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Baroja destacó muchas veces sobre otras de sus obras "Zalacaín el Aventurero", subrayando siempre la rapidez con que la compuso y su falta de ambiciones ideológicas o estéticas. Una novela de aventuras para la que el escritor tuvo el acierto de elegir las circunstancias de una guerra civil, que le permitían favorecer la creación de azarosos lances de los que debería salir victorioso el protagonista, un héroe vasco, hambriento de aventuras y sediento de acción al que la guerra facilitaba motivos inagotables para encontrarlas.
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Seitenzahl: 588
Veröffentlichungsjahr: 2014
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Pío Baroja
Zalacaín el Aventurero
Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín el Aventurero
Edición de Juan M.ª Marín Martínez
Introducción
Una novela de plenitud
Composición. Fuentes. Trilogía «Tierra vasca»
«Zalacaín el Aventurero» y las novelas históricas
Los «Episodios nacionales», de Pérez Galdós
Las guerras carlistas
«Paz en la guerra», de Unamuno
«La Guerra Carlista», de Valle-Inclán
La peculiaridad de «Zalacaín el Aventurero»
Estructura, personaje, relato épico
La estructura de la novela: al servicio de la aventura y del personaje
El aventurero, «el hombre de selva», «la inquietud personificada»: «el ideal caro» de Baroja
Novela de aventuras, relato épico, novela de aprendizaje
Las ediciones de «Zalacaín el Aventurero»
Variantes textuales
Esta edición
Bibliografía
ZALACAÍN EL AVENTURERO. HISTORIA DE LAS BUENAS ANDANZAS Y FORTUNAS DE MARTÍN ZALACAÍN EL AVENTURERO
Prólogo. Cómo era la villa de Urbía en el último tercio del siglo XIX
Libro primero. La infancia de Zalacaín
Capítulo primero. Cómo vivió y se educó Martín Zalacaín
Capítulo II. Donde se habla del viejo cínico Miguel de Tellagorri
Capítulo III. La reunión de la posada de Arcale
Capítulo IV. QUe se refiere a la noble casa de Ohando
Capítulo V. De cómo murió Martín López de Zalacaín, en el año de gracia de mil cuatrocientos y doce
Capítulo VI. De cómo llegaron unos titiriteros y de lo que sucedió después
Capítulo VII. Cómo Tellagorri supo proteger a los suyos
Capítulo VIII. Cómo aumentó el odio entre Martín Zalacaín y Carlos Ohando
Capítulo IX. Cómo intentó vengarse Carlos de Martín Zalacaín
Libro segundo. Andanzas y correrías
Capítulo primero. En el que se habla de los preludios de la última guerra carlista
Capítulo II. Cómo Martín, Bautista y Capistun pasaron una noche en el monte
Capítulo III. De algunos hombres decididos que formaban la partida del Cura
Capítulo IV. Historia casi inverosímil de Joshé Cracasch
Capítulo V. Cómo la partida del Cura detuvo la diligencia cerca de Andoáin
Capítulo VI. Cómo cuidó la señorita de Briones a Martín Zalacaín
Capítulo VII. Cómo Martín Zalacaín buscó nuevas aventuras
Capítulo VIII. Varias anécdotas de Fernando de Amezqueta y llegada a Estella
Capítulo IX. Cómo Martín y el extranjero pasearon de noche por Estella, y de lo que hablaron
Capítulo X. Cómo transcurrió el segundo día en Estella
Capítulo XI. Cómo los acontecimientos se enredaron, hasta el punto de que Martín durmió el tercer día de Estella en la cárcel
Capítulo XII. En que los acontecimientos marchan al galope
Capítulo XIII. Cómo llegaron a Logroño y lo que les ocurrió
Capítulo XIV. Cómo Zalacaín y Bautista Urbide tomaron, los dos solos, la ciudad de Laguardia, ocupada por los carlistas
Libro tercero. Las últimas aventuras
Capítulo primero. Los recién casados están contentos
Capítulo II. En el cual se inicia la «Deshecha»
Capítulo III. En donde Martín comienza a trabajar por la gloria
Capítulo IV. La batalla cerca del monte Aquelarre
Capítulo V. Donde la historia moderna repite el hecho de la historia antigua
Capítulo VI. Las tres rosas del cementerio de Zaro
Capítulo VII. Epitafios
Créditos
Para mi amigo Francisco Muñoz Marquina: A orillas del Júcar, primero, y del Manzanares, después, se nos han ido sin sentir casi cuarenta años de entrañable amistad.
Cuando se publica Zalacaín el Aventurero (1909), su autor ya era un escritor afamado1. Estaba a punto de cumplir treinta y siete años (había nacido en San Sebastián, en 1872, aunque la mayor parte de su vida la había pasado en Madrid, ciudad en la que estudió el bachillerato y la carrera de medicina); había ejercido en Cestona su profesión de médico (1894-1895) y había trabajado como industrial panadero en la capital de España (1896-1902). Cuando en 1902 se derribó la panadería de una tía suya, que él regentaba y en la que había alternado sus tareas administrativas con la redacción de algunos artículos, cuentos y novelas, decidió dedicarse exclusiva y profesionalmente a la literatura, tal como asegura en sus memorias:
Había sido médico de pueblo, industrial, bolsista y aficionado a la literatura. Había conocido bastante gente. El ir a América no me seducía. Llegar a tener dinero a los cincuenta años no valía la pena para mí. Quería ensayar la literatura. Ya comprendía que ensayar la literatura daría poco resultado pecuniario, pero mientras tanto podía vivir pobremente, pero con ilusión. Y me decidí a ello2.
Cuando apareció Zalacaín ya había publicado más de una docena de obras: dos colecciones de cuentos (Vidas sombrías, en 1900, e Idilios vascos, en 1902), algún libro de ensayos (El tablado de Arlequín, 1904) y doce novelas: La casa de Aizgorri (1900), Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino de perfección (1902), El mayorazgo de Labraz (1903); La busca, Mala hierba y Aurora roja (las tres en 1904); La feria de los discretos (1905), Paradox, rey y Los últimos románticos (ambas en 1906), Las tragedias grotescas (1907), La dama errante (1908) y La ciudad de la niebla (como Zalacaín, en 1909). Unos años antes, en marzo de 1902, había recibido un memorable homenaje por su Camino de perfección en el Parador de Barcelona, de la madrileña calle del Caballero de Gracia, y en el que se reunieron escritores como Azorín, el organizador del acto junto al editor de la novela, y también Mariano de Cavia, Ramiro de Maeztu, Ortega Munilla, Pérez Galdós, Ramón del Valle-Inclán, Silverio Lanza, etc., lo que confirma su puesto de relevancia en las letras españolas de principios del siglo XX. Por aquellos años a caballo entre los dos siglos la firma de Pío Baroja figuraba debajo de no pocos artículos aparecidos en El Globo, Germinal, El País, La Justicia, Arte Joven, El Ideal, Revista Nueva, La Voz de Guipúzcoa, Vida Nueva, Alma Española, Juventud, El Radical...3.
No puede, por tanto, sorprender que en 1909, cuando se publica Zalacaín el Aventurero, Pío Baroja esté viviendo un período de plenitud artística, después de haber recorrido una carrera literaria de una decena de años. Mary Lee Bretz, que ha escrito una de las monografías más interesantes y completas sobre don Pío4, se ha referido a su desconcierto en los primeros libros que firmó y en los que imitaba a diversos escritores a los que había leído en busca de una orientación segura hasta que se liberó de incertidumbres hacia 1904 o 1905, después de haber realizado unos ensayos narrativos, que Bretz llama psicológicos y noventayochistas5. Según esta profesora su gran descubrimiento, y con él el cambio, se producen con la composición de La lucha por la vida: en 1904 recurre Baroja por primera vez al formato de la trilogía y sigue en ella el modelo que se ha dado en llamar «novela abierta», con un narrador que hace una crónica de lo que ha ocurrido a un muchacho, Manuel Alcázar, en su intento de hacerse con un sitio digno en la sociedad madrileña. Con la trilogía La lucha por la vida, Pío Baroja alcanza una forma propia de hacer novela y se le disipan las dudas que pudo padecer al principio de su carrera literaria6.
