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Después de morir, el crítico de cine Juan Humphrey se reúne en el cielo con sus actores y directores favoritos, que presumen haber creado mejores historias que las que se le ocurren al Jefe del Cielo. Entonces él los reta a transformar la vida del más aburrido de los hombres en una gran aventura. Así, codo a codo con Hitchcock, Huston y Buñuel (y, claro, Marilyn) su misión es crear una vida de película.
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Seitenzahl: 140
Veröffentlichungsjahr: 2024
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ilustrado por DAMIÁN ORTEGA
Primera edición, 1993Segunda edición, 1995Tercera edición, 2024[Primera edición en libro electrónico, 2018][Segunda edición en libro electrónico, 2024]
Distribución mundial
D. R. © 1993, Fondo de Cultura EconómicaCarretera Picacho Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected].: 55-5449-1871
Editor: Daniel Goldin
Se prohíbe la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos correspondientes.
ISBN 978-607-16-7823-2 (rústica)ISBN 978-607-16-8365-6 (ePub)ISBN 978-607-16-8368-7 (mobi)
Hecho en México - Made in Mexico
Espérame en el cielo El rey del juego Al rojo vivo Adivina quién viene esta noche Pequeño gran hombre El mundo está loco, loco, loco Esa pareja feliz Desayuno con diamantes La joya de la corona La perla Las llaves del Reino¡Qué bello es vivir!
A Marisa
Cuando yo llegué al Cielo, justo antes de que en él empezasen a ocurrir estas cosas tan extraordina…
Ah, ¿estás ahí? ¿Ya me estás leyendo? ¡Si no he hecho más que empezar! Si acabo de sentarme en mi nube a escribir, mojando una pluma de ángel en un tintero de noche, las cosas tan increíbles que están pasando estas últimas semanas en el Más Acá … Es decir, en lo que vosotros llamáis el Más Allá.
¡Y resulta que ya estás leyendo mi relato!
Bueno, pues ya que nos encontramos, me presentaré. Y, para ello, nada más adecuado que darte mi tarjeta:
¿Sorprendido? Sí, yo comprendo que no es nada frecuente que el narrador de una historia sea un muerto, pero no puedo evitarlo. No puedo evitar el estar muerto ni puedo aguantarme las ganas de contaros todo lo que viene ocurriendo aquí, precisamente desde el momento de mi llegada. ¡Y eso por pura casualidad! Porque tuve la suerte de llegar en el momento oportuno. ¡Como el vaquero o el detective en las películas…!
Como habéis visto, yo soy un amante del cine, un cinéfilo tremendo. El más ferviente admirador de los directores más geniales y los actores más famosos, y el más rendido enamorado de las más hermosas estrellas. Un devorador de películas. Un aficionado de tomo y lomo.
No hay más que ver mi habitación llena de pósters por todas partes para darse cuenta de lo chiflado que estoy por esa gente. Me duermo dirigiendo una última mirada a la rutilante imagen de Marilyn Monroe, que durante años ha velado —y a menudo turbado— mis sueños. Y, si doy vueltas en la cama sin poder dormir, veo por las paredes a Charlot con su bombín y su bastón, a Gary Cooper disparando su revólver y a Indiana Jones sudando la gota gorda a través de la selva.
Bueno, me doy cuenta de que estoy diciendo duermo, miro, doy vueltas, y en realidad debería decir dormía, miraba y daba vueltas. Todavía no me acostumbro a decir todo en pasado, ya que la sensación que tengo desde que estoy muerto es la de estar más vivo que nunca, porque me están pasando una cantidad de cosas tan apasionantes…
Como os iba diciendo, soy un forofo del Séptimo Arte. He sido fundador de cineclubs desde mis tiempos del bachillerato, crítico en revistas y periódicos, director de la Filmoteca Nacional, presidente de la Federación Española de Cineclubs y cliente insaciable de los videoclubs en los últimos años. Y, sobre todo, alguien que ha pasado los mejores ratos de su vida contemplando imágenes en movimiento sobre una pantalla.
Y, como quizás hayáis deducido, mi madre también. ¡Mi estrafalario y contradictorio nombre de pila, Juan Humphrey, se lo debo a ella! Mi padre quería que me llamase Juan, como él y mi abuelo y mi bisabuelo; pero ella quería ponerme el nombre del verdadero amor de su vida.
—Si me resigné a casarme contigo —le decía a mi padre, medio en broma, medio en serio— fue porque esa lagartona de Lauren Bacall me había birlado a mi verdadero y único amor… ¡Pero al menos mi hijo llevará su nombre!
Tras muchas discusiones llegaron a un acuerdo: Juan Humphrey.
