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"Se trata, pues, de un libro bien armado, bien logrado, que tiene unidad interna, que pone en escena a diversos personajes (o tal vez solo a uno), ante las trampas de la historia, del amor, de la religión, de la profesión. Vidas, o una vida, situadas geográfica e históricamente, con una marca indeleble, el golpe de 1973: "Las ilusiones se fueron al diablo, y sin entender muy bien Io que pasaba, nosotras las que íbamos a ser reinas salimos expulsadas del paraíso". Esa marca generacional y política establece las coordenadas, pero no hay que equivocarse; en estas narraciones el testimonio está al servicio de la ficción, y no al revés, y por ello estos relatos son tan reveladores de la época que la autora vivió. Es decir, no hay una subordinación ni a la política ni a la compulsión de contar Io vivido, sino la elaboración cuidadosa y meditada de relatos que trascienden esa experiencia y la instalan en el territorio del país literario, con frecuencia más transparente y rico en matices, en luces y sombras, que la crónica pretendidamente fiel a la realidad". Rodrigo Pinto "Ya el título ─Vida de perras─ nos da la idea de que no hallaremos aquí historias rosas precisamente. Es más, hay una cierta ferocidad en la manera que la autora elige para pasarle la cuenta a la vida que ha sido ingrata e injusta hacia la condición femenina a lo largo de la historia. Pero (…) Teresa Calderón sabe tensar muy bien las cuerdas del relato y oscila entre las notas más graves y las agudas. Y el humor está siempre presente en muchas páginas. Un humor de buena ley y tan difícil de conseguir puesto que se trata de burlarse de sí misma". Antonio Rojas Gómez
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Seitenzahl: 226
Veröffentlichungsjahr: 2016
Vida de perrasAutora: Teresa Calderón Editorial Forja General Bari N° 234, Providencia, Santiago-Chile. Fonos: 56-2-24153230, [email protected] Edición Digital: Sergio Cruz Primera edición: noviembre de 2016. Prohibida su reproducción total o parcial. Derechos reservados.
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de la cubierta, puede ser reproducida, almacenada o trasmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea eléctrico, químico, óptico, de grabación o de fotocopia, sin permiso previo del editor. Registro de Propiedad Intelectual: N° 112.854 ISBN: Nº 9789563382747 eISBN: Nº 9789563382891
A mi madre,porque como dice mi hermana,nos ha enseñado a resucitar.
En los cuentos de Teresa Calderón se encuentran las cualidades que ya hemos apreciado en su poesía. En la prosa ha logrado profundizar el conocimiento del ser humano, siempre expresado con humor y con la voluntad de indagar y analizar la condición humana y especialmente el alma de la mujer, manteniendo un tono en que se unen el humor, la ironía, el dolor y la valentía para enfrentar temas tan difíciles de abordar.
La experiencia personal se mezcla con el sentimiento de compasión con todo lo humano expuesto al sufrimiento. En esa mezcla de vidas y destinos reales e imaginarios junto a un crudo realismo sicológico, Teresa Calderón logra captar y expresar lo esencial de nuestras vidas.
En sus cuentos se advierte la necesidad de sensibilizar a la sociedad, donde la mujer adquiere cada día un rol más protagónico. Con su especial visión de mundo ha logrado crear una obra literaria capaz de revelar sin temor el mundo de la mujer, cuya fuerza expresiva reside en un lenguaje lleno de matices y cuidado literario.
Sun Axelsson, escritora Estocolmo, 2000
No hay mujer por retirada que esté y recatada que sea,a quien no le sobre tiempo para poner en ejecución yefecto sus atropellados deseos. Miguel de Cervantes
El día que cumplió 40 años, María del Pilar Risopatrón, viuda de Chávez-Ayala, recibió de su ginecólogo la indicación perentoria de ingerir diariamente un compuesto de estrógenos conjugados y progesterona.
—Estás en pleno climaterio, querida —le había dicho su médico de toda la vida, tras revisar los análisis de sangre con la medición de niveles hormonales y la ecotomografía transvaginal que, además de dejarla al descubierto, le ponía en evidencia hasta las malas intenciones—. ¿No te vienen unos bochornos, así de repente, y te pones roja y te sube un calor intenso por la cara?
