Adoración - Daniel Plenc - E-Book

Adoración E-Book

Daniel Plenc

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Beschreibung

La búsqueda de un fundamento revelado para la adoración eclesial está lejos de ser una mera preocupación académica reservada a un grupo especializado de teólogos bíblicos. Siempre ha sido un desafío para la comunidad de la fe y hoy es casi el clamor de las congregaciones atravesadas por tendencias y corrientes, muchas veces en pugna. Los conductores y líderes del culto necesitan de respuestas y orientaciones que sean satisfactorias pero también legítimas. De ahí la bendición del texto bíblico, con sus relatos y protagonistas, como fuente de reflexión e inspiración tanto para dirigentes como para todos aquellos que desean un encuentro más profundo y significativo con Dios. Por tanto, un buen acercamiento a la teología de la adoración, es el estudio de los textos narrativos capaces de orientar la teología y la práctica del culto contemporáneo. Algunos de los textos bíblicos más significativos acerca de la adoración, se presentan en esta obra, aquellos que se ocupan de: (1) ciertas teofanías patriarcales, (2) las manifestaciones del éxodo y el Sinaí, (3) algunas vivencias personales y corporativas, (4) las visiones del trono de Dios, y (5) algunos incidentes de los Evangelios. Adoración: Su significado teológico y litúrgico en la narrativa bíblica, es el resultado de un proyecto de investigación presentado a la Secretaría de Investigación de la UAP, al igual que dos libros anteriores: El culto que agrada a Dios: Criterios revelados acerca de la adoración (2007) y La música que agrada a Dios: Criterios y orientaciones para el ministerio de la música (2013).

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Seitenzahl: 204

Veröffentlichungsjahr: 2020

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Índice

Introducción

SECCIÓN I: Teofanías patriarcales

Adoración en la tierra de Moriah (Génesis 22,1-19)

Adoración en Bet-el (Génesis 28,10-22)

Adoración en Horeb (Éxodo 3,1-22)

Una vislumbre de la gloria de Dios (Éxodo 33,1–34,10)

SECCIÓN II: Las manifestaciones del Éxodo y el Sinaí

El éxodo y la adoración (Éxodo 14-15)

La adoración de Israel en el Sinaí (Éxodo 19-20)

SECCIÓN III: Vivencias personales y corporativas

Oración para dedicar a un niño (1 Samuel 1,26-28; 2,1-10)

La adoración de David (1 Crónicas 28–29)

Renovación del culto bíblico (Nehemías 8–9)

SECCIÓN IV: Visiones del trono de Dios

El lugar clásico (Isaías 6,1-8)

La visión apocalíptica del trono (Apocalipsis 4–5)

La adoración en el mensaje final (Apocalipsis 14,6-12)

SECCIÓN V: Expresiones de los evangelios

Cánticos de Navidad (Lucas 1-2)

Ánimo y adoración (Mateo 14,22-33)

Jesús y la adoración (Juan 4,20-24)

De las sombras a la luz (Juan 9,35-38)

Conclusión

Apéndice

Bibliografía

Introducción

Muchas comunidades cristianas están pasando por períodos de ensayos y transformaciones en su estilo de culto, en una constante búsqueda de relevancia y significación para sus servicios de adoración. Dichas innovaciones y experimentaciones producen a menudo curiosidad, ilusión y esperanza, o incertidumbres, desacuerdos e insatisfacción en las iglesias.1 “Muchos estudiantes y miembros de la iglesia están desconcertados por la multiplicidad de estilos cristianos de culto”, expresa Fernando Canale.2 Ante este panorama, como es de suponer, pronto se plantea la cuestión de los criterios que han de usarse para orientar y evaluar dichos cambios, tanto por parte de los líderes eclesiásticos como de los integrantes de las congregaciones.

