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El agua que se colaba por entre las rendijas de la chapa caía fría y hería como el filo de una navaja. Dentro de un bidón oxidado arden, dando un poco de calor a este gélido infierno, las tablas desvencijadas de un palet arrastrado por las negras meretrices para calentar las noches de espera entre un putero y otro. El interior de aquel almacén, sucio, húmedo y espeso como el interior de un panteón, colonizado por escombros, basura y miseria alberga a jóvenes rumanas, africanas y alguna que otra desgraciada nativa que, expulsada de otros campos de miseria, han sido autorizadas por el gobernante de aquel inframundo a permanecer en el Hades de la Colonia Marconi.
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Seitenzahl: 334
Veröffentlichungsjahr: 2024
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DRAMATIS PERSONAE
Introducción
PRIMERA FAROLA CAPITALISMO Y LIBRE MERCADO
SEGUNDA FAROLA CAPITALISMO Y LIBRE MERCADO
TERCERA FAROLA EL FAROLAS, LAS LUMIS Y LA COLONIA MARCONI
CUARTA FAROLA UNA FISCAL DE LAS URSULINAS
QUINTA FAROLA COMIENDO A LA SOMBRA DEL MONTE ABANTOS
SEXTA FAROLA COMO LOS BICHOS DE NGORONGORO
SÉPTIMA FAROLA UN TRAGO DE GRAPPA DI LANGA
OCTAVA FAROLA EL ENTRAMADO HASJANÁ
NOVENA FAROLA UN LOQUERO EN COMISARÍA
DÉCIMA FAROLA RELAXING CUP IN MADRID
UNDÉCIMA FAROLA MATRIOSKAS
DUODÉCIMA FAROLA UN FIN DE SEMANA JUNTO AL DUERO
DÉCIMA TERCERA FAROLA LOS RUSOS SE MOJAN
DÉCIMA TERCERA FAROLA LOS RUSOS SE MOJAN
DÉCIMA QUINTA FAROLA ESCUCHANDO A SOFRONITSKY
DÉCIMA SEXTA FAROLA APARECE HASHANÁ
DÉCIMA SÉPTIMA FAROLA CONOCIENDO AL ENEMIGO
DÉCIMA OCTAVA FAROLA CONOCIENDO AL ENEMIGO
DÉCIMA NOVENA FAROLA CONOCIENDO AL ENEMIGO
VIGÉSIMA FAROLA UN SOBRE CON FOTOGRAFÍAS
VIGÉSIMA PRIMERA FAROLA LA CITA
VIGÉSIMA SEGUNDA FAROLA FUERA DE LA INVESTIGACIÓN
VIGÉSIMA TERCERA FAROLA FUERA DE LA INVESTIGACIÓN
VIGÉSIMA CUARTA FAROLA CRIMEN EN LA MARCONI
VIGÉSIMA QUINTA FAROLA VACACIONES
VIGÉSIMA SEXTA FAROLA HECTOR MANCINI
VIGÉSIMA SEPTIMA FAROLA SIGUEN DE VACACIONES
VIGÉSIMA OCTAVA FAROLA COMIENDO EN EL REAL CLUB DEPORTIVO
VIGÉSIMA NOVENA FAROLA PONIENDO LAS CARTAS BOCA ARRIBA
TRIGÉSIMA FAROLA LA GRANJA
TRIGÉSIMA PRIMERA FAROLA POR FIN UNA PISTA
TRIGÉSIMA SEGUNDA FAROLA CERCANDO A LOS NARCOS
TRIGÉSIMA TERCERA FAROLA VIAJE A RUSIA
TRIGÉSIMA CUARTA FAROLA LA REDADA CONTRA EL NARCO
TRIGÉSIMA QUINTA FAROLA TRIGÉSIMA CUARTA FAROLA LA REDADA CONTRA EL NARCO
TRIGÉSIMA SEXTA FAROLA CAEN LOS COLOMBIANOS
TRIGÉSIMA SÉPTIMA FAROLA VIAJERO EN RUSIA
VIAJERO EN RUSIA
TRIGÉSIMA NOVENA FAROLA LA PRENSA. SIEMPRE LA PRENSA
EPÍLOGO
AGRADECIMIENTOS
ABENOZA, Carmen. Telefonista de la Comisaría de Chamartín.
ARRANZ NICOLÁS, Javier. Científico.
ASKENAZ, Dieter. Persona interpuesta que figuraba como propietario de Pigmalion y Génesis.
AGUIRRE, José María. Barón de San Nicolas.
Amigo de Pizarro y miembro del Real Club Deportivo.
AYUSO, Jairo. Miembro del cartel colombiano.
BALO, Chus. Comisario Jefe de la Comisaría Central de Madrid.
BALLESTEROS HERRERO, Eusebio. Agricultor con una huerta en Peñaranda de Duero, Burgos, que surte de verduras, frutas y hortalizas a los mejores restaurantes de España.
BILLOTTI, Juan Carlos. Arquitecto piamontés. Molinero y amigo de Pizarro.
CABEZUELO, José. Cura. Amigo del padre de Pizarro que acoge a Nicoletta y su hijo en Robledondo, el pueblo donde imparte su magisterio.
CARRASCO, María Luisa. Viajera infatigable.
CERVERA, Inmaculada. Propietaria del campo de golf junto a la granja.
CERRATO. Presidente de Pigmalión España y representante en nuestro país de las empresas de Hashaná.
DE VILLAESCUSA, Darío. Embajador retirado. Colaborador policial.
DEL CASTILLO, Victoria. Subcomisaria. Mano derecha de Pizarro.
