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Alberto Contador es el mejor corredor de Grandes Vueltas por etapas de la historia reciente. Desde mediados de los años ochenta, nadie había sido capaz de dominar en Giro, Vuelta y Tour como lo ha hecho el ciclista de Pinto
La Triple Corona le reserva un hueco en la lista de los más grandes de todos los tiempos, siendo el único español que ha alcanzado semejante logro. Ocaña, Delgado o Indurain no lograron culminar el reto. Y, sin embargo, su carrera no ha sido siempre un camino de éxitos y alegrías. Sus victorias partieron de sus piernas, pero se forjaron en una determinación y espíritu de superación fuera de lo normal.
Su filosofía vital, ‘Querer es poder’, le ha acompañado desde niño, cuando soñaba con ser ciclista. Un ictus estuvo cerca de truncar una prometedora carrera como profesional, pero ni eso iba a apartarle de su segundo objetivo: correr un Tour y competir con los mejores… El tercero era ganarlo.
El repaso a la exitosa carrera de Contador cuenta con el prólogo de otro deportista de élite que sabe de primera mano lo que significa superarse a sí mismo tras sobreponerse a una situación física límite, el piloto Albert Llovera.
Desde su director en juveniles hasta quien le ha llevado a ganar su tercera Vuelta a España, la obra recoge decenas de testimonios que perfilan la figura de uno de los más grandes ciclistas de la historia
SOBRE EL AUTOR
Barcelona, 1975. Es licenciado en Periodismo, carrera que eligió porque, de alguna manera, así podía vivir el deporte desde muy cerca. Con el objetivo cumplido de escribir sobre múltiples eventos en diversas redacciones, el ciclismo se llevó el trozo de pastel más grande de esa pasión por el relato deportivo. En 2013 publicó la biografía del triple campeón del mundo de ciclismo Óscar Freire. El Genio del Arcoíris.
EXTRACTO
Hasta el día más brillante puede ser eclipsado de forma brutal y sin piedad por la amarga oscuridad. La penumbra te roba de un zarpazo todos tus sueños, ilusiones y esperanzas. El concepto que uno tiene de la vida cambia y nunca volverá a ser el mismo. Hablo con conocimiento de causa. He probado el frío de las más oscuras sombras. Un año después de haber probado el dulce sabor de debutar en los JJ.OO. de Sarajevo, regresé a esas montañas con toda la ilusión y el descaro que da la juventud a disputar una Copa de Europa de esquí. Con apenas 17 años, mis piernas dejaron de sentir. Llevaba más de diez años preparándome para vivir de ellas, parar llegar a lo más alto. Bastaron unas décimas de segundo para descender de golpe al infierno. Un grave accidente a escasos metros de la línea de llegada desintegró el mundo que yo conocía.
A Alberto esa oscuridad le sorprendió una tarde de primavera de 2004. Enfrentarse a ella es una prueba en la vida que nadie querría tener que encarar, llámese ictus, paraplejia, amputación, enfermedades o accidentes que te provocan un cambio total o parcial físico y/o de estabilidad emocional.
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Seitenzahl: 224
Veröffentlichungsjahr: 2015
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Juanma Muraday
Barcelona (1975). Licenciado en Periodismo en la Universitat Autònoma de Barcelona. Allí unió dos pasiones. Entusiasta del deporte en general y del ciclismo en particular, inició su carrera periodística en medios locales de Barcelona, de donde pasó a la redacción de deportes de Europa Press en Catalunya. A continuación, cubrió los principales eventos deportivos para portales de Internet como World Online y Tiscali en el inicio del despegue de la informaciónonline. En los últimos años, se ha especializado en la consultoría de comunicación corporativa, sin olvidar, con colaboraciones puntuales, su faceta deportiva. En 2013 publicó la biografía del triple campeón del mundo de ciclismo Óscar Freire.El Genio del Arcoíris.Le puedes seguir en twitter en @jmuraday
Alberto Contador. Tres sueños cumplidos
© Juanma Muraday, 2015
© Diseño de cubierta: Adrián López Viamonte
© Fotografías: Cordon Press y agencias
© Al Poste, 2015
Fuencarral, 70
28004 Madrid (España)
Tel.: 91 532 05 04
www.alposte.es
Primera edición: mayo 2015
IBIC: WSJA
ISBN: 978-84-15726-46-3
e-ISBN: 978-84-15726-53-1
Depósito legal: M-10.729-2015
Impreso en España -Printed in Spain
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Para Antonio y Mari Carmen, por su constante
e incondicional apoyo.