Las iglesias de tendencia más conservadora tal vez insistan en que la experimentación litúrgica debe asumirse sobre la base de un criterio respetuoso de la revelación bíblica, así como de la historia y la teología de la denominación. En muchos de estos casos, la mera tradición de la iglesia o del liderazgo juega un papel preponderante y no siempre reconocido por sus defensores. Otros grupos cristianos apuestan más abiertamente a la necesidad de una adaptación cultural que atraiga el interés de las mentes juveniles o secularizadas a las propuestas y desafíos de la iglesia.

El presente trabajo se ocupará del primer aspecto del fundamento teológico de la adoración, aquel que tiene que ver con la base bíblica para la doctrina y la práctica del culto, solo que al dirigir la atención a la Escritura, el lector se encuentra con una ausencia casi total de definiciones, desarrollos teóricos o prescripciones litúrgicas concretas que lo puedan orientar rápidamente en su deseo de comprender lo que la Biblia tiene para decir sobre la adoración. En lugar de eso, el estudiante se halla ante una variedad importante de casos de adoración; una galería de hombres, mujeres y niños, que, en soledad o en comunidad, viven profundas experiencias de adoración, cargadas de lecciones para los miembros actuales de las comunidades de fe.

Se sabe que en la Escritura hay básicamente verbos relacionados con la adoración, más que sustantivos.3 Raymond Bailey ha expresado bien esa dinámica de interacción divino-humana que llamamos adoración: “La adoración bíblica fue una respuesta a la revelación que Dios hace de sí mismo por medio de sus poderosos actos, ante y en favor de su pueblo”.4 En consecuencia, hay un acuerdo preponderante entre los estudiosos del tema, en el sentido de comprender la adoración como una estructura de revelación divina y respuesta humana. La bibliografía sobre el particular es abundante.5 De allí la utilidad especial de las teofanías bíblicas (una expresión usada en la jerga teológica para describir las apariciones o manifestaciones divinas) seguidas por manifestaciones de adoración humana.

Por tanto, un buen acercamiento a la teología de la adoración es el estudio de los textos que permiten extraer de la narrativa bíblica los principios que pueden orientar la teología y la práctica del culto contemporáneo. A este estudio debe seguir la reflexión teológica integradora, tal como lo dijo Robert E. Webber: “La tarea del teólogo es pensar acerca de la narrativa y enseñanzas bíblicas y entonces sistematizar estos materiales en un todo coherente”.6

Para el presente trabajo se proponen como objetivos: (a) sugerir algunos de los textos más importantes para el estudio de la narrativa bíblica relacionada con la adoración, (b) estudiar los contenidos teológicos de los textos elegidos, y (c) extraer elementos teológicos y litúrgicos de aplicación para la adoración eclesial.

Entre otros textos bíblicos para el estudio de la adoración, podrían mencionarse los siguientes:

Ciertas teofanías patriarcales (Gn 22,1-19; 28,10-22; Ex 3,1-22; 33,1-34,10)Las manifestaciones del éxodo y el Sinaí (Ex 14-15; 19,1 a 20,17)Algunas vivencias personales y corporativas (1 Sam 1,26-28; 2,1-10; 1 Cr 28, 29; Neh 8, 9)Las visiones del trono de Dios reveladas a Isaías y Juan (Is 6,1-8; Ap 4,5; 14,6-12)Algunas expresiones de los Evangelios (Lc 1,2; Mt 14,22-33; Jn 4,20-24; 9,38).

Una propuesta similar se encuentra en el libro Engaging with God: A Biblical Theology of Worship de David Peterson:

Decisiva para entender la visión del Antiguo Testamento sobre la adoración es la idea de que el Dios del cielo y de la tierra ha tomado la iniciativa de hacerse conocer, primero a los patriarcas de Israel y entonces, a través de los eventos del éxodo de Egipto y el encuentro en el Monte Sinaí, a todas las naciones. El libro de Éxodo proclama que Dios rescató a su pueblo de la esclavitud en Egipto para que ellos pudieran servirlo o adorarlo con exclusividad.7

¿Por qué emprender la tarea ardua de encontrar principios de adoración en el estudio de casos registrados en la historia bíblica? Porque existe un amplio consenso sobre la falta de una adecuada teología de la adoración basada en la revelación. Es en razón de esa carencia que resulta importante la identificación de los pasajes bíblicos fundamentales para el estudio de la adoración, para extraer, con las mejores herramientas posibles, los significados teóricos y las aplicaciones prácticas más adecuadas para el culto de la iglesia.