ESPINOSA, Santiago. General del cuerpo de Caballería. Ahora es general jefe de la Subdirección General de Logística e Innovación de la Policiía Nacional.
FONTAINETAJA, Alex. Inspector jefe de la Dirección de Inteligencia de la Sécurité francesa.
GARCÍA-OREA, Javier. Ingeniero, psicólogo y fotógrafo. Técnico Especialista del Centro de Estudios del Comportamiento Criminal de la Policía Nacional y experto en Psicología Anomalística.
GONSALVES. John Byron. Miembro del cártel colombiano.
HASHANÁ, Rosh. El malo de la novela
HIGUERO, Antonio. Policía que trabuca palabras.
CHÂTEAU HONDUVILLE, Marie des Anges.
Enclace franco-español. Colaboradora del CNI.
JATO, José María. Director General de la Policía.
LLOBREGAT, Mar. Responsable de admisión en la estafeta de Correos.
LUCESCU, Nicoletta. Prostituta rumana. Pareja de El Farolas.
LUCESCU, Adrián. Hijo de Nicoletta.
M. SANCHO, Pilar. Cantante y turista burgalesa amiga de Pizarro y Balo.
MADRONA, Maite. Delegada del gobierno en Andalucía.
MANCINI, Héctor. Jugador de polo, pareja de la juez Muñoyerro.
MARTÍNEZ YEBRA, Juan. Juez sustituto que lleva la Instrucción tras el abandono de Muñoyerro.
MEAGHER, Martin. Cónsul General de Irlanda en Vizcaya.
MUÑOYERRO-MENDOZA DE LA CERDA Y
ÁLVAREZ DE TOLEDO, Adelia. Juez instructora.
MUÑOZ, Arantxa. Tatuadora y piercer.
Propietaria de Piercing Marrakech.
MUÑOZ, Carlos. Viajero infatigable.
NICOLÁS, Sergio. Especialista er reconocimiento facial de la policía.
OUTEIRIÑO, Maru. Molinera de Cariño, La Coruña. Amiga de Pizarro.
PASTRANA, Catalina. Fiscal.
PIZARRO, José. Comisario de Policía. Tiene a su cargo la investigación.
PEÑA, Tomás. Banquero jubilado. Colabora con la policía en temas bancarios.
PEÑA, Antonio. Técnico adscrito al Servicio de Vigilancia Aduanera y colaborador con la Policía en este caso.
PEÑALBA, Teresa. Ganadera de porcino.
Asesora a la policía en este caso.
PORTILLO, Hernán, alias Farolas. Agente del
Cuerpo Superior de Policía.
REQUENA, Hilario. Inspector de Policía.
ROMERO, José María. Comisario de policía.
Compañero de promoción del comisario Pizarro y Hernán Portillo.
SÁNCHEZ, Edelmiro. Jefe narco.
SISANTE, José. Capitán de Navío de la Armada.
Experto en farmacología y Biofarmacia.
SOBREVIELA, Eduardo. Inspector de Policía.
LAIZTOVICH, Rudolf. Agregado de la Embajada de Rusia en España
VALBUENA, Rosa. Secretaria del Director de la Policía.
YAGÜE, Gonzalo. Técnico Informático de la Policía.
A comienzos del mes de marzo del año 2020 y desde Wuhan, en China, un virus que la Organización Mundial de la Salud denomina Coronavirus Disease 2019, y posteriormente denomina con el acrónimo COVID-19 es declarado, como pandemia. Los gobiernos de todo el mundo, con mayor o menor reflejos ponen en marcha las barreras oportunas para impedir el contagio. Si en la Edad Media las plagas como la peste, la lepra o la mal denominada gripe española, se trataban cerrando las ciudades y villas y enclaustrando a sus habitantes no iban a ser, ahora, nuestras autoridades menos que aquellas, así varios siglos después, el COVID nos enseña que este mismo tratamiento sería lo único que los gobiernos pueden hacer para impedir el contagio. Los gobiernos imponen restricciones, confinamientos, aislamiento social, cancelación de eventos y el cierre de establecimientos esenciales como los centros de salud de cada país.
En España se declara el confinamiento de toda la población el 14 de marzo, festividad de Santa Matilde, reina de León. Con estos mimbres, pensó el autor, que habría que hacer algún cesto, y no se le ocurrió otro mejor que escribir estas páginas que no son, propiamente, aunque así se podría denominar, novela, sino un relato, un entretenimiento para pasar las horas en ese cautiverio que llaman confinamiento.
A la hora de escribir este relato el autor ha aprovechado sus experiencias como lector impenitente. Así, rechaza aquellos tochos de superen las doscientas cincuenta páginas. No le queda tiempo para acometer esos grandes best sellers donde cada novela repasa, a través de quinientas, ochocientas páginas la historia de una familia desde sus orígenes en la fría y nublada Escocia hasta el éxito, dos siglos después, del tataranieto que llega a presidir los Estados Unidos de América. Por ello, el autor ha finiquitado la novela en algo menos de doscientas páginas, que le parece un número de ellas suficientes para presentar y desarrollar la historia. Además lo ha hecho a partir de un número suficiente de capítulos, para que el lector pueda tomar descansos y continuar, posteriormente, desde el inicio de capítulo. No hay nada más desagradable que un texto desbocado, una novela multipáginas dividida en cuatro o cinco escasos capítulos. No; este no es un relato incomodo de leer.