Para Margari, Juan y Manolo, por estar tan cerca
en la distancia.
Albert Llovera
Piloto Dakar y WRC
Hasta el día más brillante puede ser eclipsado de forma brutal y sin piedad por la amarga oscuridad. La penumbra te roba de un zarpazo todos tus sueños, ilusiones y esperanzas. El concepto que uno tiene de la vida cambia y nunca volverá a ser el mismo. Hablo con conocimiento de causa. He probado el frío de las más oscuras sombras. Un año después de haber probado el dulce sabor de debutar en los JJ.OO. de Sarajevo, regresé a esas montañas con toda la ilusión y el descaro que da la juventud a disputar una Copa de Europa de esquí. Con apenas 17 años, mis piernas dejaron de sentir. Llevaba más de diez años preparándome para vivir de ellas, parar llegar a lo más alto. Bastaron unas décimas de segundo para descender de golpe al infierno. Un grave accidente a escasos metros de la línea de llegada desintegró el mundo que yo conocía.
A Alberto esa oscuridad le sorprendió una tarde de primavera de 2004. Enfrentarse a ella es una prueba en la vida que nadie querría tener que encarar, llámese ictus, paraplejia, amputación, enfermedades o accidentes que te provocan un cambio total o parcial físico y/o de estabilidad emocional.
Tenía una prometedora carrera por delante, un futuro sin escribir, un futuro por inventar… pero en aquel momento su presente le cerraba todas las puertas. Todas menos una: la lucha por vivir. Una lucha que le ha permitido alcanzar todo lo que se ha propuesto.
Para dejar aflorar esas ganas de no rendirse y hacer que los sueños se cumplan no hace falta que te pasen estas cosas, como en el caso de Contador, el mío o el de otros muchos en los que pasas de ser un deportista a ser un “minusválido” (que no me gusta nada esta palabra), con el riesgo de caer en la más profunda decepción de la vida.
Yo os invito a descubriros. A comprobar que existe esa parte desconocida de nuestra mente. No penséis que la tenemos en exclusiva, algunos. No esperéis a que lleguen problemas, accidentes o enfermedades para hacernos más fuertes. ¡Comencemos ya! En el día a día. Así, nos convertimos en unos seres en el que el optimismo, la entrega, el esfuerzo y, sobre todo, la actitud por hacer más cosas en forma positiva nos ayudan a conseguir objetivos impensables. Ya sea recuperar lesiones, ser mejores estudiantes o simplemente ver nuestra vida de una forma alegre, disfrutando y luchando cada día por todo. Sin rendirse ante el primer obstáculo.
Como en la vida, en el deporte nos ocurre igual. Pasamos momentos difíciles, complicados, otras veces fáciles o con menos dificultades, pero lo que sí tenemos que tener claro es que no hay otra opción que ir hacia adelante y esto es tener la cabeza clara, limpia y bien entrenada y ordenada. Porque cada vez que practicamos nuestro deporte generamos un bienestar interior que sin querer te ayuda, no solamente a sentirte mejor, sino a ver la vida de otra manera. Y es que si no sacamos nuestro mejor “Alberto” en cada momento, nos perderemos muchas cosas por el camino. Él dice a menudo: querer es poder. Mi lema, muy en esa línea, es “no limits”.
Yo salto cada día al vacío, ahora sé que Alberto también… ¿y tú?
