7 de julio - Chapu Apaolaza - E-Book

7 de julio E-Book

Chapu Apaolaza

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Beschreibung

Encierros, corredores, vidas que se cruzan y que se ponen en peligro, tradiciones y sentimientos a flor de piel.

«Hoy es el día en que menos miedo vas a tener nunca, porque aún no sabes cómo es», le dijo su padre al autor de este libro la primera vez que corrió, con quince años, delante de los toros en Pamplona. Desde entonces no hay día en que Francisco Apaolaza no se acuerde de ese momento. Dos décadas después se pregunta cómo es posible que en un mundo cada vez más previsible, más edificador y más enfrascado en normas de seguridad donde cada vez más se mide la utilidad de las cosas haya miles de hombres y mujeres que, contra toda lógica, se juegan la vida delante de un toro a las ocho de la mañana durante ocho días de julio. ¿Por qué?
Esa es la pregunta que atraviesa este libro escrito desde la experiencia del corredor y la insaciable curiosidad del periodista. Francisco Apaolaza construye un puzle fascinante sobre los encierros de Pamplona más allá del tópico caduco de virilidad y sangría. En sus páginas hay tramos de adrenalina y tramos de una extraña quietud; hay sordos que cuando corren sienten la electricidad del toro sobre la espalda, veinteañeros que mueren a miles de kilómetros de casa y guiris a quienes una cogida salvará de tomar el avión que acabaría estrellándose; hay cirujanos que temen la incertidumbre, legionarios que acuden al notario con la cabeza sangrando después de una cogida, mujeres que dan lecciones a corredores paternalistas, concejales que dejan plantado a Arthur Miller para bajar a correr el encierro.
Siete de julio habla del miedo, la muerte, el azar y la ansiedad, pero también de la felicidad y la euforia y la intensidad de la luz de la mañana después de que haya pasado la manada. Es un alegato a favor de la vida real y manchada.

Historias, reflexiones y anécdotas de un periodista y corredor sobre la dimensión de los encierros desde múltiples e innovadoras perspectivas.

SOBRE EL AUTOR

Francisco (Chapu) Apaolaza se gana la vida como observador profesional y contador de historias. Es periodista en el Grupo Vocento y corredor del encierro desde hace 24 años. Llegó al mundo en San Sebastián con el chupinazo de los sanfermines de 1977. Creció en una familia con gusto por la tauromaquia, la poesía, la primavera, los erizos de mar y cierta afición a bailar los valses de Año Nuevo en pijama. Es el padre de Macarena. Navarro de corazón y matrimonio, se considera de muchos sitios y ninguno malo, y navega en algún punto indeterminado de Madrid, a medio camino entre la bahía de la Concha y el faro de Trafalgar. Ha ganado el Premio de Periodismo Manuel Alcántara y muchos medios se han hecho eco del interés de su 7 de julio, como El País, ABC, Onda Cero o Noticias de Navarra. Confiesa que en el encierro de Pamplona no ha sido nada, pero que para él el encierro lo ha sido todo.

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Seitenzahl: 240

Veröffentlichungsjahr: 2016

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7 DE JULIO

Chapu Apaolaza

primera edición:junio de 2016

© Francisco Apaolaza

© Libros del K.O., S.L.L., 2016

Calle Infanta Mercedes, 92, despacho 511

28020 - Madrid

isbn: 978-84-16001-59-0

código ibic: BGA, KNTJ

diseño de cubierta:Artur Galocha

maquetación:María OʼShea

corrección:Zaida Gómez

UNO: LEVANTA, CHAPULI

DOS: EL MIEDO

TRES: CORRE

CUATRO: LOS GUIRIS

CINCO: TOREO

SEIS: LA MUERTE

SIETE: LA RETIRADA

EPÍLOGO: KIT DE SUPERVIVENCIA PARA NOVATOS

EL AUTOR DE ESTE LIBRO

A mi aita

UNO: LEVANTA, CHAPULI

«Hoy es el día en que menos miedo vas a tener nunca, porque aún no sabes cómo es»

Sonó como un golpe: «Levanta, Chapuli. Vamos a correr el encierro». Lo dijo a las seis de la mañana con esa firmeza dulce con la que otras veces susurraba que venga, que levantara, que había que ir al cole o a pasear al perro, o que habían venido los Reyes. Yo era un crío, con quince años cumplidos la víspera. Me incorporé en esa cama sanferminera que siempre es tan cálida y que en fiestas sabe siempre a tan poco, lo vi sonreír al trasluz de la luz del pasillo y sentí un coletazo de adrenalina en las yemas de los dedos.

