A Moscú sin Kaláshnikov - Daniel Utrilla - E-Book

A Moscú sin Kaláshnikov E-Book

Daniel Utrilla

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Beschreibung

Este libro es un striptease sentimental envuelto en papel de periódico y conservado a 20 grados bajo cero

Se puede leer como una novela de formación, de amor, de muerte, de reflexión, de estrés, de periodismo, de literatura, de los escalofríos del scoop, en medio de un hilarante choque cultural que enreda al autor y al lector en las aspas del gigante ruso.

Este libro refleja el resultado de 11 años de periodismo y de búsqueda incesante de historias en Rusia, que llevaron al autor a remotos y pintorescos rincones de la antigua Unión Soviética: Baikonur, el lago Baikal, Yekaterimburgo, Yakutia, Chernóbil, pero sobre todo Yásnaia Poliana, la finca donde nació, creó, vivió y fue enterrado Lev Tolstói, verdadero guía de este viaje.

Este libro también es una guía para perderse. Para perderse por Moscú, por sus calles, barrios e iglesias, pero ante todo es una guía para perderse entre sus gentes, entre personajes reales que pasan por literarios (desde el embalsamador de Lenin, al sexólogo que conserva el pene de Rasputín, pasando por taxistas uzbekos forofos del Real Madrid, veteranos de guerra, modelos, oligarcas, inventores locos, cosmonautas, pintores, Putin, escritores, ex agentes del KGB, Kaspárov, niños de la guerra, ex combatientes de la División Azul o los últimos bolcheviques); y entre personajes literarios que pasan por reales (el príncipe Bolkónski, Natasha Rostova, el doctor Zhivago). En este paseo por Moscú conviven dos Rusias, la real y la irreal, preexistente y ficticia, que llegó a Occiente encuadernada en forma de novela.

Una mirada distinta sobre Rusia, en las antípodas de la visión altanera y ensañada del periodista occidental enviado a Moscú. Una mirada sin Kaláshnikov.

CRÍTICAS

- "Un libro brillante que recuerda, por el uso de la metáfora, al mejor Umbral" - Felipe Sahagún, El Cultural

- "Pueden buscar el libro, leerlo y guardarlo en la estantería junto al 'Limónov' de Carrère o 'La nariz de Stalin' de McLean de con un suspiro de felicidad." - Luis Alemany, El Mundo

- "Un análisis de antropólogo que con maña de cirujano abre con exquisita precisión las tripas de una nación que vive todavía desubicada, aún en plena ebullición capitalista, pero con la mirada siempre puesta en su pasado soviético reciente." - Pablo Oliveira y Silva, Público

EL AUTOR

Daniel Utrilla Vizmanos (Madrid, 1976). Fue corresponsal en Rusia para el diario El Mundo desde 2000 a 2011. Cubrió la actualidad informativa de ese país y de las repúblicas que conformaron la antigua Unión Soviética («todos lo que sé del Asia Central lo he aprendido de los taxistas uzbekos, tayikos de Moscú», confiesa). Desde 2011 trabaja en el canal ruso RT en español. Está afincado en Moscú, escribe ficción, propaga con entusiasmo la fe madridista por Eurasia sin que nadie se lo pida y dice no haber perdido la esperanza de encontrar palmeras de chocolate en el espacio postsoviético.

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Seitenzahl: 971

Veröffentlichungsjahr: 2015

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Daniel Utrilla

A MOSCÚ SIN KALÁSHNIKOV

Una crónica sentimental de la Rusia de Putin envuelta en papel de periódico

primera edición: octubre de 2013

Copyright: © Daniel Utrilla Vizmanos, 2013

© Libros del K.O., S.L.L., 2013

C/ Príncipe de Vergara 261,

28016 Madrid

[email protected]

www.librosdelko.com

isbn: 978-84-16001-03-3

depósito legal: M-27926-2013

código bic: DNJ; BM

diseño de colección: Carlos Úbeda

diseño de cubierta, mapa desplegable y marcapáginas: Artur Galocha

corrección: Rafael Lupiani

A mi madre Rosa, que acabó aceptando por puro amor una pasión loca por Rusia

«Vivir en Rusia sin sentido del humor es como circular por una carretera rusa intransitable al volante de un coche de fabricación nacional con la suspensión floja y los amortiguadores rotos»

Mijaíl Zadórnov. Humorista ruso

«La alegría es la característica más destacada de la Unión Soviética»

Iosif Stalin

«La nieve dota de papel de escribir a todo el paisaje»

Ramón Gómez de la Serna (Greguerías)

«Él ansiaba lo absoluto. Él era ruso»

Rory MacLean (La nariz de Stalin)

«¡Rusia! ¡Rusia! Te contemplo desde mi lejano paraíso florido, ¡te contemplo! Pero, ¿qué fuerza misteriosa, inexplicable, nos liga a ti? [...] ¡Rusia! ¿Qué es lo que deseas de mí? ¿Cuál es el lazo misterioso y oculto que nos une? ¿Por qué me miras así? [...] ¿No será que aquí, no será en ti que surgirán ideas ilimitadas, como ilimitada eres tú?...

Nikolái Gógol (Almas muertas)

«El periodismo es una profesión muy útil, siempre y cuando se deje a tiempo»

Ernest Hemingway

«Rusia, cuando se mueve, empieza a interesar a mucha gente»

Ryszard Kapuscinski (El imperio)

«Niusha desplumaba el pato sobre una hoja de periódico»

Borís Pasternak (Doctor Zhivago)

Un andaluz y un ruso viajan en el Transiberiano [...] —¿Y usted de dónde es? —Yo soy ruso. —Tela marinera... Cosa curiosa Rusia... Cosa extraña Rusia... Mucho ruso en Rusia... Muy buena la ensaladilla rusa... Emocionante la montaña rusa... Muy bueno Demis Roussos... ¿Y de qué parte de Rusia es usted? —Yo soy de la estepa —Muy buenos los polvorones...

Eugenio

—Dime en unas veinticinco palabras qué sabes de mi país, soy embajador de Rusia —Perdone, ¿me puede repetir la pregunta? —¿Qué sabes de mi país? De Rusia —Bueno, pues sé que es un país donde vive gente maravillosa, que ha habido en el tema de política algunos cambios y no sé mucho más. Gracias.

Miss Melilla 2001 (Certamen Miss España, Telecinco)

«Todo ruso, al mirar a Moscú, ve en ella a una madre. Todo extranjero que la contemple, aunque no vea en ella a una madre, debe percibir su carácter femenino. Y así la sintió Napoleón»

Lev Tolstói (Guerra y Paz)

«No hay otra ciudad que cause tal impresión de novedad absoluta, ni siquiera Venecia [...] En la explanada del Kremlin y con el panorama que se extiende ante sus ojos, uno se siente verdaderamente en un lugar distinto, y este francés, el más enamorado de París, no echa de menos el arroyo de la calle Bac».

Théophile Gautier (Viaje por Rusia. 1859)

«Desde que vivo aquí tengo la impresión de haberme encontrado. Es sospechoso: nunca me he deprimido en Moscú».

