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Prepárate para un viaje vertiginoso por el mundo con Jeff Scoggins. Sigue sus aventuras como hijo de militares, que luego se convirtieron en misioneros, y también como padre de una familia misionera. Contén la respiración mientras el pequeño Jeff serrucha una munición cargada, corre desde su aula de clases a un refugio antibombas cercano, recibe un golpe por parte del brabucón de la clase, compra un racimo de bananas por 300 dólares, rema furiosamente por un río africano para escapar de cocodrilos e hipopótamos, y mucho más.
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Seitenzahl: 180
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Las aventuras de Jeff Scoggins
Jeff Scoggins
Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
100 % Adrenalina
Jeff Scoggins
Título del original: Regrets on an African River and other Adventures
Dirección: Jael Jerez
Traducción: Natalia Jonas
Diseño de tapa y del interior: Giannina Osorio
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Primera edición; e - Book
MMXXII
Es propiedad. © Pacific Press, 2019. © Asociación Casa Editora Sudamericana, 2022.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-717-1
Scoggins, Jeff
100 % adrenalina: Las aventuras de Jeff Scoggins / Jeff Scoggins / Dirigido por Jael Jerez. - 1ª ed. - Florida: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2022.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: online
Traducción de: Natalia Jonas.
ISBN 978-987-798-717-1
1. Relatos Personales. I. Jerez, Jael, dir. II. Jonas, Natalia, trad. III. Título.
CDD 808.883
Publicado el 30 de septiembre de 2022 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: [email protected]
Website: editorialaces.com
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Todas las citas bíblicas sin otra indicación han sido extraídas de La Biblia, Nueva Reina-Valera 2000 Actualizada (RVA-2000), © 2020, Sociedad Bíblica Emanuel. Biblia.EditorialACES.com
Prepárate para un latigazo mental. Verás: estas son historias sobre mi vida, y mi vida ha transcurrido por todo el mundo. Así que, si te sientas a leer mis historias, te encontrarás saltando de país en país y de tema en tema. Lo siento, pero esa ha sido la realidad de mi vida.
Quizás, al leer este libro, la cronología de mi vida te sea un poco confusa, así que, aquí va, en pocas palabras.
Nací en 1970 en Alemania, cuando mi padre servía como médico en el ejército. Luego del servicio militar, mi padre se hizo colportor, y crecí mudándome por el sur de los Estados Unidos, adonde el trabajo llevara a papá. Cuando tenía unos 9 años, en 1979, mi familia y yo nos mudamos a Beirut, Líbano, para servir como misioneros. En ese momento, aquel país estaba atravesando una guerra civil.
En 1982 regresamos a los Estados Unidos y vivimos en Iowa por tres años; luego, nos mudamos a Ruanda, África, en 1985. De Ruanda, fui al colegio Maxwell Adventist Academy a estudiar, y terminé mis estudios secundarios en la Far Eastern Academy, en Singapur, en 1988. Luego, volví a los Estados Unidos para mis estudios universitarios, mientras que mi familia continuaba en Ruanda. Estudié en el Union College hasta 1991. En ese año, mis padres volvieron a Iowa, Estados Unidos.
Mi primer trabajo luego de graduarme fue en la Asociación General, y viví en la Costa Este de EE.UU. durante los siguientes ocho o nueve años. En 1996 me casé, y en 1999 nos mudamos a Moscú, Rusia, para trabajar como misioneros en la División Euroasiática. Volvimos a los Estados Unidos en 2003, y nuestro primer hijo, David, nació en 2004. Nuestro segundo hijo, Erik, llegó en 2006. Trabajé como pastor en la Minnesota rural por los siguientes doce años. En 2015 volvimos a la Costa Este, ya que trabajo en el departamento de Misión Global de la Asociación General.
Hay algo que siempre me incomodó a la hora de leer historias: adentrarme en una historia, solo para descubrir que el autor termina con un sermón. Por otro lado, soy pastor, y entiendo por qué los narradores lo hacen. No escribimos historias solamente porque entretienen: queremos que otros aprendan algo de ellas. Y tememos que si no lo decimos claramente, la gente no se dará cuenta. Quizás eso no es justo para los lectores inteligentes. Bueno, he intentado lograr un equilibrio con estas historias. Cada una tiene una lección espiritual, pero generalmente es corta, concisa y, de vez en cuando, increíblemente inteligente (aunque lo diga yo mismo). Entonces, dales una oportunidad.