Alberto Contador y Plateau de Beille. La primera gran imagen del ciclista de Pinto. Su primera victoria de etapa en un Tour de Francia. Para el recuerdo, su descaro a la hora de atacar y su temple ante corredores consolidados ante quienes él será solo un cuasidebutante. 24 años. Solo un compañero de viaje, el único que oponía resistencia al joven talento que estaba enamorando a España, el maillot amarillo. Aquel día, 22 de julio de 2007, se hizo realidad ante los ojos de todos los aficionados, especialmente los españoles, el regreso del escalador puro. La gran pantalla del Tour vibraba con la ambición de un aspirante inesperado que no faltaba a su cita con la montaña. Cada vez que la carretera miraba al cielo, Alberto Contador reclamaba su espacio. Daba igual si aquellas carreteras tenían nombres que evocaban a los mitos del Tour, Alpes o Pirineos, Galibier, Peyresourde o Aubisque. Solo él discutía el dominio del líder de la carrera. Y lo hacía a base de atacar. El maillot amarillo cedía por momentos ante el ímpetu del español, pero poco a poco cogía su rueda de nuevo. Incluso contraatacaba, queriendo marcar terreno. No importaba. Los puertos anteriores, los que le sirvieron para presentarse ante el gran público, ya habían descubierto que aquel corredor del Discovery Channel que vestía el maillot blanco de mejor joven del Tour, no iba conformarse con probarlo solo una vez, o dos, o tres… Atacaría tantas veces como fuera necesario para marcharse en solitario y dominar la cima como había hecho desde que comenzó a competir en bici en la escuela de ciclismo de su pueblo, allá por 1998.
La irrupción de Alberto Contador trasladó a los aficionados españoles a su escenario de sueños tradicional. Las montañas han sido campo de batalla donde las grandes figuras del ciclismo español han forjado su leyenda. Un repaso a los grandes nombres de la bicicleta en España pone de manifiesto la querencia del país por la épica de las subidas, la heroica de las victorias en solitario y el sufrimiento sobre las dos ruedas camino de cumbres cada vez más desafiantes. Ha habido mínimas excepciones en esa lista de mitos del ciclismo nacional que no se hayan ganado su derecho al recuerdo al margen de ascensiones, puertos de montaña y premios al mejor escalador. Quizá solo Mariano Cañardo, Miquel Poblet y Óscar Freire brillen al margen de ese perfil. Y sin parangón con unos y otros, por la unicidad de su figura, Miguel Indurain. El navarro introdujo, y de qué manera, la optimización de la contrarreloj en su camino hacia las victorias en las Grandes Vueltas. Su presencia en la alta montaña resultaba impresionante, lo cual siempre fue un aliciente para el público, pero su gestión de la clasificación general y su propia fisiología imponían otro estilo de competición. El ataque eléctrico, inesperado por el rival, el latigazo no tenía hueco ahí. Y con todo lo que estaba consiguiendo Miguel, quién era capaz de reprochar nada.
Por eso enamoró de tal manera la explosividad de Alberto. Tras años de contención en las cumbres, de gestión controlada de los tiempos contra el crono, el ciclista español volvía a ser el más temido en las subidas y el público se lanzó a sus brazos con devoción. La ambición y la tenacidad de Contador, pese a su juventud —o por culpa de ella quizá—, en aquel Tour que le vio despegar hacia el Olimpo engarzaba de manera perfecta con el ideal del ciclismo de la gran mayoría de aficionados que se plantaba delante de las pantallas de televisión para seguir la ronda francesa. Las cuestas más duras son las que seleccionan a los mejores y, entre ellos, aquel capaz de hacer doblar la rodilla a sus rivales con un ataque que le permita erigirse en único campeón en la cumbre, es el auténtico héroe.
De esa manera, son recordados hoy la gran mayoría de mitos ciclistas españoles. Contador emparenta con figuras como Vicente Trueba, “La Pulga de Torrelavega”, apodo con el que fue bautizado por el propio organizador del Tour, Henri Desgrange, quien rendía así honores al primer rey de la montaña del Tour de Francia allá por 1933. Trueba marcó un antes y un después para el deporte de la bici en España. Él fue el primer gran ídolo de masas. Y como Alberto, a un físico privilegiado, unía una ambición y un ansia de victoria que elevaban su figura sobre el resto. Dejó marcado como pocos otros el que sería el típico perfil del corredor español en el futuro, con honrosas excepciones: capaz de ningunear a cualquiera en la montaña, admirado por su capacidad de ofrecer al público excelentes historias cuando en la carretera tocaba subir, pero a la vez con nulo interés para rodar en llano o asomar en un sprint ni que fuera en un pequeño grupo fugado. Allí tenía puesto fijo, tantos corredores llegaban, tal puesto ocupaba el español. Lo que importaba era brillar en las cimas. Y así, Vicente Trueba fue capaz de movilizar a la afición en autocares para verle subir por las carreteras de los Pirineos franceses. No le importaban las etapas ni la general, él solo quería reinar en las cumbres. Y lo hizo en las más famosas. Prestigió de tal manera la figura del rey de la montaña, que tras el maillot amarillo, no había ciclista más admirado y popular que el mejor de la montaña, un especialista envuelto siempre en un halo de épica camino de sus éxitos.
