Al amor de Sor Juana - Alejandro Soriano Vallès - E-Book

Al amor de Sor Juana E-Book

Alejandro Soriano Vallès

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Beschreibung

En 2010 y 2011 Alejandro Soriano Vallés dio a conocer al mundo documentos probatorios de la fidelidad con que los primeros biógrafos de Sor Juana Inés de la Cruz relataron su vida. Contra las distorsiones introducidas por la crítica de los siglos XX y XXI, dichos papeles corroboraron la exactitud de las informaciones antiguas. Ahora el autor vuelve a presentar documentos inéditos que, ratificando los testimonios de los contemporáneos de la poetisa, coadyuvan a ordenar el panorama de estudios actual. Al amor de Sor Juana ofrece, efectivamente, dos cédulas esenciales para la correcta comprensión del inicio y final de la historia de la poetisa: una fe de bautismo que probaría que en realidad nació en 1651, y una petición a la Curia Romana fechada en 1694 en la cual ella solicita ser eximida de sus cargos monacales. Soriano Vallés acompaña el análisis de ambos documentos con cuatro artículos donde analiza aspectos centrales de la existencia de la Décima Musa, como su celda, el destino de su biblioteca, las relaciones con el arzobispo de México y su preparación cristiana a bien morir. El último capítulo, "Doncella del verbo. Diez años después", es la crónica de las vicisitudes de una década de la influyente biografía de la Fénix publicada originalmente en 2010 por el autor. Al amor de Sor Juana constituye, así, una fundamental obra para comprender tanto la vida de la monja como las incidencias del sorjuanismo contemporáneo.

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Seitenzahl: 299

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Quedan reservados todos los derechos.

Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítimos titulares de los derechos.

Primera edición impresa, agosto de 2022

Edición ePub: noviembre 2022

De la presente edición:

D. R. © 2022, Bonilla Artigas Editores, S. A. de C. V.

Hermenegildo Galeana #111

Barrio del Niño Jesús, Tlalpan, 14080

Ciudad de México

[email protected]

www.bonillaartigaseditores.com

ISBN 978-607-8838-65-3 (Bonilla Artigas Editores) (ePub)

ISBN 978-607-8838-66-0 (Bonilla Artigas Editores) (impreso)

Coordinación editorial: Bonilla Artigas Editores

Cuidado de la edición: Nicolás Mutchinick

Diseño y maquetación de interiores: María L. Pons

Diseño de portada: D.C.G. Jocelyn G. Medina

Realización ePub: javierelo

Hecho en México

Nota de la edición ePub: A lo largo del libro hay hipervínculos que nos llevan directamente a páginas web. Aquellos que al cierre de esta edición seguían en funcionamiento están resaltadas y con el hipervínculo funcionando. Cuando no se puede acceder a ellas desde el vínculo, por no estar ya en línea, se deja con su dirección completa: <http://www.abc.def>.

Contenido

1651, el año de nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz. Un nuevo hallazgo en favor de la fecha propuesta por Diego Calleja

La celda de Sor Juana Inés de la Cruz

Los libros de Sor Juana

Los dineros de Sor Juana

Sor Juana escribe a Roma

Sor Juana Inés de la Cruz y el arte de bien morir

Doncella del Verbo. Diez años después

Sobre el autor

A la memoria de Marta Vallès Damians, mi madre

¿Por qué no escribirá libros más largos Alfonso Junco? Quizá se contenta con sugerirlos… Habla de Sor Juana Inés de la Cruz, aquella monja sabia, de corazón encendido, «buena en su vivir como en su cantar»

Revista javeriana, 1952.

1651, el año de nacimiento de Sor Juana Inés de la Cruz. Un nuevo hallazgo en favor de la fecha propuesta por Diego Calleja

Nota

En noviembre de 2018 el genealogista Raúl Gómez Mariscal me contactó para ofrecerme una serie de documentos referentes a la familia y a la fecha natalicia de Sor Juana Inés de la Cruz. Su deseo era que yo los estudiara y los hiciera del conocimiento público. A principios de febrero del año siguiente, sin dejar de estar en constante comunicación con él, comencé a escribir el presente artículo.

Diego Calleja, sacerdote jesuita español, escribió la primera biografía de Sor Juana Inés de la Cruz. Fue publicada en 1700 como “Aprobación” del libro Fama y obras póstumas del Fénix de México, que editó en Madrid, en la imprenta de Manuel Ruiz de Murga, Juan Ignacio de Castorena y Ursúa. Sobre esta Vida, el propio Castorena, quien había frecuentado a la poetisa y tenía ya preparada una biografía suya que rasgó al conocer la del aprobante, certificó en el “Prólogo a quien leyere” cómo “con lacónica profundidad, con mucha madurez en lo preceptivo y grave concisión en lo histórico, engaza elogio y autoridad”. Es decir, el editor refrendó la puntualidad de los datos ofrecidos por el biógrafo. Entre ellos, que “nació la madre Juana Inés el año de mil seiscientos y cincuenta y uno, el día doce de noviembre, viernes, a las once de la noche”.