—Sí, me ha estado ocurriendo últimamente, pero no le di ninguna importancia. ¿No estaré muy joven todavía para que me pase eso?
Aclarado el hecho de que si bien ella estaba joven aún, aunque no lo que se llama joven exactamente, tampoco podría señalarse que ameritaba irse, así como así, a los cuarteles de invierno de la menopausia. Lo que podía asegurarle con absoluta certeza el doctor Moraga era lo atípico de la amarga realidad.
Había asistido a la consulta para la revisión técnica anual: la rutina del papanicolau y también, así como de paso, averiguar a qué se debería el atraso de la regla. El profesional, que conocía al dedillo las presas íntimas de María del Pilar y de cada mujer de esa familia, decidió pedirle toda clase de exámenes cuando se encontró con ciertas irregularidades al someterla a la ignominia clínica de rigor, siempre tan desagradable, de piernas abiertas y mano enguantada trajinándole el alma.
—Duro como suela de zapato. En lugar de su forma habitual de palta, tu útero está como una chirimoya, lleno de cotumas, niña. —Y le dio unas palmaditas en la espalda.
Además de enfrentarse a su estado de climaterio precoz, la dama salió de la consulta en conocimiento de que tenía cualquier cantidad de miomas.
Tal vez, más adelante, incluso tuviera que sufrir la extirpación del útero.
—Los ovarios no te los estaría tocando, porque se ven sanitos —añadió a modo de consuelo.
—Y eso que solo vine a control —dijo mirándose las uñas y aguantando un puchero.
—Típica enfermedad de monjitas, María del Pilar. Eso es lo que te pasó por no tener hijos. Pero no exageremos la nota —agregó cuando se dio cuenta de que ella estaba a punto de estallar en lágrimas—. Si, al fin y al cabo, la mitad de las mujeres de tu edad los tiene. ¡Qué tanto!
—¡Las mujeres de tu edad! ¡Qué le había querido decir con eso, doctor, por el amor de Dios!
María del Pilar no estaba de ánimo para echar a andar su paranoia. Por ningún motivo. Ya suficiente drama tenía con cumplir 40. Además, cómo se le ocurría al médico que ella iba a estar pensando en hijos, si conocía perfectamente todos los pormenores del asunto. Era vox populi. Y usted estuvo en mi fiesta de matrimonio. ¡Acuérdese!
Al verla desnuda en la noche de bodas, el cónsul Chávez-Ayala había caído fulminado a causa de un infarto justo antes de tocarla. No tuvo que ver con tamaño infortunio ni la edad del señor cónsul ni la belleza extrema de la joven Pilar, sino algo mucho más pedestre. Chávez-Ayala se lo había tomado todo a lo largo de su vida, y esa noche en particular, para celebrar su condición de novio en estreno, exageró la nota y se tomó hasta la molestia.
Virgen hasta hoy, la dama no había pensado en volver a casarse. No estaba “ni ahí”. En primer lugar porque nadie la obligaba y, en segundo, porque, honestamente, nunca manifestó interés por los integrantes del sexo que la tradición ha insistido hasta la majadería en llamar “fuerte”. Se sumaba el hecho de que eso de sentir amor o deseo por un hombre era típico de gente nada que ver; indigno de alguien como ella. Nada menos que una Risopatrón, qué quieres que te diga, a quien no le había faltado nada, never, jamás en su vida. No olvidar, por favor, la educación privilegiada que recibió en las monjas, donde le reforzaron todos los principios que traía adosados a los genes y los últimos que contrajo en la cuna como parte de la herencia incurable. De manera que resultaban absolutamente comprensibles su estado de ánimo y su rabia perfectamente bien justificada.
Dejándose conducir por su auto deportivo, pensó en lo mucho que la fastidiaba tener que recibir visitas. ¡Y justo ahora! Aunque estaba cero ánimo de fiesta, hizo el esfuerzo correspondiente para mostrarse feliz y radiante durante toda la velada. Se acostó muerta, pero no olvidó tomar la pastilla blanca con el número 1 de la caja de Conpremin Pak.
Cuando la sangre se hizo presente a fines del mes, pasó en cama un día completo padeciendo esos dolores de ovarios y de cabeza iguales a los que tenía cuando era adolescente. Es más, le brotó una espinilla en la nariz y algunos barritos pavimentaron su amplia frente.