Tras Vicente Trueba, llegaron otros como Julián Berrendero, ganador de etapa en el Tour (1937) y la primera estrella del ciclismo que tuvo Madrid. O Bernardo Ruiz, primer español en el podio del Tour de Francia (1952) y ganador de etapa en las tres Grandes Vueltas. Fue el primer ciclista“galáctico”, como podría entenderse hoy. Una estrella que rivalizaba en ingresos con las figuras del fútbol de la época como Alfredo Di Stéfano o Ladislao Kubala. Ellos abrieron el camino a mitos como Jesús Loroño y Federico Martín Bahamontes, protagonistas de una rivalidad que sobrepasaba lo deportivo. Ambos compitieron en pos de un objetivo común, ser el rey de la montaña del Tour, aun estando en el mismo equipo, lo que dio pie a numerosos episodios de desencuentros entre ambos. La afición se dividió entre seguidores y detractores de uno y otro. No obstante, la gloria del primer triunfo español en un Tour decantó la balanza sin remisión en favor de Bahamontes (1959). El “Águila de Toledo”, escalador único, ganó hasta seis veces el título de rey de la montaña, récord solo superado por Richard Virenque en 2004. El Tour le reconoció, en el centenario de la prueba francesa, como el mejor escalador de la historia de la carrera.
La estirpe de escaladores españoles continuó con nombres como Julio Jiménez, José Manuel Fuente, Txomin Perurena y Luis Ocaña, el siguiente en ganar el Tour (1973). Valiente, impulsivo, capaz de lo mejor y de lo peor con escaso margen de diferencia era, justo es decirlo, mucho más que un escalador que enamoraba a los aficionados.
En los ochenta los titulares eran para Ángel Arroyoy, sobre todo para Pedro Delgado, el ciclista más mediático de España, tanto cuando estaba en activo como una vez retirado como corredor. Sus ataques, sus victorias, sus estrategias… sus pájaras, su despiste en el que pudo ser su segundo Tour de Francia, leconvirtieron en ídolo de masas. Seguidores que disfrutaban también en las montañas con nombres como Eduardo Chozas, José Luis Laguía, Marino Lejarreta, Pello Ruiz Cabestany, Álvaro Pino, Julián Gorospe, Federico Etxabe o Laudelino Cubino. Y entre las generaciones más recientes, también cabe buscar entre los escaladores a los nombres más ilustres del ciclismo español, desde José María Jiménez, Fernando Escartín, Joseba Beloki a Carlos Sastre… Las montañas han dado lustre y prestigio al ciclismo español, si bien a menudo únicamente de modo parcial, porque la gloria, los premios y el reconocimiento de las cumbres era muchas veces suficiente objetivo para el ciclista nacional. Superadas las dificultades montañosas, el interés se diluía con demasiada frecuencia y los grandes objetivos no siempre llegaban de la mano de las demostraciones cuesta arriba.
La irrupción de Contador, con su estilo directo y agresivo en la montaña, ambicioso como el que más, reconcilió al público español con el escalador, con el espectáculo de los ataques, los demarrajes y las escapadas en solitario en las carreteras más difíciles; pero además recuperó el orgullo de ver cómo su osadía, su inconformismo y su determinación se exhibían en pos de aspiraciones mayores. Alberto no quería coronar determinada cima en primera posición como objetivo final, quería hacerlo porqueesa resultaba ser la vía más corta para alcanzar victorias en las Grandes Vueltas por etapas. El sueño era el Tour y si por el camino debía derribar el Tourmalet, Galibier, Mont Ventoux o Alpe D’Huez, allí verían a Contador.Aunque si los nombres cabía sustituirlos por Angliru, Lagos de Covadonga, Etna o Zoncolan no había problema. Si el reto era grande, la ambición de Alberto resultaba mayor. A su don para la montaña, Contador suma un excelente nivel de prestaciones contra el reloj, por lo que si antaño muchas veces los éxitos en las subidas quedaban dilapidados en la lucha individual, o a la inversa, los grandes resultados de algunos ciclistas en la crono no iban acompañados con un nivel semejante en la alta montaña —lo cual impedía aspirar a lo más alto del podio con plenas garantías—; el madrileño surgió como figura ideal para aglutinar los mejores deseos del aficionado al ciclismo. En 2007 era un corredor joven, atacante, completo y comprometido con la regeneración del ciclismo. Alberto Contador estaba llamado a ser el icono de la bicicleta en el futuro inmediato y lo iba a hacer desde lo más alto de la carrera más grande.