«Vístete de limpio, que nos vamos a correr el encierro», me dijo.

Habíamos pasado toda la vida viendo las carreras en televisión, analizando la trayectoria de cada mozo, cada retirada y cada error, gastándole los cabezales al VHS. Los habíamos visto también desde un balcón de la calle Estafeta; sin repeticiones, ni tecla de pause, pero con una banda sonora más aterradora que el sonido de la televisión: ese grito que sube por la calle y se come el oxígeno. ¿Cómo sería el encierro abajo? Sin decirlo, llevábamos toda la vida esperando ese día, pero ¿tan pronto? Nunca es buen momento para dar algunos pasos.

Salimos de casa y recorrimos en silencio las calles, apresurados. Nos reunimos con mi primo Alfredo, hijo de mi tío Huberto, que también era novato. Dejábamos tras nosotros una estela de aroma a jabón y a colonia que nos ligaba a la parte racional de la vida, a la casa, a mamá, a la seguridad y la calma que abandonábamos a cada paso. Paramos en un quiosco de la calle San Ignacio que atiende aún hoy un tipo con bigote negro parapetado entre torres de suplementos de prensa, manejando las monedillas en su agujero de papel y que parece el guardián de una puerta cósmica. Compramos dos ejemplares delDiario de Navarra, los plegamos bajo el brazo y llegando a la plaza del Castillo tomamos contacto con la fiesta de San Fermín que al amanecer es una alquimia de gentes arrasadas por las copas, parejas nuevas que se besan con las bocas abiertas casi chocando los dientes y tipos descansados que se acaban de levantar. Estos últimos pertenecen a la misma especie que los borrachos y los enamorados, pero no lo parecen. Caminan con los ojos poseídos de miedo y, al mismo tiempo, con esa decisión ejecutiva y voluntariosade oficinistas camino al trabajo. El aroma sulfuroso a orín y alcohol de la calle Pozoblanco casi me hizo vomitar. En la esquina todavía bailaban la canción del verano—quizás, no lo recuerdo,Me sube la bilirrubina, de Juan Luis Guerra—y en el interior de un carro de la compra había un tipo dormido y plegado sobre sí mismo como una proteína compleja. Vestía un pantalón corto y por las pantorrillas peludas le subía el chapapote graso de la fiesta como a brochazos. Ese mundo también era nuevo, pues iba a correr un encierro antes mismo de pasar una noche de juerga sin dormir. Todo era nuevo, yo incluido.

* * *

Tom Turley llegó a San Fermínen uno de esos autobuses llenos de buscadores de respuestas. No sabía nada. Justo alcanzó a ver, entre los tablones y las espaldas del vallado a la altura de Telefónica, la mancha de los toros pasar. Perdido, deambulaba junto a una amiga con una mochila al hombro, poco dinero, pocos años, mucho sueño, una mata de pelo rizado en la cabeza y nada que hacer. En la plaza del Castillo encontró a un compañero de universidad y su padre los invitó a desayunar en una terraza después del encierro, en ese mismo momento en el que el mundo comienza a respirar de nuevo y el aire tibio y pausado parece de estreno. El padre del chaval era Ray Mouton, un sanferminero legendario, abogado de Nueva Orleans, escritor y uno de los mejores retratistas que tendría San Fermín en inglés.

Unos amigos de Ray se habían ido de la ciudad y habían dejado libre una habitación en La Perla, el hotel en el que se guarda casi intacta la habitación de Ernest Hemingway, un lujoso establecimiento que se asoma al primer tramo de la Estafeta, en el que nunca hay sitio en San Fermín y en el que hospedarse puede costar mil euros la noche.

