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El ruido de la vida nos aturde. El silencio nos regenera. Para escuchar el silencio no hace falta internarse en un bosque frondoso o hacer espeleología para sumergirse en el silencio mineral de una montaña. Escuchar el silencio es aceptar la invitación a descender para dejar la superficie, el ruido, la agitación, las preocupaciones, las preguntas, lo urgente. Como un submarino que se encuentra en aguas profundas, tienes que descender dentro ti y encontrar la calma abismal que vive en tu interior. Es una aventura espiritual para los que no se sienten demasiado espirituales, para los no creyentes, para los laicos, también para los que no se creen capaces. Es la aventura del posible encuentro con el Amigo interior que los creyentes llamamos Dios. Rémi Chéno nos ofrece una iniciación a la vida espiritual en una sola etapa, hacer silencio.
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Seitenzahl: 73
Veröffentlichungsjahr: 2019
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Rémi Chéno
Al final del silencio
NARCEA, S.A. DE EDICIONES
Índice
Rémi Chéno
Al final del silencio
Cita inicial
A los lectores
Hacer silencio
Al final del silencio
Palabras y silencio
Los caminos del silencio
Colección espiritualidad
Créditos
Habla, Señor, que tu siervo escucha:
digo “tu siervo”, porque eso soy;
lo soy, lo quiero ser,
y quiero andar por tu camino
día y noche.
Lléname de un espíritu que me haga entender
lo que quiere para mí tu santa voluntad,
y que reduzca mis deseos
al solo deseo de escuchar tus altas verdades.
Quita relámpagos de tu divina elocuencia;
haz que fluya sin ruido hasta el centro de mi corazón,
que tenga rocío, viva abundancia
y una amable dulzura.
Pierre Corneille
A los lectores
Este libro no se dirige exclusivamente a los creyentes, cualquiera que sea su religión, sino y en primer lugar a todos los que están dispuestos a intentar aventurarse en la espiritualidad sin ser forzosamente religiosos, a todos los que no se llamarían cristianos, al menos no todavía o no ciertamente; está dirigido a quien quiere escuchar lo que un creyente puede decirle.
Muchas veces, será necesario distinguir entre espiritualidad y religión, entre camino espiritual y camino cristiano, no para mantenerlos a distancia sino para someterlos a una domesticación mutua y progresiva. Nada obligará al lector a adherirse a uno o ensayar otro. Damos, pues, la bienvenida al no creyente, atento a una aventura espiritual, como al creyente que no encuentra lugar en ninguna de las religiones instituidas.
Generalmente nos gusta oponer las tradiciones religiosas o espirituales porque nos da miedo llegar a la insensatez de un relativismo imprudente que no nos dejaría reconocer en el otro lo que existe en nuestra casa. No todo vale, no todo es lo mismo. Ciertamente que la meditación cristiana y la de plena consciencia no son idénticas. Pero sin borrar sus diferencias, podemos implementarlas para nuestro beneficio: las tradiciones del otro, sus prácticas y sus técnicas pueden iluminar las mías. Sin el temor de llegar a una mezcla indistinta, podemos asimilar sus elementos.
El itinerario que ofrece este libro es un recorrido cristiano, aunque he buscado hacerlo de tal manera que resulte accesible para los que no lo son. Un adepto al budismo tibetano, al hatha yoga o a la meditación de la plena consciencia puede ser feliz y encontrar aquí algo de su propia experiencia espiritual sin necesidad de adherirse a todo lo que va a leer. También descubrirá elementos, nociones y prácticas de su propia tradición, aunque, probablemente, no serán exactamente idénticos.
A falta de un acuerdo dogmático completo, consideraría un éxito haber encontrado un lenguaje común y una connivencia espiritual.
He visto cómo, en la actualidad, en algunos vuelos de Air France se ofrece en las pantallas multimedia temas de iniciación a la meditación de plena consciencia o mindfulness. Si esta compañía francesa ha decidido proponer eso a sus clientes, probablemente se debe a intereses comerciales bien informados que saben que hay una fuerte demanda de estos temas. ¿Deberían excluir de sus vuelos cualquier dimensión religiosa? Se entiende que una compañía de aviación respetuosa con la laicidad tenga una respuesta “laica”. Pero no deberíamos prohibir a quien quiere comprometerse en una vida espiritual el acceso a la sabiduría de las tradiciones propiamente religiosas ni creer que no pueden entrar en conversación pacífica con espiritualidades que se dicen “laicas”. Si eres laico, imprégnate de laicismo, pero si estás disponible para conversar con un creyente, bienvenido seas tú también.
Este libro no está reservado a los santos. Es sorprendente constatar cómo los místicos cristianos, cuando presentan sus itinerarios, mencionan la necesidad de una purificación inicial. Es la fase “purgativa” del recorrido espiritual en el que el creyente descubre su pecado; solamente entonces puede iniciar un camino de unión con Dios.