Old Willunga es la cota más importante del Tour Down Under, la primera gran cita del año, aunque solo sea porque literalmente es la primera prueba de nivel del calendario, de las que reparte puntos de verdad, sobre todo desde que la carrera australiana ingresó en la máxima categoría internacional en 2008. Son 3 km de subida hasta los 369 metros de altitud, con una pendiente muy constante, desde la ciudad de Willunga, a una media del 7,6% de desnivel. 8 minutos escasos de ascensión, de máximo esfuerzo, porque acostumbra a ser el escollo final de la etapa más decisiva del Down Under, muchas veces la que define al ganador de la general final.
En 2005 todavía no era final de etapa, como sucede desde 2012. La meta estaba apenas media docena de kilómetros después de descender Old Willunga. Aquel día, 22 de enero, Luis León Sánchez certificó su victoria en el Tour Down Under con 21 años recién cumplidos. Dos días antes, ya había conseguidovestirse de líder tras culminar una fuga junto al belgaJohan Vansummeren. En Willunga se aseguró el triunfo final. Ese día, no obstante, Luis León no ganó la etapa. Fue segundo. Lo dio todo en la subida, se la jugó en la bajada y demostró sus buenas dotes de rodador en el tramo final, pero no ganó. Junto a él iba un compañero de equipo, un aliado que le hacía pensar en algo más que en la victoria de etapa. En la recta de meta, con tiempo suficiente para celebrar el éxito, Luis León no duda en ofrecer el honor a su compañero, a quien señala con los dedos, indicando al público que celebren su victoria, que se alegren por aquel chaval que cruza la línea orgulloso y exultante de alegría. No es para menos. Aquel corredor era Alberto Contador. “La considero la victoria más importante de mi vida”, admite. El trofeo que le entregaron aquel día ocupa un lugar preferencial en el salón de casa. Cinco días antes había podido ponerse un dorsal como ciclista profesional nuevamente, algo impensable solo unos meses antes. Pudo siquiera no haber existido esa posibilidad. Su fuerza de voluntad le había llevado hasta allí. Había conseguido un objetivo mucho mayor que tratar de ganar una etapa, había vuelto al ciclismo profesional, volvía a sentirse ciclista de pleno derecho tras volver a montarse en una bicicleta para entrenar el 27 de noviembre del año anterior. Hasta entonces, llevaba casi siete meses sin poder pedalear, desde que en la primera etapa de la Vuelta a Asturias de 2004 un desvanecimiento en plena carrera marcara el antes y el después del Alberto Contador. La vida le lanzó un órdago aquel día. No era una cuestión deportiva, el suceso representó un replanteamiento vital.
Era la primera etapa de la Vuelta a Asturias, el 12 de mayo de 2004. Tenía previsto un recorrido de 174 kilómetros entre Oviedo y Llanes. Alberto solo completó 43. Antes de llegar a la localidad de Infiesto, se desplomó. “Días antes de desvanecerme en la Vuelta a Asturias, ya tuve malas sensaciones. Acudí a la Clásica de Alcobendas y noté un tremendo dolor de cabeza. Luego fui a la Subida al Naranco y mejoré algo. Pero ya en la Vuelta a Asturias volví a sentirme mal. Antes de aquella etapa me entró una tiritera. Me puse mucha ropa. En carrera, de repente, se me pusieron los ojos en blanco. Los compañeros me preguntaban qué me pasaba. No contestaba. Iba por inercia sobre la bicicleta. Empecé a tener convulsiones y me caí”, recuerda el propio Alberto.