Se aceptó esta fecha durante siglos, hasta que a mediados del siglo XX Alberto G. Salceda y Guillermo Ramírez España anunciaron su hallazgo1 (de 1948, en la parroquia de Chimalhuacán, Chalco) de una partida de bautismo del 2 de diciembre de 1648 de una niña, “hija de la Iglesia” (es decir, ilegítima o natural),2 llamada Inés, cuyos padrinos serían dos posibles hermanos de Isabel Ramírez, madre de la Fénix.

En 1951, como apartado de las apuntaciones biográficas de su edición del tomo I de las Obras completas de Sor Juana, Alfonso Méndez Plancarte dio la “primicia” del descubrimiento, donde explicó: “Por otra parte, su acta bautismal no se halla en Amecameca (aunque allí falta el libro de ‘españoles’, por esos años); y en la Parroquia de Chimalhuacán-Chalco, a que Nepantla pertenecía, tampoco hay acta alguna a ella referible, en 1651”.3

Ante todo, es fundamental establecer que –como será forzoso repetir más tarde– las parroquias de la zona, por constar de copiosa población indígena, carecían de libros de españoles, de manera que los escasos bautizos de éstos se consignaban en los libros de indios, señalando su calidad al margen o en el texto de la partida. En segundo lugar, adelantemos en este momento que, a pesar de lo dicho por el gran sorjuanista, sí hay en los registros de Amecameca una fe de bautismo de 1651 atribuible a Sor Juana Inés de la Cruz (lo cual apunta a que o no se revisó bien ese archivo en 1948 o a que, sencillamente –conformes quizá los pesquisidores con no haber encontrado en él un “libro de españoles”–, nunca se inspeccionó realmente); por tanto, no había razón para circunscribirse a Chimalhuacán y aceptar como de la jerónima un acta de bautismo cuyo nombre y fecha no concuerdan ni con el que ella siempre llevó (Juana) ni con la precisa data que aparece tanto en la Vida de Calleja como en los retratos del siglo XVIII.

El resultado de tan lamentable concesión es que, por desgracia, actualmente la mayoría de los especialistas ve en la partida de bautismo de Inés la de Sor Juana.

Ello no obstante el positivo recelo con que don Alfonso presentó el nuevo documento: “creemos probable que haya nacido en 1648”,4 indicó. De igual talante concluyó Salceda el artículo donde estudia la cuestión: “Muy lejos de nosotros [dice] disimular que nada de lo expuesto alcanza por ahora a sobrepasar los límites de lo probable”.5 Y sin abandonar la prevención agregó: “Si alguien se arroja a dar como absolutamente segura la identificación de esta acta bautismal con la de Sor Juana, él será –y no nosotros– el único responsable”.6

No era para menos. Si se mira con cuidado y se tiene en mente lo antedicho, resultará palmario que, sacados los nombres de los padrinos, los motivos para adjudicar a la Décima Musa la fe de bautismo de marras fueron endebles y circunstanciales. En efecto, de acuerdo con el propio Méndez Plancarte (que sigue a Salceda), Calleja se equivocó al brindar el día de la semana, pues en 1651 “el 12 de Noviembre cayó en Domingo”, no en viernes.7 También falló al ofrecer la edad de su biografiada, en tanto “ni es más exacto el que Sor Juana viviera ‘cuarenta y cuatro años, cinco meses y cinco días’, pues de Noviembre 12 de 1651 a Abril 17 de 1695 van tan sólo cuarenta y tres”.8

Sin embargo, el 12 de noviembre de 1648 tampoco fue viernes, sino jueves. Y en cuanto a que la monja vivió 43 y no 44 años, evidentemente es un simple error aritmético, que de ninguna manera tiene por qué hacernos dudar de la veracidad de la información que aporta el jesuita (sin preocuparse por verificar la corrección de sus cuentas, don Diego simplemente restó: 1695 - 1651= 44).

Con respecto a la causa por la cual Salceda y Ramírez España se animaron –desconfiadamente– a exhibir la partida de bautismo de Inés como de la jerónima, parece obvio el día de hoy que, si se consideran las particularidades dadas líneas arriba, fue debido a una especie de resignación historiográfica, a una clase de “peor es nada” diplomático, producto de una conjetura restrictiva: cual si no hubieran podido volver con las manos vacías de su misión archivológica (y pese a que las cosas no cuadraban), al no topar un papel de 1651 en la iglesia de Chimalhuacán que dijera “Juana”, se conformaron con regresar con uno de 1648 que decía “Inés”. ¿No pensaron que tal vez habían tenido mala suerte?, ¿no se les ocurrió que acaso el original se había perdido?, ¿no les pasó por la cabeza que quizá estaba en otra parte? (de hecho, Salceda reconoce que, acorde con el testamento de su madre, al ser Juana hija ilegítima,9 “la plena identificación del acta sólo podría obtenerse por circunstancias externas, como sería, por ejemplo, la de encontrarla formando parte de un legajo en el que se hiciera a ella una referencia precisa y digna de fe. Careciendo de tales elementos externos de comprobación, sólo por conjeturas podrá determinarse este documento”).10 ¿Era preferible, luego, aventurarse y desautorizar a Calleja?