Vaya esta obra al encuentro de todos aquellos adoradores sinceros que desean hacer las cosas de la mejor manera, para la gloria de Dios, para el crecimiento de la iglesia y en armonía con la voluntad divina expresada en las Escrituras.

Daniel Oscar Plenc

1 Véase: Miguel Ángel Palomino,¿Qué pasó con el culto en América Latina? La adoración en las iglesias evangélicas (Lima, Perú: Ediciones Puma, 2011). Véase también: John F. MacArthur, Adoração: a prioridade suprema, trad. Onofre Muniz (São Paulo: Editora Hagnos, 2014).

2 Traducción del autor. Fernando Canale, “Principles of Worship and Liturgy”, Journal of the Adventist Theological Society 20:1-2 (2009): 89-112.

3 “Las dos expresiones lingüísticas más comunes de adoración en el lenguaje hebreo sugieren acción” (traducción del autor). Esos dos verbos son hishtahawah (adorar) y ‘abad (servir). Raymond Bailey, “Worship in the New Testament”, en Mercer Dictionary of the Bible, Watson E. Mills, ed. (Macon, Georgia: Mercer University Press, 1990), 970. Las expresiones verbales: “inclinarse” o “postrarse” (hebreo shâjâh y griego proskuneô), “servir” (hebreo ‘abad y griego latréuô), “temer” (hebreo yârê’ y griego fobéomai), “dar gloria” (hebreo kâbôd y griego dóxa, doxazô), “alabar” (hebreo hâlâl y griego ainéô), “bendedir” (hebreo bârak y griego euloguéô), aparecen con frecuencia en estos relatos. Véase: Daniel Oscar Plenc, “Hacia un criterio teológico para la adoración adventista: Elementos para su evaluación litúrgica” (tesis de Doctorado en Teología, Universidad Adventista del Plata, Libertador San Martín, Entre Ríos, 2001), 46-67.

4 Traducción del autor. Bailey, “Worship in the New Testament”.

5 La secuencia de revelación y respuesta aparece consistentemente como la clave interpretativa del sentido de la adoración. Véase, por ejemplo: Alfred Küen, El culto en la Biblia y en la historia, trad. Eva Bárcena, Serie Ekklesia 5 (Terrassa, Barcelona: Clie, 1994), 35; Donald P. Hustad, ¡Regocijaos!: la música cristiana en la adoración, trad. Olivia de Lerín, Bonnie de Martínez, J. Bruce Muskrat, Josie de Smith y Ann Marie Swenson (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1998), 123-124, 137, 142; James F. White, Introduction to Christian Worship (Nashville, Tennessee: Abingdon Press, 1980), 17.

6 Traducción del autor. Robert E. Webber, Worship, Old & New: a Biblical, Historical, and Practical Introduction, revised and expanded edition (Grand Rapids: Zondervan Publishing House, 1994), 65.

7 Traducción del autor. David Peterson, Engaging with God: A Biblical Theology of Worship (Grand Rapids, Michigan: William B. Eerdmans Publishing Company, 1993), 48.

SECCIÓN ITeofanías patriarcales

“Desde el Génesis hasta el Apocalipsis, la adoración es uno de los grandes temas de la Biblia”.1 Así se expresaba Norval F. Pease, autor del libro And Worship Him.2 John MacArthur tiene un concepto similar: “El tema de la adoración domina la Biblia […]. Desde el inicio en Génesis hasta la consumación en Apocalipsis, la doctrina de la adoración está entrelazada en la urdimbre y en la trama del texto bíblico”.3 Siendo de ese modo, es apropiado iniciar el estudio de los casos bíblicos de adoración con ciertas narrativas del primer libro de la Biblia, porque, si bien el Génesis no describe una liturgia organizada o una adoración colectiva como se establecería después en la historia de Israel, sus relatos patriarcales están cargados de elementos relacionados con la adoración y el culto.

