XLP - Alex Herrara - E-Book

XLP E-Book

Alex Herrara

0,0

Beschreibung

Un hombre enfermo huye de un siniestro hospital y camina desorientado y a duras penas por la ciudad, donde logra entremezclarse en una masa de gente que se ha apoderado de las calles para manifestarse. Sólo con el pasar del tiempo logra dimensionar bien las demandas, a la vez que comienza a recuperarse de su situación amnésica y a procesar todo lo que está pasando en sus propios términos: como humanidad, estamos en guerra contra un grupo de alienígenas -más precisamente reptilianos- que buscan establecer su reinado del terror, los mismos extraterrestres que lo han perseguido a él durante toda su vida.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 430

Veröffentlichungsjahr: 2023

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



XLP, El mundo paralelo de un desquiciado © 2022, Alex Herrera Araya ISBN: 978-956-406-054-5 eISBN: 978-956-406-251-8 Registro de Propiedad Intelectual: 2022-A-1557 Primera edición: Mayo 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor. Editor: Juan Miguel Duarte Aceituno Ilustraciones interiores: Alex Herrera Araya Ilustración portada: Alex Herrera Araya / Bárbara Gónzalez Gónzalez

Trayecto Editorial Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile www.trayecto.cl +56 2 2929 4925

Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile

Agradezco a Carlos Araya, Sandra Araya y Cristián Rodríguez, quienes me dieron ideas en el aspecto creativo del presente libro.

A Martín Araya y la diseñadora Catalina Espinoza, quienes me apoyaron en aspectos computacionales como de diseño.

Quiero agradecer especialmente a mi editor, Juan Duarte. Debo poseer humildad y referir que, sin él, este libro no gozaría de la calidad narrativa que ha adquirido. Además, este profesional pudo orientarme a través de la nebulosa creativa que significó escribir este caótico libro. Sus consejos de edición, como sugerencia de anécdotas y temas de contingencia, fueron incorporados en este libro. Estimado lector, si se ha detenido a leer este extracto, sepa que el nombre antes mencionado resonará en la literatura chilena. Infinitas gracias, amigo Juan Duarte.

Doy las gracias a mi abuela Narda y a mi Abuelo Carlos. En cuanto a mi Toto, intento que siempre esté vivo en algún personaje de mis libros, y creo que mi personaje favorito es él.

Quiero agradecer a mis padres, Patricia Araya Gálvez y Alex Herrera Suárez. Y en especial a este último por haber prestado su cara para realizar la ilustración correspondiente al jefe reptiliano.

Quiero agradecer a mi amada Bárbara, quien participó de forma activa en este proyecto, con sus dotes artísticas y literarias. Además, sin su apoyo y amor este libro no hubiese podido llevarse a cabo. No puedo dejar de lado a mi amado hijo, quien me animaba a realizar esta novela. En gran medida, este libro fue escrito para él, mejor dicho, para su versión adulta. Te amo, mi pollito.

Prólogo: las calles que camina un loco

Hace un par de años, por casualidad, tuve la oportunidad de ojear las páginas de un libro que, entre otros lugares, tenía la intención de desarrollar una cartografía literaria de Santiago de Chile; una «cartografía literaria», práctica poco conocida pero no poco habitual, es como llamaríamos a un mapa de lugares que aparecen en novelas y cuentos famosos, puntos geográficos en los que distintos escritores soñaron una o más historias, puntos geográficos por los que transitaron sus personajes. Una «cartografía literaria» es el mapa de una ciudad ficticia levantada sobre la ciudad real. Como comenté, es un ejercicio poco conocido y este mapa literario de Santiago también lo es, básicamente, porque no todo el mundo fuera de las universidades conoce las novelas mencionadas. Es bastante común en los estudios literarios hablar del Dublín de James Joyce o del París de Julio Cortázar, pero honestamente no causa tanto impacto o interés fuera de estos círculos académicos y nichos lectores. Pese a ello, la idea de la «cartografía literaria» puede resultar un ejercicio mucho más llamativo si se lleva a referentes más cercanos, por ejemplo, si en lugar del Ulises de Joyce o Rayuela de Cortázar, hiciéramos un mapa a partir de series populares en plataformas de streaming, otro con las locaciones de teleseries conocidas o una guía con los lugares famosos de Japón que aparecen en series de anime.

No es raro, además, encontrarse con lecturas que se complementan con un mapa, sobre todo cuando seguimos la travesía del algún personaje, sea a través de un mapa de fantasía como en el caso de El señor de los anillos o de un mapa de la Antigua Grecia que nos ayude entender mejor una novela histórica, por ejemplo. Sin embargo, cuando me pidieron encargarme de la edición de este libro, no imaginé que mi labor se cruzaría tanto con esta idea, con crear a cuatro manos un Santiago Centro imaginario con el que guiar el proceso de escritura: se rayaron bocetos muy burdos sobre cuadernos y servilletas, los cuales sirvieron para montar el lugar por donde nuestro protagonista se movería en constante persecución. Es curioso, ya que junto al autor de esta novela provenimos de la misma ciudad, un sector en el campo que podría prestarse para sus propias fantasías literarias, pero nos vimos en la tarea de situarnos en este mapa urbano, metropolitano, que en cierto grado nos es ajeno, por mucho que podamos ser visitantes o pasajeros por la capital. Y a la larga ese factor ayudó a comprender la confusión de un personaje que se encuentra dentro del caos, que no sabe dónde está y empieza a conocer todo a través de otros personajes, nos sirvió para interiorizarnos en una mente que, aun siendo perspicaz, está dispuesta a aceptar una mano amiga, un buen samaritano que lo rescate dentro del desconcierto urbano. Es solo de esta manera que se crea un Santiago que no es Santiago de Chile, es Santiago de Xapalapaxala, es el mapa de aventuras y desventuras de un profeta loco.

También para desarrollar esta ciudad, real y a la vez caricaturesca, fue importante dialogar entre dos voces creativas que vivieron de maneras distintas los acontecimientos de los últimos años: un estallido social, una pandemia, un proceso de elecciones que agudizó el escenario político. Acontecimientos que llevan al parto literario de esta historia, la cual no habla de estas realidades, sino que da a luz una locura a partir de su detonante. Experiencias nacionales tan límites y en tan poco tiempo, que resulta terapéutico leer que los alienígenas tengan la culpa de lo surreal que pueda ser un devenir colectivo, que gestionen todos estos sucesos caóticos como una conspiración más que se podría creer, así como cierta persona —cercana a cierto presidente— dijo que el estallido social era obra de los extraterrestres, muy seriamente y bajo quién sabe qué efectos psicotrópicos.

El ideal para esta lectura entonces es poder desorientarse, lo suficiente para vivir la desazón misma de nuestro protagonista al caminar y correr por la ciudad, entenderlo tan loco y profético como cualquier persona perdida en un sitio que desconoce, intentando recordar entre porrazos y preocupado de lo que más le importa: su familia, mientras presencia constantemente escenas violentas, convive fantásticamente con situaciones irrisorias y nos crea una historia de vida a través de sus propios relatos, como de los relatos que atestigua. Para llegar hasta el fondo de este libro, el lector deberá desorientarse tanto que no sepa si lo narrado es una persecución o un delirio, una tragedia o una comedia.

Juan DuarteSantiago de Chile, 2022

Capítulo 1

13 de agosto de 2020, en la invasión reptiliana

Apenas abro los ojos, me encandila una luz que parpadea al ritmo titilante de un sonido eléctrico. Adormecido, giro la cabeza, miro las paredes y todo resulta extrañamente blanco. Mierda, cagué. Siendo yo un ferviente ateo, supuse que al morir me iría derechito con don Sata. Pero aquí estoy, con mis extremidades amarradas. Hago memoria y no recuerdo un carajo. El arribo a este paradero me desconcierta.

Interrumpo las divagaciones, llevo las manos a la entrepierna. Del genital emerge una larga manguera plástica. Mi temor más profundo se convierte en realidad: me acaban de enchufar en la puntita del pene una sonda del tamaño de un cigarrillo. Puedo aguantar golpes, patadas y por qué no, cosas en el culo, pero jamás que me chanten objetos por el miembro, es antinatura.

Ni paraíso ni infierno. Me acaban de raptar los reptilianos. Tal vez los grises. Todo buen cinéfilo con kilometraje en películas estadounidenses supondría el miserable desenlace: pensaba que este tipo de situaciones solo ocurrían en el extremo norte del continente, probablemente al amigo negro del atlético protagonista.

Intento recordar, pero ningún atisbo de memoria surge entre tanta ambigüedad. Si son los grises o los reptilianos estoy hasta las pelotas, esos locos son capaces de destruir mi pobre constitución física a niveles subatómicos.

Visto un camisón amarillento, parecido a los que reciclan en los hospitales, de esos que te dejan el poto con demasiada ventilación. En el pecho tengo máquinas midiendo signos vitales y de la muñeca salen mangueras que conectan a tres bolsas de suero, también veo una cámara hiperbárica cerca, el problema es que no soy Goku después de una pelea, tal vez Yamcha. ¿Cómo mierda llegué aquí? Es la interrogante que anhelo resolver. La lengua me sabe a metal y dudo que me haya puesto a chupar un clavo. Estoy mareadísimo, el estómago lo siento revuelto y me ataca una contundente presión sobre la cabeza, similar a despertar después de una borrachera espartana. No puedo recordar nada; quién soy, de dónde vengo, cómo llegue aquí.

Abren la puerta. Entra vestida con delantal blanco y falda morada una reptil gigante. Con la vista prófuga en apuntes que contienen gráficos de dispersión y tablas con números, inspecciona las máquinas. Serena y meneando la cola, se acomoda la peluca marrón. Con lápiz pasta azul, que se pierde en su mano, anota los registros que figuran en el equipo tecnológico.

Comienza a sonar un pitido intermitente, el semblante namasté de la reptiliana desaparece y ahora dirige su atención hacia mi rostro. Acerca su cara llena de escamas a mi cuello. El hálito putrefacto me produce arcadas con reflujo que terminan en un líquido viscoso evacuado por la nariz. Teniendo al espécimen tan cerca, cuento la infinidad de venas moradas que se trazan en el amarillo de sus ojos. Mi corazón duele y palpita desenfrenado, como si quisiera desertar de mi cuerpo. El pitido no tiene pausas, un sonido constante y duradero se hunde en mis oídos con una extraña sensación de lejanía. Logro visualizar un túnel.

Despierto agitado y la perversa reptiliana está montada en mi cintura, zarandeando sus nalgas de piedra y golpeando con ambas manos mi pecho. La pequeña sala está llena de reptiles arrastrándose por los rincones, cada vez llegan más. Borrosos, los bichos se pierden y todo se me va a negro.

El sonido eléctrico reaparece… ¡me desmayé! Quién sabe cuántas horas transcurrieron. El instinto de peligro me levanta de golpe. Tengo que huir, de lo contrario esto se pondrá feo. Lo primero es sacar el tubito que me enchufaron en el desdichado órgano genital.

Tomo la manguerita plástica, abro ligeramente las piernas y lo miro fijamente. Él como que intenta mirarme, tuerto y lacio, se acurruca en mi pierna, sabe lo que viene. Escucho pasos a lo lejos. ¡Puaf! Sin cuenta regresiva, saco la manguera de cuajo. Un grito enmudecido se esconde en mi rostro duro como guijarro.

Con las piernas entumecidas, camino por la habitación, intentando producir la menor cantidad de ruido. Apoyo la espalda descubierta en las suaves cerámicas de la muralla. Marcho hacia el umbral de la puerta, donde brota una brisa de aire. Asomo la cabeza y miro a ambos lados; identifico a enfermeros y técnicos corriendo por los pasillos, posiblemente esclavizados por los reptiles. El sudor se pega en los uniformes celestes y verdes, la angustia reflejada en la fisonomía de aquellas personas traspasa un desaliento contagioso. Más al fondo, entreveo a una pequeña mujer con mascarilla y bata blanca, quien entra y sale de módulos separados por cortinas plásticas. Conversa con otro sujeto vestido similar, ambos hablan con un tono medio caribeño simpaticón, supongo que es el acento típico reptiliano. Mi sexto sentido de caballero de bronce me alerta que estoy siendo observado. Raudo, entro la cabeza, reduzco la respiración e inconscientemente, aprieto los ojos. Cuento hasta diez y vuelvo a sacar la cabeza. Diviso a una recepcionista apoyada en un mesón, comiéndose un chacarero, cuyo jugo de tomate le recorre de muñeca a codo. La gastronomía reptiliana me resulta intrigante. Sobre la enfermera y pegado al techo, hay una señalética de letras rojas que reza “URGENCIA”.

Evitando ser descubierto, pies descalzos y de puntilla, busco la salida. El lugar está colapsado, la gente duerme en los pasillos como animales esperando turno al matadero. Las mismas caras de presa resignada.

Tropiezo con una camilla, donde reposa un viejito con ojos nublados y un gorro verde que le cubre toda la cabeza. El tatita respira lastimoso, pareciese que en cualquier suspiro los pulmones ya no podrán llenársele de aire. Estira la mano apuntando hacia la mampara de vidrio que está al final del pasillo. El anciano evidencia mi falta de proactividad y tacto. Entre molesto y angustiado, se saca el oxígeno y con voz gastada, me demanda:

—Mi nieta… está afuera. Dígale que estoy bien, por favor.

Este tipo de situaciones pasan en los momentos más inoportunos. Yo tratando de huir de mis raptores y las fuerzas del universo colisionan, me ponen al tatita moribundo a pedir favores humanitarios. Doy media vuelta, haciéndome el loco, pero el viejo testarudo me agarra del camisón y llorando, insiste:

—Dígale, por favor. Llevo mucho tiempo aquí. —Mientras una lágrima dramática recorre los surcos de su rostro.

Pobre viejito, también fue víctima de los reptiles. No entiendo mucho el proceder de estos bichos, pero se pasaron con el pobre tatita. A pesar de los riesgos, mi sentido de humanidad me impide hacerme el leso.

—Caballero —le pregunto—, ¿cuál es el nombre de su hija?

—Se llama Donatella —replica con dificultad, sosteniendo la mascarilla de oxígeno.

Donatella, capaz que salga y pille a una cabra chica con caparazón y antifaz morado. Con ese nombre, no sé cuánto cariños le tendrán los progenitores a la susodicha. En cualquier caso, si llegase a encontrar más personas capturadas, no podré reconocerla solo con el nombre, por lo cual le pregunto al octogenario:

—¿Cómo es su nieta?

—Ella es… ella es una niña crespa y colorina. Anda con chaqueta de mezclilla y pantalones negros.

Haciendo dos señas de afirmación con la cabeza, el viejo entiende que iré a entregar el mensaje. Con lentitud, se vuelve a poner la mascarilla, pero antes se manda una tosida estrepitosa que termina con el tremendo escupitajo ensangrentado.

Pensé que costaría más hallar la salida, pero allí la veo: al final del pasillo y señalizada con dos letreros. Nada más le faltaba brillar. Los funcionarios que aparecen corren de lado a lado sin prestarme la más mínima atención. A pesar de que ando a poto descubierto y con la bata manchada de sangre en la entrepierna. De lo último me acabo de percatar, al parecer no contuve la orina.

Antes de dejar el lugar, aprovecho la invisibilidad momentánea para dar un último vistazo. Contemplo el escenario caótico: salas de atención improvisadas y divididas por un precario nylon, el personal lleva gente mutilada, otros tanto agarrándose el pecho e impresiona la cantidad de jóvenes con lesiones oculares. Lo que se repite con mayor frecuencia, son los individuos calmados por el incómodo silencio de la máscara de oxígeno. Otros se hallan acostados de guata a la camilla, entubados, en su mayoría terrícolas de edad avanzada, aunque de igual forma han transitado niños, adolescentes y adultos jóvenes, quienes van casi desvanecidos. La única interrupción de aquella penosa calma son los tosidos similares a la del viejo. Ni siquiera este contexto logra proporcionarme pantallazos de memoria, todo está en blanco como las paredes.

Al lado de la puerta de vidrio que indica la salida, hay un escritorio improvisado. Quien estaba se fue recién, pues el café a media taza aún emana vapor. En el respaldo de la silla cuelga una chaleca XXXL, típicas dimensiones reptilianas. Tomo el chaleco y la amarro alrededor de mi cintura. Imagino la reacción de Donatella si ve que ando con el culo al aire y el miembro ensangrentado.

Siento el escalofrío que acompaña a la incertidumbre. De cara la puerta, inhalo profundamente. De pronto percibo punzadas como cuchillos en el estómago, los reptilianos hijos de su madre deben haber sacado o puesto algo mal. Pero este dolor no impedirá que huya. Determinado, tomo la manilla metálica y abro de zuácate.

Estando al otro lado, por instinto animal los vellos se me erizan al apreciar el evidente caos. Similar a una sala de espera, el espacio debe contener más de tres centenares de almas. Esperando ser atendidos, en la ventanilla de aluminio comienzan dos filas que salen por la puerta principal. En los pocos asientos que no tienen una X roja, diviso una abuela quejumbrosa casi por de desvanecerse. A su derecha y pegado a la muralla, un hombre de mediana edad le afirma el cuerpo. En dicha condición deben estar por lo menos veinte personas. Pegada a ellos, absorta en el escenario que rodea su asiento, una mujer con el ceño fruncido sostiene entre llantos a dos pequeños gemelos, cuyas cabezas lánguidas pululan ante los movimientos desesperados. Cercanos a la fila que sale por la puerta, jóvenes con las ropas manchadas de rojo auxilian a otros jóvenes, quienes yacen tendidos en el piso, inconscientes o gritando de dolor. Dos están con los ojos sangrando y tres están sin polera y con aparentes heridas de perdigones, mientras sus camaradas menos heridos tratan de impedir, con tanto estoicismo como nervios, que el sangrado fluya fuera de los cuerpos. Llantos, gritos y gemidos rebotan en el edificio. Históricamente, son los jóvenes quienes luchan para asegurar el futuro con ideales de estandarte, asimismo, son ellos quienes acaban pagando las consecuencias de la desigualdad o de la estupidez humana. Imagino que hoy no es la excepción, ellos deben estar en la primera línea contra la invasión reptiliana.

La mayoría anda con mascarilla. Quizás dicha apreciación suene frívola, si consideramos el sufrimiento que acabo de narrar. Son esas divagaciones medias irracionales conversadas con la voz interior cuando pasa algo relevante y uno se fija en el detalle más estúpido y pendejo posible.

Volviendo al tema. ¿Qué mierda está pasando? Intento avanzar disimuladamente, pero el tumulto de gente me impide seguir.

En el momento menos oportuno, empieza la sonajera de tripas, anunciando lo inevitable: se me sale el tremendo pedo, esos que vibran entre las nalgas cual composición wagneriana. He escuchado campanarios incapaces de lograr tales decibeles y quizás sería un soberbio material de investigación para cualquier académico gastroenterólogo. El ambiente desolador realmente fue cortado por el estruendo. Quizás algún presente, incrédulo, lo habrá confundido a primeras con un edificio en demolición o un cañonazo de guerra. Si no fuera por la exhibición pública en la que acabo de resultar, buscaría un espejo para constatar que no tengo un megáfono incrustado por allí atrás. De afuera y entre carcajadas gritan “el hueón ordinario, conchetumare”. Quienes están a mi lado, logran percatarse de lo vulnerable que se halla ahora mi trasero, después de su poderosa invocación. A un tiempo, la multitud conforma un círculo a mi alrededor. Divisé suspicaces sonrisas y algún que otro bototo punta de fierro, acercándose a paso lento. El momento de suspenso duró escasos segundos, hasta que la masa molesta comenzó a abalanzarse sobre mí, jodido el anhelo de pasar inadvertido.

En el minuto que la señora más petisa levanta la pierna y se pega la pose de la grulla, varias voces gritan al unísono “¡silencio!”. En el televisor colgado de la pared, va a hablar un caballero nervioso de pelo cano. Cuando inicia el monólogo, figuran escondidas bajo los párpados unas membranas que le recubren los ojos cada quince segundos, cerrándose horizontalmente. Si al caballero le quitamos la bata blanca, es el típico viejito cufifo de cantina. Pero según sale escrito en la TV, es el ministro de Salud.

No logro escuchar bien, pues estoy perpendicular al televisor y un poco aturdido. El murmullo que alcanzo a entender es:

—Bla, bla, bla… van solo 970 000 contagiados… bla, bla, bla… tenemos solo 12 000 muertos… bla, bla, bla… ratifico que el virus se pondrá buena onda… bla, bla, bla… tenemos el mejor sistema de salud del mundo, ¡qué digo!, de la galaxia… bla, bla, bla… tenemos las urgencias vacías… bla, bla, bla… todos los planetas a cuarentena… bla, bla, bla…

Desde afuera vuela una piedra. Quien la haya arrojado tiene mis respetos, porque le achuntó medio a medio a la pantalla. No sé por qué todos aplaudieron, pero lo que es yo, sé aprovechar el instante preciso para escapar.

Por fin hay un hueco en la entrada. Veloz, me dirijo a ella. Voy retirándome y me acuerdo de la solicitud del viejito. Apurado, trato de vislumbrar a la crespa de pelo rojo, chaqueta de mezclilla y no sé qué más. Cómo no voy a poder encontrar a la colorina, si acá los que estamos somos todos mechas tiesas y negras. Ni levantándome como suricata diviso cabeza roja alguna. Qué lástima por el tatita. Por lo menos no me iré con cargo de conciencia. Salgo vertiginoso y apretando cachetes, pues desconozco qué sustancias habrán introducido en mi virginal sistema digestivo, pero lo que haya sido, ahora quiere salir por la única vía de escape posible.

Camino algunos pasos y, sentada en la escalera, sin quitar la vista de la puerta que da a Urgencias, está la colorina, vestida igual como dijo el caballero.

Moviendo las piernas y contrayendo la musculatura de la cintura para abajo, pregunto:

—¿Usted es Donatella?

Ella, asustada, no contesta.

—Señorita, por favor, no tenga miedo, yo también fui secuestrado por los reptilianos. Mire, pasa que tratando de huir me topé con su abuelo adentro, tiene puesto un gorro verde de lana. Me pidió que le dijera que estaba bien, que no se preocupara.

Tieso y enjuto a estas alturas, decido bajar las escaleras. Le hago una señal de adiós con la mano, pero la pajarita tiene la misma costumbre que el tata, me agarra del camisón y pregunta:

—Señor, dígame… ¿el tata Clemente tenía oxígeno? Por favor, señor, respóndame.

Terminando la pregunta, se quiebra en llanto. La verdad es que me cuesta hablar, estando tan concentrado en no defecarme.

—Sí, tiene oxígeno —le cuento—. Lo vi muy afligido, pero cuando me pidió que le diera el recado se puso la máscara enseguida.

Donatella toma mi mano:

—Gracias señor. Ni se imagina la tranquilidad que me ha dado. Llevamos día y medio acá, no hemos comido bien a la espera de atención médica. El tata Clemente llegó mal, no podía respirar… pensé que ya estaba muerto. Señor, ¿cómo le puedo pagar?

En otro contexto quizás habría salido con alguna estupidez, pero teniendo en mente el escape de los reptilianos y, lo segundo y no menos importante, las ganas de ir al baño, intento contestarle los más racional y escueto posible:

—Donatella, en el edificio están los reptilianos torturando a las personas, por favor, huye y dile a la policía o algún agente del Estado que no tenga membrana en los ojos. No confíes en nadie. Cuídate mucho y dale mis saludos a tu abuelo.

Terminando el diálogo, la chica pone cara de espanto, peor que al principio de la conversación. Suelta mi camisa y corre. Por mi parte, misión cumplida.

Me dispongo a bajar las escaleras. Volteo, Donatella charla con el guardia y me apunta con el dedo. Los ojos del hombre son cubiertos por membranas, al igual que el viejito de la TV. Por dármelas de buen samaritano, la tortuga ninja me traicionó.

El guardia corre en mi dirección. Intento bajar las escaleras, pero la puntada en el estómago se acrecienta cada vez más. Quiero defecar, es incontrolable. Llevo la mitad de los escalones y el guardia está a dos metros. Ya no aguanto más. Suelto lo que atesoraban mis intestinos. El guardia pisa el ungüento adherido en el escalón y cae, golpeándose la cabeza con el pasamanos. La audiencia atónita no sabe cómo reaccionar, pero yo sí: me echo a correr.

A pie descalzo corro entre grandes edificios, los pastelones de las veredas están levantados por raíces de árboles viejos y cada pisada involucra una estrategia acrobática para transitar. Desconozco la ciudad, sus calles, olores, hasta el cielo pareciese sacado de otro mundo.

El dolor vuelve a picanearme el estómago, con las manos presiono el vientre, pero el malestar aumenta en intensidad. En la cuadra del frente gritan “¡síganlo, que no escape!”. Las piernas cobran vida propia y se mueven veloces. La dirección que han decidido tomar carece de raciocinio. Mientras no se les ocurra parar, estamos bien.

Dada mi contextura delgada y un pie izquierdo cojo, supongo que no tengo aptitudes atléticas. Increíblemente, mis piernas se mueven profesionales entre cuadras y cuadras; doblan a la izquierda, derecha, luego un pique de doscientos metros, se detienen, miran a ambos lados, cruzan la calle, izquierda, luego recto y llegan a una plaza repleta de gente. La aglomeración salta alegre, los participantes llevan mascarillas celestes o de género con diseños, creo ser el único con la boca descubierta, así que desato el chaleco sucio y me lo pongo tanto de bufanda como de gorro.

La protesta gira en torno a una gran caja metálica, que protege la base de lo que fuera una estatua sagrada. Debe ser algún símbolo reptiliano que los civiles intentan demoler.

Se oyen tambores, cantos y algarabía. El tumulto danza alrededor del cubo metálico. La colectividad parece reconocerme. Entre aplausos y sonrisas me invitan a participar, tal vez soy algún tipo de líder de la resistencia del planeta, espero ser un buen John Connor. Ante la solicitud de mis seguidores, es impensado darles una respuesta negativa, por lo cual accedo sin reparos a sumarme al ritual. Quedo al medio de la ronda con otros diez especímenes disfrazados; un Pikachu como de globo salta de la mano con un dinosaurio, Spider-Man mueve el trasero con erotismo, un hombre planta grita al sol y yo, no haciendo nada, saco aplausos.

Parece que quienes lideran el Ejército Humano de Liberación visten ropas diferentes. Aunque el atuendo que llevo es mera casualidad, me sumo al ritual de protección y las ovaciones se oyen a kilómetros. Se elevan letreros que tienen escrito: “No más AFP”, “¡١٠ % ya!”, “Nueva Constitución”, “Corruptos”, “Renuncie, presidente”, entre otras cosas. No sé de qué tratan, imagino que deben ser cosas en que los invasores han echado mano.

Cuando la algarabía alcanza su clímax supremo, llegan los refuerzos, supongo que para unirse a la resistencia contra la invasión. Llegan buses blindados, motos, autos, carros que no parecen de bomberos, pero que expulsan agua, y unos señores con armadura de los Caballeros del Zodiaco. Quienes antes estaban inmersos en el ritual, ahora comienzan a formar barricadas y a cortar las calles, debe ser que los reptilianos se acercan. Ante la contingencia, no puedo ser menos, por algo el pueblo me ha elegido. De cara a las barricadas, me pongo en posición de combate. Con los puños cerrados y cubriendo el rostro, pies firmes en la tierra, grito a todo pulmón:

—¡Vengan, lagartijas culiás!

Cual hijo de Dios en asunción, los pies se desprenden del suelo y por inercia estiro los brazos. Desde las nubes opresoras, rayos de luz atraviesan el cielo nublado. Los destellos traspasan mi ropa, que se mueve a contraviento. La espalda descubierta y húmeda se eleva, la transparencia de mis andrajos hospitalarios muestra el desnudo cuerpo que asciende sobre la multitud. En cámara lenta, los presentes, atónitos y boquiabiertos, siguen el cuerpo que flota sobre sus cabezas. La presión del agua choca en mi espalda con mayor fuerza. Vuelo tres metros, el chorro me arrastra por el pavimento, tengo la cara pegada a la calle, varios de mis súbditos corren al auxilio. Encapuchados, con lo que pillan improvisan escudos: la batalla acaba de iniciar. Tal parece que la policía no es humana, sino reptilianos que caen de emboscada.

—¡Martina, agárralo! —grita una chiquilla delgada, mientras otra me toma del costado izquierdo.

En la huida, giro la cabeza: tres vehículos nos disparan con gran puntería un líquido bastante tóxico. Disipando el humo de las lacrimógenas, emergen buses blindados. Un pelotón con la identificación escrita de FF. EE. (¿Fuerzas Espaciales?) bajan y se forman en fila recta:

—¡Fuego! —grita el teniente.

Mordiscos clavados en la espalda detienen la huida. En el suelo yacen mis rescatistas. Martina se agarra la cabeza cubierta de rojo, ahora soy yo quien releva la acción heroica. Sitúo a la flaquita sobre el hombro y a Martina la posiciono pegada a mi torso. Con fuerza animal, apuro el paso. Sin embargo, hay un mordisco en el culo que desacelera el ritmo.

Llego a un quiosco azul, dejo apoyadas a las dos muchachas en la cortina metálica, ambas lloran cubiertas de sangre. Puede que el oscuro líquido no sea de ellas; tengo los brazos, piernas, hombros y cara rasmillados hasta el hueso. Sumado a lo anterior, de la espalda cuatro orificios como volcanes adornan mi nueva piel. Martina despabila y abraza a la flaca, que tiene la nuca bien complicada.

Por detrás del quiosco, emergen jóvenes al auxilio de las niñas, al parecer son conocidos. Justo a tiempo, porque la flaquita había empezado a tiritar con tercianas en el piso.

Un chascón me dice:

—Compadre, hay que moverse, los pacos vienen con todo.

—Chascón, yo creo que los reptilianos se infiltraron en las Fuerzas Armadas, así que estamos hasta las cachas, es mejor que nos cercioremos en quién poder confiar.

Mirando a sus compañeros y riéndose, contesta:

—Compadrito, vaya a que lo atiendan, parece que se pegó muy fuerte.

—Tranquilo, estoy bien. Aparte, los reptilianos tienen tomado el hospital, imagínate que tenían hecho pebre a un tatita que apenas respiraba. Si puedes, llévense a las chiquillas a un lugar donde atender sus heridas.

—Vale, compadrito, ¿y usted qué va a hacer? Mejor venga con nosotros…

Antes de que terminara de hablar, mis piernas vuelven a tener vida propia y corren sin rumbo fijo. Dejo atrás la batalla campal entre reptilianos y humanos. Armaduras contra estómagos descubiertos, esta invasión no presagia buen desenlace.

Entre que giro, doblo y corro, me persiguen cuatro reptiles con armadura, gritan “¡sigan al hueón de la capucha!”. Al unísono sacan sus potentes armas alienígenas y disparan lacrimógenas. La primera choca con el follaje de los árboles que levanta los pastelones de la vereda, para algo que sirvan. La segunda roza mi oreja, sin lograr acertar. Por pajarones les paro el dedo del medio mientras empiezan a picarme los ojos. En el acto tropiezo con la berma y caigo sobre un grifo amarillo.

En cuatro y a poto pelado sobre el grifo, recuerdo el prominente dolor que yace en mi estómago. Colgando, vomito un líquido naranjo, luego marrón y finaliza mutando al violeta.

Caricias parecidas a lengüetazos consuelan las heridas que tengo en la espalda. Sin emitir sonido, se pone frente a mí un quiltro verde con antenas, levanta la pata y mea con autoridad. La vista la tengo borrosa, el perro asustado se acerca y dice:

—Despierta, que vienen los reptilianos. Muévete, hombre, que te van a agarrar de nuevo.

Sin embargo, la bruma negra le gana a cualquier deseo, e incluso al ánimo que el perro me intenta dar.

Capítulo 2

13 de agosto del 2003, previo a la invasión reptiliana

Inquieto sobre una silla de mimbre, hago que las tablas vocalicen bramidos al apretar los pies en el suelo. El viento chifla, siguiendo la armonía. Traspasa el revestimiento plástico sobre la casa. Mantengo la concentración en la croquera. Aprisiono el lápiz cada vez con más tensión, tanto que me duele la zona entre el índice y el pulgar. Hoy es un día especial para dibujar a mi madre. Me desespero, intentando delinear rápido, no quiero perder los hermosos detalles que en su rostro aparecen. Mientras ella pela el zapallo y las papas que harán alquimia en la cazuela, yo la intento retratar. Mi respiración, enfática, está conectada a los trazos que tiro sobre el papel del bloc, enfoco mi mayor dedicación en ello. La desolación, la pena y la alegría se entrelazan en pequeños gestos, que alumbran como faro su existencia. Soy el testigo más cercano de la austeridad que ha dado forma a su cara, tal como la conozco. ¿Cómo describirlo? Quizás mi madre está experimentando una emoción nueva en el mundo, pero tan solo revivir aquellos fugaces guiños me rescata cuando ya no puedo lidiar con el peso de la vida.

Con etéreos movimientos doy forma al rostro. El lápiz pasta no acompaña a la técnica, sin embargo, es el material más accesible. Me encantaría tener productos pitucos, cuántos lápices tengo aún por conocer, pero con suerte alcanza para el pan. La semana pasada en el liceo tuve la ocurrencia de quejarme frente al profesor de artes, un viejo querible, desaliñado y extravagante. Al escuchar mis lamentaciones, abrió la palma y, frente a mi inocente y atenta mirada, me puso el tremendo paipe en la mollera. Apeló casi a gritos:

—Cabro idiota, no puedes regodearte, si al final con cualquier cosa se pueden tirar líneas. Los cavernícolas ni lápices usaban para imprimir animales en la piedra y voh’ moqueando por materiales caros. Esas huevadas son de mamones consentidos. Nosotros los artistas cambiamos el mundo con talento. Y si no tienes pincel, pintas con las manos. Si no tienes manos, con los pies. Si nos tienes pies, ya te imaginas cómo po, huevón.

Teniendo presente las sabias palabras de mi profesor y sin ambiciones de retratar a mi progenitora con métodos tan poco higiénicos, reafirmo el ahínco en dibujar a lápiz pasta, con la mayor dulzura, aquel hermoso rostro. La expresión ocurre tan solo una vez en el año y por escasas horas. Sigo rayando la hoja, absorto en el juego de sombras que van configurando una silueta perdida. Intento concentrarme, pero cuando lo consigo, tengo la extraña sensación de ser observado. Estoy seguro de que hay alguien espiándome. Volteo, pero solo encuentro maderas y el nylon amarillo roto por el sol. Sé que no hay nadie, pero mis sentidos vibran alterados. Quizás es por el pueblo y la calamidad que lo rodea.

Durante décadas los campesinos han visto cómo sus tierras sufren los efectos de la contaminación. No es por alaracos ni que le pongamos color por una basurita tirada en la calle. Los contaminantes son brígidos, provienen de la fundición y refinería de cobre, ventanas y de otras empresas que les importa un carajo el bienestar de las personas y el medioambiente. Si no me equivoco, este sector acoge un gran parque empresarial con diecisiete plantas, varias de las cuales producen o trabajan con materiales tóxicos, compiten por ver quién es la que deja más la escoba. Parece chiste: cuando las autoridades médicas del país declaran zona de catástrofe, los poderosos cierran tres semanas sus negocios, salen un ratito en las noticias, les pasan una multa y vuelven a abrir. Toda una mafia, donde el Estado es el capo.

Huellas profundas con geométricos detalles adornan las madrugadas en las playas del sector. Del mar emergen peces con tres ojos y más músculos que este pobre cabro malnutrido. Mi abuelo ha sacado de entre sus redes fusiones dantescas de calamares con peces. Cthulhu es una cagada al lado de estos monstruos. En la noche se puede oír el canto de sirenas desentonadas, quienes en su propia lengua muerta parecieran reclamar sus penurias a las rocas de la bahía.

Evitamos salir a oscuras o transitar en solitario por la playa. Quienes participan en protestas, a la mañana siguiente aparecen fotografiados en el diario mural de la comisaría, sumándose a la larga lista de presuntas desgracias y “persona desaparecida”. Lo malo es que al tata le fascina la trifulca, nosotros le decimos que se quede piola. El veterano es porfiado y por más que le advirtamos, no pesca. El viejo está en conocimiento de que, a sindicalistas, protestantes o el valiente que alce la voz, lo desaparecen en menos de lo que canta un gallo con branquias y aletas. Los representantes del pueblo son encontrados a los meses en la bahía: muertos, mordidos, cercenados, en evidente estado de putrefacción.

Este es el pequeño Chernóbil que las cámaras desenfocan. El verano pasado, en plena protesta, un vecino, el Choro Chico, intentó visibilizar la problemática en un canal nacional. Se preparó, fue a la playa a diario, pescó monstruitos por doquier. Seleccionó el más cuático, tan feo era el bicharraco desgraciado que no se sabía por dónde agarrarlo, la cabeza y la cola eran idénticas. El Chico, para evitar que los gatos se lo comieran, dejó el pez arriba del techo cubierto por una caja de madera, pero la lumbrera olvidó el calor. Al pasar los días el monstruito estaba muerto, podrido, tieso y expeliendo un aceite verdoso, parecía vómito de pelícano, nadie le iba a creer. Los reporteros ya trabajaban en la playa para el despacho en vivo, lo recuerdo a la perfección. Estaba de mero espectador acompañando al tata, que movía un letrero mientras vociferaba groserías. Detrás de las cámaras aparece el Choro Chico persignándose. A vista de todos y sin perder el foco de las grabaciones, comienza en círculos a girar la lienza que runrunea imparable, estira el brazo y la arroja con maestría a quince metros. En cuanto la carnada y plomo tocan el oleaje salado, a pulmón limpio grita “¡picó, picó!”. Recogiendo a dos manos el sedal y por gracia divina, saca un inmenso pez de tres ojos como el de Los Simpson. Corrió en dirección a la reportera, la rucia ya estaba con micrófono en mano, el despacho en vivo había iniciado. El Choro Chico se puso frente a la cámara, agarró el pescado de la cola y lo movió como si fuera pañuelo endieciochado. La reportera coge la cabeza de mi vecino y lo posiciona bajo su axila. De alguna manera, el menudo muchacho logra zafar de la mujer. A la periodista, producto del tironeo y el enfado, en el cuello se le marcaron collares de venas moradas. El Choro, colorado como tomate, mira en dirección a la cámara, apunta a la periodista y tiene la ocurrencia de decir:

—¡Es un cocodrilo, huyan! ¡Huyan!

Descolocados, los presentes no sabíamos cómo reaccionar. Entre los pobladores alguien se puso a reír y tardó un segundo en contagiarse. La reportera, con acento pituquito y risa forzada, explicaba a los televidentes que el chascarro quedaría para el recuerdo en el matinal. Ese mismo día acontece la tragedia: la casa del Choro Chico sufrió un incendio estructural causado por la explosión de un balón de gas. Lo insólito es que la familia de mi vecino era muy humilde, tanto que solo utilizaban braseros para temperar o cocinar. La intrépida acción causó la muerte de toda una familia y un claro aleccionamiento para la comunidad.

No soy biólogo marino, pero creo que han salido algunos mutantes bien pintorescos del agua salada. Lo anterior es un detalle, cuando los pobladores agonizan y mueren por culpa de las dichosas empresas. Primero fueron los ancianos, entre ellos estaba mi abuelita. Ella murió de cáncer, una pelotita llevó a la otra, hasta que todo su funcionamiento interno se deformó e implosionó. Los médicos encontraron en cada órgano rastros residuales de la contaminación ambiental; de los pulmones, corazón, hígado y riñones, el sello empresarial tatuaba cada retazo de carne. Cuento corto, quedamos en la ruina pagándole a un abogado, los poderosos pusieron coimas sobre la mesa y el tribunal resolvió a favor de las empresas. Según la ley, nuestras pruebas no eran suficientes. Quienes demandan poseen el mismo destino, los ánimos de lucha se diluyen junto a la espuma final del oleaje. Este último tiempo la preocupación ha renacido, los conchitos de las familias empezaron a caer hospitalizados, niños y lactantes son las nuevas víctimas. El tata tiene los huevos hinchados como avestruz, admiro al viejo, es el defensor de las causas perdidas. Ante los acontecimientos, sentirme observado es un pelo de la cola atribuible a mera sintomatología del contexto, alguna inhalada mañanera de cobre, aluminio o quién sabe qué otro mutágeno me habré puesto.

Sopla el fantasma persecutor en el oído y me devuelve al dibujo, que está terminado. Sí, la de la hoja es mi madre, los trazos desbordan las emociones que veo el día de mi cumpleaños. Una suave caricia despeina mi cabello:

—Hijo, que me dibujaste bonita, parece que estuviera asustada.

Mi madre ha cogido el dibujo. Melancólica, ve su retrato con aires de nostalgia, mientras hierve papas, choclo y zapallo.

De una repisa improvisada saca su olla regalona. En ella, la grasa y el hollín se han adherido por años en negros relieves. Con aceite hirviendo para sofreír, más ajo, mantequilla y una ramita de romero, coloca los huesos de vacuno para que agarren el sabor, es el secreto de la cazuela de mi madre. Con cuidado toma la tetera hirviendo y esparce el agua en la olla, mientras ve el dibujo, que aún tiene en la mano.

Maldita sensación. Estoy seguro, de algún lado me observan. Con el cuello torcido mantengo la mirada en las tablas viejas.

—Ya estás pegado, pájaro —me reclama una voz ronca.Sonríe el tata, arreglándose su larga cabellera.

—Hola, tata, ¿por qué se demoró tanto?

—Bah, ni a tu abuela le daba explicaciones y te las voy a dar a voh’, pájaro.

Deja unas bolsas en el suelo y me abraza fuerte. Puedo sentir su delgado cuerpo cobijando mis pensamientos.

—Feliz cumpleaños, pajarito, te traje unas cositas.

—Hola, papá —interviene la estoica mujer—. ¿Por qué viene tan cargado?

Mi madre deja el dibujo sobre un cajón de frutas que ocupamos como velador. El tata se peina el largo bigote hippie. De las bolsas, saca un vestido rojo con olor a ropa americana.

—Mire, mija, lo que encontré. Está nuevecito, tiene hasta la etiqueta.

—Pero, papá, ¿cómo se le ocurre?

—Bah, se me ocurre no más.

—Papá, andamos al tres y al cuatro, ¿para qué me compró un vestido?

—¡Para usar de papel higiénico! ¿Para qué va a ser, chiquilla lesa? Para que se cambie la cochinada que lleva puesta. Con un temblor se le van a terminar cayendo las pocas hilachas que le quedan al suyo, si no se las lleva primero una ventolera.

Mi madre sonrojada asiente con la cabeza. A regañadientes recibe el obsequio, es evidente su alegría, como de costumbre evita mostrar emociones. Con muda fascinación, toca la tela y revisa la prenda por ambos lados.

Orgulloso, el tata apela:

—Le atiné con este, mija. Tiene una manchita, pero con agüita caliente le va a quedar del uno. Le apuesto que se verá mejor que la Marilyn Monroe.

Mi madre deja el vestido en el cajón de frutas, procurando no arrugar el dibujo. De espaldas a nosotros y como de ultratumba, se dispone a seguir cocinando.

El tata se apoya en mi pierna y procede a agacharse con cuidado, las rodillas viejas crujen estrepitosamente. Abre la bolsa más grande y como todos los años, saca una torta de mil hojas y tres litros de leche con chocolate. De pequeño, lloraba por tomar lácteos. Como el dinero nunca ha sobrado, debía conformarme con las bolsas del consultorio. Era tal mi fanatismo que, al cumplir cuatro años, el tata me regaló tres litros de leche con chocolate. Estaba feliz, la bebí para desayuno, almuerzo y cena. Desde aquel momento, el viejo convirtió el acto en tradición. Producto de los mutágenos empresariales, o bien de los tóxicos disipados en el ambiente, hace poco comprobé que el flan, el manjar, la leche y los helados me revientan las tripas, en la noche ando a punta de bombazos. Un minuto de placer conlleva mil años de dolor. En nuestra mediagua, la cocina, el comedor y las piezas se resumen en un espacio mancomunado tipo 3x1, la privacidad es un lujo inasequible, por tanto, pedarse es un delito compartido que ya superó cualquier etiqueta. La casa es tan pequeña que nos conocemos hasta los olores, lógico sería comentarle al viejo para prevenir una tragedia, pero ¿cómo podría romperle el corazón al tata? Se levanta de madrugada para pescar y ganar unas chauchas extras por mí.

—Muchas gracias, tatita…

—Pájaro, chanta la moto, que la hice de oro. En la feria encontré unos tesoros que vas a quedar loco.

Desde que tengo memoria, el tata recorre en un triciclo azul las calles, ferias y casas viejas en busca de chatarra, cachivaches y muebles en desuso. El viejo de alguna forma arregla los hallazgos, dejándolos operativos. Todo lo soluciona a punta tornillos viejos, alambre y caucho que le regalan en las vulcanizaciones. Los detalles poco agraciados para la vista los tapa con pintura, y por arte de magia una basura pasa a ser una bella antigüedad. Se demora la nada misma en venderlos a buen valor. Pero hay días, en esa intrépida búsqueda, que el viejo encuentra sus llamados “tesoros”: objetos atípicos, la mayoría de las veces meras excentricidades que por tincado claramente le garantizan un mal negocio, pero en otras ocasiones, aunque las menos, encuentra cosas de alto valor monetario.

—Tata, ¿por qué gasta dinero?

—Bah, si la plata es pa’ gastarla. Saliste hinchapelotas, igual a tu madre. Además, no todos los días se cumplen dieciocho.

El viejo me pasa una nota con un acróstico, siempre nos escondemos mensajes de mi madre. Como el tata es medio hippie y le gustan las “canciones con significados intensos”, según dice, sus poemas suenan bonitos, pero en algunos hasta ordinarieces camufladas me ha escrito. Los agentes secretos envidiarían nuestro sistema de cifrado.

—Ya, papá —se entromete mi madre—. Empezó con los papelitos.

—Bah, esto es arte, mija… y de la más fina.

—A ver, qué tan arte son las cabezas de pescado que escriben.

Intento sacar la voz más alfa omega posible:

Veo que te brillan los ojos,

es el viento que te choca en la cara.

no mires el sol brillante,

delante de ti espera el destino,

ese que traza en líneas gruesas.

La esperanza de un soñador

ansiando despertar del sueño mortal.

Mi madre queda impactada, pero le hace el quite a reconocer el talento del viejo, orgullosa hasta la médula. En ese sentido, es calcada al tata.

Entre líneas, el código es “véndela”. Le presto ropa al viejo:

—¿Ve, mamá? —le recrimino—. Está bien bonito el escrito, tiene que reconocerlo.

Mi madre, de espaldas, solo asiente con la cabeza.

—Mira, pájaro —continúa el autor del poema—, como andas todo el día dibujando, tuve la tremenda suerte de pillar este hombre. Encontré solo la parte del cogote para arriba, el próximo año te regalo del cogote para abajo.

El tata suelta una risotada profunda y saca de la bolsa un pequeño busto griego de yeso. Mientras observo maravillado el adorno que no planeo vender, el tata me pega en el hombro con un libro.

—Toma, pájaro, para que dejes de ver tantos monitos en la casa de los vecinos y aprendas un poco de este puto mundo, sobre todo de sus amenazas.

El libro tiene una tapa azul: La guerra de los mundos, de H. G. Wells.

—Tata, ¿qué significan la H y la G?

—Herrera González.

—¿En serio?

—¡Qué voy a saber yo, pajarón! A los yanquis se les ocurre cada tontera. Solo puedo decirte que este libro lo leí hace años y me abrió los ojos, pájaro. Ahora es tu momento.

Con tono molesto y levantando la voz, mi madre lo reta:

—Papá, córtela con la tontera, el mundo entero piensa que está loco. El otro día fui a comprar pan a la esquina y Luchito me contó que usted estaba medio entonado hablando de una invasión extraterrestre. Papá, yo no sé de dónde saca esas tonteras.

—Si todos los días tomo vino es porque los doctores dicen que así los viejos nos mantenemos saludables y guapetones, mija.

—Yo no sé de dónde saca eso, y será una copita, no una garrafa entera. Pero el vino nunca ha sido el problema. Papá, solo pido que deje de hablar estupideces.

Cerrándome un ojo, el tata saca de la bolsa una botella de vino y la destapa.

—Mire, mija, yo veré lo que hablo y lo que dejo de hablar… y si no le gusta, tápese los oídos.

—Papá —ella torna persuasivo su tono—, no se haga el leso, usted sabe a qué me refiero. Los de la empresa ya se la cantaron clarita. Y esos no amenazan… prometen.

El semblante del viejo se endurece:

—Mija, ellos mataron al amor de mi vida, a la mujer con quien quería pasar el resto de mis días. Y la asesinaron de la peor forma posible. Era yo quien se desvelaba soportando sus dolores. Estos hijos de la gran puta se creen dueños del mar, los peces, los viejos y los niños. ¿Cómo me voy a quedar callado? No son humanos, son unos putos reptilianos de sangre fría.

Mi madre baja la cabeza, sabe que el viejo algo de razón tiene. El tata se sienta, respira profundo y se dirige a mí:

—Mejor no hablemos de amarguras en tu cumpleaños, pájaro. Antes de comer, vamos a sacar la red de una pasadita.

El tata se acerca y hablando bajo, para que no escuche mi madre, dice:

—Y de camino te cuento sobre los reptilianos.

El tata es conocido por chamullero, pero esto lo dice con seguridad contagiosa.

—Papá —le llama la atención—, vamos a almorzar.

—Mija, na’ que hacerle —contesta, encogiéndose de hombros—. Con la guata llena uno no se puede meter al agua, es peligroso. No vaya a estar coludida con los jetudos de la empresa para mandarme al patio de los callados.

—Papá, ¿cómo se le ocurre decir soberana estupidez?

—Ya, ya, ya. Vamos, pájaro, mueve el culo.

Así cierra el caso entre carcajadas. Preparando la mochila, el tata a escondidas me entrega la botella de vino y unos panes con mortadela, siempre hace lo mismo. Esos “voy y vuelvo” son la gran mentira del hombre.

Cargamos la mochila, solo el viejo lleva muda de ropa, antes yo lo ayudaba a sacar la red, pero desde un tiempo hasta la fecha no me deja meterme al agua con él.

—Pájaro, te prohíbo meterte a la mar —me ordena, como si me hubiese estado leyendo el pensamiento.

—¿Por qué dice eso, tata? Si yo lo puedo ayudar.

—¿Crees que soy un debilucho como tú, pájaro? Solo quiero que tengas un mejor pasar. Los tiempos no están para este tipo de vida.

Con facilidad se coloca el traje de buzo, el viejo se pegó una adelgazada cuática que nos tiene medio preocupados.

—Ya, pájaro, lleva el saco, porque hoy lo vamos a llenar.

Mi madre, como siempre, le da un beso en la frente al viejo, es su cábala.

Vamos a puros resbalones bajando el cerro, al viejo se le ocurrió comprar unas chalas que son la imitación barata de la imitación cara de unas de marca, hasta el nombre es gracioso, las Like, con un puma medio amorfo dibujado. La planta parece de goma eva, se siente todo lo que se pisa. Creo que de puro orgulloso las lleva puestas, porque yo no las usaría ni para trabajo del colegio. Para ser de cuneta, salieron carísimas, el viejo no es capaz de asumir un mal negocio.

—¿Qué me miras tanto las patas? ¿Acaso tengo me salió un sexto dedo, pájaro?

—Nada, tata, pero yo que usted bajaría a pata pelada mejor, porque se va a ir cerro abajo.

—Bah, yo veré cómo bajo. Además, estas chalitas son pulentas, son como las que usaba Jesús cuando dividió el mar en dos. Si te mando un chancletazo, capacito que te convierta en vino, pájaro.

Entre carcajadas, el tata se pone serio:

—Mijo, los reptilianos existen. Están aquí entre nosotros y quieren conquistarnos sin generar alboroto. En las protestas que he estado, siempre salen unos compadres de terno negro, gafas oscuras y lengüeteados para atrás. Vi a uno sacándose los lentes de sol y tenía como cosas viscosas cubriéndole los ojos en forma horizontal. A otro lo caché rascándose el cogote, de puro sapo me acerqué, y no me vas a creer lo que vi…

—No sé, tata, ¿qué vio?