“Lo primero que vi fue a un ciclista volar por encima de la bicicleta y golpearse contra el petril de la carretera. Aquello no era una caída normal, y comprendí que le había sucedido algo grave. Cuando bajé de la ambulancia, Alberto estaba en el suelo con fuertes convulsiones y a punto de tragarse la lengua”, así relataba Óscar Suárez, técnico de emergencias asturiano, los primeros instantes del momento que cambiaría el futuro de Contador. Él fue la primera persona que le atendió. Lo explicaba en una entrevista en el diarioEl Mundo: “Primero comprobé cómo estaba y con la ayuda de mi compañero Alejandro y del doctor Santiago Zubizarreta procedimos a estabilizarley a colocarle el tubo de Guedel, gracias a este instrumento salvó la vida. Luego, le introdujimos en la ambulancia y le llevamos al Hospital General de Oviedo”. El traslado requería la máxima urgencia, se temía por su salud debido al traumatismo craneal causado por el impacto contra el suelo y que le ocasionó una fractura del hueso malar. “La salud de Contador corría peligro e íbamos a toda velocidad, pero tuvimos la desgracia de que la moto que nos abría camino pinchó. Tuvo que pararse y fuimos solos hasta Oviedo”, relataba Óscar Suárez. En el hospital estuvo ingresado varios días, ya que la caída le provocó, aparentemente, un coágulo de sangre en la cabeza que le mantuvo allí en observación. Lo que todavía no sabía Alberto, es que el orden de aquel accidente no era el que todos daban por normal. No fue una caída que causó un daño en la cabeza. Al contrario. Su cerebro le estaba dando un aviso, por eso le había dolido la cabeza durante el mes anterior, por eso se desmayó, por eso se cayó de la bici.
Dos semanas después, estando ya en casa de sus padres, Alberto volvió a sufrir otra crisis. Se repitieron las convulsiones. En el hogar de los Contador saltó la alarma. Su director en el equipo Liberty Seguros, Manolo Saiz, le llevó al Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Tras explorarle, los médicos identificaron que lo de Asturias no fue una caída sin más. Alberto había sufrido una hemorragia cerebral por un cavernoma en plena competición. Un ictus provocado por una malformación congénita que requería una rápida intervención quirúrgica. No había otra opción. El accidente cerebrovascular ponía en jaque no solo la carrera deportiva de Alberto, que en ese momento pasaba a un segundo plano, sino su propia vida. Porque más allá de la superación de la enfermedad, no son pocos los casos de pacientes que deben convivir en el futuro con secuelas más o menos graves que dificultan su día a día y el de su entorno. La preocupación en su familia estaba más que justificada.
El 11 de junio de 2004, Alberto Contador pasaba por el quirófano. Cinco interminables horas de operación que dejaron una cicatriz de oreja a oreja, como una diadema, cerrada con 70 grapas y dos placas de titanio en la cabeza, una de las cuales se intuye hoy en la parte superior derecha de la frente del ciclista. La neurocirujana que intervino a Contador fue la doctora Aurora Martínez Rodrigo, 35 años, a quien Alberto no escatima oportunidad alguna para agradecer su labor. Ella no sabía que aquel chaval a quien estaba salvando la vida era un prometedor ciclista que trataba de consolidar su carrera como profesional. Lo supo más tarde. Satisfecha por cómo había ido todo y una vez iniciada la fase de recuperación, Aurora le pidió un autógrafo a su paciente, el deportista que no quería dejar de serlo, a lo que Alberto contestó con estupefacción: “¿Un autógrafo, yo?”. Me negué a dárselo. “No, no, el autógrafo me lo tienes que dar tú a mí, que me acabas de salvar la vida y ahora te irás y vas a ir a intentar salvar a otra persona. Yo lo que hago al final es dar pedales”.