Espero que puedas aprender algo de mis historias, más allá de la risa que causan mis ridículas aventuras. Y realmente espero que descubras en ellas la realidad de que no existe nada mejor que vivir la vida con Jesús.
Bendiciones,
Jeff Scoggins
Las citas bíblicas se han tomado de la versión Nueva Versión Internacional (NVI).
Cuando tenía unos cinco años, y mi hermano, cuatro, pensamos que éramos suficientemente mayores como para ir al pueblo. No recuerdo cuán lejos vivíamos del pueblo, pero sé que eran varios kilómetros. Vivíamos cerca de Atmore, Alabama, sobre el extremo occidental del enclave de Florida.
Mi hermano, Mitch, y yo necesitábamos clavos. Se nos había ocurrido un sueño enorme: construir un arca. ¡Qué divertido sería jugar en un bote más grande! En nuestra propiedad había árboles que podíamos derribar y cortar en listones, así como mostraban las imágenes de Mis Amigos de los libros de la Biblia. Papá tenía un martillo y un serrucho en el galpón, pero no pudimos encontrar clavos. Al menos, ninguno que no estuviera torcido. Ya habíamos clavado todos los que habíamos encontrado en un poste de teléfono.
Tenía unos centavos ahorrados en un sobre, así que, la simple solución era ir al pueblo a comprar más clavos. Una mañana lluviosa, luego del culto familiar, pregunté si Mitch y yo podíamos ir a la tienda a comprar clavos. Para nosotros, la tienda era el mejor destino en el pueblo. Allí se vendía todo lo que nos pudiéramos imaginar. Pero lo más importante era que tenía juguetes… y clavos, imaginábamos.
Mi mamá, asumiendo que era solo un juego de simulación, pensó que “la tienda” era el galpón o la caseta y nos dio permiso. Mi papá se fue a trabajar mientras nosotros nos preparábamos para nuestro primer viaje solos al pueblo.
Con el sobre con monedas en la mano, emprendimos el camino. La entrada arbolada de nuestra casa terminaba en una autopista de cuatro carriles. Pensamos que el pueblo estaba hacia la izquierda. La carretera estaba casi vacía, pero nos quedamos cerca de la línea de árboles; así, cada vez que pasaba un auto nos escondíamos entre los matorrales.
En la base de la colina nos encontramos con el río, y tuvimos que alejarnos de los árboles para cruzar el puente. Para entonces, la llovizna había empapado mi sobre y, a la mitad del puente, los centavos se cayeron. Un par desaparecieron en el río que pasaba por debajo. Rápidamente, junté las monedas que quedaban y las guardé en mi bolsillo. Entonces, terminamos de cruzar el puente corriendo.
Cuando Mitch y yo estábamos llegando a lo alto de la colina, nos volvimos más audaces y avanzamos por la banquina, fuera del pasto mojado. Todavía teníamos tiempo de escondernos cuando escuchábamos que estaba por pasar un vehículo; o eso pensamos. Una camioneta nos sorprendió al llegar a lo más alto de la colina. Nos agachamos para escondernos, pero era muy tarde: nos habían visto. Esperamos que siguiera su camino; después de todo, no todas las personas eran secuestradores.
Desafortunadamente, este parecía ser uno: apenas nos vio, pisó el freno y bajó a la banquina. Ya estábamos como a 500 metros de nuestro hogar.
–¡Corre! –le grité a mi hermano.
Dimos vuelta y corrimos cuesta abajo por la colina hacia el puente tan rápido como nuestras piernitas nos lo permitían. Como tenía un año más que mi hermano, rápidamente lo dejé atrás. El hombre grandote con barba nos siguió en su camioneta. Finalmente, se detuvo frente a mi hermano, bajó de la camioneta de un salto y lo agarró.
Yo quería seguir corriendo, pero no podía permitir que este desconocido se llevara a mi hermano, así que, me detuve. El hombre puso a Mitch en el asiento del acompañante, detuvo la camioneta a mi lado y me abrió la puerta del acompañante.
–Sube –me ordenó.
Me subí al vehículo, temblando.