Hagamos patente la imposibilidad de que la famosa partida de bautismo de Inés sea la de nuestra religiosa, pues corresponde a una niña indígena. Hela aquí en el contexto general. Son estos los folios completos donde aparece.

En ellos, únicamente un niño, José, hijo de Andrés Martín y de Inés Díaz, cuya fe de bautismo es la cuarta en la columna de la izquierda, es identificado como español. Todos los demás son indios, pese a que en uno de los casos el padre fue registrado con apellido y con tratamiento de don, lo que no significa que fuera de origen castellano, sino que se trata de un señor principal o cacique.

La última partida en la columna de la derecha es la que Salceda y Ramírez España atribuyeron a la madre Juana Inés de la Cruz.11

Hago notar de nuevo que no es posible que sea la fe de bautismo de la Décima Musa por pertenecer a una niña india (la cual, de haber llegado a la edad adulta, habría sido pública y notoriamente conocida y llamada por el nombre que recibió en la pila bautismal).

Esta partida procede de un volumen antiguo y sin número de bautismos de la parroquia de Chimalhuacán Chalco, el cual da principio el año de 1616. En él los registros no guardan un orden cronológico y se encuentran en total desorden; no todos los folios están numerados y no siempre se da la referencia del pueblo o de la ranchería en donde nació el pequeño.12 No cuenta con carátula, pero en sus páginas interiores se halla un auto de visita que permite darse cuenta del alcance de su contenido; es del tenor siguiente:

En el pueblo de Chimalhuacán Chalco, a tres días del mes de enero de mil y seiscientos y treinta y dos años, el ilustrísimo doctor don Francisco Manso y Zúñiga, arzobispo de México, del consejo de su majestad y del real de las Indias, etcétera, mediante intérprete en lo que fue necesario, vio y visitó este libro que exhibió el doctor fray Hernando Martín Calvo, vicario del convento de este dicho pueblo y ministro de doctrina de la iglesia de él, donde parece se asientan las criaturas hijos de españoles e indios que se bautizan en la dicha iglesia y doctrina, y le halló y está por buen estilo y orden conforme a lo dispuesto por derecho, y así se continúe en lo de adelante por los religiosos a cuyo cargo estuviere esta doctrina. Y para que se cumpla lo mandó asentar por auto y lo señaló. (Firmados). El doctor Francisco Manso y Zúñiga. Ante mí, Alonso de Carvajal, notario público.

A continuación la copia fiel de este auto.

Al igual que con el libro de la parroquia de Amecameca, aquí se consignan fundamentalmente bautismos de indios; y siendo tan pocos los españoles residentes en aquella jurisdicción, únicamente en estos casos y con el fin de distinguirlos se especifica en el texto o al margen la casta de las criaturas. Es decir, que si no dice español son necesariamente indios.

Con respecto a los padrinos, es preciso subrayar que la familia Ramírez, o sea doña Isabel y todos sus hermanos, figuran en las páginas de este volumen como padrinos de decenas de niños, hijos legítimos o naturales y en su mayoría indios, con toda seguridad hijos de los peones y sirvientes de sus haciendas.13 Cuando –según es costumbre– se presenta el documento de la niña Inés de manera aislada, se hace creer que es un caso especial. Además, se oculta que en este mismo libro están registrados los nombres de distintos primos hermanos de la poetisa, apadrinados por personas españolas ajenas a la familia.

Veamos enseguida cómo uno de los más activos propagandistas de la validez del acta de bautismo de 1648, Guillermo Schmidhuber de la Mora, reconoce que los hijos de españoles eran registrados en los libros de indios. Así, comenta que el

folio completo de la partida de bautismo de “Inés” ayuda a comprender que el microcosmos en que vivió Juana Inés en sus primeros años era altamente indígena, por el número pequeño de bautismos registrados para “criollos” y, contrariamente, el número grande para indígenas (no existen mestizos); algunas partidas de bautismo están escritas en náhuatl, y el sacerdote firmante apunta si el infante es “español” o sin ninguna indicación si fuera indio.14

Llama la atención que el analista evite decir a sus lectores que el acta de bautismo que tan trabajosamente promueve carece de la indicación referida, de modo que la niña Inés, por ser indígena, no puede ser nuestra Décima Musa.