—¿Dónde dormís?—preguntó Ray—.

—No sé. Imagino que en un parque o en un cajero.

—Tienes una habitación en La Perla. Solo me tienes que prometer que siempre volverás a San Fermín.

Corría el año 1987. Tom, un tipo con palabra, es hoy un corredor de la curva de Mercaderes y un habitual en la barra del Bar Fitero.Trabaja en una ONG que actúa en catástrofes humanitarias: el huracán Mitch, el terremoto deHaití, el tsunami que en 2004 barrió la costa de Indonesia, la crisis de los refugiados…Parece que podría acostumbrarse a vivir en cualquier escombrera y casi nunca habla de sí mismo ni de lo que ha visto, que ha sido tanto. La catástrofe con la que se cita de vez en cuando le ha respetado 28 sanfermines.

Después de perder a su padre, Turley invitó en 2012 a su madre a que viera el primer encierro y ese día cayó en las astas y se rompió la cara. Además de la nariz fracturada, un toro le pisó el tórax y le hundió las costillas en el pulmón. Llegó hasta la ambulancia por su propio pie porque no quería que se asustara su madre.

* * *

—¿Dónde vamos a correr?

—Vamos a la cuesta, Parramplas.

—Pero…,aita.

—Cuando el agua está fría, ¿cómo entras?

—De golpe.

—Vamos, ven. Tú, tranquilo.

* * *

La noche anterior al encierro,los toros se trasladan de los corrales de Gas a los corrales de Santo Domingo. A esa mudanza casi clandestina se le llama el encierrillo: se lleva a cabo con nocturnidad y alevosía, sin corredores, en silencio y con el único sonido de las varas de los pastores contra el asfalto, los cencerros y el aullido de una corneta.

En estos corrales arranca la Cuesta de Santo Domingo o la cuesta, a secas.

La cuesta rompe las murallas de Pamplona y sube como una puñalada entre dos muros de piedra. Allí el encierro resulta a la contra: estrecho y cuesta arriba. Mide 280 metros de angustia por medio latido de anchura. Es el último sitio en el que cualquiera querría estar y, sin embargo, hay gente que ha dejado allí toda su vida. Descender esa cuesta a las ocho menos veinte es bajar a un sitio extraño, inhóspito y, sin embargo, mágico. Es acercarte al reactor descontrolado de una central nuclear: cuanto más te arrimas, más notas la radiación. A cada paso te sientes más débil, más frágil, más pequeño. No hay una cuesta abajo en el mundo que se haga más cuesta arriba.

Un tercio del tramo está libre de corredores y los toros lo suben solos. Al final, una barrera de los municipales impide a los mozos bajar a buscar a los toros a las mismas puertas de los corrales. Allí el suelo arde. Hay gente que no ha podido alcanzar esos terrenos en toda su vida y otros que cada día de encierro bajan decididos a quedarse a correr, pero al final siempre les puede el corazón y se largan.

Si miras hacia abajo, asomado por encima de la barrera de los municipales, la cuesta te apunta al pecho, limpia, recta, mortal, como una espada al corazón.Al fondo, el cielo abierto en azules, naranjas y malvas representa la vida, la libertad y la mañana de la Cuenca de Pamplona.Así visto, nunca parece un buen día para morir.

En la pared derecha se abre una hornacina con una imagen de San Fermín rodeada de velas que desprenden un humo fino y denso que se eleva retorcido en pajarillos negros de aire. Rodean a la efigie los pañuelos de las peñas de Pamplona como un muestrario de corazones clavados en la pared. Allí abajo dicen que se canta, pero en realidad se reza: a menos cinco, a menos tres y a menos uno, suenan tres oraciones para una cuenta atrás.

A San Fermín pedimos

por ser nuestro patrón

nos guíe en el encierro

dándonos su bendición.

Y, desde 2009, se repite el mismo cántico en euskera.

Entzun arren San Fermín

zu zaitugu patroi

zuzendu gure oinak

entzierro ontan hotoi

Viva San Fermín

Viva

Gora San Fermín

Gora.