Frédéric Beigbeder (Socorro, Perdón. 2006)

«No cabe duda que Moscú es un ser femenino. Su sentido del tiempo lo tiene debilitado, y por eso, a diferencia de las ciudades masculinas, es indiferente al pasado y vive exclusivamente en el presente. Los héroes de ayer y los monumentos de ayer significan poco para ella: Moscú se desprende de ellos sin pena, tiene la memoria corta y el corazón insensible»

Borís Akunin. Escritor ruso (Lectura para casa, 2003)

«Edward Snowden está decidido a quedarse en Rusia, a estudiar la cultura rusa, a ver el país. Hemos hablado de esto y le he regalado un libro de Dostoyevski, Crimen y castigo»

Anatoli Kucherena (Asesor legal de E. Snowden, el ex empleado de la CIA que reveló el espionaje electrónico masivo de EE.UU. y recibió asilo ruso el 1 de agosto de 2013)

—Comprendo su admiración por la literatura rusa, por Dostoyevski, pero ¿se puede hoy admirar la Rusia de Vladímir Putin, que encarcela a opositores políticos, por ejemplo? —Le aconsejo que vaya usted a ver Rusia por sí misma. Lo que he visto en la prensa me parece alucinante [...]. Yo observo lo que pasa, no soy idiota. Occidente debería preocuparse de sí mismo más que de la situación de las libertades en Rusia»

Entrevista de Claire Chazala Gerard Depardieu en TF1. 17 de junio de 2013

«Los periodistas se habían ido, y la paz reinaba en la ciudad»

Evelyn Waugh (¡Noticia bomba!, 1938)

SE LEVANTA EL TELÓN DE ACERO... Y SE VE A UN NIÑO MADRILEÑO JUGANDO AL TETRIS

«Sepan, pues, que nada hay más alto ni más fuerte ni más sano ni más útil en nuestra vida que un buen recuerdo, sobre todo si lo tenemos de la infancia, del hogar paterno. [...] El que ha acumulado recuerdos de esta naturaleza, es hombre salvado para toda la vida»

Fiódor Dostoyevski (Los Hermanos Karamázov)

La primera palabra rusa que gravitó en mi cabeza no fue cosmonauta, si bien, el mismo día que vine al mundo, este vocablo fue uno de los más repetidos en los noticieros de todo el planeta. Aquel 16 de octubre de 1976, casi exactamente a la misma hora en que mi madre me daba a luz en una clínica de Madrid, los dos tripulantes soviéticos de la fallida misión espacial Soyuz 23 volvían a nacer en medio de un dramático rescate con helicópteros en el lago salino Tengiz, en Kazajistán, en cuyas aguas semicongeladas había impactado su cápsula de aterrizaje en medio de una terrorífica ventisca de nieve, mientras mi madre me arropaba ya contra su pecho caliente. Quizá la televisión del hospital informaba del milagroso rescate de los cosmonautas Viacheslav Zúdov y Valeri Rozhdestvensky, quizá algún periodista de TVE con patillas avanzaba, a pocos metros de nuestra cama, los detalles de aquella misión abortada por un fallo del sistema de atraque en la estación orbital Salyut 5, lo que obligó a aquellos dos cosmonautas a volver precipitadamente a la Tierra arrebujados en su útero de metal (aquella fue la primera reentrada pasada por agua en la historia del programa espacial soviético). Quizá en ese momento levitó hasta mis orejas en medio de los arrumacos familiares la palabra cosmonauta, pero yo ya flotaba en mi nuevo universo materno, más ocupado en explorar otras vías lácteas. ¿Estaba mi destino ruso escrito en las estrellas? ¿Acaso en esa esfera de metal de fabricación soviética caída del espacio que quebró la superficie helada del lago Tengiz mientras mi madre rompía aguas? Una cápsula Soyuz en descenso balístico no es exactamente una estrella de Navidad, aunque el apellido ruso Rozhdestvensky, uno de aquellos renacidos, significa precisamente navideño.

Pero si cosmonauta no fue la primera palabra rusa que asocié al país que acabaría convirtiéndose en mi destino (tanto en su sentido geográfico como místico), tampoco lo fueron otras tan asimiladas por el castellano como vodka o gorro de astracán, vocablos ambos que tardarían muchos años en subírseme literalmente a la cabeza, ya con los pies en el hielo de Moscú. Palabras tan rusas como Kaláshnikov, cosaco o perestroika restallaban en las esquinas de mi infancia como tristes y solitarios petardos de Navidad, pero ninguna fue capaz de prender la mecha del cóctel molotov, ese que habría de desencadenar la ignición de mi inexplicable y encendida pasión por Rusia. Mi primera noción de lo ruso ni siquiera remite a la evidente ensaladilla rusa, cuyo recuerdo me retrotrae inexorablemente a mi madre Rosa antes que a la madre Rusia. Cuentan que Franco se empeñó en sus primeros años de dictadura en rebautizarla con el insípido nombre de ensaladilla nacional, atravesados como tenía en el estómago a los rusos, diablos rojos en el imaginario del régimen. Aunque la historiografía no explica el origen ni las circunstancias que rodearon a esta jugosa ocurrencia de Estado, me imagino al caudillo almorzando en El Pardo, tenedor en ristre, con su efigie petrificada ante un montículo de ensaladilla rubricado por dos tiras entrelazadas de pimiento rojo dispuestas caprichosamente con la forma de la hoz y del martillo. Lo que no sospechaba el caudillo es que nuestra ensaladilla rusa no existía en el país de los soviets y que apenas estaba emparentada de lejos (tres mil quinientos kilómetros de Madrid a Moscú saliendo por la M-30) con la olivié, la precursora moscovita de nuestro plato, compuesta de carne o jamón cocido (nada de atún), patata, huevos duros y muchos guisantes, todo ello amalgamado con mayonesa. La versión original, que en 1860 preparó en secreto el cocinero franco-belga Lucien Olivier en el restaurante moscovita Hermitage —cuyo edificio histórico en el número 14 de la plaza Trúbnaia acoge hoy un teatro—, contaba con ingredientes tan aristocráticos como faisán, oso o ciervo, que acabarían siendo deportados en masa de la masa original cuando las bayonetas de Lenin se metieron hasta la cocina de la Rusia blanca.

La extraña fascinación que siempre me ha suscitado la mezcla de lo español y de lo ruso, de esas dos realidades tan alejadas entre sí por la geografía y por el franquismo (época en la que sus contactos resultaban tan esporádicos y exóticos como los de dos porteros rivales enzarzados en un córner postrero y desesperado), es la misma que me lleva ocasionalmente a sorprender en Moscú a mis amigos locales con un gran perol de ensaladilla rusa que preparo la noche anterior. También me mueve a hacerlo un impulso inocente y experimental como el que de pequeño me llevó a ofrecerle a un amigo canicas de plástico de color amarillo asegurándole que eran caramelos «con chicle dentro» (lo recuerdo chupeteándolas con delectación antes de darse cuenta del engaño). Cuando mis invitados moscovitas ven aterrizar sobre la mesa la densa nebulosa de patata y mayonesa punteada por pepinillos, atún, guisantes y aceitunas, todos callan y su mirada encalla en la mezcla, un poco como le debió de ocurrir al primer observador neutral que se enfrentó en 1910 cara a cara con la Primera Acuarela Abstracta de Kandinski (a mi me recuerda más a su Composición número 7, aunque para ello deba abstraer la mirada y apartar las manchas azules del lienzo, un poco como hacía yo de pequeño con los guisantes). Por un momento dudo si mis invitados no harán como el mandatario soviético Nikita Jrushchov, que en 1962 repudió públicamente una exposición de arte abstracto en la sala de exposiciones Manezh de Moscú acusando a los autores de hacer «mierda» («¿Se puede saber qué le pasa a esa cara? ¿Acaso no sabe pintar? ¡Mi nieto lo haría mejor!» [...] «El pueblo soviético no necesita esto», les gritó el mandamás, no sin antes llamarlos «pederastas»). Pero al final se comen la ensaladilla. Vaya que si se la comen.

Orgulloso y competitivo, el ruso siempre tiende a sacar pecho ante Occidente a cuenta de sus hitos, de sus misiles o de sus gestas deportivas. Si bien es cierto que tienen motivos más que sobrados para hacerlo, me llama más la atención que saquen también pecho a la altura del estómago, es decir, cuando se trata de plantar cara a una superpotencia culinaria como España. Pero lo hacen. Cuando les preparo una paella, el comentario inmediato de muchos de ellos es que «se parece al plov» (un plato uzbeko a base de arroz amarillo con cordero), y cuando les preparo empanadillas de bonito (me traigo a Moscú la maleta llena de obleas para freír) dicen que son chebureki (una empanada frita de origen tártaro rellena de carne). Sin embargo, la ensaladilla rusa los desarma por completo.