Nueva muestra de este tipo de maniobras la encontraremos dentro de poco. Por ahora comprobemos que, para colmo de males, la fe de bautismo de 1648 reúne mayores inconvenientes que la disparidad con la data brindada por Diego Calleja, porque aunque ahí los nombres de los padrinos son semejantes a los de familiares de la madre Juana, “Inés” no concuerda con el que ella siempre se llamó.

Justamente, sin entrar ahora en la discusión tocante a si llevó el nombre Juana o Juana Inés,15 lo cierto es que el que jamás dejó de usar fue Juana.16 Ello claramente indica que se trató de su nombre de pila. Por ende, la partida de bautismo de “Inés” no puede ser la suya.

Empero, Salceda, buscando argumentos para justificar este documento, sostuvo que “puede pensarse, entonces, que Juana haya nacido un 12 de noviembre –día en que la Iglesia celebra a San Juan de la Paz– y que así se lo haya comunicado al P. Calleja”.17 Por extraño que resulte, el crítico no concluye, como la lógica requiere, que el nacimiento de la religiosa en la festividad de San Juan refuerza el hecho de que su nombre de pila debe ser Juana, sino, según acabo de apuntar, con la intención de acreditar el acta de Inés, invierte las cosas (al lado de la coherencia) e “imagina” que “su madre le puso en la pila bautismal ese nombre preferido [Inés], y que después se le añadió el de Juana por el santo del día de su nacimiento”.18 ¿Y el resto de la vida su madre y ella olvidaron ese “nombre Inés, muy favorito de la familia”19 Ramírez, y usaron siempre el adventicio “Juana”? Y si, como cree el estudioso, Inés era nombre favorito de la familia, ¿no tendría, por tanto, que haberlo llevado la primogénita (recordemos que en su autobiografía Sor Juana manifiesta haber tenido una hermana mayor)20 en vez de una de las hijas siguientes? (de hecho, se llamó Inés la media hermana de la monja, fruto de la relación posterior de su madre con Diego Ruiz Lozano; sobre lo cual Salceda, al hallarse contra las cuerdas, falta de nuevo al sentido común arguyendo que el nombre Inés “su madre quiso repetirlo, probablemente, debido a que en la designación más familiar y usual de Juana Inés había acabado por prevalecer el simple nombre de Juana”.21 ¿Entonces, según esto, hubo dos niñas bautizadas “Inés” y ninguna “Juana” o “Juana Inés”, pero la primera, pese a no llamarse Juana, acabó siendo Juana, al grado de que era necesario tener otra Inés en la familia? ¿Tal cosa le parece razonable al lector?).

Un obstáculo más que enfrentan los defensores de la partida de Inés es el dato que Augusto Vallejo dio a conocer en 1995. Con relación a la fecha natalicia de la Décima Musa, expresó en una entrevista: “Para mí se dio en 1651 y no en 1648 como se especula. Esto, conforme a la referencia del Archivo General de la Nación [de México] en su fondo de matrimonios, cuyas copias de los documentos originales he estudiado”. Enseguida, explica la entrevistadora: “La prueba que da Vallejo es el acta de matrimonio [sic] de Martín de Arregui y María de Villena, hija ésta de Josefa María y sobrina de Sor Juana”.22 El 30 de septiembre de 1693, en las diligencias para la boda de su hija (no en el “acta de matrimonio”), la hermana de la Fénix, Josefa María, declaró bajo juramento ser de edad de 44 años, de donde se deduce que nació en 1648 o 1649 (probablemente el 19 de marzo, día de San José).23 Luego, es prácticamente imposible que la poetisa haya nacido en noviembre de 1648.

Detengámonos un segundo a considerar la importancia que dentro de una sociedad profundamente católica tendría un juramento que, según el cuerpo del documento recién mencionado, se hizo “por Dios Nuestro Señor y la señal de una cruz en forma y según derecho, so cargo del cual prometió de decir verdad”. Acorde con el Diccionario de autoridades, el juramento “es la afirmación o negación que se hace llamando a Dios por testigo de su verdad […] Todo juramento que carece de verdad, justicia o discreción es pecado”.24 Obviamente y sin considerar las consecuencias legales, para los cristianos de la época era algo de suma gravedad y no se tomaba a la ligera.

No obstante todo lo anterior, el registro de Salceda y Ramírez España, pese a las admoniciones del primero, ha cobrado gran popularidad entre los especialistas, al grado de, con palabras suyas, “dar como absolutamente segura la identificación de esta acta bautismal con la de Sor Juana”.