Los patriarcas Abraham, Isaac, Jacob, José y otros, recibieron instrucciones de Dios mediante teofanías. Se llama “teofanía”, como ya se apuntó, a una manifestación, aparición o revelación de Dios.4 “Así los antiguos adoraban de acuerdo a la voluntad revelada de Dios, trasmitida a ellos en varias formas (Heb 1,1)”.5 La teofanía es un medio de revelación visible, directa y milagrosa de Dios, que muestra su capacidad de actuar en la historia de los hombres.6 Por la misma razón que la revelación divina es el primer ingrediente de la adoración, es que las teofanías bíblicas y las respuestas humanas a esas manifestaciones necesitan ser estudiadas y comprendidas.

Se exponen a continuación cuatro episodios de teofanías a patriarcas del Antiguo Testamento, con sus implicaciones para el estudio de la adoración.

1 Norval F. Pease, “La adoración: una doctrina bíblica”, Lecciones para la Escuela Sabática (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1976), 4. Pease escribió el primer libro adventista sobre la adoración.

2 Véase: Pease, And Worship Him (Nashville, Tennessee: Southern Publishing Association, 1967).

3 Traducción del autor. MacArthur, Adoração: a prioridade suprema, 15.

4 La palabra griega Theopháneia está compuesta por Theós (Dios) y phaino (aparecer). Suele describir una manifestación local y visible de la divinidad a seres humanos específicos, quienes se llenan de temor. La narrativa bíblica da cuenta de muchas de estas apariciones: a Abraham, a Jacob, a Moisés, a Israel en el monte Sinaí, a Isaías, a Ezequiel y a otros.

5 Traducción del autor. William H. Gentz, ed., The Dictionary of Bible and Religion (Nashville, Tennessee: Abingdon Press, 1986), 1122.

6 Véase la sección “Teofanías” de la obra de Fernando Canale, O Princípio Cognitivo da Teologia Cristã: Um Estudo Hermenêutico Sobre Revelação e Inspiração, trad. Neumar de Lima, 1.ª ed. (Engenheiro Coelho, SP: Unaspress – Imprensa Universitária Adventista, 2011), 258-260.

1

Adoración en la tierra de Moriah (Génesis 22,1-19)

El relato de Génesis 22,1-19 contiene el primer registro de la palabra “adoración” en un sentido cúltico: “Entonces dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros” (Gn 22,5).1 El verbo hebreo shâjâh (que aparece ciento setenta veces en el Antiguo Testamento) se traduce mayormente como “adorar”, “inclinarse”, “postrarse”, “hacer reverencia”.2 También está presente en el relato el concepto de “temor” (hebreo yârê’, “temer”, “reverenciar”): “Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Gn 22,12).

Abraham era un adorador experimentado que había levantado altares y ofrecido sacrificios en diversos lugares (Gn 12,7-8; 13,4.18; 22,9; 26,25; Sant 2,21). Su casa era una “iglesia” peregrina bajo la dirección espiritual de Abraham. Mas un día Dios probó la devoción del patriarca (Gn 22,1). Otra vez debía levantar un altar, solo que ahora su hijo Isaac sería el sacrificio. “Y dijo [Dios]: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré” (Gn 22,2).

En respuesta a la indicación divina, cuatro hombres iniciaron el viaje: Abraham, Isaac y dos siervos. Su destino geográfico era el monte Moriah, a tres días de camino, mas su objetivo religioso era el ofrecimiento de un sacrificio a Dios en ese lugar. Sería ese un peculiar momento de adoración. El día del inicio de ese viaje fue el más largo en la vida de Abraham, porque el patriarca caminaba durante el día, se humillaba y rogaba por las noches.3

De este relato conmovedor, se derivan al menos tres principios que hacen a una teología de la adoración.