–¿Dónde vives? –preguntó.
Le señalamos la entrada, que ya se divisaba. Mi terror disminuyó cuando giró en el camino: ¡nos estaba llevando a casa! Hizo sonar la bocina mientras detenía su camioneta, y mi mamá salió de la casa. No recuerdo la expresión en su rostro, y probablemente no podría describirla si lo hiciera. Solo recuerdo que le agradeció profusamente al hombre, mientras nosotros bajábamos del vehículo.
A veces, como cristianos, confiamos en nuestras propias habilidades y avanzamos por nuestra cuenta. Aunque nunca lo diríamos con estas palabras, vivimos como si no necesitáramos de Dios. Demasiado a menudo comenzamos nuestro día sin pedir a Dios que nos acompañe, aunque él anhela hacerlo.
Cuando el enemigo nos encuentra caminando solos, sin Dios, nunca es tan amable como el hombre de la camioneta. Satanás es un secuestrador, y hará todo lo que pueda para evitar que encuentres el camino de vuelta a casa. Te convencerá de que no tienes tiempo para conectarte con Dios. Argumentará que, de todas formas, no es decisivo en absoluto. Te asegurará que solo por esta vez no importa, que puedes pasar tiempo con Dios más tarde.
Afortunadamente, el enemigo no puede forzarte a que vayas con él. De hecho, ni siquiera tienes que huir de él. La Biblia nos dice que si simplemente lo resistimos, él será quien huirá (Sant. 4:7).
Habré tenido solo seis o siete años, pero recuerdo vívidamente la noche en la que salí de la casa y encontré a mi papá acostado en el porche mirando el cielo nocturno. Era una noche cálida de verano en el sur de los EE.UU. Un millón de chicharras cantaban a coro para una audiencia increíble de estrellas.
Papá me llamó y me dijo que me acostara a su lado. Quedé sin palabras al ver la Vía Láctea brillando en el espacio, en perfecta aleatoriedad.
–¿Sabes? –me dijo papá–, si miras el espacio sin pestañear por suficiente tiempo, podrás ver las raíces del cielo. Y si ves una traza de luz, es un ángel que viaja por el espacio.
Supongo que él pensó que yo sabía que era una broma o un juego de imaginación, pero no fue así. Me quedé acostado allí, mirando el espacio, hasta mucho después de que él entrara a la casa. Fascinado con la idea, escaneaba el espacio con los ojos, en busca del cielo y de ángeles. Varias veces me pareció ver ángeles que surcaban el espacio. ¿Qué mensaje estaba enviando Dios? ¿Qué tipo de seres lo recibirían? ¿Cómo era su planeta?
Pero los ojos se me secaban, pestañeaba, y tenía que volver a comenzar mi viaje por el espacio. No recuerdo cuánto tiempo me quedé acostado en el porche mirando el cielo esa noche, pero sé que no fue la última vez que lo hice. Tampoco recuerdo cuándo me di cuenta, finalmente, que no podía ver las raíces del cielo… que ningún ser humano puede ver tan lejos. Aunque, de cierta forma, sí he visto así de lejos.
El hecho de que mi papá creyera en el cielo y se preocupara lo suficiente como para enseñarme a desarrollar mi relación personal con Jesús, me dio la visión espiritual que me permite ver las raíces del cielo cada día. Lo que surgió como una broma se ha convertido en la base de un profundo pensamiento para mí.
Esa noche, hace tanto tiempo, y muchas otras noches después, busqué con mi imaginación las raíces del cielo. Ahora, hasta el día de hoy, cuando veo un cielo estrellado como el de aquella noche, me gusta acostarme boca arriba y tratar de no pestañear. Busco atisbos de ángeles y las raíces del cielo.
En Portland, Tennessee, un sábado de tarde, mi familia y una docena de personas más salimos a dar una caminata. Estábamos disfrutando del hermoso día y de la vista de un estanque poco profundo; los niños corríamos por un campo. Yo tenía siete u ocho años.
