Veinticuatro horas en la vida de una mujer y otros relatos - Stefan Zweig - E-Book

Veinticuatro horas en la vida de una mujer y otros relatos E-Book

Zweig Stefan

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Beschreibung

Autor cosmopolita y añorante de una Europa que veía deshacerse, las cuatro narraciones que contiene este volumen "Veinticuatro horas en la vida de una mujer", "Carta de una desconocida", "La colección invisible" y "El refugiado" representan cuatro indiscutibles logros dentro de la producción narrativa de Stefan Zweig, así como algunas de sus piezas más representativas y mejor recibidas por crítica y público.

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Seitenzahl: 334

Veröffentlichungsjahr: 2023

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STEFAN ZWEIG

Veinticuatro horas en la vida de una mujery otros relatos

Edición de Miguel Ángel Vega

Traducción de Miguel Ángel Vega

INTRODUCCIÓN

Stefan Zweig y su secretaria y segunda mujer Lotte Altmann.

Caracterización aproximadade un autor poliédrico

ENTRE LA MEMORIA DEL BUEN TIEMPO PASADO Y LA NOSTALGIA DE EUROPA

HABLAR del cosmopolita autor que en sus páginas nos presentó los «momentos estelares de la humanidad» (Sternstunden der Menschheit, 1927-1940); nos introdujo, como si se tratara de un panóptico del pasado europeo, en las vidas y biografías de los personajes ilustres que habían protagonizado la reciente historia social y cultural de medio mundo (Magallanes, Erasmo, María Estuardo, Fouché, Casanova, María Antonieta, Hölderlin, Kleist, Freud, etc.) y nos paseó por el mundo tahúr del Montecarlo finisecular (Veinticuatro horas en la vida de una mujer), la feacia Viena franciscojosefina (Carta de una desconocida), las indolentes Indias holandesas (Amok), los bulevares del París de Entreguerras (Conocimiento casual de un oficio) o el futuro, hoy fracasado, del Brasil entonces prometedor (Brasil, país del futuro) —país en el que el autor acabaría sus días— obliga a aludir, como en ningún otro autor, al mundo en el que le tocó vivir —a saber, el que va de la belle époque a los locos años veinte y al apocalipsis del 39— y que él retrató, ya en la época de las dictaduras, en una especie de políptico autobiográfico pleno de nostalgia con el título de El mundo de ayer (Die Welt von Gestern). En ese ensayo-autobiografía recuperaba para la memoria —que entonces solo necesitaba ser eso, memoria a secas, sin calificativos— el mundo pasado de aquella época a la que los conflictos bélicos del 14-18 y del 39-45 condujeron al desagüe de la historia. De 1870 a 1914, a pesar de la «paz armada» y muchos otros conflictos y convulsiones menores —la cuestión de los Balcanes, por ejemplo, entonces todavía en estadio larvario—, Europa y Occidente vivieron una fase de desarrollo y bienestar que supuso un punto de referencia para los tiempos que siguieron. No en vano, Zweig subtituló su ensayo Die Welt von Gestern con la apostilla de Erinnerungen eines Europäers (El mundo de ayer. Memorias de un europeo). Escrito a partir de 1934, el autor lo envió a la imprenta sueca que más tarde lo publicaría (en 1944) poco antes de suicidarse en Petrópolis (Brasil) el 23 de febrero de 1942. Zweig fue, como pocos autores modernos lo fueron, un testigo de su época.

Quizás ya por boca del «narrador subrogado»1 de su novela Amok (1922)2, Zweig había expresado su amor a una Europa en trance de autoaniquilación, cuando hacía confesar al protagonista, un médico alemán voluntariamente desterrado en Malasia, su decepción tras su fracasado sueño oriental:

Era mi sueño, quería aprender los idiomas para leer los libros sagrados en el texto original, estudiar sus enfermedades, trabajar científicamente, analizar el alma de los nativos —como se dice en la jerga europea— para convertirme en un misionero de la humanidad, de la civilización. Todos los que vienen sueñan lo mismo. Pero en esa casa de cristal invisible te quedas sin fuerzas, la fiebre —te dará, por mucha quinina que tomes— se apodera de tu médula, te vuelves fláccido y perezoso, blando como una medusa. De alguna manera, como europeo, estás separado de tu verdadera naturaleza cuando sales de las grandes ciudades y llegas a esas malditas estaciones pantanosas […] algunos beben, otros fuman opio, otros se golpean y se convierten en bestias y todo el mundo recibe una inyección de locura. Uno añora Europa y sueña con volver un día a caminar por sus calles3.

ZWEIG, EUROPEO CONVICTO (Y CONFESO)

La destinataria de esos recuerdos era en efecto la clase lectora de una Europa ya hundida en la mayor barbarie bélica de la historia. Años antes un austroheleno de origen holandés, nacido en Japón de madre japonesa, Richard von Coudenhove-Kalergi, había lanzado, ante el futuro tenebroso que se presentía inmediato y en un intento de salvar al menos los muebles de la casa europea, su manifiesto paneuropeo (Pan-Europa, 1927). Todo en vano. Era una Europa, más que desesperada, sin esperanza en la que, por ejemplo, un Joseph Roth, amigo íntimo de Zweig, tras haber militado en el partido socialista austriaco, se confesaba partidario legitimista de los derrocados Habsburgo como posible tabla de salvación para una Austria que había encarnado de manera ejemplar la idea de la integración de los pueblos europeos. O eso, o retirarse a la Cripta de los Capuchinos vienesa a dormir con el káiser el sueño de los justos, pensaba Trotta, el protagonista de Joseph Roth en La cripta de los capuchinos4.