Una estructura de revelación y respuesta

Es fundamental comprender que en la adoración bíblica Dios habla y el hombre responde. El relato del Génesis muestra que Abraham conocía la voz de Dios, que estaba habituado a oírla. Dios le había hablado antes por lo menos en siete ocasiones: (a) cuando lo llamó a salir de Ur (Hch 7,2-4), (b) cuando lo instó a continuar el camino desde Harán a Canaán (Gn 12,1-5), (c) luego de su separación de Lot (Gn 13,14-17), (d) al prometerle protección y recompensa (Gn 15,1-6), (e) a sus 99 años (Gn 17,1-4), (f) a la entrada de su tienda (Gn 18,1-15), y (g) cuando la promesa del hijo se cumplió (Gn 21,12). Entre la primera y la séptima vez habían pasado 25 años, desde la promesa de un hijo hasta que el hijo llegó. Ahora Isaac era un muchacho fuerte y hermoso, objeto de la más profunda devoción familiar. Entonces Dios le habló por última vez cuando le pidió la entrega de su hijo en sacrificio (Gn 22,1-18). Dios había hablado y una vez más el patriarca estuvo dispuesto a dar una respuesta positiva.

En eso consiste la adoración, en una revelación de Dios (Gn 22,1-2) que despierta en el hombre una respuesta positiva (Gn 22,3). La iniciativa es siempre divina; la respuesta es humana. Algo similar ocurrió con otros patriarcas a los que Dios se manifestó: Isaac (Gn 26,24), Jacob (Gn 28,10; 32,25; 48,3), José (Gn 37,5) y sus hermanos (Gn 50,24-25). Por tanto, es posible concluir que en este sentido

"la adoración es una respuesta a la revelación de Dios."

El diálogo teándrico (Dios-hombre), como el culto ha sido definido, implica una revelación de Dios y una respuesta positiva del hombre.4 El orden temporal es importante en ese diálogo, por aquello de que la iniciativa es divina. La adoración se entiende en esencia como este diálogo divino-humano y las palabras revelación y respuesta parecen ser claves para la comprensión de la adoración cristiana.5 Sobre esta primera mención bíblica de la palabra adoración (Gn 22,5), comenta Alfred P. Gibbs: “Aprendemos, en primer lugar, que la adoración se halla basada sobre una revelación de Dios [...]. La fe siempre presupone una revelación previa”. “En segundo lugar, descubrimos que la adoración se halla condicionada por la fe y obediencia a esa revelación Divina”.6 La forma más común define la adoración como “la respuesta afirmativa, transformadora de los seres humanos a la autorrevelación de Dios”.7 También Robert E. Webber recuerda que en la adoración Dios habla y actúa entre su pueblo y que el pueblo responde por medio de palabras y actos. “Consecuentemente la estructura de la adoración es dialogal, basada en proclamación y respuesta”.8

Al desplazar el concepto teológico hacia el terreno litúrgico, surge con claridad la importancia de la Palabra de Dios en el servicio de culto. La adoración en comunidad ha de responder también a la Palabra leída, enseñada, predicada, cantada y citada en la plegaria. Como resultado, se impone la necesidad de retornar a la lectura regular e intencional de la Biblia, a la enseñanza organizada y sistemática de los grandes temas y textos de la Escritura, a la centralidad de la predicación de la Palabra como parte significativa del diálogo cúltico, como texto frecuente de los cánticos litúrgicos y como apoyo inevitable de las oraciones de la comunidad. Del mismo modo, la respuesta de adoración será orientada y enmarcada por los parámetros de la revelación objetiva de Dios.