Veintisiete son los pasos exactos que van de una farola a otra en la Colonia Marconi. Cuarenta el número de farolas que, más o menos alumbran la zona cero de la prostitución más cruel y abandonada de Madrid. Cuarenta –tantas como capítulos- son las farolas que tienen, al menos, una ocupante; una mujer que es dueña y señora del área de influencia de esa farola y su haz de luz. Se diría que su mundo se reduce, , al círculo de luz que proyecta la farola. Un mundo que recorre, noche a noche, como las polillas. Dos mundos distintos, en general, ocupan estas farolas: las meretrices rumanas, que dicen no temer a sus proxenetas, ya que estos son sus novios –loverboys, les llaman- y las africanas, quienes no encuentran un nombre, todavía, para sus proxenetas ya que estos, además de explotarlas y quitarles el dinero que ganan con la mercancía de su cuerpo, las amenazan con conjuros y daños a sus familiares en su lugar de procedencia.
En esta zona en general, y en otras de espacios más pequeños (el Gato o Resinas) se sufren la presencia de la prostitución, el tráfico de drogas y todo tipo de violencia junto a poblados chabolistas en los que la pobreza es la cantera perfecta para todo tipo de dolor y maldad.
El texto que aquí se presenta es una crónica novelada pero plausible de las muchas perversiones que el ser humano es capaz de infligir a sus semejantes para divertirse, para saciar su ego o sus vicios; para acumular más y más dinero, para afianzar su poder sobre los demás o, sencillamente, por maldad. Esa maldad que, según Burke, triunfa solo cuando los hombres buenos no hacen nada.
Las personas que aparecen en el texto no son, en absoluto reales, sino que se deben a la falta de sueño y ventilación del autor durante el período de confinamiento obligatorio durante la pandemia por el virus COVID-19.
Lasciate ongi speranza, voi ch’entrate (Los que aquí entráis, perded toda esperanza) Inscripción que Dante Aligier encuentra en la puerta del Infierno
Dueñosde sus destinos son los hombres. La culpa, querido Bruto, no está en las estrellas, sino en nuestros viciosJulio César. William Shakespeare
Tac
Tac
Tac…
La lluvia cae sobre una plancha metálica que sirve de tejadillo a aquel galpón en el que se refugiaban las prostitutas cuando la tormenta impide el ejercicio de su noble y antiguo oficio. El agua que se colaba por entre las rendijas de la chapa caía fría y hería como el filo de una navaja. Dentro de un bidón oxidado arden, dando un poco de calor a este gélido infierno, las tablas desvencijadas de un palet arrastrado por las negras meretrices para calentar las noches de espera entre un putero y otro.
El interior de aquel almacén, sucio, húmedo y espeso como el interior de un panteón, colonizado por escombros, basura y miseria alberga a jóvenes rumanas, africanas y alguna que otra desgraciada nativa que, expulsada de otros campos de miseria, han sido autorizadas por el gobernante de aquel inframundo a permanecer en el Hades de la Colonia Marconi.
Las llamas del bidón iluminan unos rostros que muestran, a la vez, dolor, miedo y unos cuerpos fríos por la humedad reinante en lo que crujen sus huesos mientras dormitan entregadas al sufrimiento, sobre un par de sucios colchones encontrados entre las ruinas de la abandonada Colonia.
La puerta de hierro chirría al abrirse y, tras la cortina de agua, un hombre alto, fornido aunque un poco obeso, se cuela dentro del galpón. Se trata de Vasil, el búlgaro que dirige con mano férrea lo que llama, de forma sarcástica, su cuadra de autónomas. Vasil se hace acompañar de un pitbull con peores intenciones, si cabe, de las que muestra su dueño. Vasil deja libre el freno de la correa que sujeta al perro y este se encabrita sobre dos mujeres que descansan, sentadas, sobre un viejo neumático. Al ver al animal -el perro- abalanzarse sobre ellas huyen despavoridas. Antes de que el perro las alcance el otro animal, Vasil, acciona el freno y las deja, intentando gatear la sucia pared de la nave frente al can que se mantiene a unos milímetros de sus cuerpos, en pie sobre sus patas traseras.
Con todo Vasil no es el más peligroso de sus carceleros. Vasil es, a fin de cuentas, un emprendedor que vela por la mercancía y no se permite que ésta sufra más que el lógico desgaste por el propio uso. Los peores son los seis edecanes del general búlgaro. Los que forman su plana mayor. Seis ex militares chechenos y moldavos que, a falta de mejor guerra en la que ofrecerse, actúan a las órdenes de Vasil en una especie de mafia que está implantándose, día a día, en la Colonia. Frente a ellos un grupo de marroquíes ve, como cada noche, pierden algunas de sus chicas, niñas apenas que han sido secuestradas en Sierra Leona. Niñas que temen los tasers de defensa eléctrica que les aplican en su cuerpo a la menor ocasión y, sobre todo, a las falsas amenazas de vudú contra sus familias africanas.
Hoy no se trabaja; pero no por la lluvia –que también- sino porque la cúpula policial de Madrid ha cambiado y, cuando entra un nuevo comisario jefe la Colonia sufre una incursión buscando drogas, armas y, en general, identificando a las prostitutas y sus proxenetas. Todas, naturalmente, están contra su voluntad, aunque esta voluntad generalmente no se manifiesta ante la autoridad. Ninguna se atrevería a denunciar a sus captores o a las mafias a las que son vendidas. Cuando la redada ha terminado Vasil silba y la puerta vuelva a abrirse dando paso a sus mercenarios. Estos, con gestos que no dejan lugar a duda, sacan a la calle a las mujeres ordenándolas que ocupen sus puestos en esquinas y farolas.
Está lloviendo, dice Margarita, una española que tiene la mitad de años de los que aparenta.