Porque Alberto no quería renunciar a su sueño de ser un campeón ciclista. Su carné de identidad indica que nació el 6 de diciembre de 1982 en Madrid. Aquel Alberto Contador logró llegar a donde se propuso un día y ser profesional. La segunda oportunidad que le dio la vida, su segundo cumpleaños, que bien puede celebrar cada 11 de junio, la quería destinar a ser el mejor ciclista. Partía de una situación difícil, con meses por delante para recuperar la actividad normal de una persona, primero, y evaluar después si su carrera deportiva podía volver a ser la que era. Deseo no le faltaba. Convicción tampoco. Su determinación era absoluta y así se lo expresó a su madre, Francisca, desde la misma cama en que reposaba tras la operación. Apenas consciente después de despertarse de la anestesia, su pensamiento estaba de nuevo en la bicicleta. Era en lo último en lo que pensaba en ese momento su familia, preocupados como estaban todos por el resultado de la operación y el estado de salud de Alberto. Tocar el cerebro deja siempre abierta una puerta a la incertidumbre por cómo reaccionará este maravilloso y desconocido órgano. “Un pequeño desliz en la operación podría haber condenado a Contador a la paraplejia, al mutismo o a un estado de confusión mental permanentes”, recordaba la doctora Martínez en una entrevista para el diarioEl Mundo. Nada de eso parecía inquietar a Alberto. Tenía 21 años y no tenía la más mínima intención de tirar la toalla por muchas dificultades que le deparara el futuro durante la recuperación tras su enfermedad. De lo más profundo de su ser, Alberto Contador verbalizó ante la atónita mirada de sus seres más queridos, sus padres —Francisco y Francisca, o Paco y Paquita para sus allegados—, y sus hermanos —Fran, Alicia y Raúl—, un sentimiento que habría de marcar su filosofía de vida desde ese mismo instante, un lema vital que le motiva y que le ayuda a hacer lo propio con quienes le rodean: querer es poder. Se lo había escuchado antes a su madre en otras circunstancias y ahora él lo hacía suyo en un momento en que necesitaba de esa fuerza, de voluntad al máximo. Ejemplos en casa había tenido. La entrega y dedicación que sus padres demostraban a diario con su hermano pequeño, afectado por una parálisis cerebral, solo podían ser un espejo en el que mirarse. Él iba a volver a subirse a una bici para competir. Si dependía de él, de su esfuerzo y de su trabajo, no tenía duda de que iba a ser así. Tardó mes y medio en salir del hospital. No le asustaba eso que le decían de una larga rehabilitación. El plan B, retomar los estudios que dejó aparcados para ser ciclista, no ocupaba su mente. Y la cuestión es que, poco a poco, su familia se fue convenciendo de que tenía razón. Sus amigos fueron el otro pilar que sostuvo la voluntad de Alberto para recuperarse, los que le animaron a seguir entrenando y le acompañaron cuando al fin pudo volver a pedalear por los alrededores de Pinto, la ciudad a la que sus padres llegaron en 1978 desde Badajoz y su Barcarrota natal. “Eso no se olvida nunca”, afirma Contador, “porque te sirve para valorar mucho más todo lo que haces luego, pero la verdad es que ya no me preocupa y ni se me pasa por la cabeza que me pueda volver a ocurrir algo así”, añade.
Por todo ello, la pequeña ciudad de Willunga, 47 kilómetros al sur de Adelaida, en Australia, significa tanto para Alberto Contador. Su victoria allí tenía un valor fuera de lo común. El destino quiso, además, que aquel triunfo llegara de la mano con Luis León Sánchez, el mismo que ganara la etapa de la Vuelta a Asturias el año anterior, mientras él era trasladado en una ambulancia al Hospital de Oviedo y era atendido tras su grave caída, la bendita caída que descubrió el cavernoma y que, paradojas de la vida, le salvó.
Lo primero, lógicamente, era la salud, pero si una vez superada la enfermedad no hubiera podido volver a ser ciclista, la decepción de Alberto hubiera sido de dimensiones desconocidas. Había empezado a dar pedales por pura diversión para acompañar a su hermano mayor, pero una vez la pasión por la bici le atrapó, su determinación era trabajar para poder ser algún día el ganador del Tour de Francia. Su mente se proyectaba hacia objetivos, tres sueños que debía cumplir paso a paso: primero, deseaba ser ciclista profesional. Disfrutar de la libertad de la bicicleta, competir en montañas de todo el mundo, conocer gente y visitar nuevos países. Si lo conseguía, el segundo paso era participar en la prueba más importante del mundo, la que cada verano mantenía a millones de personas pendiente del televisor al mediodía,la que reunía a los mejores ciclistas, con los que él