Zalacaín el Aventurero pertenece al período que la profesora Bretz considera etapa de plenitud de su autor, la comprendida entre 1908 y 1912, en la que se dan a la imprenta los grandes títulos barojianos, aparte de las ya citadas La dama errante y La ciudad de la niebla: César o nada (1910), El árbol de la ciencia (1911), Las inquietudes de Shanti Andía (1911) y El mundo es ansí (1912).
Baroja destacó muchas veces sobre otras de sus obras Zalacaín el Aventurero, subrayando siempre la rapidez con que la compuso y su falta de ambiciones ideológicas7 o estéticas: «La escribí por entretenimiento, para pasar el rato, y la terminé en unas pocas semanas»8. Según revela en sus memorias, concibió las primeras ideas para componer su nueva obra en la primavera de 1907, cuando pasaba una temporada en Sant Jean Pied de Port, pueblecito francés apenas a ocho kilómetros de la frontera con España, adonde fue por recomendación de su amigo el pintor Darío Regoyos («me había dicho [...] que me encontraría bien y podría hallar un paisaje para hacer una novela»)9. Allí imaginó la Urbía de cincuenta y tantos años atrás en la que habría de nacer (1852) y pasar su infancia el protagonista de la nueva novela, cuando la vida «era pacífica y sencilla», antes de la guerra fratricida. Iba a contar en ella la «Historia de las buenas andanzas y fortunas de Martín Zalacaín de Urbía», como rezaba el subtítulo, la agitada vida de un héroe osado y temerario que durante la última guerra civil del siglo XIX comerció con los carlistas y venció todas las dificultades imaginables antes de morir en la flor de la edad. Desde el principio quiso el autor que aquella vida ocurriera en la pasada e inmediata historia reciente, y, consecuentemente, hubo de documentarse para ambientarla.
Poco después de aquella estancia de Baroja en el pueblecito francés, se puso manos a la obra. En su entorno había excombatientes de los que informarse con rigor sobre la guerra, de manera que pudo recoger los testimonios precisos para montar un relato con fondo histórico perfectamente verosímil y bien documentado10. El propio padre del novelista, Serafín Baroja (1840-1912), había asistido a la guerra como corresponsal y había publicado unas crónicas sobre ella en El Tiempo, de Madrid11, crónicas que se conservaban en una carpeta en la casa de Itzea, la residencia familiar de los Baroja en Vera; fue él quien lo asesoró en esa documentación previa12 y quien había comentado en las tertulias de la casa cientos de detalles de la carlistada (incluso parece que hubo un intento de componer entre el padre y el hijo la novela)13. Pío Baroja también se entrevistó con un expelotari y empleado entonces en el diario donostiarra El Pueblo Vasco14, un tal Fuentes, que había figurado en la partida del cura Santa Cruz, y a quien quiso oír antes de redactar los capítulos en que iban a aparecer estos guerrilleros.
En la génesis de la novela la influencia de Serafín Baroja (liberal15, agnóstico y anticlerical como su hijo) es indudable: en las semanas finales de la guerra civil había visitado, como corresponsal, diversos escenarios bélicos (Hernani, Fuenterrabía, Guetaria, Zarauz, el valle de Elizondo, Ainhoa, Azpeitia, Cestona, Tolosa, Beasain...), lugares desde los que fue enviando a El Tiempo, el periódico de Madrid, esas crónicas fechadas entre el 10 de enero y el 26 de febrero de 1876, que fueron publicándose según llegaban a la redacción. Esas crónicas y unos dibujos a lápiz que hizo cuando se acercó a los frentes de la guerra se conservaban guardados en una carpeta en la casa de Itzea:
Su hijo Pío —cuenta Pío Caro Baroja— las debió pegar [las crónicas] sobre papeles más grandes y escribió de su puño y letra «Crónica de la Guerra Carlista, por Serafín Baroja»; tiene sesenta y una páginas con notas y apuntes de Pío y Serafín16.
La consulta de estas crónicas por parte de Pío Baroja está suficientemente demostrada. Es de suponer, por otra parte, que las conversaciones sobre la guerra civil serían frecuentes en las tertulias de la familia y que a Pío Baroja llegaría por esa vía mucha información de la que luego se sirvió para componer su novela. Desde luego no cabe la menor duda de que el novelista leyó esas crónicas17 y, como tendremos ocasión de comprobar, llegó incluso a reproducir en su obra alguno de sus pasajes casi literalmente (Libro tercero, cap. III). Julio Caro ya advirtió que, a pesar de lo mucho que se había escrito sobre Zalacaín el Aventurero, casi nunca se hizo referencia a lo que significó la vida familiar del novelista en su gestación18.
A la vuelta, pues, de su viaje a Sant Jean Pied de Port, Pío Baroja ya había decidido que el protagonista de la ficción sería un personaje creado por su imaginación («En esta novela mía, Zalacaín el Aventurero, el personaje principal está inventado»)19, pero el marco y la ambientación iban a ser bien realistas («Los detalles históricos no están tomados de libros, sino de viva voz. Algunos los oí de labios de mi padre, que estuvo en la guerra carlista de voluntario liberal; otros los escuché de sus amigos. Los tipos, paisajes y costumbres están vistos en la realidad durante mis caminatas y paseos por el País Vasco y en el pueblo guipuzcoano en donde estuve de médico»)20. En poco más de dos meses, ya tenía escrita su novela y, en 1908, la envió a Doménech, que tenía sus talleres en Barcelona, quien la editó al año siguiente. Las frecuentes reediciones de la obra y sus tempranas traducciones demuestran el interés que despertó y sigue despertando la obra y justifican la predilección que siempre mostró su autor por ella, una «novela de aventuras [...], de las más bonitas [en las memorias cambiará el adjetivo por “mejores”]21 y más perfiladas que yo he escrito»22.
Zalacaín el Aventurero forma parte de la que fue primero una trilogía y luego tetralogía titulada Tierra vasca. Sabido es que desde 1904, con la publicación de La lucha por la vida como primera trilogía presentada como tal, arranca la práctica barojiana de agrupar sus narraciones en series de tres novelas, a veces de cuatro, lo que José-Carlos Mainer ha juzgado como una de sus «estrategias de búsqueda y sinergia con respecto a los lectores potenciales»23, con las que quiere implicar al lector en sus planteamientos y que lo llevó también a orientar y dirigir su atención con los títulos que daba a los ciclos narrativos24, a las novelas, a las secciones en que las dividía y a los capítulos que las constituían25. Zalacaín el Aventurero forma con La casa de Aizgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903) y La leyenda de Jaun de Alzate (1922) la tetralogía que lleva por título Tierra vasca y que debe orientar al lector sobre la importancia que lo espacial va a tener en las novelas ahí agrupadas26; las cuatro tienen en común que son narraciones ambientadas en el país vasco-navarro y que están protagonizadas por personajes de aquellas tierras, pero no hay continuidad de unas en otras ni guardan relación sus respectivas tramas argumentales (sabido es que las agrupaciones en trilogías fue actividad normalmente bastante caprichosa de su autor)27.