Esta añoranza europea del autor tenía motivos más que sobrados. La del «mundo de ayer» era todo lo contrario de aquella sociedad en la que, por los años treinta, vivía Zweig: una Europa que, desde finales de los años veinte del siglo XX, se disponía a la práctica de aquella «vida peligrosa» propuesta por Nietzsche y que hacía borrón y cuenta nueva del pasado en la confianza desmesurada en unos nuevos principios supuestamente salvíficos —los de la lucha de clases marxiana o los del ideario um Blut und Boden5, por ejemplo— encarnados en supuestos superhombres a los que en ocasiones un prematuro y mísero ocaso reducía a su condición humana, demasiado humana6. En general cabría decir que las sociedades de los años de Entreguerras representaban la consagración de un individualismo, paradójicamente, colectivista, en el que los grupos humanos se sometían servilmente a la dirección de un líder, que, más tiránico y despótico que carismático, imponía a sangre y fuego, sudor y lágrimas planes quinquenales, campos de reeducación y trabajo, marchas de multitudes y desfiles y demostraciones, en ocasiones cruentas. Son numerosos los personajes que en esa época convierten las sociedades que dirigen en sangriento campo de experimentación de sus ideologías… y/o intereses. El Stalin del «holodomor» (Голодомор, 1932-1933); el Hitler que pronto (en 1933) establecía ya el primer KZ en Dachau; el Bela Kun y sus «chicos de Lenin» que años antes (en 1919) habían ensangrentado la Hungría emancipada de los Habsburgo; el Mussolini que utilizaba el ricino como purga reeducadora; Codreanu y Antonescu que reprimían con puño de hierro las convulsiones sociales en Rumania; el Primo de Rivera que regía los destinos de España desde una dura «dictablanda» (1921-1928); el Lloyd George que trataba a la Irlanda rebelde (1921-1922) sin las consideraciones humanitarias que el Reino Unido siempre había predicado, que no cumplido; el Clemenceau que con sus implacables exigencias de paz se hacía acreedor del sobrenombre que la historia le ha dado (el Tigre), amén de la retahíla de dictadorzuelos, condottieri y generalitos hispanos de grandes entorchados —Machado y Trujillo en el Caribe; Pancho Villa, Zapata y Elías Calle y su «maximato» en Méjico; Uriburu en Argentina, etc.— son líderes que por esas fechas determinan la vida pública de las respectivas naciones sobre la base de la violencia y la ineficacia y en contraste con las figuras tutelares de la sociedad de antaño: el Francisco José de paso elástico y la emperatriz Elisabeth, encarnación del capricho; Victoria, la robusta y longeva monarca inglesa, y su esposo el reformista Alberto de Sajonia-Coburgo; el barbudo Guillermo I de Alemania y su férreo canciller Bismarck; el habilidoso ministro Cavour y Víctor Manuel, el rey de bolsillo al que sirvió, y muchos otros próceres de finales del XIX habían logrado imprimir en el mundo de entonces un ambiente de relativa prosperidad y confianza, precisamente aquel que Zweig describía como rasgo caracterizador de la Europa en la que había nacido y que estaba a punto de desaparecer:

Cada uno sabía cuánto poseía y cuánto le correspondía, sabía lo que le estaba permitido y lo que tenía prohibido. Todo tenía su norma, su medida concreta y su peso determinado. Quien tenía un capital podía calcular perfectamente cuántos intereses le corresponderían; el funcionario y el oficial podían encontrar en el calendario con toda certeza el año en el que debían ser ascendidos o en el que debían jubilarse. Cada familia tenía su presupuesto fijado y sabía cuánto tenían que gastar para la vivienda y la comida, para las vacaciones y para gastos de representación; además se disponía indefectiblemente una pequeña cantidad para imprevistos, enfermedades y médicos. Quien poseía una casa la consideraba como un hogar seguro para hijos y nietos, y hacienda y negocios se heredaban de generación en generación; y, cuando todavía el bebé yacía en la cuna, se depositaba en la hucha o en la libreta de ahorros un primer óbolo para el camino vital como pequeña reserva para el futuro. Todo estaba en este amplio reino fija e inamoviblemente en su lugar y en lo más alto de todo, el viejo káiser7.

Seguridad política, estabilidad social y aurea mediocritas económica eran los valores correctivos y terapéuticos que, observados en la época de fin de siglo, Zweig proponía ante aquel «malestar en la cultura» diagnosticado por Freud y que las violentas y huecas pretensiones de los regímenes soviéticos o del, por suerte, malogrado «imperio de los mil años» habían acrecentado. Vista desde los años treinta y desde el exilio londinense y brasileño, Zweig se expresaba positivamente sobre la belle époque europea en la que había crecido:

Cuando intento encontrar una fórmula manejable que defina la época anterior a la Primera Guerra Mundial, la época en que crecí, creo poder formularla de la manera más concisa si digo que fue la edad dorada de la seguridad8.