Mejor, contesta Vasil. Así crecerás. La humorada es recibida con carcajadas por parte de sus guardaespaldas. Uno de ellos, Abusaid –nunca un nombre estuvo tan bien adjudicado- le aplica la pistola eléctrica en uno de sus muslos. En el mundo de la prostitución lo primero que se pierde, por unos y otras, es la compasión y el orgullo.
Margarita, grita y el resto de mafiosos rie a carcajadas mientras Vasil vuelve a soltar al pitbull y le frena cuando salta sobre la espalda de la mujer que cae de boca contra un montón de escombros.
Vasil y sus compañeros sacan a las chicas. Craso error. Una segunda redada, ésta dirigida por José Pizarro, un joven comisario que acaba de llegar a Madrid desde la Academia de Ávila, irrumpe desde la Avenida de Andalucía y hace una pinza con otra sección motorizada que aparece por el Camino del Puente. Vasil y sus matones son detenidos, identificados y llevados a la Comisaría del Distrito de Usera-Villaverde, donde quedan arrestados hasta obtener los datos precisos para presentar ante el juez. Les acusan de tráfico de personas, tráfico de drogas y otros posibles delitos aún por determinar. Vasil y sus corifeos están reclamados en sus países de origen. Esto permitirá al juez, tras informe de la Dirección General de la Policía, extraditarlos a sus países de origen donde, con toda seguridad, y conociendo el sistema carcelario de cada uno de estos países, terminarán sus días sin volver a ver la luz del sol.
Las chicas de Vasil huyen en dirección al galpón donde suelen refugiarse cuando no trabajan. En sus rostros el miedo a la policía, a la deportación o a otros proxenetas se refleja claramente. Ellas constituyen el estrato más bajo de la capa delincuencial que cubre la Colonia y, como suele ser habitual, serán, de una forma u otra, quienes sufran más esta última redada.
Aún no se ha dado por finalizada la redada y ya se acerca uno de los posibles sustitutos de Vasil. Es un hombre con la cabeza afeitada, vestido de cuero negro de pies a cabeza. Barba de cuatro días y un rostro que no ofrece la menor duda de su escasa empatía con nadie. El rostro picado, quizás de una viruela mal curada, le daba un aspecto granujiento. A Nicoletta, la rumana, le pareció guapo. Tiene la misma cara de mala leche que Luis Tosar, el actor gallego, en Malamadre.
Me llaman Farolas, comenzó su alocución mientras, en su mano derecha, luce una recortada. Pero quien dice mi apodo delante mio no vuelve a repetirlo jamás, dice enseñando la escopeta. Para vosotros soy El Jefe, vuestro nuevo chulo. ¿Entendido? Eso o, lo que será peor, que repartan vuestro grupo entre las chicas que pertenecen a los marroquíes o al Payo. Si alguna cree que estaría mejor con ellos ya se está yendo de aquí. No va a tener otra oportunidad. El resto se quedará conmigo. Yo no soy Vasil, no tengo perros, ni de cuatro, ni de dos patas. No tengo ningún matón que me respalde. Ya sé que no creéis en nadie, pero quien no cree ni en Dios termina por creer en mí. Y, os lo aseguro, se acabó el tiempo de sufrimiento y sometimiento a un chulo de mierda. Conmigo ganaréis dinero, tendréis seguridad y podréis ejercer vuestro oficio libremente y sí, Dios lo quiera, os da por abandonar este mundo de miseria y abuso, estáis en vuestro derecho, no solo no lo impediré, sino que haré lo posible por ayudaros.
Vamos, dijo Margarita, que eres la madre Teresa de las putas, o su sindicato.
Efectivamente. Pero sin cuotas y sin pediros el alma a cambio, sonrió el Farolas.
Las chicas, carentes como estaban de voluntad propia y asustadas por el escopetón que llevaba en su mano derecha, se arrimaron en torno a él y este fue acompañándolas hasta su puesto de trabajo mientras paseaba, arriba y abajo, vigilando que nada alterase su tranquilidad.
Algunos coches pasaban mirando a las chicas. Unos paraban, llegaban a un acuerdo y marchaban tras un pequeño montículo de escombros donde daban fin, con más o menos placer, a su contrato verbal. Otros coches pasaban sin mirar a las chicas. Eran de la competencia. Entonces el Farolas levantaba ligeramente el arma y sonreía. Esta es la base de un sistema de libertad de mercado sano y en condiciones. La base de nuestra democracia, dijo en voz baja cínicamente Farolas.
****
¿Cuándo te diste cuenta que podrías liderar aquel grupo de meretrices, Hernán?
Nada más ocurrir la redada que organizamos y que se llevó por delante al Vasil y sus perros.
Pero, tal y como cuentas, aquello de ponerte, recortada en mano, en la puerta de la nave abandonada resultó muy peliculero.
Cierto, comisario. Y no creas, dijo Hernán; no sabía cómo hacerlo y recordé aquella imagen de El Padrino, cuando Brando está en el hospital y el hijo del funerario acude a presentar sus respetos y Michael, o sea, Pacino, le dice que se suba el cuello del abrigo y meta su mano derecha en el bolsillo como si tuviera una pistola.
Pues bien, aquí se necesitaba una imagen que valiera más que mil palabras y, como esto no es el cine, sino la vida real, la imagen tenía que ser cierta, nada de dejar lugar a la interpretación del resto de proxenetas.
El postre, comisario.
Gracias, Damián.
¿Ves esta maravilla, Viqui? Sé inventó en 1951. Su nombre Pêche Melba y en España Pijama, es el más viejuno de los postres nacionales. Pocos saben que el Pêche Melba fue una creación de Auguste Escoffier en el Hotel Savoy, de Londres. El plato recibió el nombre en honor a Nellie Melba, la cantante de ópera australiana.