En Tierra vasca está compendiado el vasquismo tal como lo sintió el escritor. En Juventud, egolatría (1917) explicó cómo se despertó aquel en él cuando vivió en Cestona como médico; fue entonces, según dice, cuando pudo recuperar sus propias raíces y sentirse partícipe de una identidad colectiva o racial que había olvidado después de tantos años alejado de su tierra: «En Cestona empecé yo a sentirme vasco, y recogí este hilo de la raza, que ya para mí estaba perdido»28. Y en Divagaciones apasionadas (1924) volvió de nuevo al mismo asunto: «En el pueblecito vasco donde estuve yo de médico y comencé a tener dolores reumáticos, comprendí, observándome a mí mismo, que había dentro de mi espíritu, como dormido, un elemento de raza que no había despertado aún»29. El regreso a su país, la contemplación de aquellos paisajes y el contacto con sus paisanos hizo surgir esa nueva conciencia: «Al volver, ya de hombre, al pueblo guipuzcoano donde comencé a ejercer de médico, sentí cómo el ambiente físico de mi país, y algo también del moral, me iba envolviendo, y cómo recogía, poco a poco, este rastro perdido de la raza»30. Es la contemplación de la naturaleza y la influencia de ese «ambiente físico» las que alimentan su sentimiento: «Aquellas brumas de los montes son para mí un recuerdo indeleble [...], anegaron mi alma para siempre; ya no salen de ella, ya no saldrán jamás»31.
Y en Zalacaín, la novela a la que su autor clasificó como «de costumbres vascas»32, encontramos ese entusiasmo por el paisaje vasco-navarro que hace al personaje sentirse tan libre («Mi país es el monte», confesará Martín al corresponsal extranjero). Y al mismo tiempo percibimos también el distanciamiento con el que contempla el carlismo, que tanta simpatía despertó entre los vascos aunque ninguna en Pío Baroja: «En las dos orillas del Bidasoa, lo mismo en la frontera española que en la francesa, se sentía un gran entusiasmo por la Causa del Pretendiente», reconocerá el narrador de la novela.
Zalacaín el Aventurero (1909) fue el primero de los intentos de Baroja por componer una novela histórica antes de iniciar el que iba a ser el largo ciclo constituido por los veintidós volúmenes de las Memorias de un hombre de acción (1913-1935) e inmediatamente después de haber escrito la trilogía El pasado (1905-1907)33. Si en esas Memorias reconstruye la historia de España en los dilatados tiempos de su antepasado el conspirador Eugenio de Aviraneta (1792-1872), en las novelas que constituyen El pasado y en Zalacaín se aproxima más a su tiempo: La feria de los discretos (1905), la novela que abre aquella trilogía, está ambientaba en los años centrales del siglo XIX, previos a la Revolución del 68, en cuyos preparativos participará su protagonista Quintín García Roelas; Los últimos románticos (1906) y Las tragedias grotescas (1907), las otras dos novelas de la misma serie, reflejan la experiencia de los políticos españoles emigrados en París desde los años setenta; Zalacaín, por su parte, muere, en la novela a la que da título, en 1876, a los veinticuatro años de edad. Están, por tanto, todas estas obras ambientadas en la cercana etapa decimonónica, en el pasado más reciente.
El hecho de que Baroja ambiente estas narraciones en un pasado próximo al momento en que las escribe hace que se desinterese, para componerlas, por el modelo narrativo que le ofrecía la llamada novela histórica romántica, cuyos escenarios estaban mucho más alejados en el tiempo, y que, en cambio, fuera una referencia, según suponemos, el consolidado por los Episodios nacionales, de Galdós, de los que se habían publicado nada menos que cuarenta volúmenes entre 1873 y 1907, aunque don Pío rechazara, en 1924, ante unos estudiantes de la Sorbona, haber tenido la menor influencia de don Benito en la redacción de Zalacaín34. No cabe ninguna duda de que nada vincula a Zalacaín el Aventurero ni a las demás novelas históricas de Baroja con la vieja novela romántica consolidada por el escocés Walter Scott (1771-1832) y a la que caracterizaban la nostalgia por el tiempo ido, bien distante de la época en que se escribía y leía, y una ambientación en tan remoto pasado histórico, que exigía estudio a sus autores y documentarse exhaustiva y rigurosamente, guiados siempre en su creación por entretener al público y poder interpretar el pasado como referencia para la actualidad del lector. Tampoco faltaban las novelas románticas en las que el pasado no era más que un marco dorado e idealizado para situar los asuntos y conflictos que interesaban a su autor, sin que se hiciera en sus páginas una reconstrucción histórica adecuada. La mayor parte de estas novelas transcurrían en la Edad Media (muchas se ocupaban de episodios ocurridos durante la Reconquista), aunque tampoco faltan las que tienen como marco algún reinado de los Austrias ni las relacionadas con la conquista de América. A imitación de Ivanhoe (1819), la obra de Scott ambientada en la Inglaterra del siglo XII y considerada modelo del nuevo género, se escribieron diversas novelas históricas en español. Entre las primeras están Ramiro, Conde de Lucena (1823), de Rafael Humara, ambientada durante la conquista de Sevilla en el siglo XIII; Gómez Arias (en 1828 la versión en inglés; en 1831 la traducción española), de Telesforo Trueba y Cossío, sobre la rebelión de los moriscos a principios del siglo XVI; y The Castilian (1829, con traducción en 1845), del mismo Trueba, sobre las luchas de Pedro el Cruel y Enrique de Trastamara. Siguieron decenas de obras escritas por García Villalta, José de Espronceda, Mariano José de Larra, Pedro de la Escosura, Gil y Carrasco, Navarro Villoslada, la Avellaneda, etc., que lograron hacer extraordinariamente popular aquel género literario.
Más próximas a los tiempos de redacción de Zalacaín se publicaron Morsamor: peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel de Zuheros y Tiburcio de Simahonda (1899), de Juan Valera, que relata los viajes y aventuras de su protagonista en la conquistas portuguesas de Asia durante el siglo XVI, y Sónnica la cortesana (1901), de Blasco Ibáñez, que sitúa su acción en el Sagunto resistente a las tropas de Aníbal. Sin embargo, los intereses narrativos de Baroja eran bien distintos a los que habían movido a estos novelistas y la época en que iba a situar a su aventurero era mucho más próxima, por lo que nada debe Zalacaín al modelo narrativo que consolidaron aquellas novelas.
Más atractivo, como decíamos, ofrecían para Baroja los cuarenta volúmenes de los Episodios nacionales hasta entonces aparecidos; probablemente, cuando en 1907 tomó la pluma para escribir la historia del contrabandista, intentaría estar a la altura del viejo y consagrado escritor, aunque negara, en 1924, todo interés por la obra galdosiana. El objetivo de Benito Pérez Galdós difería del que se propusieron los novelistas románticos; también sus procedimientos técnicos fueron diferentes a los que aquellos emplearon35. Los Episodios intentaron ser una historia novelada de la vida española desde la Guerra de la Independencia, con personajes inventados, como Gabriel Araceli o Salvador Monsalud, que completaban la galería de personajes históricos que habían protagonizado los principales acontecimientos de la historia reciente. Combinando adecuadamente historia y ficción, fue plasmando los grandes acontecimientos políticos y militares del siglo XIX, al tiempo que intentaba reconstruir el ambiente en el que la vida española tuvo lugar, sobre todo la vida cotidiana de los ciudadanos más comunes, que Galdós inventaba y a los que atribuía una participación importante en la historia. Los Episodios se propusieron tanto describir el pasado como interpretarlo, comprobar cómo se proyectaba aquel en el futuro en el que vivían sus lectores y poder establecer cuáles fueron las consecuencias político-sociales y también ideológicas que produjeron aquellos sucesos encadenados desde la invasión napoleónica. En términos generales, aceptó Galdós el optimista determinismo histórico que lo llevaba a sostener en su relato el progreso español hacia las libertades y la evolución hacia una sociedad más moderna y civilizada, aunque poco a poco se fuera abriendo paso en él su pesimista desengaño por la frustración de lo que parecía el proyecto de su propia clase social, malogrado cuando se hizo con el poder en 1868. Los Episodios están escritos con un talante liberal y en ellos se confirma la victoria de la España del progreso a partir de la Segunda serie.