Sobre el lugar de las Escrituras en el culto cristiano, puede citarse a John MacArthur: “La predicación es un aspecto insustituible de toda adoración colectiva. De hecho, todo el culto debería girar en torno del ministerio de la Palabra. Todo lo demás es o preparatorio, o es una respuesta al mensaje de las Escrituras”.9

Una dinámica de solicitud y entrega

En la narrativa apasionante del Génesis se encuentra claramente expresada la secuencia de solicitud y entrega. Es decir, Dios solicita algo del hombre y el hombre entrega aquello que el Señor le está solicitando.

“Aconteció después de estas cosas, que probó Dios a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré. Y Abraham se levantó muy de mañana, y enalbardó su asno, y tomó consigo dos siervos suyos, y a Isaac su hijo; y cortó leña para el holocausto, y se levantó, y fue al lugar que Dios le dijo. Al tercer día alzó Abraham sus ojos, y vio el lugar de lejos. Entonces dijo Abraham a sus siervos: Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros. Y tomó Abraham la leña del holocausto, y la puso sobre Isaac su hijo, y él tomó en su mano el fuego y el cuchillo; y fueron ambos juntos” (Gn 22,1-6).

Al requerir la entrega de Isaac, Dios hizo una demanda suprema y Abraham estuvo dispuesto a hacer una entrega también suprema. Al hacerlo, reconoció que el Señor tenía derecho de pedir aquello que primero había dado. La entrega del patriarca requirió fe en una posible resurrección sin antecedentes, como se lee en Hebreos:

“Por la fe Abraham, cuando fue probado, ofreció a Isaac; y el que había recibido las promesas ofrecía su unigénito, habiéndosele dicho: En Isaac te será llamada descendencia; pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir” (Heb 11,17-19).

Cuando Abraham dijo “yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos, y volveremos a vosotros” (Gn 22,5)10, no estaba entendiendo el acto de adorar como un mero gesto corporal de “inclinarse” o “postrarse”, sino como un reconocimiento de la superioridad y la dignidad de Dios y de su voluntad. El Señor le dijo “ya conozco que temes a Dios” (Gn 22,12) y así ratificó el sentido de respeto por la voluntad divina que distinguía a Abraham.11 El episodio de Abraham ilustra la idea de la adoración como entrega ante el requerimiento divino y sumisión a su voluntad.

Abraham no se resistió e Isaac no rehusó, porque ambos comprendieron el significado de la verdadera adoración:

una entrega sin reservas, sin cavilaciones, sin excusas.

Ese momento trascendente de adoración fue descrito adecuadamente por Elena G. de White: “Todo el cielo presenció, absorto y maravillado, la intachable obediencia de Abrahán. Todo el cielo aplaudió su fidelidad”.12 Su disposición a entregar a su hijo en sacrificio ilustró la dádiva divina y el plan de salvación. A partir de ese momento, los ángeles y todos los seres del universo entendieron mejor el plan de la redención. Puede decirse en este sentido que la adoración es una entrega completa y sumisa al Señor y a su voluntad.

En un tiempo de insistencia en la satisfacción litúrgica de las necesidades humanas (físicas, emocionales, espirituales y sociales) y de proclamación recurrente del denominado “evangelio de la prosperidad”,13 vale tener presente la idea de entrega y aceptación de las demandas divinas. Como lo ha manifestado John MacArthur: “La iglesia típica hoy está en verdad practicando un tipo de religión populista que se resume en el amor propio, en la autoestima, en la autorrealización y en el egoísmo”.14 Es importante recordar que la adoración tiene que ver más con lo que se ofrece, con lo que se da, que con lo que se recibe, aunque esto también ocurra en muchos sentidos.

Conviene también pensar en la adoración como entrega de la vida a Dios, donación voluntaria, sin mezquindades ni reservas. No se limita a las expresiones de alabanza y gratitud, sino que se extiende a la vida cristiana que es entregada y colocada en armonía con la voluntad de Dios.

La liturgia muestra de muchas maneras ese sentido de dar y de darse a Dios en adoración. Se ha de dar por medio de lo que se dice y por medio de lo que se hace: tiempo y energías, gratitud y alabanza, ofrendas y recursos materiales, la vida misma y el servicio. La vivencia del culto público brinda esa oportunidad de consagrar al Señor todo aquello que el cielo solicite.