Quizás la visión retrospectiva del novelista Zweig pecara de optimista, pero el baño nostálgico de su mirada estaba más que justificado, si se piensa que aquel antaño austrohúngaro que añoraba, el de 1900, fungía como tertium comparationis de la época que había comenzado con el magnicidio de Sarajevo, había continuado con la revolución de octubre del 17, y, a través de inflaciones y devaluaciones de progresión geométrica, había finalizado en la más terrible conflagración bélica hasta entonces vista: la de 1939. Bien es verdad que Zweig era consciente de que aquel «mundo de ayer» había pecado, si no de ingenuidad, sí de presunción:

En esta confianza conmovedora de que uno se podría defender hasta el último resquicio frente a cualquier incursión del destino en su vida, yacía un grande y peligroso orgullo, a pesar de toda la solidez y modestia de su visión de la vida. El siglo XIX, en su idealismo de marchamo liberal, creía honradamente que estaba en el camino recto e infalible hacia el «mejor de los mundos»9.

Pero en todo caso tenía razón en esa melancolía por un pasado que, idealizado por la distancia y por la vivencia de un presente siniestro, él proponía como modelo a una época hundida en la incomodidad social, la insatisfacción y la inseguridad, y que en la guerra civil española ensayaba el enfrentamiento brutal de los dos bloques que dividían al mundo. La sensación que de la época tuvo también su primera esposa Friderike von Winternitz, quien muchos años después describió la época en unas memorias tituladas Destellos de vida. Memorias10, coincidía con el estado de cosas presentado por el autor, cuyo punto de vista, a pesar de su manifiesta sensibilidad social, era el propio de un miembro de la clase favorecida. Y, como la pareja Zweig, también muchos otros lanzaron, en medio de una república democrática —la austriaca— en la que prosperaba el antisemitismo, suspiros de resignación por el recuerdo de un mundo que fue mejor que la fama que sus detractores —Karl Kraus y compañía, por ejemplo: «campo de pruebas de la destrucción del mundo» llamaría el renegado autor de Die Fackel (La antorcha) al Imperio— habían fomentado y expandido. Por limitarnos a la Austria-Hungría de nuestro autor, el príncipe Erwein von Lobkowitz (Erinnerungen an die Monarchie)11 o Alexander Lernet-Holenia (Die Standarte), entre otros, lloraban sobre la leche derramada. La república austriaca, tan alegremente iniciada por el socialista K. Renner, pronto se manifestó, a pesar de los encomiados éxitos de la llamada «Viena roja», como una verzweifelte Republik (la «República desesperada»)12. En resumidas cuentas, aun admitiendo lo contradictorio y paradójico de aquel cuadro político y social en el que Zweig se convirtió en autor de éxito, cierto es que algo de razón llevaba para que, a las alturas de los años treinta —cuando empezó a escribir El mundo de ayer—, su mirada estuviera cargada de nostalgia. Unos consagrados analistas de la Viena de la época, aunque marcados por una cierta animadversión hacia la Kakania musiliana13, Janik y Toulmin (La Viena de Wittgenstein, 1974), no pueden por menos de admitir, por ejemplo, que «[…] a la Viena de Francisco José, en cuanto ciudad, solo se le podía comparar París. Este era el decorado de una Viena que rápidamente se convirtió, no ya en una ciudad, sino en el símbolo de una manera de vivir»14.

Precisamente, esa fue la manera de vivir que Zweig intentó recuperar y de la que muchas de sus obras son testimonio destacado. Y, aunque la suya no fuera una «búsqueda del tiempo perdido», sí fue un recuerdo del tiempo pasado no carente de añoranza. Es esa añoranza nostálgica la que rezuman sus obras del periodo inmediatamente posterior a la Guerra y en las que en más de una ocasión Zweig recupera los paisajes humanos de la sociedad de preguerra que, incluso en su miseria, mostraban unos comportamientos todavía anclados en cierta decencia ética. En El refugiado. Episodio a orillas del lago Lemán (Der Flüchtling. Eine Episode am Genfer See [1922], un soldado ruso, honrado y fiel servidor de su monarca en el frente ¡occidental! y prófugo de su unidad en desbandada, opta por el suicidio en las aguas del lago de Ginebra ante la idea de haber perdido su punto de referencia: el zar. El campesino o крестьянин del relato, una especie de granjero tolstoiano, manifiesta su falta de sentido crítico-social, pero al tiempo el ansia de una idea que le sirva de asidero vital.

En otra de sus obras posbélicas, Noche fantástica (Phantastische Nacht, 1922), referida a la sociedad de antes de la guerra, el protagonista, un elegante dandy vienés, caído en el lodazal de la marrullería, supuestamente impropia de su clase, experimenta una conversión —una conversión sin perspectiva religiosa, por supuesto— a los valores de la humanidad: tras apoderarse ilícitamente de ganancias ajenas en las apuestas hípicas, se redime rescatando del arroyo a una prostituta del Prater vienés y a los mozalbetes con los que esta se había conchabado, y repartiendo entre ellos el botín obtenido:

¿Cómo pude haber ignorado hasta entonces lo fácil que resulta y el bienestar que procura el dar alegría? De pronto los billetes de banco me quemaban el pecho y una vez los tuve en las manos […] querían salir de ellas también, para volar a lo desconocido. Y me dispuse a repartirlos, tanto los robados a Lajos como los míos, […] a todo el que quisiera uno. […] No dejaba de mirar a todas partes en busca de alguien que necesitara de mí, y, como nadie los pedía, los fui ofreciendo. A una ramera que se me dirigió le regalé uno; dos a un encendedor de faroles […]15.

Igualmente carácter de evocación de aquel mundo desaparecido, en el que una mujer decente intentaba salvar, a pesar de los recelos sociales, una vida masculina a la deriva, es el que impregna el relato de las Veinticuatro horas en la vida de una mujer, cuya acción Zweig sitúa, con cierta imprecisión, en aquella Riviera que a comienzos del siglo XX constituía la imagen desiderativa de todo buen burgués que se preciara: «En la pequeña pensión en la Riviera donde en aquel entonces, diez años antes de que estallara la guerra, residía […]». Para quien hubiera logrado el apetecido ascenso social, las posibilidades de disfrute vital —en la Costa Azul, en las marinas del Adriático o en los balnearios bálticos— rayaban en la inmoralidad… si no se tenía el freno de la conciencia colectiva o de la reflexión humanizadora: la «mujer» y el tahúr polaco protagonistas del relato eran dos posibles polos de aquellos colectivos privilegiados que, por lo demás, servían de objeto de emulación a las clases menos favorecidas.

Por eso, sus análisis del alma humana, realizados sobre el paisanaje que protagonizó la belle époque, tienen un valor añadido: el testimonial que supone la descripción de los ambientes físicos y los comportamientos sociales que, vivenciados previamente en sus numerosos viajes por el autor, son reflejados con minuciosidad y precisión como determinantes de la convivencia social. Desde la Inglaterra, repetidas veces visitada, de Una historia crepuscular (Geschichte in der Dämmerung, 1911), hasta las Indias holandesas de Amok, pasando por la Italia septentrional de los lagos alpinos de Novela veraniega (Sommernovellette, 1911) o la Ginebra au-dessus de la mêlée de El refugiado, Zweig documenta y perpetúa en su escritura, con una maestría que quizás solo Arthur Schnitzler supo superar, paisajes y paisanajes, medios y ambientes, estructuras y coyunturas característicos de aquel mundo europeo que tras la Guerra languidecía en espera, que no esperanza, de la que vendría.

Todo el «dulce encanto» que inspiraban a nuestro autor aquellas formas de vida de antaño y aquella mirada benevolente al mundo de preguerra y que manifestaba en sus relatos fueron desapareciendo o, al menos, perdiendo intensidad y motivación a medida que, avanzados los años veinte, se iban imponiendo las nuevas estructuras y coyunturas sociales, llámense rebelión de las masas, lucha de clases o cracks bursátiles. Si, hasta mediados de esos años, la mirada de Zweig había sido evocadora, recuperadora de un pasado —como la de Schnitzler—, a medida que avanzaba la década, sobre todo a partir del paulatino ascenso del tirano del bigotín de cepillo, su visión se iría haciendo cada vez más pesimista, premonitoria y orientada al futuro. En La calle del claro de luna (Mondscheingasse, 1929), su análisis se sumergía ya en un ambiente más viscoso, muy distinto de aquel que reflejaba en las Veinticuatro horas: el de la violencia marital. En otra novela, de título cargado de significado, Viaje al pasado (Reise in die Vergangenheit, 1929), y localizada en la Alemania que a finales de los años veinte asistía a La resistible ascensión de Arturo Ui16, la visión del autor perdía su carácter de evocación y adquiría tonos de premonición pesimista: sus protagonistas, cuyo amor había fraguado en la que el autor consideraba época de la seguridad, intentaban recuperar, tras la ausencia impuesta por el primer conflicto bélico, su vibrato emotivo y se reencontraban en uno de los escenarios donde antaño había cuajado su amor: tras un incómodo viaje en ferrocarril, la pareja no lograba avivar el fuego de la pasión en la estudiantil Heidelberg, quintaesencia del pasado romántico alemán. El paso del tiempo había dejado ya profundas huellas físicas y morales y, para colmo, el escenario escogido para su feed-back emotivo se hallaba invadido por las hordas de la cruz gamada. La sensación ganada por los dos viajeros al pasado era la de frustración: el tiempo perdido era ya irrecuperable:

En cuanto salieron por la puerta sintieron de golpe el rugido de una tempestad que se abatía sobre ellos arreciando con el ruido de los tambores, los agudos silbidos y el fragoroso estruendo de los gritos […], una manifestación patriótica de las uniones de combatientes y estudiantes. Muros que caminaban, escuadras que marchaban unas tras otras en líneas de a cuatro empavesadas con banderas, gentes con atuendos militares que desfilaban marcando el paso como un único hombre […]17.

Parecía la premonición del propio desenlace vital del autor, a pesar de que ya por esas fechas él se empleaba a fondo en prevenir otro desenlace bélico de la situación en medio de una lucha personal contra la depresión que se iba apoderando de él:

Al echar ahora un vistazo a Europa se tiene la sensación de que los países del viejo continente se encuentran en un extraño estado de irritabilidad […] todo el mundo en Europa vive sobrecogido por el miedo de que de un momento a otro estalle una gran catástrofe […] es posible que ahora hayan cambiado los enemigos y que los odios vayan en otras direcciones que durante la Guerra del 14. Ahora existe un odio de sistema a sistema, de partido a partido, de clase a clase, de raza a raza, de ideología a ideología. Pero en el fondo el odio es el mismo que en 191418.

Tal era el mensaje que Zweig lanzaba en una conferencia pronunciada ante público americano poco antes de la guerra. Hacía algunos años que se había separado de la que había sido su primera mujer, Friderike, y ya había tenido que dejar su refugio en el Kapuzinerberg de Salzburgo ante las presiones de las hordas pardas19. La paulatina desesperación que, fraguada a costa de desengaños, que no fracasos, y de un creciente malestar que sentía en la cultura que surgía, le llevaría a optar por salirse voluntariamente de aquel mundo imitando a más de uno de los protagonistas de sus relatos. Tras un accidentado exilio (que le llevó a París, Londres, Estados Unidos y Brasil), optó por evitar el futuro incierto que se le venía encima, mientras Europa se consumía en una nueva guerra mundial. Más que por miedo, por desesperanza ante lo que estaba sucediendo —la presencia aniquiladora de Hitler y la Guerra Mundial por él desencadenada—, decidió quitarse de en medio y del mundo, no sin antes dejar como legado su diagnóstico sobre un sistema social que prebostes políticos, bonzos sociales y manos negras de guante blanco —¿los Rockefeller, los Krupp y los Agnelli de entonces?— hundieron a fuerza de cañonazos, revoluciones, estafas y dictaduras: los «recuerdos de un europeo» eran al tiempo memoria y amonestación.

En todo caso, el juicio benévolo que emitió sobre una época que, sin duda, también tuvo su oscuridad le granjearía la imagen de un autor descomprometido, y, si bien no manifestó, como le reprochó Broch, una resistencia activa contra el nazismo, en muchos de sus escritos se expresó como un convencido pacifista, como una personalidad auténticamente comprometida con los valores del progreso y de la igualdad sociales. Si al principio de la Guerra se mostró entusiasmado por el empuje de Alemania en Bélgica, poco a poco fue derivando hacia un rechazo radical de la violencia. Más adelante excusó su silencio frente al régimen nazi, que había quemado sus libros y le obligó al exilio, fundándose en el peligro que sus manifestaciones habrían podido suponer para sus «correligionarios» semitas en Alemania.

ZWEIG, (AUTO)RETRATO DEL «HOMO VIATOR»

La de Zweig fue una época que, confiada en la educación, había llegado al convencimiento de que la función desempeñada a la larga crea, si no el órgano, sí el tipo, la forma de vida que determina los comportamientos. A principios de siglo, Eduard Spranger aparecía con sus Lebensformen (Formas vitales, 1914), un tratado de psicología social cuya tesis nuclear venía a proponer la determinación de los comportamientos y actividades del individuo por la predisposición, innata y/o adquirida, a configurar la propia existencia desde un sistema de querencias, valores y aptitudes que la educación y la pedagogía podían desarrollar y orientar20. Homo faber21 (Marx), homo ludens (Huizinga), homo religiosus (Mircea Eliade), homo oeconomicus (Stuart Mill) han sido, entre otras, algunas de las designaciones que han servido para tipificar y caracterizar la variada casuística operativa del individuo y sus comportamientos.

Una de las variantes tipológicas de la época, formulada no con el sentido teológico que inicialmente tuvo, sino con el valor descriptivo de los comportamientos sociales y que fue típica de la Europa finisecular es la del homo viator, el hombre peregrino, profesional de la itinerancia que determina su decurso existencial practicando un nomadismo voluntario, que todavía hoy, quizás más que nunca, persiste. El peregrinaje laico, con metas de marcado contenido cultural o de belleza natural, sustituía a la peregrinación religiosa que antaño, en la Edad Media, había tenido como referencia el culto a los santos —en el cristianismo— o la fe religiosa —en el cristianismo y en el islam—. Era una forma de vida profesada por muchos miembros de aquella sociedad finisecular que, gracias a una independencia económica o, en su caso, a un desclasamiento voluntariamente escogido —los casos de Gauguin y Van Gogh son paradigmáticos al respecto—, llenaban su agenda vital con el conocimiento, la vivencia y el disfrute de los ambientes urbanos, paisajísticos o culturales que visitaban, así como con la integración de ellos en la propia personalidad con el objeto de dar contenidos a su vida… hasta que esta les arrumbara en su meta final: la senilidad o la enfermedad. Era la eclosión del moderno turismo de masas. En Niza, el paseo que bordea su playa se dedicaba al grupo nacional que en mayor número visitaba la ciudad y surgía la Promenade des Anglais. Las fondas y posadas cedían espacio a los grandes hoteles, nacía o se implementaba la industria del equipamiento turístico —la cámara fotográfica, el souvenir, la tarjeta postal, la guía— y el recordatorio pío que antaño, en el viaje de regreso, portaban los devotos peregrinos (la estampita, la figura del santo o la reliquia en el mejor de los casos) tenía (y tiene todavía hoy) su pendant laico en la postal, en la bolita de nieve de Nôtre Dame o en la pequeña torre Eiffel de baquelita o de vidrio que pretendían perpetuar la sensación de los momentos o etapas viajeras. Los mentores de la sociedad —mayormente los artistas y escritores en una época en la que por suerte no existían influencers profesionales— dieron buen ejemplo de esa forma de vida viajera22, y ya desde mediados del siglo XIX, es decir, desde la aparición del vapor como fuerza motriz de la movilidad humana, empezaron a dispersarse por la variada geografía del planeta. La sociología autorial y artística de esa época está plagada de semejantes biografías itinerantes: las de Gauguin (Polinesia, Arles, Martinica, Islas Marquesas), Delacroix (París, España, Marruecos, Argelia), Kipling (la India, Londres, Estados Unidos, África) d’Annunzio (Roma, Carnaro, Gardone), Rilke (Praga, Kazán, Worpswede, Berlín, París, Toledo, Ronda, Muzot), Däubler (Viena, Nápoles, Oriente), Diefenbach23 (Viena, Egipto, Capri), o, sobre todo, la de Nietzsche (Basilea, Rusia, Roma, Sils Maria, Eze, Turín, Naumburg, Weimar). Son todas ellas personalidades que voluntariamente tachan de su vocabulario emocional el término «hogar». Una compatriota de Zweig, Vicky Baum, al titular su novela —referida al ya convulso ambiente berlinés de los años treinta— con el epígrafe Menschen im Hotel (= «personas en el hotel»24, Gran Hotel en la edición española) suministró una detallada radiografía psicológica de ese tipo de hombre/mujer que había hecho del hall del hotel su espacio vital. La forma de vida de muchos de los protagonistas de los relatos de la época era la que podíamos denominar «la existencia en foyer». O la vida fuera del hogar. Se trataba de vazierende Menschen, de seres desocupados que podían pasar sus horas, como la «mujer de las veinticuatro horas» del relato zweigiano, en el casino, dedicados a contemplar el ansia ludópata de los concurrentes, o, como el protagonista de Noche fantástica (Phantastische Nacht), ensayando en el hipódromo de la Krieau25 vienesa una liaison dangereuse de resolución incierta. Cada nuevo ambiente visitado, con sus matices y particularidades, modificaba levemente el comportamiento que su forma de vida determinaba, y al autor, al intentar reproducirlo, le daba pie para lucir su habilidad descriptora de impresiones. No en vano el impresionismo, no solo pictórico, seguía haciendo escuela en la época.