¿La que pone cara a los billetes de 100 dólares australianos?
Esa misma. Escoffier creó un postre para ella a base de melocotón cocido, frambuesa y helado de vainilla.
Pero entonces, ¿por qué se llama Pijama?, comisario.
En el restaurante 7 Portes, de Barcelona, lo versionaron y ampliaron cuando oficiales de la VI Flota Americana, de maniobras en el Mediterráneo, se lo pidieron al maître. Al parecer, según me dijo el viejo maître Majó, los camareros tenían dificultad para llamarlo Pêche Melba y se quedó como Pijama.
Desde luego, almorzar contigo, comisario, es como hacerlo con Álvaro
Cunqueiro.
¡Ah, Cunqueiro…! ¿Por fin leíste La cocina cristiana de Occidente?
Sí, como no leerlo con la de veces que me lo recomendaste.
Así me gusta, Viqui. La cultura y la comida son de los pocos placeres que se pueden disfrutar con la ropa puesta. Pero te agradezco que me hayas comparado con Cunqueiro y no, como hacen los demás, con Vázquez Montalbán, por aquello de Pepe Carvalho.
Bueno, dijo ella de forma pícara, también hay otros placeres.
Pero esos son para vosotros los más jóvenes, señora Del Castillo, sonrió el comisario.
El comisario sintió vibrar el teléfono que había puesto sin volumen para no molestar al resto de comensales y se lo enseñó a la subcomisaria.
Trabajo, Viqui. Nos llaman de la Jefatura Superior. La calle del Doctor Federico Rubio y Gali está atascada y el comisario y la subcomisaria se bajan del coche dejando al conductor en medio del atasco. El policía que está de guardia, al verlos, se retira de la puerta y, tras saludar a ambos llevándose la palma de la mano a la sien derecha les franquea el paso.
Buenas tardes Higuero, dijo el comisario, alguna novedad.
Nada, señor comisario, El director general me ha pedido que les indique que están en la sala de dirección reunidos, ya sabe, la de la luz genital
Cenital, Higuero, cenital.
Es lo mismo, comisario.
Gracias, dijo el comisario mientras le pedía que bajase la mano con un gesto.
Viqui, ve subiendo al despacho y pregunta a Rosa Valbuena, la secretaria de Jato, si ha conseguido la orden judicial para lo de la Cañada Real.
A tus órdenes, jefe.
El comisario Pizarro, cuando tiene que acudir a la Jefatura Superior de Policía, suele subir a la azotea y, desde allí, verter su mirada a lo largo de todo el barrio. El comisario Pizarro nació junto a la Jefatura Superior cuando aquello era un olivar. El Campo de los olivos, recordaba que lo llamaban. A su vera, por aquellas calendas, había un merendero grande. Un aguaducho que se llamaba Toki Eder. Sitio bueno, en la lengua de los vascos. El comisario Pizarro siempre siente nostalgia cuando recuerda el Toki Eder, con su chapa enorme de Pepsi dibujada en la fachada y su valla blanca, impoluta, que ocultaba de los curiosos a las parejas que, dentro del local, bailaban o consumían refrescos en las cálidas noches de aquel Madrid en blanco y negro. Después, una vez añoradas sus correrías por aquellos desmontes del viejo olivar, el inspector miraba el siempre bello viaducto de Amaniel. Aquel viaducto que vertía agua en una rotura de su estructura formando una pequeña laguna y una fuente, siempre fría y agradable a la que llamaban Caño Gordo. El barrio, se decía el inspector, no ha cambiado tanto. Quizás bajo el viaducto sí; se había llenado de colegios universitarios, pero las viviendas de la calle de Federico Rubio, las que hacían esquina con la de Jerónima Llorente, seguían por un estilo. El bar La Concha verde, el bar García, donde Honorio y su hermano Lucio preparaban aquellos canapés de angula…
El comisario metió sus manos en el bolsillo del pantalón y, antes de bajar a la reunión, dio un suspiro con el que introducía en sus pulmones aquel aire todavía sin contaminar de su infancia, un aire que contenía nostalgia y tristeza y una infancia de niño feliz siempre bien peinado, porque los niños pobres de aquellos años siempre íban a la escuela bien peinados ya que el peine era lo único asequible. Pensó en sus partidos de fútbol, en aquellas Olimpiadas creadas en torno al olivar, o las carreras con aquellas chapas lustradas de frotarlas sobre los encintados y que, una a una, contenía lo más granado del Tour de Francia… Eddy Merck, Poulidor, Anquetil, Ocaña, el joven conquense… Cuando ya la nostalgia hacía presa de él bajó el comisario a la reunión.
Buenas tarde, señor. Siento la espera pero estábamos preparando lo de la Cañada Real…
¿En La Bola, comisario?, le preguntó el Director General, Jato.
No señor. Esta vez tocó La Daniela.
Buena elección. ¿Cocido, claro?
Gracias, señor. Naturalmente.
Le presento a madame Château Honduville, un enlace franco-español del CNI, el embajador De Villaescusa y el cónsul general de Irlanda en Vizcaya, Mr. Martin Meager.
Fiuuuu, silbó el comisario. Gordo tiene que ser el asunto para que nos visiten tan ilustres personalidades, dijo Pizarro mientras estrechaba las manos de los tres visitantes.
Verá, dijo el comisario jefe Balo, el señor De Villaescusa ha recibido, a través del CNI, una petición del Servicio de Inteligencia Extranjera de Rusia acerca de las desapariciones de ciertas personas que pudieron haber llegado, de forma irregular y continua, a España vía Francia desde hace bastantes años.
¿Desde hace años? ¿De cuántos años estamos hablando?
Lo desconocemos pero, vistas algunas denuncias, de más de doce años.
¡Coño, doce años! ¿Y en doce años los rusos, con toda su inteligencia no se habían enterado?
No estamos aquí para criticar a nuestros amigos, sino para intentar ayudarlos, dijo madame Château.
¡Anda!, Que ahora resulta que somos amigos de los rusos… Vaya, vaya.
Continúe, por favor, dijo el director general, pidiéndole a Pizarro, con un gesto, silencio.
Verá, comisario. Nuestros amigos rusos, dijo el general francés añadiendo algo de retintín a la frase, nos han alertado sobre la desaparición de un número indefinido de mujeres, todas jóvenes, todas rubias, todas universitarias, todas a la busca de su primer trabajo, a lo largo de al menos doce años. Al parecer, y según este informe, -dijo señalado un documento con la indicación top secret en la portada de la carpetilla, las desapariciones siguen un patrón y se producen esporádicamente cada dos meses, con otros dos meses de cese absoluto en las mismas. Parece como si, tras un número de desapariciones, la organización descansara por otro período igual, seguramente, a la espera de que la policía archive las búsquedas.
¿No ha aparecido ninguna? ¿No se han encontrado sus cadáveres?
No. Ni rastro de ninguna de ellas.
Y ellos creen, naturalmente, que están en España y, por lo que veo, en Madrid.
Los rusos sospechan que llegan a nuestro país vía Francia o Irlanda, aunque es más probable que sea de Francia de donde parten. Al parecer, en el último período de dos meses de desapariciones, un avión privado, alquilado en París, hizo un viaje de ida y vuelta con tan solo media hora, tras una parada para repostar. Otro avión, de la misma empresa de alquiler de vuelos, lo hizo dos meses antes.
¿Y no tienen los rusos cámaras o registros de estos vuelos en el aeropuerto para realizar el seguimiento de los aviones que aterrizan y las personas que bajan de ellos?
Verá usted, los aviones privados aterrizan en una zona libre de cámaras. Ya sabe que allí, ciertos grupos de carácter mafioso tienen privilegios no confesados. Privilegios que en Occidente somos incapaces de comprender. Así pues, ni hay cámaras, ni hay grabaciones, ni tenemos ninguna pista ni ningún hilo que nos lleve a identificarlos.
El asunto, comisario, dijo De Villaescusa, es que han solicitado nuestra ayuda. Ayuda que como puede usted comprender nosotros daremos pero que, a todos los efectos, ellos no han pedido. Un país como Rusia, con sus ingentes medios y sus enormes cantidades de efectivos, no puede reconocerse incapaz de dar con pista alguna.
O sea, dijo el comisario, que tendremos que hacerles el trabajo y al director general de la Seguridad rusa, una vez resueltas las desapariciones, le darán una dacha de regalo y le alicatarán el pecho de condecoraciones mientras nosotros nos comemos el marrón.
Lo has clavado, Pizarro. Le dijo el director general. Pues ya tienes toda la información. Puedes ponerte en marcha en cuanto quieras.
Un momento, dijo Pizarro. Al menos me darán una copia del informe ¿verdad?
¿Qué informe?, le dijo madame Château con una media sonrisa. No existe ningún informe ¿verdad, señores?
En efecto, dijo el director general. Al menos nadie de nosotros lo ha visto.
El comisario Pizarro le devolvió la sonrisa mientras asentía de forma burlesca. Una verdad que no se dice, apunta Pizarro sonriente, es una mentira que se calla, madame.
El comisario José Pizarro, natural de Madrid, como ya se dijo más atrás, y con cerca de cincuenta años a sus espaldas comenzó su carrera veinte años antes en la Policía Nacional al terminar la carrera de Derecho. Además poseía una amplia formación en economía, historia del arte, de psicología y criminología. También, y esto ya era una formación más práctica que teórica, era un experto en gastronomía. Pizarro había ascendido a comisario tras una carrera fulgurante. Es el enfant terrible del comisario jefe Chus Balo de cuyo criterio y opinión se fiaba a ojos cerrados. Pizarro era hijo de un funcionario de la Casa de la Moneda y Timbre y de un ama de casa. No tenía, por tanto, ningún ascendente policial o militar. Es soltero, no se le han conocido romances. ¿Quién podría relacionarse con nadie si su vida era, prácticamente, un secreto de estado?
La subcomisaria Del Castillo, por su parte, sí que descendía de abuelos y padre guardias civiles. Ella se había decidido por la Policía Nacional tras haber tenido que abandonar el País Vasco en los años del plomo por el acoso a las casas cuartel. Su padre fue trasladado a Benalmádena, en la costa malagueña, donde ella tomó consciencia de su necesidad de seguir la tradición policial familiar. Nunca pensó en la Guardia Civil porque quería explorar otros cuerpos menos militarizados. Estudió, Derecho como Pizarro y, además, Ciencias Sociales y del Comportamiento, especializándose en comunicación no verbal científica. La subcomisaria Del Castillo no tiene, ni lo ha tenido nunca, aspiraciones al puesto de comisario. Al menos mientras su jefe sea Pizarro, del cual tiene un alto concepto. La subcomisaria Viqui Del Castillo es, ante todo, una científica. Es joven, treinta y cuatro años, aunque aparenta alguno más. Siempre viste jeans y camisetas blancas, algún chaleco en primavera y otoño y parka color olivo en invierno. Está casada con Pepe que forma, para ella, ramilletes de biznagas con aromáticos jazmines. La subcomisaria Del Castillo, cuando no está de servicio se pasa el día en su casa leyendo poesía. Es una voraz lectora de Antonio Machado, de Federico y de Miguel Hernández.
El Farolas se sienta junto al bidón que contiene la leña ardiendo en la que se calientan las chicas. Le gusta conocer la vida de cada una de ellas. La que mejor castellano habla es Nicoletta, la rumana. Estos rumanos, y en general todos los que hablan lenguas romances, enseguida aprenden un más que fluido español. Nicoletta es inteligente. Tiene una inteligencia natural. Es bastante despierta y, pese a lo que pudiera parecer, no tiene el mismo miedo que se adivina en el rostro de sus compañeras, especialmente de las africanas. Seguramente porque una extradición a su país sería casi una lotería mientras que para las africanas sería la muerte segura. Al Farolas le está cayendo especialmente bien Nicoletta. Así, trata de saber más de ella; de su vida.
Yo nací en Leud, dice Nicoletta. Nací en la región de Maramures, muy cerca de la frontera con Ucrania. En plenos montes Cárpatos. En mi pueblo casi nadie conoce Transilvania, ni al Conde Drácula. Eso solo es conocido por los turistas y por los occidentales que pensáis que Drácula gobernaba Rumanía antes de que ese otro Drácula, Nicolae Ceaucescu, muriese fusilado junto a Elena, su esposa. Rumanía no es ese país lleno de gitanos fugados que todos pensáis cuando se mienta su nombre. Mi región, Maramures, es un vergel, un bosque que ocupa casi las tres cuartas partes de la región. Es una región de lagos, de bosques de pinos y de grandes hayas y posee una naturaleza que no ha sufrido, afortunadamente, la tortura del turismo. En los pueblos como el mío la gente se dedica a la agricultura, trabaja en oficios que, en Occidente, habéis abandonado hace años. El medio de transporte habitual es el carro tirado por caballos percherones y las bellísimas iglesias, están todas construidas con madera. De uno de estos pueblos paradisíacos me trajeron a Madrid, engañada, unos criminales que prometieron a mis padres que trabajaría en España en una peluquería. Les quitaron el poco dinero que tenían para pagar el viaje. Ellos preferían que yo emigrase a un país europeo porque mi vida iba a ser mejor que allí, en Leud. El viaje fue, por supuesto, en el doble fondo de un camión; tumbada, durmiendo unas sobre otras, hacinadas; soportando el frío invernal, a través de países y países hasta que me dejaron en una casa-prisión en el extrarradio de Madrid. Allí conviví con otras mujeres, también traídas de otras repúblicas cercanas con las que no podía hablar porque desconocíamos el idioma unas de otras.
Nada más llegar fui violada, como el resto de compañeras y, en mi caso, la violación tuvo un efecto. Ese efecto tiene cinco años. Se llama Adrián. Vive en un colegio para menores no acompañados. Está tutelado por la Comunidad de Madrid y, algunas tardes, cuando puedo escaparme, me llego hasta el colegio y lo visito. Hace más de seis semanas que no he podido verlo, dice mientras por sus mejillas corren unas pocas lágrimas amargas. Unas lágrimas que, desde hacía dos años, no derramaron sus ojos.
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A tus órdenes jefe, ¿para qué somos requeridos?, preguntó la subcomisaria Del Castillo al entrar en la sala.
Casi nada, Viqui. Quieren que descubramos quien mató a Manolete pero sin que nadie se dé cuenta de ello.
¿Cómo?
Llama al equipo. Tenemos faena para rato. A las doce en la comisaría. Que no falte nadie. Esto nos va a ocupar a todos.
A las doce el comisario Pizarro entró en la sala de reuniones de la Comisaría de Chamartín, junto a la M-30. Alrededor de una mesa de brillante barniz y bajo la figura estilizada de Su Majestad el Rey, con barba de tres días y traje de paisano, se reunieron todo los miembros del equipo de Pizarro. Viqui Del Castillo, la subcomisaria; el sargento José María Romero, secretario y a la vez, la mano derecha e izquierda de Pizarro; Gonzalo Yagüe, experto en nuevas tecnologías y los inspectores Eduardo Sobreviela e Hilario Requena.
José María Romero fue, en Ávila, compañero de promoción del comisario Pizarro y de otro aspirante, Hernán Portillo. Desde el primer día de academia los tres alumnos se hicieron amigos.
Romero no provenía, como Pizarro, del mundo universitario. Había sido capitán de la Marina Mercante y, con su título y su esfuerzo, había recorrido el mundo, de cabo a rabo al ritmo suave o enfurecido de la mar. Una tarde, añorante de la tierra firme, resolvió su contrato con el armador y, con su finiquito, decidió tomarse un mes de vacaciones y empezar una nueva vida. Una tarde, trece meses después de estar tumbado en una playa, compró un periódico y, en un café, comenzó a buscar empleo. Con la crisis no había nada más que trabajos desde casa tras una inversión. Un timo, pensó y, al llegar a un anunció en particular no se lo pensó más. Curso de acceso a la Policía Nacional. Llamó, reservó una plaza en el curso y se presentó a la oposición. El resto, ya lo pueden imaginar, un año de amistad con Pizarro y Hernán, un aprobado por los pelos (el torrezno y el clarete de su Burgo de Osma natal le impedían una forma física adecuada). Pizarro no; Pizarro al contrario que Hernán y Romero sacó el número uno de su promoción. Desde entonces Romero navega, como las rémoras, al costado de Pizarro de destino en destino. Hernán, por su parte, perdió el contacto con sus dos compañeros al pedir el traslado a otro destino.
