y cada tanto les pedían ayuda a los estudiantes de la mesa de al lado para las pistas especialmente complicadas. Un par de clientes estaban sentados junto a la ventana, sorbiendo sus bebidas y mirando afuera, al ventoso día otoñal. Al menos dentro de la cafetería la calidez los abrazaba.
Había otra pareja que Dina recordaba haber visto antes, aunque aquella vez eran dos desconocidos sentados en mesas diferentes. Si su memoria no fallaba, habían pedido lo mismo: un moca con extra chocolate y una dona con azúcar impalpable. Le alegró el corazón saber que pedir lo mismo en su cafetería había juntado a esas dos personas.
Por lo general, Dina dedicaba las tardes tranquilas a trabajar en las recetas del mes siguiente. Le gustaba cambiar la oferta de acuerdo con la estación del año, y a veces tenía que practicar las recetas más complicadas. Aunque era una bruja de la cocina, sabía bien que la práctica hace al maestro, en especial en los panificados.
Para la primavera y el verano, se concentraba en las preparaciones ligeras, perfumadas con agua de rosas, budines meskouta de naranja y delicados macarrones de frambuesa. Cuando era temporada de fresas, a principios de junio, hacía un pastel fraisier aireado. Para el otoño y el invierno, trabajaba con ingredientes más pesados: chocolate amargo y espeso, canela, cardamomo, jengibre y calabaza. A medida que los días se enfriaban y la luz del sol duraba menos, las personas anhelaban esa sensación cálida y acogedora. Y Dina se las daba, aunque solo fuera durante un rato. La receta especial de esta temporada era el pastel de jengibre y caquis perfumado con hebras de azafrán, que había traído de su último viaje a Marruecos, y vainas de vainilla fresca. Su potente aroma dulce invadía toda la cafetería.
Esto se sumaba a los pasteles y panificados regulares que ofrecía, todas recetas que le había enseñado su madre. El pastel con miel oscura de las montañas Atlas era un clásico. Dina lo había embebido con un hechizo muy específico que hacía que los clientes volvieran por más. Lo había creado a partir de un recuerdo de su infancia, cuando se debió haber quedado dormida en un viaje en auto de regreso a casa y, aunque ya estaba un poco crecida para que la alzaran, recordaba a su padre tomándola en sus brazos, a su madre cerrando la puerta del automóvil con cuidado para no despertarla, y a ambos recostándola en su cama.
