William Wilson - Edgar Allan Poe - kostenlos E-Book

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Edgar Allan Poe

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"¿Quién soy yo? ¿Y quién es este que me persigue con mi propio nombre y mi propia sombra?" En William Wilson, Edgar Allan Poe nos entrega uno de los estudios más finos y aterradores sobre la psique humana. La historia sigue a un hombre de carácter voluble y propenso al vicio que, desde sus días de escuela, es acechado por otro estudiante con su mismo nombre, su misma apariencia y una voz que es el eco exacto de la suya. Es una persecución que cruza Europa y que culmina en un enfrentamiento fatal donde la línea entre el perseguidor y el perseguido se borra para siempre. La Anatomía de la Conciencia Encarnada: Poe utiliza el mito del doppelgänger no como un elemento sobrenatural externo, sino como una proyección de la lucha moral interna. El "otro" William Wilson actúa como la voz de la conciencia, apareciendo siempre para frustrar los planes más oscuros del protagonista. Es un relato cargado de una atmósfera paranoica y claustrofóbica que explora cómo el odio hacia uno mismo puede materializarse en una presencia física ineludible. Es el referente absoluto del terror psicológico y la narrativa de identidad. Un Hito del Romanticismo Oscuro: Publicado en 1839, este cuento ha influido en obras fundamentales como El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde de Stevenson o El doble de Dostoievski. Es una pieza indispensable para cualquier biblioteca de clásicos del terror, estudios psicológicos y para quienes buscan una historia que les obligue a mirar con desconfianza su propio reflejo. Enfréntate a tu otro yo. Compre "William Wilson" hoy mismo y descubre que el enemigo más peligroso es el que llevas dentro.

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Seitenzahl: 35

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Índice de contenido
William Wilson
Edgar Allan Poe
Capítulo

William Wilson

Edgar Allan Poe

Publicado: 1839

Capítulo

¿Qué decir de ella? ¿Qué decir de la torva conciencia, ese espectro en mi camino? -Camberlayne, Pharronida

 

Permitan que, por el momento, me presente como William Wilson. La página inmaculada que tengo ante mí no debe mancharse con mi verdadero nombre. Éste ya ha sido el exagerado objeto del desprecio, horror y odio de mi estirpe. ¿Los vientos indignados, no han esparcido su incomparable infamia por las regiones más distantes del globo? ¡Oh, paria, el más abandonado de todos los parias! ¿No estás definitivamente muerto para la tierra? ¿No estás muerto para sus honores, para sus flores, para sus doradas ambiciones? Y una nube densa, lúgubre, limitada, ¿no cuelga eternamente entre tus esperanzas y el cielo?

Aunque pudiese, no quisiera registrar hoy, ni aquí, la narración de mis últimos años de indecible desdicha y de crimen imperdonable. Esa época -esos años recientes- llegaron repentinamente al colmo de la depravación cuyo origen es lo único que en el presente me propongo señalar. Por lo general los hombres caen gradualmente en la bajeza. En mi caso, en un sólo instante, toda virtud se desprendió de mi cuerpo como si fuera un manto. De una maldad comparativamente trivial pasé, con la zancada de un gigante, a enormidades peores que las de un Heliogábalo. Acompáñenme en el relato de la oportunidad, del único acontecimiento que provocó una maldad semejante. La muerte se acerca, y la sombra que la precede ha ejercido un influjo tranquilizador sobre mi espíritu. Al atravesar el valle de las penumbras, anhelo la comprensión -casi dije la piedad- de mis semejantes. Desearía que creyeran que, en cierta medida, he sido esclavo de circunstancias que exceden el control humano. Desearía que, en los detalles que estoy por dar, buscaran algún pequeño oasis de fatalidad en un erial de errores. Desearía que admitieran -y no pueden menos que hacerlo- que aunque hayan existido tentaciones igualmente grandes, el hombre no ha sido jamás así tentado y, sin duda, jamás así cayó. ¿Será por eso que nunca sufrió de esta manera? En realidad, ¿no habré vivido en un sueño? ¿No me muero ahora víctima del horror y del misterio de las más enloquecidas visiones sublunares?

Soy descendiente de una estirpe cuya imaginación y temperamento fácilmente excitable la destacó en todo momento; y desde la más tierna infancia di muestras de haber heredado plenamente el carácter de la familia. A medida que avanzaba en años, ese carácter se desarrolló con más fuerza y se convirtió por muchos motivos en causa de grave preocupación para mis amigos, y de acusado perjuicio para mí. Crecí con voluntad propia, entregado a los más extravagantes caprichos, y víctima de las más incontrolables pasiones. Pobres de espíritu, mentalmente débiles y asaltados por enfermedades constitucionales análogas a las mías, mis padres poco pudieron hacer para contener las malas predisposiciones que me distinguían. Algunos esfuerzos flojos y mal dirigidos terminaron en un completo fracaso para ellos y, naturalmente, en un triunfo total para mí. De allí en adelante mi voz fue ley en esa casa; y a una edad en que pocos niños han abandonado los andadores, quedé a merced de mi propia voluntad y me convertí, de hecho, si no de derecho, en dueño de mis actos.

Mis más tempranos recuerdos de la vida escolar se relacionan con una casa isabelina, amplia e irregular, en un pueblo de Inglaterra cubierto de niebla, donde se alzaban innumerables árboles nudosos y gigantescos, y donde todas las casas eran excesivamente antiguas. En verdad, esa vieja y venerable ciudad era un lugar de ensueño, propicio para la paz del espíritu. En este mismo momento, en mi fantasía, percibo el frío refrescante de sus avenidas profundamente sombreadas, inhalo la fragancia de sus mil arbustos, y me vuelvo a estremecer con indefinible deleite ante el sonido hueco y profundo de la campana de la iglesia que quebraba, cada hora, con su hosco y repentino tañido, el silencio de la melancólica atmósfera en la que el recamado campanario gótico se engastaba y dormía.