Acostumbrados al cubismo de su olivié (taquitos de patata y jamón apilados bajo un alud puntillista de los guisantes), los rusos se muestran cautos y algo desconcertados ante mi abstracción salpicada de formas coloreadas. Antes de estoquear la masa con sus tenedores (tridentes, según la terminología franquista), sus ojos se clavan en las aceitunas, desconcertantes boyas verdes que les devuelven su vacía mirada ciclópea. Como si buscaran entre los pepinillos la nariz desprendida del asesor colegiado Kovaliov, protagonista desnarigado del cuento de Gógol La Nariz, mis amigos dudan e indagan entre la masa heterogénea, como intentando reconocer a un hijo desfigurado en los frentes, como entreviendo quizá una metáfora de Rusia y de su historia, salteada de contrastes sobre una base movediza (la olivié original llevaba gelatina). Es en ese momento de duda cuando me acuerdo de mi primer amigo de la facultad, Pablo Oliveira, que tenía la costumbre de arar pacientemente con su tenedor la superficie de su ración de ensaladilla rusa salpicada de virutas trapezoidales de zanahoria (era un estilo más Malévich) en la cafetería de la facultad de Periodismo de la Complutense, la misma donde digerí como pude aquel primer año de universidad una traducción criminal de Crimen y Castigo.

En definitiva, como la ensaladilla rusa no es rusa y yo de pequeño no tenía muy claro qué era aquello de Rusia ni dónde empezaban los Urales —esos Urales que se convertían por arte de magia en el Moncayo cuando Omar Shariff los señala con el dedo en Doctor Zhivago— la eterna tapa de nuestros bares no pudo ser la primera noción de algo tan exótico y remoto como lo ruso.

Filete ruso y montaña rusa tampoco fueron términos que me tocaran la fibra sensible de pequeño (aunque combinados entre sí revuelvan las tripas a cualquiera). Además de ser conceptos inexistentes en Rusia, donde una montaña rusa siempre será una montaña americana (la Guerra Fría era bien retorcida), aquel curioso adjetivo —ruso— era una pieza de Tetris imposible de encajar en el fondo de mi cabeza de niño, sencillamente porque me faltaban referentes y la URSS resonaba en los telediarios del felipismo como un rugido de oso más que como la superpotencia enemiga del capitalismo. Debía de tener unos siete años, cuando la primera palabra rusa que me marcó de verdad se encestó hasta el fondo de mi sesera: Biriukov. Chechu Biriukov, el alero hispano-ruso del Real Madrid, con el que ganó una docena de títulos entre 1983 y 1994 mientras la Quinta del Buitre hacía lo propio a ras de césped (los bollos y los Buyos eran el pan nuestro de cada día en los recreos de mi infancia). Desde que su primer triple se coló en mis pupilas sin tocar aro, ya no dejé de marcarlo con la mirada en los partidos que retransmitían por televisión, cuando los baloncestistas aún se atrevían a mirar por encima del hombro a los futbolistas. Solía verlos con mi abuela Fidela, envuelta por el halo incesante de sus canturreos alegres. Su peinado cano, etéreo y algodonado quedó para siempre asociado a aquellas victorias blancas que veíamos en nuestra primera tele en color, retransmisiones que placaba tras sus enormes gafas cuadradas, moviendo bruscamente la cabeza hacia un lado cuando un jugador se salía del encuadre, como si esperara verlo corretear por el mueble del salón. Mi abuela, que nunca tuvo paciencia para ver una película (solo conseguí que viera una vez Los Pájaros de Hitchcock) seguía con entusiasmo aquellos partidos del Real Madrid gobernados por Fernando Martín, Romay, Corbalán, Iturriaga y Biriukov. Me consta que mi abuela sentía cierta nostalgia por el franquismo y, ciertamente, no sé cómo hizo para encajar la pieza rusa de Biriukov en su retablo simbólico de lo triunfal, donde lo soviético estaba demonizado.

Hasta que no empecé a tener nociones de la historia del siglo xx (centuria que no se entiende en lo político sin Rusia y en lo deportivo sin el Real Madrid), lo ruso se circunscribía para mí a un solo nombre: Biriukov. Aquel baloncestista moreno de pobladas cejas caucásicas, gruesas como mostachos de Groucho Marx, y dentadura de roedor, que saltaba sobre sus poderosos muslos de centauro para encestar unos triples tan raros como su acento. Chechu (nombre que a mí me sonaba de niño tan ruso como su apellido) propinaba un gran salto en la línea de tres y, justo antes de emprender su descenso a tierra, ejecutaba un lanzamiento raso, sin apenas darle curva a la pelota, que avanzaba hacia su objetivo describiendo una trayectoria plana, casi en línea con el aro, en el que se sumía como magnetizada, un poco como ese toro de Hemingway que en uno de sus cuentos se revuelve tras rozar a un torero «como un gato doblando una esquina», o como esas bombas redondas que Luke Skywalker lanza desde su caza X T-65 alojándolas in extremis por el estrecho conducto de escape térmico que conduce directamente al corazón de la Estrella de la Muerte, el planeta artificial del lado oscuro, en el sprint final de La Guerra de las Galaxias.

En los polvorientos recreos de mi infancia, en el patio del extinto Liceo Goya del barrio madrileño de San José de Valderas, Biriukov se convirtió en una palabra de uso cotidiano que se mezclaba en nuestras gargantas con la tierna masa achocolatada de los phoskitos, los donuts o los legendarios bollos de Tarzán, que llevaban un animal de plástico monocolor insertado en el chocolate. El hipopótamo era la más grande y preciada de todas aquellas figuritas, mientras que la aparición de las minúsculas tortuguitas nos dejaba como aletargados.

Entonces yo no sabía que Chechu Biriukov era hijo de madre española, una niña de la guerra que había sido evacuada del País Vasco a la Unión Soviética junto a otros tres mil menores para escapar de los bombardeos de Franco, y que se casó con un taxista de Moscú. Yo solo sabía que Biriukov era ruso, que era del Madrid y que era bueno. O sea, que los rusos debían ser buena gente si nos ayudaban a ganar. Biriukov era la leche y la publicidad de Parmalat que lucía en el pecho no hacía otra cosa sino confirmarlo.

Aquella fue la primera noción que tuve de lo ruso. Aquel baloncestista de 1,94 me marcó. Me marcaron sus triples, con ese peculiar y complicado estilo que intentábamos emular en las pachangas de la pista del colegio Bellas Vistas (donde cursé 8º de EGB tras el cierre del Liceo Goya). El efecto plano de sus triples que intentábamos copiar a toda costa («¡Biriukov!», gritábamos en el momento de lanzar para que no quedara duda) se vio favorecido por el hecho de que la canasta no tenía aro y nos veíamos obligados a colar la pelota por un agujero que había en el tablero de madera. No éramos pobres. Solo que no había aro.

¿Sembró Biriukov con sus triples la semilla de mi rusofilia, una semilla del tamaño de un balón de baloncesto? No lo sé. Han pasado trece años desde que me instalé en Rusia (un salto vital proporcionalmente equivalente a un triple en el mapa de Europa) y cuando alguien me pregunta si pienso volver, ciertamente no sé qué responder. De hecho, no entiendo la pregunta (me siento como Luke Skywalker ante Jabba sin un androide de protocolo como C3-PO que le traduzca al oído), pues nunca se me ha ocurrido pensar que estoy de paso por Moscú y que volveré a España cuando cumpla una determinada misión (la abuela de mi ex novia Yulia creía que yo era un espía: al parecer no le entraba en la cabeza que un occidental pudiera vivir tanto tiempo en Rusia por afición). Así que, como no sé qué decir, siempre respondo lo mismo: que volveré a España cuando descubra por qué vine a Rusia. Quizá me ayude a lograrlo este libro.

El polaco Ryszard Kapuscinski, maestro de reporteros, nunca olvidó su primer encuentro (encontronazo) con lo ruso, que describe en su obra magna El imperio, crónica de su odisea por las quince repúblicas que componían la Unión Soviética poco antes de su descomposición, en 1991, un auténtico misal para los corresponsales a este lado de Europa que yo me llevé en la mochila (junto con la receta de la ensaladilla rusa de mi madre como marcapáginas) el día que aterricé en Moscú como corresponsal del diario El Mundo, el 1 de julio del año 2000.