Los cuarenta y seis volúmenes que forman el conjunto completo de los Episodios nacionales pretenden ser un relato ameno y novelado de la historia de España del siglo XIX con la esperanza de poder entender los conflictos que atormentan a la sociedad española. Y es que el propósito que anima a Pérez Galdós es, además de deleitar a sus lectores, enseñarles (ilustrarlos acerca de las causas y consecuencias de los más recientes hechos históricos, que son los que explican el presente), tal como él mismo indicó en 1885, al asegurar que su empresa
había nacido limpia de toda intención que no fuera la de presentar en forma agradable los principales hechos militares y políticos del período más dramático del siglo, con objeto de recrear (y enseñar también, aunque no gran cosa) a los aficionados a esta clase de lecturas36.
Los Episodios nacionales no se podían limitar a contar lo que los manuales narraban de los sucesos históricos con toda precisión; por eso su autor arbitra la fórmula que combina dos componentes: lo que sabemos que ocurrió en el pasado, esto es, la que él llamará historia externa, o en otras palabras igualmente suyas «la de la “cosa pública” o “superficie de las cosas”», con aquella otra, la imaginada o inventada, aunque verosímil, la que llamará historia interna. Francisco Caudet lo ha explicado con sumo acierto:
Galdós, y con él —o a causa de él— muchos de los narradores de los Episodios, pensaba que lo arriba puntualizado —patrón discursivo que se sigue de manera parecida en otros episodios y novelas— no era suficiente para reconstruir el pasado histórico de un país. Había para ello que recoger además, como parte no menos esencial de ese pasado, la historia interna, que habitualmente —y a diferencia de lo que ocurre con la historia externa— no suelen recoger los libros de Historia37.
A este mismo efecto, aduce Caudet las ideas expuestas por Galdós en el capítulo VI de El equipaje del rey José:
Si en la Historia no hubiera más que batallas; si sus únicos actores fueran las personas célebres, ¡cuán pequeña sería! Está en el vivir lento y casi doloroso de la sociedad, en lo que hacen todos y en lo que hace cada uno. En ella nada es indigno de la narración38.
Por eso añade a los personajes históricos otros inventados que comparten su tiempo con aquellos.
Organizados en cinco series, los diez primeros volúmenes, agrupados en la Primera serie, versaron sobre los antecedentes y desarrollo de la Guerra de la Independencia (1805-1813); la Segunda serie, volúmenes undécimo a vigésimo, publicados entre 1875 y 1879, abarcaron el reinado de Fernando VII (1814-1833); la Tercera serie, publicada entre 1898 y 1900, contaron desde la Regencia de María Cristina hasta la boda de Isabel II (1834-1846); la Cuarta serie, aparecida entre 1902 y 1907, se ambienta en el reinado de Isabel II (1848-1868). Y componen la Quinta serie, la que empieza a escribirse al mismo tiempo que Baroja está redactando su Zalacaín, seis volúmenes cuya redacción se produce entre octubre de 1907 y agosto de 1912. Entre los seis últimos Episodios se reparten el período que va desde la Revolución de septiembre de 1868 a la Restauración Alfonsina (hasta 1880).
Esa Quinta serie de los Episodios nacionales presentará alguna importante novedad39. Mientras que sus dos primeros títulos (España sin rey, 1908, y España trágica, 1909) entroncan perfectamente con los que los precedieron «desde el punto de vista narrativo e historiográfico»40, los cuatro últimos (Amadeo I, 1910, La Primera República, 1911, De Cartago a Sagunto, 1911, y Cánovas, 1912) se alejan de todos los anteriores (y son justamente los que coinciden con el tiempo de Zalacaín, aquel tiempo en el que tuvo lugar la última de las guerras carlistas). Entre las causas que se aducen para explicar el cambio, están la adhesión de Galdós al republicanismo (esta se hizo pública en una carta de 1907 dirigida a Alfredo Vicente, director de El Liberal), su condición de diputado por Madrid desde 1910 (obtuvo la más alta votación en las listas de la conjunción electoral republicano-socialista)41, su convencimiento de que su clase social había fracasado y constituía parte principal del problema de España42 y el vuelco estético al que estaba abocado el escritor según él mismo creyó estar obligado tras el asesinato de Prim43. En palabras de Francisco Caudet,
parece haber comprendido [Galdós] que, a partir de ese asesinato [el de Prim], la historia de España había dado un vuelco tal que la manera de narrar seguida hasta ese momento quedaba invalidada, o simplemente se había vuelto inadecuada. Había que narrar, a partir de ese vuelco, de otra manera. (...) Hasta la muerte de Prim, los Episodios nacionales son (...) la crónica de los errores históricos del pasado y de las consecuencias que tuvieron esos sucesos. Esa crónica pone de manifiesto la progresiva dificultad que encontraba España para salir del atolladero histórico en que se hallaba, y en diciembre de 1870, cuando fue asesinado Prim, esa dificultad se volvió insalvable. Lo que vino después, que —recuerdo nuevamente— se inicia con Amadeo I, tuvo que dar paso —y lo acabó dando— a una nueva y distinta manera de narrar44.
Como decíamos, es en los cuatro últimos Episodios publicados poco después que Zalacaín(Amadeo I, La Primera República, De Cartago a Sagunto y Cánovas), en los que transcurren los años de la guerra civil (1872-1876) y en los que se evocan algunos de sus hechos de armas más relevantes.
En Amadeo I se relatan los sucesos que acaecieron durante poco más de dos años del reinado que da título a la obra, esto es, desde principios de 1871 hasta la abdicación del monarca, ocurrida el 10 de febrero de 1873, y la proclamación, al día siguiente, de la República. La novela empieza justo con el nuevo año de 1871: un Madrid nevado recibe el día 2 de enero al nuevo rey recién elegido por las Cortes; Amadeo I llega a la estación de Atocha (viene de Cartagena, procedente de Italia) y quiere visitar el cadáver de Prim en la Basílica de Atocha (al general, que era su máximo valedor, lo habían asesinado el 27 de diciembre en la calle del Turco). Cumplido ese deseo, inicia su camino hacia el edificio que alberga las Cortes, en donde presta juramento, y de allí parte a visitar a la viuda del general, antes de dirigirse a Palacio. El narrador aprovecha para contar el traslado de los restos de Prim a la Basílica el día anterior.
Irán alternando desde ese momento la descripción de los hechos históricos (principalmente son noticias de la inestable vida política durante este reinado) con el relato del cotidiano acontecer de la vida doméstica del narrador, de acuerdo con la orientación que el autor quiso imprimir a sus Episodios:
De asuntos privados, confundidos con los públicos hablaré —advierte el narrador—, para que resulte la verdadera Historia, la cual nos aburriría si a ratos no la descalzáramos del coturno para ponerle las zapatillas. ¡Cuántas veces nos ha dado la explicación de los sucesos más trascendentales, en paños menores y arrastrando las chancletas! (pág. 679)45.
De este narrador sabremos enseguida su nombre (Proteo Liviano, «Tito»), su edad (veintitrés años entonces) y su ocupación (periodista de creencias republicanas, recién contratado por El Debate), lo que justificará que quiera ser testigo de cuantos acontecimientos ocurran; también conoceremos su acentuada inclinación donjuanesca (nos contará sus innumerables conquistas, desde las dos primeras, que serán la de María de las Nieves, esposa de un portero de Palacio, y la de Obdulia, una relación que se verá dificultada por un tío de la joven). Otras aventuras galantes sucederán a estas: las protagonizadas por Felipa y Lucrecia, con las que Tito visita las más diversos chirlatas; luego con doña María de la Cabeza Ventosa de San José, la comerciante a la que deberá llevar la contabilidad y que le inspirará una «pasión volcánica» tal como la califica él mismo; le sucederá Graziella, la protegida del sacerdote e historiador don Hilario de la Peña (en casa de Graziella conocerá a una extravagante mujer, llamada Mariclío y «Tía Mariana», la musa de la Historia según detallará el periodista46, protectora siempre del narrador y su verdadera sustentadora económica, que intervendrá esporádicamente en circunstancias excepcionales y misteriosas para facilitarle la asistencia a algunos hechos históricos). Otras apasionadas historias sentimentales lo relacionarán con una cantante llamada Pepa Hermosilla («la Princesa»), luego con Delfina, Felipa, Facunda...
El padre del protagonista, don Matías Liviano, viendo a su hijo enfermizo y débil, se lo lleva para que se reponga a la casa familiar de Durango y eso da ocasión a que Tito pueda ser testigo de los principios de la guerra carlista (transcurre la primavera de 1872) y ofrezca su testimonio; también relatará, en unos divertidísimos capítulos, su nueva experiencia amorosa (sus más allegados intentan casarlo con la fanática y embrutecida Facunda) y el extravagante discurso pronunciado ante amigos, conocidos y fuerzas vivas de Durango para reivindicar para España, frente a carlistas y liberales, la proclamación de la República Hispano-Pontificia, cuya presidencia propone que se ofrezca al papa Pío IX... Unos sacerdotes amigos de su última conquista, doña Josefa Izco, descubren los antecedentes de Tito, quien antes de que puedan lincharlo huye del País Vasco.
Cuando llega a Madrid se da cuenta de que se ha vuelto invisible, lo cual le permite visitar a los reyes sin ser notado durante la comida en el Palacio y seguir al rey, después, cuando vaya a visitar a su amante Adela, la que fue hija de Larra. También seguirá al rey cuando pase sus vacaciones estivales en Santander, en donde tiene lugar la aventura del monarca con una dama inglesa («la corresponsala»).
El principal rasgo de esta etapa, tal como se destaca en el relato de Tito, fue la inestabilidad política (hasta seis gobiernos se sucedieron en tan corto período: los de Ruiz Zorrilla, José Malcampo, Sagasta, el general Serrano, el duque de Torre y de nuevo Ruiz Zorrilla); también se cuentan las elecciones del 72, en las que obtienen sus actas de diputados los republicanos Estévanez y Galiano, y se detiene un tanto en el relato de la guerra carlista (desde la sublevación de los legitimistas, pasando por la victoria del general Moriones sobre Carlos VII en Oroquieta el 4 de mayo de 1872, la firma del Convenio de Amorebieta del 24 de mayo, por el que se suspendía transitoriamente la guerra; la reaparición, después, de las partidas carlistas por todo el norte peninsular...). Otros acontecimientos históricos relatados en este episodio son el atentado en la calle del Arenal a los reyes, el 18 de julio de 1872, la «conjuración de las mantillas» con la que se protestó por la extranjería de Amadeo, la represión en diciembre a cargo del general Pavía de la concentración de republicanos en Antón Martín, el «conflicto artillero» (un contencioso entre el Cuerpo de Artillería y el Gobierno de Ruiz Zorrilla, quien, respaldado por las Cortes, aprobó un decreto por el que se disolvía aquel cuerpo el 8 de febrero de 1873 y que fue el pretexto para que el rey abdicara)... Tito pudo escuchar en las Cortes el 10 de febrero tanto el discurso de abdicación como el que leyó Castelar en su contestación; al día siguiente se proclamaba la República con 258 votos a favor y 32 en contra. La familia real abandonó Madrid, camino de Lisboa.
El segundo de estos Episodios (cuarto de su serie) en los que se relatan acontecimientos históricos que coinciden en el tiempo con la última de las guerras carlistas (advirtamos, sin embargo, que en él apenas se hace alguna alusión a esa guerra), es el titulado La Primera República, novela ambientada en 1873. Singularizan esta obra las abundantes reflexiones del autor puestas en boca de diversos personajes y la proliferación de escenas cargadas de significación simbólica. El protagonista, por otra parte, cae con frecuencia en sueños y alucinaciones por lo que el lector no sabrá si lo que se cuenta está siendo vivido por Tito o solo forma parte de sus ensoñaciones.
El narrador, ahora con un puesto en el Ministerio de la Gobernación, sigue ejerciendo su papel de historiador, que describe en estos términos: «Vi en mi mente con absoluta claridad que mi papel en el mundo no era determinar los acontecimientos sino observarlos y con vulgar manera describirlos para que de ellos pudieran sacar alguna enseñanza los venideros hombres» (pág. 1070). Y, consecuentemente, en esta novela Tito describe las actividades de las nuevas instituciones (la apertura el primero de junio de las Cortes Constituyentes, la presentación del proyecto de Constitución, los frecuentes y agrios debates, especialmente los motivados por las insurrecciones cantonales...), comenta la inestabilidad política (tras la primera crisis ministerial ocurrida a los trece días de proclamado el nuevo régimen, se suceden vertiginosamente los gabinetes: el de Figueras, quien acaba huyendo a Francia; el de Pi y Margall; el de Salmerón en el mes de julio; el de Castelar en septiembre; también describe los diversos intentos de derribar el sistema y cómo estallan por doquier los fenómenos cantonales; se multiplica la fragmentación de los partidos políticos, se intensifica la guerra carlista...).
La atención del narrador también se dirige a su vida privada durante esos meses de 1873, en los que vivió «en constante combustión amorosa», según su propia anotación (pág. 867). Su principal relación ahora es con Floriana, una maestra a la que acompaña en su prodigioso viaje a Cartagena en donde se le ha ofrecido la dirección de una escuela y en donde vivirá la pareja, desde julio, durante la prolongada sublevación cantonal de cuyo desarrollo se da cuenta con todo detalle. La ruptura con Floriana, impuesta por Mariclío al final de la novela, hunde a Tito en una depresión.
El siguiente volumen, el titulado De Cartago a Sagunto, también está contado en primera persona por Tito Liviano y con su habitual estilo cervantino, marcadamente irónico; tal como se nos prometió en el último capítulo del episodio anterior, asistimos a los sucesos históricos ocurridos entre octubre de 1873, en el Cantón de Cartagena, y mediados de julio de 1874, en la ciudad de Cuenca, donde tuvo lugar el terrible saqueo carlista.
Los primeros capítulos (I a VI) relatan el día a día de algunos de los poco más de seis meses que duró la experiencia independentista de Cartagena, las escaramuzas y combates navales entre fragatas rebeldes y la escuadra centralista, como la llama el narrador, el sitio y bombardeo sufridos por la ciudad, hasta que Tito, en compañía de su amiga Leonarda («Leona la Brava»), puede tomar, el 28 de diciembre, un tren para escapar a Madrid. El lector sabe que en julio de 1873 se había iniciado la rebelión con el propósito de instaurar una República federal en España sin esperar a aprobarse una nueva Constitución federal, hasta que el 13 de enero, cuando entraron las tropas del Gobierno en Cartagena, pusieron fin a la sublevación.
Una vez en la capital, Tito se encuentra con que su habitación la ocupa ahora Silvestra Irigoyen («Chilivistra»), una vizcaína esposa de Gabino Zuricalday, carlista preso para el que ella busca la liberación. En los primeros días de enero de 1874, estando en el Congreso de los Diputados, Tito asiste a su asalto (es el golpe del general Pavía contra la República izquierdista, que traerá el gobierno de signo conservador presidido por el general Serrano).
Confundiéndose la realidad vivida y la imaginada con las intervenciones de Mariclío, Tito recibe un fantaseado nombramiento de «delegado secreto para someter por el soborno a los jefes carlistas», que lo llevará al norte de España (capítulos XIII al XXII), en donde los soldados del Pretendiente se enfrentan al ejército nacional; allí olvida pronto su misión (se propone empezar por comprar la voluntad del cura Santa Cruz, aunque no descarta intentarlo también con Dorregaray y con Adénchaga). Con «Chilivistra» viaja en tren hasta Tudela y luego los dos se mueven por el País vasco-navarro. Alternan las peripecias personales (escenas muy divertidas suscitadas por los celos de la mujer y por sus aventuras galantes) con las marchas militares, que no dan un respiro al narrador protagonista; se cuentan algunos episodios bélicos: la liberación de Bilbao el 2 de mayo de 1874 («la suerte me deparó el honor de acompañar al general Concha cuando en un vaporcito entró por la ría de Bilbao hasta llegar al casco de la ciudad, recién liberada de un sofocante asedio»), el reconocimiento de Arlabán acompañando a la columna del general Martínez Campos, el ataque emprendido por el general Concha para tomar Estella, lo que permite a Tito asistir como testigo excepcional a la muerte del general el 27 de junio (capítulo XIX) y al posterior traslado del cadáver a Tafalla.
Advertiremos, sin embargo, de que Galdós, a diferencia de lo que hizo en otros episodios anteriores, ya no cuenta con tanto detalle el acontecer histórico (de hecho no relata todas las incidencias bélicas de la guerra civil, como había hecho con la primera de las guerras en Zumalacárregui, y es llamativa la desproporcionada atención que el escritor presta al relato más minucioso de lo acaecido en Cartagena frente a las parcas notas que dedica a la guerra del norte)47.
Con «Chilivistra» e Ido del Sagrario, que va disfrazado de padre Carapucheta en busca de su hija Rosita, arrebatada de su lado en Fuentidueña de Tajo, salen camino de Guadalajara, adonde llegan ya en julio de 1874. Enterados de que la joven está en Cuenca, se desplazan a la ciudad y allí asistirán al cruel saqueo del 15 de julio de 1874, que durante treinta y seis horas ininterrumpidas y bajo el mando de don Alfonso y de doña María de las Nieves supuso la destrucción de gran parte de la ciudad y los crímenes más terribles a cargo de las tropas carlistas (capítulos XXII-XXVIII).
El siguiente y último de los cuatro episodios nacionales escritos por Pérez Galdós es Cánovas, al que da título quien fuera el «Patriarca de la Restauración», como lo llama alguna vez el narrador. Los acontecimientos que ahora se relatan ocurren tras los sucesos conquenses de 1874 y algunos de los que siguieron hasta llegar a 1880: se trata, principalmente, de la proclamación de Alfonso XII como rey de España y su entrada triunfal en Madrid, su participación en los últimos episodios de la guerra carlista (así su partida el 19 de enero de 1875 para reunirse con sus generales en Tudela, la derrota de Lácar, la terminación de la guerra con la victoria de Peña Plata, su regreso a Madrid, otra vez triunfal, el 20 de marzo de 1876); también se narra la creación del Partido Constitucional de Sagasta, la celebración de elecciones y la formación del nuevo parlamento en febrero del 76, la aprobación de otra Constitución (¡la sexta del siglo XIX!), que consagra la alternancia de partidos en el gobierno de la nación, el principio de las medidas que constatan el retroceso democrático (la derogación de la Ley de Matrimonio civil, el golpe a la libertad de cátedra y expulsión de algunos profesores krausistas, la persecución de los republicanos forzados al exilio en Francia, etc.); no falta tampoco el relato de la boda de Alfonso XII en enero de 1878 con su prima Mercedes, la muerte de ella cinco meses más tarde, los devaneos del rey con la cantante Elena Sanz, su segundo matrimonio con María Cristina de Habsburgo, la llegada masiva de clérigos expulsados de Francia (el hecho origina un parlamento final en el que Mariclío expone su pesimista pronóstico acerca del porvenir de España, dejada en manos de la Iglesia y sin la asistencia de políticos competentes, a la que solo parece quedar la vía de la Revolución...).
Como es habitual en estos dos episodios (tras la advertencia del narrador: «Prosigo ahora mi cuento mezclando sabrosamente lo personal con lo histórico»), asistimos también al transcurso de la vida cotidiana de Tito, Leona y Casiana de Vargas Machuca (Casiana Conejo), que es la nueva amante del narrador, y de algunos amigos y conocidos más (Ido del Sagrario, Segismundo García Fajardo, Vicente Halconero, etc.), como prosiguen igualmente sus ensoñaciones y visiones quiméricas en las que recibe dinero de Mariclío en la Academia de la Historia, las visitas de las Efémeras o ninfas mensajeras de la musa de la Historia y sus entrevistas con el presidente Cánovas (sea para intercambiar información sobre los sucesos de Cartagena o para entregarle unos libros antiguos, donación de la madre de Segismundo...) y también con Sagasta.
Pocos son, pues, los pasajes destinados al relato de la última de las guerras carlistas en los cuatro episodios nacionales en los que se podía hacer la crónica de aquel conflicto, lo que resulta un tanto sorprendente en un escritor que había contado con todo lujo de detalles la primera de las guerras en otras obras anteriores suyas, como ya hemos dicho. Que preste mayor atención a los otros sucesos históricos de esa etapa y les destine más páginas, como hace, por ejemplo, a la insurrección de Cartagena, probablemente pueda explicarse por el hastío que el escritor sentía ya por el fenómeno carlista, aparte de su creciente entusiasmo republicano48.
Uno de los momentos de la historia reciente que resultó de gran interés a los novelistas de principios del siglo XX fue la última de las guerras carlistas. Miguel de Unamuno publicó en 1897 su primera novela, Paz en la guerra, en la que evoca los días de su natal Bilbao durante el sitio y bombardeo a que lo sometieron los legitimistas en 1874; Pío Baroja, a su vez, decidió que el más grande de sus aventureros, Martín Zalacaín, se ganara la vida comerciando con los carlistas en la última de las guerras civiles; Ramón del Valle-Inclán escribió su trilogía La Guerra Carlista justamente cuando Baroja empezó a escribir su novela. Y es que la última de las guerras carlistas había marcado la niñez de aquellos tres escritores noventayochistas. Es curioso que por aquellos mismos tiempos, en octubre de 1908, Pérez Galdós reanudaba sus Episodios nacionales, con España sin rey, el primero de la Quinta serie.
Recordemos los antecedentes del hecho histórico. Durante el reinado de Felipe V se promulgó la Ley Sálica por la que se excluía del trono a las mujeres; posteriormente, en 1789, unas Cortes convocadas por Carlos IV habían rechazado esa norma, pero el rey no llegó a proclamar el acuerdo. A la muerte de Fernando VII, los españoles estaban radicalmente divididos entre liberales, partidarios de la modernización del país, y tradicionalistas, partidarios del más feroz absolutismo. Para suceder al rey Fernando VII los partidarios de que le correspondían los derechos de sucesión a su hermano Carlos María Isidro de Borbón, que había aglutinado los apoyos de los más tradicionalistas, rechazaron que pudiera sucederle su hija Isabel, como de hecho ocurrió; fue proclamada reina la hija de Fernando VII, bajo la regencia de su madre María Cristina y estalló el conflicto dinástico. Los conservadores partidarios de don Carlos serán conocidos como legitimistas o carlistas. El carlismo se situó entre los movimientos armados de la contrarrevolución europea (jacobistas, vandeanos, miguelistas, carlistas, brigantes)49 y, curiosamente, a diferencia de los demás, fue el único que sobrevivió, como ha recordado Jordi Canal50.
Los carlistas se alzaron en armas en la conocida como primera guerra carlista (1833-1839), amparados en que la Ley Sálica nunca fue derogada legalmente. El Convenio de Vergara puso fin al conflicto y don Carlos tuvo que partir al exilio, en donde abdicará en 1845 a favor de su hijo Carlos Luis de Borbón, el conde de Montemolín, a quien al morir sin descendencia sucede en sus aspiraciones al trono su hermano don Juan (Juan III), pero por firmar en 1861 un manifiesto de orientación liberal se vio enfrentado a sus partidarios más tradicionalistas. Don Juan acabó abdicando a favor de su hijo Carlos, el duque de Madrid, en octubre de 1868, que será el Carlos VII de la guerra inmediata. Isabel II, por su parte, fue destronada por la Revolución de 1868, y hubo de refugiarse en Francia. Amadeo de Saboya fue proclamado rey de España en 1870, pero tras el asesinato del general Prim, que era su gran valedor, renunciará al trono a principios de 1873. Se proclamó la República, en febrero de 1873, hasta que se restauró la Monarquía (enero de 1875) en la figura de Alfonso XII, el hijo de Isabel II.
Una segunda guerra carlista tuvo lugar entre 1846 y 1849 en tierras catalanas. Y una tercera (muchos historiadores no cuentan la anterior y por eso consideran a esta la segunda) fue aquella en la que se ambienta gran parte de la novela Zalacaín el Aventurero, la que tuvo lugar entre 1872 y 1876; mandaba su ejército de voluntarios Carlos VII, a quien los suyos proclamaron rey en Navarra y establecieron la corte en Estella. Cuando sea vencido definitivamente por el ejército liberal, el aspirante a rey don Carlos cruzará la frontera al frente de los suyos.
La experiencia de esta última guerra carlista51 marcó, como decíamos, la infancia de escritores vascos, como Miguel de Unamuno y Pío Baroja, y de un gallego como Ramón del Valle-Inclán, por lo que no es extraño que los tres quisieran relatar sus recuerdos del conflicto52. Unamuno vivió la guerra cuando tenía entre ocho y doce años; Valle-Inclán tenía entonces entre seis y diez; Baroja, en cambio, que nació precisamente en 1872, apenas tendría recuerdos de la guerra, aunque fuera motivo de conversación en las tertulias familiares y permaneciera muy viva en la memoria por el relato frecuente que hiciera su padre, como ya se dijo más arriba53. Los tres partieron del modelo galdosiano54, aunque se apartan de él, como ha señalado Jon Juaristi,
en su concepción de la Historia y del sujeto de la Historia, y, por consiguiente, en la construcción del relato y de los personajes. No se encuentra, por otra parte, rastro alguno de didactismo: los novelistas del 98 están muy lejos del optimismo progresista y patriótico del primer Galdós55.
Mientras que a Galdós le importaba por encima de todo destacar en los acontecimientos del siglo XIX la larga lucha de los españoles por alcanzar las libertades civiles, los del 98, en opinión de Juaristi, desplazarán su interés por lo intrahistórico, por dejar constancia de cómo se desarrollaba la vida intrahistórica56.
La profesora Biruté Ciplijauskaité, que ha estudiado estas novelas57, sostiene que a sus autores les interesaba más la literatura que la historia del pensamiento político. En general,
no les atrae ni la figura del Pretendiente, ni su ideología —apenas la examinan—, ni el constituyente eclesiástico. Lo que ven ante todo en el movimiento es el espíritu rural popular como reacción a las consecuencias funestas de la desamortización. Siendo todos ellos antimilitaristas, manifiestan admiración por el arranque espontáneo del guerrillero carlista58.
Tal vez este juicio no pueda ser aplicado por completo a Pío Baroja.
En 1897, una docena de años antes de que se publicara Zalacaín, salió de la imprenta la primera novela de Miguel de Unamuno, Paz en la guerra. La crítica en general la ha juzgado positivamente, aunque pocos estudiosos lo han hecho con el entusiasmo con que la comentó Miguel García Posada, quien, a pesar de reconocer que no es una obra perfecta, afirma que «no es arriesgado sostener que fue una de las mejores, si no la mejor novela que alcanzó a componer el escritor»59, convencido el crítico de que en aquella primera obra el escritor exhibía unas enormes posibilidades frustradas después, cuando decidió el giro en su carrera para construir las nivolas. García Posada ha destacado varios aspectos de aquella primera novela:
Cuánta riqueza de mundos a cambio, cuánta verdad en los personajes, cuánta capacidad para mostrar la arbitraria inercia de la guerra, cuánta objetividad en el modo como el narrador en tercera persona sabe acercarse a sus criaturas, muy diversas —carlistas y liberales, progresistas y reaccionarias, hombres y mujeres—, sin condenarlas ni salvarlas, con la suprema objetividad del novelista dispuesto a ser solidario con los seres de su imaginación poética, cuánta belleza, en fin, en algunas efusiones paisajísticas o líricas60.
La acción de Paz en la guerra se desarrolla durante la segunda mitad del siglo XIX. De sus cinco capítulos, el tercero se centra en el sitio y bombardeo de Bilbao en 1874 a cargo de los morteros y baterías del carlista marqués de Valdespina, y el cuarto, por su parte, en la segunda de las batallas de Somorrostro, en la que encontrará la muerte el protagonista. Las coincidencias entre la novela de Unamuno y la de Baroja obligan a considerar aquella como precedente importante de Zalacaín el Aventurero. Los dos escritores adoptan un punto de vista semejante frente a la guerra civil, el que Juan Pablo Fusi ha considerado que se corresponde con la dimensión vasco-española del País Vasco contemporáneo61; en su opinión, tuvo su fundamento, en el caso de Unamuno, en la historia de Bilbao y en el sentimiento que sobre la ciudad se fraguó cuando era niño:
Por unas u otras razones, Unamuno ancló su teoría del País Vasco en la idealización del Bilbao del siglo XIX. (...) Unamuno se quedó con un Bilbao liberal y español no tanto porque Bilbao lo fuera, sino porque era él, Unamuno, quien era verdaderamente español y liberal62.
Paz en la guerra, afirma Fusi, «es antes que nada (...) la novela de ese Bilbao de Unamuno»63. Y lo mismo que Baroja tuvo que documentarse sobre el tiempo y los pormenores de la guerra escuchando a los testigos de los hechos para componer su novela, también don Miguel hubo de consultar libros y bucear en su propia memoria, tal como él mismo manifestó:
Cerca de diez años me llevé estudiando el carlismo, y estudiándolo en uno de sus principales focos, en Vizcaya, mi país nativo, recogiendo datos y reflexiones respecto a la última guerra civil, refrescando mis recuerdos de infancia, los recuerdos de cuando teniendo diez años, fui testigo del sitio y bombardeo de Bilbao, y con todo ello tejí mi novela, cuyo fondo histórico es la última guerra civil carlista64.
Paz en la guerra, trabajada durante casi una decena de años65, fue la primera novela de Miguel de Unamuno, publicada diez años antes de que Baroja empezara a componer su Zalacaín, con la que guarda coincidencias de espacio y tiempo (la acción se sitúa en el País Vasco, en la Vizcaya tan cercana a la Navarra de la novela de Baroja, y ocurre durante la última de las guerras carlistas). Don Miguel escribió en el prólogo a su segunda edición (1923) que «esta obra es tanto como una novela histórica una historia anovelada»66 y es que, en efecto, estamos ante un relato en el que se alterna la ficción con el seguimiento de los hitos principales de la historia vasca de la segunda mitad del siglo XIX («Apenas hay en ella detalle que haya inventado. Podría documentar sus más menudos episodios», añade allí el escritor). No es novela de asunto coetáneo para su lector, sino «novela histórica» (en el sentido que solo puede serlo la ficción que se supone ocurrida a lo largo de los tres cuartos de siglo que anteceden a su primera edición, aunque se centre sobre todo en los acontecimientos de los años setenta) o, como también la llama, «historia anovelada» (por el mucho espacio que se dedica a describir los acontecimientos más importantes del período en el que viven sus personajes y la relevancia que se concede a la interpretación de aquellos). Su marco histórico, tan próximo, aleja a esta novela de las históricas del Romanticismo y también de las de Henryk Sienkiewicz o Pierre Louÿs, y la emparenta, más bien, con las dos primeras series de los Episodios nacionales, de Galdós, que habían aparecido antes que Paz en la guerra.