Lo primero que notó al terminar la segunda caja fue que su piel se veía más tersa y el pelo le brillaba de manera especial. Le gustó verse bonita en el espejo. Se probó varios trajes antes de decidirse por el vestido con escote profundo al que agregó un cinturón dorado que le ajustara bien el talle. Levantó los brazos para que la prenda se le subiera un poco.
Le dio gusto ver sus piernas bien formadas.
Ahora caminaba sintiendo su cuerpo en pleno. Los calzones adquirían un movimiento independiente al de sus pasos, asunto que la ponía un tanto inquieta. Cada noche, antes de dormir, le había dado por encremarse entera con una leche de almendras fragantes. Se tomaba su tiempo en masajes que iban y venían desde la punta del pie hasta el cuello.
Al terminar la sexta caja, las hormonas le zapateaban por dentro en pleno carnaval. Ya había dejado de mirar a los hombres con indiferencia y no se le escapaba ni el cartero. Cuando llegaba a cobrar la cuenta del mes, en lugar de mandar la plata con la nana, se asomaba envuelta en la nube dulzona del Paloma Picasso, sus aros largos tintineando en cada lóbulo, bata de seda, pelo suelto y, sacando una voz medio ronca, decía:
—¿Cuánto le debo, joven? ¿Por qué no pasa? Una mañana despertó sobresaltada, venía saliendo de una pesadilla terrible. Durante toda la noche, unos negros, pero negros de verdad, no sé qué pretendían, la cocinaban en una olla mientras la iban sazonando con hojas de palmera y otras yerbas africanas. El calor nacía en las llamas y se unía a los bochornos. Después se veía desnuda en una cama, mientras un Tarzán apenas cubierto por un taparrabos la abanicaba con plumas de pavorreales. En tanto otro, completamente desnudo, la untaba en una miel ambarina que iba sorbiendo a lo largo de todo su cuerpo. Estaba segura, al despertar, de que se trataba de un anticipo del mismísimo infierno. Lo peor de todo era qué hacer para olvidar ese sueño que la incomodaba profundamente, ya que si bien era cierto que parecía feliz mientras transcurrían los sucesos, en la vigilia se sentía asqueada, sucia y pecadora por su participación en esa película pornoonírica que se había pasado sin tener arte ni parte.
Con el correr de los sueños, las noches de María del Pilar se tornaron irreproducibles. Toda la gama imaginada en el universo erótico pasaba por su cama. Hombres que la tocaban, la acariciaban, bailaban para ella. Cuando iba a ser asaltada por un ejemplar en todo su esplendor y en pleno uso de sus facultades anatómicas, despertaba sofocada.
—¿Por qué le pasaría esto? ¿Qué mal estaba pagando? ¿Por qué ella, que era de Bezanilla para arriba, tenía que tolerar su cuerpo vilipendiado por semejante castigo y a merced de sensaciones tan atroces? Why?
Al cumplir los 41 ya no tenía pito que tocar.
Totalmente poseída por el poder de las hormonas, decidió repensar su virginidad. Cruzaron por su cerebro como un desfile en pantalla cinematográfica, todos los amigos y conocidos. Un flashazo de súper yo se le atravesó por la mente en blanco que andaba trayendo desde hacía tiempo y encontró que lo mejor era no involucrarse con nadie de su círculo vicioso.
—Todos son enfermos de chismosos. Uno le cuenta al otro, y ese a todo el mundo. No pienso darles tema —se dijo, mientras maquillaba sus ojos gatunos frente al cristal ovalado del tocador.
No podía evitarlo. Una fuerza más poderosa que su adiestrada voluntad corría con colores propios. Se dio cuenta de que le gustaban todos los hombres que veía, y andaba exhibiéndose desnuda en el sauna entre las amigas de infancia.
—Para mí que la Pili se está rayando —le comentó la Maca a la Kenny Ortúzar, cuál de las dos más peladora.
—Ay, sí, linda, se está poniendo tan rara. Te digo, no sé si voy a seguir siendo su amiga. El Gordi me contó que el otro día, en la fiesta del Club, la Pilar se le apretujaba contra el cuerpo y le respiraba fuerte en la oreja.
—Parece que alguien va a tener que hacerle el favor a tu amiga, me dijo. Y yo, por supuesto, me enojé con él... Es más, me indigné, me puse furiosa y todavía no le hablo.