El choque de Kapuscinski con Rusia estalló junto al puente de su ciudad natal de Pinsk en septiembre de 1939. Kapuscinski tenía entonces siete años y la guerra lo había sorprendido a mitad de pista, como a la misma Polonia, emparedada entre dos totalitarismos voraces. El futuro reportero se encontraba veraneando con su madre en el pueblo de su tío, y emprendieron a pie el camino de vuelta a casa en medio del flujo desordenado de refugiados, de los gritos, de las bombas y de los caballos muertos. En medio del Guernica. De repente alcanzaron a ver los campanarios de Pinsk, su ciudad natal, cuando Rusia se interpuso en su camino.

«Empuñan largos fusiles con afiladas y punzantes bayonetas, y lucen estrellas rojas en sus gorras redondas. Han llegado hace varios días desde el lejano Mar Negro, han hundido nuestras fragatas, han matado a nuestros marinos y ahora nos impiden la entrada en la ciudad. Nos mantienen a distancia, ¡ni un paso más!, gritan mientras nos apuntan con sus fusiles», recuerda Kapuscinski.

La distancia que hay entre un triple de Biriukov y el tapón de los marinos de Pinsk es la misma que separa la épica del drama. La luz de la sombra. Tolstói de Dostoyevski. La gesta de Gagarin de la tragedia de Chernóbil. Los periodistas occidentales siempre han mirado a Rusia instalados en el lado oscuro. Yo no. Yo siempre la he visto bajo otra luz, fuera de la zona oscura. Más allá de la línea de tres puntos. Intentando lo imposible. Saltando más que los demás.

Cuando veía colar triples a Biriukov, yo aún no sabía que fueron los rusos quienes encestaron la bola bruñida del Spútnik, el primer satélite artificial, en el pin ball de las estrellas, pero si me lo hubieran dicho mientras veía con mi abuela aquellos partidos del Real Madrid, habría asentido con la cabeza (la boca llena de pan Bimbo con nocilla), pues me habría parecido un enceste lógico, viendo la facilidad con la que aquellos lanzamientos de largo alcance propulsados por Biriukov se colaban en la canasta rival.

Si la sensación de amenaza quedó para siempre asociada a Rusia en la mente de Kapuscinski («los gritos, el llanto, los fusiles y las bayonetas, los rostros furiosos y bañados en sudor de unos marineros llenos de una ira, de una rabia y de un terror desconocidos e incomprensibles»), sensación confirmada días después por las deportaciones, los registros a punta de fusil o el cañoneo de la iglesia de Pinsk a manos de un bolchevique borracho; Rusia irrumpió en mi mente infantil al rebufo de la imagen agigantada, casi mitológica, de Biriukov, del ruso más blanco, de aquel bogatir, el héroe agigantado de los cuentos populares rusos, de aquel aliado de rostro afectuoso que sudaba la camiseta blanca de mi equipo para ayudarnos a vencer el placaje rival con sus triples demoledores. Todo ello envuelto por el calor de la estufa paterna, de mi bata marrón con cinto y de las sonrisas totales que mi abuela componía después de cada cañonazo de tres puntos sin dejar nunca de desgranar sus alegres cantinelas de posguerra.

Biriukov no parece ruso, pero a mis siete años yo no tenía otro referente. Chechu era ruso. Era el ruso. En 1992, apenas un año después de la descomposición de la URSS, el Real Madrid fichó al gigantesco Arvidas Sabonis, el zar lituano, pero para entonces el cine de la Guerra Fría ya había hecho mella en mi imaginario con golpes tan bajos como el de Iván Drago, el rubio musculoso (¿mosculoso?) derrotado por Rocky IV (¿Moscú-lose?); pero sobre todo con la granítica irrupción en el cine de mi barrio, inapelable como la caída acelerada de un cuadrado rojo en la última pantalla del Tetris, de lván Danko, el policía soviético interpretado por Arnold Schwarzenegger en 1988, con chamberga militar larga como la expresión de su cara, y cara cuadrada a juego con su gorro, que encajaba como un guante en su tupé. La llegada a Madrid de Sabonis, con sus 2,21 metros y su pelo rubio cortado a cepillo, se incorporó con naturalidad a nuestra galería de tipos y estereotipos rusos, que a finales de los 80 ya no podían ser otra cosa que colosos gélidos y robotizados. ¿Los Urales? No, un pívot ruso.

Pero Biriukov no encajaba en ese arquetipo, apenas subrayado por sus cejas pobladas y circunflejas, nubarrones que acentuaban una mirada perversa que se daba de narices con su sonrisa pletórica.

Sin saberlo, Biriukov dio cancha a mi rusofilia cuando apenas empezaba a manifestarse sin un plan (sin un Gosplan). La estela de aquellos triples imposibles enhebraron mi mirada con un pespunte de puro preciosismo. Lo ruso entendido como estética. Como algo bello, exótico y difícil. Rusia se me metió antes en el ojo que en la razón. En la España de los años 80, los niños nos alimentábamos de series, películas y dibujos animados norteamericanos. Sin embargo, y pese al monopolio cultural que ejercía Estados Unidos sobre nuestras retinas, Biriukov coló aquella semilla de rusofilia al otro lado de la valla de mi recreo.

El triple es, al fin y al cabo, el lance más estético y desconcertante del baloncesto, el más malabar de todos. Y aunque yo desconocía aún la fama del circo de Moscú y de sus ballets, empecé a suponer que los rusos debían ser buenos en el más difícil todavía. Yo entonces no lo sabía, pero esa sensación de poder (casi de prepotencia) que envuelve al pertinaz anotador de triples es un poco la que siempre rodeó a Rusia, la nación más escorada en el tablero europeo pero que más ha influido en la historia contemporánea de Occidente, anotándose un suma y sigue de hitos desde el perímetro exterior del continente: desde las enormes novelas de Tolstói y Dostoyevski que marcaron el rumbo de la literatura universal, hasta la experiencia del comunismo (que mostró a Occidente que aquel no era el camino), pasando por el método Stanislavski, el fusil Kaláshnikov, Lev Yashin (único portero hasta la fecha con un balón de oro), el Spútnik, la tabla periódica de los elementos, Lolita, la radio (inventada por Alexánder Popov en 1895, y no por Marconi, según dicen por aquí), el Tetris, los tanques T-34, el vodka, Natalie Wood (de verdadero nombre Natalia Zajarenko), la ruleta rusa, la novia de Cristiano Ronaldo, el constructivismo o la organización del mundial de fútbol de 2018. Todos eso son triples. Triples como los que marcaba Biriukov en mi televisor (invento en el que influyó por un tubo el ingeniero pionero Vladímir Zworykin que emigró a EE.UU. tras la revolución). El baloncesto es una de las pocas cosas que ni de rebote parecen haber inventado los rusos, aunque su legendario afán competitivo llevó hasta lo más alto a la selección soviética de la mano de torres del Kremlin como Tkachenko (2,20 metros y 140 kilos). Biriukov, que se formó en las categorías inferiores del Dínamo de Moscú y jugó 22 partidos amistosos con la URSS, se pasó a los 20 años al Real Madrid, donde se soltó el pelo sumando puntos de tres en tres.

En el dibujo fluctuante que recubre la superficie granulada de los balones de baloncesto, ese trazado de líneas curvas y entrecruzadas que parecen calcadas de la palma de la mano por efecto del sobe, veo ahora con claridad (imposible que lo viera en mi niñez) la letra rusa Ж, fonéticamente equivalente a la J francesa. Los surcos que se curvan sobre la goma anaranjada del balón parecen imitar el dibujo de las dos áreas de una cancha de baloncesto. Sin embargo, yo veo en ellas, ahora lo veo, la letra Ж, la más exótica y churrigueresca del alfabeto cirílico, de una simetría perfecta y algo traviesa, como el símbolo ummita que aparecía en aquella burda foto del libro de historia de Alcorcón que siempre rodó por casa de mis padres y en la que se veía un platillo volante supuestamente fotografiado en 1967 sobre los castillos del barrio de San José de Valderas, una mole con chapiteles de Disneylandia que se levanta ante la terraza donde mi padre me metía en la boca cucharadas de papilla, aprovechando lo boquiabierto que me dejaba la visión de aquel templo («esta por Drácula», «esta por el hombre lobo», «esta por Frankenstein»...). La letra Ж hipnotiza como la estructura de un cristal de nieve, y en sus aspas habría de quedarme atrapado años después, en los años universitarios, cuando empecé a estudiar ruso en la escuela oficial de idiomas de Madrid movido por un deseo tan poderoso y concreto como inefable, un poco como ese Alfanhuí, el protagonista de la novela de Rafael Sánchez Ferlosio (el primer libro que recuerdo haber leído), que cuando se veía solo «sacaba el tintero y se ponía a escribir en su extraño alfabeto, en un rasgón de camisa blanca que había encontrado colgando de un árbol». En 1989 unos niños de Vorónezh dijeron haber visto un platillo volante que uno de ellos dibujó después con forma de huevo apoyado sobre dos patas y el símbolo de ummo en medio rodeado por un círculo (¿No sería acaso una letra rusa Ж estampada en alguna sonda espacial?). Miro este garabato infantil (está colgado en Internet) y en el ovni ovoide yo sigo viendo las líneas del balón de Biriukov, la nave que me trajo a este lejano planeta llamado Rusia.