Una aceptación del sacrificio vicario

A diferencia de otros, este viaje de Abraham había sido silencioso y triste. El patriarca temía la pregunta que finalmente llegó. “Entonces habló Isaac a Abraham su padre, y dijo: Padre mío. Y él respondió: Heme aquí, mi hijo. Y él dijo: He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto? Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío” (Gn 22,7-8). Las palabras del patriarca no podrían haber sido más acertadas: Dios mismo proveyó el sacrificio que había demandado. Eso fue verdad en ese mismo momento. “Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo” (Gn 22,13). Fue también realidad veinte siglos después, por cuanto Dios proveyó de cordero para el sacrificio por los pecados de los hombres y no rehusó a su “único” hijo (Jn 3,16).

Abraham aceptó un sacrificio sustitutivo, como anticipo del sacrificio vicario de Cristo, siendo que el sustituto prefiguraba al Hijo de Dios.15 Además, la Biblia identifica el monte Moriah con el lugar del futuro templo (2 Cr 3,1), lugar central del sistema de sacrificios en Israel. Se anticipa también la idea neotestamentaria de “propiciación” (del griego hilasterion), según la cual se satisface la justicia divina mediante una ofrenda provista por Dios mismo.

La sustitución se da cuando Abram toma el carnero provisto por Dios “en lugar de su hijo” y lo ofrece sobre el altar. Marcos De Benedicto expuso esta idea pivotal de la sustitución en un breve análisis de los términos que la Escritura utiliza al describir la salvación:

Propiciación (del ambiente cultual) es el sacrificio que Dios ofreció para satisfacer la justicia; redención (del ambiente mercantil) es el precio que Dios pagó por nuestro rescate; justificación (del ambiente judicial) es la defensa que Dios providenció para declararnos inocentes; y reconciliación (del ambiente familiar) es el abrazo que Dios ofreció para restaurar nuestras relaciones.16

La adoración incluye la aceptación por fe de ese sacrificio vicario.

Vale decir que la adoración es una cuestión de fe. Es verdad que demanda la entrega del adorador, sin olvidar que en realidad la gran entrega fue hecha por el cielo y los hombres redimidos por ese sacrificio definitivo son los únicos que verdaderamente pueden adorar a Dios. Dios proveyó el sacrificio; los creyentes solamente lo aceptan en su lugar. La adoración es la respuesta del ser humano pecador a la salvación provista por el cielo en la persona de Cristo.

Así, la experiencia litúrgica debiera ser ungida por la idea de la gracia divina, de la salvación por la fe en el sacrificio por los pecados de los hombres que el mismo cielo ofreció por amor a las criaturas extraviadas. Los sacrificios espirituales reemplazan los sacrificios de animales del antiguo sistema y se proyectan también en la caridad hacia otras criaturas necesitadas. “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios” (Heb 13,15.16). Como Pedro ratifica: “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1 Pe 2,5).

Es claro que el tenor de todo el culto público debiera ser fuertemente cristocéntrico y enfocado en la gracia salvadora de Dios.

1 A menos que se indique algo diferente, en este trabajo las citas bíblicas han sido tomadas de la versión Reina-Valera, revisada en 1960 (RVR) (México, D.F.: Sociedades Bíblicas Unidas, 1991). Énfasis del autor.

2 Acá aparece en futuro de la rama reflexiva hitpa´el: “adoraremos”.

3 Elena G. de White, Patriarcas y profetas (Mountain View, California, Pacific Press Publishing Association, 1971), 146.

4 Pablo Argárate dice que en la liturgia se produce un encuentro teándrico. Pablo Argárate, La iglesia celebra a Jesucristo: introducción a la celebración litúrgica (Buenos Aires: San Pablo, 1994), 7.

5 Véase: Paul W. Hoon, The Integrity of Worship (Nashville: Abingdon, 1971).

6 Alfred P. Gibbs, Adoración