Pues bien: gracias a los genes cinéfilos heredados de mi madre, gracias al hecho de ser yo tan amante del cine, gracias quizás al nombre que con tanto orgullo llevo, se dio el caso curioso de que yo, el día de mi muerte, me llevé una gran alegría. Bueno, primero, en el lecho de muerte, estaba hecho polvo. Hecho polvo porque así me dejó el autobús que me arrolló cuando yo salía de un cine, totalmente abstraído, saboreando aún la escena final de una película estupenda. Pero luego, en cuanto se produjo el despegue, yo subía y subía a través del espacio frotándome las manos y diciéndome, entusiasmado:
—¡Al fin podré verlos a todos! ¡Solamente yendo al Más Allá podré encontrar a mis ídolos de toda la vida! Allí conoceré personalmente a Ingrid Bergman y a mi tocayo Humphrey Bogart, a James Dean, Marilyn Monroe y Alfred Hitchcock. Allí estrecharé, emocionado, la mano de John Huston y de Luis Buñuel. Y allí podré contemplar de cerca, embelesado para toda la eternidad, a las más hermosas estrellas, las más inolvidables y exquisitas diosas de la pantalla… Las veré allí, flotando entre nubes, vestidas con vaporosos modelos diseñados para ellas por los arcángeles… Veré en persona, y ya de verdad en plena gloria, a todas esas beldades que hasta ahora sólo he podido ver en una pared blanca sobre la que cae un rayo de luz, o sobre la gélida superficie de una pantalla de televisión…
Y volé y volé, entusiasmado, a la busca de las estrellas. De pronto, mientras pasaba ante un letrero que decía “Al Cielo, 7 km”, me acudió una duda que me sobresaltó:
—Pero ¿estarán en el Cielo?
¡Horror! ¡Era verdad! ¿Y si habían ido a parar al Otro Sitio? (Sólo la posibilidad de mencionarlo con su nombre habitual me estremecía.) Yo, evidentemente, iba por el buen camino, tal como me garantizaban las tranquilizadoras flechas, pero ¿y mis ídolos? ¿Y mis admirados directores, a menudo soberbios y tiránicos? ¿Y mis bienamadas actrices, muchas ellas de vida no demasiado ejemplar? ¿No habrían tenido que seguir unos letreros muy distintos? ¡Esa terrible posibilidad me ponía los pelos de punta!
Hice el resto del camino lleno de zozobra. Y, cuando llegué a la portería, el corazón me daba saltos en el pecho.
Sentía verdadera curiosidad por ver a quién me encontraría allí, y a quién —desgraciadamente, tristemente, lamentablemente— no.
San Pedro dejó las gafas sobre el mostrador, bajo el cartel de RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN y junto al manojo de llaves, y bajó el volumen del televisor al oír mi saludo. La video estaba funcionando. Estaba viendo E. T. Me sonrió amablemente mientras me echaba un vistazo con esa mirada profesional de quien lleva muchos años al frente de un establecimiento. Y exclamó:
—¡Ah, el del autobús!
—¿Cómo lo sabe? —exclamé sorprendidísimo.
Encogiéndose de hombros señaló las paredes, abarrotadas de filas y filas de televisores negros y relucientes, como minúsculos ataúdes llenos de vertiginosas imágenes, en los que pude contemplar por un segundo muertes y muertes, accidentes y agonías. Aparté la vista, horrorizado, y dije:
—¿Cómo puede soportarlo? ¡Si parece el telediario!
—A todo se acostumbra uno. Y resulta fundamental para el buen funcionamiento de Recepción. Conforme veo que van muriendo voy pidiéndole a la computadora que me imprima sus fichas. Si no, a veces, se producen aglomeraciones.
Señaló la impresora que trepidaba sobre su mesa, arrancó el folio recién impreso y puso ante mis ojos atónitos mi propia ficha:
—¡Vaya! —exclamé entusiasmado—, no sabía que hubiese hecho tantas cosas buenas. ¡Qué alegría! Parece que eso me da derecho a un buen sitio. Y eso del día de salida, ¿qué es?
—Pues eso: que a los que tienen un buen saldo a su favor y añoran el mundo de los vivos se les permite visitarlo de incógnito de cuando en cuando.
Y, guiñándome amistosamente, añadió:
—A ti te he puesto los miércoles porque las entradas de los cines son más baratas.
No pude menos que estrechar su mano calurosamente, musitando sentidas frases de agradecimiento; él cortó modestamente mis efusiones, diciendo:
—No tiene importancia. ¡Pero, cuidado, que la película debe estar terminando!
Efectivamente, la historia del simpático extraterrestre tocaba a su fin. San Pedro abrió apresuradamente un armario, rebuscó entre los miles de cintas de video que allí había, y volvió con varias, explicándome:
—Es el video comunitario. Voy a poner La misión, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Indiana Jones y el templo de la perdición, Con la muerte en los talones y Viridiana… ¿Qué te parece?