No tardé en notar una pila de madera, a cierta distancia, que parecía llamarme a saltar sobre ella, solo por diversión. Corrí por el campo; di un salto y caí sobre un pedazo de madera que se curvó bajo mi peso. Instantáneamente, me encantó mi nuevo trampolín. Desafortunadamente, los abejorros que estaban debajo no disfrutaron de mi salto. Evidentemente, ellos llamaban “hogar” a lo que yo llamaba “diversión”, y salieron a toda velocidad para defender su territorio; enviaron varios escuadrones que me atacaron simultáneamente. Yo grité, aterrado, y comencé a correr por el campo.
Dicen que, aerodinámicamente hablando, los abejorros no deberían poder volar. No sé quiénes dicen una cosa así, pero puedo testificar que los abejorros no solo vuelan bien… ¡vuelvan rápido! Mucho más rápido de lo que podían llevarme mis piernitas.
Naturalmente, en mi momento de gran necesidad, corrí en dirección a quienes me cuidaban: los adultos. Pero, como era de esperarse, cuando me acerqué con los abejorros detrás, los adultos me empezaron a gritar y hacer señas de que me alejara.
–¡No vengas hacia acá! –me gritaban–. ¡Salta al lago! (Debería registrar las situaciones interesantes en las que escucho esa frase).
Desesperado, no les hice caso y continué corriendo hacia ellos. Cuando se dieron cuenta de que estaba decidido a involucrarlos, dieron media vuelta y huyeron. Cuando más los necesitaba, me abandonaron, y a toda velocidad. Todos, excepto una persona que rápidamente se desprendió del grupo y, en lugar de alejarse, corrió hacia mí.
Era mi padre. Cuando me alcanzó, me sacó la remera para sacar a los abejorros que se habían metido debajo y procedió a alejarlos a manotazos, hasta que todos se fueron. Si mi memoria no falla, en el proceso varios lo picaron.
Para cuando llegamos al hospital, sentí que había quedado claro que no tendría una reacción alérgica a las picaduras. Sin embargo, a pesar de mis claras protestas, recibí un pinchazo más, esta vez por parte de la enfermera, por prevención. Quizás allí comenzó mi fobia a las agujas.
Cuando recuerdo cómo todos me abandonaron, excepto mi papá, pienso en el Dios que ha prometido hacer lo mismo por nosotros, sus hijos. En Deuteronomio 31:8 dice: “El Señor mismo marchará al frente de ti y estará contigo; nunca te dejará ni te abandonará. No temas ni te desanimes”.
Recuerdo una ocasión, cuando éramos niños, en la que mis padres nos llevaron a mí y a mis hermanos a una obra de teatro al aire libre, en Missouri. Antes del inicio del programa, el maestro de ceremonias invitó a todos los niños al escenario de tierra. Tenía un saco de arpillera grande y anunció que tenía una sorpresa para nosotros. Cada niño en la audiencia se levantó de su asiento y se dirigió al frente.
El maestro de ceremonias dejó el saco en la tierra y dibujó con un palito un gran círculo alrededor del saco. Entonces, nos indicó que nos sacáramos el calzado y nos ubicáramos en el perímetro del círculo.
–¡Adivinen qué hay en el saco! –exclamó.
–¡Caramelos! –gritó un niño.
–No, no. Prueben otra vez.
-¡Piedras!
–No.
Nos permitió tocar el saco.
–¡Ugh! Es blandito –gritaron las niñas.
–¡Qué asco! –gritaron los niños.
–¡Barro! –exclamó alguien.
–Tampoco es barro.
El maestro de ceremonias se agachó y tomó la base del saco. Lentamente empezó a darlo vuelta mientras la expectativa crecía y crecía. Lo que fuera que hubiese adentro, se deslizó hacia la abertura del saco. De repente, con un ademán pomposo, levantó el saco en el aire y dejó ver la pila de las ranas toro más grandes que haya visto.
Los niños gritaron deleitados cuando el maestro de ceremonias exclamó: “¡Cada uno tome una rana!” La mía me cubría fácilmente la superficie de las dos manos. Sus patas traseras caían al menos 15 cm. Mientras admiraba mi rana y la comparaba con las demás, el maestro de ceremonias salió del primer círculo y dibujó con su palito un círculo más grande alrededor del primero.
–Escuchen –llamó–. Vamos a tener una carrera de ranas. Cada rana debe comenzar en el círculo más chico y saltar hasta el círculo más grande. La primera rana que llegue al círculo de afuera, gana. Debes alentar a tu rana a saltar lo más rápido que pueda. Puedes hacer lo que quieras, menos tocar la rana, hasta que termine la carrera.