En San Fermín se canta la del tractor amarillo, una jota o la canción de la Maripili, pero esto es rezar con melodía. Nadie sabe cuándo comienza. De pronto, los encargados de marcar el cántico—excelentes corredores y una suerte de monjes de la cuesta, a qué dar nombres—pegan una voz:«¡Va, chavales!»y entonces se levantan los brazos y se mueven los periódicos enrollados adelante y atrás en una marea blanca de papel que recuerda a algunas danzas tribales del pacífico. Huele a miedo, a pedo, a electricidad y los cuerpos, pese al gentío, solo se rozan. De vez en cuando, alguien tose hasta la arcada y otro intenta escupir ligerísimas pelotillas de espuma que vuelan lentas hacia el suelo como copos de nieve o bolas de poliespán.

A cada cántico, la calle se vacía más y cuando resuena el cohete en los diafragmas, solo quedan 30 o 40 corazones en extrasístole.Correr en la cuesta es comerle la boca a la bestia, es asomarse a un volcán en erupción a echar una meada.Bajar a Santo Domingo es enfrentarse a todas las limitaciones que impone el universo. Algunos de esos tipos han firmado seguros de vida y se hacen chequeos anuales y ahí los tienen, encerrados entre dos paredes, sin escapatoria, dándole la ventaja a la desgracia. Santo Domingo significa abandonar la poca superioridad que pueda tener el ser humano sobre el toro, porque la cuesta es cuesta arriba y en ese escenario los humanos son más lentos y los toros más rápidos, porque los toros frenan en las bajadas porque las temen y se emplean en las subidas.

Ese primer tramo es el más rápido del encierro: además de sentirse cómodos en el ascenso,estrenan los primeros metros de calle con hambre de asfalto.El 14 de julio de 2015, la manada de miuras cubrió los últimos 125 metros de la cuesta en menos de 15 segundos. Esto equivale aproximadamente a 30 kilómetros por hora. Es como correr el récord mundial de 200 metros lisos femenino, pero con las pendientes del Tourmalet (entre el 7 y el 9%), un punto de resaca, entre uno y siete días de fiesta en las piernas y sin aire en los pulmones.

La primera parte del tramo la recorren los toros en solitario: el primer encuentro con los corredores sucede bajo la hornacina del santo. La subida entre los muros es salvaje: los animales derrotan y sacan las cabezas hacia los lados, a pocos centímetros del muro áspero. Si lo tocan, huele a queratina quemada. Su instinto de manada les empuja a juntar sus grupas y sentir el contacto de sus hermanos, pero las cabezas se estiran y rebanan los flancos de la calle. En ocasiones, solo amagan en la cogida y en el último momento desestiman la cornada: temen siquiera tocar esos cuerpos blancos que se mueven delante de ellos sobre un suelo extraño, en un lugar desconocido y ruidoso al que aún no se han acostumbrado. Otras veces cargan contra sus objetivos con toda su intención y, en ese momento, la embestida escolosal y los cuerpos salen volando al aire, desmadejados, y caen al suelo sin sentido alguno de la orientación.

Las carreras en Santo Domingo son explosivas, breves e intensas. Como cualquier suerte del encierro, consiste en ganar el terreno del toro y quitarse en carrera hacia adelante, solo que en la cuesta, salvo excepciones legendarias, entre llegar a la cara del toro y salir no hay otro trámite. A diferencia de otros tramos más reposados, no existe pugna alguna entre los corredores por el sitio,ni más estrategia que aguantar en el centro de la calle a plena zancada y, con los riñones prietos, quitarse a la pared sin rebotar hacia los toros.

La manada llega sola y en determinados fregados no hay espacio para la reacción, así que se corre arrastrando cierto poso fatalista. Si tiene que suceder, sucederá. Por la propia configuración de la calle, que gira a la izquierda en dos quiebros, y empuja a la manada a la derecha, lo más razonable es retirarse por la zurda, aunque esta no sea una ciencia infalible.