—¡Hombre, un programón! Pero… —me atreví a preguntar— Viridiana, de mi admirado y querido paisano Luis Buñuel, ¿no les parece a ustedes, aquí, un tanto irreverente?
San Pedro se encogió de hombros y dijo:
—Al Jefe le encanta. La ha visto tres o cuatro veces…
Cogió una calculadora, sumó las duraciones de las cinco películas, miró el reloj de pared y concluyó:
—Magnífico: terminarán antes del concierto. Es que habrá un concierto con música de Mozart, ¿sabes? Dirigido por él, naturalmente. En aquella nube de allá, al fondo a la izquierda.
—¡Qué maravilla! ¡Mozart en directo! Eso no me lo pierdo por nada del mundo. ¡Qué alegría, haberse muerto! ¡Lo que me estaba perdiendo yo allí abajo! Y, además, podré volver al cine todos los miércoles… ¡Esto es la gloria!
Pero de pronto me quedé callado, pues quería plantearle cuanto antes mis inquietudes. No sabía cómo preguntarle crudamente si tales o cuales ídolos míos se habían salvado o estaban condenados al fuego eterno. ¡Me horrorizaba pensarlo! Me atreví a decir:
—Oiga, por cierto… Yo… quería preguntarle… ¿Quiénes están aquí? De los grandes del cine, quiero decir. Yo admiro mucho a algunos de ellos, tengo mis favoritos, lógicamente, ¿sabe?, y querría saber…
Sonrió campechanamente y dijo:
—Pregunta abiertamente. Aquí no hay secretos. Nadie está de incógnito ni se esconde de los demás. Todos llegáis deseando saber si está fulano o mengana, y estamos perfectamente organizados para informaros debidamente. Allí está la sala de ordenadores. Yo tengo que cambiar la película y, además, veo que llegan nuevos clientes, así que pasa a la sala e infórmate tú mismo. Ahora, si se trata de gente muy conocida seguro que yo sé si están o no están. Aunque son muchísimos y mi memoria ya no es la de antes, todavía tengo cabeza para eso.
Yo, con el alma en vilo, empecé:
—¿Está aquí Alfred Hitchcock? ¿Y John Huston? ¿Y Luis Buñuel? Y Mari…
Antes de que pudiera continuar, San Pedro se echó a reír sonoramente:
—¿Ésos? ¿Cómo no iban a estar aquí esos tres? ¡Si se han hecho los amos! ¡Si son la pandilla del Jefe! Forman un cuarteto inseparable. Ahí están los cuatro ahora mismo, en su despacho, echando una partida de mus —y señaló una enorme puerta blanca situada a sus espaldas. De su picaporte colgaba un cartelito que decía: NO MOLESTEN.
En ese momento, por un altavoz emergió una voz potente, grave y majestuosa, como venida de todo lo alto, que pronunció con un ligero acento hebreo estas palabras:
—Pedro, por favor mándanos a alguien con un whisky doble, un martini seco, una copa de coñac y mi ambrosía de costumbre. Y cualquier cosa de picar, ¿quieres? Gracias. Que Dios te lo pague.
—¡Caray! —grité yo, entusiasmado—. ¡Está clarísimo! Whisky para Huston, martini seco para Buñuel y el coñac para Hitchcock…
San Pedro me miró, sorprendido:
—Vaya, qué bien te conoces sus gustos. Pues anda, llévaselos tú mismo. El bar está al fondo del pasillo.
No había terminado de decirlo cuando yo ya estaba de vuelta con la bandeja, llamando con un tímido y respetuoso repiqueteo de nudillos a la puerta del Jefe.
Al otro lado sonaban unas voces que gritaban con acento inglés:
—¡¡¡Envido!!!
—¡¡¡Quiero!!!
Y otra voz ronca, aguardentosa y con marcado acento aragonés contestó a mis golpecitos:
—Si son las bebidas, ¡adelante!
Con el corazón palpitando, abrí y entré.
El Jefe y mis queridos y admirados cineastas estaban sentados alrededor de una mesa, posados sobre una confortable nube blanca y rodeados por una nube de humo negro, pues Huston y Buñuel estaban fumando como carreteros.
El Jefe, completamente pendiente del juego, se sentaba justo al borde de un inmenso trono barroco lleno de volutas doradas y de angelotes tallados en madera. Los otros tres jugadores se arrellanaban en las típicas butacas de los directores de cine, con sus apellidos escritos en los respaldos de lona anaranjada.
Carraspeé dos o tres veces, pero la partida estaba terminando en ese mismo instante y el Jefe acababa de ganar, cosa que debía ser habitual, a juzgar por el coro de exclamaciones que se alzó entre la humareda:
—¡Otra vez! ¡A esto no hay derecho! —protestó Buñuel—. ¡Qué mala pata tengo últimamente! Es que no gano ni una… Siempre gana él. ¡Claro, con eso de que es todopoderoso, ya podrá!