Es el caso de Guillermo Schmidhuber, quien respecto de la declaración jurada y firmada ante notario de Josefa María, con el designio de hacer prevalecer la fecha de 1648, pretende que “no es confiable la información de la edad de una dama dada por ella libre [?] y públicamente [?] en la boda de una hija”.25 Esta consideración inurbana (y que, insisto, adultera el hecho de que la deposición de Josefa María fue proveída reservadamente y bajo juramento) va en la misma línea de la de Alberto G. Salceda cuando, queriendo asimismo hacer valer la fe de bautismo de Inés, aventura que la monja pudo haberse reducido la edad, pues, según él, “es frecuentísimo y nada escandaloso el que cualquier mujer –aun la de más sensible conciencia– se quite algunos años cuando se le pregunta la edad. En la psicología femenina, esto no llega ni a venial mentira”.26 Ignoro la opinión del lector, pero, allende la necesaria casuística, a mí esto me parece un agravio no únicamente al sexo femenino, sino especialmente a la memoria de quien confesó en su autobiografía que le había “hecho Dios la merced de dar[l]e grandísimo amor a la verdad”.27

En idéntica línea, Schmidhuber, sin ningún fundamento, nos pide “acepta[r] 45 [años] de edad”28 para Josefa María, de forma que, así, “ella nacería a inicios de 1647”.29 Por si no bastara, en otro artículo, sin mayor sostén que su dicho, el hermeneuta asevera que la partida de bautismo de “María Josefa” (sic) “debe ser fechada en 1646 o 1647”.30 Esta desestimación arbitraria de un documento legal va acompañada de una petición de principio que viola la sentencia del propio Schmidhuber tocante a la obligación exegética de basarse sólo en documentos y a la de que “nunca se ha de aceptar la edad proferida oralmente [sic] y sin validez oficial [sic]”.31

Pero detrás de todo ello hay algo más, pues la intentona del crítico de dar como absolutamente segura la identificación de esta acta bautismal de Inés con la de Sor Juana tiene el propósito de desacreditar por completo la Vida escrita por Calleja. Resulta evidente que no lo logra; empero, de su injustificado empeño se sirven otros sorjuanistas, interesados también en minar la autoridad del jesuita para llevar agua al molino de su posicionamiento ideológico liberal. Verbigracia, la argentina Beatriz Colombi, quien, apoyándose en las supuestas pifias de don Diego voceadas por Schmidhuber,32 busca, como éste, descalificarlo con el fin, entre otros, de poner en duda su testimonio tocante al final piadoso de la existencia de la Fénix;33 esto es, al “camino de perfección emprendido por Sor Juana al sentirse deudora de dones divinos a los que retribuye con acciones superlativas”.34

Parte de la intentona de marras es el libro de Schmidhuber y Olga Martha Peña Doria, Familias paterna y materna de Sor Juana. Hallazgos documentales,35 en el cual ofrecen una partida de bautismo de la parroquia de Chimalhuacán de una niña “Isabel, hija de la Iglesia”, que recibió el sacramento en febrero de 1652, haciéndola pasar apócrifamente como hija de la madre de la jerónima,36 de suerte que sea imposible que ella viniera al mundo en noviembre de 1651. Desventuradamente para estos críticos, la “niña Isabel” no puede ser hija suya porque, aparte de no indicarse en el acta que sea española (es decir, por ser indígena), doña Isabel Ramírez –aun si fuera la misma persona– aparece como madrina.37 Para colmo de males, al pie de la partida se especifica que la pequeña era del pueblo de Atlauta.

No es mejor la tentativa de Schmidhuber y Peña Doria de adjudicar un acta de bautismo del 23 de julio de 1651 de la misma parroquia de Chimalhuacán a María, la hermana de la poetisa,38 pues aunque pertenece a una criatura española, las fechas no coinciden con los datos históricos que poseemos. Verdaderamente, porque ya vimos que Sor Juana manifestó en su autobiografía que tenía una hermana mayor; luego, si ella hubiera nacido en 1648 como nuestros autores presumen, al haber sido dadas a luz Josefa María en 1649 (según probamos) y María en 1651, la Décima Musa sería la mayor (y, consiguientemente, su personal declaración falsa).

A ello debe agregarse que en su testamento la novicia Juana Inés de la Cruz nombró como sus “albaceas y tenedores de todos mis bienes”, en este orden, a su madre Isabel y a sus hermanas María y Josefa de Asuaje, “según haya lugar en derecho”;39 lo que permite entender que María40 era mayor que Josefa, de lo cual nos queda claro que era también mayor que Juana.

Asimismo, en su testamento Isabel Ramírez designó a su hija María para sucederla en tercera vida en la tenencia de la hacienda de Panoayan, lo que parece ser indicativo de que le asistía tal derecho como primogénita.41

Ahora bien, si es innegable que hasta el día de hoy no se ha mostrado una fe de bautismo contigua a noviembre de 1651 atribuible a Sor Juana Inés de la Cruz, igualmente lo es que –como queda claro– los esfuerzos por imponer la de 1648 no han sido persuasivos.