Mi reencuentro con Biriukov ocurrió en el año 2002 o 2003. No lo recuerdo. Yo llevaba algún tiempo trabajando ya en Moscú como corresponsal del diario El Mundo, cuando lo vi en el aeropuerto Sheremétievo, esperando para facturar la maleta. Allí estaba. Al principio dudé, pues me parecía demasiado grande, aunque tras un severo marcaje ocular, disipé mis dudas. Era Biriukov. Llevaba un abrigo largo de cuero negro, un poco al estilo Mátrix o al de Félix Dzerzhinski, el fundador de la Cheka, la policía secreta soviética precursora del KGB. Recuerdo que me intimidó un poco su aspecto. Sentí el impulso pueril de acercarme para pedirle un autógrafo, pero no lo hice. El niño que todos llevamos dentro pataleaba con cierta desesperación, pero me resistí. Habían pasado casi veinte años desde aquellas tardes de euforia compartida con mi abuela y, por primera vez, veía a Biriukov sin una pantalla de televisor de por medio. Lo había olvidado, pero siempre había estado ahí, más allá de la línea de la conciencia, encendiendo con sus triples la caldera de mi inexplicable amor por Rusia. Allí, en medio de la desangelada sala de facturación del aeropuerto, Biriukov ya no me parecía el bueno de la película. Más bien parecía el malo. ¿Qué haría en Moscú? ¿Vivía en España o en Rusia? No sonreía, y mi vieja mirada infantil, antaño boquiabierta como el aro de la canasta que se tragaba sus triples, había dejado paso a una mirada rebotada. Más ladina. Yo ya era un periodista occidental, un informador al que las películas norteamericanas, los medios en general y los videojuegos le habían inoculado debidamente la certeza de que los rusos son el enemigo. Incluso tras el desfondamiento de la Unión Soviética, víctima de la perestroika o reconstrucción, la ambiciosa reforma aperturista que en 1985 había puesto en marcha el último mandatario soviético Mijaíl Gorbachov. No toda la nomenklatura pasó por el aro, y el golpe del ala dura del PCUS en 1991 precipitó la desintegración en quince repúblicas del primer Estado comunista de la historia.

La descomposición de mi infancia corrió pareja a la de la Unión Soviética. Ambas se veían venir a finales de los 80, con mi acné reflejado en el espejo y la mancha de Gorbachov estampada en la pantalla del televisor Thomson convertida casi en el logotipo de los telediarios. Eran las dos caras enrojecidas de un mismo colorín colorado, el de la aventura de la infancia.

Porque el primer estado comunista de la Historia siempre tuvo algo de infantil, de ingenuo y de romántico. Como le ocurre a los niños inquietos, la Unión Soviética nunca renunció a ser el centro de atención. Bien con rabietas como la del mandatario Nikita Jrushchov, que en 1960 se descalzó para aporrear con un zapato la tribuna de la ONU; esparciendo sus tanques, aviones y misiles por el cuarto de los juguetes de la Plaza Roja; o rompiéndole el escaparate científico a Occidente con la pelota del Spútnik, lanzado en 1957, o con la nave esférica Vostok, en cuyo interior despegó cuatro años después Yuri Gagarin, el primer hombre en el espacio, acurrucado en posición fetal.

El ideal comunista, entendido como solución salomónica y equitativa de la desigualdad social, está preñado de esa impaciencia propia del pensamiento infantil, tan aficionado a soluciones mágicas, impulsivas y categóricas.

«¿Qué importa —pensé— que nosotros seamos ricos y ellas pobres? ¿Es esta razón suficiente para separarnos? ¿Por qué no repartirnos en partes iguales lo que tenemos?», se pregunta el niño Lev Tolstói el día que se traslada a Moscú en calesa junto a Catalina, la hija de la institutriz de su familia aristocrática, ante la perspectiva de una pronta separación evocada por ella («¡Vosotros sois ricos; nosotras pobres!»). «Yo no conocía otros pobres que los mendigos y los jornaleros, y me era imposible asociar la idea de la pobreza con la bella y graciosa Catalina», reflexiona el novelista total en las tiernas memorias de su infancia, adolescencia y juventud escritas entre 1851 y 1857. Gigante de las letras, Tolstói fue un místico con los pies hundidos en la tierra y un hombre de acción con la cabeza permanentemente en las nubes. Soldado, mujeriego y cazador de osos en su juventud, Tolstói se dejó con el tiempo crecer las barbas y el espíritu en su hacienda de Yásnaia Poliana, donde se remangó para buscar a Dios a ras de suelo, uncido a un panteísmo nada ortodoxo para la época que lo llevó a cultivar un amor natural por el campesino, al que quiso aliviar de sus servidumbres físicas y morales. Movido por un beligerante pacifismo, el autor de Guerra y Paz se habría quedado horrorizado ante el terror revolucionario descorchado por Lenin, que no dudó en apropiarse del legado del profeta de la literatura, al que se refirió como «espejo de la revolución» obviando su culto a la no violencia que llevó al escritor a cartearse con Gandhi poco antes de su muerte, acaecida en 1910 tras huir de Yásnaia Poliana, la hacienda donde nació, creció, procreó y creó (colocaba las hojas recién salidas de su pluma sobre el sofá de cuero negro donde había nacido en 1828). Bajo un túmulo de druida, Tolstói descansa en el claro azul del bosque de Yásnaia Poliana donde solía jugar de pequeño con sus hermanos a buscar la ramita verde que —se decían— contenía el secreto de la felicidad universal. Oráculo en vida (lo mismo lo visitaban niñas, que terratenientes, campesinos o filósofos japoneses) Tolstói no buscaría brotes verdes en medio de la crisis financiera que estalló cien años después de su muerte, pues vería la raíz del mal en la falta de valores morales, incapaces de echar raíces fuera del mundo rural. La última vez que visité Yásnaia Poliana, arranqué una brizna de hierba fresca de su tumba y la guardé en mi cuaderno. Aún no se ha secado y sigue conservando su verdor. Cuando oigo a los políticos hablar de «brotes verdes» pienso en ella.