Huston, masticando furiosamente su cigarro puro, lo tiró a un rincón con un gesto de rabia y se quejó:
—Si es que nos gana siempre… Yo no gano desde hace yo qué sé… ¡Ya estoy harto! ¡Me está dejando sin un pavo!
Y sir Alfred, sin perder su compostura inglesa, comentó serenamente, con su aspecto de buda imperturbable:
—Pues yo no gano desde hace tanto tiempo que por fin voy comprendiendo lo que es la eternidad…
Luis Buñuel murmuró, dirigiéndose en voz baja a Huston:
—Si no fuese porque es infinitamente justo y misericordioso, yo diría que hace trampas.
El ganador, fingiendo que no había oído a Buñuel, le dijo a Hitchcock, sonriendo:
—¿Una eternidad? Si tú llevas aquí cuatro días… ¡Yo sí que llevo aquí una eternidad! Si no fuera por el mus… ¡Ah, hombre, aquí están las bebidas! Trae, trae…
Se me quedó mirando y me temblaron las piernas.
—Eres nuevo, ¿verdad? —me preguntó.
—Sííí —contesté con un hilo de voz, mientras ponía la bandeja sobre la mesa.
Me repuse un poco y, para coger confianza, me aferré a la presencia de un compatriota, ofreciéndole a Buñuel su martini seco con estas palabras:
—Su “buñueloni”, don Luis.
—¿Cómo dice? —preguntó haciendo pantalla con la mano en su oído sordo.
—Que aquí tiene su “buñueloni”, don Luis —repetí, alzando la voz; yo sabía que al genial director maño le encantaba que le hicieran el martini seco con arreglo a su receta personal, que había bautizado con esa deformación jocosa de su apellido, en un italiano macarrónico—. Se lo he preparado tal como a usted le gusta.
Y le guiñé. Buñuel bebió un sorbo y me sonrió agradecido. “Es verdad: tras su aspecto hosco se oculta una gran ternura”, me dije. Los otros tres bebieron al unísono, brindando:
—Brindo por que ganéis muchas veces —dijo el Jefe.
—Con una me conformo —dijo Buñuel, ejemplo preclaro del fatalismo hispánico.
—Pues yo brindo porque al menos no nos desplumes demasiado —se contentó Huston, hombre realista y práctico, sacando los fondos de sus bolsillos vacíos y dejándolos fuera del pantalón vaquero, ostensiblemente.
—Debemos alegrarnos de que gane Él —intervino sir Alfred con mansedumbre, adoptando su más inocente y plácida expresión y haciendo como si reprochara a sus compañeros esa actitud mezquina e interesada. Hizo una pausa para beber coñac y añadió—: Así se consuela.
—¿Cómo dices? —preguntó don Luis, que no lo había oído.
—¿Que se consuela de qué? —dijo Huston, intrigado.
El orondo sir Alfred sonrió aviesamente. Era el que más guardaba las formas, pero pronto habíamos de ver que también era el que estaba más dolido. Yo, conocedor de su sadismo refinado y su ironía cáustica y demoledora, lo miré asustado, temeroso de lo que podría decir. Y lo dijo. Mucho más de lo que yo pudiera haber imaginado:
—De sus fracasos —como todos los rostros se volvieran hacia él, alarmados, matizó cuidadosamente, con un tono de una cortesía y una corrección irreprochables—. Quiero decir que con sus éxitos en el juego se consuela de sus fracasos y, nosotros, como buenos amigos suyos que somos, debemos alegrarnos grandemente, ¿no os parece? Lo contrario sería una ruindad, queridos.
Y los amonestaba, balanceando su alzado dedo índice en dirección a sus dos desconcertados compañeros.
El Jefe lo miraba, estupefacto, mesándose la barba. Los demás nos mirábamos, helados. Yo pensaba:
“¡Qué sibilino es! ¿Adónde querrá ir a parar?”
John Huston, siempre audaz y decidido, fue el único que se atrevió a preguntar:
—¿A qué te refieres con eso de los fracasos?
Sir Alfred miró a todos como si estuviera extrañadísimo de que les chocara algo tan evidente, y aclaró, con un tono de voz más suave que nunca:
—Bueno, no creo que se le oculte a nadie que cualquiera de nosotros hemos tenido mucho más éxito en nuestro trabajo que Él. Por eso digo que si en esto de las cartas gana Él, tampoco debemos quejarnos. La Justicia Divina debe velar para que todas las gracias no se acumulen sobre las mismas personas, sino que por el contrario, se repartan equitativamente, ¿no creéis?
Al fin el Jefe le preguntó abiertamente:
