Viaje al pasado. El pago de la deuda atrasada - Stefan Zweig - E-Book

Viaje al pasado. El pago de la deuda atrasada E-Book

Zweig Stefan

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Beschreibung

En Viaje al pasado, Stefan Zweig (1881-1942) narra el devenir de una pasión que atraviesa las convenciones sociales, el paso de los años y las sacudidas de la historia -con la Gran Guerra y sus consecuencias-, que afectarán ineluctablemente el destino de los amantes. El pago de la deuda atrasada es, también, una exploración del peso que el pasado puede tener sobre nosotros, esta vez a través de una mujer que salda con su amor de juventud una deuda que les permitirá a ambos recuperar en gran medida el control sobre sus vidas. Traducción de Eduardo Gil Bera

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Seitenzahl: 131

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Stefan Zweig

Viaje al pasado.El pago de la deuda atrasada

Traducción de Eduardo Gil Bera

Índice

Viaje al pasado

El pago de la deuda atrasada

Créditos

Viaje al pasado

—¡Estás aquí!

Salió al encuentro de ella con los brazos extendidos, casi abiertos.

—¡Estás aquí! —lo repitió una vez más, y su voz se elevó en la escala cada vez más clara que va de la sorpresa a la felicidad, mientras envolvía a la figura amada con su mirada tierna—. Había temido que no vinieras.

—¿En serio? ¿Tan poca confianza tienes en mí? —Pero el ligero reproche solo era un juego de los labios sonrientes: sus pupilas azules, claramente iluminadas, irradiaban confianza.

—No, no es eso, nunca he dudado... de hecho, ¿qué hay en este mundo más fiable que tu palabra? Pero es que... ¡imagínate qué cosa más disparatada...! Por la tarde, de repente, de manera totalmente inesperada, no sé por qué, me entró súbitamente un miedo sin sentido de que podía haberte pasado algo. Pensé en telegrafiarte, pensé en ir a tu casa, y ahora, conforme el reloj avanzaba y seguía sin verte, me corroía la idea de que una vez más podríamos perdernos el uno al otro. Pero, gracias a Dios, ahora estás aquí...

—Sí, ahora estoy aquí. —Ella sonreía y de nuevo resplandecía la estrella desde el azul profundo de sus ojos—. Estoy aquí y estoy preparada. ¿Nos vamos?

—Sí, vámonos —repetían maquinalmente sus labios. Pero su cuerpo inmóvil no daba un paso, y su mirada tierna seguía envolviendo una y otra vez lo increíble de su presencia.

Por encima de ellos, a derecha e izquierda, las vías de la estación principal de Fráncfort rechinaban con las sacudidas de hierros y cristales, silbidos agudos cortaban el tumulto de la sala rebosante de humo, en veinte tableros figuraban imperiosos los horarios con los minutos exactos, mientras él, en medio del remolino del incontable gentío que pasaba, la percibía a ella como única criatura existente, extraída del tiempo y fuera del espacio, en un trance singular de obnubilación apasionada. Finalmente, ella tuvo que avisarle:

—Venga, Ludwig, que ya es hora. Aún no tenemos los billetes.

Hasta ese instante no se liberó su mirada cautivada, y solo entonces la tomó del brazo con tierna reverencia.

El expreso de la tarde a Heidelberg iba inusualmente abarrotado. Decepcionados en su expectativa de estar solos juntos gracias al billete de primera clase, finalmente se conformaron, después de una búsqueda en vano, con un compartimiento donde solo dormitaba un señor canoso recostado en una esquina. Ya se las prometían felices disfrutando de antemano de su conversación íntima, cuando, justo antes del silbato de partida, entraron jadeando pesadamente en el compartimiento tres señores con gruesas carteras, abogados según toda evidencia, y tan excitados por su proceso recién terminado que su discusión ruidosa anulaba por completo cualquier posibilidad de otra conversación. Así que permanecieron resignados los dos, uno frente al otro, sin aventurarse a decir nada. Y solo cuando uno de ellos levantaba la vista, veía la tierna mirada del otro, sobrevolada por la nebulosa oscura de las sombras inciertas de la lámpara, y dirigida amorosamente hacia él.