Acto seguido, nos colocamos en el círculo interno, mirando hacia afuera. Ubicamos las ranas entre nuestros pies y las sostuvimos con las manos.
–En sus marcas. Listos. ¡Ya! –gritó el maestro de ceremonias.
Solté a mi rana. Las ranas de todos los demás salieron a los saltos, como si el premio por ganar fuera la libertad. Mi rana, evidentemente, no tenía idea de que se hubiera prometido un premio tal. No se movió. Traté de alentarla. Le soplé en la cabeza. Le grité. La amenacé. Comencé a danzar a su lado gritando: “¡Dale!”
Finalmente, con un poco de desesperación, di un gran salto, pensando que un pequeño terremoto podría despertar a mi rana de su apatía. Tenía la intención de aterrizar con un pie a cada lado de la rana. En lugar de eso, uno de mis pies terminó directamente arriba de ella. Por razones obvias, mi rana nunca se movió.
La vida se construye con relaciones que, en el mundo actual, muchas veces están basadas en tratar de persuadir a alguien de hacer lo que queremos que haga. Y, aunque la persuasión a menudo se ha corrompido, respondiendo a propósitos malvados, la verdad es que Jesús, de buen modo, la utilizaba. Identificaba la mayor necesidad de una persona y vinculaba lo que ofrecía a esa necesidad. La mujer en el pozo, Nicodemo, Zaqueo, Mateo, Pedro, María, el joven rico y muchos más sintieron que su corazón se conmovía por Jesús porque él comprendía sus mayores necesidades.
Por otro lado, los cristianos, aunque estamos de acuerdo en que Jesús estaba en lo correcto, a menudo no operamos a su manera. Nos acercamos a alguien con un indicio no muy sutil, como si le presentáramos un libro controvertido, y luego esperamos una de dos reacciones: que nos cierren la puerta en la cara (persecución por seguir a Cristo) o que acepten inmediatamente toda la verdad bíblica (y tener una estrella más en mi corona). Hablamos muy bien del método de Cristo para alcanzar a las personas, pero aun así luchamos por mover lo espiritualmente inmóvil, como hice con mi rana, saltando directamente sobre su corazón y su mente. Si hubiera sido sabio, habría atraído a mi rana con un insecto delicioso, en lugar de hacerlo con demandas y tácticas de miedo.
En Arkansas, un día salí a pescar con mi abuelo, conocido por todos como “abuelito”, fueran familiares o no. Me encantaba pasear en la camioneta de abuelito. Era una camioneta modelo 1970 (o por ahí), de cabina extendida, dos tonos de verde, y caja completa con una cubierta de aluminio atrás, alfombrado en el tablero (una instalación posterior)… y tesoros ocultos en cada rinconcito. La mayoría era basura aunque, para mí, mucho de lo que había allí era increíble. Especialmente las armas de fuego.
Al llegar al lago, llenamos una taza con gusanos que sacamos de troncos y hojas podridos, tomamos las cañas de la caja de la camioneta y caminamos hasta la orilla. Encontramos un claro entre los pastizales y tiramos las líneas con la expectativa de sentarnos a esperar mientras mirábamos las pequeñas boyas. Pero apenas las líneas tocaron el agua, las boyas se hundieron.
–¡Atrapé uno! ¡Atrapé uno! –grité.
Pero el primer tirón mostró un pez muy pequeño. No es que esto fuera terriblemente decepcionante, porque, para un niño, la cantidad fácilmente compensa el tamaño… al menos hasta que atrapa un pez grande. Pero esa es otra historia.
Atrapar un pez es uno de los grandes momentos de la infancia, pero descubrí que el momento puede ser aún más importante. El pequeño pez sol que estaba atrapado en mi línea nadó hacia los pastos que estaban en la orilla, lo cual fue un gran error; yo lo hubiera sacado del anzuelo y regresado al agua. En lugar de eso, al huir de mí, aparentemente se encontró con una culebra de agua. Quizás era un mocasín de agua, no recuerdo. Definitivamente, había algunos en la zona, porque Bo Bo, el perro de abuelito, encontró uno en la orilla antes de irnos.