La realización concreta de esa estructura existencial, llámese traveller, Reisender, voyageur o viajero, caminante del mundo y practicante del roaming pretelefónico —el Wanderer über dem Nebelmeer de Caspar David Friedrich podría ser su prototipo—, fue escogido por Zweig como tipo humano característico de la época —como hoy lo sería el «turista ryan air»— sobre el que reflexionar y al que analizar, situándolo en uno de los ambientes más característicos: die Sommerfrische, la villeggiatura26, escenario, más que de «vacaciones», de «residencia de temporada». Th. Mann en La muerte en Venecia nos suministró una descripción insuperable del surgimiento en el alma de esa pulsio itinerandi que, basada en lo que los románticos alemanes llamaban Sehnsucht in die Ferne —«añoranza de lejanía»—, impulsa a la movilidad, a hacer próxima la lejanía: cuando el célebre escritor Gustav Aschenbach, para descansar de la fatiga mental que le produce el trabajo creativo, emprende un paseo por las afueras de Múnich, avista un forastero de extraño atuendo y súbitamente brota en él el deseo del viaje: Reiselust.

Fuera que el aspecto peregrinante del extraño hubiera provocado su imaginación o que cualquier resorte físico o mental estuviera actuando en su interior, notó que una rara sensación se apoderaba totalmente de él […] una especie de inquietud errante, juvenilmente sedienta. Anhelo de lo lejano, un sentimiento tan vívido, tan nuevo […] era el deseo de viajar27.

En ese tipo de hombre movido por el placer de viajar, los autores mostraban los motivos y formas de comportamiento característicos de la época, que ellos, con gran detalle y minuciosidad, observaban en sus más inaparentes matices y en cuya descripción Zweig se mostró un hábil maestro. Como si hubiera advertido el placer lector que el tipo de hombre de la época sentía al verse reconocido en una de las situaciones, el viaje, que más se prestaba para expresar la propia originalidad, lo explotó argumentalmente. En efecto, son varios los relatos en los que el narrador (de) Zweig presenta a sus protagonistas en trance viajero, en situación de desplazamiento, de itinerancia, de encuentro con lo no habitual. El primer gran éxito narrativo de nuestro autor, Ardiente secreto (Brennendes Geheimnis, 1911), situaba la acción y a los protagonistas en el desocupado mundo vacacionista del Semmering28, mundano resort de montaña en las proximidades de Viena. El deuteragonista del relato, un noble de media alcurnia, daba expresión, en el foyer de un elegante Kurhotel (quizás el célebre Panhans) de la montaña vienesa, a sus motivos viajeros, entre ellos la hipocondría y malhumor —lo que los ingleses de la época llamaban spleen— que portaba dentro de sí:

Llegado al hotel, los primeros pasos del joven se dirigieron a comprobar la lista de huéspedes presentes, que, tras revisarla, pronto lo desilusionó. «¿Para qué habré venido aquí?», comenzó a preguntarse con desazón. «Estar aquí en la montaña solo, sin compañía, es peor que quedarse en la oficina del Negociado. Al parecer he llegado o demasiado temprano o demasiado tarde. Nunca tengo suerte con mis vacaciones. No encuentro ni un solo nombre conocido entre toda la gente. ¡Si al menos hubiera allí un par de mujeres, aunque fueran bajitas, en último caso hasta una coquetilla inocente, para no pasar esta semana demasiado aislado!».

El joven, un barón de la nobleza oficial austriaca de poco renombre y empleado en una oficina de la administración del Estado, se había tomado vacaciones sin ninguna necesidad, en realidad solo porque todos sus colegas tenían una semana de primavera y él no quería regalar la suya a la administración29.