—Toda la razón, linda. Toda la razón. Le viene con eso a Mario Andrés, la mato. No, nada que ver, corrígeme si estoy equivocada, en realidad tendría que matarlo a él por ponerse a contar esas cosas. ¿Cómo se le ocurre andar pelando a mis amigas? ¿No te parece? Pero, de todos modos, mejor que la Pili ni se le acerque...
El acabose comenzó en la primavera cuando María del Pilar Risopatrón, viuda de Chávez-Ayala, creyó haberse enamorado del marido de la vecina, del gato de la vecina y de la vecina. Entonces decidió que había llegado su hora y estaba dispuesta a visitar al padre Alejandro, su confesor, ese mismo día después de la sesión de gimnasia adonde hacía su arribo cada mañana por dos motivos: afirmar su nuevo cuerpo y vitrinear a los musculosos que transpiraban poniéndole el hombro a esas mancuernas. Ahí empezaba a delirar y quedaba en órbita, igual que durante los sueños.
Sin embargo, sus pasos la guiaron por otro camino y en lugar de ir a la iglesia, terminó paseándose entre los artesanos que exhibían sus chucherías en la calle frente al mall. Le llamó la atención una pulsera de piedraluna cuyos fragmentos pequeñitos relumbraban engastados en una cadena. Se detuvo para probársela en el tobillo con la ayuda del vendedor, quien le acomodó la prenda en el delicado comienzo de su pierna.
María del Pilar sintió cosquillas en todo su cuerpo cuando los dedos ásperos del hippie le rozaban la piel. Decidió probarse, de ahí en adelante, todo tipo de colgajos con ayuda del “manos de ángel”.
* * *
—Supiste que la María del Pilar anda paseando a un roto. Lo lleva a su casa, niña... Incluso lo ha presentado a varios socios del Club. Quiere hacerlo pasar por G.C.U., gente como uno, ¿captas? Eduardo Arias Larreta dice que se llama.
—No será alias la Rata, Maquita —dijo la Kenny, muerta de risa.
—¡Ay, Kenny, que eres! Pero tú lo mencionaste primero. Que conste.
Religiosamente, María del Pilar asistió a diario por esos lares hasta que la feria de artesanía terminó de exponer y ella se lo había comprado todo. El joven le contó que regresaba a Horcón: la casa junto al mar, su vida allí, entretenida y apacible.
—Me encantaría estar en Horcón, lindo, y conocer tu cama; perdón, quise decir tu casa... ¿Vives solo?... ¡Ay! No sé para qué te lo pregunto, si eso es algo tan individual. ¿No crees?
Sería hippie, pero no tonto y como a mujer regalada no se le miran las intenciones, y menos ahora cuando se la estaban dando en bandeja, no lo pensó dos veces y la invitó a la aventura. Partieron en el auto de María del Pilar y un montón de maletas con las cosas que ella llamaba “imprescindibles”. Horcón la iba a transformar en la que siempre debió haber sido.
En una pequeña choza junto a la caleta de pescadores y a la luz de las velas, María del Pilar experimentó todo lo que la vida le había negado hasta antes de la menopausia. Eduardo era inagotable y ella no quedaba nunca satisfecha. Tenía orgasmos en cadena y daba unos gritos exagerados, de pésimo gusto.
Al cabo de unos meses, Eduardo tuvo que viajar a Los Vilos, donde podría conseguir un tipo de ágatas que había estado arrojando el mar durante el invierno. Partió un viernes en la mañana y volvería el domingo. María del Pilar no lo dejaba levantarse de la cama; lo tenía flaco y ojeroso, en tanto ella se iba poniendo cada día más joven y con la energía permanente de una yegua en celo.
Su primera noche sola iba a ser el peor sacrificio de su vida, al que estaba dispuesta en nombre del intenso arrebato que le vino por el mozalbete.
Pero como siempre, las cosas iban por otro camino o se ordenaban de otra manera. La cocina empezó a inundarse a causa de una cañería oxidada que se rompió violentamente y María del Pilar tuvo que salir corriendo en busca de auxilio. Regresó con un fulano medio borracho, lo único que pudo encontrar en la casa de sus vecinos inmediatos. Mientras el tipo trataba de arreglar la cañería que se le iba en collera, Pilar lo miraba agachado de espaldas. Ya se lo imaginaba haciendo fuerza sobre su cuerpo. Sintió las emanaciones ácidas de esa piel oscura impregnar su olfato en una mezcla de alcohol y sudor revenido, lo que en lugar de parecerle vomitivo o asqueroso, lo encontró el colmo de lo erótico.