En el centro de Moscú, a escasos metros de la Lubianka, el recio e inquietante edificio neobarroco de color amarillo tostado que fue sede de la policía secreta soviética y en cuyos sótanos se localizó el epicentro del sistema carcelario estalinista (hoy es el cuartel general del FSB, los servicios secretos rusos), se levantó en los años 50, como una broma asimétrica y desafiante, el Detski Mir (Mundo Infantil), la mayor juguetería de Rusia gobernada por osos gigantes de peluche (cerró en 2008 para someterse a una profunda remodelación). Antes de partir hacia los campos de trabajo forzado, en el siniestro calabozo estatal de la Lubianka los enemigos del pueblo eran interrogados y martirizados con tormentos de pesadilla no aptos para menores, entre los que descollaba el «procedimiento lumínico», por medio de potentes luces que impedían dormir al reo, al que también podían recluír en cámaras de corcho en las que iba aumentando la temperatura «hasta que la sangre brotara por los poros». Así lo consigna en su obra Archipiélago Gulag el disidente soviético Alexánder Solzhenitsin, arrestado en 1945 y conducido a la Lubianka por la niñería de llamar «bigotudo» a Stalin en una carta escrita a un amigo desde el frente. A escasos cien metros de aquel túnel del terror rojo, se alzaba el Detski Mir, un paraíso de la infancia proporcional al paternalismo de Estado que lo concibió. Separados por un paso de cebra, los alaridos animales que las tenazas de Stalin arrancaban a los reos dejaban paso a los chillidos ilusionados de los niños, extasiados ante los juguetes que les quitaban el sueño. «Quizá por eso construyó aquí la juguetería. Para recordar al pueblo que todos son niños», escribe Rory MacLean en su novela La Nariz de Stalin (1992), un viaje por las costuras de Europa Oriental tras la caída del muro. Posesivo y paternalista, el estado soviético se encargó de proteger a sus ciudadanos con garantías y seguridades (vivienda y sanidad gratuitas) como si fueran niños desvalidos que nunca pensaran en independizarse. Ya lo dijo Napoleón, otro insigne padrecito: «Los hombres, en general, no son sino niños grandes».

A finales de los años 80, estancado ideológica, material y tecnológicamente, aquel triste mundo feliz era como un niño con zapatos viejos. El recreo comunista duraba ya 74 años y la campana estaba a punto de sonar en aquel jardín de infancia cercado por alambre de espino. En 1991 Moscú estaba a punto de soltar de la mano a 250 millones de soviéticos, que se despeñarían por las gráficas económicas en caída libre como ese carricoche que rueda escaleras abajo en la escena cumbre del Acorazado Potemkin (1925). Aquel estado infantil de las cosas se le había escapado de entre los dedos a la Madre Rusia, y la mano invisible de Adam Smith no parecía dispuesta a agarrarlo. La caída fue sonora.

Cuando a los trece años empecé el bachillerato en el instituto Los Castillos de Alcorcón, al imperio comunista le quedaban aproximadamente cuatrocientos cincuenta telediarios. Mientras la Unión Soviética se desmigajaba en 1991, mis compañeros de 1º de BUP y yo desmenuzábamos a dentelladas palmeras de chocolate del tamaño de orejas de elefante asiático. Los fines de semana jugábamos en los recreativos del Parque de Lisboa al Tetris, el videojuego soviético de moda, un desmoronamiento de piezas de colores que había que ordenar según iban cayendo y que venía a ser casi como un reflejo geométrico y ordenado del despiece de la URSS. Mientras echaba a rodar mi moneda de 25 pesetas por la ranura para que un bailarín en cuclillas anunciara que la cascada de piezas giratorias estaba al caer, no podía imaginar que diez años después, en 2001, visitaría, ya en calidad de corresponsal de El Mundo, el pequeño laboratorio del Centro de Cálculo de Moscú, fábrica de computadoras y de matemáticos durante la Guerra Fría, donde el aprendiz de científico Alexéi Pázhitnov se sacó de la manga en 1985 este sencillo puzzle virtual que conmocionó el mundo de los videojuegos. Tras la descomposición de la URSS, Pázhitnov echó cuentas, vio que algo no encajaba y dio un giro capital a su vida: dejó el Centro de Cálculo (que se había beneficiado hasta entonces de la comercialización de su juego), emigró a Estados Unidos, firmó un contrato con Microsoft y registró el Tetris a su nombre. Se vendieron 200 millones de copias para PC.

La URSS se desmembró en diciembre de 1991, lo que complicó seriamente mis clases de geografía, multiplicando por catorce el número de países euroasiáticos que nos sonaban a chino: Kazajistán, Kirguizistán, Tayikistán, Azerbaiyán, Georgia (este nos sonaba un poco a norteamericano) Turkmenistán, Uzbekistán... Entonces tampoco podía imaginar que en la siguiente década, la primera del siglo xxi, viajaría por aquel damero repleto de casillas entrampadas enviado por el El Mundo. Que visitaría la zona prohibida en torno a la central nuclear de Chernóbil, que viajaría a una aldea de Ucrania para escribir un reportaje sobre un cándido campesino gigante de dos metros y medio, con manos del tamaño de guantes de béisbol (el presidente de Ucrania le regaló un móvil cuyos números no podía marcar de gordos que tenía los dedos), que me hablaba con campechanía sin mirarme por encima del hombro («Los animales no tienen malicia. Si el caballo quiere comer hierba va hasta ella y se la come, pero el hombre piensa una cosa, hace otra y dice una tercera»). Tampoco podía prever que me plantaría en un pueblecito de Barnaúl (sur de Siberia) un caluroso día de julio de 2003 para conocer a la mujer más longeva del mundo, Pelagueia Zakurdáyeva, una rusa de 117 años abrazada a un icono centenario, que me confesó haber llorado el día que supo que habían matado al último zar (tenía 31 años cuando los bolcheviques asaltaron en 1917 el Palacio de Invierno) y que recordaba entre sollozos cómo las huestes de Stalin azotaron a su padre Osip, un kulak (campesino acomodado), cuando la colectivización forzada instaló un aspersor de sangre en los sembrados de la URSS. Su primer marido, un herrero llamado Gregori reclutado por el Ejército del zar, había muerto en la guerra ruso-japonesa, en 1905, cuyas imágenes borrosas de buques imperiales tocados y hundidos en las aguas del mar del Japón nos ponía en clase el profesor de historia Pedro Elizalde. Tampoco podía saber que, quince años después, visitaría en los confines occidentales de Bielorrusia a la mujer con las piernas más largas del mundo (al periodismo le gustan los superlativos casi tanto como al Moscú soviético), que los fallos de la calefacción del instituto habrían de vacunarme contra el bayonetazo del frío siberiano, o que un día de otoño de 2005, me cortaría en Bakú el bigotillo bolchevique que lucí en los años universitarios y que en aquellos años de instituto aún no asomaba la nariz.

Que los rusos eran los malos era algo que los niños de los 80 teníamos bastante claro, aunque casi ninguno habría sabido explicar el porqué de su perfidia, que iba como implícita en el gentilicio. Lo sabíamos con solo mirarle la cara a Zangief, ese luchador con tupé y entrecejo recortados, barba de candado como la de M.A., el negro del Equipo A, y anatomía de oso pardo que combatía bajo la bandera roja de la URSS en el popular videojuego de lucha cuerpo a cuerpo Street Fighter. Zangief era una especie de Julio Anguita pero con un chute de anabolizantes, y las palizas que le propinábamos (carecía de versatilidad y era bastante fácil de abatir) las alternábamos los fines de semana con las partidas de Tetris en la sala de recreativos de aquella avenida del Parque de Lisboa con forma de ele (como se la conoce popularmente), el callejón sin salida de mi infancia.