Otras tradiciones también mencionan una fase ascética donde el discípulo debe penar años antes de acceder a las etapas siguientes, lo que resulta bastante desalentador porque supone empezar una etapa bastante difícil que, muy a menudo, conduce al abandono del proyecto empezado: ¡Esto no es para mí, es demasiado difícil! ¿Conseguiré vivir sin ningún pecado para encontrarme con el Señor? El encuentro con el Dios vivo ¿es mortal para quién no es puro?
El problema es tanto más serio cuanto nuestros contemporános tienen dificultades con la noción de pecado, cada vez más confusa y menos comprendida, que asociamos demasiado rápido con la culpa y la vergüenza en lugar de con la alegre esperanza de salvación y la buena noticia de un Dios misericordioso.
Probablemente, nuestra conciencia moral no es menos aguda que la de nuestros padres y abuelos, pero sabemos más sobre sus propias ambigüedades. El blanco y negro de los mandamientos ya no tienen derecho de ciudadanía en el gris de nuestras conciencias, enredadas en la complejidad de las situaciones humanas y de las herencias psicológicas. Es obvio pensar que es posible una buena teología del pecado y de la misericordia; sin duda es también necesaria, aunque siempre será compleja y no se podrá imponer como previa al proyecto del creyente que desee entrar en un camino de oración. Si te sientes indigno, impuro, sucio, o muy lejos del mundo de la fe, también a ti te doy la bienvenida.
La ascesis, el ayuno, la mortificación del cuerpo son hoy sospechosos porque somos conscientes de las connotaciones masoquistas de ciertos comportamientos; nos hemos vuelto prudentes ante tendencias anoréxicas y desafiantes ante cualquier forma de maniqueísmo que oponga la pureza imaginaria del alma con la carne mortal, supuestamente incrustada en el espesor de la materia. Sin embargo y paradójicamente, algunos de nuestros contemporáneos vuelven a ejercitarse en el dominio del cuerpo y no faltan seguidores a los que proponen una semana de ayuno para limpiar el cuerpo y el corazón. Pero la dura ascesis de los cartujos o el voto de silencio de los trapenses o la soledad de los ermitaños asusta tanto como fascina.
Nos gustará ir a un retiro espiritual en una abadía unos días, pero no quedarnos allí para siempre. Es demasiado duro, demasiado extremo, demasiado radical. Si te sientes incapaz, excluido de antemano, si ves que no puedes hacer ni los preliminares de una aventura espiritual, también a ti me gustaría darte la bienvenida.
Todo lo que necesitas al abrir este libro es reconocer en ti una sed, cualquiera que sea el nombre que le des: sed de aventura, sed de interioridad, deseo de amar, deseo de ser amado, sed de interioridad, deseo de saber cómo rezar, de estar más arraigado, de desear la verdad, la belleza, lo infinito. Probablemente, una mera curiosidad no es suficiente; es necesario ir más allá. Pero si vive en ti esa sed, ¡bienvenido seas!
Hacer silencio
El silencio bebe la verdad de nuestras vidas.
Christian Bobin
Prisonnier au berceau
Baja de nuevo. Más profundamente. Deja la superficie. La vida real, la tuya está más enterrada. Encuéntrala. Baja...
Has cerrado la puerta de tu habitación. Estás sentado o arrodillado sobre una silla, un cojín o una banqueta; poco importa. Has bajado la intensidad de la luz. Abstente de todo lo que te rodea. Convoca todo tu ser, todo tu cuerpo a esta abstracción. Tienes que poner todo, incluso todo tu “tú”: tu cabeza, tus brazos y piernas, tu vientre, tu respiración, tu corazón (para muchos, la respiración abdominal es una buena manera de llegar a uno mismo, aunque no es un paso obligatorio). Todo lo que eres, recógelo y baja.
Desciende para dejar la superficie, el ruido, la agitación, las preocupaciones, las preguntas, lo urgente. Como un submarino que se encuentra en aguas profundas, lejos de la tempestad que ruge en la superficie, tienes que descender dentro ti y encontrar la calma abismal que vive en tu interior. En las capas profundas de nuestro ser, las masas de agua están calmas.
También puedes olvidarte del submarino. Imagina un gran lago, profundo, con aguas negras y pesadas. Un lago sin una sola arruga en la superficie. Absolutamente tranquilo. Cada uno de nosotros, en el fondo de sí mismo encontrará un lago así. (Yo lo sitúo en algún lugar debajo del diafragma). Esta es la fuente de mi equilibrio, el peso interior que me estabiliza, que me sitúa en la existencia. No es un lugar de temor, tampoco de una alegría ruidosa. Es un lugar totalmente tranquilo, absolutamente vacío y al mismo tiempo absolutamente lleno.
Nunca podrás dejar de pensar porque para todos el discurso interior es incesante y, puede ser, que hasta agotador y tedioso. No se puede hacer nada contra esta actividad mental. Ni siquiera lo intentes. Esta actividad de tu mente cada vez se impondrá con más fuerza a lo que quieres desembarazarte. Cuanto más quieras alejar tus pensamientos, más te enfrentarás a ellos.