Desconozco la razón por la cual Alfonso Méndez Plancarte aseguró que el acta bautismal de la madre Juana no está en los asientos de Amecameca, pero si recordamos que Alberto G. Salceda conjeturó que era en el archivo parroquial de Chimalhuacán Chalco “donde debía buscarse”,42 y que aquél se basó en éste (y en Ramírez España) para dar la “primicia” de la partida de Inés en su edición de las Obras completas, quizá tengamos la respuesta.43

Contrariamente a lo expuesto por el extraordinario editor de la Fénix, el historiador jalisciense Raúl Gómez Mariscal me hizo partícipe de un registro del Libro de bautismos de indios de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción de Amecameca que, nos parece, es un mejor candidato a ser la fe de bautismo de Sor Juana Inés de la Cruz que la de 1648.

Según se lee en la carátula, “se arregló, folió, encuadernó y se compuso este libro y todo el protocolo de esta parroquia siendo cura de ella el señor licenciado don Lino Nepomuceno Gómez Galván Estrada Hurtado de Mendoza Caballero”.44 Es, efectivamente, el libro de “bautismos de indios. Comenzó en catorce de enero de mil seiscientos cuarenta y un años. Consta de ciento veinticinco fojas”, y termina el 4 de abril de 1660.

He aquí la copia fiel de los folios 54 vuelta y 55 frente de este libro:

Del total de las 12 partidas de bautismo contenidas en estas dos páginas, 11 de ellas son de indios naturales, para quienes es el libro, lo que además se hace evidente por carecer sus padres de apellidos. Solamente en la última, correspondiente a Juana, hija de la Iglesia y la cual se reproduce a continuación, aparece la mención de que se trata de españoles.

Es indispensable insistir en que, por estar en el Libro de bautismos de indios, las partidas de niños españoles, al ser ellos la excepción, debían especificarse con una anotación marginal o en el propio texto (como es el caso).45

En cuanto a los padrinos, la relación de las familias Ramírez y Caubín (o Caubino o Caudín), puede demostrarse con un documento citado por Vallejo46 y por Schmidhuber y Peña Doria, el cual, con palabras de éstos, es una “‘Filiación’ referente a los Cornejo Ramírez que comprende 85 folios probatorios de ser cristianos viejos y de su limpieza de sangre; fue solicitado por Christóbal Joseph Gómez Cornejo el 10 de junio de 1758, en Jalostotitlán, Nueva Galicia”.47 Acorde con el testimonio del 16 de noviembre de 1676, José Cornejo, vecino de Jalostotitlán y originario de la provincia de Chalco, era hijo legítimo de Alonso Cornejo e Inés Ramírez, vecinos de Chalco. Inés era hermana de Isabel Ramírez, por tanto tía de Sor Juana (y José su primo hermano).

Ahora bien, uno de los testigos fue José Caubín,48 de quien se asienta:

En la ciudad de México a diez y nueve días del mes de noviembre de mil seiscientos setenta y seis años: el dicho Joseph Cornejo para la dicha su información presentó por testigo a un hombre español que dijo llamarse Joseph Caudín y ser natural vecino labrador y dueño de hacienda49 en la provincia de Chalco […] Dijo que conoce desde que nació al dicho Joseph Cornejo que le presenta, y muchos años antes desde que tuvo uso de razón conoció a Alonso Cornejo e Inés Ramírez su legítima mujer vecinos que fueron de la provincia de Chalco…50

Como se ve, por este testimonio puede concluirse que existía una antigua y cercana relación de los Ramírez con la familia Caubín.51

Lo propio resulta del volumen primero de bautismos de la parroquia de Ozumba (que inicia en 1621). El siguiente registro está en el folio 164 frente.

Es el mismo José Caubino que interviene como testigo en el documento de filiación citado. Los padrinos son nada menos que el hermano y la cuñada de doña Isabel Ramírez, la madre de nuestra poetisa.

Hay que agregar que el primero de marzo de ese año de 1647 Simón Farelas fue padrino de José, el hijo de Alonso Cornejo e Inés Ramírez.52 Farelas apadrinaría luego, el 19 de julio de 1648, a Marcos, vástago también de los Cornejo Ramírez.53 Pero el 21 de diciembre de 1658 Simón Farelas sería padrino asimismo de Luis, hijo de José Caubino.54 Farelas, por consiguiente, fue compadre tanto de José Caubino como de los tíos de Sor Juana. Se corrobora la proximidad de las familias Ramírez y Caubín.

Volviendo a las conjeturas de Alberto G. Salceda, refiere en su artículo que “el testamento de Pedro Ramírez, el abuelo de Juana […] nos enseña que don Pedro tenía en arrendamiento la Hacienda de Nepantla, en términos de Chimalhuacán. Allí residían otros de sus parientes […] Nepantla pertenecía entonces a la Parroquia de Chimalhuacán-Chalco. Es allí, por consiguiente, donde debe de haber sido bautizada, y es en ese archivo parroquial donde debía buscarse el acta respectiva”.55 Luego (pp. 9-10) brinda ejemplos de que, en efecto, varios familiares de la poetisa o participaron como padrinos o recibieron el sacramento en la mencionada iglesia.