El tren se puso en marcha con una ligera sacudida. El traqueteo de las ruedas amortiguó la conversación de los abogados y la pulverizó hasta dejarla en mero murmullo. Luego, en cambio, el golpeteo y las vibraciones se fueron convirtiendo en un balanceo rítmico, la cuna de acero se mecía en una ensoñación. Y mientras debajo las ruedas traqueteantes corrían hacia un futuro cumplido diversamente en cada uno de ellos, los pensamientos de los dos volaban soñadores hacia el pasado.

Se habían encontrado por primera vez hacía más de nueve años y, separados desde entonces por una distancia insuperable, ahora sentían con fuerza redoblada este primer reencuentro sin palabras. ¡Dios santo, qué largos, qué dilatados habían sido aquellos nueve años, cuatro mil días y cuatro mil noches, hasta ese día, esa noche! ¡Cuánto tiempo, cuánto tiempo perdido! Y, sin embargo, un solo recuerdo retrocedía en un segundo al principio del principio. ¿Cómo había sido? Él lo recordaba perfectamente: a los veintitrés años había llegado por primera vez a casa de ella con los labios marcadamente festoneados bajo la suave pelusa de la barba en flor. Prematuramente desligado de una infancia humillada por la pobreza, criado en comedores gratuitos, abriéndose paso como profesor particular y preceptor, amargado antes de tiempo por las privaciones y la escasez. Rascando durante el día unos céntimos para libros, siguiendo los estudios por las noches con los nervios agotados, tensos y acalambrados, había obtenido el primer puesto en química y, particularmente recomendado por su catedrático, había acudido donde el famoso G., consejero y director de la gran fábrica en Fráncfort, en la que le adjudicaron al principio trabajos subalternos en el laboratorio, pero pronto se dieron cuenta de la tenaz seriedad del joven que se aferraba al trabajo con toda la energía acumulada por una voluntad fanática de alcanzar su propósito, y el consejero comenzó a interesarse por él de manera especial. A modo de prueba, le encargó trabajos de cada vez mayor responsabilidad que él, consciente de que representaban la posibilidad de escapar del inframundo de la pobreza, emprendía con avidez. Cuanto más trabajo se le encomendaba, más enérgicamente se reafirmaba su voluntad, de modo que, en el más breve plazo, el «joven amigo», como al consejero le gustaba llamarlo con amable benevolencia, pasó de ser un ayudante corriente a colaborador en los experimentos altamente secretos. Porque, sin que él lo supiera, una mirada escrutadora lo observaba detrás de la puerta de papel pintado para examinar su elevada aptitud, y mientras el ambicioso joven creía despachar labores cotidianas con devota aplicación, el siempre invisible superior ya le iba asignando un futuro brillante.

El viejo consejero, que muchas veces debía quedarse en casa aquejado de una ciática especialmente dolorosa, y que con harta frecuencia se encontraba en la situación de no poder levantarse de la cama, hacía años que andaba en busca de un secretario privado que fuera de la máxima confianza y contrastada capacidad, con el que poder consultar las patentes secretas y los experimentos realizados con la mayor de las reservas. Y por fin parecía haberlo encontrado. Un día, el consejero sorprendió al joven asombrado con la inesperada propuesta de si querría dejar su cuarto amueblado en la periferia y mudarse a una villa espaciosa como vivienda, en calidad de secretario privado. El joven quedó sorprendido por tan inesperada propuesta, pero todavía más se asombró el consejero cuando aquel rechazó rotundamente tras un día de reflexión la honrosa oferta, ocultando con muy poca habilidad la cruda negativa detrás de pretextos nada sólidos. El consejero tenía una formación académica eminente, pero en las cuestiones del alma no era lo bastante experto como para adivinar la verdadera razón de la negativa, y quizá el propio interesado no se confesaba a sí mismo su sentimiento último. Y ese no era otro que un orgullo compulsivamente oculto, la vergüenza asociada a una infancia pasada en la más amarga pobreza. Habiendo crecido como profesor particular en las casas insultantes de los nuevos ricos, como un ser sin nombre, una especie de anfibio entre servidor y residente que está y no está, a semejanza de los objetos decorativos portátiles, como las magnolias sobre la mesa que se quitan y se ponen según haga falta, tenía el alma rebosante de odio hacia los miembros de la clase alta y su ambiente, los muebles pesados y pretenciosos, las habitaciones recargadas, las comidas copiosas y desmesuradas, todo lo opulento en lo cual solo participaba como elemento tolerado. En esa situación, lo había experimentado todo: las ofensas de los niños maleducados y la compasión aún más ofensiva de la dueña de la casa cuando a fin de mes le entregaba un par de billetes, las miradas burlonamente irónicas de las crueles criadas siempre dirigidas contra los servidores que están por encima de ellas, cuando entraba en una nueva casa con su tosca maleta de madera y tenía que colocar en un baúl prestado su único traje y la ropa gris remendada, signos inequívocos de su pobreza. No, nunca más, se había jurado, nunca más viviría en una casa ajena, nunca volvería al reino de los ricos antes de serlo él mismo, nunca más se dejaría espiar en su pobreza ni permitiría que le ofrecieran obsequios indignos. Nunca más, nunca más. Cierto es que ahora el título de doctor, que no era más que un abrigo barato pero impenetrable, ocultaba la humildad de su puesto, y en el despacho su rendimiento cubría la herida enconada de su juventud echada a perder y supurante por la pobreza y las limosnas: pero no, no quería vender ese puñado de libertad, esa impenetrabilidad de su vida, por más dinero. Y por eso declinó la invitación honrosa con evasivas absurdas, incluso a riesgo de echar a perder su carrera.

Sin embargo, pronto sucedieron circunstancias imprevistas que le arrebataron cualquier posibilidad de elección. La dolencia del consejero empeoró de tal modo que tuvo que guardar cama y se vio impedido hasta para la comunicación telefónica con su despacho. De manera que un secretario privado se convirtió en una necesidad ineludible, y finalmente no pudo sustraerse por más tiempo a las reiteradas y urgentes invitaciones de su protector si no quería acabar por perder su puesto. Sabe Dios lo que le costó dar aquel paso: aún se acordaba del día de la mudanza, cuando por primera vez hizo sonar el timbre de aquella elegante villa de estilo franconio antiguo en la Bockenhaimer Landstrasse. La tarde anterior se había apresurado a comprar con sus exiguos ahorros —una anciana madre y dos hermanas en una remota ciudad provinciana se alimentaban de su escaso salario— mudas de refresco, un traje negro pasable y zapatos nuevos para no mostrar demasiado claramente su pobreza, y también por esa vez fue un mozo de cuerda quien transportó previamente su baúl, para él odioso por tantos recuerdos, donde guardaba sus efectos personales. Con todo, sintió que le faltaba el aire en la garganta cuando un sirviente con guantes blancos le abrió formalmente la puerta y salió a su encuentro, ya desde el vestíbulo, el denso vaho saturador que despide la riqueza. Allí esperaban gruesas alfombras que absorbían el ruido de los pasos, tapices tendidos en todo el contorno de la antesala que invitaban a alzar ceremoniosamente la vista y puertas talladas con pesados pestillos broncíneos destinados con toda evidencia a no ser tocados por la propia mano, sino para que los abriera un criado servil con la espalda encorvada. Todo aquello causaba en su obstinada amargura una impresión estupefaciente y al mismo tiempo repulsiva. Y cuando luego el criado lo condujo a la habitación de invitados con tres ventanas, destinada para él como aposento permanente, le invadió la sensación de estar fuera de lugar y ser un entrometido: él, que ayer aún vivía en un pequeño cuarto trasero expuesto a las corrientes de aire del cuarto piso, con una cama de madera y una palangana de hojalata, debía acomodarse en este lugar donde cada utensilio se presentaba opulento y consciente de su valor en dinero, y le miraba burlón como a alguien que es meramente tolerado. Lo que traía consigo, y hasta él mismo en su propio traje, se encogía lastimosamente en aquella amplia estancia inundada de luz. Su único traje colgaba ridículo como un ahorcado en el amplio armario ropero, y sus útiles de higiene, su sufrido estuche de afeitado, yacían como desechos o como utensilios de trabajo olvidados por un operario sobre el espacioso lavabo del tocador con baldosas de mármol. Instintivamente tapó con una colcha el baúl de madera tosco y grosero, envidiándolo por no poder arrastrarse y esconderse él mismo, que se veía como un delincuente sorprendido en aquel aposento cerrado. En vano trataba de animar su avergonzado e irritado sentimiento de nulidad con la soflama consoladora de que él era el solicitado y el requerido. Por el contrario, la flemática presencia en derredor de las cosas echaba abajo una y otra vez sus argumentos. Volvía a sentirse pequeño, doblegado y vencido por el peso del mundo del dinero pretencioso y ostentoso, una vez más se percibía como servidor, siervo, lameplatos, un mueble humano susceptible de compra o alquiler, y despojado de su propio ser. Y cuando ahora el sirviente, tocando suavemente la puerta con los nudillos, anunció con semblante inexpresivo y porte rígido que la distinguida señora llamaba al señor doctor, sintió, mientras le seguía vacilante a lo largo de la serie de habitaciones, que por primera vez desde hacía años su porte se encogía y los hombros se le iban agachando de antemano en una reverencia servil, y que de nuevo crecían en él la inseguridad y la confusión de cuando era chico.

Pero en cuanto se encontró frente a ella por primera vez, su contracción interior se relajó benéficamente: antes incluso de que su mirada, tanteante tras la reverencia, llegara a percibir el rostro y la figura de la interlocutora, ya le había salido al encuentro irresistiblemente su palabra. Y esa primera palabra fue «gracias», hasta tal punto pronunciada de una manera franca y natural que despejó todo aquel nubarrón de disgusto que le rodeaba, tocando inmediatamente el sentido del oído.

—¡Gracias! Le agradezco mucho que haya aceptado por fin la invitación de mi marido —dijo al tiempo que le tendía cordialmente la mano— y me gustaría tener la ocasión de poder demostrarle enseguida lo agradecida que estoy. Seguramente no le ha resultado a usted fácil: no se renuncia con gusto a la propia libertad, pero quizá le tranquilice a usted el sentimiento de tener a dos personas inmensamente agradecidas. Haré de todo corazón cuanto esté en mi mano para que se sienta usted en su casa.

Algo en él escuchó con suma sorpresa. ¿Cómo sabía ella lo de la libertad vendida a disgusto? ¿Cómo es que, ya con sus primeras palabras, ponía el dedo en la llaga, en lo más rozado y sensible de su ser, justo en ese punto más palpitante de su miedo a perder su libertad y no ser más que alguien tolerado, uno al que se alquila y se paga? ¿Cómo había conseguido en el acto borrar de su ánimo todo aquello, ya con el primer movimiento de su mano? Sin querer, la miró, y entonces descubrió por primera vez una cálida mirada empática que esperaba confiada la suya.

Algo suave, tranquilizador y serenamente confiado debía de emanar de aquel rostro; su frente limpia, aún tersamente joven y peinada con raya de madre de familia que casi parecía prematura, irradiaba claridad; llevaba el cabello oscuro en capas, ondulado con amplios bucles, y, a partir del cuello, un vestido igualmente oscuro ceñía sus hombros llenos. Todo ello hacía que su rostro diese una mayor impresión de claridad con su luminosidad apacible. Parecía una Virgen laica, un poco monjil con su vestido cerrado hasta arriba, y la bondad prestaba a cada uno de sus movimientos un aura de maternidad. A continuación, dio un paso adelante lleno de suave gracilidad y recibió sonriente el agradecimiento que salía de los labios de él.

—Ahora —dijo ella— querría pedirle un favor, el primero para el primer momento. Sé que una convivencia entre quienes no se conocen desde hace mucho tiempo siempre supone un problema. Y en eso solo ayuda una cosa: sinceridad. Por eso le suplico que si en alguna ocasión se siente usted agobiado por alguna actitud o disposición, se dirija a mí con total libertad. Usted es el ayudante de mi marido, yo soy su mujer, ese doble deber nos vincula, de modo que seamos sinceros el uno con el otro.