En ese tramo los corredores tienen dos pesadillas. La primera puede parecer una obviedad y no lo es: hay que correr. Cuando el mozo en carrera divisa por primera vez los toros entre los cuerpos de los demás compañeros tiene tendencia a pararse bloqueado, tetanizado por el pánico. Entonces representa una amenaza gravísima para él, pero, sobre todo, para los demás mozos que vienen detrás, en la cara de la manada, y que pueden chocar con consecuencias terribles. Hay tipos que se paran en el centro de la calle con los ojos muy abiertos y una cámara de fotos en la mano. En el mejor de los casos salen despedidos por las embestidas de los mozos que los arrollan. El neófito suele estar dominado por la creencia de que se empieza a correr cuando se ven los toros, y no. Hay que correr antes, mucho antes, siempre antes y recibir la manada a plena velocidad. Un arranque de cero a cien suele ser insuficiente y molesta a los compañeros. Antes de que llegue la manada y en las condiciones actuales de aforo, la carrera tiene que ser fluida y ligera, metros antes de que aparezcan los animales entre los cuerpos. Si algo se grita en ese momento es «vamos», «venga», «tira» y «corre».

La segunda pesadilla es el toro en cabeza. La calle es una lanzadera de misiles. La primera parte entre los muros asfixia a los animales que, después de un giro a la izquierda y al salir al aire de la calle que se ensancha de golpe en la segunda parte, salen despedidos hacia adelante de la manada contra los corredores, como una bala perdida.«¡Toro!», se escucha, a lo sumo, y a algunos mozos les alcanza la res como un balazo entre los hombros, como una bola a los bolos. Contra esos toros-disparo no hay mucho que hacer salvo mirar atrás de manera compulsiva y confiar en que San Fermín muestre algo en el rabillo del ojo—un brochazo de color negro, un movimiento extraño, una voz de un compañero, un manotazo en la espalda—que advierta la llegada de la bestia desbocada antes de que alcance los cuerpos con un ruido hueco y definitivo,«como una pedrada en una manta», dijo alguien tras la cornada de Paquirri en Pozoblanco. Así suena:«Pom». Y la caída.«Taf».

El mayor enemigo del mozo en Santo Domingo es, obviamente, la velocidad del toro. Al ser un animal grande, a los debutantes les cuesta imaginar la agilidad con la que se mueven. Uno de los errores más frecuentes consiste en perderle la cara a la res, esto es, mirar mucho adelante y poco atrás. Un vistazo no basta. En muchas ocasiones, el corredor vuelve los ojos una vez, sitúa al toro, mira hacia adelante en plena velocidad y cuando vuelve a mirarlo la segunda vez, ya flota por los aires en manos de la física y pronto en las de los médicos.

Las cámaras y los focos no son amigos de ese tramo porque, dada la diferencia de velocidad, las carreras no son tan ajustadas. Hay mozos de otros tramos que consideran que lo que se hace en Santo Domingo no es correr, porque no se disfruta del tiempo en la cara de los toros. Otros no cambiarían esos dos segundos de estallido nuclear por horas enteras en las astas. Mezcla de veteranos de los Flandes del encierro y de los primeros brotes de algunas juventudes, en la cuesta, los corredores son una hermandad indestructible. Si tocas a uno, tocas a todos.

* * *

En la plaza del Castillo nos sirvieron dos cafésque se quedaron a medias. En ese momento, el cuerpo tiene otras prioridades que desayunar. Con el estómago cortado y las manos heladas, doblamos la esquina en busca de La Pamplonesa, la banda municipal de la ciudad. Al fondo, desde la calle Mercaderes, rugía como un cañón de fiesta la improbable procesión de las dianas de Pamplona:«La banda sonora de la gloria», la definió mi padre. El maestro Cerdá, pequeño y con un bigotito de nieve recortado bajo la nariz, recorría a pasitos la calle, precedido de un ejército psicopático de tipos que no se habían acostado y otros que se acababan de levantar, unidos en un baile a medio camino entre la jota y el concierto de los Ramones en Anoeta en 1992. La letra decía así:

Todos los curas

vienen aquí

a echar un polvo

por San Fermín.

El de mi pueblo,

que es un cabrón,

en vez de uno

echa un montón.