Cada vez que echo una partida al videojuego de fútbol Pro Evolution Soccer, cuyos gráficos hiperrealistas en tres dimensiones y sus dinámicas transiciones de balón resultan apabullantes para un niño de la transición, ingreso de nuevo en el terreno de juego de mi infancia, en el televisor en blanco y negro conectado a mi Spectrum 128 K donde unos cogotes en perspectiva cenital se disputaban con quiebros bruscos un balón enorme. El juego se llamaba Butragueño (cuyo pelo claro destacaba entre los demás, todos morenos) y los goles siempre se metían de la misma forma, en tiro oblicuo envuelto por el crujido blando que descorchaba la tecla de la patada. En aquellos primeros videojuegos todo era muy previsible. Como en la URSS. De hecho, yo prefería jugar a las chapas en la alfombra verde de mi vecino Germán, que era del Atleti. Con ayuda de mi hermano pintábamos las chapas sumergiéndolas en botes de pintura blanca (rojas en su caso). Dentro insertábamos papelitos blancos recortados con los colores y escudos pertinentes. El balón era un garbanzo (que envolvíamos con un poco de lana para lograr efectos y rebotes más mullidos y desconcertantes) y en su dirección lanzábamos las chapas impulsándolas con tobitas, desplazándonos de rodillas sobre la alfombra verde. Cuando llegaba el momento cumbre de disparar contra la portería (tres listones de madera defendidos por un bloque de piezas de Tente), apoyábamos en la alfombra el pulgar y el índice delante del garbanzo, formando una horquilla más estrecha que la chapa para que hiciera de tope. La toba contra la chapa (que había sido previamente colocada boca abajo) propulsaba el garbanzo en direcciones inesperadas generando trayectorias azarosas, que nos encendían los mofletes en medio de la potente calefacción que reinaba en su casa y que luego habría de revivir en mis apartamentos moscovitas donde el calor es un maná que emana de la red centralizada de tuberías de agua caliente. Cuando marcábamos un gol, girábamos una ruedecilla con números en un panel de cartón donde había dibujado las caricaturas de Jesús Gil y de Ramón Mendoza, presidentes del Atlético y del Real Madrid, respectivamente. Ignoraba yo entonces que Mendoza, cuyas formidables canas, de una blancura algodonosa, se me antojaban una señal exterior de su enraizado madridismo, había sido un pionero en el comercio exterior con la URSS (país con el que España no reanudó relaciones diplomáticas hasta 1977) al frente de una empresa de exportación de alimentos que en 1965 rompió el hielo con Moscú. Durante su dilatada odisea al otro lado del Telón de Acero (que concluyó en 1982), fue acusado por Cambio 16 de mantener supuestos lazos con el KGB, asunto que si bien no acabó en duelo, casi lo hizo en los tribunales.

Tras darle la tunda correspondiente a Zangief (que si te descuidabas te agarraba y te sometía a un torbellino de giros volanderos antes de descalabrarte contra el suelo), proseguía luego en casa zarandeando sin sospecharlo al imperio soviético, ya contra las cuerdas en los telediarios de TVE, gracias a un videojuego japonés de la consola MegaDrive titulado Strider (traducible como El que da zancadas), protagonizado por una suerte de samurai futurista con imanes en los pies que propinaba unos espadazos de tajo fugaz que dejaban una estela curvada en cuarto creciente. En una de las pantallas, el enemigo a batir era una especie de ciempiés robótico gigante provisto de dos enormes y afiladas zarpas que tenían forma de hoz y de martillo. Recuerdo la satisfacción que sentía acuchillando a aquel artrópodo cósmico sin saber que los diseñadores nos estaban metiendo a los niños de Occidente la ideología doblada en el subconsciente: el comunismo era una gamba alienígena dura de pelar.

Muchos años después, mientras hojeaba en mi oficina de Moscú un libro de Norman Friedman sobre la Guerra Fría, me saltó a la cara de entre sus páginas, repletas de facsímiles, una descarada caricatura de Stalin con cuerpo de tarántula. El dibujo, publicado en 1953 en un folleto de la Volksbund für Frieden und Freiheit (VFF), organización propagandística de la Alemania occidental, representa al dictador con ocho patas rojas con forma de hoz y con un pequeño martillo atravesado en cada una de ellas. La visión de aquel arácnido bigotudo, que clava la punta de sus afiladas hoces en ocho países de la órbita soviética (Albania, Hungría, Bulgaria, la RDA, Checoslovaquia, Rumanía, Polonia y Corea) me recordó al monstruo que tantas veces exterminé en las tardes de mi infancia.

Pero pese a su aspecto temible y hermético, pronto descubrí que aquella escolopendra galáctica del videojuego era fácil de torear: bastaba con encaramar de un salto al samurai en su grupa y sajarle la nuca al bicho robótico a sablazo limpio. En cuestión de segundos su exoesqueleto se disgregaba en medio de burbujas explosivas. Darle la puntilla a aquella sabandija interestelar durante la agonía de la URSS acabó resultando tan sencillo como para el joven piloto alemán Mathias Rust lo fue posar su avioneta ligera en la Plaza Roja en 1987. La URSS era como un videojuego donde todo estaba programado, y la intrusión no planeada y aeroplaneada de aquella avioneta fue un anticipo de su inminente Game Over.

Sin embargo, fue Hollywood el que nos bombardeó la retina con el mensaje acribillante de que los rusos eran siempre los malos de la película. La primera imagen cinematográfica que me llegó del corazón del imperio rojo fue una imagen falseada: la de Clint Eastwood cruzando fugazmente la Plaza Roja en una escena de Firefox (1982), película en la que el héroe ha de atravesar el Telón de Acero para robar un caza soviético que se gobierna con la mente. Solo muchos años después supe que la película la habían rodado en Austria y que la estampa de la Plaza Roja, con la colorida catedral de San Basilio al fondo, era una transparencia. Era un reflejo. No era real. Como nunca fue del todo real la imagen de Rusia que nos llegaba a España tras hacer escala técnica en los estudios unidos de Hollywood. Hay quien ha querido ver en La Guerra de las Galaxias una metáfora de la URSS como lado oscuro. Si bien las espadas de la carrera espacial seguían por entonces en todo lo alto, me cuesta ver al Papa Juan Pablo II metido en la sotana de Obi Wan Kenobi retando en singular duelo mental al mandatario soviético Leonid Brézhnev (que en sus últimos brindis navideños que pueden verse en YouTube sí que arrastra un resuello fatigoso a lo Darth Vader). En contra de esta tesis debo decir que el traje de piloto de Luke Skywalker me parece inspirado en la escafandra naranja de Yuri Gagarin. Para salir de dudas, he preguntado a mi amigo Denis, un moscovita adicto a la saga de George Lucas y me dice que «el imperio es una alegoría de la URSS», y no de los nazis, como yo le he sugerido a tenor de la estética de los lugartenientes de Darth Vader, porque —me escribe por skype— «el Emperador no lleva a cabo ningún genocidio, y se limita a eliminar a sus opositores, a los jedis y wookies». Palabra de ruso. Yo a tanto no llego.

El combate final entre Silvester Stallone e Iván Drago en Rocky IV (1985), ante la mirada de un Gorbachov en sombras, nos anticipaba de forma burda la caída de la URSS. Mi primo Santi me dejó K.O. poniéndome hasta la saciedad aquella película, que rebobinaba y rebobinaba en uno de los primeros VHS de la época. Recuerdo que a su televisor se le iba a cada rato el color, lo que obligaba a mi primo a levantarse y arrearle un golpe en un costado (era lo único que le sacaba los colores), incorporándose de esa manera al intercambio de golpes entre los colosos. La posibilidad de repetir lo ya visionado era algo nunca visto, y mi primo se recreaba en el placer de rever cada revés, cada quiebro, cada desfallecimiento de Rocky Balboa ante el coloso de guantes rojos y brillantes como chupa chups y con el pelo rubio al cepillo, un poco como la cantante del dúo sueco Roxette, que en aquellos años puso banda sonora a los estertores de mi infancia, a mi pubertroika, con su The look (1989). No hace mucho, una amiga rusa nacida el mismo año que cayó el Muro me vio con un CD de Roxette y me preguntó si acaso «no tenía música de este siglo». No me sentía tan mayor desde que Guti (que es exactamente quince días más joven que yo) dejó el fútbol incapaz de completar los 90 minutos con los mofletes tan encendidos como alarmas de submarino nuclear.

Allá por 1985, el mismo año que Mijaíl Gorbachov cogió las riendas de la URSS tras la muerte de Konstantín Chernenko, que apenas se mantuvo trece meses en el Kremlin en sustitución de Yuri Andrópov (fallecido en febrero de 1984), el vídeo musical Nikita, de Elton John, me hizo tilín en la tele. El videoclip narra el amor imposible entre una soldado del Ejército Rojo destinada en Alemania Oriental y Elton John que, tocado con gorro de gondolero, saca fotos a su musa rusa desde un descapotable rojo que canta más que su propietario en medio de un paraje nevado y alambrado. «Eh, Nikita, hace frío en la pequeña esquina de tu mundo», se arranca Elton John con el coche parado, antes de lanzarle a su diva la siguiente pregunta al otro lado del muro: «Cuando miras a través del alambre, ¿cuentas las estrellas en la noche?» (acabo de mirar la letra en un vídeo subtitulado de YouTube, pues la lengua del enemigo capitalista siempre se me ha resistido un poco). En un momento dado su trovador pasa por el control militar ante la mirada de Nikita, cuya sonrisa rompe filas y se desboca, aunque la alegría dura poco en la caseta del proletario, ya que un superior la ordena volver con «sus diez soldados de hojalata», como no deja de subrayar Elton John en su estribillo. Pocos se dieron cuenta entonces de que Nikita es nombre de varón, y si bien muchos atribuyen el desliz a un mero despiste, las malas lenguas afirman que Elton John, homosexual confeso, lo sabía e hizo la vista gorda en esta historia de amor bipolar. Yo a mis 9 años no llegué a tanto, y no pasé de la historia de amor que no halla barreras ni alambradas de espino a su paso. Una vez instalado en Moscú, y con Nikita haciendo guardia en mi subconsciente, escribí un cuento ñoño e inverosímil sobre un general norteamericano que se enamora de una rusa poco antes de la caída de la URSS («el flechazo atravesó su chaleco antibalas»).