Cuando terminó de componer la avería, aprovechándose del estado de intemperancia del plomero, María del Pilar lo invitó a la cama. El hombre creyó, en un primer momento, que estaba viviendo algo así como una nueva forma de delirium tremens. Pero no se resistió al comprobar que la diabla venía sin cachos ni cola tridentina sino que con encajes, aromas angelicales y un tobillo de tintineante piedraluna.
María del Pilar, aletargada por el ajetreo entre las sábanas, retozaba entre los brazos peludos de su plomero. Después de gemir, sudar y quejarse tras el despliegue de todo su repertorio de posiciones, movimientos y recursos varios que se le iban ocurriendo en el camino, maullaba para premiar al galán por tanto esfuerzo, y engolosinada, lo seguía besando, tocando, oliscando. Su mano gestionaba hábilmente en la entrepierna morena hasta que lograba resucitarlo.
—Ahí, ahí, ponte para el otro lado... ¡Ay! Ya. Ahora, hazlo así, un poquito más.
Y el plomero se le choreaba, que qué se cree m’hijita. ¿Acaso no ve que soy yo el que se la está mandando a usted? ¿Ah? ¡Sí, pues!
Cada media hora, ella volvía a la carga.
—Espérese un rato, que me vaya a servirme un cebiche de tollo para poder seguir. No ve que ya no tengo veinte años, pues, ricura.
Camino a la cocina, el hombre iba haciendo diversas pruebas, como el cuatro con los brazos extendidos. Había que cerciorarse de que no estaba intemperante. También se pellizcaba los brazos para comprobar en carne propia que no era un sueño lo que le estaba pasando.
Pero como no todo dura para siempre, cuando el fin de semana concluía, después de haber hecho lo que le vino en gana con su plomero, y él manifestarle que se había enamorado, ella volvió a la realidad.
—Vas a tener que irte, nomás, lindo, porque llega Eduardo esta noche... ¿Qué quieres que te diga?
Pero el plomero se le puso macanudo: que qué te habís creído. Acaso iba a agarrarlo para la pistola. Ninguna galla le venía con este chistecito a él. Para eso, él era bien macho.
—Ni una mina me va a venirme con desconocidas a mí —repitió varias veces.
* * *
El sol terminaba de ponerse en el horizonte del domingo cuando Eduardo llegó haciendo sonar sus piedras semipreciosas en una bolsita de terciopelo negro. Nadie salió a recibirlo. En el dormitorio encontró el cuerpo de María del Pilar, yacente y desnuda sobre la cama. Sus grandes ojos abiertos hacia otra parte, un hilo de sangre seca en la comisura de los labios y el calzón negro bordado de encajes anudándole el cuello.
¿Qué se ficieron las damas,sus tocados, sus vestidos,sus olores?¿Qué se ficieron las llamasde los fuegos encendidosde amadores?¿Qué se fizo aquel trovar,lasmúsicas acordadasque tañían?¿Qué se fizo aquel danzar,aquellas ropas chapadasque traían? Jorge Manrique
En el anuario de 1972 que publicaron en mi colegio, yo no aparezco porque me habían echado con viento fresco las malhadadas monjas, y tuve que irme relegada al liceo. Pero aparece mi amiga Cecilia. Nos decían las comadres y nosotras nos tratábamos de usted, si me hace el favor. Después de usted, comadre.
—Vengo llegando de Licantén pueblo chico infierno grande —decía la Ceci, hija predilecta de un juez civil, a comienzos de marzo, haciendo su entrada triunfal cuando volvíamos a clases.
O bien era probable que dijera:
—Grandes vacaciones las que he tenido. Me lo pasaron muy bien en Achao, Chiloé.
Y yo tenía que agregar:
—Pero, en cruz —para que no fuera pecado.