«Ahora bailamos», dijo, y nos unimos a la masa con los ojos desorbitados, las manos elevadas al cielo aún rosa y un incendio en los pulmones.

En adelante, cuando tuviera miedo, siempre intentaría acordarme de esas melodías que gritábamos agarrados por los hombros y encendidos por la amenaza: «El que se levante para las seis / delante de los toros correrá / San Fermín que todo lo ve / si lo ve caer le bendecirá, le bendecirá, le bendecirá». La nana mil veces cantada (la versión de casa decía: «si lo ve caer y si tiene fe lo recogerá») se hizo real de manera aplastante. Comprendí que no todo estaba en nuestra mano, ni siquiera en las manos anchas, cortas, pálidas y, sin embargo, fuertes de mi padre.

La masa de corredores de la plaza del Ayuntamiento se nos impuso como una barrera infranqueable, angustiosa, hiriente. «Tranquilo, Chapuli, ven». Logramos abrirnos paso y bajar la cuesta estrecha de muros de lija. No creía que una manada de seis toros y seis cabestros fuera capaz de enhebrarse por el ojo de aquella aguja.

* * *

Creta, 2000 años antes de Hemingway. Cuenta la leyenda que a la muerte de su padre, Minos, rey de Creta, pidió ayuda al dios del mar, Poseidón, para ascender al trono. Con el habitual gusto por los excesos de los dioses griegos, Poseidón le sugirió a Minos que sacrificara un toro frente a su pueblo. No un animal cualquiera: hizo salir de entre la espuma de las olas un hermoso toro blanco. Minos, con el habitual gusto de los héroes griegos por desobedecer a los dioses, prefirió quedarse ese animal fabuloso y sacrificar a otro en su lugar. Un sobrero. Poseidón, con el habitual ánimo vengativo de los dioses griegos, urdió una sofisticada trama que desembocaría a la larga en la fiesta de los toros tal y como la conocemos.

El dios mandó hechizar a Pasífae, la mujer de Minos, y encendió en ella la llama del amor por el toro: una pasión desatada, obscena y prohibida, la primera tragedia taurina conocida. Ella pidió ayuda a Dédalo para que inventara un artilugio que hiciera posible ese amor imposible y enfermizo, y el inventor construyó una estructura con piel de vaca para que la reina pudiera arrimarse al toro. En rigor, el aparato resultó ser el primer cabestro de la historia. Pasífae yació con el toro y de esa relación nació el minotauro de Creta, que era mitad hombre, mitad toro y que solamente comía carne humana.

Con los años, el becerro fue creciendo y ya de novillo se hizo incontrolable: Dédalo le construyó unos corrales con forma de laberinto. Creta declaró la guerra a Atenas y tras proclamarse victoriosa exigió como parte del botín un tributo de siete doncellas y siete jóvenes que eran abandonados en el laberinto cada año. Llegaban perdidos como viajeros australianos en su primer San Fermín y vagaban hasta que los encontraba el antropófago burel, que los devoraba sin piedad.

La trama se complica: Teseo, hijo del rey de Atenas, sueña con poner fin a ese tributo bárbaro y se cuela en el laberinto camuflado en uno de aquellos rebaños humanos. Ariadna, hija de Minos, con la habitual tendencia a la traición de los antiguos, se enamora de Teseo a primera vista, y le entrega una bola de hilo para que no se pierda dentro del laberinto. Teseo, uno de los primeros matadores de la historia, encuentra a la bestia y la mata. Fue una faena de aliño, pero lo hicieron rey. Como agradecimiento, Teseo decide fugarse y abandonar a Ariadna, que pasado el disgusto rehizo su vida: se casó con Dioniso, dios del vino, menos testosterónico que Teseo pero mucho más divertido. Desde entonces, los vírgenes atenienses pudieron dedicar su tiempo a otros viajes más festivos y ahora se pasean por la Estafeta con una botella de sangría infecta en la mano y duermen las borracheras en los parques de Pamplona.

* * *

Mi padre estaba callado y nervioso. Le saludaban tipos que para mí ya eran leyendas, y ahí andaba yo, con quince años, un pibe a medio hacer, estrechando esas manos fortísimas que parecían manejadas por cables de ascensor y por mecanismos indestructibles.