En general, los golpes rusófobos más bajos del cine americano no los propinaba Iván Drago, que a fin de cuentas era un enemigo tan grandullón, torpón y robotizado que resultaba incluso entrañable. Los ganchos más peligrosos eran los que no se veían venir, como aquel que Gregory Peck, metido en la piel de un lobo de mar de San Francisco, le sacude a los rusos en El mundo en sus manos, de Raoul Walsh, película ambientada en la Alaska de 1867, cuando el zar Alejandro II se la vendió a EE.UU. por 7,2 millones de dólares. En el largometraje la rusofobia, desprovista de su burda coraza soviética, se filtra con el sigilo de un constipado, con diálogos como el que mantiene McKintay, brazo derecho del protagonista, con el hijo de un comerciante, al que le explica que los rusos son los malos en el arte de la cacería de focas porque «matan a diestro y siniestro» mientras que ellos, los norteamericanos, solo matan a los machos jóvenes que no tienen capacidad para reproducirse. Rodada en plena Guerra Fría, en 1952 (un año antes de la muerte de Stalin y del fichaje de Di Stéfano por el Real Madrid), Hollywood no dejaba pasar la ocasión de dar el palo al ruso aunque fuera por no saber darle palos a las focas. En otro momento de la película, la joven condesa rusa Marina Selanova, interpretada por Ann Blyth (a la que pescará Gregory Peck confundiéndola con una dama de compañía) proclama sin rubor: «¡Vamos a ser americanos! Aprenderemos a reír y a bailar. Ya no tendremos miedo».

Sin embargo, si hubiera que elegir un momento cumbre en la historia de la demonización cinematográfica de Rusia yo me quedo con una escena de una película en blanco y negro que para mí no tiene color. Me refiero a la comedia Ninotchka (1939), de Ernst Lubitsch, en la que Greta Garbo interpreta a una agente estalinista que, en determinado fotograma, acudirá al despacho de su superior, que no es otro que... ¿Drácula? Efectivamente, el comisario Razinin es interpretado por Bela Lugosi, el vampiro del séptimo arte con más pedigrí (había nacido en Lugos, Transilvania, cuando aún era parte del antiguo Reino de Hungría, a unos 80 kilómetros del castillo de Vlad Tepes, el príncipe que inspiró a Bram Stoker para crear a su conde chupasangre). Con sus cejas de silvano, que se extendían en una contorsión quieta como de murciélago de goma sobre su mirada penetrante, con su prominente nariz corva y esa mueca blanda y desdentada de máscara japonesa que componía a la hora de hincar el diente, Lugosi clavó su interpretación del conde en la versión de 1931. A partir de ese momento el actor húngaro se encasilló tanto en el género de terror (casi tanto como los rusos en el papel de malos), que interpretar a un soviético en Ninotchka le permitió completar su carrera como encarnación del mal. El ruso era el monstruo que le faltaba a su carrera. Hollywood nunca había caído tan bajo (infernalmente hablando) en la satanización de los rusos, que además de rabo y cuernos resultaba que —encarnados en Ninotchka por el actor que inmortalizó a Drácula— también parecían ser capaces de chuparnos la sangre. Para colmo, los soviéticos no podían ver cruces ni en pintura, y si la momia de Lenin encajaba perfectamente en la estética de ultratumba, su embalsamamiento contrarreloj en 1924, en un laboratorio improvisado, tampoco tenía nada que envidiar a las aparatosas instalaciones de los científicos locos en los estudios de la Universal. Son unos demonios estos americanos...

Ataviado con camisa castrense y perilla bolchevique, Bela Lugosi interpreta en Ninotchka a un seco comisario soviético mientras una copiosa nevada discurre al otro lado de la ventana, uniendo de esa forma el apellido ruso Razinin al del conde Drácula, al del doctor Mirakle (el científico loco de Asesinatos en la calle Morgue que inyecta sangre de mono a sus víctimas), al de Ígor en El hijo de Frankenstein, al de Richard Vollin, el cirujano de El Cuervo obsesionado con las torturas de los cuentos de Allan Poe, pero sobre todo al del hechicero vudú Legendre de White Zombie (la primera película de zombis de la historia) que hipnotiza a sus víctimas como hacía Stalin en la URSS con su terror rojo, casi tan paralizante como los números rojos de Wall Street para los norteamericanos de los años 30. Lo paradójico de todo esto es que Bela Lugosi estuvo en el punto de mira del macarthismo tras declararse «un demócrata extremadamente liberal» y ferviente admirador de Roosevelt. ¿Drácula víctima de la caza de brujas? Parece el título de una de sus películas. ¿Era Lugosi comunista? Nunca lo sabremos. Tres meses antes de que Moscú lanzara los tanques sobre Budapest, Bela Lugosi era enterrado con su traje aristocrático de Drácula.

La comedia bipolar Un, dos, tres (1961), un enredo genial de Billy Wilder protagonizado por James Cagney en el papel de ejecutivo de Coca-Cola en el Berlín Occidental, tiene una escena desconcertante para quienes vivimos a este lado de Europa. Me refiero al momento en el que tres rusos, burdamente caricaturizados que pretenden conseguir una franquicia del refresco, se quedan prendados de la ceñidísima secretaria alemana de Cagney. Cuando la ven rebuscar en un archivo con el culo en pompa, uno de ellos proclama (en ruso): «Estos capitalistas tienen algo bueno: saben cómo fabricar una mujer». Poco después, mientras la secretaria alemana baila sobre la mesa manejando flameantes pinchos morunos en la mano, el líder de la troika se lamenta de las formas de sus mujeres y suspira: «las nuestras tienen forma de samovar», mientras sus manos dibujan una esfera en el aire. En los años más caldeados de la Guerra Fría —la película es de 1961— aquello era un golpe bajo propagandístico de largo alcance. Sin embargo, cuando vi esa película yo ya sabía que las rusas no tenían talle de matrioshka (al menos no todas), pues el primer verano tras la caída de la URSS había seguido con ojo atento las olimpiadas de Barcelona y, en concreto, las evoluciones sobre potro, barra y suelo de una bielorrusa de pómulos salientes, mirada esquimal y muslos recios llamada Svetlana Boguinskaya, que con sus saltos y su despliegue físico acabó por dinamitar y derretir los posos de inocencia en el sprint final de mi infancia. Wilder estaba de coña: las enemigas estaban cañón.

La primera manifestación pública de mi rusofilia afloró en Soria, un día de verano, en el pueblecito de Monteagudo de las Vicarías, en cuya casita de la estación, hoy abandonada (donde mi abuelo ejercía de guardagujas), pasó toda su infancia y adolescencia mi padre. Tenía yo trece años e, incapaz de contener mi inexplicable comezón por Rusia, me planté un día delante de mis padres y les dije muy serio (todo lo serio que puede aparentar estarlo un niño enclenque de trece años): «quiero estudiar ruso». Mis padres me compraron de inmediato un método de francés, supongo que por ver si guillotinaban aquella fiebre roja, pues entonces aún existía la URSS, y no fuera que me hubiera picado la araña del marxismo-leninismo.

En uno de aquellos últimos días de mi infancia que transcurrían, como digo, macheteando a sablazos aquella tijereta soviética del videojuego Strider