Contaba historias protagonizadas por ella los fines de semana, demasiado audaces para la edad-época-familia-colegio-clase media. Sin duda, las mejores narraciones sobre el tema que he escuchado en mi vida, aunque su fuerte eran las descripciones. Me iba entregando capítulos en la misa de los primeros viernes, que las monjas mandaban a hacer en el mismo colegio, en la capilla grande, donde según las internas, penaban; una monja muerta joven se aparecía al atardecer. Nadie la vio jamás, pero todas conocían a alguien que la había visto con ropa blanca y rapada, alma abandonada, rondando en la capilla.
Ahí mismo comenzaban los ataques de risa y las monjas creían que estábamos endemoniadas o que éramos las mismísimas hijas del mal. Nos miraban como asesinas porque pasaban meses sin que nos paráramos a confesarnos o a comulgar, y nos divertíamos con la cara de santas en éxtasis de nuestras compañeras camino al altar en busca de la Santa Comunión que no se podía masticar. No hubiera sido de señoritas andar mordiéndole el cuerpo a Jesucristo: un brazo, una pierna, la otra mejilla... ¡Qué sé yo!
—Seguro que están en pecado mortal estas muchachas, sendas manchas negras en el alma. No sé cómo se las van a borrar, no hay penitencia suficiente para ustedes.
Ya no sacaban nada con llamarnos a los apoderados, porque los apoderados no hallaban qué hacer con nosotras.
Era el tiempo en que todo nos causaba risa, los moños de las profesoras, las carteras de las profesoras, las faldas de las profesoras, las piernas de las profesoras, las profesoras. Tanto adulto con su frase favorita: no van a llegar a ninguna parte.
Y estaba la sotana de los curas, el cura que atravesaba el patio de los limoneros, sagrario en ristre, y un sacristán agitando su cencerro que nos obligaba a caer de rodillas al suelo donde estuviéramos: un dos tres momia es, en el baño, en la sala, donde fuera, al suelo se ha dicho, respeten al Señor que va pasando. No van a aprender nunca estas muchachas, caramba.
El colmo del deleite, la voz aguda y tiritona de las monjas:
—¡Ohhhh, Marííííííía, madre míííííííía, ohhhh, consueeeeelo del mortaaaaal. Sagrado alimento para nuestros afanes imitatorios en pleno acto litúrgico.
Las feas del Sexto B, las negras bigotudas del Cuarto C, la vieja chancletuda de la cocina. Los dolores de ovarios que dejaban la mortandad en el colegio, las mocosas lloronas del kinder, la cacha de la espada, la pata de la guagua. La Madre Superiora y la mamá de la Madre Superiora que vivía ahí mismo y se pintarrajeaba hasta los codos para vender berlines y empolvados en el kiosco. Daba crédito, eso sí, no faltaba más, y anotaba todas las deudas en su memoria. Cuando la Ceci propuso que le pagáramos con la plata que los fieles dejaban en la caja de las ofrendas a la entrada al colegio, yo sufrí mi único ataque de cordura.
—No —le dije.
—Si era una broma —me contestó.
Cuando no teníamos plata —que era casi siempre—, aplicábamos la estrategia number one. Se trataba de entrar a la sala habilitada como “el negocio de la vieja” durante los recreos y pedirle a la señora madre de la Madre Superiora que nos indicara el precio de algo que le mostrábamos con el brazo extendido a sus espaldas. En cuanto se daba vuelta, poníamos nuestras manos prestidigitadoras a disposición de calugas quiebradientes, manjares enfermos de añejos o su loco cuchuflí, y nos íbamos con el botín, después de agradecerle a la señora la molestia; asegurarle que íbamos a buscar la plata y volvíamos, que nos reservara dos, y reforzábamos la solicitud mostrándole dos deditos cada una. Pocas veces regresamos por los encargos.
Si eso fallaba, poníamos en práctica la segunda parte de la estrategia. El “plan kínder” consistía en apersonarnos donde las niñas chicas cuando andaban corriendo por el patio y quitarles la colación. Panes con manjar, frutas, queques; todo lo que se pueda soñar salía de los bolsillos de las niñitas. Hasta que fuimos sorprendidas y llevadas al paredón. Como buenas gatas de campo, tuvimos varias vidas.
Era el tiempo en que todo nos hacía felices, dichosa edad dorada.
El desiderátum era sentarnos en la última fila de la sala a conversar y conversar y conversar. Y reírnos y reírnos y reírnos. Nadie más feliz que nosotras con nuestra amistad, las licenciadas en horas libre, las magíster en recreo, doctorándonos en nuestra juventud y la insolencia de toda la vida por delante.