En el agujero de la calle estaban Hermosilla, Fabián Bilbao, con ese aire suyo casi oriental, el concejal Joaquín Pascal, Pedro Mora y su bigote blanco, Patxi Rodríguez, con las espaldas como el frontón Labrit, y Fernando Ardura, un antiguo legionario que andaba entre el miedo y la gente cantando: «Ahí viene el negro zumbón» como si saliera de Tropicana agarrado a dos mulatas.

«Hoy es el día en que menos miedo vas a tener nunca, porque aún no sabes cómo es», me dijo mi padre, que de vez en cuando me apretaba un brazo o me daba un golpecito en el cuello para tranquilizarme. En realidad, era él el más nervioso de los dos, era él el que ofrecía a su hijo al rito salvaje. Tal vez pensó que el cáncer que lo estaba friendo desde hacía dos años se lo llevaría por delante y que quizás esa oportunidad temprana sería la última oportunidad.

* * *

Si hubiera sido Leónidas en las Termópilas, a las ocho menos un minuto en la cuesta de Santo Domingo hubiera gritado:«¡Esta noche cenaremos en el infierno!», pero como se llamaba Fernando Arduras, sencillamente cantaba y hacía bromas. Gritaba:«Vamos, que ya viene el barbas»y se te acercaba al oído y te soltaba:«Ya hueles a Cebada Gago, chaval». Fernando vestía de negro. Nadie sabe por qué. Por joder, probablemente. Corría duro, durísimo. Delgado, fibroso como un junco, se metía en la cara de la manada en la parte baja de la cuesta de Santo Domingo: a ratos, visto de frente, él mismo parecía un toro en cabeza. Fernando tenía una zancada larguísima y unos riñones de oro que arqueaba cuando advertía el rabo del toro izado al aire en señal de derrote, porque Fernando tenía las piernas de kevlar y un ojo en la nuca. Algunos de sus amigos llegamos a creer que se había alimentado de pequeñito a base de leche de pantera. Fernando había sido legionario en su juventud y hubo una época en la que paseaba por la Castellana una gacela que se había traído de África. Dijo Juan Belmonte que se torea como se es. También se corre como se es.

A mitad de los noventa, reconvertido en empresario de éxito, separado y padre de dos hijas, lo agarraron dos toros en la cuesta. Al salir de la puerta del antiguo Hospital Militar, una periodista enviada por el crítico taurino Alfonso Navalón le preguntó su nombre.«Soy Rafael de Paula», respondió con la cara deshecha. Llevaba una oreja destrozada, la cabeza abierta y una herida por asta en el antebrazo.

A la salida del quirófano, Alfonso Navalón, que se había tragado el bulo, le espetó:«¡Pero usted no es Rafael de Paula!». Y Fernando lo mandó a la mierda. Luego entró en barrena en una de esas mañanas locas de San Fermín. Le compraron ropa blanca y un gorro«para no asustar a los niños de Pamplona»y se fue al notario a una firma de un asunto de negocios. Le llevaba Patxi Rodríguez en una Vespa a medio despertar de la anestesia.«El hombre temía que le manchara la mesa de sangre. Nunca me atendieron tan rápido en un notario». Después se fueron a comer al San Ignacio. Corneado, magullado, suturado, renqueante y casi irreconocible como el Cristo de Borja de sí mismo, sorbía un plato de pochas con tropezones de ibuprofeno en el primer piso del local y le cantaban una canción:«Si te hapillaoel toro,jodeté,jodeté. Si te hapillaola vaca, te vuelves a joder. Si te hapillao, si te hapillao, si te hapillaoel carrico delhelao». Cuando les afeaban el comportamiento, la cuadrilla se excusaba:«Es que teníamos mesa»,y Fernando asentía.Fernando incluso quiso comparecer en un encuentro amatorio, cosa que fue imposible.Esa noche se fue a dormir a su casa de Fuenterrabía y coincidió con una fiesta de su hijo en el domicilio.«Mira cómo viene mi padre de hecho polvo», les dijo a los amigos, señalando a Fernando, riéndose.«Si no lo maté ese día ya no lo mato nunca», explica ahora Fernando. Al día siguiente subió corriendo al monte de Jaizkibel y con los puntos puestos corrió el último encierro.«Solo necesitaba quitarme un poco del mogollón».