¿Podemos empezar o esperamos a alguien?
Esperamos, están subiendo.
A la reunión se unieron dos mujeres. La más joven, Catalina Pastrana, fiscal dependiente de la fiscalía de la Audiencia Nacional y la más veterana, Adelia Muñoyerro-Mendoza de la Cerda y Álvarez de Toledo, juez de la Audiencia Nacional quien iba a actuar como instructora y a la que, si nos hiciera falta, deberíamos recurrir cuando precisemos alguna Orden Judicial.
La fiscal y la juez saludaron, uno a uno, a los miembros del equipo.
Antes de nada, dijo Pizarro, y para que conste y ante los representantes de la fiscalía y la judicatura, sabed que todo lo que hablemos aquí, todas las pruebas que hallemos, por muy insignificantes e irrelevantes que parezcan, tienen que ser tratadas de forma confidencial. Por ello, y siguiendo las instrucciones de su señoria se aplica el secreto de sumario a la investigación, incluyendo a todo lo que concierne a la investigación y al caso en sí mismo. No podéis comentar, ni tan siquiera lo más insignificante de la investigación, ni con familiares ni con compañeros o amigos.
¿Entendido?
Entendido, comisario. Contestaron a coro.
El comisario Pizarro fue contando, de forma pormenorizada, las escasas noticias que tenía sobre el asunto. Tanto el resto del equipo, como la fiscal y la juez, tomaban sus notas. El comisario Pizarro, en su tablet electrónico, que se proyectaba sobre un televisor gigante, iba explicando de forma pormenorizada lo referente a la desaparición de las mujeres rusas.
¿Pero no hay ni tan siquiera un indicio? En absoluto.
¿Podría tratase de algo relativo a la trata o al tráfico de órganos?
Podría ser. Esperemos que sea algo menos violento.
¿Qué es lo primero que va usted a hacer?, preguntó la juez Muñoyerro-Mendoza de la Cerda.
Pues verá. Sabemos, como ya les he dicho, que los rusos sospechan de algunos aviones que de forma esporádica han llegado y salido en el mismo día desde la zona VIP del Sheremetyevo, en Moscú. Pediremos a AENA una relación lo más extensa y clara posible de aviones privados que hayan llegado, tanto a Barajas como a Cuatro Vientos o Torrejón, que es donde habitualmente aterrizan estos vuelos. Si tenemos suerte y nos la facilitan ya tendríamos material suficiente para investigar. Lo ideal sería ir eliminando vuelos y quedarse con los que ofrezcan dudas. Es importante centrarse en los que vengan de París. Tanto de Orly como del De Gaulle.
Si AENA pone alguna pega cuente usted con la orden judicial para que se la faciliten, dijo la jueza. A partir de ahora, cada viernes, vendrá usted, comisario, a mi despacho para darme las novedades correspondientes a cada semana. Ni que decir tiene que cuenta usted con toda la colaboración precisa de la fiscalía. ¿Es así, Catalina?
Así es, Señoria, dijo la fiscal.
Bien. En lo que a mi respecta ya tengo todo lo que necesito. Desgraciadamente, y como bien conocen ustedes, mi juzgado, como el de la totalidad de la judicatura, está inundado de trabajo. He dejado mi teléfono móvil al señor Jato que se lo entregará a usted, comisario. Espero sus noticias el viernes y, si antes de esa fecha necesita alguna cosa, no dude en llamar.
Muchas gracias, Señoria, dijo Pizarro, extrañamente educado.
¿Cuántas mujeres desaparecidas buscamos?, preguntó la fiscal Pastrana.
Pues lo desconocemos, como casi todo lo relativo al caso. Podrían ser lo mismo decenas que cientos o miles de ellas.
¡Qué horror!, añadió la fiscal antes de despedirse de ellos y ofrecerse, como también hizo la jueza para ayudar en todo lo que precisasen.
Gracias, dijo Pizarro acompañándola a la salida.
Verá comisario, dijo la fiscal. Tengo algunos amigos en Exteriores y, si es preciso, puedo facilitarle esos contactos.
Muchas gracias, le tomo la palabra.
De vuelta a la sala de reuniones, y ya solos en la misma, la reunión perdió la tensión lógica por la presencia de las dos visitantes.
¿Qué vamos a hacer, comisario?, dijo la subcomisaria Del Castillo.
Vamos a esperar hasta ver que nos dicen en AENA. De cualquier forma el asunto es lo suficientemente importante como para que una jueza haya abandonado su despacho y se reúna con los cuatro mindundis de esta comisaría.
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Sobreviela y Requena, vais a ir esta noche a ver al Farolas a la Colonia Marconi. Sonsacadle a ver si sabe algo de unas rusas que aparecen y desaparecen continuamente. Hablad también con algunas de las chicas pero sin meterlas miedo. No quiero que, en caso de saber algo, se cierren en banda. Hacedlo con mucho tiento.
Sí, jefe, contestaron los dos al unísono.
Eduardo Sobreviela e Hilario Requena son pareja. No pareja de hecho, naturalmente, sino que trabajan juntos desde siempre. Son prácticamente siameses. Siempre están juntos. Sobreviela es más delgado, Requena regordete. Sobreviela bebe refrescos, Requena vino; a Sobreviela le gusta el rock heavy, a Requena las baladas de Scorpio; Sobreviela viste ropa deportiva, de montaña y Requena clásico… Pero pese a ello siempre se muestran el uno junto al otro.