El destinatario de la misteriosa «carta», de remite anónimo, que el «célebre escritor vienés» recibe y que revolverá sus recuerdos emocionales en Carta de una desconocida, aparece en el relato de vuelta de una reconfortante escapada de descanso a la montaña. Y, en la narración que da título al presente volumen, tanto el relato pretextual —el episodio de infidelidad conyugal en el hotel de la Riviera— como el textual —la confesión de la mujer protagonista de las veinticuatro horas— tienen como contexto una situación de holganza vacacional en la que participan un aburrido danés dedicado a la pesca, un comerciante lionés con familia, una pareja de alemanes entregada a la colección de momentos y lugares fotográficos, y la aristócrata inglesa, la «mujer» que pasa el tiempo enfrascada en sus lecturas y en sus recuerdos. En La mujer y el paisaje (Die Frau und die Landschaft, 1922), el protagonista, víctima psicológica de la sequía que asola el país, se ha refugiado inútilmente en las montañas tirolesas. Y en Novela veraniega (Sommernovellette, 1911) el narrador recupera la vivencia de una estancia a orillas del lago de Como:

El mes de agosto del pasado verano lo pasé en Cadenabbia, uno de esos pueblecitos del lago de Como que se ocultan tan atractivamente entre villas blancas y oscuros bosques. Tranquila y pacífica, quizás incluso en los días más animados de la primavera, cuando los viajeros de Bellagio y Menaggio añoran su estrecha playa, la ciudad mostraba una soledad fragante e iluminada por el sol durante esas semanas cálidas30.

Por lo demás, en sus obras son frecuentes las descripciones de los comportamientos marcados por el dolce non far’ niente de sus protagonistas en trance de viaje. Así, desembarcado en una ciudad costera del Midi, el narrador de La calle del claro de luna (Mondscheingasse, 1922) se dedica, mientras espera la conexión ferroviaria a Alemania, a vagar sin rumbo por las callejas del barrio marinero para acabar exclamando:

[…] me gustan esas calles de las ciudades forasteras, mercado turbio de todas las pasiones […] andaba al azar… solo sabía que era un forastero desprendido de todo, sin propósito ni misión ninguna […] la única emoción era esta: que no me iba nada en lo que sucedía y, sin embargo, me pertenecía todo31.

Él mismo, empedernido viajero, como confesaba en temprana carta a Hermann Hesse32, no desdeñó ensayar un género que, a pesar de contar con grandes obras maestras —los «viajes a Italia» de Montaigne y de Goethe—, le cuesta entrar en los gustos del público lector: el diario o informe de viaje. Su evocación de Argelia («Acuarela vespertina de Argel»33), su Viaje a Rusia (1928) o su ensayo Brasil país del futuro, entre otros, son magistrales informes de viaje, de diverso formato, que convierten la reflexión a la que el desplazamiento le incita en un ejercicio de observación imparcial, aunque no siempre acertada34, y de análisis de impresiones propias en contraste con la alteridad que cada uno de los países visitados le ofrecía. Incluso las impresiones que sus viajes le producían fueron ocasionalmente transformadas en material poético que en parte recogió en los poemarios sucesivos a las primerizas Silberne Saiten («Cuerdas de plata», 1901). En Die frühen Kränze («Las nuevas guirnaldas», 1906), un apartado bajo el epígrafe de Fahrten (Viajes) expresaba el sentido cosmopolita de la existencia que el viaje le provocaba:

Aún no me ha atado un vínculo querido

A la vida con reposado sentido,

Mi patria todo país seguirá siendo

En el que huésped sea en ese momento.

Espléndidas calles recorro

Como polvo que tras las ruedas corre

Y bajo techo descanso gustoso

Donde ningún corazón el mío conoce.

Y en su tercera colección poética, titulada directamente Neue Fahrten («Nuevos viajes», 1917), un poemilla, titulado Hymne an die Reise («Himno al viaje»), ensalzaba la función antropológica de la itinerancia. La primera y la última cuarteta rezaban como siguen:

Raíles, azules venas de acero,

Recorren cual red veloz el orbe.

Corazón, vete, apresúrate y viaja con ellos,

Que solo de la ley y el poder escapas en el vuelo […]

Y meciéndose de lejanía en lejanía,

Tu alma crece y más clara se vuelve tu vista,

como el mundo, danzando entre estrellas,

reposa en buena música35.

No es que los versos alcancen una gran altura poética, pero, al menos, son indicativos del élan viajero que durante su vida impulsó el hacer del escritor austriaco, que en sus escritos ha dado señales de estar al tanto de las rutas por las que circulaba la savia viajera de la época y las metas en las que el habitante de la vieja Europa rejuvenecía sus energías. Los lagos alpinos, la Riviera, la Provenza, Escocia o París son escenarios en los que Zweig ha puesto de manifiesto que el viaje mayormente era una huida externa de problemas interiores.