El otro toro lo agarró al año siguiente en las mismas circunstancias. Patxi Rodríguez lo recuerda así:«Mismo sitio, misma situación, mismo golpe. Se volvió a quedar destrozado. Bromeábamos al respecto de que con un atropello más, ya saldría en el programa de las fiestas: “Día 9: tradicional cogida a Fernando”». El torole quebró varias costillas y una cervical un día 7 de julio. Con el cabreo de perderse las fiestas, aterrizó en una pensión de Alfaro, en La Rioja, a lamerse las heridas. A los tres días salió a la calle y se encontró la procesión de un entierro detrás de un féretro. Fernando, que es un animal social, se unió.«¿Qué iba a hacer yo si estaba solo? El muerto era un chaval. Una historia tristísima. Terminé con ellos tomando vinos. Esas cosas pasan en San Fermín». Llegó al último encierro con collarín y sin poder girar la cabeza.

Un cuarto de siglo después guarda todas esas cicatrices y la cruz de La Legión en el pecho. Se compró caballos para tener cerca a sus hijas y fundó varias empresas, y en la tele los aventureros parecen bailarinas del Bolshoi comparados con Fernando. Los ingleses tienen una expresión perfecta para este tipo de gente:«Men for all seasons»,hombres para todas las estaciones, para todo tiempo, se entiende, tipos recios que te gustaría tener al lado cuando la cosa se pone fea.

* * *

Robin O’Connor es un corredor de Nueva Yorkexperto en vinoque subastaba botellas de 100000 euros en Christie’s. Fernando se lo encontró el 12 de septiembre del 82 tirado en el suelo del encierro de Sangüesa después de que un colorado lo abriera en canal. Tenía las tripas fuera y preguntaba por sus gafas tanteando el suelo con las manos en su busca. Ardura, que había pasado la noche de copascon él y con otros amigos en la casa del ilustre sanferminero y aficionado Antonio Campión, le recogió los anteojos y después le metió los intestinos en el calzoncillo. Cuando se dio cuenta de lo que había sucedido, O’Connor miró a Ardura muy fijamente y le dijo que no se quería morir.«Robin, chico,eso hay que pensarlo antes», le respondió Fernando.«Fue muytranquilizador», recuerda vagamente el corredor de Maryland, que entró enshocken la ambulancia camino de Pamplona. Al llegar le esperaban los cirujanos y un cura en la puerta le dio la extremaunción.

Despertó en la UVI a los tres días. Volvió a andar y hasta a correr en la Estafeta 24 años más. Después de todo, el colorado le había salvado la vida: el vuelo 995 de Spantax Madrid-Málaga-Nueva York, que le tendría que haber llevado de vuelta a casa de no haber estado en el hospital, se estrelló en Málaga al romperse una rueda durante el aterrizaje: murieron 50 personas. Cuando por fin pudo viajar a Baltimore, su padre enfermo al que iba a visitar murió mientras él estaba en el aire.«Fue un mes muy loco», recuerda.

* * *

Mi padre nos dijo: «Mira, lo vais a pasar muy mal antes y muy bien después. Mantened la calma. No salgáis corriendo con el “pum” del cohete porque estos bichos os van a agarrar igual más adelante y más cansado. Conmigo. Poco a poco. Salid a mi voz, cuando yo lo mande. Escuchadme. Andamos y luego corremos. Con el primer paso se irá el miedo. No agarréis a nadie y retiraos a la izquierda de la calle. Si os caéis, ya sabéis, quietos en el suelo y nunca dejéis de mirar para atrás. Por nada del mundo le perdáis la cara a los toros». En realidad ya estaba todo dicho desde hace años.

Solo en el momento del segundo cántico lo noté temblar. Después del tercero pasó todo muy rápido. Ladró un perro.Una mujer gritó: «Vamos, valientes». En ese momento pensé si