No estará de más llamar la atención del lector sobre el hecho de que Unamuno quiso realizar una novela sobre el Bilbao bombardeado durante su infancia y no un libro de historia o una colección de artículos más propios de un estudioso, como él mismo advirtió:
Vuelto a hacer, haría lo mismo. Otra vez más tejería en un relato novelesco, la narración fiel y estrictamente histórica de aquel bombardeo, de que fui testigo, en vez de darlo a una revista como cosa suelta y sustantiva. Otra vez más haría el libro67.
Una de las primeras dificultades que tuvo que vencer Miguel de Unamuno, según confesó a su corresponsal Pedro de Múgica68, fue cómo combinar adecuadamente lo histórico y lo intrahistórico, sin que fuera a salirle una novela en la que pesara demasiado alguno de los dos componentes. Había que aunar equilibradamente el relato de las vidas anónimas de sus personajes inventados, los Iturriondo y los Arana, gentes sin gran relieve en sus vidas privadas y que carecieron de la trascendencia social de la que gozaron los grandes y famosos artífices de la historia, aunque fueran aquellos, en realidad, los que, atrapados en su momento histórico, estuvieron sustentando a los protagonistas más superficiales de los acontecimientos; fueron sin duda el fundamento de los que quedaron después en los libros, como el Pretendiente o los cabecillas de sus partidas y los grandes generales del ejército liberal.
Para comprender mejor la composición de Paz en la guerra será oportuno recordar la imagen marinera que acuñó el escritor en su libro En torno al casticismo y que le sirvió para explicar sus conceptos de historia e intrahistoria: la historia es la parte externa, brillante y ruidosa del mar, equivalente a la anotación que, del devenir del tiempo, quedará en los manuales y en las primeras páginas de los periódicos, pero a la que sostienen las aguas más oscuras y ocultas de la intrahistoria, la que nunca aparecerá en aquellas publicaciones y que es, sin embargo, la verdadera artífice de cuanto ocurre:
Las olas de la historia, con su rumor y su espuma que reverbera al sol, ruedan sobre un mar continuo, hondo, inmensamente más hondo que la capa que ondula sobre un mar silencioso y a cuyo último fondo nunca llega el sol. Todo lo que cuentan a diario los periódicos, la historia toda del «presente momento histórico», no es sino la superficie del mar, una superficie que se hiela y cristaliza en los libros y registros, y una vez cristalizada así, una capa dura, no mayor con respecto a la vida intrahistórica que esta pobre corteza en que vivimos con relación al inmenso foco ardiente que lleva dentro. Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana y eterna, esa labor que como la de las madréporas suboceánicas echa las bases sobre que se alzan los islotes de la historia. Sobre el silencio augusto, decía, se apoya y vive el sonido, sobre la inmensa humanidad silenciosa se levantan los que meten bulla en la historia. Esa vida intrahistórica, silenciosa y continua como el fondo mismo del mar, es la sustancia del progreso, la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles, y monumentos, y piedras69.
La novela de Unamuno responde a ese esquema y relata cómo tiene lugar «la vida intrahistórica dentro del estruendo de la lucha, del ruido de la historia»70, o dicho de otro modo, Paz en la guerra intenta interpretar la historia desde las vidas sin voz de la intrahistoria, que son verdaderamente sus protagonistas, quedando en un segundo plano los hechos y personajes importantes.
Se corresponden, más o menos, los conceptos unamunianos de historia e intrahistoria con los que había acuñado Pérez Galdós al distinguir la historia externa de la historia interna71. Hay otras coincidencias entre Paz en la guerra y los Episodios nacionales, tantas que Francisco Caudet llega a considerar aquella «un episodio nacional, al cabo»72. Incluso es semejante el propósito de Galdós (llevar con sus Episodios a la reflexión para aprender del pasado) al que busca Unamuno con su novela, como anota Caudet:
Hacía de/con la historia, novela. Novela que debía tener la función de situar en un contexto real —novela realista, o mejor realista-naturalista, es Paz en la guerra— una trama novelesca y, además de ello, servir para reflexionar sobre el sentido de la historia, del pasado. Este último empeño no se puede desligar de una intención moralizadora que, por cierto, en más de una ocasión se encargó Unamuno de reivindicar73.
El escritor elige como protagonistas para Paz en la guerra a unos carlistas y cuenta sus vidas, las de Pedro Antonio Iturriondo y su esposa, unos chocolateros de Bilbao, que sufrirán el sitio de la ciudad de 1874 y perderán a su hijo Ignacio en la batalla de Somorrostro. El hijo nació justamente en la mitad del siglo, como Zalacaín, y fue educado en la más rancia tradición, a diferencia de la formación del héroe barojiano a manos de Tellagorri; no sorprende, por tanto, que, en su momento, se incorpore como voluntario a las filas carlistas y entre ellas muera en el frente, durante la última de las guerras civiles. Ignacio vive la Revolución del 68, la proclamación del rey Amadeo, su caída y la creación de la República. Su alistamiento en el ejército carlista lo lleva a patear los montes y entrar en las villas vascas en unas permanentes marchas y contramarchas tan características de aquellos tiempos de guerra. Los deseos de Ignacio de participar en las acciones más arriesgadas lo llevan a Somorrostro y es allí en donde una bala lo hiere de muerte a la salida de una trinchera.
En la novela de Unamuno es fundamental el largo capítulo III, que se inicia con el año 1874, cuando parecía inminente la toma de Bilbao, ciudad bombardeada desde el 21 de febrero hasta su liberación, dos meses y medio más tarde, el 2 de mayo de ese 1874, una decena de semanas durante las que los bilbaínos, y entre ellos los Iturriondo, intentaron mantener la normalidad como si nada tan extraordinario estuviera sucediendo, «viviendo vida de paz en el seno de la guerra», como dice el narrador, aunque sean aquellos días de angustia extrema, en los que los atormentan la falta de alimentos y la amenaza de las bombas. Muchas páginas se dedican al período de bombardeos de la ciudad, a la vida que hacen los bilbaínos mientras ocurre el asedio carlista, su creciente desánimo, mientras escasean los víveres y se disparan los precios.
Cuando murió Ignacio, sus padres se trasladaron a su aldea nativa para tratar de olvidar cuanto les ha arrebatado la guerra. A partir del levantamiento del sitio de Bilbao y después de una inesperada y fugaz recuperación de los carlistas, la caída de estos fue progresiva e imparable. Acelerada por los acontecimientos de finales de 1874, sobre todo por el pronunciamiento del ejército en Sagunto a favor del rey Alfonso XII, nada pudo ya impedir que, recluida la facción en el norte de España, se fuera terminando la guerra, y en enero de 1876 se iniciase la retirada de los carlistas a Francia, al final en clara y general desbandada: unos diez mil voluntarios cruzaron la frontera con el Pretendiente. La novela, en sus páginas finales, todavía dará noticia de la entrada triunfal de Alfonso XII en Madrid; los chocolateros regresan a Bilbao y, finalmente, Josefa Ignacia, la madre del malogrado Ignacio, muere sin haber podido superar la tristeza por la desaparición de su hijo. Y es que los verdaderos perdedores de la guerra no son los grandes generales o el Pretendiente don Carlos: es la familia Iturriondo la que lo ha perdido todo.
En una conmovedora escena casi al final de Paz en la guerra logra Unamuno uno de los momentos estéticamente más valiosos de la novela, cuando el rey (la historia) cruza la frontera y revista a sus soldados (la intrahistoria):
En el puente, volvió su corpacho don Carlos y exclamó teatralmente: «¡Volveré! ¡Volveré!», mientras los voluntarios, en junto unos diez mil hombres, llorando, rompían sables y fusiles. Al día siguiente, segundo de Carnaval, el Rey vencido revistaba en tierra extranjera a sus últimos batallones, desarmados