Por otra parte, consciente de la conexión entre forma de vida, medio ambiente y comportamiento humano, Zweig dedica en sus relatos aproximaciones ambientales al núcleo argumental a través de descripciones topográficas, prosopográficas e incluso climatológicas —sin llegar a los excesos de Musil en su El hombre sin atributos36—. La climatología, una determinación fundamental del viaje, es un punto frecuente de referencia. La lluvia impertinente que cae sobre Montecarlo será el motivo de aproximación de la mujer al presunto suicida en Veinticuatro horas en la vida de una mujer. En La inesperada revelación de un oficio (Unvermutete Bekanntschaft mit einem Handwerk, 1935) introduce la acción con una referencia climatológica:

¡Qué espléndido tiempo el de aquella mañana de abril del 1931! —fecha memorable, por cierto—. El aire, como un caramelo, tenía un sabor dulce, refrescante; era húmedo y luciente; primavera filtrada, ozono sin falsificación. En medio del boulevard de Strassbourg se aspiraba con sorpresa un aroma de pradera y mar removidos. Esta bendición era obra de uno de esos chaparrones caprichosos de abril con que la primavera suele anunciarse37.

Y no menos detallada es la descripción de los agobiantes calores veraniegos que en La mujer y el paisaje son determinantes en el proceso interior de los protagonistas:

Sucedió aquel caluroso verano que provocó pérdidas fatales de cosechas en todo el país debido a la falta de lluvias y a la sequía, y durante años permaneció como recuerdo espantoso de la gente. Ya en los meses de junio y julio, solo unos fugaces aguaceros rozaban los sedientos campos, pero desde que había entrado el mes de agosto no había caído ni una gota, e incluso aquí arriba, en el alto valle del Tirol, donde yo, como tantos otros, había esperado un alivio refrescante, el aire brillaba con un color azafrán que resplandecía de fuego y polvo. Ya temprano por la mañana, el sol, amarillo y opaco como el ojo de un hombre febril, miraba desde el cielo vacío el paisaje muerto38.

Cabe decir que, desde este punto de vista, Zweig es uno de los más destacados testigos literarios de una forma de vida que, exacerbada en nuestros días, plantea numerosos problemas de relación con el ambiente y con el sistema organizativo de la propia especie. Quizás la suya sea el ejemplo de una forma vital que, sin otro motivo que un nervioso nomadismo, descubre al final que la itinerancia como hábito, y en ocasiones sin rumbo, tiene un paradójico desenlace natural en el cansancio del descanso, en el hartazgo existencial y quizás en el sinsentido39.

ZWEIG, NOVELISTA FREUDIANO. COMO ARTHUR SCHNITZLER

Si Zweig fue maestro en la captación y descripción de los ambientes sociales, no lo fue menos en el análisis de las reacciones con las que el individuo responde a los estímulos que, viniendo de fuera, despiertan en su interior dinamismos aparentemente dormidos y que, incluso emergidos a la superficie de la conciencia, siguen siendo involuntarios y en parte indomeñables. Algunos de sus ensayos aluden a ese intento de penetración en los recovecos escondidos del alma. Tal, por ejemplo, el capítulo Die Pathologie des Gefühls en Der Kampf mit dem Dämon dedicado al currículum interior de Kleist, que acabó en suicidio. Zweig lo confesó en varias ocasiones: su trabajo era lo psicológico y estaba convencido de que el seguimiento de los procesos psicológicos era tarea del momento, tal y como confesaba en carta a Freud —de 3 de noviembre de 1920—, que tenía como tema la patología de Dostoievski. En ella le contestaba al maestro del psicoanálisis: «Su descubrimiento del alma se convertirá en un patrimonio común, en ciencia europea»40. Y, en otra posterior de 15 de abril de 1925, manifestaba su dependencia del método freudiano:

Algunos capítulos como —Die Pathologie des Gefühls— en el caso de Kleist o —Apologie der Krankheit— en Nietzsche no hubiera podido escribirlos nunca sin usted […]. Usted nos ha enseñado a tener el coraje de acercarnos a las cosas sin temor y a lo exterior e interior del sentimiento sin falso pudor41.

Y en carta a Schnitzler, el otro gran escritor freudiano42 que en 1913 le había enviado su Frau Beate und ihr Sohn (Frau Beate y su hijo)43, resaltaba el valor de descubierta interior que la obra suponía:

[…] he tenido esa sensación que le sobreviene a uno cuando no solo acaricia las existencias en un punto casual de su destino, sino que las vive hasta ese núcleo más íntimo donde la sima total de su vida se condensa en un extracto de gran intensidad […] aborda con gran veracidad la primitividad sexual, mientras que la mayoría de la gente, por una curiosa hipocresía interior, adorna sus sentimientos puramente sexuales con el concepto del amor […]44.

Ese «núcleo más íntimo donde se condensa la sima total» de la vida, expresión que sin duda alude a las profundidades psíquicas descubiertas por Freud, es lo que Zweig ha perseguido a lo largo de su novelística y, quizás, de sus biografías. El perfil psicológico de María Antonieta trazado por Zweig, por ejemplo, va tras la seelische Wahrheit (la verdad anímica) y trasciende la imagen frivolona que de la reina de Francia se ha entregado al gran público. La tragedia del matrimonio real cífrala nuestro autor sobre todo en el complejo de inferioridad que arrastraba el monarca a causa de su prolongado sexuelles Versagen, es decir, de su impotencia sexual45. Que en la descripción de todo el proceso Zweig haya sido justo con la austriaca es cuestión aparte, pero el hecho es que él hace depender el episodio histórico de lo psicológico: el monarca obviaba sus deberes y se entregaba a ejercicios físicos que pretendían encubrir sus deficiencias: als Hephaistos fühlt sich wohl, wer den Dienst der Venus schlecht versieht46.