Vamos pasando la lista.
Monroy, Laura, la lora, dominada por su hermana chica, una pendeja prepotente. Su casa, las primeras fiestas con baile, música de Adamo y Rafael, Sandro y The Monkees. Nosotras, las chicas de las monjas, temblando en los brazos de los hermanos de las Aldunate y de la Rossy, «jóvenes mozos estupendosos» que llegaban como vigilantes, pero al cabo de unos bailes olvidaban su misión y se dedicaban a ellos mismos y a las chicas malas que no llevábamos guardaespaldas ni guardianes de ninguna otra parte de nuestros cuerpos frescos, graciosos y gentiles.
Torrealba, María Soledad, dientes de conejo, buena como ella sola, la única rubia teñida del colegio con chasquilla oxigenada que escarmenaba durante toda la mañana.
¡Qué se fizo la Ceci y las niñas de las monjas qué nos fizimos!
La Juani con mamá en Rancagua, feroz departamento de soltera en la calle Dieciocho, buena para andar en taxi y dar consejos. Era su propia apoderada, se creía madura, pololeaba que era un gusto y se lo fumaba todo. De guata, todo el curso entre las tablas de madera de la sala buscándole los lentes de contacto a la Juani. No era muy estupenda, pero como vivía sola, todos preferían pololear con ella.
Qué habrá sido de ti, Solivelles, Ximena, Sol y Bella, Ximenita, etérea como el Ángel de la Guarda. Apenas desplazaba el aire al caminar, todo lo impregnaba con su perfume de paraíso, la más aplicada del curso, la niña modelo. Entendía matemáticas y hacía las tareas, no como nosotras con mi comadre, el cuatrito apenas, a la rastra de año en año, de curso en curso. Con la Ceci nos repartíamos el trabajo. Yo leía los libros y le daba los resúmenes. Ella me soplaba en biología, hacía dibujos, trabajos manuales y bordados para dos. Juntas pirateábamos el estudio ajeno con unos ojos muy bien entrenados que se nos ponían curvos tratando de copiarles a las mateas durante las pruebas. Teníamos contraseñas, frases clave, golpes en la mesa. Piernas-brazos-cuellos tatuados con la materia: fechas, lugares, nombres, fórmulas químicas y matemáticas.
Te acuerdas, Ximena, cuando danzábamos en las fiestas del colegio vestidas de tules y muselinas, lentejuelas y mostacillas, zapatillas de raso. Te juro, Xime, yo te veía despegar del suelo a la menor provocación de los acordes, como un hada verdadera interpretando Cascanueces o el Lago de los cisnes. Habrías podido concedernos cualquier deseo. Y una de tus mejores amigas la Besmalinovic, Isabel, buena moza y buena para la historia de Chile y tomarse la palabra, la chiquilla. Que casi parte al otro mundo en tercero medio cuando se descrestó con su pololo en moto. Y la Delfina Millán y sus nueve hermanas. Fina, Delfina, tranquila y silenciosa. En todos los cursos del colegio había una niñita Millán, cuál más responsable y aplicada que la otra.
Qué habrá sido de Zúñiga, Isabel y su alergia nerviosa. La hubieran visto cómo se rascaba hasta sangrar durante todas las horas de clase y los recreos, uñándose la piel como si tocara castañuelas en su cuello, a dos manos, mientras los ojos se le iban achinando durante la mañana.
El pelo negro y liso de la Pati Pedraza, del mismo largo del uniforme, aparecía antes que ella, puntualmente, por la puerta de la sala. Con el uniforme demasiado planchado, cero arruga, camisa impecable, zapatos ídem y sus accesos de tos cuando la sometían a la ignominia de la interrogación oral.
Y la Teresa Calderón, qué. Techi, para los amigos. Permanecía largo tiempo mirando un punto fijo con la boca abierta, hablaba poco y se ponía roja si la llamaban. Le gustaba que la sacaran a leer adelante y parecía siempre triste por algo. Silenciosa y tímida hasta que conoció a la Cecilia. Vivía en malla de ballet y la sacaban de las clases para ensayar esquemas de gimnasia. Llegó a Quinta Preparatoria, venía de La Serena y decía shansho.