Empero, en su afán por hacer valer el acta de la niña Inés, el investigador se deja en el tintero que don Pedro Ramírez otorgó su testamento el 15 de enero de 1655 en la “hacienda nombrada de Panoayan, términos del pueblo de Meca Meca, de dicha provincia de Chalco”.56 O sea, también arrendaba esta otra hacienda, que pertenecía a Amecameca y donde vivía en aquellos días. Es más, solicitó ser sepultado, “siendo mi fallecimiento en el domicilio de este pueblo de Meca Meca, en la iglesia del dicho pueblo.57 Asimismo, Salceda olvida señalar que el testamento de Isabel Ramírez, madre de la Décima Musa, está dado igualmente en Panoayan, el 11 de enero de 1687, “en términos del pueblo de Amecamecan, de la provincia de Chalco”.58

Por si no bastara, dos de las hermanas de Juana, Josefa e Inés, declararon en sus informaciones matrimoniales ser originarias de Amecameca; así que fue siempre en esa iglesia y no en otra donde debió buscarse con mayor porfía la constancia de su nacimiento.

Presentamos aquí el registro del 11 de junio de 1664 de la parroquia del Sagrario de la ciudad de México (volumen 7 de amonestaciones de españoles, folio 39 vuelta).

Como se ve, Josefa Ramírez era “natural del pueblo de Amecameca”. Lo mismo su media hermana Inés Ramírez (Ruiz Lozano), quien en la solicitud de dispensa de banas para su matrimonio con José Miguel de Torres aparece como “natural del pueblo de Mecameca”.59

Todo lo anterior significa que, opuestamente a lo conjeturado por Salceda, era dable encontrar testimonios de la familia Ramírez fuera del templo de Chimalhuacán.

Justamente, como la hacienda de Panoayan estaba en la demarcación de Amecameca, no debió descartarse la posibilidad de que nuestra jerónima hubiera sido bautizada en su parroquia y, por ende, de localizar ahí el acta correspondiente.60

Ello se torna aún más probable si se considera que en esa iglesia se ubica la que factiblemente sea la partida de bautismo de la hermanastra de la madre Juana Inés de la Cruz, Antonia, la cual se muestra a continuación (parroquia de Amecameca, volumen 1, folio 91 vuelta).

He aquí la partida dentro de su contexto general, haciéndose notar que Antonia61 es la única criatura que se diferencia como española.

Asimismo, es factible situar a fray Francisco de Asuaje, tío carnal de la Fénix, en el pueblo de Amecameca (infra, página 35).

Por último, es de advertir que el único papel conocido en que Sor Juana Inés de la Cruz recuenta su edad es la declaración rendida ante el juez provisor del arzobispado de México, don Diego de la Sierra, el 2 de junio de 1683. En ella “declaró y dijo ser la verdad so cargo del juramento hecho en que se afirmó y ratificó; declaró ser de más de treinta años y lo firmó con dicho señor provisor”.62

Sobre esto, Salceda se conforma con decir que “por su vaguedad, tanto vale para el nacimiento en 1651 como para el caso de 1648, pues en el primer supuesto tendría 31 años y en el segundo 34, y en ambos, igualmente, ‘más de treinta’”.63 Con mayor sentido común, Georgina Sabat reflexiona en que, para la primera fecha, la religiosa, “en junio, aún no había cumplido los 32 años –los cumpliría hasta noviembre–; tenía 31. Obviamente, 31 se acerca más a 30 que a 34 y pico”.64

Después de lo expuesto, el lector comprenderá que no sólo no hay razones de peso para seguir considerando el acta de 1648 de Inés como perteneciente a la Décima Musa, sino, por el contrario, ahora hay todavía más para rechazarla.

Es palmario que el núcleo de la información que nos brindó el padre Diego Calleja sigue conservando la solidez original, de forma que cualquier intento de contradecirlo65 deberá estar basado en documentación irreprochable y no en meras conjeturas, elucubraciones y caprichos. Como todo investigador sabe, es obligación suya recurrir siempre al principio de parsimonia, según el cual la explicación más simple es la mejor. En el caso que nos ocupa, la lex parsimoniae dicta que debemos seguir la biografía del jesuita hasta donde sea posible, pues si se recapacita en que el grueso de los datos que nos entregó se ha venido corroborando,66 lo juicioso (y sencillo) es continuar haciéndolo.

Ejemplo de ello es la partida de bautismo de Juana, hija de la Iglesia, que aquí presentamos. Por supuesto, no garantizamos que sea la de la poetisa, pero es muy buena muestra de que, en lugar de –como ha venido sucediendo durante el último medio siglo– trastocar arbitrariamente los datos heredados al grado de volver la exégesis sorjuanista un galimatías donde todo mundo quiere “echar su borrón”, es hacedero descubrir un documento que coincida suficientemente con la protobiografía de Calleja.

Coincidimos, eso sí, con Alberto G. Salceda en que “si alguien se arroja a dar como absolutamente segura la identificación de esta acta bautismal con la de Sor Juana, él será –y no nosotros– el único responsable”.

Naucalpan, a 24 de febrero del año trescientos cincuenta

de la profesión monástica de Sor Juana Inés de la Cruz.

Notas del capítulo 1

1 Alberto G. Salceda, “El acta de bautismo de Sor Juana Inés de la Cruz”, Ábside XVI, núm. 1, 1952, pp. 5-29.

2 Véase infra la n. 9.

3 Sor Juana Inés de la Cruz, Obras completas. Tomo I, “Lírica personal”. Edición, prólogo y notas de Alfonso Méndez Plancarte. México, FCE, 1951, p. lii, n. 1.

4Ibid., p. liii (la cursiva es mía).

5 Salceda, op. cit., p. 29 (la cursiva es mía).

6Ibid.

7 Sor Juana Inés de la Cruz, op. cit., p. lii.

8Ibid.

9 El asunto de la ilegitimidad de la Fénix no está resuelto, pues los documentos históricos apuntan en direcciones contrarias. Por una parte poseemos, justamente, el testamento de la madre, donde ella declaró que había sido “mujer de estado soltera” y sus hijos naturales (cf. Guillermo Ramírez España, La familia de Sor Juana Inés de la Cruz. Documentos inéditos. México, Imprenta Universitaria, 1947, p. 17); por otra, tenemos las varias deposiciones legales en que se asienta la condición de legitimidad, verbigracia, el testamento de la propia Juana, donde ella aseguró ser “hija legítima de don Pedro de Asbaje [sic] y Vargas, difunto, y de doña Isabel Ramírez” (Enrique A. Cervantes, Testamento de Sor Juana Inés de la Cruz y otros documentos. México, 1949, p. 16) y el Libro de las profesiones del convento de San Jerónimo en el cual dijo ser “hija legítima de don Pedro de Asuaje y Vargas Machuca y de Isabel Ramírez” (cf. Alejandro Soriano Vallès, Sor Juana Inés de la Cruz. Doncella del Verbo. Toluca, Jus/ Fondo Editorial Estado de México, 2020, p. 98). Este trabajo no pretende resolver el dilema (para el que se han propuesto algunas soluciones, como, por ejemplo, una legitimación posterior) ni se inclina a favor de la primera opción; su finalidad es dar cuenta y razón de la existencia de una partida de bautismo de 1651 que muy bien podría ser la de la poetisa (y que, por supuesto, en caso de serlo, estaría en la línea de la declaración de doña Isabel). Sobre este tema, cf. ibid., pp. 37-38.

10 Salceda, op. cit., p. 6 (la cursiva es mía). Por lo que se desprende de su texto, entre dichas “conjeturas” estuvo que, forzosamente, la partida de bautismo de la poetisa tenía que hallarse en el templo de Chimalhuacán: Nepantla, asevera, “pertenecía entonces a la Parroquia de Chimalhuacán-Chalco. Es allí, por consiguiente, donde debe de haber sido bautizada, y es en ese archivo parroquial donde debía buscarse el acta respectiva” (ibid., p. 7; la cursiva es mía). Si bien en sus notas Méndez Plancarte (sin hacer la crónica de unas indagaciones que, según las evidencias, jamás existieron), sostiene que el “acta bautismal no se encuentra en [la población cercana a Nepantla] Amecameca (aunque allí falta el libro de ‘españoles’, por esos años)”, Salceda en ningún momento da entrada a estas noticias. Contrariamente, el examen completo de los libros de bautismos de las parroquias de Chimalhuacán Chalco, Amecameca y Ozumba hecho por Raúl Gómez Mariscal revela que en ellos aparecen con frecuencia hijos de los mismos padres y por supuesto también los mismos padrinos (hablando en ambos casos de españoles), lo que es indicativo, entre otras cosas: de la cercanía de sus comunidades, no sólo geográfica sino también social; de que algunas criaturas podían nacer en el pueblo donde tenían su casa principal y otras en alguna de sus propiedades rurales; e incluso de que los padrinos llevaban a los ahijados a la feligresía a la que ellos mismos pertenecían.

11 Es fácil apreciar cómo se ha vuelto tan popular que alguien alteró el antiquísimo registro con unas flechas para hacer notar que se trata, según él, del acta de bautismo de nuestra monja.

12 En una nota aparecida en la prensa, Augusto Vallejo dio cuenta de cómo “ahí estaban los papeles en desorden y deteriorados”, hasta su “rescate”, logrado por él mismo, en fecha cercana a 1996 (Ana Cecilia Terrazas, “Reencuentran el acta bautismal de Sor Juana que se creyó extraviada y hasta vendida; el INAH la restauró”, Proceso